jueves, 20 de enero de 2005

Abuelito dime tú... por qué en las nubes voy

No sé qué extraña razón me ha movido a escribir esto. Pero hoy, llevado tal vez por la alegría de la vida, el esplendor de los buenos instintos y mi añoranza al campo y las ovejas, me voy a centrar en una de las series de animación japonesas más emblemáticas e inextinguibles del último lustro. Una serie que pasará de generación en generación con una particular y sana afabilidad, con un sentimiento y una bondad casta y pura que, a veces, se hace necesario en un anime lleno de violencia y sadismo.
Como contrapunto de la animación actual, ‘Heidi’ fue una serie que ha marcado a cada generación que la ha podido disfrutar, a cada niño que ha sentido las peripecias de un personaje imprescindible dentro de la iconografía nipona. La historia de la inimitable niña huérfana, triste y lánguida, a la cual envían a vivir con su abuelo, un ermitaño hosco, haragán y con mal humor llamado Alm (sí, tenía nombre) que vive en los Alpes suizos es una de las historias más conmovedoras que han pasado por la televisión española en su ya larga existencia. Aquella fábula, en realidad otro viaje iniciático de niña que aprende a sobrevivir en un mundo que le contraviene, partía en un principio con el abuelo de Heidi (un cabrón asocial, de rostro enjuto de bastante hijo de puta y mal bicho que, aparentemente, iba a hacerle la vida imposible a la candorosa pequeña), que no acepta su residencia en el lugar. A través de los episodios, el anciano, poco hablador y ceñudo va tomando por la niña un cariño muy especial, dada la inocencia y la bondad de Heidi. Hay que recordar, por supuesto, que lo que más le gustaba a Heidi era dormir sobre su colchón de heno, fabricar y comer queso, ordeñar ovejas (éstas dos últimas cosas por imposición del abuelo) y deslizarse en trineo en los duros y aburridos meses de invierno.
En las montañas, encontrará la amistad de Pedro, un chavalote bastante inculto que se dedica a cuidar cabras y a hacer el vago (también), al que le une una relación muy especial de altruismo y cariño. En la mitad de la serie, cuando la cordialidad y la amistad alcanzan un momento en el que ya no es posible aportar más que conocimiento sobre la naturaleza y el amor y la vagancia de las montañas, la niña es reclamada por una tía para que se eduque en Viena. Allí trabaja como asistente de Clara, una chavala paralítica que está más blanca que Copito de nieve, dada su reclusión en una lujosa mansión bajo las estrictas normas de uno de los personajes más morbosos y enigmáticos de la historia de la televisión, la siniestra Señorita Rottenmeyer, una bruja que, a pesar de querer lo mejor para las dos chicas, resulta coñazo para las dos nuevas amigas, ansiosas de jugar y divertirse jugando a los juegos que le enseña Heidi a Clara.
La nostalgia de la niña por el abuelito, por Pedro, por volver a hacer el vago y los Alpes hace que Heidi esté a punto de sufrir una terrible enfermedad. Lógico, si tenemos que cuenta que hasta entonces ha vivido la ociosidad inculcada del abuelo y el recreo constante con su mejor amigo cabrero. En su reencuentro con su hábitat en la montaña, le acompañará Clara y su supervisora. Allí, y después de vivir mil y una aventuras, la joven e impedida Clara (con las feromonas despertando su sexualidad y enamorada de Pedro y del ambiente campestre y sano que descubre por primera vez en su vida –tal vez fumen drogas tras las cámaras-) realiza la mayor proeza que jamás un humano vio. Un buen día, y sin proponérselo, Clara mira al horizonte, de un modo existencial y, como Lázaro, se levanta y se anda... hasta llegar a correr con Pedro, Heidi, Niebla, Copito de Nieve (el abuelo no, porque era un poco reumático) y con la sonrisa de la Señorita Rottenmeyer (que no sabemos muy bien qué le dio el abuelo, pero su carácter pasa a ser afable y extrovertido, casi de locaza felonzuela) satisfecha por los logros conseguidos por su pupila. Y como para no estarlo. Una inválida que, de repente, anda.
El anime consta de 52 episodios y fue una de las series de dibujos animados más recordados de la historia. La verdad es que, analizándola bien, ‘Heidi’ es una muestra de la intencionalidad subversiva (esta vez muy positiva) de aleccionamiento vital para las generaciones de niños que se identificaron y se identificarán durante toda la historia con este entrañable pequeña que ha sido uno de los paladines para que el Anime haya sido un éxito en nuestro país. O, tal vez, un panegírico insubordinado y turbulento que aboga por la desocupación, la diversión sin freno y la alergia a trabajar, como fondo de una sociedad en proceso de evolución. Las drogas, el nudismo, el hábitat natural y montañero y las relaciones sexuales entre niños también podrían ser un efecto maliciosamente camuflado en los buenos propósitos del anime. Aunque vamos a pensar que todo era precioso, perfecto y encomiable a favor de la amistad y la naturaleza bien entendida.
Johanna Spyri, la creadora
Todos hemos visto las aventuras de Heidi, pero pocos conocen su procedencia. ‘Heidi’, es una obra escrita e ideada por la escritora Suiza Johanna Spyri que, con su estilo y pericia, cautivó la literatura infantil. Sus obras se caracterizaron por escribir la vida de los niños en las aldeas de los Alpes, destacándose por la sensibilidad y la amenidad de sus relatos. Uno de sus más destacados libros es ‘Heidi’, por la cual miles y millones de niños aprendieron el proceso de la vida desde un vértice sensible y hermoso, para que relevara cuál había sido el destino de la niñita, el abuelo, de Pedro, de Clara, y de todos los personajes de una obra de dimensiones colosales.
La autora (con más de 80 libros a sus espaldas) murió en Zürich en 1901. Como en estas ocasiones, y desgraciadamente, el público internacional comenzó a conocerla varios años después de su fallecimiento. Lo grande de la obra de Spyri es lo accesibles que le resulta a los niños lectores de otros países, alejados de las montañas, los valles, los lagos, donde la autora siempre vivió. Con el tiempo estas historias, surgidas de los inagotables y maravillosos recuerdos de la infancia de la propia Frau Spyri, por una razón u otra fueron de dominio público y el personaje de Heidi, como el de Alicia, D´Artagnan y el de Jim Hawkins, se constituyeron en propiedad de nuevas generaciones de niños en el mundo entero.