viernes, 17 de febrero de 2006

Review-Dossier 'Munich'

El peso de la venganza
Spielberg ha logrado con ‘Munich’ uno de sus trabajos más memorables con este alegato histórico sobre el desagravio terrorista y sus dramáticas consecuencias.
Parecía inimaginable que después de ‘La guerra de los Mundos’, Steven Spielberg dirigiera la película más escabrosa y polémica dentro de toda su filmografía. ‘Munich’ es, sin duda alguna, el trabajo de mayor complejidad y más arriesgado del director hasta la fecha, lo que simboliza su ambición profesional como autor comprometido con sus creencias como cineasta y como persona. Situado en una posición de privilegio, no ya dentro del panorama cinematográfico actual, sino en la Historia del Cine moderno, hay que reconocer la valentía y el compromiso histórico de Spielberg al hostigar y enfrentar creencias desencontradas haciendo frente a las posturas ideológicas de los judíos en el conflicto palestino a través de un hecho real (el producido a causa de los atentados de las Olimpiadas de la ciudad alemana de Munich en 1972) como tesis hebraica sobre el concepto de venganza y sus dramáticas consecuencias.
Un proyecto de tal envergadura y calado emocional sólo podría venir de las manos de alguien tan poderoso como Spielberg, exponiéndose al ciclón crítico que ha despertado la película en un terreno ideológico doblegado a la intransigencia. Por ello, ‘Munich’ no se ha visto con buenos ojos por parte de la comunidad judía, que la ha considerado como un ultraje y un anatema en contra de la metodología del Estado de Israel para batallar el terrorismo. Por contra, también ha sido acusada de ‘pro-israelí’ por los árabes. Palestinos expuestos como villanos, con cierto fondo de humanidad, el citado cuestionamiento del proceder israelí con coartada para la venganza terrorista, la no justificación de la misión israelí sin condena a la acción palestina, la recriminación a Spielberg de permanecer ambiguo y neutral ante los hechos e incluso la contradicción de la identidad judía… Muchas han sido las acusaciones que se han vertido sobre este controvertido filme. Pero, lejos de todas ellas, el filme encuentra su grandeza en la capacidad de lanzar cuestiones trascendentales sin dogmatismos, desde la pura y nada impostada equidistancia, abriendo el debate de postulados a favor y en contra, pero sin negar ninguno de ellos. Incluso aquellos que la han visto como un reflejo histórico al pie de la letra encuentran la inhabilitación de sus protestas en el claro rótulo inicial que reza “Inspirada en hechos reales”, dejando claro que la inflexibilidad documental y real de los acontecimientos que se muestran no es una coacción para desgranar la ficción política que en ella se lleva a cabo.
Acusar a Spielberg de no posicionarse, de permanecer ambiguo ante los hechos sería como acusarle de no contribuir a resolver los problemas de Oriente Próximo. Algo que se antoja imposible en estos tiempos de agitación en la zona, donde el judaísmo expatriado ha convertido el desarraigo en una ley frente al judaísmo sionista, capaz de fomentar el odio hacia el judaísmo como método de unión política y religiosa con el objetivo de regresar a la tierra originaria de Israel. Oriente Próximo se ha bifurcado en dos bandos en los que recíprocamente cada uno ve un opresor y enemigo en el otro. Un conflicto centenario, el árabe e israelí, sin final previsible a largo plazo.
Por eso, Spielberg se muestra púdico cen su imparcialidad, pero sin evitar el compromiso de desconfiar, en su final, sobre la metodología que Israel ha ejercido ante el problema palestino a lo largo de su historia, sugiriendo el diálogo como inalcanzable solución, interpelando a la irracionalidad vengativa ante el terrorismo, pero sin refutarla. En esa dualidad del alma judía desde la creación del Estado de Israel, tras más de medio siglo de masacres en ambos bandos, nadie parece contar con la razón ni la lógica de una guerra aceptada como necesaria. La triste realidad de Oriente Próximo es que no está preparada para asumir la paz y la felicidad. Algo que Steven Spielberg ha sabido reflejar en esta, vayamos diciéndolo ya, obra de excelsitud magnificada.
Fragmentos de la historia
El 5 de septiembre de 1972, siete fedayines palestinos de los campos de refugiados del Líbano, Siria y Jordania que actuaban como miembros del grupo terrorista Septiembre Negro fueron vistos saltando la valla metálica que rodea la Villa Olímpica de Munich sobre las cuatro de la madrugada. Una vez dentro, secuestraron a once componentes del equipo olímpico de Israel. Exigían la liberación de 250 palestinos encarcelados en el Estado de Israel. Después de horas de negociaciones, las autoridades facilitaron a los terroristas un transporte para El Cairo y todos, secuestradores y secuestrados, fueron trasladados al aeródromo cerca de Fürstenfeldbruck, junto a Munich, donde la policía alemana había tendido una trampa con la esperanza de liberar a los rehenes. El Gobierno de Golda Meir pidió permiso a Bonn para enviar una unidad de élite a rescatar a los secuestrados. Los alemanes rechazaron la oferta y asumieron la responsabilidad de liberar a los rehenes.
Pero la operación fracasó. Además de los dos atletas asesinados en la villa olímpica, los comandos encargados no pudieron eliminar a todos los terroristas y en el curso de la operación, tres terroristas lanzaron granadas de mano sobre los deportistas, que esperaban atados en el interior de un helicóptero. La matanza se saldó con nueve deportistas y cinco terroristas muertos. Todos murieron, excepto tres componentes de Septiembre Negro. Al día siguiente, los Juegos Olímpicos siguieron su curso y el mundo Occidental comenzó a olvidar con pasmosa rapidez.
Pero en Oriente Próximo, Israel preparó la venganza. Golda Meir formó una comisión secreta dentro del Gobierno israelí que recibió el nombre en clave de Comité X, que contó con el Mossad para encargarse de la eliminación de todos aquellos que habían participado en la planificación y ejecución del secuestro. Cada uno de los asesinatos debía recibir el visto bueno de esta comisión. La operación recibió el nombre de ‘La Cólera de Dios’ (en hebreo, Mitzvah Elohim). Se formaron varios equipos repartidos por toda Europa, especializados en diversas formas de asesinato. Y así, la venganza se fue fraguando al eliminar a los responsables de la matanza de Munich. Desde Adel Wael Zuaiter, representante oficial de la OLP en Italia, Muhamad Nayar y Kamal Aduán y el portavoz de la OLP, Kamal Nasser, así como otros representantes con conexiones con Septiembre negro, fueron cayendo muertos en Argelia, Libia, Bonn, Roma, París, Copenhague, Nicosia, Madrid, Beirut… Una espiral de violencia que engendró más odio entre ambos bandos en una venganza que ha durado más de dos décadas.
‘Munich’ arranca con los acontecimientos en la Villa Olímpica y sus posteriores entresijos políticos en los que el Mossad es solicitado para organizar la matanza de los responsables de los atentados. Avner Kaufman (Eric Bana) será el encargado de liderar a un equipo de cuatro miembros del equipo antiterrorista; Steve (Daniel Craig), un temerario surafricano, Hans (Hanns Zischler), un judío alemán experto en falsificar documentos, Robert (Mathieu Kassovitz), un fabricante belga de juguetes reconvertido a fabricante de explosivos y Carl (Ciarán Hinds), un hombre silencioso y metódico que se encarga de ‘limpiar’ cuando los demás se van. Desde Ginebra, Frankfurt, Roma, París, Chipre, Londres hasta Beirut, Avner y su equipo viajan de incógnito, buscando a cada uno de los objetivos incluidos en una lista secreta, asesinándolos uno a uno mediante complicados complots. En el camino de sangre, muerte y armas que los vengadores han erigido sobre sus conciencias, haciendo del crimen su forma de vida, el límite entre justicia y asesinato se irá extinguiendo y provocará a su vez las dudas de la causa, perdiendo un rumbo que disipará sus raíces, abandonando para siempre el hogar por el que matan y mueren.
Es la historia que Spielberg y sus guionistas Tony Kushner y Eric Roth han extraído de la novela ‘Vengeance’, de George Jonas, en la discordia teórica que provoca la indistinguible diferencia entre terrorismo y antiterrorismo. Por supuesto, la comparación entre ambos formatos e intenciones se cristaliza en una diatriba que no da lugar a la analogía y sus frentes morales ante el terrorismo. Jonas ha escrito: “El resultado no es tanto una fábula de equilibrio moral en celuloide como el himno de guerra triunfal (es más, orgásmico) de un pacifista en el que el clímax se alcanza con una escena de Avner fornicando que se alterna en un montaje grotesco con escenas de imágenes violentas del drama de la Villa Olímpica”. Algo que parecen haber plagiado la mitad de los analistas y críticos de todo el mundo en sus reproches displicentes y arrogantes contra la película de Spielberg, ejemplo de la generalizada aversión que se tiene a una de las figuras más relevantes y ejemplares del cine, en su concepto más amplio.
Violencia y culpa destructiva
Cuenta ‘Munich’ con dos partes bien diferenciadas, de prototipos genéricos y normas representativas bien determinadas con las que Spielberg ejercita su maestría, desempeñando una planificación narrativa de perfecto engranaje rítmico, suntuoso y lapidario, procedente de la experiencia de un director que ha traspasado lo terrenal para pasar a engrosar el olimpo de los genios insustituibles. En su prólogo y arranque, el cineasta presenta los atentados de Munich de forma escrupulosa, mediante el desconcierto desordenado de los informativos, de las noticias variables e inciertas que sobrevinieron al hecho, de las crudas consecuencias emocionales vividas en Alemania y en Oriente, sacudiendo al espectador paulatinamente con ‘flashbacks’ del suceso a medida que transcurre la acción, en su justa proporción y en momentos puntuales.
Es entonces cuando Steven Spielberg mete de lleno al espectador en el ‘thriller’ político, desglosando la acción en la preparación y ejecución de los atentados por parte del Mossad. Spielberg utiliza todos y cada uno de los recursos cinematográficos para estructurar con minuciosidad los planteamientos morales y políticos a través de la acción sin freno, del manejo del género de espionaje que recuerda al Hitchcock de ‘Topaz’, suministrando instantes de tensión con un montaje de portentosa eficacia. Como la secuencia en que uno de los integrantes del grupo de Avner intenta detener la orden de explosionar una bomba para evitar asesinar a la hija inocente del objetivo o las dudas que provoca el primer cara a cara con el asesinato en Roma de otro integrante de la OLP. Un complejo proceso itinerante por varias ciudades del mundo donde el quinteto del Mossad mantiene encuentros y desencuentros con agentes palestinos, organismos mercenarios, asesinos a sueldo e implicación de la CIA y la KGB con una disposición cinematográfica situada en el plano enfático visual, para que lo que aparezca en pantalla sea inequívoco y contundente, ya sea en la localización geográfica o la sensación emocional que va minando la película y obligar así al espectador a acompañar a estos patriotas traicionados por la patria en el infame viaje hacia los infiernos.
En el tránsito de locura, Spielberg pone todas las cartas sobre la mesa, yendo en serio en pos de sus designios, echando por tierra su imputada condición de timorato inocuo con respecto a la crudeza visual de una violencia que se expande a lo largo de la cinta con incómodo desabrimiento, ensangrentando la pantalla con efusión, con brutalidad extrema e inusual dentro del cine del director de ‘E.T.’, una violencia ineludible cuando lo que se pretende es promover la idea de la irracionalidad inherente a la sangre y a la venganza. Hasta ese momento, el público ha sido testigo y cómplice de los atentados en la raíz histórica de la historia y exposición del ‘thriller’. Sin embargo, la película comienza a cuestionarse preguntas con vacilante respuesta, acerca de si el colectivo, en este caso la nación israelí, está por encima del individuo, sin pretender malograr su naturaleza pragmática y amoral. Esa secuencia clave, la de pérdida total de los valores, despojando de integridad a la sicaria holandesa en la casa flotante, comienza a hacer estragos en la mentalidad de Avner y sus compañeros tomando conciencia de que se han transformado en despreciables asesinos y han renunciado a la sangre y a la nacionalidad para matar por venganza.
‘Munich’ profundiza en sus verdaderos objetivos, proponiendo las razones, pruebas y fundamentos de la dudosa moral que comporta el terrorismo de estado, aquel ordenar asesinatos selectivos escudados en una posición política aparentemente beneficiosa para la seguridad de un gobierno y su país, donde matar ya no es una simple cuestión ideológica sino ética, donde el fin elimina la justificación de los medios. Ya sea en el bando de asesinos y asesinados. Donde no quedan ni vencedores ni vencidos. Los terroristas no se definen a través de sus objetivos políticos, sino por los medios utilizados para su consecución. ‘Munich’ pasa abordar una cuestión más seria. La que se refiere a la crisis y a la identidad. Para Avner llega un momento en el que no importa la promesa de una vida tranquila asegurada por los superiores del Mossad, sino que la importancia de tener un hueco en el mundo al que pertenece se ha esfumado con la espiral de violencia perpetrada en el tránsito de “justicia” aplicada por su grupo. La guerra entre dos pueblos se reduce a una cuestión tan sencilla como la de formar un hogar, una familia, un área vital que sirva de contraveneno contra la sensación de desamparo. Elementos que el personaje de Eric Bana ha ido destruyendo con la sucesión de asesinatos cruzados en la que se ve inmerso. Israel parece distinto a su regreso, debido a los remordimientos y a los fantasmas de la paranoia. Incluso dentro de su misión, comprueba ese estrafalario e interesante ambiente familiar que constituye la organización de mercenarios franceses dirigidos por Michel Lonsdale y Mathieu Amalric que se venden al mejor postor, pero que sin embargo, responden a una integridad que Avner ha ido perdiendo con sus asesinatos.
Por el contrario, Avner ha luchado por un país al que tiene que renunciar para vengar la muerte de los atletas (que van apareciendo puntualmente por medio de ‘flashbacks’, origen visual y en ‘ralentí’ de la locura que genera los crímenes selectivos del Mossad), perdiendo su patria y sus raíces, sabiéndose víctima y terminando por sentirse en el lugar del verdugo. De ahí esa polémica secuencia del coito marital en paralelo montaje con la ejecución de los deportistas israelíes, encuentro íntimo intoxicado por la culpabilidad, signo de la destrucción psicológica y moral a la que ha sido sometido. La deshumanización, además de acabar con la estabilidad de Avner, se ha llevado aquello por lo que luchó y creyó, convirtiendo en víctimas a su mujer y a su hija pequeña, judías condenada al exilio en Brooklyn. Junto a ellas se verá obligado a vivir alejado de todo aquello que había protegido; su familia, el honor de su padre, su nacionalidad… y a lo que renunció cuando eligió formar parte de un grupo de asesinos con o sin causa por culpa del miedo y el odio que bien podrían equiparse a la actual situación árabe y palestina.
Por eso, en su epílogo, se desgrana una incógnita que se ha ido velando a lo largo de su metraje; la sugerente descontextualización de los hechos. Mientras el grupo de ‘antiterroristas-asesinos’ actúa en Europa se desconocen los entresijos políticos de los grandes poderes. Así, Ephraim (Geofrey Rush) es incapaz de aportar pruebas que demuestren la culpabilidad de los palestinos asesinados, negándose a compartir el pan con Avner por su renuncia a volver a Israel, reflejada como elección unilateral. Porque para Ephraim, Israel tiene la obligación de defenderse cuando es amenazada, ante el dilema de Avner, que empieza a creer que la ley del Talión no es la solución al problema. Dos vertientes abiertas que abren el diálogo y el debate. Ambas sin ser negadas ni refutadas, eliminando la concesión al final feliz.
Puede que ‘Munich’ pueda verse como una apátrida parábola de la necesidad de paz estable en Oriente Próximo, pero lo cierto es que esta obra (posiblemente una obra maestra con mayúsculas) es la cinta más incómoda de su cineasta hasta la fecha. Por su imprevisible dureza, su carácter premonitorio, su excelsitud cinematográfica, sus interpretaciones memorables (sería baladí significar a algún actor por encima de otro, ya que están todos sensacionales), por la partitura inconmensurable de John Williams, por su capacidad de análisis, es una película imprescindible para lanzar un poco de luz sobre el caos del terrorismo sin sentido que asola el mundo actual. Una mirada escéptica y pesimista al futuro que se cierra con un magistral plano final donde las torres gemelas simbolizan que en la actualidad también existen otras guerras ocasionadas como respuesta a otros ataques
Miguel Á. Refoyo © 2006

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