sábado, 10 de diciembre de 2005

Lo último de Estopa

Esta semana me he hecho con el último disco de Estopa, el grupo formado por los hermanos Muñoz, José Luis, ése guitarra de sonrisa bellaca inextinguible, con dientes ambarinos de tanto tabaco y coletilla de Jedi, de apariencia bonachona y secundaria respecto a su hermano mayor y David, uno de esos tipos con carisma especial para caer bien, para dejarse querer con su nada impostada actitud campechana.
Dos hermanos con empaque, con una extraña áurea de gracia y humildad que hace llegar su chispa a todo el mundo. La procedencia de estos multiventas es digna de prevalecer, pese a que se haya marcado en todas las entradillas que se han escrito a la hora de hablar del fenómeno Estopa. Llegados directamente de una fábrica de tornillos, currantes y/o currelas de tomo y lomo, de los que llegan con dificultad a fin de mes, a pasar a ser estrellas de la canción. En pocos meses pasaron de comerse el bocata de chorizo con el vinito caliente de la fábrica a ser ‘número 1’, por encima de Michael Jackson, Madonna o grandes hitos de la música comercial.
Lamentablemente, ‘Voces de ultrarumba’ mitiga la evolución de un dúo que ha hecho de su estilo, a medio camino entre la rumba gamberra, el pop, el rock y la calorrada, una seña de identidad que, con el paso de sus discos, se ha constituido consumado en un producto demasiado reiterativo e invariable. A pesar de que la carga incisiva de sus letras sobre los vestigios de las drogas y la sandunga a la que conlleva emborracharse, la cotidianidad de la diversión esperada del fin de semana de cualquier trabajador modesto, el amor sucio y básico o la inquietud callejera incluso en la delincuencia, Estopa empieza a dejar la sensación de redundancia, esta vez mucho más comercial y sin riesgo, anulando cualquier capacidad de sorpresa. Los dos hermanos parecen haber perdido el sarcasmo cabrón que les hacía asemejarse al mejor Robe Iniesta, la rumba catalana y el calé marcado de Los Chichos para sonar demasiado letárgicos y sin ningún hálito de mejora.
Mucha gente me ha reprochado siempre la simpatía que despiertan en mí estos chavalotes enérgicos y descojonantes, que han conseguido el sueño de aquellos que cantan y tocan en un grupo, de los que sueñan con giras, discos de platino y conciertos multitudinarios. Son divertidos, su actitud musical sigue siendo la inaudita que esgrime el ‘carpe diem’ y la diversión, aunque estén perdiendo fuerza. El regodeo y la humildad siguen siendo las armas voraces que empapan su propio emblema, su propia historia. Coño, a mí me gusta Estopa. Aunque éste último disco, sinceramente, no esté a la altura.

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