jueves, 21 de abril de 2005

Por extensión, 'Panic Room'

Claustrofobia y lobreguez cotidiana
A pesar de no alcanzar las cotas de ‘Fight Club’, Fincher constató su condición de genio de la puesta en escena con esta cinta de suspense psicológico
Tras convertirse en uno de los cineastas visionarios más importantes del cine contemporáneo debido a una corta trayectoria cinematográfica en la que su personal estilo visual y narrativo han sido elementos definitorios de un universo intransferible y sorprendente, David Fincher ofreció su última película con ‘Panic Room’. Una cinta que, de entrada, puso de manifiesto la constatación de un talento fílmico y artístico en el que su destreza visual y la ejemplar artesanía han hecho de él un artista de la puesta en escena. Alejándose por completo de la purgativa y magistral ‘Fight Club’, obra maestra ilustrativa del materialismo que condena esta época de consumo e intolerancia en la que vive el hombre moderno, Fincher se unió al guionista David Koepp para narrar la historia de Meg y Sarah, madre e hija que se trasladan a vivir a una casa con una particular habitación que esconde un gran secreto. En su primera noche, unos ladrones deciden poner a prueba los nervios y el valor de la familia.
La intención de director y guionista fue alcanzar el desafío de lograr el mayor realismo posible, circunscribiendo la acción por completo a una sola localización, adecuando su ritmo a una perfecta utilización del espacio cinematográfico, como algo que no se revela neutro, sino como centro del drama. Algo que en ‘Panic Room’ se logra, en gran parte, a la angustiante y decadente atmósfera patentizada como distintivo del director de ‘Se7en’. El predomino de las tonalidades lóbregas y tétricas, negativas y apagadas, volvieron a inquirir en beneficio de un guión que, pese a más de algún problema de languidez, cumplió correctamente con el buscado suspense psicológico, de una manera simple y eficaz.
Para ello, Fincher volvió a dejar la actitud ascética del discurso moral, esta vez bastante más evidente que en sus anteriores cintas, para apostar por su excepcional punto de vista cinematográfico, un mundo de compleja planificación formal en el que ofreció una nueva lección de opulencia visual donde la visceralidad se sosegó y aceleró en función del suspense y del terror. Un perfeccionismo visual reconocido en Fincher que en ‘Panic Room’ brilla, por esta vez, en los pequeños detalles con los que dota de empuje a un guión que, si bien adolece de un complejo de trasgresión que no consigue, sí se ajusta a los requisitos de un director difícil como lo es él. La búsqueda metafórica del carácter trágico de la vida sigue siendo la inmutable constante a definir. En este caso, representada en una mujer al cuidado de su hija enfrentada a una amenaza exterior que pondrá a prueba su fortaleza y tenacidad.
Una excelente ejemplificación de la sordidez cotidiana que, llena de intenciones naturalistas para hurgar en los miedos y la fragilidad humana, envuelve la obra de David Koepp (equivalente a su gran ‘El efecto dominó’) y la del propio Fincher (‘The Game’). La acción es el objetivo, la tónica sobre la que se sustentan los pilares de la edificación modélica de Fincher, acentuando la oscuridad en un escenario sórdido, acuoso y oscurantista que representa, en realidad, la intención narrativa de profundizar en el lado más oscuro y desconocido de todos sus personajes en el que ese ‘castle keep’ tecnológico, esa habitación del pánico, implica el aislamiento emocional y la consecuente decadencia familiar, símbolo manifiesto de la era preservadora que se nos viene encima.
El cineasta retornó así a sus digresiones narrativas (perceptible en ese largo plano secuencia digitalizado), en el ‘photogrammetry’, pero esta vez definiendo su objetivo visual en función de la acción argumental y no de la espectacularidad. ‘Panic Room’ se asemeja a una partida de ajedrez, donde se muestra un tablero (la casa) y unas piezas personalizadas en unos personajes situados en dos extremos (el bien y el mal). Una partida en la que, una vez que la acción les enfrenta, cada uno de ellos juega su estrategia para ganar esta agobiante partida a vida o muerte. Pero en contraposición de aquellos que tachan a Fincher como ‘vendedor de humo’, el director muestra todas sus cartas, sin reservas, sin guardar esta vez un efecto final que confunda.
La gran virtud de ‘Panic Room’ es su grafía traslúcida. Una vez que son presentados los personajes y los ángulos de la mansión, el diagrama se revela simple y sin trabas. Tanto el ‘modus operandi’ de la madre y la resistencia de la hija, como el contraste de personalidades entre los ladrones que origina un enfrentamiento en la disposición metódica de cada uno de ellos, es expuesto con una limpieza alineada y solvente para que los roles lleguen hasta el extremo sus intenciones, reaccionando todos como se espera de ellos (incluido el final). Mucho se habló de la renuncia de Nicole Kidman comenzado por una lesión producida en ‘Moulin Rouge’ por un esguince de rodilla durante el rodaje de esta película, pero lo cierto es que Jodie Foster realizó gracias al abandono un ejercicio de interpretación física y dramática intachable, lleno de matices interpretativos, que la sitúan de nuevo en el pináculo de su carrera. Efecto al que no son ajenos la joven Kristen Stewart, Forest Whitaker y, sobre todo, un irreconocible Jared Leto, secundarios que demuestran que Fincher es también un buen director de actores.
Llena de buenos momentos de una tensión sugerentes, endurecidos por el dominio y el mecanismo utilizado por Fincher desde sus ejemplares créditos, ‘Panic Room’ justificó que, empero de la historia, nos encontramos ante un director llamado a ser uno de los indiscutibles genios del cine moderno.
Por eso esperamos ‘Zodiac’ como agua de mayo.
Por cierto, que dada mi admiración a este director, en breve, en el Abismo, habrá un desglose de sus más famosos 'spots' publicitarios que podréis bajar junto a un análisis más que suculento.