lunes, 5 de diciembre de 2005

Palomitas

Como casi todo buen cinéfilo comprometido con unas tradiciones clásicas y reverentes con la película y sus espectadores, arraigadas al respeto, la puntualidad y el decoro silencioso en una sala de cine, odio las palomitas y a los que las consumen. Aborrezco su estridente e inquietante ruido, ese diabólico estrépito que provoca el crepitar, el desagradable y enardecido crujir producido por el constante masticar. Es un aperitivo ideal para la intimidad, donde uno sólo se molesta asimismo, pero no para compartir con gente. Comer palomitas es un ejercicio ocioso que aviva el malestar y los nervios de los no consumidores. Un encarecido producto por el que muchas salas subsisten hoy en día, desgraciadamente parte fundamental de la industria cinematográfica.
Las palomitas son un mal menor, pero una maldición cinéfila muy extendida hoy en día con la que estamos obligados a convivir. Recuerdo que aquí en Salamanca, había unos cines que hasta hace bien poco vedaban la entrada de comida en el cine (bien fueran palomitas, bolsas de chucherías, gominolas e incluso caramelos). Pero como “poderoso caballero es Don Dinero” en seguida no sólo se extendió la abominable venta de diversos modelos (pequeño, normal y extra) de cajas de palomitas y demás dulces, si no que encima habilitaron todas las salas para poder colocar los enormes vasos de refrescos y la caja de palomitas en la butaca. Venal desperdicio de una epopéyica raigambre. Una adversidad contra la que no se puede luchar, que necesita de gente habituada a tener algo en la boca con quién sabe qué clase de problema ‘freudiano’ anexado a ello.
Lo cierto es que a todos, en mayor o menor medida, nos gusta este infernal aperitivo. Y vaya por delante que me gustan las palomitas, pero no en el cine. He aprendido desde pequeño a acatar las reglas no escritas del respeto que, como espectador, uno debe profesar en una sala de cine. La gran pregunta es ¿qué diablos pasa si en el cine te regalaran las palomitas con tu entrada? Maldita pregunta y maldito el momento. El otro día, cuando fui a ver la última del niño mago Potter (al que, por cierto, ya le ha salido pelusilla en sus partes pudendas), descubrí, con cierto desconcierto, que en los cines donde proyectaban ‘El cáliz de fuego’ a los que fui, regalaban las palomitas. Obviamente, como si fuera un pensionista de la tercera edad y como eran gratis, las cogí, no sin cierto recelo, mirando a un lado y a otro, procurando que me viera la menor gente posible. Y allí estaba yo, sentado en mi butaca, con cara de gilipollas y un enorme envase de 90 gr. hasta arriba, cultivando con simonía el pecado que tanto he condenado a lo largo de los años, dejándome llevar por el sabor a maíz y el tentador olor que desprende tan infructuosa manducatoria. Además, qué narices, no había ni un solo espectador sin palomitas, por lo que el mal era menor.
Creo recordar que la última vez que comí palomitas en un cine fue viendo ‘Procedimiento ilegal’. Eran otros tiempos de inconsciencia infantil, en plena preadolescencia, compartiendo momentos con mis primos. Otra época casi olvidada. Me he traicionado a mí mismo, pero reconozco que las putas palomitas estaban deliciosas. Eso sí, certifico que será la última vez que cometo tal delito.
Hasta que dure la promoción en los cines Ábaco, por supuesto.

No hay comentarios :

Publicar un comentario