jueves, 8 de diciembre de 2005

Review 'The Exorcism of Emily Rose'

Poco terror, mucho discurso teológico
A pesar de conjugar géneros tan dispares como el terror y el drama judicial, el filme de Derrickson acaba por desfallecer por su maniqueo posicionamiento ideológico.
Muchos esperaban encontrar en ‘El Exorcismo de Emily Rose’ una película que encomendara a la memoria del personaje de Regan MacNeill en ‘El Exorcista’. Es decir, una dramática película de terror que, más allá del ‘splatter’ y los jugos gástricos verdosos, retomara el exorcismo como terrorífico acto religioso de exoneración diabólica con las trágicas consecuencias que ello arrastra. La trama hacía albergar alguna que otra esperanza: una historia basada en el caso real de Anneliese Michel, una joven alemana que en la década de los 70 falleció por un ritual exorcista, adaptándola a los tiempos actuales, en Estados Unidos, por supuesto, con el juicio del Padre Moore, un sacerdote acusado de negligencia tras la muerte de la joven Emily Rose, cuya posesión es reconocida extraoficialmente por la Iglesia católica, como en el caso de Michel.
Pero nada más lejos de la realidad, ya que la cuarta película de Scott Derrickson renuncia, en parte, a la extática demonológica para centrarse en el conflicto de discusión humanista y filosófico sobre este tipo de fenómenos, en la irreconciliable dicotomía que supone el enfrenamiento de la fe contra la ciencia, en un contexto judicial y expositivo, ya que la película se desarrolla en el litigio que se lleva a cabo hacia la supuesta incuria del padre Moore hacia la joven católica Emily Rose. Un contexto que tiene como gran virtud el que Derrickson se desvíe de los preceptos y tópicos formulistas del género de terror sustentando el peso de la cinta en la discordia sobre el relativismo posmodernista opuesto a la fe religiosa que se discute durante el proceso legal. ‘El exorcismo de Emily Rose’ es una difícil y compleja suerte de tres géneros de naturaleza antitética como son el terror, el cine judicial y el puro melodrama (eso sin contar que desde una perspectiva escéptica, su conclusión se convierta poco menos que en una exagerada comedia).
El problema de las directrices argumentales mostradas durante el filme es que, bajo el yugo del sutil terror fantástico que alcanza su plenitud en los habituales ‘flashbacks’ descriptivos de la posesión de Emily Rose, sustentada en el efectismo visual y sonoro a golpe de música estruendosa que busca el sobresalto, encubierta en la imaginería religiosa, la película no deja de ser un indudable pasquín de auténtico maniqueísmo ideológico. Así, la protagonista del filme no es otra que Erin Bruner, la abogada defensora del Padre Moore, una agnóstica letrada con dudas religiosas que se enfrenta a Ethan Thomas, el devoto metodista que representa a la acusación. Lo que interesa del subtexto es patentizar la progresiva adopción de la creencia católica por parte de una abogada inmersa en una epifanía cristiana surgida por la manifestación de señales tenebrosas, hechos inexplicables, amenazas y fenómenos paranormales que se producen a su alrededor, que serán los que provoquen su incertidumbre y entrega final a la Fe Católica por dichas ‘evidencias’. Por supuesto, el empirismo científico es representado como intransigente y dogmático, ya que los médicos pronostican que la posesión de la joven Emily Rose es producto de la epilepsia y la esquizofrenia en contra de las prescripciones religiosas del padre Moore. Sin embargo, no se duda en ningún momento en lanzar incoherentes teorías de la defensa, llevando a una doctora interpretada por Shohreh Aghdashloo a declarar a favor de lo espiritual, mencionando a un experto en pantomimas como es Carlos Castaneda, autoproclamado antropólogo que ha dejado la inescrutable tensegridad y las ‘Enseñanzas de Don Juan’ en sus estudios, que mezclan de forma circense la antropología, las antiguas culturas y el chamanismo.
El resultado, según la disposición de cada espectador (porque en un devoto creyente será de lo más eficaz), es del todo ambigüo y prosaico, dilatando un contenido pretendidamente intelectual y melodramático para exhibir de manera muy expeditiva las declaraciones de los testigos que, conforme avanza la trama, van inclinando la diatriba hacia la balanza de la religiosidad con una cadena entregada a la abogada por una señal divina, provocando la repentina muerte de un testigo vital (sugiriendo el asesinato por medio de fuerzas malignas) e incluso visualizando a modo de ‘flashback’ (siempre de manera subjetiva) el exorcismo de Emily, así como la trascendencia de la verdad en forma de misiva que dejó la joven al narrar su espantosa ordalía religiosa.
No obstante, hay que agradecer la sutil limitación de truculencia durante el proceso de posesión y exorcismo, sin olvidar un sensacionalismo terrorífico muy moderado, teniendo siempre sobre el papel el juicio como nexo de unión entre pasado y presente, recubriendo el filme con un fascinante y lúgubre tono realista que, sin ser suficiente, sí aprovecha sus bazas para esbozar un retrato judicial que el cine norteamericano domina a la perfección. Una consecuencia aprovechada para esgrimir sus argucias científicas y metafísicas, llegando a plantear su objetivo, que es no es otro que provocar la duda en el espectador y poner de manifiesto que los exorcismos existen, que el Diablo existe y que, por lo tanto, que Dios existe. También hay que atribuirle a ‘El Exorcismo de Emily Rose’ la gran labor de su estupendo elenco de actores, que contribuyen a la eficacia interpretativa con unas sólidas composiciones encabezadas por la prolífica Laura Linney y el adusto Tom Wilkinson, y en menor medida, por Mary Beth Hurt y Campbell Scott . Pero sobre todo, hay que destacar el descubrimiento de Jennifer Carpenter, que logra con sutil caracterización introspectiva y sin excesivos maquillajes que la progresiva astenia vital se perciba muy visible y terrorífica. Aunque su personaje no esté muy definido, más que por las pinceladas que apuntan otros personajes.
La gran traba, sin duda alguna, es el raquitismo con el que se acomete su conclusión, cuando, más allá de pugnas entre razonamiento científico y teologismo, incluso del género de terror o del drama legal, ‘El Exorcismo de Emily Rose’ se convierte en un manifiesto panfletario de tal calado religioso que resulta incluso irrisorio, ya que con la confesión escrita de la joven de alma cándida descubrimos que no estaba poseída por un solo ente maléfico, sino que dentro de sí contenía una orgía satánica, albergando en su persona a nada menos que a seis demonios (como el metro cuadrado de las manifestaciones actuales), además de una aparición divina que propone la purificación del sufrimiento otorgando el Cielo Eterno a la exorcizada que, como mandan los cánones religiosos, rechaza para advertir al mundo con su sufrimiento que el Mal existe.
Un final que elimina cualquier atisbo de ambigüedad, excluyendo la posibilidad de una posible enfermedad mental (aunque se deja entrever) y juzgando las creencias antes que los hechos, siempre más sugeridos que evidenciados. Por eso, no es extraño que la cinta de Derrickson haya contado con el respaldo de la Iglesia Católica y que se vea normal esa sentencia dictada por el propio jurado a un homicidio por negligencia, que es resuelta como una condena de tiempo cumplido. Es decir, que el cura, aunque considerado responsable de la muerte de Emily Rose es inocente de los cargos ¿Alguien puede explicar esto? Obviamente, en Hollywood parece que sí.
Miguel Á. Refoyo © 2005

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