martes, febrero 28, 2006

'El límite', esta noche, en Madrid

Amigos madrileños que aún no hayáis visto ‘El límite’.
Hoy tendréis una fantástica oportunidad de subsanar este débito abismal con una pieza de culto en el circuito cortometrajístico.
‘El plaza en corto’, la muestra que organiza semanalmente (con el empeño y el esfuerzo de Daniel Romero) todos los martes a las 21:00 horas el bar El Plaza (C/ Martín de los Heros. Metro: Plaza de España) proyecta hoy nuestro corto (por tercera vez a lo largo de su mínima historia capitalina).
Además, la muestra contará con el pase de ‘Escarnio’, el excelente trabajo de Raúl Cerezo y de ‘Paisa’, de Enrique Bocanegra.
Mi presencia en el evento se ha puesto muy complicada, así que representando ‘El límite’ estará el gran Amable Pérez Oliva, amigo del alma y coproductor, ayudante de dirección y montador de este cortometraje que estará muy pronto en la red, cuando se estrene www.refoyo.com a principios de abril. Prometido queda.
Así que, si tenéis un rato y vivís en Madrid, acercaos al Plaza y disfrutad de esta velada cinematográfica. Aunque sea en pequeñas porciones.

lunes, febrero 27, 2006

A journey to 'Donnie Darko' (I)

Viaje existencial y temporal al fin del mundo
Desde su estreno se ha convertido en una inextinguible ‘cult movie’. El debut de Richard Kelly supuso un apasionante viaje a través de la oscuridad vital.
Pocas veces una ‘ópera prima’ resultó tan envolvente, madura y fascinante como ‘Donnie Darko’, debut del joven Richard Kelly, que acometió, no sin un comprometido riesgo, un plausible intento por dignificar y vivificar un infranqueable género que camina (casi siempre erradamente) entre el terror, el cine fantástico y el ‘thriller’. Han pasado ya cinco años desde su estreno y dos desde ese 'Director's Cut' (que se vio en España en el Festival de cine fantástico de Calle 13) y se puede asegurar Kelly lo logró. Tal acrobacia narrativa no sólo evitó caer en el efectismo y la simpleza pretenciosa a la que estamos habituados, sino que estableció su primera cinta como una obra ambiciosa, llena de múltiples lecturas existenciales, de una profundidad lírica y tenebrosa.
El jovencísimo autor llevó a cabo su visión del ‘thriller’ fantástico, apoyado en un soberbio guión expuesto a modo de anagrama, donde no faltan todo tipo de interpelaciones, en el que la consistencia de sus argumentos y la excelente trascendencia de sus personajes se solidarizan en una temeraria propuesta llena de audacia, excediendo en todo momento la trasgresión y demostrando un afán manifiesto por alcanzar una originalidad que presupone este premonitorio clásico moderno. Kelly utilizó para ello una compleja trama con designios de puzzle y emplazó así al espectador a participar como pieza activa en un asombroso juego de reflexión. Lo más fascinante de este peliculón es cómo el propio público forma parte del proceso narrativo.
‘Donnie Darko’ es un oscuro y lóbrego paseo por la mente de un imaginativo y rebelde adolescente que vive en los años 80, en una zona residencial, en la diatriba familiar que cualquier chaval de su edad encuentra en su cotidianidad. Pero con una excepción. Cada día se despierta en un lugar diferente a causa de los medicamentos que toma para paliar sus aparentes problemas mentales. La rutina se rompe cuando un motor de avión cae en su habitación y un conejo imaginario llamado Frank salva la vida del joven (anti)héroe urbano. Es el principio de una pesadilla, de un extraño trayecto vital en el que las dimensiones temporales en las que Donnie se mueve sirven para descubrir una quimera de puniciones, historias de amor y venganza que se desarrollan en un espacio alternativo, producto de un posible viaje en el tiempo.
El director utiliza el recurso temporal para desgranar las bases de la progresiva hipocresía social (ya no sólo americana, sino la universal, aquélla que nos hace necios y sumisos) que tuvieron su apogeo a finales de los años 80 y que han terminado por extenderse a lo largo y ancho del mundo hasta nuestros días. La sencillez con la que Kelly plantea su difícil historia sobre una adolescencia distinguida por la heterogeneidad, por la peculiaridad de su protagonista, por la enfermedad que hace diferente a Donnie, se contrapone con una inusual y atrayente predisposición a abandonar líneas argumentales a la subversión de una intriga envolvente, pero milimétricamente intencional, desarrollada bajo los designios de la entelequia.
Así, este impresionante debut se cristalizó en espléndida indagación del destino, del tiempo y del espacio, imbuyéndose en las decisiones que pueden cambiar el rumbo de muchas vidas, de los pequeños momentos de reflexión que permutan el porvenir. ‘Donnie Darko’ es, en su fondo, una metáfora sobre una adolescencia sin futuro, en el que la confusión juvenil se manifiesta en la actitud provocadora de Donnie, la reencarnación del héroe atormentado que recuerda al Holden Caulfield de J.D. Salinger en su desequilibrio y su postura de rechazo a la superficialidad de las cosas.
El insondable personaje creado por Kelly (uno de los más intensos vistos en los últimos años y al cual dota de una insuperable credibilidad el por entonces desconocido Jake Gyllenhaal) es un héroe guiado por una tendencia que se rebela contra la falsedad que le rodea, actuando de una forma radical, en la que tanto tiene que ver el libro ‘The destructors’, de Graham Greeme, que forma parte de una de las muchas claves para entender el complejo cuento que es ‘Donnie Darko’. Un filme que cobra su fundamento principal en su extraordinaria mixtura de cine de ciencia Ficción y drama emocional, que fusiona con la misma importancia la vida cotidiana y familiar de Donnie con la frenética aventura que vivimos desde la percepción del protagonista.
La confusión, el miedo y el interés despertado en la humanidad por los viajes en el tiempo son utilizados por Richard Kelly para exponer un reflejo nostálgico de una generación que creció albergada por las fantasías erigidas por Steven Spielberg y Robert Zemeckis pero que, además, vivió en su adolescencia los cambios de un época que alteraría el modo de vida del mundo occidental. Esta indudable ‘cult movie’ entronizó la herencia de los años 80 con melancolía, determinando sus conceptos en un automatismo familiar, cercano y respetuoso con una década añorada, superando a su vez la tendencia del homenaje para respirar vida propia, para resultar superior incluso a muchas de sus referencias.
‘Donnie Darko’ sería así una proposición desidealizada en el que la distopía melancólica de los 80 se observa en momentos mágicos de recuerdos comunes. En ésa precisión reverente a la hora de recordar una inolvidable noche de Halloween, el instituto de aquellos estupendos años, el primer amor verdadero, las bicis como medio de transporte, los aires terroríficos de ‘Poltergeist’, el eterno DeLorean de ‘Regreso al futuro’ o la mejor y más añorada literatura de Stephen King. Richard Kelly manejó en esta humilde, pero inmensa creación cinematográfica, una inusitada y particular atmósfera que subrayó un talento innegable a la hora de dotar con personalidad específica las imágenes y el tempo narrativo, pero al mismo tiempo otorgando una impresionante utilización del contexto temporal con la inserción de la excelente antología de canciones de la época para los momentos más notables de la cinta. Sin olvidar todo tipo de alusiones estéticas e históricas, cuidadas al mínimo detalle, como las dobles sesiones de cine, la extravagante dilucidación sobre el mundo de los Pitufos, así como la imprevista (por el escaso presupuesto) perfección en los efectos especiales con la utilización del ‘first rate’ o los logrados cielos apocalípticos.
Con un legado directo a Lewis Carroll como inicio del impetuoso enigma de ambivalencia emocional en el que se ve envuelto Donnie, la película establece un compendio de precisión desconcertante, donde en juego de tiempos y la inserción del ente fantasmal de Frank suscitan una inquietante postura hacia la subjetividad del espectador, hacia su propia conclusión. Si bien su epílogo niega con vehemencia el reduccionismo narrativo en el que se explica la convicción de las subtramas y que la fórmula de Capra y su contrapuesta representación de conciencia simbolizada en el misterioso conejo Frank no lleguen a desvelarse, ‘Donnie Darko’ llenó su incierta respuesta con imágenes, símbolos y su inalterable originalidad que dejaron la sensación de estar ante una película que se puede ver y disfrutar una y otra vez hasta la extenuación. La ‘ópera prima’ de Richard Kelly fue y es, hasta el momento y sin duda alguna, una de las películas más sorprendentes de la última década y que, desde el momento de su estreno, se ha convertido en una pequeña joya destinada a llevar consigo el peso que confiere el designio de futura ‘obra maestra’.
Continuará… porque, amigos del Abismo, esto no ha hecho más que empezar.

domingo, febrero 26, 2006

Manías absurdas

El amigo David F.F., de ‘Aquí huele a azufre’, me emplazaba hace poco a seguir una de esas inagotables cadenas que suceden improbables respuestas por parte de quienes responden y atienden a este pasatiempo ideal para momentos de ocio lúdico. Como hoy domingo, por ejemplo.
Se trata de ‘5 manías ocultas’ representativas de aspectos recónditos y, porqué no decirlo, bastante superfluos, que envuelven cualquier personalidad. Manías que, en mi caso, como no podía ser de otro modo, carecen de lógica y van contra de cualquier regla y doctrina habida y por haber.
Mis nada extravagantes manías pensadas de forma inmediata son las siguientes:
1.- Leer mientras cago
Sí, amigos. Esta extraña e ibérica afición de praxis lectora en el excusado no responde a una manía ‘literaria-escatológica’, si no al énfasis educativo que me lleva a devorar libros, revistas, cómics e incluso catálogos de venta de grandes centros comerciales en cuanto tengo un lapso de tiempo libre. Puede resultar desagradable, pero es que es así. No puedo defecar si no leo. Qué le voy a hacer.
2.- Camisas de cuadros / camisetas negras
Es la más reconocida característica dentro de mi anacrónica vestimenta. En mi armario se acopian todo tipo de camisas de cuadros, de colores, estilos y condición. Las camisetas negras, con motivos de culto o carteles de películas o cómics es otra de esas filias que he ido desarrollando a lo largo de los años. Anclado en los 80, mi atuendo ha seguido inmutable resistiendo a las efímeras modas de tonalidades y estilos. Qué triste.
3.- Carnet de conducir
No tengo carnet de conducir. Y tampoco, rebasada ya la treintena, veo la necesidad y/o posibilidad de sacármelo. Hitchcock decía que no conducía porque así evitaba tener ningún tipo de contacto con agentes de policía. En mi caso se dio coincidencia en un veredicto cabalista en distintas épocas por parte de dos presuntos leedores de cartas que se empeñaron en jugar a la quiromancia conmigo y llegaron a la conclusión, en plan oráculo absurdo, de que yo moriría conduciendo un coche. Menos mal que nunca me ha llamado la atención el mudo automovilístico.
4.- El frío
Adoro el frío. Me encanta la sensación de aterimiento gélido, el vaho que se exhala en los helados días de invierno, la sensación térmica que provoca témpanos de hielo con cada gota de agua. Desde pequeño me ha gustado el frío, la niebla, la precipitación en forma de temporal. No sé porqué extraña razón. La única ventaja que le veo al verano y el calor en contra del invierno es la posibilidad de ir a todos los sitios en pantalón corto. Otra de esas prendas que me fascina.
5.- Demencia cinematográfica
Últimamente me he descubierto, con estupefacción, pensando introspectivamente en medio de algunas de las películas que veo, cómo filmaría yo algunas de las secuencias que pasan por mis ojos durante la proyección; “Esto lo filmaría de tal manera”, “una grúa aquí sería resolutiva” o “yo eliminaría ese plano e introduciría un travelling con ‘steady’”… son algo normal en mi desvarío cinematográfico. También llevo años apuntando en un cuaderno planos y secuencias que me llaman la atención de clásicos y no-clásicos. Es incoherente y absurdo. Como yo mismo.
Ahora se supone que debería elegir cinco personas con blog para seguir con esta cadena. Pero os voy a ahorrar el trago.

sábado, febrero 25, 2006

El fútbol llora la pérdida de una gran leyenda histórica

1921-2005
Desconectado de todo un par de días y el mundo cambia. Con tristeza, me entero con demora de que Telmo Zarra ha fallecido.
Junto a Rafael Moreno Aranzadi, conocido como “Pichichi”, Zarra ha sido una de las grandes leyendas goleadoras del deporte rey en España. Un jugador de los que hoy en día es imposible encontrar, que será recordado en la memoria colectiva por ser el adalid de la mítica línea de ataque del epopéyico Athletic de Bilbao compuesta por el mismo Zarra, Iriondo, Venancio, Panizo y Gainza.
La historia del fútbol español no sería la misma sin este tótem del club bilbaíno e imprescindible figura del balompié mundial. Aquel gol que marcó a Inglaterra en el proverbial Maracaná, durante el campeonato del mundo de Brasil de 1950, quedará como una gesta imposible de olvidar, con su frío y certero remate ante el portero Bert Williams que clasificó a España para las semifinales de aquel mundial. Un hito que no se ha vuelto a repetir y, por lo que hemos visto desde entonces, parece ser que no se logrará.
La Catedral se rindió siempre ante sus remates de cabeza, ante sus goles, ante su talento, ante su persona… Se ha ido para siempre, con 85 años, uno de los delanteros más prolíficos del fútbol español.
Zarra, adorable hombre de bondad y humildad carismática, consiguió 38 goles en una sola temporada, marcando un hito histórico y en las catorce temporadas que perteneció al Athletic logró 253 goles, siendo el jugador que más veces ha obtenido el Pichichi (en seis ocasiones) hasta la fecha.
Descanse en paz el gran maestro.

Oscuro 'teaser-poster' de 'Spiderman 3'

Tras un fugaz y productivo viaje a Madrid (con sugestivas reuniones de amistad infinita y memorables reencuentros de carácter muy mítico –de ahí que no haya escrito nada en este lapso de tiempo-), descubro, seguro que con retraso, la primera imagen promocional de la nueva entrega de ‘Spiderman 3’.
Lo primero que llama la atención es esa tonalidad fuliginosa, sombría en su esencia cromática, que sugiere el advenimiento de Venom en la continuación del arácnido dirigida de nuevo por Sam Raimi.
¿Metafórica imagen o simple insinuación de oscurecimiento narrativo? Posiblemente, ambas cosas.
En mayo de 2007, lo sabremos.

jueves, febrero 23, 2006

Indy 4: Ya se acerca...

En unas declaraciones a un medio israelí, Steven Spielberg (muy aludido e idolatrado en este Abismo) ha expuesto las siguientes declaraciones:
“No he dejado de hacer películas de entrenamiento, pero durante la última década es cierto que me he involucrado en algunas películas que expresan el respeto que tengo por historia”.
“Estoy a punto de hacer a ‘Indiana Jones 4’, que es, en cuanto a mí respecta, el postre a la dureza de una cinta tan amarga como ‘Munich’.
Paulatinamente se va oficializando la nueva película protagonizada por Harrison Ford y que reunirá, después de tantos años, a Spielberg y George Lucas.
La noticia la ha confirmado Harry Knowles y en la ‘fansite’ del director de ‘E.T.’.
¿Empezamos a celebrarlo?

miércoles, febrero 22, 2006

La Caza de Brujas: histórica pesadilla del Hollywood Clásico

La intransigencia histórica del oscuro ‘mccarthysmo’
‘Buenas noches, y buena suerte’, la segunda película como director del actor George Clooney después de la estupenda ‘Confesiones de una mente peligrosa’ vuelve a centrarse en la historia de la televisión, ésta vez repasando uno de los episodios más oscuros y lamentables de la historia de los Estados Unidos y capítulo de advertencia histórica dentro de los fastos del S. XX. Se trata de la denominada ‘caza de brujas’ o ‘mccarthysmo’, una tramoya política impulsada por el senador republicano Joseph R. McCarthy que tuvo su origen en el origen de la Guerra Fría, con la división entre dos bloques; el capitalista, liderado por los Estados Unidos, y el comunista, encabezado por la Unión Soviética, iniciada tras el final de la Segunda Guerra Mundial, pero en realidad un ejemplo de contención ideológica y represión de libertad propugnada por el ‘New Deal’ de Harry Delano Roosvelt.
A finales de los años 40, la influencia del minúsculo partido comunista americano había despertado el temor de los intelectuales ideólogos de la época, así como en el mundo del cine, haciendo creer que dentro del movimiento se ejercían oscuros trámites ilegales, como aceptación de sabotajes, terrorismo, espionaje… El comunismo era un ignominia aterradora que había que combatir por todos los medios y eliminar la tendencia prosoviética que empezaba a proliferar en el mundo del cine, con películas ‘Days of glory’, de Jacques Tourneur o ‘Mission to Moscow’, de Michael Curtiz (centrado en las purgas de Stalin entre 1937 y 1938).
Para frenar la filiación comunista y la amenaza roja se creó la House of Un-American Activities Committee (Comité sobre Actividades Antiamericanas –HUAC-) en la Cámara de Representantes del Congreso, tutelado por el congresista Martin Dies, que proporcionó con su restricción de libertades un clima de sos¬pecha alimentado por la difamación y los rumores con la confección de las listas negras que propiciaron una terrible pesadilla de delaciones, pérdidas de empleo y hasta de la propia identidad que descubrió a unos pocos culpables en prejuicio de muchos inocentes, destruyendo la vida personal y profesional de miles de personas por el simple hecho de tener contactos con conocidos supuestamente vinculados al comunismo. Un clima de tensión patriótica y rasgos alusivos a la censura totalitarista y fascista que culminaría con la llegada del senador Joseph MacCarthy al frente del Comité de Actividades Antiamericanas, urdiendo un implacable y despótico sistema inquisitorial que vulneraba los derechos individuales en su obstinada persecución de la incursión comunista en Estados Unidos.
Antes del apogeo del ‘mccarthysmo’ (que tuvo su esplendor entre 1950 y 1953), uno de los episodios más célebres y funestos llevados a cabo por la HUAC fue la ‘caza de brujas’ que se llevó a cabo en Hollywood, donde el Comité sobre Actividades Antiamericanas presidida por J. Parnell Thomas obligó a firmar declaraciones juradas, produciéndose oscuras afirmaciones arbitrarias y dudosas delaciones de gentes atemorizadas por la supuesta 'amenaza global' del comunismo. Hollywood se dividió, creándose la Alianza para la preservación de los valores americanos, con una primera reunión en el Beverly Wilshire Hotel. Actores como John Wayne, James Stewart, Gary Cooper, Clark Gable, Ronald Reagan, Barbara Stanwyck, Ginger Rogers o directores como Leo McCarey, Cecil B. De Mille, Victor Fleming, Frank Capra o Walt Disney apoyaron la iniciativa anticomunista, mientras que otros, como Edgard G. Robinson, junto a Humprey Bogart y Lauren Bacall, promovieron el Comité para la Primera Enmienda para posicionarse en contra del HUAC, siendo acusados de rebeldía por parte de Parnell Thomas y un joven arribista llamado Richard Nixon.
En este caos de inculpaciones, aparecieron delatores que ofrecían nombres de simpatizantes comunistas. Jack L. Warner, Robert Taylor y Adolphe Menjou, Gary Cooper, Elia Kazan, Lee J. Cobb, Leo Towsend, cobardes soplones o simplemente amedrantados amigos del fascismo, hirieron gravemente al cine de la época con sus acusaciones, muchas veces infundadas, que llevaron a que diez miembros de Hollywood se negaran a declarar, por sus conexiones con la ideología comunista (los conocidos como ‘Los 10 de Hollywood’); el director Edgard Dmytrk, Adrian Scott (productor), los guionistas Alvah Bessie, Herbert Biberman, Lester Cole, Albert Maltz, Ring Lardner Jr., John H. Lawson, Samuel Ornitz y el director Dalton Trumbo, fueron repudiados por la industria y encarcelados durante meses. Incluso otros varios sospechosos como Dashiell Hammet, Robert Rossen, Joseph Losey, Jules Dassin, Charles Chaplin, John Huston, Orson Welles o Fritz Lang tuvieron que expatriarse a Europa o desaparecer hasta el final del ‘mccarthysmo’ por miedo a represalias políticas. Hasta 1953, más de 2.000 personas relacionadas con el mundo del arte, el cine, los medios de comunicación, la literatura y la ciencia fueron condenadas al ostracismo social y profesional. También destaca trágicamente la muerte de un derruido John Garfield a causa de la depresión que este evento histórico provocó por su postura izquierdista con sólo 39 años.
La cinta de Clooney ‘Buenas noches y buena suerte’ se centra, no obstante, en la caída de McCarthy, en el derrocamiento de la bestia totalitaria que abogó por la represión ideológica y la censura de la libertad democrática. Cuando en 1954, la provocación desafiante de un grupo de periodistas televisivos de la CBS encabezados por Edward R. Murrow en el programa ‘See It Now’ (junto a los históricos Fred Friendly y Joe Wershba), pusieron en duda la legitimidad de los métodos del senador y lograron destrozar la imagen pública de McCarthy presentándole cada día como “el hombre que atemorizaba a América”. George Clooney recupera una figura histórica algo postergada en la memoria que, a través de su reconocido riesgo por salvaguardar los ideales democráticos y priorizar la libertad de expresión hizo frente a las presiones corporativas y publicitarias para destapar las mentiras y las repugnantes tácticas falsarias perpetradas por McCarthy durante su ‘caza de brujas’ anticomunista que, tras dirigir sus acusaciones al Ejército durante el mandato de Eisenhower, fue destituido y repudiado a pesar de mantener el escaño político.
En su camino, el guionista de cine Martín Berkeley denunció a 162 compañeros, un antiguo alto cargo del Departamento de Estado, Alfred Hiss, fue acusado de ser un espía soviético y el matrimonio Julius y Ethel Rosenberg fueron imputados por pasar secretos atómicos a Rusia y, declarados culpables sin pruebas suficientes, condenados a muerte y ejecutados. Además de la HUAC, también colaboraban en desmantelar la acción comunista tres antiguos miembros del FBI y el periodista Vincent Harnett, fundador de los ‘red channels’, que destaparon 151 nombres más de personas involucradas en actividades subversivas o comunistas. Un ejemplo histórico de poder inquebrantable gracias al miedo sembrado de un lapso histórico que hay que rememorar para evitar caer en el tremendismo que aflora en la actualidad en Estados Unidos y que Clooney se ha encargado de revivir con una película nominada a seis Oscar de la Academia.
Y la semana que viene, la crítica, que por estos lares se acaba de estrenar esta película y no me ha dado tiempo a verla.

martes, febrero 21, 2006

Arnold y "Sly" ¿Juntos en una película?

Hace dos décadas habría sido un ‘bombazo’ taquillero, el sueño de todo productor con suerte. Una utopía pasada que nunca se llegó a fraguar. Hoy en día, parece una broma nostálgica originada por el recuerdo de dos iconos del cine de acción de una época pretérita e inolvidable con dos presentes bastante diferentes.
Mientras Sylvester Stallone “Sly” hace lo posible por recuperar su estrella ‘ochentera’ con su regreso a las sagas de Rocky Balboa y John Rambo que le dieron el lustre y la fama en aquellos tiempos donde no tenía rival en el ‘Box Office’, Arnold Schwarzenegger se ha tomado su papel cinematográfico de ‘Terminator’ ejecutor al pie de la letra en su carrera como Gobernador de California, rechazando peticiones de clemencia por parte de condenados a muerte con actitud de inexorable bastardo.
La noticia es la siguiente: Arnold y Sly podrían coincidir en una película de acción titulada ‘Brutal Deluxe’, que sería el legendario filme con aspiraciones de reverdecer las carreras de estos dos clásicos y veteranos del género. Todo este caos sería posible si Schwarzenegger acepta las condiciones de su regreso a la gran pantalla después de su totalitaria dictadura como republicano.
Obviamente, se trata de un rumor, pero a pesar del desenlace del supuesto producto, si se llevara a cabo se convertiría en un evento legendario.

lunes, febrero 20, 2006

Un voto por 'Pecata Minuta', de Juanjo Iglesias

A medio camino entre la gamberrada cinéfila, el absurdo visual y el divertido ejercicio de estilo, Juanjo Iglesias (conocido por algunos descerebrados como “Espanis Sico”), ha trazado un breve trabajo que, más allá de reflejar una pieza de abyección abstracta, se puede (y debe) considerar como un acto disoluto de rotunda diversión y desprejuicio.
Sin complicaciones, sin aditivos ni presunción. ‘Pecata Minuta’ es, simplemente, un pequeño e inocuo corto que contiene bajo su desparpajo y desvergüenza una anticipación de todo un cineasta. Esa cuidada fotografía, la pulcra planificación, la participación especial en plan 'guest star' de Antonio Dechent y, sobre todo, la imponente música de Ginés Carrión (encargado habitual de la copistería del genio Roque Baños) presuponen que este fragmento de fácil digestión es simplemente una práctica de pericia empírica.
Su sinopsis no deja lugar al equívoco “Martínez, un oficinista gris y anónimo, conoce el secreto de la felicidad. Un día decidirá compartirlo con quienes le rodean”. Tan sencillo como eso.
En clave de humor negro y surreal, con influencias del ‘Perturbado’, de Segura y ‘Mirindas asesinas’, de Álex de la Iglesia, Juanjo Iglesias incluye, en su trasgresión de lo fácil, un pequeño corto que contiene en sus imágenes un sincero homenaje al Abismo.
Concretamente este.
El corto aún puede ser finalista del concurso destilado de Notodofilmfest.com, por lo que echadle un vistazo y, si consideráis oportuno, votad por él.
Yo, lo he hecho.

All Star Houston 2006: Bajo la influencia de Bryant

“El club de los Chupa-Chups ¿eh?”, repetía constantemente ese peculiar presentador nacido para el sobrenombre y el apodo que es Andrés Montés. El partido de las estrellas de ayer (u hoy, según se mire), el All Star Game fue de todo menos apasionante. Reino el individualismo, la frialdad egoísta de los grandes nombres de la liga y una sensación de juego rácano y falto de espectáculo y exaltación esperada en un partido de este calibre.
La función de ayer parecía ir de cómo Tracy McGrady ambicionada procurarse la gloria personal por encima del colectivo de los componentes del Oeste, fraguando una actuación notable sustentada en que lanzó casi todo lo que llegó a sus manos. 36 puntos, nada menos. Dejando a Shawn Marion, de los Suns, con 14 puntos y Elton Brand, de Clippers, con 12. No hubo exhibiciones colectivas, exceptuando algún ‘alley-oop’ y asistencia sin lustre. Kobe Bryant, la gran sensación de la liga, pareció buscar a McGrady en cada jugada. Steve Nash, Novitzki o Ray Allen estuvieron muy por debajo de sus números y actitud en el campo.
Tampoco puede decirse que el Este fuera mejor. Pero sólo gracias al entrenador Flip “Cortefiel” Saunders, que dirige a los Pistons, el Este pudo remontar una brecha considerable abierta por el Oeste en la primera parte, cuando se vio por primera vez sobre el parquet algo de juego en equipo, en los minutos en que Billups, Richard Hamilton, Ben Wallace y Rasheed Wallace jugaron como un combinado y no como un catálogo de estrellas. Ni Vince Carter, ni Iverson parecieron entrar con mucho ímpetu en el juego, pero gracias a las exquisiteces de Lebron James (a la postre MVP del partido), Wade, Billups o Shaquille el Este fue acercándose al combinado del Oeste hasta superarle en el marcador por varios puntos a su rival.
Al final, bordeando los últimos segundos, Kobe Bryant metió un canastón empatando a 120 el encuentro. Espectacular canasta que fue respondida por un oportunista Wade a fallo de Iverson, que no obtuvo réplica por McGrady, que erró la canasta de la verdad y el marcador quedó clavado en el definitivo 120-122.
En cuanto a Pau Gasol, fue el único que jugó en equipo, algo intimidado por su debut en el partido de las estrellas, rígido en sus primeros minutos en pista, pero humilde y algo ingenuo ante la actitud ambiciosa de sus compañeros. Atrapó doce rebotes, convirtiéndose en el máximo reboteador del partido de las estrellas que dejó en el Toyota Center de Houston la sensación del recuerdo de anteriores ediciones donde la magia y el juego en equipo prevalecieron sobre los apartados individuales. Lo de ayer pareció más un “a ver quién chupa más y mete más puntos” que un verdadero encuentro de primeras figuras de la liga con ganas de pasárselo bien.
Hace poco, Scottie Pippen hizo unas declaraciones respecto a la reciente consecución de los 81 puntos en un partido por parte de Kobe Bryant manifestando “Yo apreció a Kobe hasta la muerte y si esto fuera un 'uno contra uno' apostaría todo mi dinero por él, pero no se trata de esto, sino de un juego de equipo y en este sentido no apostaría por él”. Ayer, en Houston, el espíritu de Bryant pareció apoderarse de todas estrellas, menos, paradójicamente, de la indiscutible sensación baloncescística de los Lakers.

viernes, febrero 17, 2006

Review-Dossier 'Munich'

El peso de la venganza
Spielberg ha logrado con ‘Munich’ uno de sus trabajos más memorables con este alegato histórico sobre el desagravio terrorista y sus dramáticas consecuencias.
Parecía inimaginable que después de ‘La guerra de los Mundos’, Steven Spielberg dirigiera la película más escabrosa y polémica dentro de toda su filmografía. ‘Munich’ es, sin duda alguna, el trabajo de mayor complejidad y más arriesgado del director hasta la fecha, lo que simboliza su ambición profesional como autor comprometido con sus creencias como cineasta y como persona. Situado en una posición de privilegio, no ya dentro del panorama cinematográfico actual, sino en la Historia del Cine moderno, hay que reconocer la valentía y el compromiso histórico de Spielberg al hostigar y enfrentar creencias desencontradas haciendo frente a las posturas ideológicas de los judíos en el conflicto palestino a través de un hecho real (el producido a causa de los atentados de las Olimpiadas de la ciudad alemana de Munich en 1972) como tesis hebraica sobre el concepto de venganza y sus dramáticas consecuencias.
Un proyecto de tal envergadura y calado emocional sólo podría venir de las manos de alguien tan poderoso como Spielberg, exponiéndose al ciclón crítico que ha despertado la película en un terreno ideológico doblegado a la intransigencia. Por ello, ‘Munich’ no se ha visto con buenos ojos por parte de la comunidad judía, que la ha considerado como un ultraje y un anatema en contra de la metodología del Estado de Israel para batallar el terrorismo. Por contra, también ha sido acusada de ‘pro-israelí’ por los árabes. Palestinos expuestos como villanos, con cierto fondo de humanidad, el citado cuestionamiento del proceder israelí con coartada para la venganza terrorista, la no justificación de la misión israelí sin condena a la acción palestina, la recriminación a Spielberg de permanecer ambiguo y neutral ante los hechos e incluso la contradicción de la identidad judía… Muchas han sido las acusaciones que se han vertido sobre este controvertido filme. Pero, lejos de todas ellas, el filme encuentra su grandeza en la capacidad de lanzar cuestiones trascendentales sin dogmatismos, desde la pura y nada impostada equidistancia, abriendo el debate de postulados a favor y en contra, pero sin negar ninguno de ellos. Incluso aquellos que la han visto como un reflejo histórico al pie de la letra encuentran la inhabilitación de sus protestas en el claro rótulo inicial que reza “Inspirada en hechos reales”, dejando claro que la inflexibilidad documental y real de los acontecimientos que se muestran no es una coacción para desgranar la ficción política que en ella se lleva a cabo.
Acusar a Spielberg de no posicionarse, de permanecer ambiguo ante los hechos sería como acusarle de no contribuir a resolver los problemas de Oriente Próximo. Algo que se antoja imposible en estos tiempos de agitación en la zona, donde el judaísmo expatriado ha convertido el desarraigo en una ley frente al judaísmo sionista, capaz de fomentar el odio hacia el judaísmo como método de unión política y religiosa con el objetivo de regresar a la tierra originaria de Israel. Oriente Próximo se ha bifurcado en dos bandos en los que recíprocamente cada uno ve un opresor y enemigo en el otro. Un conflicto centenario, el árabe e israelí, sin final previsible a largo plazo.
Por eso, Spielberg se muestra púdico cen su imparcialidad, pero sin evitar el compromiso de desconfiar, en su final, sobre la metodología que Israel ha ejercido ante el problema palestino a lo largo de su historia, sugiriendo el diálogo como inalcanzable solución, interpelando a la irracionalidad vengativa ante el terrorismo, pero sin refutarla. En esa dualidad del alma judía desde la creación del Estado de Israel, tras más de medio siglo de masacres en ambos bandos, nadie parece contar con la razón ni la lógica de una guerra aceptada como necesaria. La triste realidad de Oriente Próximo es que no está preparada para asumir la paz y la felicidad. Algo que Steven Spielberg ha sabido reflejar en esta, vayamos diciéndolo ya, obra de excelsitud magnificada.
Fragmentos de la historia
El 5 de septiembre de 1972, siete fedayines palestinos de los campos de refugiados del Líbano, Siria y Jordania que actuaban como miembros del grupo terrorista Septiembre Negro fueron vistos saltando la valla metálica que rodea la Villa Olímpica de Munich sobre las cuatro de la madrugada. Una vez dentro, secuestraron a once componentes del equipo olímpico de Israel. Exigían la liberación de 250 palestinos encarcelados en el Estado de Israel. Después de horas de negociaciones, las autoridades facilitaron a los terroristas un transporte para El Cairo y todos, secuestradores y secuestrados, fueron trasladados al aeródromo cerca de Fürstenfeldbruck, junto a Munich, donde la policía alemana había tendido una trampa con la esperanza de liberar a los rehenes. El Gobierno de Golda Meir pidió permiso a Bonn para enviar una unidad de élite a rescatar a los secuestrados. Los alemanes rechazaron la oferta y asumieron la responsabilidad de liberar a los rehenes.
Pero la operación fracasó. Además de los dos atletas asesinados en la villa olímpica, los comandos encargados no pudieron eliminar a todos los terroristas y en el curso de la operación, tres terroristas lanzaron granadas de mano sobre los deportistas, que esperaban atados en el interior de un helicóptero. La matanza se saldó con nueve deportistas y cinco terroristas muertos. Todos murieron, excepto tres componentes de Septiembre Negro. Al día siguiente, los Juegos Olímpicos siguieron su curso y el mundo Occidental comenzó a olvidar con pasmosa rapidez.
Pero en Oriente Próximo, Israel preparó la venganza. Golda Meir formó una comisión secreta dentro del Gobierno israelí que recibió el nombre en clave de Comité X, que contó con el Mossad para encargarse de la eliminación de todos aquellos que habían participado en la planificación y ejecución del secuestro. Cada uno de los asesinatos debía recibir el visto bueno de esta comisión. La operación recibió el nombre de ‘La Cólera de Dios’ (en hebreo, Mitzvah Elohim). Se formaron varios equipos repartidos por toda Europa, especializados en diversas formas de asesinato. Y así, la venganza se fue fraguando al eliminar a los responsables de la matanza de Munich. Desde Adel Wael Zuaiter, representante oficial de la OLP en Italia, Muhamad Nayar y Kamal Aduán y el portavoz de la OLP, Kamal Nasser, así como otros representantes con conexiones con Septiembre negro, fueron cayendo muertos en Argelia, Libia, Bonn, Roma, París, Copenhague, Nicosia, Madrid, Beirut… Una espiral de violencia que engendró más odio entre ambos bandos en una venganza que ha durado más de dos décadas.
‘Munich’ arranca con los acontecimientos en la Villa Olímpica y sus posteriores entresijos políticos en los que el Mossad es solicitado para organizar la matanza de los responsables de los atentados. Avner Kaufman (Eric Bana) será el encargado de liderar a un equipo de cuatro miembros del equipo antiterrorista; Steve (Daniel Craig), un temerario surafricano, Hans (Hanns Zischler), un judío alemán experto en falsificar documentos, Robert (Mathieu Kassovitz), un fabricante belga de juguetes reconvertido a fabricante de explosivos y Carl (Ciarán Hinds), un hombre silencioso y metódico que se encarga de ‘limpiar’ cuando los demás se van. Desde Ginebra, Frankfurt, Roma, París, Chipre, Londres hasta Beirut, Avner y su equipo viajan de incógnito, buscando a cada uno de los objetivos incluidos en una lista secreta, asesinándolos uno a uno mediante complicados complots. En el camino de sangre, muerte y armas que los vengadores han erigido sobre sus conciencias, haciendo del crimen su forma de vida, el límite entre justicia y asesinato se irá extinguiendo y provocará a su vez las dudas de la causa, perdiendo un rumbo que disipará sus raíces, abandonando para siempre el hogar por el que matan y mueren.
Es la historia que Spielberg y sus guionistas Tony Kushner y Eric Roth han extraído de la novela ‘Vengeance’, de George Jonas, en la discordia teórica que provoca la indistinguible diferencia entre terrorismo y antiterrorismo. Por supuesto, la comparación entre ambos formatos e intenciones se cristaliza en una diatriba que no da lugar a la analogía y sus frentes morales ante el terrorismo. Jonas ha escrito: “El resultado no es tanto una fábula de equilibrio moral en celuloide como el himno de guerra triunfal (es más, orgásmico) de un pacifista en el que el clímax se alcanza con una escena de Avner fornicando que se alterna en un montaje grotesco con escenas de imágenes violentas del drama de la Villa Olímpica”. Algo que parecen haber plagiado la mitad de los analistas y críticos de todo el mundo en sus reproches displicentes y arrogantes contra la película de Spielberg, ejemplo de la generalizada aversión que se tiene a una de las figuras más relevantes y ejemplares del cine, en su concepto más amplio.
Violencia y culpa destructiva
Cuenta ‘Munich’ con dos partes bien diferenciadas, de prototipos genéricos y normas representativas bien determinadas con las que Spielberg ejercita su maestría, desempeñando una planificación narrativa de perfecto engranaje rítmico, suntuoso y lapidario, procedente de la experiencia de un director que ha traspasado lo terrenal para pasar a engrosar el olimpo de los genios insustituibles. En su prólogo y arranque, el cineasta presenta los atentados de Munich de forma escrupulosa, mediante el desconcierto desordenado de los informativos, de las noticias variables e inciertas que sobrevinieron al hecho, de las crudas consecuencias emocionales vividas en Alemania y en Oriente, sacudiendo al espectador paulatinamente con ‘flashbacks’ del suceso a medida que transcurre la acción, en su justa proporción y en momentos puntuales.
Es entonces cuando Steven Spielberg mete de lleno al espectador en el ‘thriller’ político, desglosando la acción en la preparación y ejecución de los atentados por parte del Mossad. Spielberg utiliza todos y cada uno de los recursos cinematográficos para estructurar con minuciosidad los planteamientos morales y políticos a través de la acción sin freno, del manejo del género de espionaje que recuerda al Hitchcock de ‘Topaz’, suministrando instantes de tensión con un montaje de portentosa eficacia. Como la secuencia en que uno de los integrantes del grupo de Avner intenta detener la orden de explosionar una bomba para evitar asesinar a la hija inocente del objetivo o las dudas que provoca el primer cara a cara con el asesinato en Roma de otro integrante de la OLP. Un complejo proceso itinerante por varias ciudades del mundo donde el quinteto del Mossad mantiene encuentros y desencuentros con agentes palestinos, organismos mercenarios, asesinos a sueldo e implicación de la CIA y la KGB con una disposición cinematográfica situada en el plano enfático visual, para que lo que aparezca en pantalla sea inequívoco y contundente, ya sea en la localización geográfica o la sensación emocional que va minando la película y obligar así al espectador a acompañar a estos patriotas traicionados por la patria en el infame viaje hacia los infiernos.
En el tránsito de locura, Spielberg pone todas las cartas sobre la mesa, yendo en serio en pos de sus designios, echando por tierra su imputada condición de timorato inocuo con respecto a la crudeza visual de una violencia que se expande a lo largo de la cinta con incómodo desabrimiento, ensangrentando la pantalla con efusión, con brutalidad extrema e inusual dentro del cine del director de ‘E.T.’, una violencia ineludible cuando lo que se pretende es promover la idea de la irracionalidad inherente a la sangre y a la venganza. Hasta ese momento, el público ha sido testigo y cómplice de los atentados en la raíz histórica de la historia y exposición del ‘thriller’. Sin embargo, la película comienza a cuestionarse preguntas con vacilante respuesta, acerca de si el colectivo, en este caso la nación israelí, está por encima del individuo, sin pretender malograr su naturaleza pragmática y amoral. Esa secuencia clave, la de pérdida total de los valores, despojando de integridad a la sicaria holandesa en la casa flotante, comienza a hacer estragos en la mentalidad de Avner y sus compañeros tomando conciencia de que se han transformado en despreciables asesinos y han renunciado a la sangre y a la nacionalidad para matar por venganza.
‘Munich’ profundiza en sus verdaderos objetivos, proponiendo las razones, pruebas y fundamentos de la dudosa moral que comporta el terrorismo de estado, aquel ordenar asesinatos selectivos escudados en una posición política aparentemente beneficiosa para la seguridad de un gobierno y su país, donde matar ya no es una simple cuestión ideológica sino ética, donde el fin elimina la justificación de los medios. Ya sea en el bando de asesinos y asesinados. Donde no quedan ni vencedores ni vencidos. Los terroristas no se definen a través de sus objetivos políticos, sino por los medios utilizados para su consecución. ‘Munich’ pasa abordar una cuestión más seria. La que se refiere a la crisis y a la identidad. Para Avner llega un momento en el que no importa la promesa de una vida tranquila asegurada por los superiores del Mossad, sino que la importancia de tener un hueco en el mundo al que pertenece se ha esfumado con la espiral de violencia perpetrada en el tránsito de “justicia” aplicada por su grupo. La guerra entre dos pueblos se reduce a una cuestión tan sencilla como la de formar un hogar, una familia, un área vital que sirva de contraveneno contra la sensación de desamparo. Elementos que el personaje de Eric Bana ha ido destruyendo con la sucesión de asesinatos cruzados en la que se ve inmerso. Israel parece distinto a su regreso, debido a los remordimientos y a los fantasmas de la paranoia. Incluso dentro de su misión, comprueba ese estrafalario e interesante ambiente familiar que constituye la organización de mercenarios franceses dirigidos por Michel Lonsdale y Mathieu Amalric que se venden al mejor postor, pero que sin embargo, responden a una integridad que Avner ha ido perdiendo con sus asesinatos.
Por el contrario, Avner ha luchado por un país al que tiene que renunciar para vengar la muerte de los atletas (que van apareciendo puntualmente por medio de ‘flashbacks’, origen visual y en ‘ralentí’ de la locura que genera los crímenes selectivos del Mossad), perdiendo su patria y sus raíces, sabiéndose víctima y terminando por sentirse en el lugar del verdugo. De ahí esa polémica secuencia del coito marital en paralelo montaje con la ejecución de los deportistas israelíes, encuentro íntimo intoxicado por la culpabilidad, signo de la destrucción psicológica y moral a la que ha sido sometido. La deshumanización, además de acabar con la estabilidad de Avner, se ha llevado aquello por lo que luchó y creyó, convirtiendo en víctimas a su mujer y a su hija pequeña, judías condenada al exilio en Brooklyn. Junto a ellas se verá obligado a vivir alejado de todo aquello que había protegido; su familia, el honor de su padre, su nacionalidad… y a lo que renunció cuando eligió formar parte de un grupo de asesinos con o sin causa por culpa del miedo y el odio que bien podrían equiparse a la actual situación árabe y palestina.
Por eso, en su epílogo, se desgrana una incógnita que se ha ido velando a lo largo de su metraje; la sugerente descontextualización de los hechos. Mientras el grupo de ‘antiterroristas-asesinos’ actúa en Europa se desconocen los entresijos políticos de los grandes poderes. Así, Ephraim (Geofrey Rush) es incapaz de aportar pruebas que demuestren la culpabilidad de los palestinos asesinados, negándose a compartir el pan con Avner por su renuncia a volver a Israel, reflejada como elección unilateral. Porque para Ephraim, Israel tiene la obligación de defenderse cuando es amenazada, ante el dilema de Avner, que empieza a creer que la ley del Talión no es la solución al problema. Dos vertientes abiertas que abren el diálogo y el debate. Ambas sin ser negadas ni refutadas, eliminando la concesión al final feliz.
Puede que ‘Munich’ pueda verse como una apátrida parábola de la necesidad de paz estable en Oriente Próximo, pero lo cierto es que esta obra (posiblemente una obra maestra con mayúsculas) es la cinta más incómoda de su cineasta hasta la fecha. Por su imprevisible dureza, su carácter premonitorio, su excelsitud cinematográfica, sus interpretaciones memorables (sería baladí significar a algún actor por encima de otro, ya que están todos sensacionales), por la partitura inconmensurable de John Williams, por su capacidad de análisis, es una película imprescindible para lanzar un poco de luz sobre el caos del terrorismo sin sentido que asola el mundo actual. Una mirada escéptica y pesimista al futuro que se cierra con un magistral plano final donde las torres gemelas simbolizan que en la actualidad también existen otras guerras ocasionadas como respuesta a otros ataques
Miguel Á. Refoyo © 2006

Tres décadas y un año

Cumplir años puede ser un trago difícil para algunas personas.
El pesar de las primaveras que van cayendo cual hojas marchitas en otoño, la cercanía ineludible de la senectud, los achaques propios del crecimiento maduro encaminado a la edad provecta, las arrugas, la caída del cabello, las canas, el taca-taca, el fascinante mundo de las sondas, la cuñita, el respirador artificial, las partidas de petanca… Todo ello no es más que una gambox artificial que nos colocamos en los duros días en los que uno ha rebasado la treintena y ve que el principio del fin está en marcha.
Pero lo verdaderamente importante es cumplir años con alegría, empezando a asumir que los cumpleaños son una fiesta, una progresión de peldaños hacia el conocimiento de uno mismo, hacia la sabiduría y el respeto por la vida, la felicidad y por el prójimo.
Por supuesto, ésta podría ser la excusa perfecta para un estúpido desorientado en un mundo ideal, una transmutación de Heidi en un universo feliz. Pero no para nosotros.
¿A quién se quiere engañar? Tras la delirante reflexión del año pasado, sigo creyendo que cumplir años es una putada reiterativa y anual en la que uno cae irremediablemente. Una ominosa jornada donde los pocos que se acuerdan de felicitarte lo hacen inmaterialmente, recordándote que eres más añejo y que te queda un año menos de vida, que estás más gordo y cada vez tienes más pelo en la cara y menos en la cabeza. Que estás más cerca del hoyo, en definitiva.
Pero… qué se le va a hacer.
La vida es como un globo de fiesta lleno de helio abandonado en el techo que se va vaciando hasta que cae. Por eso, es mejor dedicar estos momentos a divertirse en plan parranda constante y dejar cosmologías existencialistas para los que se aburren, como este párrafo en sí.
Si uno, por ejemplo, cumple años y recibe de la persona que más quiere en este mundo (que a su vez, es el mejor regalo que le ha hecho la vida) inesperados presentes tan acertados como el libro de entrevistas de Charles Brownstein a Frank Miller y Will Eisner y la versión de cuatro dvd’s de ‘The Frighteners’, de Peter Jackson durante una fiestecilla sorpresa y comprueba en el calendario que tan fútil aniversario coincide con el principio de un fin de semana que huele a constante celebración etílica, qué más da cumplir un año más.

jueves, febrero 16, 2006

Mañana es el día

Es, con toda certeza, la crítica más larga que he escrito en muchos años.
De hecho, más que una crítica (las célebres ‘reviews’ del Abismo) es un dossier analítico sobre la película de Steven Spielberg. Llevo dos días, mañana y tarde, imbuido por la sensación de presión, de ridícula expectativa que he creado con aquel avance de ‘Munich’.
Pero os aseguro que la espera merecerá la pena.
Nunca antes me había obsesionado con un proceder tan minucioso con un escrito, ni me había sentido tan identificado y convencido de lo que escribía. Por supuesto, habrá quien disienta, quién desconsidere mi opinión, quién no esté de acuerdo con lo que leerá. Es lógico y asumible. Pero lo que nadie podrá quitarme es una de las experiencias profesionales más gratas y arduas de mi dilatada carrera (con título -que soy periodista-).
He reflexionado profundamente. Me he abstraído. He recordado con precisión. Me he documentado hasta el paroxismo de la escrupulosidad. Me he emocionado. Incluso he llegado a la extenuación mental. Todo para obtener como resultado una de mis críticas más profusas y completas, la más extensa y mejor acabada, que se verá por estos lares. De la que más orgulloso me voy a sentir con el paso del tiempo.
Después de tan duro trabajo, el logro debe reposar para poder excluir trabas y errores.
Mañana tendréis lo prometido.
Mañana y a lo largo del fin de semana (porque pienso tomarme un respiro hasta el lunes) podréis leer la crítica de ‘Munich’ en vuestro Abismo favorito.
Un consejo. Cuando lo hagáis, procurad hacerlo con la música de John Williams de fondo. Puede ser toda una experiencia.

miércoles, febrero 15, 2006

Review 'Walk the line'

La autodestrucción de la fama y el triunfo
‘Walk in the line’ no deja de ser un ‘biopic’ al uso, de los que tanto gustan en Hollywood. De esos consignados a preconizar la figura mítica de una destacada personalidad, en este caso de la gloria musical Johnny Cash, con un medido y lacónico guión de desgastada estructura que apela más a la hagiografía que a la realidad, desdibujando la figura del biografiado. La historia de pobreza infantil (por supuesto, en ‘flashback’), meteórico estrellato y ascenso a la fama, coqueteo con las drogas, dispendio económico y/o existencial con su posterior arrepentimiento y redención es la porfiada fórmula seguida por James Mangold y su guionista Gil Dennis.
Por eso, la autocomplacencia y la sensación de haber visto esta película por enésima vez (sin ir más, lejos parece un facsímil inmediato del ‘Ray’, de Taylor Hackford) alteran ‘Walk in the line’ en otra desequilibrada mirada a una vida de luces y sombras. Impresionista, indulgente en sus momentos duros, supone una obra falta de ingenio cinético y de cualquier ambición renovadora. Conformista y desnaturalizada por sus maniqueas intenciones emocionales, la cinta de Mangold no abandona su tufillo a telefilme de lustre beatífico y apagado por lo previsible de sus mecanismos que nunca se alejan de lo ortodoxamente monótono.
Aún así, pese a su esencia ofensivamente esquemática, existen ciertas cualidades en el filme de Mangold que evitan su defenestración como obra cinematográfica, ya que, por ejemplo, la intuitiva progresión artística y musical del personaje se sitúa (no siempre) por encima de la personalidad variable de Cash, por lo que aporta cierta dosis de interés en su caída y resurgimiento, focalizado a través de June Carter. También sobresale ése desaprovechado eje narrativo que engarza pasado y presente con su legendaria actuación en la prisión de Folsom.
Pero si por algo destaca la fallida adaptación de uno de los mitos más imperecederos de la historia de la música es por las generosas ráfagas de brillantez interpretativas que ofrecen sus dos protagonistas, que entregan al espectador las mejores actuaciones de su carrera. Joaquin Phoenix ofrece un recital de intensidad dramática, sin necesidad de metamorfosis físicas, aludiendo a su meticulosa profesionalidad para crear un Johnny Cash creíble y humano, con su voz profunda y colérico espíritu, reproduciendo fielmente las canciones del maestro. Por su parte, Reese Whiterspoon, pese a que no llega a las cotas de su ‘partenaire’, demuestra su madurez como gran actriz de primer orden.
En cualquier caso, por encima de Mangold y su película, queda la figura de “El hombre de negro”, Johnny Cash, un clásico irrepetible que supo ser fiel a sus principios y personalidad, alejándose sutilmente del ‘rock and roll’, del country de Nashville, del ‘gosspel’, del ‘bluegrass’ o del ‘honky tonk’, creando un subgénero propio que fusionaba al desgarrado romanticismo del folk, el pesimismo del country y la insurrección de un rock & roll que marcó para siempre la memoria de la música.
Miguel Á. Refoyo © 2006

Absurda suma de parecidos (V)

Recupero una desatendida sección del Abismo, la de ‘Absurda suma de parecidos’, para profundizar en otro de esos maridaje fisonómico que, ciertos o no, subjetivamente no pasan indiferentes.
En este nuevo caso me centro en el parecido que alberga la actriz Reese Whiterspoon con el ex jugador de fútbol Luis Enrique y la sonrisa del Mogwai Gizmo de la mítica peli de Joe Dante ‘Gremlins’.
Hace años que sostengo esta teoría un tanto ridícula y desprovista de verosimilitud, pero no exenta de cierta realidad si nos fijamos bien. Sobre todo, cuando la genial Whiterspoon, teñida de morena, interpreta con vehemencia y excelsitud a June Carter (aunque sin la suntuosidad que la señalan como ganadora del Oscar de este año a la mejor interpretación femenina), la musa vital del desaparecido Johnny Cash, en floja ‘Walk the line’, de James Mangold.
Y, mirad por dónde, voy a aprovechar momento 'cashiano' para escribir una sucinta crítica sobre dicha película antes de ponerme, de una puñetera vez, con ‘Munich’.

martes, febrero 14, 2006

Historias de la trena

Imaginaos por un momento que volvéis a ser unos inocentes infantes con ansias de educación, de ilustración, de prácticas escolares comunes. De esas con vídeos ilustrativos a lo Troy McClure.
Por la puerta entra un señor muy elegante, vestido, posiblemente, de Armani. Lleva el pelo engominado y porte señorial. Coloca en la mesa de la profesora un maletín que abre con aristocrática majestuosidad. Todos os preguntáis, entre miradas cómplices, a qué viene tanto misterio.
- Hola, pequeños amigos. Soy Brett King y vengo de la oficina del Sheriff del condado de Multnomah.
- Hola señor King - contestamos al unísono.
Por supuesto, a todos se nos saltaría la risa (y más si fuera aquí, en España). Bueno, no nos salgamos de esta simpática crónica. Con todo, seguiríamos atentos, porque pertenecemos a una generación arraigada a la educación. Somos cultos, sabemos escuchar y tener en cuenta las palabras que llegan a nuestros oídos. Al menos, a los nacidos antes de 1985.
- He venido a ofreceros una ‘Lección de vida’ que no olvidaréis.- prosigue con contundencia oral.
Esto ya, suena a algo serio ¿no?
A pesar de ello, uno siempre espera que un tipo de estos se baje los pantalones y muestre orgullosamente ufano alguna cicatriz de guerra o saque con interés algún panfleto apologético del ejército.
Pero no.
En seguida nos damos cuenta de que el individuo va muy en serio con eso de la ‘lección de vida’. La profesora Ramona (cuyo nombre es totalmente injustificado si la acción transcurre en Multnomah, pero que me hacía ilusión como reminiscencia propia) apaga la luz y enciende una máquina de diapositivas. Con el fragor ruidoso del aparato fotográfico de fondo uno se pregunta “¿Una película o un documental?”. Sin quererlo, estamos atrapados. Conjeturamos con curiosidad.
“¿Qué será?”.
El silencio es roto por la voz del señor King.
- Este es Hank Lester.- dice el hombre elegante señalando la pantalla.
Observamos a un hombre joven, de semblante infeliz, posiblemente porque, debido a su pose, le han sacado la foto cuando fue arrestado. Todo encaja. Nos han colado una lección disciplinante sobre la cárcel y la delincuencia.
“Acabarás mal” solía decirte tu madre. “Esta ya me la sé, hombre”, piensas.
Pero lo que menos te imaginas es lo que viene a continuación.
- Este es Hank Lester- vuelve a repetir el hombre elegante –seis meses después- concluye con una sonrisa maliciosa.
En la diapositiva se contempla, con estupefacción general, el rostro irreconocible del mismo tipo, con bastantes kilos menos, varias contusiones laceradas en la cara y la mirada perdida. En su rostro ajado, parecen haber hecho mella dos décadas y no los seis meses que ha mencionado el fulano de traje.
Realmente acojona.
“Vale, vale, ya sé por donde van los tiros”, te dices a ti mismo sin poder retirar la mirada del Hank escuálido. Y tras Hank, llega Meredith, a la que todavía se le notan más los destructivos efectos de la cárcel. “¿Qué coño está pasando?”, prosigues en tu tortura interior. Y después, Meredith, Sylvia, Rupert, Horatio… Cada uno con secuelas físicas más visibles y desagradables que el anterior.
Pues bien, algo como lo relatado de forma inmediata e automática (sin sentido, por otra parte) es la nueva metodología que se lleva a cabo en distintos estados de los USA para intimidar a los chavalines de colegio sobre las consecuencias de la delincuencia y la drogadicción.
A los pequeños se les coloca, sin previo aviso, ante instantáneas de reclusos que, llevados por la agonía del correccional, se enganchan a la metanfetamina, que produce en ellos secuelas irreversibles. En Multnomah, por ejemplo, más de cien internos entran cada mes en la enfermería con signos de violencia y raquitismo. Por supuesto, un 85 % de ellos utiliza metanfetamina como método de efugio.
Las advertencias verbales han quedado obsoletas y el poder de la imagen prima para dragar la mente infantil con horribles imágenes que adviertan sobre los peligros que puedan encontrar en su desarrollo como persona es el futuro, amigos.
No lo olvidéis, porque se trata del plan de ‘Faces of meth’.
PD1: Evidentemente, si hubiera colocado imágenes en este post habría perdido toda la gracia.
PD2: A los que esperáis la crítica-review de ‘Munich’, os ruego paciencia. Esta mañana la he dedicado por entero a estudiar y profundizar en toda la etapa del ‘mccarthysmo’ y la ‘caza de brujas’ para un reportaje que me han pedido para mañana. Con lo cual, para meterme de lleno en la historia de los juegos olímpicos del 72 y escribir algo decente (a la altura de lo merecido con respecto al filme de Spielberg), necesito tiempo. Precisamente lo que me falta ahora, que ando con mil asuntos entre manos. Así que perdonad.

lunes, febrero 13, 2006

Muere Peter Benchley, escritor y guionista de 'Tiburón'

1940-2006
Hay quien dice que el guión que Peter Benchley escribió junto a Carl Gottlieb como adaptación de su libro homónimo para la película de Steven Spielberg ‘Tiburón’ superaba en cuanto a calidad a la novela. Hay quien apunta también que ésta no era más que un producto cuestionable de pobre factura literaria y atropellada narrativa.
A medio camino entre el anhelo de ofrenda y el inocente simulacro de novelas como ‘Moby Dick’, de Melville o ‘El enemigo del pueblo’, de Ibsen, Benchely escribió un divertimento basado en el suspense, con grandes dosis de acción y un trasfondo de choque entre intereses económicos antepuestos a la letal realidad ecológica. Así como las diferencias entre la teoría y la práctica de unos personajes que Gottlieb y Spielberg se encargaron de que no resultaran lineales.
En cualquier caso, Benchley creó uno de los mitos más iconográficos y perdurables para la historia del cine. Un argumento que encandila, donde su incuestionable gancho y astucia deviene en imaginaria aventurera y terrorífica que expone la brillantez de un austero guión para ser rodado con la maestría de un genio. Un relato de supervivencia de intensidad y sugerencia metamorfoseado por la batuta de Spielberg en una obra maestra del cine moderno.
Peter Benchley falleció el pasado sábado a los 65 años tras una larga y dolorosa enfermedad degenerativa. Fue periodista en The Washington Post, editor en la revista Newsweek y escritor de discursos para el presidente Lyndon Johnson.
Todavía me pregunto por qué no escribí un post conmemorativo de los 30 años de la creación de una de mis películas favoritas.
Quizá aún esté a tiempo.
Ante todo, condolencias abismales para Benchley.

Review 'Memorias de una geisha'

Insulso folletín nipón
Rob Marshall adapta, desde la complaciente fascinación occidental a la cultura japonesa, el ‘best seller’ de Arthur Golden con un producto sin alma ni brío.
‘Memorias de una Geisha’ responde, de entrada, mucho más a la pretenciosa fascinación occidental sobre Oriente que a una propuesta seria de profundización en la cultura japonesa arraigada a uno de sus más tradicionales símbolos como es la geisha y toda su tortuosa y fascinante idiosincrasia. La principal traba estriba en el mismo denuedo sentimentaloide del ‘best seller’ de Arthur Golden, que contiene dentro de su prosaica y adjetivizada retórica un espíritu exótico que aspira a cotas mucho más elevadas de lo que en realidad ofrece. Un efecto involuntario que, inesperadamente, ha sido adaptado a la gran pantalla con conseguida perfección. Tanto la novela como la película definen sus términos artísticos en la insipidez de lo fácil, en una historia lineal y folletinesca que pretende empatizar con el lector/espectador por medio del drama trágico, con una disposición sucesiva de los elementos melodramáticos en pos de sensiblería que acaba, por lógica, cayendo en el tedio del más rústico culebrón.
Por supuesto, en este tipo de producciones, como en la prefabricación literaria de ‘best sellers’ lo comercial está por encima de lo artístico, por lo que la película de Rob Marshall no escatima al ostentar un aparatoso diseño de producción que propugne un efecto de belleza cautivadora, de ejecución plástica y técnica, donde cada objeto sea vistoso, ejerciendo en sus líneas una fascinación preciosista en la perspectiva que tiene un extranjero por la cultura nipona. Pero el gran problema de ‘Memorias de una geisha’ no reside en este ambicioso y cuidado despliegue visual y decorativo de artificiosidad edulcorada, sino en su designio y propuesta narrativa, subordinada a dar preeminencia al infortunado drama y a una historia de amor que mitiga sus aspectos más desagradables para llevar, paulatinamente, al espectador a un insufrible y previsible ‘happy end’.
Bajo la batuta del director de 'Chicago' se esconde un alarde de estilo, que infunde un halo de astuto ardid donde Marshall intenta imitar, sin mucho lucimiento, la narrativa clásica oriental, con un minucioso recorrido por las coordenadas filosóficas y estéticas del mundo japonés, subrayando la delicadeza ornamental de peinados, tradiciones, habitáculos, rituales y ceremonias sociales de un código normativo muy estricto y férreo, el de las sometidas geishas. Pero lo lleva a cabo sin el hipnotismo y el sortilegio de un mundo arcaico y tradicional donde las contradicciones, sutilezas y la arcana reputación de esta mujer de compañía que perfila Goldman en su mediocre novela, como en la biografía de Mineko Iwasaki o el ‘Geisha’, de Liza Dalby, otras dos muestras de libros dedicados a la seducción de esta figura oriental.
Marshall, además, muestra el entorno social de las geishas desde una perspectiva contagiada por un falso propósito docente y didáctico de refinada pulcritud. Así, no se repara en reiterar varias veces que una ‘okiya’ es la casa de aprendizaje de las geishas, que un ‘danna’ es un protector que las mantengan, que las ‘maikos’ son aprendices y sus hermanas mayores son ‘o-nêsan’, a las que acompañaban a las casas de té. Por supuesto, tampoco falta la ilustración de las partes de un kimono o que la música que tocan las geishas sale de un ‘shamisen’. Todo ello, sin perder la voluntad de edulcorar la vida de unas mujeres que no eran dueñas de su destino.
Narrada con una ampulosa voz en off, ‘Memorias de una geisha’, es el tortuoso recorrido por la vida de Chiyo, una pobre e inocente niña que es vendida junto a su hermana al señor Tanaka, que no duda en separarlas y entregarla a la jefa de una casa de geishas de Gion donde, por supuesto, será maltratada y esclavizada por la hermosa y altiva Hatsumono, una geisha que la envidiará desde el principio. Una vida donde el dolor y la humillación harán la vida imposible de Chiyo hasta que conozca al Presidente, un apuesto hombre que marcará el destino de la pequeña. Gracias a Mameha, que la sacará del okiya, la joven, bajo el nombre de Sayuri, se convertirá en la geisha más deseada del Japón prebélico. En este periplo, la complejidad y el arte que guarda la preparación de una geisha queda en un segundo término ante el enamoramiento de Chiyo por un hombre que le dobla la edad. Tanto, que desdeña a su hermana, a la que se elimina de la historia a las primeras de cambio. La historia de envidias y celos de Hatsumono, el obligado flirteo con Nobu, la puja por su virginidad (‘mizuage’) o un fugaz lapso donde irrumpe la II Guerra Mundial serán los alicientes de una historia que se va consumiendo progresivamente hasta extinguir cualquier tipo de interés.
En este decaimiento, donde sólo destacan la soberbia partitura de un John Williams colosal (que ha compuesto uno de sus mejores ‘scores’ de los últimos años) y la enfatizada fotografía de Dion Beebe, ni siquiera Zhang Ziyi, Ken Watanabe, Michelle Yeoh o Gong Li parecen lucir en un conjunto de imágenes desprovistas de alma y de todo significado. ‘Memorias de una geisha’ no es más que un acercamiento turístico, de soslayo, por un mundo que distingue a las geishas, mujeres cuya divinidad era vendida en una especie de subasta al servicio de hombres a los que servían como amantes y que no alcanzaban jamás el estatus de esposa y las ‘oiran’, lo que se tiene entendido en el mundo como prostituta.. Y en este periplo queda la impostura comedida del guionista Robin Swicord, que aporta un par de elipsis con las que la cinta hubiera dado un mayor dramatismo a la ya de por sí depauperada visión de un optimista Marshall respecto a la dura vida de Sayuri; en el momento en que ésta entrega su ‘mizuage’ al Doctor Cangrejo y la amargura de un conflicto bélico que acaba con el concepto de geisha tradicional, por el que se pasa casi de puntillas. Una cinta de torpe superficialidad en la que ni siquiera lucen un par de rácanas coreografías rodadas por un experto como es Marshall.
‘Memorias de una geisha’ es, en definitiva, como un fastuoso ‘ukiyo-e’, las pinturas del mundo flotante, grabados xilográficos japoneses que sirvieron de inspiración al movimiento impresionista francés de principios del S. XIX, reproducidas con más pasividad de la esperada por un Rob Marshall apático e irresolutivo con un material que adolece de la magia de la temática a la que se refiere.
Miguel Á. Refoyo © 2006

sábado, febrero 11, 2006

Gente detestable (III): Britney Spears

Aquí arriba tenemos a Britney Spears, amigos.
Desde que oí sus declaraciones sobre Bush en ‘Fahrenheit 9/11’ la considero una retrasada mental. Pero ya después de ver esta clase magistral de conducción, civismo automovilístico, seguridad y protección en deferencia con su bebé me parece que esta insufrible estrellita nació privada de cerebro, sin actividad funcional, sólo apreciable cuando firma los millonarios cheques de sus anuncios de Pepsi y sus insuficientes discos tan necesitados de talento.
Britney Spears ha sido, desde su descubrimiento en la MTV, uno de los iconos de la estupidez más sórdida que han emergido en el panorama musical yanqui desde hacía mucho tiempo. Se lanzó como ‘lolita’ calientapollas vestida de colegiala y aspavientos de fulana rabalera con su ‘hit’ ‘Baby, One More Time’ y sus primeras declaraciones ya dejaron intuir que estábamos ante un fenómeno de torpeza mental más que notable.
Llegó a imaginar que el mundo creería que “era virgen y no mantendría relaciones sexuales hasta después del matrimonio” cuando Justin Timberlake (y medio mundo de la música) había practicado más de medio kamasutra con la insoportable diva del ‘pop’ modernillo e inclasificable. Ha intentado vender una rivalidad de odio profesional (análoga a la que mantuvieron en los años 80 las actrices porno Ginger Lynn y Traci Lords) con su contendiente musical, Christina Aguilera, igual de esperpéntica en su fastuoso relumbrón, pero infinitamente mejor artista y cantante.
Tras seguir haciendo el anormal casándose en Las Vegas con Jason Allen Alexander, un amigo de la infancia, para divorciarse dos días después, se casó con el bailarín Kevin Federline y se quedó embarazada (no sabemos si de él) para, durante la gestación, anunciar que quería retransmitir en directo el parto.
La imagen poniendo en peligro a su hijo Sean Preston (como hizo Michael Jackson con su tercer retoño al exhibirlo en un balcón de un hotel de Berlín) es la evidencia de que esta tipa es imbécil.
Por eso, desde el Abismo, yo te digo: "¡Te odio, Britney Spears!".

viernes, febrero 10, 2006

La mejor foto de 2005, según World Press Photo

Esta es la imagen que ha ganado el premio a la mejor foto del año 2005 según la World Press Photo. Pertenece al fotógrafo canadiense Finbarr O'Reilly, para Reuters.
La instantánea muestra, como llamamiento a la compasión del mundo desarrollado, a una mujer aguardando con su hijo en un centro de alimentación de emergencia en Níger.
Uno de cada cinco niños sufre desnutrición en las regiones de Maradi y Tahoua (donde se tomó la foto).

¡¡¡¡All Star!!!

"Pau Gasol becomes the Grizzlies’ first All-Star in franchise history and the first Spanish player in NBA history to be selected to an All-Star team".
Ahí es nada.
Tenemos cita con la historia, con el logro más importante que un deportista español ha logrado en los fastos de nuestro deporte.
No hay pentacampeones de ciclismo, ni fracasadas selecciones de fútbol, ni pilotos de Fórmula 1 ni motociclismo, ni siquiera atletas que valgan.
Ha llegado el momento de disfrutar de Gasol en conjunción con el estelar talento de los mejores jugadores del mundo.
La cita: el 18 y 19 de febrero de 2006 (a partir de las 2:30 ambas madrugadas en Cuatroº -que se ha estirado y lo emite en abierto-).
¡I LOVE THIS GAME!

jueves, febrero 09, 2006

'The Warriors', desempolvando la memoria pandillera

Épico vandalismo callejero
Cuentan que ‘The Warriors’ permaneció muy pocos días en cartel porque desde su estreno se produjeron varios conflictos (e incluso muertes) entre bandas callejeras que asistieron a este clásico dirigido por el gran y postergado Walter Hill. Tras estos incidentes, magnificados por varios de los críticos más prestigiosos de la época, la película sufrió numerosos cortes y se redujo su exhibición a un circuito minoritario. Estos hechos provocaron que el filme de Hill se convirtiera, casi desde su estreno, en una obra de culto en toda regla, obsesiva y nocturna, de perenne estética setentera, película inaugural de todo el subgénero de cine ‘pandillero’ que ha pasado a la historia como una de las mejores cintas de su autor y una referencia a la hora de aludir a viejas epopeyas suburbiales.
‘The Warriors’ comienza con un surtido número de delegados de todas las bandas de Nueva York, reunidos en congregación para escuchar las directrices de Cyrus, el cabecilla de los Riffs, la pandilla más poderosa de la ciudad, que ofrenda un discurso sobre la tregua de bandas y lograr así el propósito de dominar la ciudad ante la policía y las autoridades. Durante el acto, el enloquecido jefe de los Rogues dispara contra Cyrus y acusa a los Warriors como autores del crimen antes de que la policía acordone el cónclave vandálico. Desde ese momento, los Warriors emprenderán un duro regreso a su demarcación territorial, Coney Island, en una esperpéntica noche donde tendrán que luchar por sus vidas, sobreviviendo a la fragosidad urbana barriobajera de Nueva York, donde no faltará la iracunda violencia callejera, persecuciones subterráneas, violentas peleas, hercúlea indocilidad y una agreste hombría prodigada por los Warriors en cuanto ven a una mujer. De ahí, que uno de ellos sea detenido por una policía cuando intenta camelársela en un parque.
Una imborrable película de acción y aventuras que tiene imágenes y secuencias imborrables; como los Orphans, una pandilla de ridículos aprendices que amedrentan con recortes de periódicos y vuelven a aparecer con una minúscula navaja para intimidar, los Baseball Furies, unos tipos hereditarios de los drugos de ‘La Naranja Mecánica’ con atuendo de beisboleros portando un bate, las Lizzies, unas golfas que actúan como mantis religiosas, los labios junto al micrófono de Lynne Thigpen (sustraído por Tarantino para ‘Pulp Fiction’) y, en definitiva, todas y cada una de las secuencias de lucha y persecuciones que Walter Hill cuida milimétricamente hasta el extremo.
‘The Warriors’ reúne todas las características que se ajustan a un filme de culto que ha trascendido a través de los años, debido, en gran parte, a que sus personajes son arquetipos carentes de profundas sinecuras y motivaciones. No hay búsqueda de una causa, porque, pese a que estos antihéroes contienen un variado código ético, tienen una directriz como fin de su violenta conducta: la de sobrevivir y llegar a Coney Island.
Los miembros de las bandas que aparecen en la película no son descritos como relegados sociales, sino como hombres con honor que velan por la territorialidad y la justicia. Llama la atención, vista desde la actualidad, cómo Hill ya buscaba entonces una personal forma de representar la violencia como estético impacto en el espectador, construyendo con eficacia los muchos momentos violentos que hay en este pequeño clásico, centrándose en su visualidad, sin atender a los motivos que la provocan, olvidándose de representar la realidad. Un postulado que ha seguido imperecedero en un director tan olvidado como legendario dentro de la Serie B.
Es también ‘The Warriors’ un ‘western’ urbano, modernizado por los neones y la nocturnidad de su contexto, extraordinariamente fotografiado por Adrew Laszlo, donde más allá de hablar del bien y el mal, de sus criterios morales clásicos, se centra en la supervivencia de unos ‘cowboys nocturnos’ en su regreso a casa, dotando a este entrañable clásico con una lapidaria puesta en escena, donde el ritmo es perfecto y frenético, sin respiro, para invocar al relato épico de un modo cerebral.
No es extraño que cuando se habla de ‘The Warriors’ se aluda a ‘Anábasis’, de Jenofonte, la clásica obra que narraba cómo unos guerreros atenienses regresaban a casa tras batirse contra los persas, tropezando en su camino con miles de enemigos que quieren acabar con ellos. Historia trasladada a finales de los 70, definiendo la cruda y estilizada descripción de la violencia nocturna de los bajos fondos Nueva York de este clásico de culto.
Por cierto, si te gustó esta legendaria película de Hill, seguro que disfrutas este descubrimiento en forma de mítico recorrido por sus personajes y leyenda.
Este artículo fue publicado en la revista Serie B Underground, con motivo de la presentación del juego de Rockstar basado en el filme.

miércoles, febrero 08, 2006

Cerebros y guitarras

Términos como el cerebelo, diencéfalo, hipocampo, hipófisis, sistema límbico, corteza somatosensorial o cortes transversales y frontales poco tienen que ver con mástil, diapasón, oído, caja de resonancia, clavijero, transductores o cuerdas.
En realidad no tienen que ver nada en absoluto.
Una siniestra muestra de troncos encefálicos de masa gris en distintas formas de distorsión combinados inconsecuentemente con extraños y originales modelos de guitarras es una mezcolanza que ni Césare Lombroso ni Leo Fender verían lógica.
En el Abismo, esta demencia es posible.

martes, febrero 07, 2006

Next Coming: 'Nacho libre', uno de los estrenos de 2006

Después de la excelente anormalidad, fábula crítica y entrañable sobre el ‘freakismo’, titulada ‘Napoleon Dynamite’, Jared Hess nos deleitará este año con una de las comedias más esperadas de 2006, ‘Nacho Libre’, la esperpéntica historia de Ignacio (más conocido como Nacho), un cura que dedica su tiempo a ejercer de pinche de cocina y seminarista en un hospicio mexicano.
Lo que pocos saben es que Nacho se dedica clandestinamente a la lucha libre para obtener fondos para el orfanato. Nacho es condescendiente con los huérfanos que viven en el centro y sus conquistas económicas van a parar a ellos de forma altruista. Le acompañarán en su aventura, su fiel amigo y ayudante, Esqueleto, la joven Hermana Encarnación, nueva encargada del monasterio, Candidia, niña pija enamorada de Esqueleto y el archienemigo de Nacho, gran rival y adalid de la lucha libre en confabulación con los Hermanos Galindo, hermanos luchadores de Oaxaca.
‘Nacho libre’ homenajea la lucha mexicana como parte de la cultura popular arraigada a México, a la imaginería del entretenimiento clásico que alcanzó su cenit comercial y creativo con las personalidades iconográficas del inigualable Santo Enmascarado de Plata (que ya tuvo su merecida retrospectiva en el Abismo) y Blue Demon.
La cinta está protagonizada por Jack Black, en un papel a la medida de su histrionismo cómico tras su ambicioso rol de ‘King Kong’, y le acompañan actores de procedencia mexicana como Ana de la Reguera, Hector Jimenez, Richard Montoya y el prolífico Peter Stormare.
Más información y tráiler en Ain’t it cool news.