martes, 8 de abril de 2008

Review 'La noche es nuestra (We own the night)'

La lealtad y las raíces familiares
James Gray alcanza con su tercer filme la dignificación moralista de la fábula policial clásica, recurriendo al ‘revival’ genérico de los 70 pero con mirada propia.
Últimamente se ha dado en acudir a un evidente ‘revival’ del género policiaco de los años 70, aquel que determinó para siempre el género y revolucionó las formas cinematográficas con cineastas como Sidney Lunet, Arthur Penn, Norman Jewison, Alan J. Pakula, William Friedkin, John Frankenheimer, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Gordon Parks… y toda una generación de creadores que establecieron una corriente rupturista desde una perspectiva del cine criminal más anexo al drama que al cine de investigación, pero sin perder sus connotaciones de ‘thriller’.
El género evolucionó hasta convertirse en muestras de cine más apegadas a la realidad, a la problemática existencial de la época, olvidando el romanticismo y asentándose por entonces en la claustrofobia socio-política del momento, en la violencia, en el nihilismo o en la idea trágica del destino. Películas como ‘Zodiac’, de David Fincher, ‘Michael Clayton’, de Tony Gilroy, ‘El buen pastor’, de Robert de Niro o ‘American Gangster’, de Ridley Scott han exhibido esa deuda histórica con aquella idiosincrasia; cine con sabor a nostalgia con dinámica de cruda realidad y el reflejo de unos tumultuosos tiempos.
‘La noche es nuestra’ podría encuadrarse, pese a estar ubicada en los años 80, en esta tipología repleta de matices y estilo inconfundible, de intenciones genéricas que James Gray (realizador de ‘Cuestión de Sangre (Little Odesa)’ y ‘La otra cara del Crimen (The Yards)’) retoma para abordar de nuevo esta hibridación, mezcla de formas y referentes temáticos en su tentativa de plasmar, de manera esquemática y rutilante, una nueva revisión de la (des)unión familiar, de la importancia de la matriz parental enviciada por la rivalidad entre hermanos, donde la redención se vislumbra como único fin para la concordia del choque de afectos y desafectos, sin omitir su deuda con los dos anteriores filmes del cineasta, para regresar a los ambientes neoyorquinos en los que las motivaciones de los lazos familiares se superponen a cualquier escollo vital.
Repite así el itinerario por el cual se narra la historia de clan de los Grusinsky, en el Nueva York de 1988, con la mafia rusa monopolizando el narcotráfico de la ciudad. La guerra declarada entre los gángsteres y la policía salpica a Bobby, hombre de vida fácil y hedonista que regenta el club de moda de Brighton Beach, ya que su padre y su hermano mayor encabezan la investigación policial contra Vadim Nezhinski, líder de la mafia y sobrino del dueño de la discoteca, al que Bobby adora como a un padre. El nefasto desarrollo de los acontecimientos le llevará a cruzar la línea de regreso a su verdadera familia y aceptar un destino que jamás habría elegido.
En ‘La noche es nuestra’, sabe alejarse lo suficiente del postmodernismo de esta citada tendencia de cine revisionista, como una negación deconstruida del cine negro y del ‘thriller’. El realizador se centra en mostrar una diatriba moral donde la ciudad no es más que un laberíntico caos que está asumiendo su degradación como incisiva constatación de las lacras de una época, pero tampoco olvida la funcionalidad de la historia que trata. Aborda así una nueva alegoría sobre la redención sobre la culpa ordenada en torno a la invulnerable adhesión de los vínculos familiares en una espiral de duda, venganza y catarsis. No sorprende que el propio Gray señale el origen del filme en una emotiva fotografía del New York Times donde varios policías asisten apesadumbrados al entierro de un compañero.
Estamos ante un drama familiar que aboga más en el sentimiento que por la profundidad, encubriendo una tragedia (de tintes shakesperianos, por qué no) en forma de ‘thriller’ y la fábula moralista ofrecida como un filme policiaco que respira por unos personajes que lloran y que tienen miedo, que afrontan sus problemas de diversas maneras, pero identificadas en el personaje principal interpretado por enorme solvencia por Joaquin Phoenix. La condición de oveja negra dentro de la familia de Bobby le someten a un tormento que despliega un conflicto interior de dos sentimientos que colisionan, pasando a coquetear con la mafia en función de sus propios intereses personales, permaneciendo a un lado y a otro de la ley, hasta llegar al remordimiento y el sentimiento de culpa, como aceptación de su responsabilidad, en una conversión de trasfondo semibíblico.
Bobby, en este caso, sería el contrapunto antagónico de Michael Corleone en ‘El Padrino’, pues él también escapa a cualquier compromiso familiar, escondido en la vergüenza para asumir el destino y cargar sobre sus hombros el destino y el honor de la saga de los Grusinsky. Para Gray, sin embargo, en el proceso, no es tan importante la descripción de los actos y el subrayado de la raigambre genérica. Aquí lo que importa es la metamorfosis moral del hijo pródigo que renuncia a su elección vital por el imperativo proveniente de la huella de su clan. ‘La noche es nuestra’ es un vademécum sobre la lealtad, ya no sólo del personaje interpretado por Phoenix hacia su padre y hermano (con la eficacia del siempre loable Robert Duvall y un moderado Mark Wahlberg) o al capo mafioso que ejerce de ejemplar patriarca familiar), sino también de Amada Juarez (sorprendente Eva Mendes), la novia latina de éste, que asume las adversas circunstancias por amor o la traición de Jumbo Falsetti, amigo fraternal que sucumbe ante la presión de la violencia del entorno. Atemperado en ese ‘thriller’ policiaco, Gray proyecta su interés en el tono sobrio del drama que, si bien es cierto que a veces cae en el convencionalismo, refuerza los elementos que rodean la historia, ya que la violencia, la acción y la música de la época poseen su trascendencia fundamental dentro de esta fábula de vocación operística con tonos de calvario fatalista.
En este apartado, Gray sabe jugar muy bien sus cartas a la hora de apostar por la soberbia disposición con la cual está ilustrada la acción en infinidad de espacios urbanos, describiendo los ambientes neoyorquinos con un trazo visual de tintes que rozan lo antropológico. Su visión melancólica, fotografiada con destreza por Joaquín Baca-Asay, define una ajustada grafía a la hora de precisar el modelo que establece la estética de la época, aquel Brighton Beach de los 80, la diversión discotequera, el sentimiento de indefensión y visión sombría del cometido policial oprimido por la evolutiva ola de violencia y criminalidad, por mucho que su lema venga a ser el título original de la película (‘We Own The Night’). James Gray consigue de este modo un arriesgado y doble comedimiento en su delineación de la fábula; por un lado, el de aportar la intensidad proporcionada al drama; en sus escenas familiares, en las discusiones de pareja o enfrentamiento entre hermanos o amigos. Por otro, que el mensaje de fondo de heroicidad concebido como débito con la conciencia y reflexión sobre la fuerza del destino no se asimile de golpe, y lo vaya haciendo paulatinamente, hasta detonar en ese epílogo demasiado conservador y moralista que levantó las iras en la crítica que asistió a su estreno mundial en el pasado Festival de Cannes. ‘La noche es nuestra’ puede llegar a ser un filme difícil e intransigente, pero se esfuerza por llegar a la búsqueda de ecuanimidad dada entre la intensidad trágica y emocional y las ejemplares secuencias de violencia, suspense (la infiltración como soplón de Bobby en el centro de operaciones de los rusos, por ejemplo) y los tiroteos.
Gray tiene marcadas referencias al cine de los ya citados Scorsese, también de Lumet, Coppola o toda la Generación de la Televisión... Sin embargo, lo bueno de este joven director es que sabe desmarcarse de esas influencias y narrar su fábula con mirada propia, componiendo una exhibición de dureza y emoción, con puntual detallismo en los ambientes y personajes que se mueven con precisión dentro de un férreo guión. Una tercera película que evidencia un estilo, un director a seguir con entidad para rodar la que se ha convertido, desde ya mismo, en la mejor escena de persecución (en cuanto a planificación, tensión y creación visual) de la última década. Totalmente recomendable.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008