viernes, 30 de septiembre de 2005

Impresión (más que Review): 'Torrente 3. El protector'

Esta vez, no, amiguete
Vaya por delante que siempre me he considerado ‘torrentista’, principalmente por una primera película que considero espléndida en su contrastada fórmula de chabacanería soez, humor grueso brindado a modo de soterrada parodia y dosis de acción en una primera historia delirante y disparatada del personaje más carismático de los últimos años, José Luís Torrente.
Aunque su segunda parte ya adolecía de la primeriza desvergüenza, hubo algo en aquella secuela que seguía caracterizando a Santiago Segura; un elemento fundamental cimentado en la integridad a la hora de lanzar un producto como ‘Torrente 2’, con ese personaje secundario básico llamado “Cuco”, el acompañante del antihéroe español chabacano por excelencia. Todo un hallazgo maravillosamente interpretado por Gabino Diego.
Cierto es que muchos han sido los que han intentado desprestigiar a este personaje convertido en icono, fundamentalmente asemejándolo al cine de Ozores (al que, visto cómo está nuestro cine, hay que empezar a reivindicar con respeto) por algunos de sus mecanismos humorísticos y genéricos. Algo así como un revivificación de aquellos Pajares y Esteso del ‘destape’. Aún así, en las dos primeras partes de Torrente existía una gran diferencia entre ambos conceptos de comedia. Mientras aquél cine se inscribía en un cine de destape con humor absurdo e imbécil planteado como mera excusa encubierta en el descrédito a la inteligencia del público, ‘Torrente’ partía de esa inteligencia para absorber referencias y ‘gags’ con el objetivo de reírse de una vulgaridad identificativa de cierto sector de población anclada en antediluvianos conceptos ideológicos que, paradójicamente, acudieron al cine en masa tomando a este policía grosero, racista, misógino y del Atleti como héroe y adalid de un pensamiento que aún sigue vivo en la sociedad española moderna.
Cierto es también que Santiago Segura preveía que su obra iba a ser reiterativa, sin desencaminarse de sus designios iniciales, en una imposible miscelánea creada a base de acción, género policiaco, aventuras, ‘buddy movie’ y comedia castiza. Todo ello desde una vertiente cañí que otorgara al cineasta la posibilidad de ofrecer al espectador unas risas cómplices a la vez que una visión cáustica sobre la España más profunda.
Bien, pues después de ver ‘Torrente 3. El protector’, no hay más sensación que el más profundo desencanto. Uno sabe perfectamente qué va a encontrar, pero no esa parvedad absoluta de humor, del esperado repugnante encanto en algún golpe de ‘gag’ inteligente o, en su defecto, absurdo y con gracia (a los que nos tenía acostumbrados Segura). Todo es letárgico, sin sentido, funesto… Sólo hay tres palabras de ralea ‘torrentista’ que definan esta tercera parte sin recurrir a una analítica profundización en forma de ‘review’: “Mala de cojones”.

Review 'Obaba'

“Quiero decir que…”
Montxo Armendáriz adapta la premiada novela de Atxaga ‘Obabakoak’ con la sensibilidad y languidez necesaria, pero sin el espíritu necesario de sus designios.
La noticia del día del día en cuanto al panorama cinematográfico se refiere ha sido, al menos en el entorno nacional, la selección de ‘Obaba’, de Montxo Armendáriz, para representar a España en el proceso de selección para la candidatura a la mejor película de habla no inglesa a los próximos Oscar 2005. Después de verla ayer (me duele no poder decir que en el festival de Donosti), tiene uno la sensación de que han hecho lo correcto, al menos con las otras dos rivales; ‘Princesas’, de Fernando León de Aranoa y ‘Ninette’, de José Luis Garci.
Es ‘Obaba’ otra extraña composición habitual en el último cine de Armendáriz, una fábula rural y atávica, de recuerdos infantiles y juveniles, de intrahistoria con regusto a nostalgia, de mitología tan fascinante como deliciosamente caduca que, sin embargo, tropieza con un desequilibrio no esperado, ésta vez anclado en el juego de tiempos que ha elegido el cineasta navarro para adaptar una novela como ‘Obabakoak’, de Bernardo Atxaga. Y es que esa mirada pretendidamente diáfana del presente, incorporada en una actriz tan poco creíble como Bárbara Lennie (y su odiosa muletilla verbal que titula la crítica) dando vida la estudiante de cine Lurdes que vive los misterios de Obaba a través de su cámara acapara los peores momentos de un filme descompensado, con infranqueables trabas en el acercamiento a las historias a las que nos acerca Armendáriz creadas anteriormente por Atxaga. En cambio, y en contigüidad temática y perceptiva de películas como ‘Tasio’, ‘Secretos del corazón’ (filme que le sirvió al director para representar a España en los Oscar de 1997) o 'Silencio Roto', Armendáriz sabe extraer los matices y la fragilidad de la memoria perdida y la creación de un universo dotado de la magia recogida directamente del espectro humano inherente a la obra de Atxaga. La mirada personal de ambos autores es pareja en la belleza de sus creaciones, de corte pausado e intimista, más que coral unificadora de un sentimiento de aproximación vital entre sus personajes.
Atxaga es un poeta obsesionado por el placer de las palabras, su selección de vocabulario es asombrosa por la afectividad con las que las maneja. Desde la cuidada anotación de términos de la naturaleza, unido al contraste de este vocabulario casi rural con un vocabulario topificado por el uso en las grandes ciudades, Montxo Armendáriz ha aprovechado ese clima poético de especiales características, el de los valores sensoriales, para volver a recrear un filme que bucea en la tradición rural y humilde, arraigada a los cantos metafóricos de una colectividad donde cada componente tiene voz propia, silenciosa e introspectiva, dejando ver una negativa oscilación entre el conformismo y carente de la fascinación necesaria en la propuesta de un extraño viajante a un hábitat tan especial, donde los personajes desprenden tanta tropelía hermosa alrededor de sus personalidades, pero que no se fragua en su acercamiento a lo desconocido, exceptuando en la entrañable maestra interpretada por Pilar López de Ayala que contiene tanto las lágrimas por su soledad como su apasionada sexualidad. De hecho, la mejor adaptación de la obra de Atxaga.
Viaje entre lo real y lo onírico, donde relumbran su sigilo, su realista misterio en torno a la fabulación con respecto a los lagartos, sus sentimientos apolillados por el tiempo que anhela una emoción muchas veces estéril, pero embellecida por aquello de lo que se habla y, sobre todo, de cómo se refleja en pantalla, ‘Obaba’ es un espacio imaginario que simboliza la pequeña aldea ficticia con una universalización del ser humano, llena de sinecuras rítmicas, falta de fuerza emotiva en su conjunto, pero a la vez con ése entrañable y personal estilo que Armendáriz propugna con su vinculación a la mirada intimista y rural que consuma cuando indaga en la sima de unos personajes que, bajo su mirada sentimental y quejumbrosa, esconcen una historia que merece ser contada y que esta última película suya muestra tan sólo a medias.
Miguel Á. Refoyo © 2005

jueves, 29 de septiembre de 2005

Películas legendarias: 'ROSEMARY'S BABY'

La oscura leyenda del bebé de Rosemary
La obra maestra de Polanski se estrenó dejando una macabra y difícil leyenda negra que marcaría para siempre el Hollywood más conservador.
En los tiempos que corren, el cine de terror, como género moderno, se podría considerar como un mero pretexto para implantar desarrollados efectos especiales o tratar de dar sustos efectistas por medio de malversados sobresaltos sonoros o visuales camuflados en ostentosos maquillajes sangrantes antes que dirigirse hacia una evolución formal basada en las buenas historias. Los actuales productos prefabricados reinciden en argumentos y estética en busca de un público que fagocita este tipo de productos es incapaz de satisfacer sus ansias de miedo. El cine de terror ‘mainstream’ ha llegado a su fin, entre otras cosas, porque se ha eliminado el rigor de lo filmado y la verdad de lo contado.
Una retahíla de naturalismo y nula adjetivación visual que mantenía los necesarios puntos de vista emocionales y sus flexiones temporales fueron la clave del éxito de una película clásica, de una cinta de terror que cambió la forma de ver el género en el año 1968. ‘Rosemary’s Baby’ puede y debe considerarse como una de las películas más carismáticas e influyentes ya no sólo del género de terror, sino también del cine desde su perspectiva histórica, que hace añorar más que nunca los planteamientos de historias como esta ‘cult movie’ del pequeño director polaco Roman Polanski. El hecho de que la ambigüedad subversiva de la cinta de Polanski desde su inicio hasta su desenlace se pierda sólo con su título españolizado, ‘La semilla del diablo', constituye una muestra paradigmática de la ineptitud de muchos de los distribuidores españoles de la época a la hora de traducir los títulos originales y que en este caso trivializó de forma indiscriminada este gran trabajo de exquisita factura. Aún así, en nuestro país tuvo un reconocido éxito y supuso el trabajo con más renombre de la tambaleante carrera del director europeo con tendencias otrora desorientadamente pedófilas. Por ello este clásico merece (como tantos otros) una conmemoración por todo lo alto después de más tres décadas consolidada como una de las obras de terror más ejemplares que haya ofrecido el cine.
Los comienzos de una epopeya aterradora
Marcado en gran medida por una macabra leyenda que se gestó antes, durante y después de un áspero rodaje gracias al cual surgió una obra maestra del séptimo arte. Un exhaustivo trabajo lleno de piedras en el camino que acabó consumándose como la precursora de todo el llamado ‘cine satánico’ y el desatado fervor a una temática que incluso hoy parece estar de moda. Una obstinación que en nuestros días constituye un género propio. ‘Rosemary´s baby’ dejó para la historia una leyenda plagada de anécdotas, tensiones y subfábulas (reales o capciosas) valederas para alimentar una enferma necesidad de morbo diabólico en el mundo de Hollywood hasta la llegada, diez años después de la que es otro de los títulos fundamentales del cine de terror; ‘El exorcista’ (película a la que el Abismo ya dedicó uno de sus mejores especiales –dividido en cuatro partes – I, II, III y IV-), de William Friedkin.
‘Rosemary’s baby’ llegó en un momento, llamémoslo histórico, en el que toda clase de sectas, espiritismo, parapsicología y ocultismo estaban de moda. Una tenebrosa simpatía por el Diablo que se mezclaba, además, con todo tipo de drogas alucinógenas en un periodo en el que magia, vudú y satanismo veían la luz al amparo de la libertad de la época y como celebración prematura de una ‘Nueva Era’, que trajo consigo a los liberales ‘hippies’, las nuevas creencias y el culto por lo sobrenatural. Todo este jaleo peliculero comenzó cuando Bob Evans, en aquella época el jefazo de la Paramount, ofreció al joven Polanski, afincado por entonces en Estados Unidos, dos proyectos para dirigir. Uno narraba una historia de unos esquiadores de altas cumbres (con mucha nieve, por supuesto), el otro, una de terror inusual y arriesgada bajo el título ‘Rosemary’s baby’, cuyos derechos estaban en manos del mítico genio del ‘grand guignol’ cinematográfico William Castle, productor que ha pasado a la historia por ser uno de los reyes del cine de terror de serie B de todos los tiempos por la utilizazación de sus célebres ‘gimnicks’ (estrategias comerciales para asustar al espectador dentro de las salas). En realidad, la historia estaba basada en una novela de Ira Levin, conocido novelista neoyorquino de origen judío por la que Polanski se sintió atraído desde un primer momento, fundamentalmente porque trataba el tema luciferino desde una perspectiva cercana a la visión de Nietszche sobre la religión llevada a una percepción puramente mesiánica. En el fondo una ácida y espléndida crítica social y religiosa.
La historia arrancaba con un joven matrimonio feliz recién casado (Guy y Rosemary Woodhouse) instalándose en su nuevo apartamento, en el que acabarán haciendo amistad con dos vecinos vejestorios y petardos (Minnie y Roman Castevet). Pero bajo su amable aspecto, éstos resultan ser apóstoles del Maligno en busca de una muchacha fértil que sirva como vientre de alquiler para el mismísimo Anticristo. El proyecto cautivó tanto al Polanski, que pidió escribir él mismo el guión prometiendo respetar en todo momento el espíritu y la dureza de una novela, que antes de transformarse en celuloide era ya un éxito de ventas. El elegido fue Polanski, en gran medida por tratarse de un director europeo con cierto prestigio en círculos reducidos gracias a películas como ‘El cuchillo en el agua’ o la posterior gamberrada cómico-terrorífica ‘El baile de los vampiros’.
El hecho de que Polanski fuera europeo, agnóstico y un tanto liberal suponía que pudiese manejar la historia de Rosemary sin tantos prejuicios como un cineasta norteamericano, o al menos así lo vio Bob Evans, que manifestó “sólo hay que ver qué gran trabajo ha hecho Roman con ‘Repulsión’ para comprobar que es el director idóneo para dirigir esta revolucionaria cinta de terror”. No hay que olvidar la adhesión que ha tenido (y tiene) el pequeño cineasta polaco por historias casi siempre encaminadas hacia temas tan abruptos como el asesinato (‘El cuchillo bajo el agua’), la obsesión (‘Repulsión’), el sexo (‘Lunas de hiel’, con ese bombón de mujer que tiene, Emmanuelle Segnier), la venganza o la muerte (‘La muerte y la doncella’) y en, último término, sus fantasmas más personales (‘El Pianista’).
Con un presupuesto inicial cercano a los dos millones de dólares, la película se rodó casi por completo en los estudios de la Paramount en Hollywood, donde el diseñador de producción Richard Sylbert (con ayuda del decorador Joel Schiller) reprodujo el apartamento de la joven pareja, los siniestros corredores interiores o el macabro recinto donde se realiza la bacanal del aquelarre. Además de algunos planos exteriores como los del edificio Dakota, la arriesgada secuencia de Rosemary por la Quinta Avenida o el supuesto suicidio de Terry, la hija adoptiva de los Castevet. Con un equipo técnico al gusto de Polanski, sólo faltaba la elección de los actores. Una labor mucho más dificultosa de lo que en un principio se creyó. Cuando todos esperaban que fuera la preciosa esposa de Polanski Sharon Tate la que protagonizara ‘La semilla del diablo’, el director europeo contrató a Mia Farrow para el papel de Rosemary. Por aquel entonces, Mia era ya una prometedora actriz gracias al conocido culebrón televisivo pre-Dinastía ‘Peyton Place’.
Desde un primer momento la actriz contó con el total apoyo de Polanski, encantado con la frágil mujer de rostro aniñado. Menos fácil lo tuvo con el actor encargado de dar vida a Guy Woodhouse. Aunque se pensó en el ‘dandy’ Warren Beatty, Jack Nicholson o Robert Redford (la elección principal del director y que estuvo a punto de protagonizarla, pero al final ambos no se pusieron de acuerdo), el afortunado que se llevó el gato al agua fue el actor John Cassavetes, conocido en pequeños circuitos por ser director de culto de películas independientes que hoy en día suponen un paradigma de la independencia fílmica. Tras largos y tortuosos meses de rodaje y rebasando el presupuesto previsto hasta llegar hasta los casi tres millones de dólares, ‘Rosemary’s baby’ se estrenaría el 12 de junio de 1968, obteniendo un inesperado éxito de público y crítica que pilló por sorpresa hasta sus mismos productores. Una película de culto que lanzó a la fama a Polanski y a los componentes del equipo artístico (la espléndida secundaria Ruth Gordon –como la cotilla Minnie Castevet- ganó el Oscar de la Academia).
La leyenda negra
Hasta aquí es la frecuente historia de cualquier producción hollywoodiense, la que muchos de los analistas de cine habitúan a narrar. Como la de cualquier producción ‘made in Hollywood’. Pero la cinta de Polanski no fue una producción nada habitual. La película estaba destinada a ser una tortura para todos, incluso años después de rodarse. Durante el rodaje las relaciones entre Cassavetes y Polanski fueron un calvario para los todo el equipo, con continuas peleas y enfrentamientos verbales debido fundamentalmente a la distinta visión que tenían ambos sobre la historia de Ira Levin. Cualquier declaración era buena para atacarse e insultarse. Polanski, detractor del cine de Cassavetes manifestó “lo mejor que sabe hacer es interpretarse a sí mismo y lo bueno de eso es que hace a su personaje demasiado antipático, como es él en la vida real”. Por su parte, Cassavetes definía a Polanski como “un cineasta genial pero una persona detestable”. El adalid del cine independiente también definía la historia como “la película sin violencia más violenta de la historia del cine. Algo aberrante”.
Con Mia Farrow hubo una historia más armónica. En este caso, el problema estribó en el divorcio a medio rodaje de la hija de Maureen O’Sullivan y John Farrow y el medio ‘mafioso-cantante’ conocido como “La voz” Frank Sinatra. Éste amenazó en varias ocasiones a la pobre Farrow, ya que llegaba tarde a casa todos los días por culpa de las largas jornadas de rodaje. Según cuentan, Sinatra se presentaba en el ‘set’ para llevarse a casa a su cónyuge, donde le proporcionaría varias de sus habituales palizas maritales. Todo se calmó cuando una feliz Mia Farrow firmó los papeles de su ruptura matrimonial días después.
En cuanto a Polanski, la maldición llegó ulteriormente. Al estreno de ‘Rosemary’s baby’ asistió Anton Szandor LaVey, amigo personal del cineasta polaco y conocido en los círculos más esotéricos hollywoodienses como "El Papa Negro" y célebre dirigente de la secta denominada ‘Hijos de Satán’. Una congregación que popularizó las historias más macabras y soterradas de muertes de superestrellas del Hollywood de los 60 y 70. LaVey supervisó todas las escenas de satanismo e hizo de consejero a Polanski. Incluso se le puede ver brevemente haciendo un ‘cameo’ en la pesadilla en la que el Diablo copula con Rosemary para engendrar a su hijo, rodeados de una multitud maléfica.
Mucho se ha hablado de la relación de Polanski con sectas y grupos de este ámbito. Pues bien, tan sólo un año después del estreno la hermosa actriz y esposa de Polanski Sharon Tate fue asesinada junto a unos amigos en su casa de Cielo Drive en California de la forma más cruel, despiadada y violenta que recuerda la historia negra de Hollywood (tema central del que fue el ‘post del verano’ en el Abismo). La orgía de sangre fue obra de Charlie “Tex” Watson, acompañado de Patricia Krenwinkel, Leslie Van Houten y Susan Atkins bajo las órdenes del líder Charles Manson (conocidos desde entonces como ‘The family’), unos desequilibrados satánicos que marcaron la trágica leyenda de Polanski. Para colmo de mal, el director sería acusado poco después de abuso sexual de una menor. Acto que le ha mantenido apartado de los Estados Unidos hasta la fecha (ni siquiera pudo recoger su Oscar como mejor director por ‘El Pianista’).
La maldición no quedó ahí. El excelente y prometedor compositor de la aterradora música de la obra de culto (¿quién no recuerda la nana de cuna que abre y cierra el filme?), Kryzstof Komeda, moriría depués de tener un extraño accidente cuando esquiaba, tan sólo cinco meses después de estrenarse la película. Además, el Edificio Bramford donde transcurre la acción no es otro que el célebre Dakota, popular inmueble por ser escenario de insólitos y tétricos sucesos tras sus paredes (más de una decena de personas se suicidaron en sus habitáculos). Artistas de vida tumultuosa como Judy Garland, Boris Karloff, Leonard Bernstein o Lauren Bacall también sufrieron la inestabilidad cuando vivían en este edificio del que se dice que es uno de los vórtices de fuerzas maléficas reconocidos en todo el mundo. Si todo esto no fuera poco, el Dakota pasaría a la posteridad por ser la residencia de John Lennon, a cuyas puertas fue asesinado por Mark Chapman, un desequilibrado ‘fan’ queriendo un poco de protagonismo.
A pesar de todo esto ‘Rosemary’ baby’ continúa siendo una estremecedora película de terror psicológico que se ha hecho un hueco muy importante en el cine de terror y en los anales de la historia del séptimo arte. Una gesta imborrable sobre nuestros miedos, sobre la sociedad, la religión y sobre el horror más interno y psíquico que uno pueda imaginar. La fascinación de esta inolvidable película reside, por tanto, en ese poder de hipnotismo oculto en la sugerencia constante. Un filme con una oscura leyenda delante y detrás de las cámaras que quedará en la retina colectiva por su excelente calidad. ‘Rosemary’s baby’ es un filme cuyo elegante e intachable ambigüedad sigue siendo el mayor de sus aciertos, ya que la película jamás acaba de definir si efectivamente la protagonista se encuentra en lo cierto, o si estamos ante un caso de paranoia y obsesión provocada por la soledad de quien se siente desatendido, pues todo lo que vemos lo hacemos desde el punto de vista de la maravillosa y dulce Rosemary Housewood.

miércoles, 28 de septiembre de 2005

El adiós del Superagente 86: "Jefe ¿Podría creer que...?"

Cuando Mel Brooks proyectó el episodio piloto de ‘Get Smart (Superagente 86)' a los mandamases de la NBC, éstos no dudaron ni un instante en declinarla. Los exánimes argumentos que notificaron fueron que la serie era un reducto de ‘antiamericanismo’ degradante. Sin embargo, Brooks, en colaboración con Buck Henry, lograron que la serie viera la luz, convenciendo de sus posibilidades cómicas. No se equivocaron.
Maxwell Smart (Don Adams) estaba en las antípodas de los superagentes secretos como James Bond o Napoleón Solo. Su faceta entrañable, de tipo corriente, torpe, despistado y algo roñoso. No estaba lejos de esa torpeza la institución para la que trabajaba, Control (la única organización secreta de la que nadie había oído hablar), en constante lucha contra el terrorismo provocado por Kaos, frustrada por la anulación de sus objetivos por parte de un Smart que, obviamente, salía triunfante de sus misiones con desmedida fortuna.
Por supuesto, crecí en la generación de la reposición, pero con el melancólico recuerdo de aquella espantosa versión sudamericana, que hacían que los diálogos sonaron aún más absurdos en la parodia televisiva más célebre del género de espías. La alta tecnología, ostentosa y modernizada de Bond se reducía a la máxima expresión de la caricatura con el inolvidable ‘zapatófono’, que sonaba en los momentos menos oportunos. Tampoco es fácil olvidar al más estúpido de los compañeros de Smart, como el singular Larabee, capaz de salvar a los miembros de la organización cuando salía inmune de un gas que afectaba al cerebro. O el robot Hymie, o el siempre escondido en los lugares más insospechados Agente 13 y, sobre todo, 99, el amor eterno del peculiar agente que llegó a ser su esposa. Una serie arriesgada y eficaz que encontró su efímero éxito en la recreación de las aventuras de un perfecto idiota a medio camino entre Closseau y el Inspector Gadget (que tuvo en Adams a su voz televisiva).
Este post es el mejor recordatorio que puedo ofrendar a un actor como Don Adams. Un actor que nos dejó el pasado domingo a la edad de 82 años. Un hombre destacable por su honestidad a la hora de recordar del único papel importante de su vida. Adams afirmó en varias ocasiones sentirse orgulloso de este pretérito encasillamiento, argumentando que se sentía feliz por haber sido cómico, por hacer reír al público. Todo un gesto que le honra en esta pérdida catódica que entristece por la nostalgia que despierta el recuerdo de una sintonía y del familiar rostro de Maxwell Mart caminando a través de un pasillo por el que se iban cerrando una puerta mecánica tras otra.

lunes, 26 de septiembre de 2005

Queda inaugurada la revolucionaria VERSIÓN 3.0

Mi indispensable ninfa personal, la mujer que ilumina mi camino existencial y creativo, Myrian, la musa que hace posible mis sueños, ha creado lo impensable: un imponderable ecosistema binario para el desarrollo de ‘Un mundo desde el Abismo’.
Tanto ella como un servidor (trabajando unidos bajo la denominación Overlook Studio) estamos anonadados ante el evento. Orgullosos como pocas veces lo habíamos estado, todavía no nos podemos creer cómo han quedado las cosas, conscientes de que en el mundo bloguero hemos logrado algo que pocos elegidos han llegado a alcanzar: lograr una weblog muy distinta a las demás. Tras más de dos meses de durísimo trabajo y aprendizaje en un campo que nos era ajeno, hemos alcanzado una meta que, en el momento de plantearla, parecía una quimera quijotesca.
La estructura abismal poco ha cambiado de disposición de lectura. El bloque básico (el que concierne a los posts) tan sólo ha variado de color, perdiendo ese bruno fondo que tanto me criticaron algunos en su origen, para pasar a suavizarlo con un gris más adecuado a la comodidad de lectura del texto. El estilo se ha transformado. Era la intención fundamental. Había que cambiar. La pretensión primordial era la sofisticación novedosa y alacanzar un contexto multimedia. Pero siempre desde la reciprocidad entre la sutileza, novedad y armonía. Una composición que diera como consecuencia la accesibilidad de una página que aspira a seguir creciendo en todos sus ámbitos.
Queríamos un hábitat personal y heterogéneo, que no desnaturalizara mucho la anterior versión del Abismo. Sin embargo, ya no era cuestión de introducir algún que otro cambio cromático, ni de modificar los marcos de texto, ni siquiera de la variación en la disposición estructural. Todo eso se había conseguido en la Versión 2.0. Era la hora de transgredir los límites, de adoptar un ímpetu audaz y reformista con lo preestablecido.
La versión 3.0 tenía que ser avanzada, original, moderna… Desconozco si el tan temido Macromedia Flash forma parte distributiva de alguno de los weblogs que se conocen en el mundo hispano. Hasta el momento, no lo he visto. Tampoco si hay alguien que utilice el eficaz mecanismo del XML para la actualización de los enlaces. El designio de este nuevo modelo era una mayor docilidad en su organización. Había que procurar que todas estas novedades no fueran ornamentales, ni mucho menos un tipo de ostentación exhibicionista. La finalidad simplemente residía en permitir un mejor acceso a todo lo que se estaba acumulando en esta weblog.
Por eso, la gran novedad se asienta en la columna lateral izquierda, donde destaca la primera ventana, la correspondiente a la principal de enlaces, distribuidos en carpetas dinámicas para el más rápido acceso de los contenidos. También ha cambiado la portada, creada en una vivaz animación que ha recogido el entrañable y mítico Refotoon creado por Paco Cavero, un fondo que se va estableciendo paulatinamente, cortesía de Dave McKean y la tipografía, esta vez otro homenaje a ‘Cristal Oscuro’, una de mis películas más recordadas de mi infancia debida al magnánimo Jim Henson.
Ahora todo es más sencillo.
No nos consideramos pioneros de ningún estilo, ni hemos creado virguerías en la rama de diseño para envanecernos de nada, sino que todos los cambios responden a las ganas de mejorarlo todo. El logro, a un nivel personal, es absoluto. Podréis encontrar nuevos enlaces, nuevas secciones (entre las que se encuentran dos de próximo advenimiento –como mi página personal RefoWorld y el fotolog ‘Enfoque negativo’-), además del habitual 'Fondo del Abismo', que pronto acopiará la misma línea modificada que esta versión 3.0. En cuanto a contenido, lo demás sigue su curso; las críticas (en un menú también dinámico), los dossieres, los enlaces (todos laboriosamente actualizados), los posts pretéritos y los destacados… Todo sigue igual, pero desde una perspectiva distinta.
Espero que os guste esta novedosa actualización. Porque, a pesar de los cambios, hay algo que sigue siendo cardinal en toda esta renovación. Y es, como en cada post, como en cada historia, como en cada cambio, poder satisfacer la comodidad de todo visitante del Abismo. Todo esto es por vosotros, amigos. Así que os invito a que os familiaricéis con este nuevo entorno y disfrutéis del contenido de una manera diferente. Un contenido que, ya iba siendo hora, volverá al frenesí de redacción de antaño.

Coming Soon...

Algo trascendental tendrá lugar en este weblog hoy mismo, en esta pantalla.
Sí, amigos abismales. Por fin se inaugurará la más que esperada y anunciada VERSIÓN 3.0 de 'Un Mundo desde el Abismo'.
No perdáis de vista este espacio a lo largo del día. Estad muy atentos, porque hoy, lunes 26 de septiembre de 2005, un nuevo concepto de weblog estará en vuestros monitores. Todo está listo. Así que preparaos para la inauguración, ya que promete algo revolucionario.
Quedan sólo unas horas para que lo descubráis.

'Órale! 'El límite', también en México

Hola, amigos.
Hacía mucho tiempo, tal vez debido a que la haraganería ha venido haciendo mella en mi empeño de distribución como responsable de mi propio cortometraje, que 'El límite' no estaba en ningún festival importante. Durante este año también es cierto que ha funcionado bastante bien en el circuito cortometrajístico. Y más teniendo en cuenta que he descuidado tanto y en intervalos de tiempo imperdonables la difusión de nuestro trabajo por el difícil orbe festivalero.
Reincidiendo en la eterna promesa incumplida, en un breve periodo de tiempo, todo el mundo podrá disfrutar en mi futura página web (en actual y ardua elaboración) de este oscuro e incómodo trabajo que no ha dejado a nadie indiferente y que se centra en un lóbrego tratamiento del asesino en serie como algo en lo que parece haberse convertido con el paso de los años y de múltiples actos truculentos y repugnantes: en un titán, en una temible leyenda. Pues bien, 'El límite' vuelve a traspasar fronteras.
Después de que viera la luz en pleno corazón de Hollywood en el Nosotros Latino Film Festival de Los Ángeles, nuestro pequeño gran trabajo ha sido seleccionado para la sección oficial de cortometrajes del festival internacional Baja California Film Fest que tendrá lugar del 26 al 30 de octubre en México. Me comentaban esta misma tarde desde la organización que tenían un convenio con las embajadas de aquellos países pertenecientes a los participantes que hubiesen sido seleccionados fuera de América para que pudieran estar presentes en la presentación de sus trabajos. La desatención de esta formalidad me ha hecho abandonar mi deseo de hacer uno de mis viajes soñados. Pero, por contra, sí podré disfrutar de esta importante selección. 'El límite' estará en Baja California, dejando el listón español bien alto. O al menos, intentando no hacer ridículo. Algo que, a estas alturas, es un todo un consuelo.
Lo cierto es que, lejos de lamentarme por no poder haber asistido a tierras aztecas, esto supone otro incentivo para recobrar la reciedumbre por obtener algún premio que, desde el principio, me ha importado bien poco. Con este tipo de selecciones foráneas ¿Quién quiere un galardón? Pues sí, coño, yo. Basta de hipocresía.
En cualquier caso, 'El límite' sigue su ascendente camino festivalero. Eso es lo importante.

sábado, 24 de septiembre de 2005

He vuelto

Hola, amigos.
Por fin parece que los problemas se han solventado. Ha concluido mi obligado retiro informático. Ahora mismo, estoy sentado plácidamente en mi silla de oficina, frente al ordenador, mirando esta combinación de ceros y unos tan agradables a la vista que me permiten la posibilidad de reencontrarme con la conjunción entre ideas, ojos, dedos y teclado, fusionándose todas ellas en comunión, en busca de un fin que se cristaliza en estos absurdos textos que acostumbro a escribir.
Tras una inesperada ruptura de la resaca madrugadora de los sábados (obligada por el entusiasmo nocturno de una ciudad reunida de nuevo con los enfervorecidos estudiantes con ganas de fiesta), esta mañana he recibido un SMS que ha sonado con inusitada música celestial en mis oídos. Cuando lo he abierto, he descubierto con alegría que se trataba de PcCoste, el establecimiento en el que atentamente solucionan todos mis problemas con una eficacia sin parangón: “Te informamos que ya está disponible tu reserva R-329517 en nuestro centro” rezaba el mensaje telefónico.
Y, satisfactoriamente, parece que podré volver a mi rutina caligráfica en este ordenador, a mi ímpetu abismal por abrir una puerta a mis necedades e inquietudes. Lo iba echando en falta. Pero toda espera tiene su recompensa.
Por lo tanto, ya estoy aquí de nuevo.

jueves, 22 de septiembre de 2005

Review desde la entropía informática: 'George A. Romero's Land of the Dead'.

Reconstrucción del mito zombie
George A. Romero restaura el subgénero del cine de zombies con una película metafórica sobre el sistema político actual y la diferenciación de clases.
George A. Romero y John A. Russo tomaron como referencia la obra de Richard Matheson ‘Soy leyenda’ y la desconocidísima obra de culto de Sidney Salkow y Ubaldo Ragona ‘The last man on Earth’ para elaborar el clásico ‘La noche de los muertos vivientes’, no sabían que además de desarrollar las fijaciones de las generaciones posteriores del cine de terror, fundarían un subgénero propio denominado, por lógica, ‘cine de zombies’. Si Romero reinventó con numerosos y contundentes matices a los zombies modernos presentándolos como bestias anónimas con sed de carne humana en sus secuelas ‘Zombie’ y ‘El día de los muertos’, persistiendo en ese instinto natural que servía para hostigar a unos protagonistas que ante la amenaza de la masa maléfica se transformaban en seres más egoístas y violentos para mostrar, en último término, la total deshumanización, en ‘La tierra de los muertos vivientes’, el regreso de Romero a la gran pantalla después de muchos años en la misantropía fílmica, se continúa con la acertada soflama sociopolítica que poco o nada ha cambiado desde finales de los 60 hasta el día de hoy, concluyendo que la condición humana acaba por evidenciar lo que para muchos sociólogos y filósofos es un hecho fehaciente: que una sociedad en continua descomposición representa, en varios sentidos, al hombre actual.
En su acertada actualización, el maestro Romero ha dejado a un lado aquella miscelánea que deambulaba entre el expresionismo, el semidocumental y el cine discursivo de corrientes teleologistas, sin olvidar un trasfondo social, para proyectar determinadas situaciones de países actuales oprimidos por sus propias restricciones y por la práctica manipuladora de sus gobernantes y la progresiva querencia por instaurar el miedo social. ‘La tierra de los muertos vivientes’ le sirve a su veterano cineasta para plantear su sempiterna epístola terrorífica sobre zombies y humanos, acomodada esta vez en una aureola de serie B de gran calidad, menestral pero con ambiciones, como si de una obra de John Carpenter (cineasta con el que encuentra varios puntos en común) se tratase, aportando con su genialidad la lucidez de una historia que no necesita de nuevas tecnologías para impactar en su manifestación de irónico ‘gore’ en su eficaz empeño de acreditar que un subgénero tan denostado como el ‘splatter’ sea el idóneo para exponer la diferencia de clases y el envilecimiento de los líderes que gobiernan el mundo.
Romero ataca sin tapujos al neoliberalismo y a los pretextos de la administración Bush Jr. tras el 11-S, urdiendo una descarnada crítica al capitalismo que impera en un mundo occidental que ha vuelto, silenciosamente, a un soterrado feudalismo que en el filme está aludido en una enorme fortaleza llamada Fiddler's Green, donde sólo vive la clase alta que menosprecia a los pobres y teme a los muertos vivientes que incorporan a ese Tercer Mundo que hoy en día no importa a nadie. Un lujoso reducto donde un amo somete todo y a todos, controlando con despotismo y sordidez una precaria sociedad que acabará asolada por sus propios miedos. Aquéllos que, paradójicamente, les devolverá la libertad y la oportunidad de volver a crear una sociedad en igualdad con los zombies.
Y en medio de ellos, unos mercenarios que procuran sobrevivir entre dos mundos marcados por la disparidad de bienes trabajando para que a los ricos no les falte suministros, mientras los más desfavorecidos mueren de hambre. Asesinos materialistas que, como sucedió con los estadounidenses, se vuelven contra aquellos que les adiestraron en sus censurables tareas. Las alegorías, en este sentido, no tienen desperdicio; soldados desmembrados que son silenciados con el mutismo mediático, una ciclópea torre que en su final es asolada por el horror, ciudadanos huyendo presas del pánico, aristocráticos capitalistas devorados por los zombies con ferocidad. En definitiva, cadáveres que son ocultados a los ojos de una colectividad que se pretende perfecta y sin problemas. Nada queda sin crítica en el ojo sarcástico y nihilista de Romero. Así, el indudable poder metafórico de ‘La tierra de los muertos vivientes’ no deja títere con cabeza.
Pero lo más interesante, dentro de toda esta autenticidad del mundo actual, es que los zombies (a los que se llama ‘podridos’), en estado de putrefacción, desorientados y carentes de estímulos, lejos de perpetrar una indolente conducta autómata, además de seguir devorando ávidamente carne humana, recobran aquí su decencia, coordinándose como pueden, aprendiendo a utilizar armas y buscando, finalmente, lo que todo ser humano: un lugar donde poder convivir en extraña y fétida sociedad liderada por un negro capaz de ir progresando en su limitado raciocinio.
No muy lejos de los propósitos del ‘remake’ ‘Amanecer de los muertos’, de Zack Snyder, la mejor representación de la idea ‘romeriana’ del género hasta el momento (para eso era un superlativo sucedáneo de la mejor dramaturgia del maestro), ‘La tierra de los muertos vivientes’ encuentra sus mejores virtudes en esa diversificación ampliada en un mundo visto como acrópolis habituada a vivir bajo la amenaza zombie. Tanto es así, que a lo largo de la cinta asistimos a todo un recital de ridiculización de los no muertos (con los que se tira al blanco, sirven de modelos fotográficos, luchan con apuestas de por medio e incluso aparecen varios cadáveres vivientes disfrazados de payasos), dejando claro que el humor negro pasa a ser parte de este profundo análisis por parte de Romero en la psique colectiva yanqui y, de paso, reconstruir su mito del zombie.
Miguel Á. Refoyo © 2005

domingo, 18 de septiembre de 2005

Otra vez, problemas binarios

Otra vez.
Lamentablemente el ordenador que cada día ampara mis reflexiones y textos me ha desahuciado, dejándome desvalido, sin esa ventana que fusiona ceros y unos abierta a la posibilidad de aumentar conocimientos y perimitir que este weblog siga creciendo en número de posts (por cierto, que alcanza ya la nada despreciable cifra de 668). Así, sin avisar. Sin anticipar el infortunio informático. Desde hace varios días (tantos como los que no he podido actualizar el Abismo) mi sistema está albergado en un establecimiento especializado, en manos de un servicio técnico que espera encontrar una solución a estos malditos e imprevisibles problemas.
Incidencia es la palabra clave. He tenido problemas con la instalación de mi nueva regrabadora de DVD's y desde entonces (junto a mi benefactora binaria, más capacitada que yo para estos eventos) hemos intentado resolver el problema. El módulo de ampliación de memoria parecía, a priori, el causante del siniestro. Pero nada más lejos de la realidad. Tras muchas pruebas y varios intentos, cambios de cables IDE, varias opciones de emplazamiento de jumpers, comprobaciones con mil y una combinaciones, el problema nos derrotó y hemos tenido que llevarlo a que lo reparen.
Necesito escribir sobre la muerte de Robert Wise, tengo una crítica pendiente de 'Land of the Dead', de George A. Romero, sobre la finalización de mi visionado de la cuarta temporada de '24', sobre mi casi segura asistencia al festival de Sitges y, sobre todo, solucionar algún que otra contrariedad que permita inaugurar, como es debido, la revolucionaria y actualizada Versión 3.0 del Abismo.
No sé aún cuándo se solventarán estos inevitables conflictos con el ordenador, pero hasta entonces, seguiré ampliando mi desdicha en esta demora que se me antoja demasiado tediosa.

sábado, 17 de septiembre de 2005

Lapiceros

La palabra lápiz siempre me había evocado el instrumento arcaico por el cual se obtiene algún fruto artístico o matemático en forma de palabra, dibujo o computación matemática utilizados en diversas materias, ya sean algebraicas, lingüísticas o artísticas. Un lápiz, hasta hace poco, era para mí (y supongo que para todos) una familiar herramienta compuesta de madera y grafito con la que he pasado muchos de mis mejores momentos creativos (hasta el descubrimiento del maldito y adictivo Pilot G-1), siendo H2 y HB las dos clases más conocidas que diferenciaban los nostálgicos lapiceros.
Desde ayer, tengo una nueva concepción de la palabra lápiz. La razón es que he adquirido un Pen-Drive USB de 256 Mb. Ahora ese HB y H2 han sido sustituidas por indescifrables términos demoníacos como módulo usb-storage, usb-uhci, insmod o modprobe, dpkg… La habitual hoja, cuaderno o libreta se ha suplantado por el ineluctable ordenador, por el universio binario que nos absorbe vertiginosamente. Ni siquiera Henry Mill imaginó nunca que un buen día su célebre máquina de escribir iba a ser postergada en la oxidación de su concepto, casi humillado por todos aquellos que escribimos. Ahora un lápiz, amigos, es un artefacto de memoria con diversa capacidad para almacenar información. El lápiz ha pasado de proveer datos a acumularlos. Y desde ayer, tengo un pequeño lápiz de memoria USB. Lo necesitaba. Así, de repente. Obligado por las circunstancias. Hasta el diskette (el mítico ‘floppy’ de 3 y 1/2) ha pasado a mejor vida. La moda tecnológica impera y te arrastra consigo.
El mundo se está transformando en un escenario absorbido por ‘aldea planetaria’, que poco tiene que ver con la concepción socioevolutiva de Tehilard de Chardin, incluso se está alejando por momentos de la visión global de McLuhan. Observando a mis compañeros de clase con sus respectivos USB-Pen Drive (este tipo de lápiz ya instaurado hace tiempo) he visto cómo los valores, lenguajes y cosmovisiones se han homogeneizado, resultado, principalmente, de la revolución tecnológica que ha tenido lugar en nuestros tiempos y se está expandiendo sin freno.
He mirado con nostalgia mi viejo portaminas antes de deshacerme de él y me he resignado a admirar un pequeño mecanismo (que incluso trae una correa para lucirla en el cuello –el colmo del horterismo tecnológico-) con el que tengo a mano mis más importantes escritos y creaciones y donde puedo guardar todos mis datos sin necesidad de cuaderno ni del arcaico lápiz. Entre este chismito este y yo se ha creado una extraña e inmediata retroalimentación, un buen rollo de la hostia, un absurdo ‘feedback’ de dependencia informática a pequeña escala.
El futuro ya está aquí. Y no me había dado cuenta.

jueves, 15 de septiembre de 2005

Review 'Princesas'

Cine social adulterado
Fernando León decepciona con su complaciente historia de prostitutas con un ramplón didactismo que pretende revestir al filme de una trágica trascendencia no lograda.
Era ciertamente difícil mantener el sortilegio de tres películas tan especiales como las que componían la pequeña y formidable filmografía de Fernando León de Aranoa hasta el momento. La soledad del fingido simbolismo familiar en una ilusoria composición de realidad y ficción en ‘Familia’, tres adolescentes de un suburbio madrileño que pasan el tiempo aceptando su incierto futuro en medio del fárrago veraniego en 'Barrio' y, sobre todo, esa gran película acerca de seres humanos desplazados que se levantan cada día con el duro objetivo de la supervivencia en un mundo sin trabajo de ‘Los lunes al sol’, ponían muy difícil el listón cinematográfico de un director que parecía dominar un terreno muy comprometido como es el drama urbano, el realismo social aderezado con un toque de humor característico e inconfundible.
Pero todo se ha frustrado con ‘Princesas’. Sus anteriores obras han supuesto un efímero oasis personal dentro del actual cine español que últimamente opta por disfrazar la triste realidad de sus productos para dedicarse a denunciar la piratería. León de Aranoa, desprovisto de la magia y astucia de sus anteriores cintas, vuelve a incidir en el lado oscuro de los más desfavorecidos que perviven en una sociedad acostumbrada a aislar lo incómodo, esta vez narrando la rutinaria vida de una joven llamada Caye en su tortuoso pero aceptado ejercicio de la prostitución de bajo saldo, en una cotidianidad que se ve alterada por el fortuito encuentro con una compañera de profesión, la inmigrante dominicana Zulema, que conllevará a compartir todo tipo de experiencias y fraguará entre ellas una amistad basada en la amarga vivencia de su profesión y en la sucesión de confidencias existenciales.
A pesar de que la propuesta pueda parecer atractiva y sugerente teniendo en cuenta la sensibilidad realista de su director, ‘Princesas’ no es más que un fraude argumental e intencional del que se desprenden situaciones que procuran adoptar un tono documental contiguo al ‘cinema verité’, pero que al pasar por el filtro costumbrista y a veces cómico de Aranoa se fragmenta en simples situaciones dibujadas desde el más sonrojante tópico. El tema de la prostitución no es más que una excusa, un telón de fondo para remitir a los peores defectos de las películas anteriores del cineasta madrileño. Saturada de excesos literarios, de rimbombantes y ornamentales diálogos que pretenden un inalcanzada trascendencia, ‘Princesas’ adquiere un prototípico tono desmedido, subrayado e innecesario que, una y otra vez, acaba cayendo en un conformismo complaciente que asume sin retraimiento una descarada superficialidad con la que se reflejar un tema tan duro como el que se está tratando. A Fernando León la prostitución y sus verdaderas y metafóricas ‘princesas’ no le interesan más que como fácil recurso para narrar una historia viciada de arquetipos imaginarios que viven en un entorno articulado en un dramatismo moralizante creado a partir de situaciones sin sentido, de personajes mal dibujados y de una impertinente búsqueda de la complicidad del espectador que incluye algún guiño cómico o situaciones efectistas. Un menoscabo que ha estado presente en esa perspectiva de León de reflejar de forma edulcorada y eficaz los problemas situados en ese hipotético ideal de realismo con el que el director pretende jugar con el espectador.
Sólo así es posible que Fernando León pretenda filtrar así una hermosa historia de amistad entre dos putas que poco tienen en común con la motivación en la disyuntiva laboral de la realidad. Mientras que Zulema acapara el prototipo de inmigrante que se prostituye para enviar dinero a su hijo pequeño mientras soporta el abuso de cuantos se cruzan en su camino, Caye, en uno de los personajes más pretenciosos que ha dado el cine español en sus últimos años, se dedica a la profesión más antigua del mundo simplemente porque quiere operarse las tetas y no quiere acabar de la misma manera que su simplista familia. En ese ambiente de irrealidad impostada, de absurdo, en todo caso, ‘Princesas’ despliega todo tipo de sentimientos impuestos y pomposos, imposibles de aceptar en un submundo como el que se nos muestra en pantalla, aceptando todo tipo de concesiones en un mundo de sueños incumplidos como el que se pretende mostrar. No es lógico así, que una persona que no sabe quién es Bill Gates y tenga la cabeza llena de pájaros sea capaz de recitar una perorata reflexiva y filosóficamente existencial acerca de Dios, de la vida y de las aspiraciones humanas con una ilustrada erudición injustificada.
‘Princesas’ no es una buena película. No tiene grandes momentos, ni un texto lúcido, ni siquiera creíble. Cae torpemente en la reiteración de diálogos, en la innecesaria utilización de recursos ya vistos en su cine, como esa soledad alineada de algún personaje, en este caso la madre de Caye que se inventa un admirador secreto para paliar así la muerte de su marido. Como en su momento lo fueron el abuelo de su corto ‘Sirenas’, Paco Algora en ‘Barrio’, dando vida al padre desligado del mundo real por la drogadicción de hijo o el Amador interpretado por Celso Bullago en ‘Los lunes al sol’, abandonado por su mujer, pero fingiendo un inexistente viaje temporal. Además, Fernando León insiste en una habitual comicidad de momentos de brillantez dialoguista, enfocados a aquellos en los que Caye comparte sobre el oficio en una peluquería (refugio de humor y de distensión narrativa), con diálogos que procuran la sonrisa y la confabulación con el público, recurriendo a un personaje drogadicto como foco humorístico (Miss Metadona) y acabando por caer en lo grotesco con secuencias de pobre vigor argumental (como la clase de sexología que imparte Zulema, los continuos desencuentros de Caye con su “Príncipe Azul” o el ignominioso paseo en limusina gracias a una inaceptable y veterana prostituta de lujo ministerial).
Pese a las logradas interpretaciones de Candela Peña (que además tiene una polémica secuencia de falsa felación con un pene de goma supuestamente real) y <Micaela Nerváez (que comienza hablando como Antonia San Juan para ir dando enjundia al único personaje salvable de todo el filme), no existe un enfoque racional de la problemática que se trata, no hay sustancia ni aparición del lóbrego, duro y despiadado mundo de la prostitución, sólo un barniz de embellecido embozo que ni siquiera es capaz de disimular las composturas de una película fallida en todos sus conceptos que acaba incluso con la impudicia de desacertar con el maniqueísmo de su final e impactante epílogo. Incluso en el plano formal, Fernando León recurre a una inquieta y molesta cámara en mano que provoca un constante mareo visual, en su corrompida finalidad de llegar al universo realista de sólidos preceptores del género como Mike Leigh o Ken Loach. ‘Princesas’, que ha sido una de las grandes decepciones del último cine español, termina perdiéndose en la apatía sin rumbo, por un mar de desventurados soluciones y planteamientos de infortunado simplismo.
Miguel Á. Refoyo © 2005

domingo, 11 de septiembre de 2005

Pulp Fiction

El genéro denominado como ‘Pulp’ tiene su origen en un tipo específico de publicación basada en el folletín decimonónico, con un formato ‘digest’ más reducido que un libro y por lo general parvo en calidad de impresión y papel.
Literatura de solemne influencia en cineastas y escritores, el ‘pulp’ se caracterizó por una insolente facilidad de lectura con contenidos en los que prevalecían el suspense, la acción abastecida de suculento ‘hardboiled’, el misterio y la ciencia-ficción.
H.P. Lovecraft, Kirk Shaw, Clark Ashton Smith, R. E. Howard, E. R. Burroughs, Dashiel Hammet, Maxwell Grant, Manly Wade Wellman, Fredric Brown o Harlan Ellison entre otros fueron algunos de los emisarios de este género proscrito y consagrado con injusta demora en el tiempo.
Uno de los atractivos de esta modalidad literaria eran sus portadas, ilustrativas de lo que se iba a encontrar dentro de sus empobrecidas páginas.
Aquí os dejo una galería con algunas de ellas.

Ración de violencia

viernes, 9 de septiembre de 2005

Loca alcaldía de Salamanca

He aquí a un hombre sin complejos, el impertérrito adalid del Archivo Histórico de Salamanca.
He aquí a un hombre dotado con el don de la palabra, disfrutando de la festividad y algarabía de las Ferias salmantinas que tienen lugar en estas fechas en la capital del Tormes, ostentando innegable actitud jaranera.
He aquí al alcalde de Salamanca. Nuestro destacado miembro representante de una alcaldía más ‘Nerd’ y caricaturesco en muchos kilómetros a la redonda.

jueves, 8 de septiembre de 2005

Dossier TERRY GILLIAM

El enloquecido creador de fantásticos mundos
Este oriundo de Minneapolis nacido en 1940 no es un director al uso, se sale de todos aquellos catálogos que incluyan en su glosario extravagantes visionarios megalómanos con transformadoras ideas en el Séptimo Arte. Terry Gilliam va más allá, destacándose por una rebeldía y una originalidad muy difíciles de encontrar en el Hollywood actual, lugar del que él dista tanto en ideología artística y en perspectiva formal y conceptual. Gilliam tiene un estilo de cine muy definido, casi obsesivo por las grafías de experimentación basadas en el aparente histerismo que encierra su sarcástica mente llena de influencias.
En una mítica entrevista que mantuve con él hace ya siete años con motivo de la retrospectiva de su carrera en el 48º Festival de cince de San Sebastián (tal vez la que más he disfrutado ejerciendo la profesión periodística), Gilliam aseguraba: “recuerdo con especial cariño la miscelánea fantástica de Meliès y los clásicos del cine mudo como ‘El moderno Sherlock Holmes’, de Buster Keaton, pero mi influencia más importante fue ‘El ladrón de Bagdad’, de Michael Powell y Ludwig Berger, ya que fue un filme muy obsesivo porque durante años tuve varias pesadillas relacionadas con la película. Después me interesó el cine de aventuras, el cine épico, el cine bíblico... Lo que más me interesaba de todas ellas era la posibilidad de descubrir otras civilizaciones y otras épocas, lo que suponía para mí como un viaje en el tiempo. Sin embargo, supe que el cine algo más que entretenimiento cuando, siendo aún un crío, vi ‘Senderos de gloria’, de Stanley Kubrick. Luego en la Universidad descubrí películas de Kurosawa, Fellini, Buñuel o Bergman... que cambiaron para siempre mi percepción del cine. Creo que de todos he ido adquiriendo influencias, de manera inconsciente. Es como si fuera un gran pastel al que le fueran cayendo pequeños adornos en forma de resortes tanto cinematográficos, televisivos, como de cómics y dibujos animados”. Palabras que apuntan la dirección de toda su amalgama referencial.
Cuando uno tiene la oportunidad de conocer a una figura como Terry Gilliam observa que su supuesta extravagancia y locura se contraponen a la profusa amabilidad y encanto personal que desprende cuando se habla con él, como metamorfosis del enloquecido creador de imágenes quiméricas.
Tras el batacazo personal y económico que supuso la frustrada ‘The Man Who Killed Don Quixote’, película inacabada con desgraciada producción que encontró el desastre en forma de inundaciones que destruyeron los decorados, dañando los equipos de filmación y el actor principal (Jean Rochefort) enfermó seriamente dando como consecuencia la cancelación del proyecto, Gilliam ha tenido más suerte con ‘Los hermanos Grimm’, cinta que recupera el propósito imaginario de un director acostumbrado a la enloquecida creación de imágenes quiméricas. Formado artísticamente en los Estados Unidos, ilustrador de revistas y creador de la ‘cut-out animation’ (una revolución formal en el mundo de la animación que sirvió para romper con la perfección armónica de la Disney), Terry Gilliam se hizo famoso gracias al celebérrimo grupo cómico británico Monty Python, con el que interpretó y realizó todas las películas de este inolvidable e histriónico colectivo inglés y que hoy representan uno de los mitos más indelebles de la historia del humorismo y el cine.
Incluso a la hora de referirse a los Python habla de ellos como los preceptores de un tipo específico de humor “los británicos son fabulosos a la hora de reírse de sí mismos, no como los americanos que se ríen de los demás, aunque últimamente parece que se están dejando de tanto prejuicio y lo están haciendo francamente bien. Los ingleses tienen una perspectiva diferente, pero también es cierto que son demasiado rígidos y la experimentación es escasa” corroboraba (y supongo que mantendrá) Gilliam.
De su portentosa inventiva han nacido películas como sus iniciáticas ‘Jabberwocky’ o ‘Los héroes del tiempo’, ambas de una fantasía desbordante pero también llenas de poesía novelesca, el fundamento más importante a la hora de analizar la médula de sus ensueños, de sus magistrales locuras con gran influjo de clásicos como Stevenson, fábulas de Esopo y en muchas ocasiones de la Biblia. De esas primeras películas se extrae un determinado entorno, ideal para la representación de sus fantasías cinematográficas, un contexto de mitos y leyendas como lo es la Edad Media. Una época por la que Gilliam ha sentido siempre una especial predilección, devenido en obsesión por todo lo que rodea a esta etapa, a los demonios que surgen de la imaginería medieval de la surgen monstruos literales antes que abstractos.
Pero tal vez sea ‘Brazil’, fábula social y surrealista de gran influencia ‘orwelliana’, en la que el humor satírico adorna las imágenes de pesadilla, su película más prodigiosa e imborrable. La Ciencia-Ficción y sus expertos estudiosos han sentido la necesidad de comparar esta obra con el ‘Blade Runner’ de Ridley Scott, tal vez, por una analogía estética, pero que Gilliam niega a toda costa diciendo “... que ambas han influido sobre la ciencia-ficción posterior, de eso no cabe ninguna duda. ‘Blade Runner’ me encanta porque es una película hermosa, pero al final sólo es eso, visualidad. Ridley Scott no está inclinándose por ninguna posición en concreto y si te das cuenta los dos finales de ‘Blade Runner’ son sardónicos. ‘Brazil’ no cae en el mismo error, porque recoge la esencia del cine, además, toma una actitud política, no como en ‘Blade Runner’. En ‘Brazil’ se va a algo concreto, a algo específico, hay una representación que posee verdadero significado”. Una opinión poco compartida que proporciona un apasionante debate acerca de estas dos películas futuristas que formulan dos formas de ver los años venideros, inmersos en un sutil ‘how know’ tecnológico, pero en el que predomina dos puntos de vista opuestos; una deshumanización con espacio para la esperanza y la impávida distopía social, respectivamente.
Después, y considerado como el gran fracaso de Gilliam, llegaría ‘Las aventuras del Barón Munchausen’, una recreación de la versión de Josef Von Baky que Gilliam plasmó con demasiada plasticidad e infantilismo y que le supuso una particular de ‘La puerta del Cielo’, de Cimino o un conato de ‘Apocalypse Now’, de Coppola ¿La explicaión? Fue una película con un presupuesto de 23 millones de dólares de presupuesto inicial que debido a uno de los rodajes más aparatosos y accidentados de la historia a 46 millones en una catártica aventura que estuvo a punto de acabar con la carrera comercial de Gilliam. Su Barón Munchausen simboliza el sueño kamikaze de un soñador que acabó carbonizado ante los ojos de una industria que, desde entonces, ha temido cada proyecto en que se ha embarcado.
La última etapa de Gilliam, más enloquecida si cabe, invoca más que nunca los demonios de la mente, ya que con sus últimas obras ha explorado en el tema de la locura, en el universo de lo que rodea el desequilibrio mental y sus derivaciones en el mundo real. De esta fructífera e interesante etapa actual han surgido dos de sus mejores películas: la actualizada fábula medieval ‘El Rey Pescador’ y la demencial ‘Doce monos’.
Las dos películas que redimieron la comercialidad del cine de Gilliam y le consagraron como el director más personal de un Hollywood aprensivo a su entelequia fílmica, un director capaz de unir en su perspectiva fantástica lo mejor del cine actual con el barroquismo cruel y materialista de épocas pasadas, en mundos de héroes, errabundos ‘homeless’ con delirios religiosos, excéntricos e incongruentes personajes que simbolizan desde el ‘downshifting’ ochentero y la necesidad de una infalibilidad esperanzadora hasta la particular visión de ‘La Jeteè’, de Chris Marker, en su apasionante ‘deja vù’ de viajes temporales en dos juegos de espejos que provocan una lectura oscura y pesimista que dan como consecuencia el mejor y más visionario Gilliam, adyacente a un enfoque narrativo más trágico, de luminosa narración con desquiciadas sublecturas acerca de la futura podredumbre que simboliza la decadencia y devastación del propio ser humano.
Su última cinta hasta la llegada de los Grimm, la polémica ‘Miedo y asco en Las Vegas’ no fue muy diferente. Artísticamente suicida, Gilliam expuso una representación de la perturbación (en este caso con la ayuda de los psicotrópicos) no como catarsis o vía de escape al mundo físico, sino como una síntesis de la felicidad humana en su estrato más perturbado al adaptar a un literato tan insurrecto y radical como Hunter S. Thompson, el creador del periodismo denominado ‘gonzo’. La intención que se desprende de esta inclasificable película es un halo de radicalidad que cae por momentos en lo grotesco (en gran parte, por el efectismo visual utilizado por Gilliam). Pero también es un filme que no deja indiferente a nadie. La ciudad de Las Vegas está mostrada en la película como una metáfora de la América confusa que siempre ha existido, ya que, según el propio cineasta “Las Vegas hace salir lo peor y lo mejor de la gente”. ‘Miedo y asco en Las Vegas’ es un viaje de fragancia alucinógena que, como bien definió el crítico Brannon Moore “es una película que unos pocos adoran y a la que rinden culto y otros la odian. Todos están en lo cierto”. Algún día daré más detalles de aquélla mítica entrevista en la que incluso bailé con valls con el gran maestro.
Pese a las malas críticas que ha recibido Gilliam en su nueva y mastodóntica propuesta ‘El secreto de los hermanos Grimm’, recoge algo por lo que merece la pena acercarse a verla, un aspecto que tampoco sumergida en el trasfondo ideológico que encierra el conflicto histórico en la que la superstición y la mitología que batallaban con el racionalismo y las ideas modernas. “Me atrajo el antagonismo que aparece entre los que creen en la fantasía y los que defienden las ideas de la Ilustración, que acabó convirtiéndose en una doctrina bastante rígida al no creer en nada misterioso”, apunta Gilliam. “Introdujimos esa realidad en la historia. Es un conflicto que sigue vigente incluso hoy en día y que sigue siendo lo que más me interesa hoy en día. Enfocar la fantasía desde diversas perspectivas”.
Toda una declaración de principios que seguirá perpetuando en sus siguientes proyectos, de nuevo colosales y temerarios, como el propio Terry Gilliam. Con su nueva película ‘Tideland’, la historia de una niña que trata de evitar a su padre drogadicto refugiándose en un mundo de amigos imaginarios y con algún que otro rumor que apunta que ‘El hombre que mató a Don Quijote’ pueda retomarse con la ayuda económica de Johnny Depp y Charles McKeown, Gilliam sigue teniendo en mente varias locuras como la adaptación de ‘Teseo y el Minotauro’ con una concepción del clásico mitológico muy bestial y ‘The defective detective’, una comedia feroz que tiene influencias del cine de Gilliam pero que, debido a lo costoso del proyecto es difícil que vea la luz, pero que supone esa grandiosa película maldita del cineasta, una suerte de 'Napoleón' de Kubrick, que lleva casi toda su vida intentando sacar adelante.
Sea como fuere, Terry Gilliam es hoy en día uno de los pocos cineastas que pueden llegar a ser considerados como genios dentro del caprichoso sistema de producción hollywoodiense que teme las ideas megalómanas de este clásico del cine fantástico que mañana estrena ‘El secreto de los hermanos Grimm’.

martes, 6 de septiembre de 2005

Juliette & The licks: pasión por el rock

“Impresionante, qué show, coreé las letras como un poseso y no pude apartar la mirada de la Lewis. Era toda actitud, una mezcla de Iggy y Jagger, un sonido tremendo y una voz que asusta. Este grupo puede ser lo máximo en los próximos años. De momento no defraudan a nadie. Juliette protagonizó uno de los momentos mas memorables del festival, cuando en mitad del ultimo tema (‘Search & Destroy’, de Mr. Iggy Pop) se lanzó al público y estuvo navegando y soportando tocamientos varios al menos cinco minutos. A eso se le llama actitud”.
Son las palabras de mi gran amigo Jose “Jimbo”, un versado entendido musical que acudió al Azkena Rock Festival de Vitoria-Gasteiz y pudo ver en directo a esta Juliette & The licks que, con todos los méritos, se ha convertido en uno de los grupos revelación de este año. Aunque esto último sea falso, ya que lleva años bregando en el panorama del actual rock n’ roll (Juliette Lewis ya dio el primer aviso cuando cantó dos canciones del último disco de Prodigy). Lo más asombroso de todo es que una actriz dotada con el talento para la canción como Juliette Lewis haya aparcado tanto tiempo esta faceta ya conocida por aquéllos que hagan memoria y recuerden la sensitiva interpretación de la canción ‘Hardly Wait’, de PJ Harvey que se marcaba en ‘Días Extraños’, el ‘Born Bad’ ‘a capella’ que Oliver Stone destacó en la banda sonora del guión destrozado de Quentin Tarantino o el asombroso talento que desbordada sobre un karaoke del espléndido documental ‘Full Tilt Boogie’, de Sarah Kelly, un extenso ‘making of’ sustentado en las desapacibles experiencias con los sindicatos de cine norteamericanos que provocó el rodaje de esa pieza de culto en que se ha convertido ‘Abierto hasta el amanecer’, de Robert Rodriguez.
Todos recordamos con cierta turbación libidinosa la ingenua Danielle Bowden (el personaje más célebre de Juliette Lewis) chupando de forma erótica y progresiva el dedo de Bobby De Niro en ‘El cabo del miedo’, de Martin Scorsese, su gran impulso como futura musa del cine independiente, la oportunidad de oro que selló la imagen de adolescente morbosa que la ha ido apolillando durante todos estos años en un encasillamiento procedente de su imperturbable aspecto juvenil que aún mantiene. Su relación con Brad Pitt a principios de los 90, películas como ‘Kalifornia’, ‘¿Quién ama a Gilbert Grape?’, la nefasta ‘Natural Born Killers’, ‘The Basketball Diaries’ o la mencionada ‘Abierto hasta el amanecer’ hicieron de esta actriz un mito sexual de púberes instintos. Su adicción al alcohol y las drogas, la errónea trayectoria que tomó su filmografía y la incapacidad de reconducir su vida profesional dejaron a la Lewis en el olvido.
Pero tras el tregua del fracaso llega la meritoria redención, que en el caso de Juliette se ha personificado en un estupendo grupo musical (que componen Todd Morse, Kemble Walters, Paul III y Jason Morris) con un par de discos que representan su ideal de música, toda una declaración de principios que recuerda, inevitablemente (y admitido por la propia actriz), a grupos como The Stooges, The Hives, Animals, Kinks, Pretenders, solistas como PJ Harvey, Patty Smith y cierto aire rebelde del punk neoyorquino de los 70. Todo un ejercicio de antropología rockera. Los credenciales que que ofrece la banda del momento.
Salvaje, rasposa, saturada de energía, insolente, pasional… son algunos de los adjetivos que contrarrestan las imperceptibles carencias de un grupo que, en su trasfondo, es algo simplón. También ha acertado la Lewis con ese estilo punkarra y desenfadado para disimular sus limitaciones como cantante. Pero a pesar de ello, esa citada pasión, la que le ha hecho proponerse triunfar como estrella del rock, es la consecuencia de que Juliette & the Licks asimilen a la perfección sus influencias y desprendan una energía fuera de lo común. ‘Like a Bolt of lighting’ y ‘You’re Speaking my Language’, su último disco es el resultado de de este interesante grupo. Un grupo que es una realidad con futuro y no un capricho en forma de comitiva musical que la actriz ha reunido para jugar a ser cantante. Esto es mucho más serio.

Cuestionable Premio Príncipe de Asturias

Este hombre sin cuello acaba de ganar el Premio Príncipe de Asturias.
Este otro demiurgo del deporte nunca lo ganó (habiendo estado nominado en varias ocasiones).
¿Qué tipo de descrédito tienen unos premios considerados unos de los más importantes del mundo cuando galardonan y distinguen a un hombre que aún no ha ganado nada?
¿Dislate, enflaquecimiento por el deporte de moda, acto de barrer para casa…?
La polémica está servida.

lunes, 5 de septiembre de 2005

El regreso del Abismo llega con cumpleaños

Se acabó. Este post supone el fin de mis vacaciones sin descanso, es hora de dejar atrás lo que por norma suele ser tiempo de soslayo, del típico buen rollo que trae consigo el veranito, de la brisa calenturienta, de las ganas de no hacer nada más que tomar cerveza fría y hacer el vago. En mi caso, no ha sido así. Si María Teresa Campos vuelve a las mañanas de Antena 3 en su pugna catódica con Ana Rosa, Buenafuente regresará como líder en solitario, Jack Malone se reincorpora con nuevas misiones de búsqueda, los políticos reaparecen con sus insidiosas y soporíferas arengas y los ‘bloggeros’ de todos los ámbitos exhuman sus mejores ideas para dar lo mejor de sí mismos en un nuevo curso de la ‘blogoesfera’, yo no voy a ser menos. Es la hora de volver a darle caña al Abismo e impulsar un poco la enardecida prontitud de actualización que ha venido caracterizando el constante hálito del Abismo a lo largo de su corta vida. Todo esto tras un estío de duro trabajo, de falta de tiempo libre y de sacrificio que ha venido dado, en gran parte, por renovar este espacio y por malograr el lapso de ocio en función de la persistente consagración por conseguir sacar adelante proyectos que se resisten, negándose así el siguiente peldaño de mi progresión profesional. A pesar de ello hay que evitar la debacle moral para aumentar las ansias de superación.
Desde hoy el Abismo vuelve de nuevo a la carga para procurar llenar vuestros momentos de absurdo hastío con este desordenado pasquín internauta, estrambótica página que atiende al envite del divertimento, determinado por una extraña ralea que encuentra su objetivo en la congregación de contenidos dispares, buscando siempre la calidad, pero por encima de cualquier objetivo, pretendiendo amenizar al que se pase por estas líneas habitualmente.
Y qué mejor que empezar la nueva temporada festejando, nada más y nada menos, el cumpleaños de esta esfera de esparcimiento refocilante, de absurdo pasatiempo sin pretensiones eruditas. Un festejo que se irá alargando durante esta semana con un 'post-recuerdo' de los mejores momentos del Abismo (en el fondo, la típica excusa para sacar un post sin trabajar mucho en él).
Sí, amigos, tal día como hoy, hace 365 días, nació sin ningún empeño de estabilidad ‘Un Mundo desde el Abismo’, un entrañable espacio creado desde la insensatez, la irresponsabilidad y la precipitación de un impulso atribuido al anhelo de reanudar una de las mayores pasiones terrenales que uno puede encontrar en esta vida; la irracional propensión casi fanática por la escritura, por traducir en palabras una inopinada subjetividad, casi siempre desacertada por mi desmañosa falta de criterio, en gran parte atribuible a un creador gordo y con barba influenciado por un enfermizo eclecticismo, en la voluntad por conseguir un difícil e insolente esparcimiento. La idea inaugural del weblog era volver a sentir la libertad de escritura en todos los sentidos, extendida ésta a cada uno de los temas que fueran posibles, desgranando los hechos, eventos, creaciones y demás materias que han desfilado por aquí desde una maltrecha perspectiva de un pobre periodista y guionista que ha encontrado en la adicción a escribir su perniciosa penitencia. El Abismo, más que un weblog puesto al día con estrafalario ímpetu exaltado (hasta cinco post en un mismo día), es un arduo ejercicio de entrega y disposición tan agobiante y satisfactorio como lo pueda ser el darle la educación a un hijo problemático.
Un año en la que he perdido la cuenta de los posts que han tecleado estos rechonchos dedos, de cuántas páginas he leído, ojeado y visitado para transferir aquí los más actuales, divertidos e intrascendentes temas habidos y por haber. Con ese imperturbable ímpetu reanudo este abisal terreno de diversidad heterogénea celebrando el primer aniversario de un weblog que pertenece a todo aquel que acuda aquí a disfrutar de los sinsentidos y dislates de ocio que, en alguna que otra ocasión, emerge por este pequeño ecosistema abisal e infracultural.
De momento, y para celebrar el primer año de ‘Un Mundo desde el Abismo’ sólo puedo avanzar que en breve (en colaboración con mi novia Myrian, benefactora binaria en el terreno de diseño y estructuración de la página) lanzaremos la revolucionaria y espectacular ‘Versión 3.0’ de esta página. Una versión que alterará y transformará con sus mejoras y apoteósicas novedades el mundo de los weblogs con sus innovadoras primicias. Os aseguro que con ello habrá un antes y un después dentro de la reciente historia de la blogoesfera. Con esa ambiciosa promesa (lanzada así, con infalibilidad; es decir, con dos cojones) conferida por un largo y duro trabajo que está a punto de dar sus frutos queda inaugurada la nueva temporada del Abismo.

jueves, 1 de septiembre de 2005

Extra Verano (y IX): Review 'American Splendor'

Crónica urbana de un derrotismo aceptado
Bajo su melancólica comicidad, ‘American Splendor’ no deja de ser un milagroso drama humano dotado con la ingeniosidad del talento estructural de sus creadores.
Con cierta perplejidad y habiéndome dejado caer a estas alturas por la languidez de una bochornosa pérdida cinematográfica en pantalla grande, la semana pasada estrenaron en Salamanca con varios (muchos) meses de retraso ‘American Splendor’, la 'película-documental' de culto dirigida por la pareja de documentalistas Shari Springer Berman y Robert Pulcini que se centra, de forma muy diferente a las monótonas adaptaciones de cómics surgidas actualmente en un Hollywood creativamente decadente, en la vida y obra de Harvey Pekar y su creación 'American Splendor' (por favor, no dejéis de visitar su weblog). Pekar era (y es) un empleado de un hospital local de Cleveland (Ohio) que tras conocer al mito del cómic ‘underground’ Robert Crumb decidió guionizar para las viñetas sus propias vivencias, reflejando de un modo satírico el estilo de vida de la clase obrera americana con todas sus imperfecciones y defectos. Con ello Pekar se convirtió en un autor de culto durante los años 80.
Lo primero que llama la atención de este sugestivo título es la experimental estructura de su historia para divulgar la profundizada dependencia entre autor y obra, realidad y ficción, cómic y cine, en una sinergia entre estos dos artes tan desiguales y complejas que fundamentan ejemplarmente su trascendencia en la vida, en el modo de percibir la existencia desde su particular prosapia. De este modo, coexisten en ‘American Splendor’ dos películas diferentes, dos modos de ver la misma historia, la de Harvey Pekar, el lacónico y pesimista creador del cómic original que da nombre a la película en su visión documental, y otra, en la trama de ficción, adaptando la vida del guionista de cómics bajo la impronta de un actor en estado de gracia como es el entrañable Paul Giamatti (paradigma de la caracterización del ‘loser’ sin futuro del cine moderno). Con este efecto de metalenguaje se establece una correlación entre la película de ficción y el formato de historieta (marcado por el cómic y la vida real de su creador –que aparece en varios momentos del filme-) dando como consecuencia que cada uno de ellos sirva como soporte y reflejo del otro. En este sentido, es espléndido observar cómo Spinger Berman y Pulcini han traducido la fragmentación de las viñetas del cómic y el cine a esa verdad tangible que es la vida del propio autor.
Autorreflexiva, inteligente, espectadora de lo cotidiano, que por momentos recuerda, inevitablemente al ‘Crumb’ de Terry Zwigoff, ‘American Splendor’ se presenta como un sencillo relato que, sin recurrir a la deconstructividad de sus elementos lingüísticos y cinéticos, trasciende cualquier atisbo de gravedad, sin mensaje explícito o fábula moral de superación (ni de ningún tipo), para mostrar dentro del filme al Pekar tal y como es, como él mismo se define ante la cámara o como quiere presentarse (lo mismo da), retratándole sin embozos deliberados, ofreciendo la posibilidad de comparar el grado de verosimilitud de la adaptación de lo que Pekar ha venido reflejando en las viñetas y su extravagante personalidad. Shari Springer Berman y Robert Pulcini lo único que han hecho es capturar en imágenes los recuerdos, anécdotas y digresiones de un personaje anónimo que antes que reconocido en pequeños círculos subculturales simboliza un pequeño milagro ‘underground’ que la cultura americana ha concedido al mundo. Un estatus que ni el propio protagonista alcanza a comprender, sin darle ningún tipo de trascendencia a su trabajo, sus logros y su peculiar actitud ante la vida. Pekar es un audaz antihéroe que no necesita de un villano para enfrentarse a sus propios problemas interiores y sociales. Un pequeño hombre que supera como bien puede su difícil existencia y su inclasificable posición en el mundo, con sarcástico pesimismo, derrotista pesadumbre y ácido desabrimiento con los que trata muchos de los temas que desfilan por esta obra de culto, de verdadera independencia ante cualquier fórmula preestablecida en el cine actual.
Por lo tanto, ‘American Splendor’ es además de la vital reflexión que Pekar hace de sí mismo respecto a su obra, trasladándose ésta inmejorablemente al cine, una crónica urbana sobre la vida misma, donde lo absurdo y lo patético se dan la mano en una imposible unión para abordar la trascendencia existencial de algunos momentos del filme (como el cáncer que Pekar define como “el final”). Situada en un nivel transgresor sin entorpecimientos cogitabundos, la cinta, a medio camino entre el documental y ficción, cautiva por la comicidad con la que se asume la vida de un fulano marginal, contestatario y crítico con la sociedad que mira con sorna los valores de la sociedad norteamericana y que admite con un insolente conformismo su ostracismo diario, sus esperas en la cola del supermercado, sus desafectivos compañeros de trabajo y su extraña relación de pareja con Joyce Brabner (también interpretada solemnemente por Hope Davis). Sobre el cansancio que le produce la sociedad, en definitiva. Algo que afecta al propio Pekar, que queda en su biográfica adaptación cinematográfica como un ‘outsider’ que encuentra sus valores en la honestidad consigo mismo, en el cinismo de saberse un perdedor (en el fondo ganador) que autoasume su lugar en un mundo empañado por la aburrida rutina, todavía trabajando como empleado del hospital, pero conocedor también de que posee la autoridad de contribuir con su satírica mirada en forma de cómic contagiado de mala hostia a una vía de escape para los que, como él, se sienten recluidos en la normalidad y el hastío, la monotonía y decepción.
Por cierto, no voy a pasar por alto ese ‘freak’ demencial que es Toby Radloff, el abanderado y adalid de los ‘nerds’ que llegó a popularizar y personificar la máxima imbecilidad televisada por la MTV, cadena que más grandezas y miserias ha destapado en la modernidad audiovisual que asola las modas de medio mundo.
Miguel Á. Refoyo © 2005