martes, 10 de julio de 2007

Review '28 weeks later'

Sangriento catastrofismo apocalíptico
Fresnadillo cumple a la perfección las expectativas puestas en una secuela que, pese a sus defectos, se configura como una sólida y sugestiva muestra de cine de género.
Hace cuatro años, Danny Boyle elevaba a la primera división su titubeante carrera con ‘28 días después’, película que sucedió a títulos tan inesperados dentro de su filmografía como la comedia surreal ‘A Life Less Ordinary’ y la controvertida ‘La playa’. Era la reformulación de un subgénero del cine terror, el de zombies, que, por mucho que sus responsables dijeran hasta la extenuación que no se trataba de un filme que tratara sobre los No Muertos, reactivó como gracias a su éxito otros productos de estas características; como la obra maestra ‘Amanecer de los muertos’, de Zack Snyder, la entretenida saga de ‘Resident Evil’ o la recuperación del progenitor de esta directriz genérica, George A. Romero, que desempolvó su talento para entregar su estupenda ‘Land of Dead’.
Huyendo del tópico, pero sin renunciar a la horda amenazante del zombie que provoca la deshumanización del ser humano cuando se ve avocado a la extinción, Boyle reconstruyó las claves del cine zombie, rehusando muchos de sus arquetipos, pero sin desprenderse del sustrato de la metafórica sociedad descompuesta que ha venido mostrando este tipo de cine. Pero lo más importante, y como dice el experto en la materia Jorge L. Casanueva (creador del blog y concepto ‘Mondo Puto’): “la película de Danny Boyle debe ser considerada como el verdadero pistoletazo de salida de esta resurrección del cine de terror, no sólo del subgénero, sino del horror en general, debido a que nunca el género había disfrutado de tanta distribución y valores de producción de una genealogía que había permanecido en la independencia, la explotación o la indigencia. Vamos, que con el presupuesto de la secuela de ‘Resident Evil’ podría hacerse cuatro veces la tetralogía de Romero”.
Por eso, era más que previsible que se reanudara ese virus que asoló Gran Bretaña por culpa de unos activistas filobotánicos al liberar unos monos que formaban parte de un peligroso experimento (aunque, curiosamente, en esta secuela se recalque que el virus “no se transmite entre especies”). ‘28 semanas después’, de Juan Carlos Fresnadillo, comienza en ese contexto y época, en una casa rural donde se refugian un grupo de personas guarnecidas de unos infectados que no tardarán en aparecer siguiendo a un niño. La acción parece homenajear a la cinta primigenia de Romero con un detonante inesperado, que revela a un ejemplar marido (Robert Carlyle) como un cobarde que falta a la lealtad de su esposa (Catherine McCormack), abandonándola a una muerte segura con el pretexto del miedo instintivo. Seis meses después, con el virus extinguido, el ejército de los Estados Unidos ayuda al gobierno británico a la reconstrucción del país, acogiendo a una primera oleada de refugiados dentro de un sectorizado Londres postepidémico y casi apocalíptico.
En esos términos de restauración geográfica y humana es donde opera el guión de la película de Fresnadillo, desde el inicio de la nada de una sociedad sumida en las dudas sobre su futuro, inmersa en la inconsistencia de un estado totalmente vigilado por el ejército, sin intimidad (como ese vouyer que apunta con su punto de mira a las ventanas de los edificios), cercenando las libertades civiles a favor de una supuesta seguridad en manos de los marines norteamericanos, en cierto paralelismo con la mentira que cuenta el padre a sus hijos sobre la muerte de su madre, hecho que resquebraja la unión familiar con la imprevista aparición de ésta y que ocasionará el rebrote del virus. De ahí que la familia y su representación sobre su inestabilidad se conviertan en el concepto oscuro que provoque el drama y el terror.
Si en el filme de Boyle, siguiendo los preceptos literarios establecidos por John Wyndham y los cinematográficos de Romero, los protagonistas alcanzaban el objetivo de salvación en manos de un ejército que se descubría mucho más peligroso e irracional que los infectados, demostrando así que la sociedad, en aras de su destrucción, es capaz de aniquilar su condición humana metamorfoseándose en verdaderas bestias, aquí también aflora el miedo como reacción violenta para establecer la calma ante el caos con un radical orden militar de exterminio que consiga evitar que la infección siga su curso. Eso sí, con una mirada mucho más benévola con el sistema marcial y con el ser humano en general.
Mientras en el filme de Boyle involucionaba hasta el primitivismo, en ‘28 semanas después’ se muestra algo indulgente al incluir dos personajes, la soldado científico (Rose Byrne) y el marine francotirador (Jeremy Renner) que cuestiona las órdenes en un acto de piedad cuando ve a un niño en el caos deletéreo de una masa de infectados y civiles a los que hay que aniquilar para llevar a cabo el aforismo “muerto el perro, se acabó la rabia”. Sin embargo, el filme de Fresnadillo comparte más virtudes que defectos con esta predecesora de la saga virológica, ya que ambas se estructuran en torno a la evocación de la familia y la disposición de la historia en busca de la tensión, la paranoia y el terror dentro de un relato de supervivencia extrema y salvación en el último instante.
También podría analizarse como una alegoría del fracaso de la Guerra en Irak, como hace décadas lo fue el filme de Romero, que dejaba ver entre líneas la insatisfacción de la sociedad civil norteamericana con el conflicto bélico de Vietnam. Pero, más allá de cavilaciones sociopolíticas, ‘28 semanas después’ es una virtuosa propuesta con énfasis por el espectáculo, de personal densidad atmosférica que no podría catalogarse como una película de terror, ni siquiera dentro del ‘gore’, aunque coquetee con elementos de ambos, ya que el debut norteamericano de Fresnadillo es una propuesta de ciencia ficción futurista que se mete de lleno en el más puro catastrofismo apocalíptico que no duda en utilizar el horror y el ‘splatter’ como recurso de efectismo de componente radical, disoluto y respetuoso, para jugar con los dispositivos genéricos de múltiples lecturas (ese oscuro ensañamiento del marido con la mujer y la búsqueda constante de sus hijos, el cuestionamiento de recursos militares a la inmigración o la fragilidad de los estados). Camuflada, con mucho pulso y sabiduría, en la sangre fácil y la acción a modo de ‘thriller’, con algún momento de cierta ironía y brillante salvajismo, como esa masacre zombie a lo ‘grindhouse’ con las aspas de un helicóptero degollando a una horda de infectados.
Y lo cierto es que, a pesar de que la trama está definida por los caprichosos actos de los guionistas, por las descaradas coincidencias que hacen avanzar la acción, muchas veces restando verosimilitud y desencadenando con las ilógicas decisiones de los protagonistas una artificiosidad que se va acumulando a lo largo de la cinta (sin llegar nunca a entorpecer el desarrollo narrativo de la historia) y sobreabunde el plano cenital, Juan Carlos Fresnadillo demuestra su excepcional labor como cineasta al dotar a la imagen de unos valores personales que van más allá del estilo formal de la original de Boyle, traducido en muchísimo grano, desenfocado continuo de la imagen, sobreexposiciones salvajes… El director español sabe amplificar los recursos de una superproducción con la vehemencia de la cámara en mano para relatar este ‘thriller’ de terror, controlando el exceso y dosificando el desasosiego, contagiándonos del nerviosismo palpable y premonitorio que requiere esta historia.
Entretenida y más que correcta, pero también tópica, llena de arquetipos y lugares comunes dentro del género de zombies (incluso ese desenlace posterior a la salvación que parece un facsímil de ‘Amanecer de los Muertos’ y que abre la posibilidad a una tercera parte), ‘28 semanas después’ tampoco oculta su autocomplacencia con el uso del estereotipo, de los medidos golpes de efecto o el manejo de ciertos recursos seguidistas. A cambio, cumple a la perfección las expectativas de un espectador dispuesto a digerir las pretensiones que impone el género; acción, subtramas dramáticas, evasiones ‘in extremis’ y grandes dosis de violencia hiperbólica y sangrienta con matanzas de civiles bajo ráfagas de francotiradores o bombardeos de media ciudad y su posterior desinfección con gases e ignición de los restos de los infectados.
El resultado es una sugestiva y satisfactoria muestra de cine de género.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007