jueves, 10 de marzo de 2005

Películas legendarias: 'El Exorcista'. El Miedo de Dios (y IV)

Hasta el post de ayer procedí a aglutinar todo tipo de reflexiones personales, anécdotas, rumorología, leyendas y epopeya que delimitaron un mito cinematográfico de la notoriedad y grandiosidad como ‘El Exorcista’, el gran clásico del cine de terror de 1973.
En 2000, como ya se apuntó anteriormente, William Peter Blatty, llevado por la usura habitual de los grandes productores, no quiso dejar pasar la oportunidad de volver a estrenar su película talismán. Retocó hasta la extenuación su obra maestra, saturando el clásico de superfluas imágenes subliminales insertadas junto a alguna nueva secuencia que poco o nada aportan a la original y la tituló ‘The Exorcist. Director’s Cut’.
Particularmente, de lo ‘nuevo’ que pudimos apreciar en esta superficial versión, hay que destacar la conversación entre Regan y su madre acerca de los sonidos y la vida de Georgetown, en Washington, cuando la adolescente le pregunta a su madre por la muerte. También es interesante, hasta cierto punto, el diálogo en las escaleras del padre Karras junto a Chris MacNeill, así como la extendida llegada de Merrin a la casa donde poco después se procederá al exorcismo. Así como los pequeños momentos en que el padre es mencionado o se hace referencia a él. Por otra parte la digitalización de muchos de sus planos, como la ya clásica secuencia de la araña (por las imágenes que se vieron antes de comprobar que realmente existía) redunda en un efectismo de poco valor para la historia. Así, el estudio y las cuestiones que le realiza el psiquiatra a Regan (cuando le insulta y saca la violencia que lleva dentro) y, sobre todo, ese final al más puro ‘estilo’ Casablanca hablando de una absurda versión de 'Cumbres borrascosas’ que está extraído de la novela original con Kinderman y O'Malley de extraña pareja, suplantando el final anterior en el que padre O'Malley (Dyer en la película) recibe un beso de Regan antes de que se vayan a Washington. La niña mira el alzacuello y siente la necesidad de creer. También se sustituye la atronadora música de Jack Nietzsche por la de Campoviejo.
En definitiva, que hay algún que otro retoque y añadido que transformaron un clásico de toda la vida en una víctima de las modas que hoy engullen Hollywood en su maquinaria comercial y patógena. Aún así la versión del 73 sigue siendo una de esas películas que cambió mi forma de ver el cine, que me aterrorizó y que me hizo preguntarme cosas que iban más allá del puro espectáculo del celuloide. Podría decir que es mi película favorita, pero nunca me ha gustado afirmar esto porque hay cintas que están, en mi gusto, a la misma altura. Otras por encima. Lo cierto es que es y será una inagotable fuente de inspiración.
Me sirvió de punta de partida en dos largometrajes que tengo escritos. La he visto sin sonido varias veces, he estudiado a fondo la narrativa visual que la compone, el fondo argumental, su montaje, su estructura… Me la sé de memoria. De Pe a Pa (qué estúpida frase, todo sea dicho).
Es, por ende, una de esas películas de las que he perdido la cuenta de las veces que la he visto. Una de mis obsesiones vitales.
Y sí, por suerte no tengo la única versión que hay en venta, sino que conservo como oro en paño la versión en DVD de esa gesta fílmica que William Peter Blatty y William Friedkin nos dejaron para el recuerdo hace ya 32 años.
Con esto concluyo este largo e inaudito (e inédito) dossier sobre una de mis películas de siempre.
Espero que os haya gustado y lo hayáis disfrutado leyendo tanto como yo redactándolo.