lunes, 25 de octubre de 2004

La crueldad transparente de un cuento terrorífico

El corto, como medio de instrucción para el difícil camino al largometraje, sigue siendo la única forma de disciplina conductiva para mostrar las futuras y nuevas formas de estilos y miradas que generan prometedores talentos en el mundo del cine. En los cortometrajes actuales, en su gran mayoría, se tiende a delimitar la importancia del contenido a la comedia, género que la mayoría de los cortometrajistas elige como vía de desplegar sus ideas, o al efecto formal o giro argumental que tanto daño está haciendo a la narrativa cinematográfica actual. El riesgo del drama, del más oscuro objetivo desplegado en el terror y del compromiso con la novedad o la dificultad de contar algo nuevo son elementos que empiezan a escasear en un mundo que se ha multiplicado con el paso de los años y que, gracias a la digitalización del medio, ha acrecentado el número de obras y formatos, dando una proliferación de diversas miradas y personalidades en los miles de realizadores que sueñan con dirigir cine.
Una destacada muestra de este género de corta duración es ‘Escarnio’, de Raúl Cerezo, una obra de cámara, de cuidada estética y de logros que van mucho más allá del mero aprendizaje cinético que tiene la dirección y la puesta en escena de un guión. Para la ocasión, Cerezo ha optado por la adaptación de un texto ajeno, materializado en la adaptación del cuento ‘La gallina degollada’, de Horacio Quiroga, uno de los escritores latinoamericanos menos comprendidos en su época, pero que en la actualidad se presenta más que contemporáneo, ya que su carrera literaria se compone de una narrativa actualizada con el paso de los años, debido, fundamentalmente, a la parvedad de un tiempo delimitado y de una idiosincrasia o geografía específica. Es en esa universalidad, casi siempre en el lado más torvo y profundo de la psique humana, donde se sitúa este pequeño e inquietante cuento que el joven cortometrajista lanza como su trabajo más importante hasta el momento.
Tomando el punto de partida y el final del extraordinario cuento, Cerezo narra la historia de un matrimonio que espera con ilusión tener descendencia. Pero no todo es como se pensaba, ya que los trillizos de la pareja quedan sesgados mentalmente y sumidos en la anormalidad debido a una extraña enfermedad. Mientras el padre les cuida, la madre les repudia. Con la llegada de una bella hija sana que crece feliz junto a sus padres, los tres hijos enfermos, depreciados por sus progenitores, son recluidos en casa de la hermana de la madre. El recuerdo de esta tía decapitando una gallina para una comida, desencadenará un trágico desenlace que tiene como consecuencia la curiosidad por lo prohibido y el resultado de la crueldad más egoísta.
Respecto al relato de Quiroga, los firmantes del guión, el propio Cerezo y Ángeles G. Rivera, se han tomado algunas licencias para acomodar la trama a sus propios objetivos argumentales y escénicos. Así, los cuatro niños ‘idiotas’ (llamados así en la obra del escritor), se transforman en trillizos para agilizar la trama o la inclusión de la referencia al libro infantial de ‘Ricitos de Oro y los 3 ositos’, para el paralelismo de la niña y esos tres peligrosos hermanos. También es importante la figura del oscuro y mefistofélico médico en la acción, un misterioso pozo, el oso de peluche como clave para atraer la curiosidad de la niña por los hermanos y la sordera de la hermana como la inevitable excusa de la tragedia. Tal vez en estos cambios, influye el peso de percibir que la irracionalidad bestial de los ‘idiotas’ viene dada además de por la obsesión de una imagen, de un degollamiento animal (en este caso una gallina, resuelta con gran resolución visual por parte de Cerezo), a causa la incomprensión del acto, subversivamente diabólica y cruel, en una venganza oculta por la atención que les ha quitado su hermana, que dan a la acción una oscura legitimidad para el fratricidio y que en el corto no se percibe debido al repentino alejamiento de los niños deficientes de su familia. Aún así, la fidelidad al espíritu del relato no se pierde en ningún momento, algo de agradecer al realizador y co-guionista.
‘Escarnio’ es una oscura fábula sobre el rechazo, la humillación y el desconsuelo, sobre la ambición de la perfección y el maltrato a la anormalidad. Pero también sobre la enfermedad y el defecto humano, ya que física o psíquicamente todos los personajes, menos la niña idealizada en la pureza inocente, están sumidos en la malformación. La gran virtud de este ejercicio visual y guionístico vienen dado por dos razones. La primera se fundamente en el riesgo que se ha tomado al plasmar una historia no exenta de conflictividad a la hora de llevarla a imagen, abordando un cortometraje difícil de digerir, posicionándose en unos designios visuales que se entroncan con el idealismo genérico al que está encaminado el cortometraje. El segundo gran hallazgo es la cuidada fotografía de Álvaro Germán Vilela y su conseguido acabado visual, que juega con el avance de la historia para cambiar de tonalidades, apostando por la variedad de una gama cromática que va ‘in crescendo en una pretendida narración de predilección atmosférica (mucho más conseguida a partir de la aparición de Bertita, la niña pequeña).
Tal vez se eche de menos la explicitación de la crueldad final y su asociación inherente al cuento de Quiroga, ya que en vez de ver a la niña gritando y pidiendo auxilio mientras sus hermanos ‘idiotas’ la arrastran hacia la muerte siguiendo el mismo ritual que con la gallina, se centra en la suavización de la imagen explícita en pos de la elipsis y la sugerencia. Lo que menos convence, de todos modos, se sitúa en el apartado interpretativo que, dada la excesiva frialdad de los rostros de Ignacio Gijón y Belén Ponce de León con sus hieráticas composiciones, no logran transmitir la fuerza que tienen los personajes. Si a esto, unimos una evidente apatía en la dirección artística, en los interiores vacíos que sufrirán los que tengan el ‘horror vacui’ artístico (otra cosa es que el director lo haya querido así bajo una intención de desconocida índole), ‘Escarnio’ recoge pequeñas irregularidades que se encubren, sin embargo, en los muchos logros que esconde una ennegrecida y obsesiva historia, de una crueldad transparente, dirigida con buen pulso e ilusión contagiosa por parte de Raúl Cerezo.
‘Escarnio’ es, por tanto, un paso evolutivo hacia algo más grande, de más empaque, conformándose como un más que digno cortometraje en el alicaído y formulista universo del cine en pequeño formato.
PD: Vamos, que me ha gustado.