jueves, 1 de diciembre de 2005

Review 'Kiss Kiss Bang Bang'

Metalenguaje, humor y cine negro
Shane Black propone un surreal juego de elementos de renovación ‘noir’ fusionado con irónico humor negro en una inteligente y fascinante película.
El debut como director del guionista Shane Black era un evento esperado desde hace años, ya que fue él quien redefinió los cánones del género de acción licuado con el linaje policiaco como creador de clásicos modernos de finales de los 80 y principios de los 90 (históricamente maltratados por la crítica) como ‘Arma Letal’, ‘El último boy scout’ o ‘El último gran héroe’. De alguna forma, Black fue el precursor de una nueva estirpe de cine negro derivado en subgénero, denominado como ‘buddie movies’, ésas películas de compañeros de departamento obligados a trabajar juntos pese a sus abismales diferencias. Para ‘Kiss Kiss Bang Bang’, cinta de onomatopéyico título que también alude a la recopilación de artículos de Pauline Kael de 1968, Black despliega en su argumento un enloquecido homenaje a las tramas clásicas del cine negro, del ‘noir’ modernizado. Un condicional y estético en el que cabe el cine de acción ‘ochentero’ para formular una sarcástica visión creada en torno a un anfibológico cosmos que combina intriga, acción, humor y ‘thriller’ y que está adaptada –el propio Black- la novela de Brett Halliday ‘Bodies are where you find them’. Como apunte, Kael aludía con el título de su libro a una precisa aserción de la básica y estricta fascinación que proponen muchas veces las películas, al entretenimiento sin complicaciones, materia prima con la que Black dota a su filme desde el principio hasta el final.
‘Kiss Kiss, Bang Bang’ es un apoteósico ejercicio de irreverente reciclaje, compilación de la tradición clásica de la novela y el cine negro de los años 40, como bien hicieran los Coen en su prodigiosa modernización en ‘El Gran Lebowski’, que introduce bajo su apariencia de comedia (en ése sentido, recuerda al clásico de culto ‘Las aventuras de Ford Fairlane’, de Renny Harlin) la efectiva y compleja fórmula de las obras literarias de detectives, adaptándolos a la familiar y artificial esfera del mundo cinematográfico hollywoodiense, en un sentido contextual. Es por eso que la metodología basada en dos variantes (una compleja, la otra trivial, ambas conectadas) seguida por los personajes, que siguen la metodología de un ficticio detective (Jonny Gossmer, referencia directa a Raymond Chandler o Dashiell Hammet) protagonista de unas novelas ‘pulp’ baratas, sea sólo el comienzo de lo que será una constante parodia inteligente de los preceptos del ‘noir’ clásico, que arranca directamente con la voz en off de un narrador que se equivoca o se salta segmentos del discurso que acomete. Un efecto al que no son ajenos la utilización de unos soberbios créditos a lo ‘Saul Bass’ ni la fragmentación episódica de la cinta, como si fuera precisamente una novela.
Que el héroe de la función sea un ladrón de poca monta que es confundido con un actor puesto al amparo de un detective homosexual para preparar un papel y que finja, además, ser un verdadero investigador privado, responde a una de las construcciones más originales expuestas en el último Hollywood para componer un protagonista con el que el espectador se identifica desde los primeros fotogramas. La pirueta guionística es sólo el comienzo de lo que será una indescifrable trama que gira en torno a dos cadáveres, una intriga que no huye a ningún tópico genérico; suicidios, mentiras, muertes, extrañas confidencias, torturas y el develamiento de secretos familiares ocultos en la historia. Por supuesto, tampoco falta la ‘femme fatal’ de enigmática moralidad, incierta fidelidad y nombre a la altura: Harmony Faith Lane.
Black fagocita todos esos elementos y los distorsiona (y subvierte) por medio de un tamiz irónico en una constante ruptura de las formas cinematográficas, donde sus ambiguos personajes no viven ajenos al conflicto que propone el ‘cine dentro del cine’ de esta película. Dudoso juego entre la realidad y la ficción, pero absorbiendo las leyes propias del género de tal forma que el experimento termina por decantarse hacia una opción metalingüística, con un método tan habilidoso como divertido, haciendo que en ningún momento nada sea lo que parece y el protagonista se revele contra el destino nomotético de su rol. Un metalenguaje que contiene dentro sí una riqueza de posibilidades constructivas inagotables, que destroza en todo momento el carácter lógico y general de una trama policíaca como la que se lleva a cabo, dejando de lado las pesquisas de búsqueda típicas para jugar con el surrealismo irónico y la corrosiva causticidad de algunos momentos cómicos inolvidables (como aquél en que el protagonista orina encima de un cadáver sin darse cuenta o el momento ‘Lynch’ de la pérdida de uno de sus dedos).
‘Kiss Kiss Bang Bang’ es un delirio cómico con momentos brillantes y excesivos. Una película macabra, original y divertida que desprende una inventiva no exenta de magnífico ritmo y progresión, de vitriólico humor (inolvidable su ‘happy ending’ mostrado con vergüenza y servidumbre al cine actual) y acción sin freno que fomenta su eficiencia con una buscada tonalidad fotográfica del cine de acción de los 80, gracias a la gran labor de Michael Barrett. Lo que queda fuera de toda duda es que la peculiar elegancia autoparódica del filme de Black no tendría su extraña autenticidad y apariencia sin ese actor en estado de gracia que es –y siempre ha sido- el gran Robert Downey Jr., al que dan réplica un recuperado Val Kilmer, derrochando carisma y humor con su caracterización de rudo detective ‘gay’ con principios y el gran descubrimiento de la bella Michelle Monaghan, gran baza femenina a la altura de una cinta que basa su éxito en la fascinación del material que emplea, en su desorden y en el desprejuicio con el que Shane Black estipula todos los mecanismos de una obra que, aunque sea una ópera prima, a buen seguro será de culto. Una obra inteligente que supone una lección de espectáculo irreprochablemente lapidaria.
Miguel Á. Refoyo © 2005

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