miércoles, 9 de marzo de 2005

Películas legendarias: 'El Exorcista'. El Miedo de Dios (III)

Un sueño hecho realidad
Tras cuatro meses de fatigosa post-producción, la polémica cinta se estrenó en Westwood el 25 de Diciembre (Día de la Natividad Cristiana) de 1973, pasando a la historia por batir todos los récords de taquilla logrados hasta entonces. Colas kilométricas de ávidos espectadores expectantes por ver la película, un desmedido interés y un éxito fulminante dieron a la Warner unos beneficios que nunca imaginaron. El público estaba como loco, entusiasmado, con ‘El exorcista’, la gente iba en masa a verla y repetía dos o tres veces. Se cuenta (y esta vez no son rumores publicitarios) que las secuencias más escabrosas producían desmayos y vómitos, la gente se mareaba y salía auténticamente traumatizada de las salas. Incluso se habló de un aborto en Nueva York producido por la película. Una leyenda acicalada también por la Iglesia Católica, plantada (como en la actualidad cuando se sienten molestos –siempre que no haya cheque mediante-) en cada ciudad en la que se estrenó con ridículas pancartas en las que se leía “sucia y blasfema”. El Vaticano y la Iglesia Protestante hicieron lo todo lo posible por evitar su exhibición, con amenazas de demanda a la Warner. Pero nada ni nadie pudieron parar el éxito rotundo y sin precedentes del magistral trabajo de William Friedkin y su equipo.
Eso, el riesgo tenía a los ejecutivos de la compañía angustiados, ya que el cineasta prometió desde el principio que no se pasaría de los 4 millones de dólares de presupuesto inicial del filme. ‘El exorcista’ acabó costando 11 millones cuando se finalizó la totalidad del proceso. Pero las lógicas reacciones de inquietud ante el estreno de la película por parte de Calley se apaciguaron con la fenomenal acogida del clásico. La película se ha embolsado a lo largo de los años la friolera de unos 450 millones de dólares (eso sin contar el reestreno en todo el mundo para conmemorar su vigesimoquinto aniversario, remasterizada y con nuevas secuencias).
Obtuvo nueve nominaciones al Oscar: Mejor película, actriz, actor secundario, actriz secundaria, dirección artística, fotografía, montaje, maquillaje y guión adaptado de la que se llevó los dos últimos. Además de cuatro Globos de Oro (mejor película, director, sonido y actriz secundaria para Linda Blair). El fenómeno ‘El exorcista’ se ha extendido hasta nuestros días, siendo hoy en día un auténtico hito, irrepetible, indescriptible...
El terror cotidiano
‘El exorcista’ continúa siendo más de tres décadas después una indiscutible obra maestra que todavía hoy guarda su frescura y magnificencia. La película de Friedkin irrumpió en un periodo en el que el género de terror estaba perdiendo su sentido, realizando una mixtura entre el género clásico en su ápice más psicológico. Fue la primera vez en que el ‘splatter’ de vómitos, sangre, cabezas viradas y sobre todo el dramatismo al que conlleva el terror, supusieron la mejor baza de la inquietud constante a la que es arrastrado el espectador, sin perder una invariable estética y una muy inspirada narración que bebe de la fuente del docudrama, contiguo a la realidad más abrumadora, siguiendo todo el proceso de posesión como si de un documento gráfico se tratara.
Expiando los demonios que cohabitan con la conciencia humana, ‘El exorcista’ combina una historia de terror donde se yuxtaponen, de forma ejemplar, un contexto existencial amenazante con un ambiente cotidiano y diario. Es en este terreno donde el núcleo central del guión de Blatty pasa a ser la emotiva relación materno-filial, mostrada al espectador con una sinceridad perfectamente creíble y vigorosa. En este entorno identificable, es en el que entra a formar parte una sofocante y hedionda degradación hacia una posesión satánica, que más que ficticia parece sacada de un documental inédito. De hecho, la realista transformación no es fruto de una imaginación perversamente genial, sino que fue extraída de los archivos Jesuitas con cintas de audio en las que se podía escuchar el desgarro humano que sufrieron personas anónimas en un pasado no tan lejano. Es entonces cuando la desesperación de una madre que ve a su hija enfermar (la secuencia de la punción sigue poniendo los pelos de punta) sin que nadie haga nada al respecto supone la clave del sufrimiento humano en el que se sustenta la acción, la posesión en sí misma representada como problema familiar.
Pero lo más importante son las múltiples lecturas de este clásico, que invocan directamente a una consecuente revisión de su fondo y forma. ‘El Exorcista’ es una obra de una grandeza enigmática, basada en la composición de unos elementos formales que no interceden en la estructura narrativa de la misma. La matemática puesta en escena, calculada en cada ámbito de espacio/tiempo obtiene como consecuencia una total coherencia, digna de alabar. La cinta de William Friedkin supuso una ruptura de códigos respecto a la narrativa fantaterrorífica jamás vista ni antes ni después de su estreno. La simplificación elíptica que rodea el proceso de develamiento de la posesión maléfica y la mella que hace en todo aquel que rodea a Regan es un claro paradigma de la corrección y grandeza que siguió el mejor cine clásico. La arriesgada y sobrecogedora trama diabólica que recorre la vida de unos seres muy próximos a la realidad, cuenta con momentos indisolubles en la memoria cinéfila; la primera conversación de Regan con Karras, la llegada del padre Merrin ante la penumbra en que yace la casa, la metamorfosis de Regan durante el filme, la terrible secuencia de la masturbación de la niña con un crucifijo...
Un ejemplo de todo lo expuesto hasta el momento se ve reflejado en el soberbio prólogo situado en Irak. En él, el padre Merrin (Von Sydow) empieza a sospechar que acaban de desenterrar una fuerza maligna al encontrar una pequeña figura y una medalla. Tras una majestuosa supresión de diálogos, la acción progresa mediante imágenes y sonidos ambientales (el zoco, los perros, la acción gradualmente inquietante), hacia el primer enfrentamiento entre el Bien y el Mal, representado en las figuras del clérigo y una estatua infernal. Todo en ella es perfecto, sin efectismos que valgan. No hay elementos que saturen una historia apropiada para ello. El guión está equilibrado, nada se sale de una línea que hoy en día continúa siendo una lección insuperable de cómo crear un tipo de clima infalible.
La película expone una fábula realista y agónica que ahonda en nuestra mente para producirnos la peor de las pesadillas: cómo la candidez de Regan puede transformarse en el ser más terrorífico (real o no) que vive en nuestro miedo más interno, Satanás dentro de la niña, realizando en el fondo, una atroz parábola de la pérdida de la inocencia en su vertiente más brutal e inimaginable. Pero en su interior, este filme de culto, implica más posicionamientos ante temas que disecciona de forma impecable. ‘El exorcista’ dilucida en torno a la medicina contemporánea, a la pérdida de la Fe católica en favor del cientifismo médico, de la explicación inútil de los neurólogos ante un caso que procede directamente de la religión. De la preferencia humana por el utilitarismo sustituyendo así el dogma católico y de la falsedad que todo ello encierra. Por eso, la película de Friedkin es una obra profundamente católica, que analiza y extirpa la mentalidad mística de la humanidad, poniendo en tela de juicio nuestra propia certidumbre (incluso Karras afirma tener una crisis de Fe). ‘El exorcista’ es, al fin y al cabo, un panegírico perfecto de la cultura cristiana (manifestado en el plano final en el que la pequeña Regan, tras la posesión, besa al padre Dyer y solidifica una Fe que nunca antes se había cuestionado).
Aún así, Blatty y su obra no dejan de hablar directamente del Mal en toda su índole y formas, representado en varios y fugaces planos que representan toda sociedad existente (desde el tuerto de Oriente Próximo, el mendigo de Georgetown hasta llegar a los desequilibrados de la residencia donde muere la madre de Karras). Llegados a este punto, cabe destacar el papel fundamental que tiene el universo maternal, el espíritu de lucha y sacrificio de las madres que aparecen en él (tanto Chris MacNeil, como la madre de Karras -Vasiliki Maliaros- representan al personaje idealizado). Como contrapunto, no deja ser axiomático el hecho en el cual gira en torno casi toda la acción, y es el sentimiento de culpa que corroe al Padre Karras con respecto a su madre (abandonándola en una residencia) y a Chris MacNeil (que a pesar del amor que siente por su única hija, no le dedica el tiempo suficiente). Ahí es donde el egoísmo entra a formar parte de una de las primeras simas que hará aflorar la emoción más humana de cada uno de ellos ante la aparición de Belcebuth. Por eso este clásico del terror lo es sólo en su concepción genérica, ya que se trata de un drama en todas sus líneas.
Friedkin y Blatty no volvieron a lucir de la misma manera desde aquel fructífero encuentro, pero una cosa quedó clara: habían dejado para la posteridad, para los fastos del celuloide, una de las películas imperecederas, que nos hizo (y hará) sufrir, temblar y que difícilmente será superada por otro filme que obtenga lo que logró ‘El exorcista’: analizar el miedo desde todos sus vórtices y provocar en el espectador todo tipo de sensaciones. Es, sin duda alguna, una de las mejores películas realizadas jamás. Una obra maestra de una majestuosidad aterradora.
Sencillamente perfecta y a la vez tan cercana.
Mañana... concluirá (y con un breve post de despedida).