jueves, 14 de octubre de 2004

Número 33 y recuerdos que envejecen el presente

“¡¡Scooootie!!” que gritaría el nunca bien ponderado Andrés Montes se ha ido y no volverá nunca a jugar a aquel deporte que tantas horas llenó mi vida. El deporte que he amado y amaré hasta que me muera. Uno de los mejores jugadores que ha tenido nunca la NBA cuelga las botas para siempre. Y la lástima es que, para los de mi generación, este hecho tan intrascendente para lo mayoría de los mortales, nos hace sentir mucho más viejos, huérfanos de mitos que ya no existen. Y es que cuando descubrimos el universo de la magia y el espectáculo baloncescístico de las grandes leyendas, Scottie Pippen acababa de llegar como ‘rookie’. Y el otro día, sin que nadie nos avisara, Scottie Pippen se fue, después de 17 temporadas compitiendo al más alto nivel. A los 39 años, en el día de apertura de los campos de entrenamientos de los Chicago Bulls, el equipo de su vida y, porqué no decirlo, de la nuestra.
Tal vez el gran escollo de Pippen haya sido jugar a la sombra del único deportista de todos los tiempos que se merece el denominador de Dios: Michael Jordan. Pero sabe el bueno de Michael ‘Air’ que si no hubiera sido por el apoyo espiritual y técnico de Scottie, no hubiera ganado títulos y no sería tan grande como es. Y en una competición de alto ‘standing’ como lo es la NBA, los títulos son primordiales. Así, grandes estrellas como Kart Malone, Charles Barkley, Ewing, Mullin y demás figuras totémicas que compusieron el único y genuino ‘Dream Team’ de cualquier disciplina se pueden situar por debajo de Pippen.
Es una lástima, pero la cultura que nos ha tocado vivir, con una inagotable pasión por la condecoración, la distinción y el título como única manera de comparar y contrastar absolutamente todo, hicieron de Pippen un injusto escudero de Jordan, un valuarte necesario, sí, pero siempre a la sombra del genio. En una sociedad que construye y destruye ídolos a una velocidad inagotable, Pippen, aunque fuera visto como deportista segundón, obvió cualquier percepción y, por méritos propios, entró en la gloria con un juego y unas habilidades que pocas veces se volverán a ver en una cancha de baloncesto.
Hoy en día, nadie se acuerda de que la leyenda acerca de que Jordan era un individualista, excelente anotador y de juego inaccesible era cierta. Su creciente omnipresencia en el campo de juego llegó después, cuando tuvo la ayuda de un equipo. Hasta que llegó Pippen, Jordan no jugó con un equipo, porque ningún compañero estaba a su altura. Los Bulls empezaron a ganar títulos cuando el binomio incomparable ‘Jordan-Pippen’ empezó a funcionar como duplo, como invencible pareja sobre los que el club levantó un conjunto de necesidades puestas al servicio de dos jugadores. Por eso, decir que Michael Jordan ganó seis anillos de Campeón del Mundo con los Bulls, es también decir Scottie Pippen. Porque sin él, la magnificencia del 23 de Chicago hubiera seguido siendo la de un individualista que hacía lo posible por mejorar sin un equipo que le respaldara, como tantos otros cracks que se quedaron sin la gloria de un título. Y ahí reside la grandeza de este hombre: haber contribuido a la mitología desde la sombra, desde un segundo plano, dedicándose a hacer lo que mejor sabía: jugar en equipo, un baloncesto puro y espectacular de un irrepetible gregario destapado como auténtica estrella.
Después de 11 temporadas de gloria en los Bulls, a los que llegó en 1987 procedente de Seattle, equipo que le había elegido en el número 5 del 'draft', Pippen, tras su glorioso periplo en Chicago, se fue a los Houston Rockets, donde coincidió con Olajuwon y Barkley. De todas formas, su paso por la franquicia texana fue efímero, ya que el año siguiente se marchó a los Portland T. Blazers, escuadra con la que no pudo llegar a la final de la NBA tras toparse en dos ocasiones consecutivas con los Lakers de Shaquille O'Neal y Kobe Bryant. Pippen, veterano y sabedor de que sus días habían pasado a la historia y sin el suficiente potencial para llevar un equipo a sus espaldas, volvió a casa, para disfrutar de la última temporada con los suyos, con el club que le hizo grande. Así, con la camiseta de los Bulls brindó su experiencia a los jóvenes que forman el equipo y dar sus últimos minutos de baloncesto, aunque las lesiones apenas le permitieron disputar 23 partidos. Pippen se marcha así, entre otros muchos logros, con siete menciones en el mejor equipo defensivo de la NBA y una designación como MVP del All-Star en 1994, partido que jugó en siete ocasiones.
Recuerdo varios instantes mágicos, de esos retazos visuales que no tienen que ver con el Séptimo Arte pero que han marcado momentos irrepetibles en mi retina, casi como imágenes cinematográficas; cuando en 1995, Pippen levantó su pie con el logo de Michael en sus ‘Air Jordan’ y le indicó a su mejor amigo con el dedo que volviera. Un mes después, Jordan volvió contra los Indiana Pacers vistiendo la camiseta de los Bulls y el número 45 a la espalda. Viene a la la cabeza aquélla final en la que Jordan contra los Jazz jugó un partido con fiebre a punto de desmayarse cayendo en los brazos de Scottie. O Pippen, destrozado a causa de una lesión de espalda, dándolo todo en aquella misma final. De los mejores que he vivido en mi miserable vida. Como en cualquier secuencia de 'Butch Cassidy and the Sundance Kid', como Mezzo y Pirus en el mundo del cómic.
Sus números son de envidia: 17 temporadas en la mejor liga del Mundo, 16,1 puntos de promedio por partido, 6,4 rebotes y 5,2 asistencias en 1.178 partidos. Con 208 partidos disputados en la fase final, figura en segundo lugar en este apartado tras Kareem Abdul-Jabbar, que tiene 237 como récord. Además, ganó la recordada medalla de oro con el 'Dream Team' en los Juegos Olímpicos de Barcelona' 92 y fue elegido uno de los mejores cincuenta jugadores de la historia de la NBA en 1996. Los Bulls honrarán a esta gran figura, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, con la retirada del número 33 en la próxima temporada, que lucirá en el United Center junto al 23 de su inseparable Michael Jordan. Scottie, me has hecho sentir un poco más viejo, porque has traido a mi memoria tantos buenos recuerdos que no he podido por más que dedicarte estas líneas desde lo más profundo de mi corazón.