jueves, 17 de febrero de 2005

La Primera de la Tercera Década

Pues esta mañana me he levantado con un año más. Acabo de entrar en la treintena. Tres décadas. 10.950 días -restando los días correspondientes a los años bisiestos (ni por calcularlos)-. La verdad es que esto de cumplir años siempre es lo mismo. Ahora cada vez que pasa un año no significa que menos para pasártelo bien. Hoy en día, cuando uno se mira al espejo advierte a un individuo cada vez más gordo, con más barba, más calvo y más flemático. El otro día, sin ir más lejos, descubrí horrorizado que me había salido un pelo en la oreja ¿Qué coño significa esto ¿Pertenezco a algún macabro episodio de ‘En los límites de la realidad’? Me veo en breve jugando una partida de 'chinchón' con un grupete de abueletes aficionados a los toros.
Treinta años después de haber visto la luz, aquí estoy, delante de una pantalla escribiendo para quién sabe quién. Hablando conmigo mismo sobre qué escribir en esta demencial jornada. Un episodio más en este Abismo, otro día de indolencia y resignación vegetando en esta ridícula ‘sitcom’ de humor negro en que se ha transformado mi vida. Con tres décadas a mis espaldas lo lógico sería hacer un balance o un postulado, en este caso inverso. He llegado a un momento en el que me encuentro internamente estigmatizado, sin nada residual ni ímpetu vital. Por fortuna nunca me he dejado llevar por absurdos traumas y algún día de estos me propondré salir de esta espiral de apatía que me circunda diariamente las ganas de reconciliarme con el mundo. Leeré a L. Ron Hubbard a ver qué aconseja.
Y es que los cumpleaños ya no son lo mismo. Cuando eras un crío llevabas unos cuantos Sugus al colegio y todos te cantaban el cumpleaños feliz. Te hacían sentir especial; te consentían meter un gol en el recreo, la chica que te gustaba te sonreía, tu madre te hacía tu comida favorita, te regalaban ridículos pijamas de osos y alguna que otra novela de Dan Simmons o Dean Koontz. Vale, siempre estaba el típico hijo de puta que te tiraba de las orejas el número de veces que años cumplías o las postales ‘divertidas’ propensas a la arcada. Ahora no. La gente que se acuerda queda bien felicitándote con total autosatisfacción y las gracias agradeciendo el gesto (pero por dentro piensas “regálame algo, cabrón” –el materialismo es a lo que arrastra-). Una letanía centenaria. Sin embargo, yo creo que a todo el mundo, el cumpleaños, llega un momento en que le da lo mismo.
Estaría bien que alguien llegara el día de tu cumpleaños con un ‘cheque-regalo’ a la puerta de tu casa, felicitándote y entregándote 5.000 euros, por ejemplo. Eso estaría bien. Qué digo bien. Sería la hostia. O que una confitería de prestigio te enviara una tarta enorme de chocolate de la que saliera, por ejemplo Kyla Cole, lujuriosa y escandalosamente inmoral, con una copa de champán dispuesta a brindar por la conmemoración haciendo del día un ‘Cumpleaños especial y sexual’ que evocaras por siempre jamás (sí, vale, ya no sé qué excusas inventar para colocar una foto de una escultural señorita mostrando una vistosa y sexual complexión desnuda). Ahora recuerdo de qué forma tan sensual le cantó la epicúrea Marilyn el ‘Happy Birthday’ a Kennedy… Eso es un cumpleaños. Lo demás son gilipolleces.
¿A qué me lleva todo esto, amigos? A la irrefutable utilización de esta inconsecuente circunstancia anual para afianzar en mi cuerpo serrano la primera gran cogorza de la tercera década. Una fiesta acojonante dipsomaníaca me espera esta noche. Y mañana, la resaca.
Oye, que esto escrito así suena bien “La primera de la Tercera Década”, muy ‘Star Trek’.
Basta.
PD: Vaya un post tan deplorablemente ególatra me ha salido. Tomaré el comodín de “es mi cumpleaños” para excusarme.
PD2: Me estoy dando cuenta escribiendo este weblog de que soy un individuo bastante raro y mohíno.