jueves, 29 de diciembre de 2005

Lo último de Vigalondo, a buena resolución

A estas alturas todavía no había escrito nada sobre Nacho Vigalondo en el Abismo. No sé por qué. Máxime cuando he reconocido muchas veces en cenáculos ‘amiguetiles’ que uno de los mejores cortos de los últimos años es, con todo merecimiento, esa pieza de culto llamada ‘7:35 de la mañana’.
Es una buena oportunidad para hacerlo, debido a que su nuevo corto, ‘Choque’, está ya en su página web. Antes estaba en la base de Fotogramas en Corto, pero ahora está disponible a una calidad bastante decente como para cotejar las bondades del esperado último trabajo de este cántabro hecho a sí mismo como personaje multimedia, que intensifica con sus trabajos la aletargada actualidad audiovisual con su sarcástica astucia vivificadora. Vigalondo, más allá de devociones o animadversiones, es un crack. Y lo demuestra en cada trabajo.
'Choque' es un excelente corto mostrado como inteligente paralogismo (aunque con cierta dosis de exactitud) que se centra en otro drama humano, en esta ocasión, en trascendentalizar la vida a través de una historia descerebrada, la de una pareja que, movida por la diversión nostálgica de los coches de choque, se introduce en un submundo de demencial paranoia donde fluyen los instintos y el sentido del honor mal entendido. Como en ‘7:35 de la mañana’, ‘Choque’ aborda la difícil decisión que se toma ante una situación vital que se transforma en insostenible. Una decisión manifestada como radical e incoherente, pero a su vez lógica e inherente al ser humano, ya que habla de la dignidad, abordando la estima personal más allá del ridículo en el que solemos caer cuando necesitamos demostrarnos a nosotros mismos que estamos por encima de los demás.
La imaginería, aparentemente simplista, de un Vigalondo cauteloso con sus objetivos, se magnifica con la capacidad de emoción que desprende su talento narrativo, su ingenio humorístico que convierte lo más miserable de las situaciones en auténticas odiseas de grotesca ironía, su impecable ritmo desenfrenado y su magistral proceder como contador de historias cuya máxima probidad reside en su extravagante originalidad sin prejuicios. Y no es fruto de la suerte, sino que es fruto del talento.

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