miércoles, 6 de julio de 2005

Review 'War of the worlds'

Descompensada invasión alienígena
Steven Spielberg demuestra su gran logro del espectáculo como arte cinematográfico en un guión descompensado que desluce su prodigioso trabajo visual.
Poco parecen haber cambiado las cosas desde que en 1898 H.G. Wells escribiera ‘La guerra de los mundos’, una de las obras pioneras de la ciencia ficción moderna que escondía tras su narración naves espaciales y sus devastadores efectos futuristas, el mensaje de los peligros de la globalización y una organización de auxilio internacional cuando se dan desastres de siniestras proporciones una peculiar concepción del colonialismo de la época. Después de que Orson Welles sembrara el pánico el 31 de octubre de 1938 con su realista y amenazadora adaptación radiofónica y Byron Haskin se encargara de llevar la célebre novela a la gran pantalla en 1953, Steven Spielberg se ha encargado de revisar desde nuestra sociedad modernizada las claves que motivaron la escritura de esta obra maestra literaria.
En los tres casos, más allá de los subversivos planteamientos políticos que sobrellevan sus diferentes enfoques, los puntos comunes de la acción siguen conservando la esencia de sus propósitos, basados en ‘El origen de las especies’, de Charles Darwin y su significativa admonición acerca del hombre como simple animal que ha obtenido la supremacía terráquea por error y que su existencia no resultó más que otro accidente de una larga cadena. ‘La guerra de los mundos’, versión Spielberg, no olvida que la sociedad ha avanzado, pero no ha logrado transformarse en una colectividad igualitaria ni solidaria, sino todo lo contrario. La película, en su nueva y flamante versión contemporánea del clásico de Wells, sigue describiendo la extraordinaria batalla que se libra para salvar al género humano, ésta vez a través de los ojos de una familia estadounidense y su lucha por sobrevivir. Ray Ferrier (el omnipresente Tom Cruise) es un estibador de muelle de Nueva Jersey (homenaje a Welles), divorciado y defectivo padre que deberá salvaguardar su vida y la de sus hijos de los inesperados ataques alienígenas contra la Tierra tras una tormenta eléctrica que será el preludio a la aparición de unos gigantescos trípodes de origen desconocido que comienzan a sembrar la destrucción masiva por todo el mundo.
A medio camino entre el cine homenaje a los años 50 de ciencia ficción, el cine de anticipación y el género catastrofista, Spielberg brinda una de sus mejores demostraciones de pirotecnia, de dominio visual y portentosa exposición en su realismo narrativo con un enérgico, intenso y sobresaliente logro cinematográfico totalmente apabullante. Ya desde el comienzo de la película, el Rey Midas de Hollywood juega a demostrar hasta que punto llega su conocimiento del medio, su saber hacer como director de acción, como alquimista visual con sus planos imposibles de explicar de un modo teórico, no sólo en la presentación efímera de sus personajes (tan fulminante y prototípica que hará que su unidemensionalidad imposibilite un crecimiento interno de los mismos), sino en el apresuramiento por mostrar la fatalidad humana ante los extraterrestres.
Spielberg, en ese sentido, acomete la acción sin ningún tipo de tregua. Pasados diez minutos, el público intuye que se encuentra ante una desbordante acumulación de secuencias realistas dentro de la ilógica del espectáculo de efectos digitales, con encadenadas secuencias llenas de tensión, reciclando emociones y consiguiendo que el público se mantenga boquiabierto ante la aparición de los visitantes, su particular manifestación como promesa de trágico acontecimiento apocalíptico. Tormentas de luz, fortuitos cráteres, destrucción de iglesias y edificios y la aparición del clásico trípode espacial denotan el sentido del espectáculo de un Spielberg capaz de mostrar mejor que nadie que la tecnología extraterrestre es más avanzada que la disponible por la sociedad finisecular, haciendo que los imprevistos invitados eliminen el motor vital de la sociedad moderna como primer plan de conquista de nuestro mundo aniquilando la energía eléctrica.
Con un atractivo encandilamiento en su visión catastrófica donde el objetivo es imbuir al espectador en el miedo y peligro, de las emociones de inseguridad recurriendo a unas persecuciones que ponen la más alta tecnología al servicio de la narración (el plano secuencia en que Cruise conduce por la autopista y la cámara sortea todo lo que se cruza en su camino para volver al interior del vehículo escapa a toda lógica), sus escenas de destrucción y terror de multitudes, Spielberg deja claro su aventajada soberanía superándose a sí mismo en cada escena, más sorprendente e impactante que la anterior, con su habitual brillantez en la concesión de los objetivos de espectáculo con la obtención de la ansiedad, supervivencia y dramatismo que aúna en su primera mitad ‘La Guerra de los Mundos’. Por lo que atañe a los dispositivos psicológicos, el tono catastrofista en la disposición de los temores colectivos, la incertidumbre y la hiperbolizada ficción es intachable, desglosando a su vez la voluntad de hacer ver la poquedad del ser humano dentro del incógnito universo en el que pervive.
Pero cuando todo está dispuesto para una innecesaria evolución de los personajes, tan enquistados en la acción y huida de unos marcianos de los que apenas conocemos nada de ellos (salvo algunas pinceladas), llega esa velada reflexión sobre el miedo y la búsqueda de unos valores familiares perdidos. Precisamente, donde la cinta comienza a disminuir su interés. El relato está orquestado en torno a la familia y su consolidación como cristalización de un cimiento de seguridad, uno de los temas favoritos del director, tema que le permite narrar la historia desde una perspectiva que pretende no perder en ningún momento el carácter intimista sin por ello renunciar a la épica del espectáculo.
Un propósito conseguido a medias, ya que si bien es cierto que a través de los protagonistas se consigue una sensación de miedo y angustia más creíble y cercana, también lo es que el brío insuflado en su comienzo y desarrollo se pierde por completo en el mismo momento en que Ferrier y su hija Rachel (la pequeña actriz prodigio Dakota Fanning) entran en contacto con Ogilvy (Tim Robbins), un hombre desequilibrado debido a un inadecuado instinto de supervivencia que es erradicado por un hecho todavía más cruel, el que comete Ferrier para proteger su vida y la de su hija. Es un momento clave, ya que supone la esperada visualización de los aliens, pero llega a carecer de cualquier fascinación por la reiteración del funcionamiento de la intriga, muy mal llevada, importunando el buen cauce del filme derivando en secuencias posteriores sin ningún atractivo, tal vez por la celeridad con la que se rodó el final de la cinta. Spielberg se deja llevar por el efectismo, cubriendo con momentos sensoriales, musicales y emocionales lo que no puede obtener con este ínfimo tramo de la historia, disipando la grandeza que hasta entonces latía en el interior de la narración.
La inevitable aparición de los políticos y militares intentando hallar la forma de desarmar al inexpugnable invasor (ahora es Asia y no Europa la mejor aliada de USA), la latente alegoría de la amenaza terrorista y la paranoia colectiva de los yanquis tras el 11-S (las pistolas como símbolo de protección familiar) y un extraño decrecimiento del espacio geográfico hacen que, a pesar de ese tono gris e imperfecto donde el desabrigo está presente en cada arista de los planteamientos iniciales, con una temerosa nación tocada en su seguridad y una familia desunida con un contexto social donde el ascetismo parece amparar el individualismo por encima de la colectividad, la película se transforme en un producto inestable gracias a un indigesto fin de función cargado de moralismo, triunfalismo y pronóstico previsible.
Hay que agradecer al menos, el respeto que David Koepp y Josh Friedman han firmado en el desenlace de su muy desequilibrado guión, concluyendo el filme con una imposible alacridad antropológica, en la que los marcianos quedan aniquilados víctimas de los microorganismos, los seres más diminutos de nuestro planeta que demuestran la humildad de lo imperceptible ante una época dominada por el avance y progresión de la técnica, dejando que la humanidad, como reflexión derivada de Copérnico, pase de ser el centro de la creación a convertirse en un ínfimo componente del universo.
Aún así, Steven Spielberg relumbra con su imaginería el arte de la destrucción en pantalla, del cataclismo generado por el ordenador al servicio de la narración, confirmando que no hay quien le supere en la mezcla de la acción en torno a una amenaza de difícil superación humana con la concesión de escenas dramáticas y crudas (la niña observando un río que se va llenando de cadáveres y destrucción, el exterminio volatizado de los seres humanos en manos de los trípodes…), destacando la capacidad de eficacia en la parte interpretativa con un Cruise magnífico, con un Robbins ejemplar y, sobre todo, una Dakota Fanning que sobresale del resto del reparto en su intensificación de emociones y cambios de ánimo (impresionante a sus 11 años).
‘La Guerra de los Mundos’ es un gran espectáculo cinematográfico idóneo para un verano desguarnecido de títulos de interés, con unos objetivos de entretenimiento muy estudiados, con aspiraciones no conseguidas de cine inteligente en su genérica aspiración de ciencia ficción catastrófica y con su despliegue de efectos especiales al servicio de un argumento descompensado que deja, en definitiva, una de las muestras más fláccidas e inoperantes de la evolutiva progresión que había manifestado Spielberg en sus últimas y fantásticas películas.
Miguel Á. Refoyo © 2005