jueves, 28 de febrero de 2008

Review 'Pozos de Ambición (There Will Be Blood)'

El poder, la codicia y sus instrumentos
Arriesgadísima cinta que conjuga locura, visceralidad y bucólica lírica en la cruel reconstrucción de un arcaico relato sobre el épico levantamiento de un país.
La carrera de Paul Thomas Anderson es la representación envidiable que cualquier autor con ciertas exigencias artísticas querría para sí a la hora de confeccionar sus arriesgadas obras con sello propio. Uno de esos pocos cineastas que tiene estipulado, por contrato, la definición de todos y cada uno de los aspectos finales de su película, incluida el montaje final, es este autor de obras como ‘Magnolia’ o ‘Punch Drunk Love’. Tal vez por ello, el cine de Anderson, en su interesantísima progresión cinematográfica que consta de sólo de cinco películas, ha podido conjugar una libertad absoluta en sus guiones, albedrío narrativo, metraje con infinidad de recursos técnicos y una puesta en escena a la altura de las primorosas exigencias de un director detallista y clarividente, acostumbrado a retratar caóticas fábulas acerca de las relaciones familiares y el destino.
‘Pozos de Ambición’ es su obra más arriesgada hasta el momento. Se podría decir que también la más personal. Siguiendo la tradición épica de las raíces de los Estados Unidos, el filme se centra de lleno en una época de convulsos cambios históricos, como lo fue el periodo histórico de la segunda revolución industrial, cuando lo artesanal sucumbió ante la llegada de gran producción fabril, que afectó no sólo a los procedimientos de producción o las artilugios de trabajo, sino que también provocó la mutación de todas las fuerzas productivas, afectando la distribución de la sociedad y recrudeció los enfrentamientos sociales. Con estos conceptos, el director adapta muy libremente la novela ‘Petróleo’, de Upton Sinclair, con la odisea de Daniel Plainview, un minero aspirante a empresario que no ve obstáculos hacia el ambicioso designio de convertirse en el magnate del petróleo más poderoso del país, en una pugna donde su principal enemigo será el anacronismo religioso conducido por el líder espiritual instalado en Little Boston, la zona donde el petróleo está todavía por extraer.
En los áridos contornos californianos, en los albores de ésa nueva era económica, Plainview verá crecer su imperio y su poder, utilizando medios industriales amparados en la rectitud, la ambición, la codicia o la impiedad, en la personalidad de personaje que, a lo largo del filme, no evolucionará en su ideología por la consecución de un sueño de mecenazgo petrolífero. Presentado como un antihéroe para el que no existe ningún tipo de redención, este personaje es mostrado en todo momento como un cabrón sin entrañas, llevado por la sed de supremacía e individualismo delirante, que termina vendiendo su alma y desprendiéndose de cualquier retazo de humanidad posible. La riqueza y el poder conllevan a un retiro misantrópico, de odio irracional hacia el mundo, donde la única vía de escape se encuentra en una botella de güisqui que alberga el sueño que finalmente acabará por absorber su vida.
Una espiral de locura que llega a provocar auténtico miedo. Porque, más allá del drama, de la odisea de megalomanía que esconde el cineasta y su historia sobre los pioneros que forjaron una nación, ‘Pozos de ambición’ es una película de terror que manipula con destreza el desasosiego, los sonidos, sus ecos de tragedia y el olor de la sangre mezclándose con el petróleo, así como el calor asfixiante, las miradas de Plainview y sus maniqueas acciones. Esa extenuante atmósfera surge a partir de las notas que alberga la destacable partitura de John Greenwood y en la espléndida y metafórica fotografía de Robert Elswitt en un cinta que, si bien en varios instantes se hace excesivamente fría e insensible, a cambio propone una apasionante complejidad y densidad que va haciendo mella en el lento devenir de los acontecimientos, desmitificando genéricamente la bucólica lírica de los arcaicos relatos sobre la construcción de un sueño y de un país.
Anderson disecciona la época con un destreza visual y una maestría compositiva que no hacen sino confirmar su talento, su sobresaliente posición en el cine actual, con una personalidad fuera de toda duda, sin economizar la obsesiva meticulosidad con la acomoda los encuadres y los movimientos de cámara que consolidan un virtuosismo formal más equilibrado que en sus obras precedentes. La historia parece ir respirando por sí sola, ajena a las pautas clásicas de un guión que no necesita de coartadas narrativas para impactar al espectador.
Va fluyendo por sí misma, dentro de una dimensión experimental, organizada fundamentalmente en la edificación de una narrativa cinematográfica estribada en los compases intrínsecos del filme, que van transformando la épica en tragedia, de forma impasible y sin complicaciones, sin espacio para la avidez autoindulgente que se podría haber esperado de Anderson. Por eso, sabedor de lo complejo de la empresa, no duda en utilizar brutales elipsis temporales, desafiando y poniendo en juego los códigos clásicos y modernos, rompiendo el clímax con un tercer acto que responde a una espiral de enajenación y alcoholismo, de histérica alienación, que termina por recluir a Plainview en su propio delirio dentro de una mansión victoriana.
Escudriña así lo más profundo y recóndito de la Historia del Cine, componiendo una sinfonía de brutal pretensión artística, impregnando su arriesgada propuesta con elementos reconocibles en las raíces de las obras maestras del cine épico americano. De obras que, anteriormente, también narraron cuentos morales de grandes hombres en lucha contra la adversidad y el destino. Las sincronías y disoluciones de sus planos, la correlación entre imagen, sonido y música, la planificación que contamina (y a la vez armoniza) sus equilibradas oscilaciones, aportan una contextura en la obsesiva búsqueda de la pureza cinematográfica.
La rigidez y contundencia con la que Anderson muestra hasta qué punto la riqueza proveniente de los pozos va fraguándose en las desgracias propias y ajenas, en los accidentes provocados por el peligro de extraer crudo en terrenos inexplorados, dan buena cuenta hasta qué punto la violencia se muestra desde un falso comedimiento que va degradándose con el paso del tiempo, dejando aflorar la vena más cruenta y feroz del odio acumulado, de la ira y el rencor personal hacia los demás y hacia uno mismo, de la ambición disfrazada en el triunfo, en el Sueño Americano por encima de la humanidad. Una reflexión, ésta última (y menudo ladrillo), que tiene su apoteosis en ése final desarraigado que responde a la acumulación de momentos cumbres, de enorme potencia cinética, creando una mitología que limita, circunscribe y reduce su fuerza a su propia e infinita magnitud, a su libertad absoluta.
El filme va más allá en sus planteamientos críticos, en su furibunda invectiva a la mezquindad del ser humano, que no duda en exhortar un hostil discurso sobre la función de la manipulación religiosa, la misma que juega con la ignorancia del pueblo, el interés y el miedo individual en el que Dios es otro elemento más que sirve de excusa para lograr fines económicos, metas terrenales que está por encima de cualquier espiritualidad. Poder y religión, en pugna metafísica, términos destinados a colisionar de forma violenta, otra vez en un desenlace en el ya no cabe lugar las ambivalencias, allí donde la sangre negra se transformará en la sangre real dentro de una atmósfera audazmente intensa y oscura, como el fondo humano de los personajes que vertebran el filme. Es comprensible, no obstante, que un amplio sector del público no haya comulgado con este opúsculo sobre la tragedia y la crueldad, con esa megalomanía con ápices bíblicos de tono alegórico y simbolista, de discurso deletéreo y, por momentos, apocalíptico.
Una película de controvertida lucidez, sobrecogedora e inquietante, cruel y desgarradora, donde no existen cortadas en el mensaje, carece de moralina y de cualquier pretensión de adoctrinar. La exégesis es la simple sucesión de lo que acontece, contado desde un punto de vista hipnótico, con esencia formal de cine clásico que rebosa efluvio de epopeya, donde es absolutamente ineludible destacar el recital interpretativo que aporta la grandiosa, enérgica y desalmada interpretación de un Daniel Day-Lewis nacido para interpretar este rol, que tuvo su precedente en Bill “Carnicero” Cutting de ‘Gangs of New York’, de Martin Scorsese, al que da réplica un esforzado joven valor como Paul Dano. Una perdurable muestra de ambición sin límites que encierra un estilo narrativo de visceralidad depredadora en su visión árida y críptica del apogeo económico americano.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

martes, 26 de febrero de 2008

Kimmel y el mítico 'I'm f*cking Ben Affleck'

Hace unos días, como todos habréis visto, Sarah Silverman, corrosiva humorista norteamericana donde las haya que no duda en humillar con sarcasmo a ciertas estrellas mediáticas estadounidenses como Britney Spears (que quiso agredirla físicamente) o Paris Hilton, realizó un vídeo en el que le confesaba a su novio Jimmy Kimmel (presentador estrella de un 'late night' muy actual y de calidad) que había un pequeño problema entre ambos, admitiéndole que se f***aba a Matt Damon. Un regalo de celebración del quinto año del programa de la ABC que dejó el que ha sido uno de los vídeos más divertidos visto últimamente.
Pues bien, por su parte, el gran Kimmel, en una jugada maestra, ha refutado el vídeo con otro, en forma de venganza, quitándole a Damon a su mejor amigo y confesando a que él se f*lla a Ben Affleck.
El resultado es uno de los clips más antológicos vistos en mucho tiempo en la televisión americana (atentos a su impresionante lista de célebres cameos).
Y es que con Damon, la parodia de Kimmel viene de lejos, ya que durante una temporada el presentador anunciaba al actor de la Saga Bourne al principio de cada programa. Cuando llegaba el momento de la entrevista, siempre se excusaba diciendo que no tenían tiempo para entrevistarle. Ambos llegaron al cúlmen de la parodia con otro ‘sktech’ memorable.
Hay que reconocer que tanto Damon como Affleck, además de talento y futuro, tienen un sentido del humor envidiable.

lunes, 25 de febrero de 2008

80ª Edición de los Oscar

Cualquier tiempo pasado…
La lluvia amenazó los primeros compases de lo que los yanquis llaman la “red carpet”, lo que venimos denominando desde hace años con el término menos glamoroso de “alfombra roja”. La huelga que había finalizado hace apenas dos semanas y que, por lo menos de cara al público, había dejado complacido al Sindicado de Guionistas (WGA), ha sido, en su trasfondo, la gran protagonista y enemiga de estos Oscar. No solamente por ser el primer tema recurrente en el discurso del maestro de ceremonias Jon Stewart, si no porque el breve periodo de tiempo, menos de dos semanas de preparación, ha dejado para la posteridad una de las galas más aburridas, apáticas y deslucidas que se recuerden en mucho tiempo. Las prisas y la aparente desgana han sido así las causantes de unos Oscar rácana en divertimento, de absoluta negligencia, falta de brillantez y escasez de instantes de espectáculo y el necesario ‘entertaiment’. La insipidez, la apatía y la somnolienta impasibilidad han marcado una de las más olvidables celebraciones hollywoodienses en su conmemoración de ocho décadas de premios, pese al elaborado vídeo inicial que hizo albergar esperanzas en los pacientes espectadores que han seguido el acontecimiento hasta altas horas de la madrugada.
El cómico Jon Stewart, que hace dos años dejó una sensacional impresión de vis cómica y resolución digna de aplauso para este tipo de eventos, apenas brilló más allá de su esperada eficiencia. No hubo ‘sketchs’ como en su debut, ni elaborados vídeos, ni improvisación. Comenzó con cierta ironía en un discurso en el que, como era de esperar, aludió al año electoral que concederá (según lo previsto) a Estados Unidos el primer presidente afroamericano de la historia o la primera mujer que consiga llegar a la Casa Blanca. Más allá de alguna ocurrencia sobre la marcha, de un guión bastante anodino con alusiones a la Guerra de Irak y alguna pullita a los republicanos, algo de espontaneidad (pero poca) y del recurrente ‘running gag’ sobre las embarazadas (Cate Blanchett, Jessica Alba y Nicole Kidman optaron a un premio imaginario en el que “the baby goes to…” fue a parar a Angelina Jolie), la presencia de Stewart pasó desapercibida. Sin pena ni gloria. La noche de ayer tenía como médula sustancial el recuerdo de las anteriores 79 ediciones, por lo que no se complicaron mucho y se apeló constantemente a la memoria viodeográfica, a esos momentos de magia vividos en el pasado por los mitos del celuloide que ganaron la preciada estatuilla dorada; momentos mágicos, anécdotas varias, emociones y sentimientos compartidos… Pero más allá de lo fugaz y entorpecido de todo, queda la impresión de que esos mismos guionistas que tanto han puesto en jaque a Hollywood no se han tomado con interés esta gala.
Después de comprobar lo guapa que está Jennifer Garner, de la alegría y el pertinente reconocimiento de Brad Bird y su ‘Ratatouille’ como mejor película animada, que Amy Adams es una de las actrices que más grima da en la actualidad, cantando a lo Mary Poppins, presentar a “The rock” con su nombre artístico respetable, Dwayne Johnson, y de superar los nervios, llegó el momento más esperado de la noche: Javier Bardem, apoteósico en su papel del asesino Anton Chigurgh, recibía de manos de Jennifer Hudson el obligado Oscar como mejor secundario del año. Y lo hizo poniendo los pelos de punta, con su exultante agradecimiento a su madre y a su familia, por esa exacerbación entusiasta a la profesión, a la raigambre familiar y a su país en una proclama que remató con un “va por los cómicos de España que llevaron la dignidad y el orgullo a nuestro oficio. Esto es para España”. El instante más emocionante vivido en estos lares en la Historia de los premios de manos de uno de sus más representativos embajadores nacionales. Bardem, sin mucho alarde y ajeno al glamour de Hollywood, ha logrado convertirse en uno de los mejores intérpretes del cine actual. Su papel en la cinta de los Coen es el mejor ejemplo y el Oscar su merecida consolidación.
Después de eso, la emoción se esfumó. Ni siquiera las sorpresas ofrecidas en las categorías de mejor actriz secundaria con la andrógina Tilda Swinton agradeciendo el premio por su rotunda actuación en ‘Michael Clayton’ a su representante (al que comparó con el Oscar) y a George Clooney, recordando divertida su errónea ‘Batman y Robin’ o la falsamente sorprendida Marion Cotillard por ‘La vida en rosa’ que, con tono remilgado y entre lágrimas sobreactuadas, dio “gracias a la vida, gracias al amor…” como en un verso de Violeta Parra, sirvieron para animar un poco el cotarro. Dante Ferretti y Francesca Lo Schiavo, con su marcado acento italiano, correspondieron su reconocimiento a la mejor dirección artística de 'Sweeney Todd' con unos “tankiu ebribudy” que sonaba a anuncios de pasta o de pizza. Después, la abeja de ‘Bee Movie’ tuvo su momento de gloria (ya que no figuró entre las candidatas a mejor filme animado), el presidente de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, Sid Ganis, dejó un insípido vídeo de cómo se procede a seleccionar los candidatos y de qué forma se deciden los ganadores que sólo sabe, con absoluto secretismo, la empresa PriceWaterhouseCopeers. Por si fuera poco, el personal tuvo que soportar las actuaciones de las canciones nominadas; simplonas y melindrosas, pasteladas romanticonas del copón que poco ayudaron a levantar el ánimo, dejando a la platea con la sensación de aturdimiento en plan siesta y al espectador con la sensación de somnolencia perdida e irremediable.
El actor y guionista Seth Rogen y su alter ego en la película de culto ‘Superbad’, Jonah Hill, se montaron un numerito cómico para espolear los enflaquecidos ánimos del personal, refiriéndose en varias ocasiones a Halle Berry, en un reiterado lance cómico que incluso los integrantes de los departamentos de sonido de ‘El ultimátum de Bourne’ siguieron con gracia. La película de Greengrass se convirtió, casi de repente, en una de las grandes ganadoras de la noche, pues hicieron pleno de premios respecto a sus candidaturas (mejor montaje, edición de sonido y sonido). Jack Nicholson, que no se pierde uno de estos saraos, salió al escenario para decir con esa voz portentosa que posee “amo el cine”. Y tras un breve discurso, nos pudimos tragar otro vídeo manufacturado y sin mucho lucimiento de todas las 79 películas ganadoras del Oscar a la mejor película. Eso sí, bajo la batuta del maestro Bill Conti, reinterpretando algunos de los ‘scores’ más míticos de la Historia. Cuando parecía que nada podía ser más aburrido, se presentó una Nicole Kidman de porcelana y en ciernes de ser la nueva Cher para otorgar a Robert Boyle el Oscar Honorífico, un venerable anciano de 98 años con una admirable lucidez dedica un interminable discurso sobre la importancia de contar historias y al diseño de producción. Todos de pie, desganados, aplaudiendo y la realización enfocando a su familia en un palco, donde un niño gordo mostraba sin rubor estar un poco hasta los huevos de la gala. Como todos a esas horas.
“Penilopi Crus”, como la presentó Stewart, dejó claro que su inglés de Parla sigue sin ser su fuerte (más bien, una dicción horrorosa) en su entrega a Stefan Ruzowitzky, que logró el de Mejor Película Extranjera con ‘Los falsificadores’ que no olvidó en su discurso a mitos como Wilder, Zinnemann o Preminger, iconos de la Edad Dorada de Hollywood procedentes también de Austria. Cuando, por mi parte, ya estaba haciendo más de un viaje al frigorífico a por cerveza, John Travolta, con su pelo barnizado para camuflar la evidencia de que se le ve el cartón, como una imagen fondona de un Madelman, entregaba el premio a la mejor canción a ‘Falling slowly’, del filme ‘Once’ para dejar a Marketa Irglova con la palabra en la boca. Tras las continuas pausas comerciales, la pobre mujer pudo salir a agradecer su galardón. Después de que el director de fotografía Robert Elswit ganará el primer Oscar para ‘Pozos de ambición’, llegaron dos momentos destacables; el primero cuando una hermosa Hillary Swank presentó ése ‘In Memorian’ que recoge sentidamente la pérdida de los miembros más destacados de la familia de Hollywood. Y es que, además de lo recuerdos a los clásicos, parece que este año sólo se hubiera muerto Heath Ledger, porque la Academia postergó al olvido a gente como Brad Renfro o Roy Scheider, fallecidos hace poco. El segundo, vino cuando otro que nunca falla, Tom Hanks (que ya parece más Tom Hanks sin el espanto de pelo pre y post ‘El Código Da Vinci’), presentó las categorías de corto documental y película documental. Él es muy de eso. Sobre todo si quienes los presentan son marines americanos destacados en Irak. Es paradójico que después de la caña que se les ha metido en ciertas películas críticas como ‘Redacted’, ‘La batalla de Hadiza’ o ‘En el valle de Elah’, se produjera este momento absurdo. Pero lo es más que el documental ganador lo fuera ‘Taxi to the dark side’, que narra una historia sobre las torturas en Guantánamo por parte del ejército yanqui. Simplemente delirante.
La convulsiva Diablo Cody se llevó el Oscar por su primer guión original. ‘Juno’, la cinta pretendidamente ‘freak’ que va de ‘indie’ y “peli de culto” no se iba de vacío. Escandalosamente pueril en su agradecimiento y con un evidente gusto por lo hortera, Cody ni siquiera hizo caso a un Harrison Ford que apareció en el escenario bajo las notas de John Williams de ‘Indiana Jones’ en un instante destacado. En el último tramo de la noche, rezando para que la gala llegara a su fin, la espectacular Helen Mirren definió el trabajo de un actor con términos como “esfuerzo”, “compromiso”, “generosidad”, pero sorprendió a los hispanohablantes cuando de su elegante boca surgió el contundente “cojones”. Daniel Day-Lewis, favorito en todas las quinielas, subió inclinándose ante su Majestad Mirren y ofreció un sencillo y emotivo discurso en el que habló de padres e hijos, de su esposa Rebecca Miller y, por supuesto, de Paul T. Anderson, que aún no sabía su aciago destino en el palmarés final de este tipo de galas donde predomina lo superficial y frívolo.
Al final, cuando el reloj marcaba una hora cercana a las 6 de la mañana, lo único que mantenía un poco la emoción era saber si la balanza se inclinaría hacia el filme de Anderson o el de los Coen. Aunque esto suena a absoluta impostura, porque a punto de acabar el evento, todo el mundo sabía que Martin Scorsese pronunciaría el nombre de Ethan y Joel Coen como mejores directores por ‘No es un país para viejos’. Ethan dejó claro que lo suyo no son las gratitudes ni hablar en público. Su hermano, volvió a conmemorar la figura de Cormac McCarthy, todo un Pulitzer poco amigo de fiestas ni apariciones públicas, que aplaudía jubiloso desde su butaca. Con este penúltimo galardón, cuando un poderoso Denzel Washington (que se ha echado de menos como candidato a mejor intérprete) nombró la película ganadora del Oscar 2007, los Coen casi ni habían salido del escenario cuando volvieron junto a Scott Rudin a poner punto y final a una gala insustancial, en exceso sedante y carente del entretenimiento que se le exige a este acontecimiento cinematográfico por excelencia. ‘No es un país para viejos’ se alzó con cuatro premios; mejor película, director, guión adaptado y actor de reparto. Éste último el gran premio de la noche. Unos Oscar, en los que, echando un vistazo al Palmarés, ha sido uno de los menos americanos de la Historia, con premios repartidos a intérpretes, técnicos, compositores, montadores y demás integrantes del mundo de la farándula hollywoodiense de diversa nacionalidad.
LO MEJOR
- Javier Bardem, por su actitud, su casta ibérica y su discurso de agradecimiento. El más emocional y creíble de todos.
- Un año más, la elegancia, distinción y belleza de Helen Mirren.
- Ethan Coen y su divertido toque de humor para evitar tener que hablar más de la cuenta delante del micro.
- Harrison Ford.
- Sarah Polley, que pasó desapercibida, acompañando a Julie Christie en la alfombra roja. La veterana actriz recordaba, en su fisonomía y maquillaje, a Candice Bergen.
- La duración de la gala, que este año ha sido más concisa que en anteriores. Aunque no lo parezca.
- Jessica Alba.
- La elegancia de sugerentes presencias como las Hilary Swank, la citada Hellen Mirren, Jennifer Garner, Anne Hataway, Marion Cotillard, Ellen Page (aunque se haya pasado con el pote facial)…
- La Academy Press Photo Area, por permitirme, un año más, la acreditación que da acceso a las instantáneas más memorables de la noche.
LO PEOR
- La gala, en sí misma.
- El vestido verde de Saoirse Ronan (la adolescente de ‘Expiación’). Más que un vestido, una putada.
- Diablo Cody, enemistada con la normalidad, vestida de leopardo, con sus uñas negras, su espantoso tatuaje de carcelaria y provocando con su ‘look’ y personalidad fuertemente hortera.
- La extrema afectación de falsedad de Cameron Diaz en su posado para los fotógrafos y en su presentación de un clip en la gala.
- El peinado de Daniel Day-Lewis y el ‘pelo pintado’ de Travolta.
- No poder seguir este año la retransmisión de Canal +, con el juego que dan siempre. Lo único que pude ver fue a Javier Veiga con una copa de la mano, entonado, diciendo paridas y con el pelo graso. Este año lo seguí por la ABC, a través de Internet gracias a Flanagan007, componente ocasional del Foro de la Bestia. Mi eterno agradecimiento, amigo.
- El inglés de “Pe”.
- Raro, el aspecto excesivamente andrógino y terrorífico de Tilda Swinton.

Razzies 2007: Eddie Murphy y Lindsay Lohan no han dejado nada

Eddie Murphy y Lindsay Lohan, por ‘Norbit’ y por ‘I Know Who Killed Me’, respectivamente, han sido los grandes triunfadores de la 28ª edición de los Golden Raspberry Awards celebrada en The Ivar Theatre de Hollywood que concede los premios a los peores trabajos de la propuesta norteamericana anual. La cinta protagonizada por Lohan, además, estableció un nuevo récord en los Razzies, con ocho premios, incluido el de la peor pareja cinematográfica del año para el doble papel de Lohan. Nunca una película había sido considerada tan mala.
Los considerados como anti-Oscar han ido a parar a…
Peor película: ‘I know who killed me’.
Peor actor: Eddie Murphy, por ‘Norbit’.
Peor actriz: Lindsay Lohan, por ‘I know who killed me’.
Peor pareja cinematográfica: Lindsay Lohan & Lindsay Lohan, por ‘I know who killed me’.
Peor actor de reparto: Eddie Murphy, por ‘Norbit’.
Peor actriz de reparto Eddie Murphy, por ‘Norbit’.
Peor remake: ‘I know who killed me’.
Peor precula o secuela: ‘Papá canguro 2’.
Peor director: Chris Siverston, por ‘I know who killed me’.
Peor guión: Jeffrey Hammond, por ‘I know who killed me’.
Peor excusa para una película de terror: ‘I know who killed me’.

jueves, 21 de febrero de 2008

Fincher llevará al cine 'Black Hole (Agujero Negro)'

David Fincher parece que ha entrado en una de esas deliciosas espirales de proyectos latentes que derivan en trabajos. Esto sucede tras una larga sequía que ha transcurrido desde ‘Panic Room’ y su espectacular regreso tras la cámara con ‘Zodiac’. Un lapso de cinco largos años demasiado largos para un director de su talento.
Pendiente de estreno ‘The Curious Case of Benjamin Button’, con guión de Eric Roth basado en una historia de F. Scott Fitzgerald en el que Brad Pitt, Cate Blanchett, Tilda Swinton y Julia Ormond forman el elenco de este filme que verá la luz a mediado de diciembre de este mismo año, hay próximo proyecto en cartera. Si ya se había hablado de ‘Rendezvous with Rama’, cinta de ciencia ficción con Morgan Freeman, ‘Torso’, adaptación de la novela gráfica de Brian Michael Bendis o de ‘The Killer’, adaptación de un cómic francés sobre un asesino a sueldo, Variety ha desvelado que Fincher será el director de ‘Black Hole (Agujero Negro)’, que llevará a la gran pantalla el cómic de Charles Burns.
El guión, escrito por Roger Avary y Neil Gaiman, sigue la historia de tintes ‘cronenbergianos’ se sitúa en los suburbios de Seattle de mediados de los 70, donde una epidemia denominada “la plaga de los quinceañeros” se manifiesta de diversas formas; desde simples salpullidos hasta la metamorfosis adolescente en terribles monstruos. Se trata de un compendio acerca de las obsesiones e ideología artística de Burns, fundamentada en el surrealismo y la anormalidad física y progresiva que bebe, en este caso, de la ‘Nueva Carne’ para criticar a la sociedad americana a medio camino entre el absurdo y terror.
Sí, amigos, el de la foto es Finncher, a la tierna edad de 19 años.

martes, 19 de febrero de 2008

Review 'No es país para viejos (No country for old men)', de Joel y Ethan Coen

La genialidad recuperada
Los Coen recuperan su mejor pulso con un ‘western’ fronterizo parido por Cormac McCarthy que cuestiona los códigos clásicos del género, confrontándolos con la descarnada violencia de los tiempos actuales.
Desde hace tiempo se venía hablando de un perceptible declive en la carrera de los hermanos Coen, prodigando su talento en el devaneo con el cine comercial de sus últimas obras. El resultado se ha fraguado en un par de títulos indulgentes, con un estilo menos profuso y desenfadado al habitual, no obstante reconocible superando la simple vista, que seguía latente y amotinado en las fallidas ‘Crueldad Intolerable’ o ‘Ladykillers’. Sin embargo, ambas reconocían su deuda con las historias y personajes del elaborado mundo de estos consanguíneos determinados a una rotunda filmografía significada en el multigénero, en la reformulación y codificación de preceptos temáticos de autores capitales del Séptimo Arte, la literatura y el ‘cartoon’ parido por Avery o Jones.
A ése manantial ideológico sobre el que los Coen han teorizado hasta el momento; desde Capra, Hitchcock, Hawks hasta Hammet, Chandler, Cain u Homero, ‘No es país para viejos’, es el resurgimiento que devuelve a Ethan y Joel Coen al universo de referencias cinéfilas y siniestras que concentran su estilo hiperreal y abruptamente complejo, a la riqueza compositiva de un ideal de cine que se iba echando de menos. Y lo hacen, nada menos, con la adaptación de la novela homónima de Cormac McCarthy, desarrollada en un contexto de rudeza extemporánea, situando esta áspera fábula en la Norteamérica rural, sucia y fronteriza, que emplea personajes comunes que vulneran la cotidianidad para verse envueltos en una pesadilla de violencia extrema donde el destino tiene la última palabra.
Llewelyn Moss (impecable y recuperado Josh Brolin) es un tipo vulgar, algo cerril e ignorante que, en un día de caza como otro cualquiera, tropieza con una dantesca estampa; una retahíla de cadáveres dejada por una confrontación entre narcotraficantes que le lleva a un maletín con dos millones de dólares. Hostigado por un despiadado asesino en serie en busca de ése dinero, su pesadilla acontecerá dentro de un territorio asfixiante y accidental en el que se enfrentará a horizontes reales e imaginarios. Una trama adventicia llevada por un acto de estupidez humana (el remordimiento por no dar de beber a un moribundo), que conlleva directamente al descontrol del azar y al destino. Un relato amargo y desesperanzado, con ese cierto toque nihilista que tan bien refleja McCormack en sus obras y que, a su vez, caracteriza el mejor cine de los hermanos Coen.
Por ello la última y magnífica muestra de este duplo autoral remite a su más reconocible cine; desde ‘Sangre Fácil’, pasando por ‘Fargo’, hasta llegar a ‘El Gran Lebowski’ como referencias directas, pero también, en su argumento, a obras literarias de la talla de ‘1280 almas’, de Jim Thompson o ‘Un plan sencillo’, de Scott B. Smith o a mitos como William Faulkner o John Steinbeck en aquellos retratos acerca de rebeliones personales ante la adversidad. ‘No es país para viejos’ es un extraño ‘western’ fronterizo, imbuido en violencia sin control, alejado de la mitológica del lejano Oeste, que recupera, sin embargo, ese quijotismo yanqui donde los que son fieles a los valores humanos sobreviven a las jugadas del destino. Los Coen recobran su pulso por esos territorios inhóspitos, de gran calado trágico, que trae a la memoria el folclore popular y literario del país.
Es el retorno a sus dominios, a la convalecencia estética y narrativa de su peculiar y asidua perspectiva sobre la historia, a sus cambios tonales, al atavismo que deriva de la perplejidad radical con la que acontecen los hechos. La vida de Moss, sumida en la rutina, se convierte, súbitamente, en una amenaza sanguinaria que augura un desastroso final. Por supuesto, no falta ese soterrado sentido del humor negro que tienen sus autores, en un progreso argumental que utiliza el cripticismo de sucintas pistas para dar un sentido absoluto a cada fotograma. Con todo, los Coen borran cualquier barrunto de épica o lirismo paisajístico, que es refutado por la aspereza con la que se narra los acontecimientos, por las referencias culteranas de complejidad sintáctica, por la sofocante atmósfera que desprenden las imágenes de Roger Deakins, despojada de preciosismo, para visualizar esta atroz historia con una contundencia demoledora, en consonancia y vocación por la narrativa ascética, sucia y cortante de McCarthy.
El laconismo parece apoderarse de esta historia sobre el Bien y el Mal, un tema subrayado en varias ocasiones por los Coen, que describen de nuevo personajes que arrastran sus remordimientos y secretos bajo un implacable sol fronterizo. Quizá por ello, la tensión de cualquier movimiento acaba transformándose en una situación extrema que se dirige a lo inevitable; como la trascendental forma en que se amartillan las armas antes de ser disparadas, la recreación insana de Chigurgh con su bombona de aire comprimido antes de ejecutar sus matanzas, la suciedad y el calor que transpira la chabacanería de la iniquidad. Es su particular regeneración de lo clásico, la forma que tienen los Coen de advertir cómo los nuevos tiempos de violencia aplastan los ideales de los héroes en pleno crepúsculo, donde la supervivencia es sólo cuestión de suerte, como el encargado de la gasolinera al que el asesino interpretado por un imponderable Javier Bardem deja vivir por una apuesta a cara o cruz.
La sociedad de la época que se representa tanto en la brutal novela de McCarthy como en esta genialidad de los Coen está simbolizada en el veterano y recto Sheriff Ed Tom Bell (no hay palabras para definir a un actor como Tommy Lee Jones), un apesadumbrado hombre de ley incapaz de encajar en un presente en el que “a la gente le hablas del bien y del mal, te expones a que sonrían”. Es la metáfora de esa nostalgia en ‘Off’ del arranque del filme, donde ya se apunta el sentido moral de la historia, la de un hombre que no entiende la brutalidad y crudeza reflejadas en el rostro de Chigurgh, ni la ambición de Moss, ni todo aquello que trae consigo la matanza de los narcotraficantes mexicanos y sus nefastas consecuencias.
La nueva era de violencia se escapa a los procedimientos clásicos de un sheriff que asume, en ese controvertido desenlace (en esa secuencia donde Chigurgh aparece detrás de una puerta y desaparece ante los ojos del espectador), que el final de su era como policía ha llegado. Se da por vencido por no saber encarar que ha llegado tarde, no sólo en una hipotética confrontación con Chigurgh, sino por no entender porqué se precipitan los acontecimientos de esa manera tan irracional. En esta ocasión, como en muchas otras, el Mal ha ganado al Bien, o así quieren hacerlo ver los Coen con su reencarnación de la perversidad con esencia casi sobrenatural, cargada de abstracción y simbolismo, en un final de resignación, defragmentando los acontecimientos, pues ya sólo importan los sueños, que se han convertido en la única vía de escape a la una realidad olvidada. Es la tradición desposeída de épica que concibe el ocaso de la decadencia del mundo moderno. Un tema muy reconocible en Sam Peckinpah, al que también desentierra este itinerario de paisajes desolados para ir destruyendo los tópicos con el salvajismo de sus imágenes.
Es la clave para interpretar esta obra de inmenso talento. Detrás de ‘No es país para viejos’ se esconde la revelación de un personaje pasivo, cuya esperanza es desavenida a la ambición y a la muerte del resto de los personajes. Una simple actitud por ver pasar la vida pasar, sabiendo que nunca cambiará nada, ocultando, en silencio, un viejo secreto omitido en su ferviente creencia en la redención. La degradación moral de la sociedad ha destruido a aquellos que una vez creyeron en los clásicos valores humanos y códigos éticos. Pero, más allá de la brillantez del conjunto, ‘No es país de viejos’ es el esperado regreso de Ethan y Joel Coen al clasicismo modernista que les convirtió en los autores de culto que nunca han dejado de ser. Éste es un filme desbordante de ingenio, de brutal sensibilidad poética, que vuelve a jugar, como ya se había visto muchas veces antes, con el remanente cultural para desfigurar la semiosis fílmica. Es la recuperación total de la excéntrica autoría de unos genios que han regresado a la senda de sus propias e intransferibles raíces.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

lunes, 18 de febrero de 2008

Recuento de presentes cumpleañeros

De nuevo cumplir años deja, además de la intrascendencia de una fecha memorística del nacimiento propio y un acontecimiento convertido en una de esas míticas fiestas de piso plagadas de conocidos compartiendo conversación y velada de alcohol, otro cupo de regalos de cumpleaños marcados por el acierto y la sorpresa.
Desde la serie completa de ‘Doctor en Alaska’, totémico regalazo de Myrian con 26 discos que contienen los 110 episodios en un formato de lujo coleccionista, pasando por ‘Agujero Negro’, de Charles Burns, el pack ‘Alien Quadrilogy’, la obra narrativa completa de H.P. Lovecraft editada por Valdemar, el sensacional libro ‘El Cine’ de Larousse, un diorama de Kate Austen (Evangeline Lilly) de ‘Lost’, los últimos discos de Skid Row y GammaRay, un reloj Casio Aqf-102w-7Bvef, unos calzoncillos ‘Sex Machine’, el Pulitzer de Cormac McCarthy ‘La Carretera’, una colonia de las caras, hasta unas Columbia Madruga Peak II GTX…
Es la ofrenda a los 33… Así, cualquiera quiere seguir cumpliendo años.

domingo, 17 de febrero de 2008

Cumpleaños

Michael Jordan cumple hoy la friolera de 45 años. No viene a cuento, pero tengo una deuda pendiente con el Ídolo. Hay veces que siento la necesidad de volver a recuperar sus partidos, su juego, su arte... En breve tendré que saldarla en forma de post. Llevo tiempo pensando en ello.
Yo, por mi parte, cumplo 33… No hay motivo para sentirse mayor. Ya tengo asumido desde hace años que esto de cumplir uno más es un simple trámite, que cuando uno va sumando más edad esas pequeñas cosas que hacen que la gente sea feliz de verdad toman, paulatinamente, un cariz fundamental. Todo se percibe de manera distinta, con más criterio y sosiego. Todavía sigo buscando mi camino, eso sí, creyendo fervientemente que la diversión en esta vida lo es todo. En cualquier caso, hay poca cosa más que añadir a lo dicho el año pasado, en este mismo día.
Por adelantado, gracias a todos los que leéis este blog abismal, porque es una de esas cosas por las que todo lo que me rodea parece mejor.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Los Coen adaptarán a Michael Chabon

Preparando la ‘review’ abismal de cada semana (en esta ocasión ‘No es un país para viejos (No Country for old men’), me ha llamado la atención sobre la noticia del que ya es el último de próximos proyectos de los hermanos Coen. Se trata de ‘The Yiddish Policemen's Union’, el libro de Michael Chabon ganador del Premio Pulitzer que en España se titulará ‘El sindicato de Policía Yiddish’ y que lanzará en breve la editorial Mondadori/Grijalbo.
La historia se centra en el detective Meyer Landsman, un antihéroe nihilista en medio de la investigación del asesinato un jugador de ajedrez adicto a la heroína en una alterada situación que especula sobre el estado judío, ubicado no en Israel, sino en Distrito de Sitka, en Alaska, a donde los colonos judíos estarían avocados al exilio por los oscuros planes gubernamentales de Estados Unidos.
Destierro, conflictos morales, una extraña historia de amor, memoria familiar y ‘thriller’ policiaco son los elementos de esta obra que tiene, de nuevo, todos los elementos para este celebrado regreso de los Coen a sus señas de identidad.

La huelga de guionistas llega a su fin

Se acabó. Los guionistas de Hollywood vuelven a los teclados después de tres meses que han inmovilizado el mundo cinematográfico y televisivo americano. El sindicato de guionistas (WGA) aprobó un texto por la significativa mayoría del 92,5 % siguiendo el principio de acuerdo alcanzado el pasado fin de semana entre la delegación del sindicato formada por 3.775 miembros y las empresas de la industria del entretenimiento norteamericano. El acuerdo se basa en otro convenio laboral, suscrito por los directores de Hollywood. Más de 10.500 guionistas de cine y televisión ponen punto y final al parón iniciado el pasado 5 de noviembre.
He aquí la carta enviada a los miembros de la WGA por parte de Patrick Verrone y Michael Winship, los líderes del sindicato, que han llevado a buen puerto este nuevo convenio que, según los mismos, “ha sido un acuerdo justo que permite seguir adelante a las empresas y reconoce la gran contribución que los guionistas han hecho y están haciendo por esta industria”. Los guionistas han demostrado que son muy importantes. Fundamentales. Tanto, que pueden parar el mastodóntico engranaje de Hollywood y lograr con ello proteger un futuro en el que Internet ha pasado a ser la principal preocupación de la creación y distribución de los contenidos.
Por supuesto, habrá Ceremonia de los Oscar.

lunes, 11 de febrero de 2008

Review 'Monstruoso (Cloverfield)'

La democratización de ‘YouTube’
El producto de J.J. Abrams, más allá de su historia sobre monstruos y superviviencia, es un ejemplo de evento comercial e innovación extracinematográfica que utiliza los nuevos medios de comunicación generacionales y culturales.
Detrás de ‘Cloverfield’ se encuentra uno de los términos que componen el presente y futuro de la cinematografía comercial, del llamado marketing viral utilizado como movimiento de una idea o concepto proveniente de la publicidad ‘on-line’ basada en la explotación de la red para provocar un incremento exponencial de un ‘brand awareness’ o conocimiento de un determinado producto o marca. Ése énfasis de “contagio”, de perpetuación en cadena espontánea, fue el origen de la asombrosa campaña que J.J. Abrams, el célebre nombre tras series como ‘Alias’ y ‘Perdidos’, lanzó como ‘pre-promoción’ del filme en Internet. Un simple vídeo, alguna imagen, varias teorías sobre el monstruo y otros tantos rumores alimentaron el interés colectivo por esta producción que, siguiendo los pasos de la publicidad utilizada por la película ‘Snakes on a Plane’, lograron obtener un ‘target’ que, definitivamente, ha funcionado paradigmáticamente en taquilla, abriendo una nueva puerta al cine comercial y adaptando la dialéctica comercial en la red de redes para su democratización en el cine.
La fórmula es simple; una serie de descubrimientos científicos, una famosa bebida imaginaria llamada Slusho, un monstruo con sed de destrucción, los perfiles y relaciones de unos jóvenes que utilizan los nuevos medios de interrelación (tipo MySpace) y muchas otras posibilidades que engloban términos como Tagruato, TIDO Wave, la fecha del estreno en USA (1-18-08), el naufragio de una estación petrolífera e incluso una página de corte romántico llamada jamieandteddy.com… Todo ello es necesario para seguir la película antes y después de su visionado. El filme de Matt Reeves es sólo una pieza importante dentro del laberíntico misterio que ha promulgado este golpe de efecto promocional que lleva una película de Hollywood más allá de lo conocido hasta el momento.
Es necesario seguir pensando en “qué ha pasado” y “por qué” cuando el espectador ha salido del cine. Las respuestas: en Internet. Es el particular juego que propone este visionario producto comercial, anticipación a modo de augurio generacional y cultural. Tanto es así, que ‘Cloverfield’ se nutre en su totalidad del efecto ‘Youtube’ en nuestra sociedad, la necesidad de inmediatez y visualización de todo lo acontece, provocando que objetividad se ofrezca coartada por la perspectiva del suceso desde múltiples ángulos. Es la esencia de este experimento visual y narrativo en el que impera la fórmula del ‘shaky-cam’ o filmación subjetiva en primera persona, seguido por la reciente ‘[REC]’ (antes ‘The Blair Witch Project’ y el arcaico ‘género Mondo’) o que pronto podrá verse en el nuevo Opus terrorífico del maestro George A. Romero en ‘Diary of a Dead’.
No se trata tanto de divulgar esa ‘hiperrealidad’ sensacionalista que busca la supuesta autenticidad, aunque por ello nunca se renuncie a la verosimilitud, tampoco se impone la necesidad de mostrar y recrearse en lo terrorífico, ya que el monstruo apenas se ve (desde que irrumpe permanece sin una posible evasión en las venas del filme). Lo importante es el efecto de espectáculo y entretenimiento al que someten Reeves y Abrams al espectador, en un parque de atracciones sumido en pleno Manhattan, que bebe de todos los tópicos del cine catastrófico, pero sabiendo rehusar de todo lo preconcebido. ‘Cloverfield’ está, en ése sentido, mucho más cerca de los videojuegos o la televisión que del cine de terror. Y es lo que funciona a la perfección dentro de la cinta.
Abrams sabe que, desde una perspectiva de cimentación ideológica fundamentada en el capitalismo del éxito, hay que pasar por el automatismo indiscriminado que se perpetúa en la actualidad por las nuevas tecnologías. Eso es perceptible dentro de la cinta, no sólo en el concepto de su narrativa visual, sino en muchos casos en la idea de obligatoriedad a la hora de recoger testimonios en cualquier formato. Basta con observar el instante en que irrumpe la cabeza cercenada de la Estatua de la Libertad en plena calle después del impacto de unas sacudidas sísmicas. Cuando el pavor colectivo se disipa, en unos segundos el terror se convierte en estúpida curiosidad de los testigos por capturar el momento en su móvil o sus cámaras digitales esta dramática imagen. También lo es el autoconvencimiento del cámara amateur por estar rodando parte de la historia. Para comprender nuestro tiempo, para llegar al fondo de ‘Cloverfield’, hay que estar al tanto del entramado que vincula Internet con el cine, la publicidad y la televisión.
Por eso, aquí la historia es lo de menos. J. J. Abrams propone un ‘Godzilla’ visto desde el ángulo de visión humana, como un documento “no profesional” que pervierte la necesidad de mostrar el monstruo desde el ojo humano (en todo momento bajo la elipsis), anexo a la realidad y a la atmósfera opresiva que va avanzando en función, eso sí, del espectáculo de una ficción, de gente huyendo buscando una salida y que, aún así, la trama pase a percibirse fraccionada por los segmentos clásicos de la narración en tres bloques. Además, sin desechar la posibilidad de adscribirse a ese modismo dramática que consiste en soterrar bajo una actitud nihilista la significación conceptual de la historia de terror colectivo, el reiterado retrato de confusión y pánico que rememoran la ansiedad post-11S. Aunque esto sea ya un argumento monopolizado cada producción de Hollywood que llega a nuestras pantallas.
Lo paradójico de todo es que, más allá del monstruo de espíritu ‘lovecraftiano’, del ‘kaiju eiga’ como excusa, ‘Cloverfield’, contra todo pronóstico, se muestra como una aventura romántica que sólo se entiende si se obvia la lógica y se apela a la pasión. Por poner un ejemplo; aquí sucede lo antitético a ‘28 semanas después’, donde, siguiendo el instinto de supervivencia, el personaje interpretado por Robert Carlyle huída dejando a su mujer en manos de los infectados para salvar su propio pellejo. Aquí Rob (Michael Stahl-David), uno de sus jóvenes protagonistas, supera todo tipo de obstáculos y se mete en la boca del lobo para rescatar al amor de su vida.
En definitiva, estamos ante la eterna historia de un fulano al que sólo le importa estar junto a la chica de la que está enamorado mientras el mundo se descompone, pese a quien pese. ‘Cloverfield’ es un filme subversivo e inteligente, que superpone el entretenimiento a cualquier otra cosa y que está realizada con absoluta maestría a la hora de confabular realización, efectos especiales, sonido y demás aspectos técnicos con una clara apuesta por el riesgo que no esquiva el recurso de los lugares comunes propios del género.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

Adiós Jefe de Policía Martin Brody

1932-2008
Otra triste noticia: Ha muerto Roy Scheider.
D.E.P.

viernes, 8 de febrero de 2008

In memorian: John Alvin

1948-2008
No hay que pasar por alto el fallecimiento de John Alvin, uno de esos artistas que, con sus carteles imborrables y talento para el diseño y la ilustración, otorgó al Cine algunos de los pósters más legendarios de las tres últimas décadas.
Alvin, ha muerto con 59 años, dejando una impecable carrera a lo largo de 125 películas a las que puso los inolvidables frontispicios cinematográficos con su inigualable magia y clarividencia en campañas de diseño para New Line Cinema, Warner Bros. o Lucasfilm Ltd. entre los que destacan reconocibles carteles como los de ‘Blade Runner’, ‘Cocoon’, ‘Jóvenes Ocultos’, ‘Depredador’, ‘Gremlins’, ‘E.T. el extraterrestre’, ‘Willow’, ‘El Imperio del Sol’, ‘El Cabo del Miedo’, ‘Parque Jurásico’, ‘Poltergeist II’, ilustraciones especiales las trilogías de ‘Star Wars’ o ‘El Señor de los Anillos’ y trabajos para la Disney como ‘La Bella y la Bestia’, ‘Aladdin’ o ‘El Rey León’. Su póster para el filme de Brian de Palma ‘El Fantasma del Paraíso’ fue exhibido en en el Smithsonian Museum como uno de los mejores carteles del Siglo XX.
Para ampliar y redescubrir los mitos del pasado de la mano de John Alvin, aquí tenéis un enlace a su web oficial y sus obras gráficas gracias a la célebre página Impawards.
D.E.P.

La Mejor Foto del Año

El jurado internacional de la 51ª edición de la World Press Photo escogió una imagen del color del fotógrafo británico Tim Hetherington como la mejor instantánea de 2007 para la revista Vanity Fair. El momento fue captado el 16 septiembre 2007 y muestra a un soldado de EEUU que descansa en el bunker “Restrepo”, denominación de un soldado de su pelotón, cerca del Valle Korengal, al este de Afganistán. Gary Knight, presidente del jurado afirma que ha sido la ganadora porque “La imagen muestra el agotamiento d eun hombre y el agotamiento de una nación”.

jueves, 7 de febrero de 2008

Review 'John Rambo'

“Vivir por nada o morir por algo”
Vengo de ver ‘John Rambo’ y la memoria me ha llevado, inevitablemente, al rudimento de aquel personaje iconográfico de los 80, no al frío asesino paranoide creado por David Morrell en su novela ‘First Blood’, si no al hierático ex marine que se siente perseguido y atormentado por las secuelas psicológicas de la guerra, desubicado en una sociedad que ha decidido repudiarle y que llevó a Sylvester Stallone al Olimpo de Hollywood hace más de dos décadas.
El bueno de Sly, motivado por el éxito y la dignidad que supuso para él la última parte de su otro personaje inmortal, ‘Rocky Balboa’, ha decidido seguir dando envites de nostalgia a su hasta ahora maltrecha carrera. ‘John Rambo’, sin embargo, sí aprovecha cierto oportunismo efímero de este momento de gloria por la que atraviesa el actor y director. Pero era el momento justo de recuperar a la máquina bélica más poderosa del género. Si había un momento de sacar de la memoria a Rambo era ahora. El personaje, renace con la violenta sístole de una ametralladora con la que hacer su propia justicia, la guerra, al fin y al cabo, forma parte de él y como afirma en esa frase antológica del filme “cuando alguien te empuja, matar es tan fácil como respirar”, cualquier excusa es buena para volver a las andadas. De este modo, se equipara a su célebre púgil en el hecho de que ambos se han convertido en viejas glorias abnegadas y consumidos en sus propios recuerdos, sin terminar de cicatrizar sus heridas internas.
Presentar a un Rambo sexagenario aislado en Tailandia que pasa los días cazando serpientes para un espectáculo de feria es el entorno ideal para definir a un personaje retirado, de vuelta de todo, exhausto y avejentado, sin ningún tipo de motivación. Sólo hay que provocarle un poco para que se convierta en el autómata asesino que fue gracias a su Gobierno. En su última aventura poco importa la despolitización del mensaje, más allá de un hombre que lucha por su propia justicia, ni del salvaje uso de las imágenes que otorgan a Stallone el reconocimiento del vigoroso pulso y ritmo que mantiene en todo momento. Sobre todo, en sus escenas de acción, en su representación del belicismo y la importancia con la que cuida la parte sonora del filme. Aquí, Stallone da un recital de sangre, de brutal y bucólica grafía de esa violencia (incluso tecnificada si es necesario) que evoca otros tiempos donde la corrección política quedaba en un segundo término.
A Stallone parece que ‘le pone’ esta orgía de sangre; meter a unos idealistas miembros de una ONG en pleno infierno, haciéndoles entender que las cosas, por mucha esperanza que se tenga, nunca cambian. Es el simple pretexto para despertar al sanguinario león dormido. El héroe está cansado, se le nota. Tampoco ha logrado diluir los fantasmas del pasado. Y lo que es peor, se la sudan los dilemas morales de los que le rodean. Como también tener que compartir espacio y misión con unos mercenarios de guerra. Pero no por ello dejará de cumplir sus objetivos militares, su venganza contra aquellos que, como en Vietnam y en sus posteriores conflictos militares, marcaron la vida de este soldado de élite y lo sumieron en la locura y el descontrol.
Esta cuarta entrega no es una gran película, ni mucho menos. Tampoco lo fueron sus predecesoras, si exceptuamos la magnífica ‘Acorralado’, de Ted Kotcheff, pero si por algo es loable la resurrección del mito es por la honestidad con la que Stallone sabe caracterizar el crepúsculo final de sus mitos y, en consecuencia, otorga al fan de aquel cine una última ración de hemoglobina con sabor a barro y olor a pólvora. Una glorificación de la violencia que encuentra la imagen más alentadora de la tetralogía; aquélla en la que Rambo regresa, más cansado que nunca, a su Bowie natal, en Arizona, en busca de sus raíces, cansado de que el mundo no cambie y haciendo que el público eche de menos ese ‘It's A Long Road’, de Dan Hill.
Por ello, gracias Stallone por ofrecernos esta última fiesta.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

martes, 5 de febrero de 2008

La quimérica Juno MacGuff

Al ver a ‘Juno’ la imagen básica que uno concibe tras el visionado del filme de Jason Reitman es la de la imposibilidad hecha personaje, la entelequia personificada de un sueño intelectual inalcanzable. Porque Juno representa el ideal simbólico creado a partir de la culminación femenina como objeto de deseo que se mueve y dialoga como en la fantasía de un sempiterno adolescente freakie, soñador y con ínfulas de conseguir una chica como esta entre discos, cómics, películas y deseos inverosímiles.
Este personaje es la alegoría de una lolita que encandila por su ternura, su perspicacia, sus ingeniosas frases llenas de ironía, su aparente discernimiento sobre la existencia, la música (algo cuestionable), el cine (aunque considerar más sobresaliente a Gordon Lewis que a Argento es indigno)… en definitiva, la autoasumida clarividencia con la que ve las cosas se antoja la onanista visión que se tiene de la vida y del cine.
El rol interpretado con inquietante perfección por Ellen Page es una utopía. Sugerente sí, pero sin dejar de constituir una fábula algo insípida y optimista que ganará con el tiempo por la intrascendencia, honestidad y melancolía con la cual se ha creado este cuento vitalista y romántico.

lunes, 4 de febrero de 2008

XXII Premios Goya: Entre la indiferencia y el aburrimiento

La Academia recuperó a José Corbacho para volver a ejercer de maestro de ceremonias en esta pasada XXII gala de los Premios Goya. Lo hizo por una sencilla razón; el año pasado, el evento no fue tan desastroso como sus predecesores. Eso sí, sin alardes de ingenio ni divertimento. Afianzado en lo fácil, lo de ayer fue un mero trámite, una de esas galas convencionales, en un reparto de premios que se ha parecido más a los Globos de Oro de este año que a cualquier otra cosa. Una lectura de galardones, pero con los premiados presentes.
Un artificio de entrega, de tránsito en el que la diligencia era el objetivo, un encargo donde no se ha tenido en cuenta ni el humor, ni un guión formalizado y coherente, ni el espectáculo que se le debe exigir a este tipo de galas. Corbacho estuvo, como la noche consagrada a laurear al cine español en su cita anual, anodino, sin chispa, sin recursos, sin la apelación al absurdo humor que destiló en algún instante el pasado año. Únicamente destacó esa parodia a la Presidenta de la Academia Ángeles González Sinde en referencia al sonrojante discurso que ejecutó hace una edición. En ésta, la guionista y directora, se limitó a leer un oportuno y limitado escrito sobre nuestro cine. Aunque nadie lo recordará por su insustancial contenido.
Invocando a ese humor de ‘doblaje falso’ promovido y mil veces visto en televisión, sin atisbo de originalidad, Corbacho hizo su particular versión de las películas nominadas, un discurso inicial carente de gracia, dobló algún que otro vídeo de Woody Allen a modo de desorientado ‘runing gag’ y terminó con una chusca y paupérrima representación de Anton Chigurh, el asesino que está dando a Javier Bardem la gloria ‘hollywoodiense’ definitiva. En cualquier caso, el cómico catalán no brilló en absoluto porque moderó sus célebres salidas del tiesto, su corrosivo humor e improvisación, como si “el horno no estuviera para bollos”. Desde los medios de comunicación, las cifras de taquilla, algunos sectores de la crítica y la sensación general sobre el tema, la situación de supuesta crisis del cine español no parece que deje espacio para el exceso ni la chanza. Ésa fue la sensación difundida; la de un acontecimiento ineficaz e insípido, con poco que criticar, destacar y mucho menos elogiar.
Todo el mundo presentó con hieratismo, sin brillantez ni líneas de guión más allá que la lectura de los nominados y el premio con el galardón cabezudo, los apáticos discursos a las familias y productores, circunscribiéndose al tópico donde el vestigio de sopor y aletargamiento fue el espíritu constante de la noche.
En el recuerdo quedarán pocas cosas. Obviamente, que una película minoritaria llena de talento como ‘La Soledad’, de Jaime Rosales, fuera la gran triunfadora de una ceremonia en la que ‘El Orfanato’ , de J.A. Bayona secundó con su hacinamiento de premios (hasta siete) y alguno para ‘Las 13 Rosas’ y ‘Siete mesas de billar francés’ que dejó contentos a todos. Isabel Coixet sigue demostrando que lo suyo no es hablar en público, Julio Fernández hace lo propio con su inevitable protagonismo y su reincidente y rancio discurso en contra de la piratería (eso sí, a la hora de agradecer el premio a los directores del filme ‘Nocturna’, se puede tomar la licencia de olvidarse), Alberto San Juan deslució su premio con un improcedente énfasis de polémica al pedir la disolución de la Conferencia Episcopal (que poco tiene que ver con el Séptimo Arte) y que los ganadores de los premios a los mejores cortometrajes, de nuevo ninguneados en un bloque, sin orden ni respeto, se preocuparan más de agradecer a padres, madres, amigos, productores (estos también agradeciendo a los mismos), etc… que haber tenido la decencia de reivindicar su posición dentro del Cine como savia y futuro de la industria después de la polémica que estuvo a punto de dejarlos fuera de la gala. La noche, así y a grandes rasgos, dio muestras de flaqueza cinematográfica (ni un solo vídeo sobre el cine, ni un mísero montaje con cierta virtud), de fiesta (todo fue aburrido) y carente de cualquier ‘glamour’, menos interés y una turbadora percepción de desgana. Algo que no se debería fomentar en este nuestro cine capaz de premiar como película del año a ‘La Soledad’. Sin duda alguna, lo que debemos recordar de esta noche de Goyas.
LO MEJOR
- Maribel Verdú, en todo su esplendor.
- José Luis Alcaine y su emotiva enumeración de esas ‘13 rosas’ a las que se refiere la cinta de Martínez-Lázaro.
- El maestro Roque Baños; era vergonzoso que el mejor compositor que ha tenido el cine español en muchos años todavía no tuviera un Goya. Gracias a que Alberto Iglesias este año no estuviera nominado, ha sido posible.
- La frase “Recogen el premio Isabel Coixet, Mariano Barroso, Fernando León de Aranoa y un médico de Médicos Sin Fronteras”, en referencia a la Presidenta de la ONG en España.
- J.A. Bayona cambiándose de sitio con su hermano porque el realizador había equivocado durante toda la noche sus rostros y poder aparecer así en el recuadro de enfoque de los nominados.
LO PEOR
- Que la gala volviera a ser en diferido. Quieren que no se alargue la ceremonia de entrega, pero pueden bombardear al espectador televisivo con infinidad de cortes publicitarios que llevó un evento de dos horas hasta casi las tres. Teniendo en cuenta esto, no se entiende que quieran cercenar premios a diversas categorías por este motivo. Hay que ser hipócritas.
- El vestuario de Pepe Viyuela, que parecía que venía de pastorear con ovejas y cabras.
- Ángeles González Sinde, mujer sin garbo ni presencia, con ese cadáver de hurón negro al cuello y, por segundo año consecutivo, leyendo un soporífero y políticamente correcto discurso académico.
- Sergio G. Sánchez expresando su sorpresa porque, según él, se dice que el ‘El Orfanato’ “es una mala copia de ‘Los Otros’”.
- El público del Palacio de Congresos parecía seguir la gala sin interés, a su puta bola; unos comiendo Chupa-Chups, casi todos leyendo la revista especial de la ceremonia…
- El interminable discurso sobre las venideras generaciones de cinéfilos de Jaime Rosales.
Para finalizar, quiero rectificar un hecho que tiene que ver con el discurso del gran Alfredo Landa. Volviendo a ver el vídeo de agradecimiento, uno se da cuenta de que ese icono, este actor veterano no iba improvisando lo que decía, sino que el discurso de agradecimiento eterno a la profesión y a su familia iba diluyéndose para formar un diálogo sinsentido, no intencional, que se pierde en la voluntad de decir muchas cosas, pero traicionado por la memoria deleble de un hombre mayor incapaz de enlazar tres frases seguidas. La intervención de Landa fue muy emotiva, porque a pesar de hacer creer a mucha gente que el viejo chocheaba (entre ellos, a mí), su discurso, cercano a un galimatías de olvido, puede hacer pensar que Landa padezca algún mal de memoria o simplemente que los nervios le jugaran una mala pasada... quién sabe. En cualquier caso, su discurso se cerró con una frase paradigmática que no deja lugar a dudas y que entristece por esa marcha definitiva del actor "Adiós para siempre". Landa ya es inmortal en nuestra memoria.

El nuevo horizonte de Pau Gasol

Pau Gasol llega a los Lakers después de que Kobe Bryant hubiera anunciado hace unos meses que quería abandonar el club de Los Ángeles. Con la llegada de Gasol, la cosa es bien distinta. Los Grizzlies, equipo con el que Gasol ha permanecido siete temporadas (en las que ha logrado ser Rookie del año en la temporada 2001-02, disputar un All-Star o haber llevado al equipo de Tenesse a los play-offs en tres ocasiones), recibirán a cambio de él a Kwame Brown, Javaris Crittenton, Aaron McKie y los derechos sobre el hermano de Pau, Marc Gasol, además de las dos primeras rondas de los ‘drafts’ de 2008 y 2010.
Un precio muy caro dentro del mercado del mejor baloncesto del mundo, pero que abre las puertas al mejor jugador español de la historia para lograr nuevos y más importantes retos en la liga más poderosa del mundo. Con la llegada de Gasol a Los Ángeles Lakers se ha disparado la cotización del equipo, que ya se han convertido oficialmente en candidatos al título. Esperemos que así sea.