jueves, 15 de septiembre de 2005

Review 'Princesas'

Cine social adulterado
Fernando León decepciona con su complaciente historia de prostitutas con un ramplón didactismo que pretende revestir al filme de una trágica trascendencia no lograda.
Era ciertamente difícil mantener el sortilegio de tres películas tan especiales como las que componían la pequeña y formidable filmografía de Fernando León de Aranoa hasta el momento. La soledad del fingido simbolismo familiar en una ilusoria composición de realidad y ficción en ‘Familia’, tres adolescentes de un suburbio madrileño que pasan el tiempo aceptando su incierto futuro en medio del fárrago veraniego en 'Barrio' y, sobre todo, esa gran película acerca de seres humanos desplazados que se levantan cada día con el duro objetivo de la supervivencia en un mundo sin trabajo de ‘Los lunes al sol’, ponían muy difícil el listón cinematográfico de un director que parecía dominar un terreno muy comprometido como es el drama urbano, el realismo social aderezado con un toque de humor característico e inconfundible.
Pero todo se ha frustrado con ‘Princesas’. Sus anteriores obras han supuesto un efímero oasis personal dentro del actual cine español que últimamente opta por disfrazar la triste realidad de sus productos para dedicarse a denunciar la piratería. León de Aranoa, desprovisto de la magia y astucia de sus anteriores cintas, vuelve a incidir en el lado oscuro de los más desfavorecidos que perviven en una sociedad acostumbrada a aislar lo incómodo, esta vez narrando la rutinaria vida de una joven llamada Caye en su tortuoso pero aceptado ejercicio de la prostitución de bajo saldo, en una cotidianidad que se ve alterada por el fortuito encuentro con una compañera de profesión, la inmigrante dominicana Zulema, que conllevará a compartir todo tipo de experiencias y fraguará entre ellas una amistad basada en la amarga vivencia de su profesión y en la sucesión de confidencias existenciales.
A pesar de que la propuesta pueda parecer atractiva y sugerente teniendo en cuenta la sensibilidad realista de su director, ‘Princesas’ no es más que un fraude argumental e intencional del que se desprenden situaciones que procuran adoptar un tono documental contiguo al ‘cinema verité’, pero que al pasar por el filtro costumbrista y a veces cómico de Aranoa se fragmenta en simples situaciones dibujadas desde el más sonrojante tópico. El tema de la prostitución no es más que una excusa, un telón de fondo para remitir a los peores defectos de las películas anteriores del cineasta madrileño. Saturada de excesos literarios, de rimbombantes y ornamentales diálogos que pretenden un inalcanzada trascendencia, ‘Princesas’ adquiere un prototípico tono desmedido, subrayado e innecesario que, una y otra vez, acaba cayendo en un conformismo complaciente que asume sin retraimiento una descarada superficialidad con la que se reflejar un tema tan duro como el que se está tratando. A Fernando León la prostitución y sus verdaderas y metafóricas ‘princesas’ no le interesan más que como fácil recurso para narrar una historia viciada de arquetipos imaginarios que viven en un entorno articulado en un dramatismo moralizante creado a partir de situaciones sin sentido, de personajes mal dibujados y de una impertinente búsqueda de la complicidad del espectador que incluye algún guiño cómico o situaciones efectistas. Un menoscabo que ha estado presente en esa perspectiva de León de reflejar de forma edulcorada y eficaz los problemas situados en ese hipotético ideal de realismo con el que el director pretende jugar con el espectador.
Sólo así es posible que Fernando León pretenda filtrar así una hermosa historia de amistad entre dos putas que poco tienen en común con la motivación en la disyuntiva laboral de la realidad. Mientras que Zulema acapara el prototipo de inmigrante que se prostituye para enviar dinero a su hijo pequeño mientras soporta el abuso de cuantos se cruzan en su camino, Caye, en uno de los personajes más pretenciosos que ha dado el cine español en sus últimos años, se dedica a la profesión más antigua del mundo simplemente porque quiere operarse las tetas y no quiere acabar de la misma manera que su simplista familia. En ese ambiente de irrealidad impostada, de absurdo, en todo caso, ‘Princesas’ despliega todo tipo de sentimientos impuestos y pomposos, imposibles de aceptar en un submundo como el que se nos muestra en pantalla, aceptando todo tipo de concesiones en un mundo de sueños incumplidos como el que se pretende mostrar. No es lógico así, que una persona que no sabe quién es Bill Gates y tenga la cabeza llena de pájaros sea capaz de recitar una perorata reflexiva y filosóficamente existencial acerca de Dios, de la vida y de las aspiraciones humanas con una ilustrada erudición injustificada.
‘Princesas’ no es una buena película. No tiene grandes momentos, ni un texto lúcido, ni siquiera creíble. Cae torpemente en la reiteración de diálogos, en la innecesaria utilización de recursos ya vistos en su cine, como esa soledad alineada de algún personaje, en este caso la madre de Caye que se inventa un admirador secreto para paliar así la muerte de su marido. Como en su momento lo fueron el abuelo de su corto ‘Sirenas’, Paco Algora en ‘Barrio’, dando vida al padre desligado del mundo real por la drogadicción de hijo o el Amador interpretado por Celso Bullago en ‘Los lunes al sol’, abandonado por su mujer, pero fingiendo un inexistente viaje temporal. Además, Fernando León insiste en una habitual comicidad de momentos de brillantez dialoguista, enfocados a aquellos en los que Caye comparte sobre el oficio en una peluquería (refugio de humor y de distensión narrativa), con diálogos que procuran la sonrisa y la confabulación con el público, recurriendo a un personaje drogadicto como foco humorístico (Miss Metadona) y acabando por caer en lo grotesco con secuencias de pobre vigor argumental (como la clase de sexología que imparte Zulema, los continuos desencuentros de Caye con su “Príncipe Azul” o el ignominioso paseo en limusina gracias a una inaceptable y veterana prostituta de lujo ministerial).
Pese a las logradas interpretaciones de Candela Peña (que además tiene una polémica secuencia de falsa felación con un pene de goma supuestamente real) y <Micaela Nerváez (que comienza hablando como Antonia San Juan para ir dando enjundia al único personaje salvable de todo el filme), no existe un enfoque racional de la problemática que se trata, no hay sustancia ni aparición del lóbrego, duro y despiadado mundo de la prostitución, sólo un barniz de embellecido embozo que ni siquiera es capaz de disimular las composturas de una película fallida en todos sus conceptos que acaba incluso con la impudicia de desacertar con el maniqueísmo de su final e impactante epílogo. Incluso en el plano formal, Fernando León recurre a una inquieta y molesta cámara en mano que provoca un constante mareo visual, en su corrompida finalidad de llegar al universo realista de sólidos preceptores del género como Mike Leigh o Ken Loach. ‘Princesas’, que ha sido una de las grandes decepciones del último cine español, termina perdiéndose en la apatía sin rumbo, por un mar de desventurados soluciones y planteamientos de infortunado simplismo.
Miguel Á. Refoyo © 2005