viernes, 20 de abril de 2007

Review 'The Good Shepherd'

La impasible frialdad del espionaje
De Niro escarba en los cimientos de la CIA con un drama de espías que apunta con saña a unos valores americanos dinamitados, paradójicamente, por la apología del patriotismo.
Bien se podría equiparar Calogero, el personaje protagonista del debut de Robert De Niro tras las cámaras ‘Historia del Bronx’, con este hierático y sórdido Edward Bell Wilson de la segunda incursión como realizador que supone ‘El Buen Pastor’. El primero, un joven fascinado por la celebridad de un doctrinario gángster al que salva de ir a la cárcel se equipara al segundo en el deslumbramiento por una jerarquía (la mafia por un lado, la CIA, por el otro) que escapa a la supuesta normalidad de los progenitores de ambos, percibidos como cobardes y débiles ante unas onerosas vidas de otros padres que sustituyen a los consanguíneos, bien sea por dinero y respeto o por lealtad y patriotismo, según convenga. Lo que está claro es que a De Niro le atrae la representación antagónica de dos figuras paternas, la real y la social, enfrentadas en un mundo de creciente crisis, donde el humanismo se relega a un segundo plano en el que los valores humanos, la genealogía y la moral alteran su sentido ante la hegemonía del poder, el dinero, el trabajo o la reputación.
Para su esperado regreso como director tras catorce años alejado de la dirección, De Niro ha escogido, inteligentemente, el libreto de Eric Roth ‘El Buen pastor’, la historia de Edward Wilson (con ecos biográficos del espía James Jesus Angleton), reclutado por la OSS, agencia del gobierno encargada de captar agentes secretos, debido a su clarividencia e indestructible fidelidad a los valores americanos. Una vida desarrollada desde 1939, en los sumideros intelectuales y universitarios de Yale (la logia masónica Skull & Bones), el origen de la todopoderosa CIA estadounidense, hasta 1961, periodo crucial en el panorama internacional para Estados Unidos con la II Guerra Mundial y las tensiones posteriores con la Unión Soviética y el desastre de Bahía Cochinos en Cuba. Un lapso, donde hay que subrayar la pésima caracterización de los personajes en sus diversos tiempos, un escollo imperdonable dentro de la pulcritud con la que De Niro ha mimado cada detalle de su corta obra como cineasta.
A lo largo de 167 minutos, De Niro indaga en la ética instituida única y exclusivamente a la lealtad por los valores patrióticos de un personaje reservado, antipático, hermético y autosuficiente, que es capaz de sacrificar todo aquello que simboliza la felicidad humana para salvaguardar a su país. Desde un prisma desmitificador e impasible con el subgénero de espionaje, Roth y De Niro, presentan, en primera estancia, a un hombre rutinario de aparente vida gris que, en el fondo, está podrido de secretos y mentiras, sumido en un sórdido mundo de apariencias, de archivos secretos e información clasificada. Una vida críptica que logra traspasar la pantalla con solemne frialdad, delimitada a saltos constantes de tiempo que transportan al espectador a la juventud de Wilson y a los años 60, donde la paranoia y obsesión por el trabajo bien hecho le han convertido poco menos que un monstruo sin entrañas de impávida displicencia. De hecho, Matt Damon (que realiza una labor interpretativa encomiable) recuerda considerablemente a su rol Jason Bourne, con la que la película de De Niro tiene algún punto en común, por el carácter sombrío e impasible con el que se enarbola la trama de espionaje dentro del conspirador entorno de la política internacional.
‘El Buen pastor’ se recrea en la terrible composición de un personaje sin alma, frío y calculador, capaz de postergar cualquier tipo de dilema moral y familiar en función del enfrentamiento que surge entre las organizaciones y sus relaciones geopolíticas, encubriendo coacción y violencia. A De Niro le interesa más el drama intimista, pero a la vez sórdido y sucio, de un hombre con un código de honor incorruptible, incapaz de ofrecer reciprocidad a la mujer que ama (una Tammy Blanchard que se sitúa muy por encima de la gran labor de Angelina Jolie, que interpreta a la mujer con la que el agente se casa porque la deja embarazada, respondiendo así a una cuestión de honor) y que labra una única amistad con un agente de la KGB que actúa como confidente. Único estribo donde la verdad hace acto de presencia en la vida de un hombre cuya paranoia y crueldad se acrecienta cuanto más profesional se vuelve.
Cierto es que en muchas partes de la película, De Niro dilata en exceso esa profusión de quietud y parsimonia con la que se narra la historia, deteniéndose en un licencioso detallismo centrado la intimidad del personaje en relación al corrupto mundo que le rodea (sobre todo, en su parte final y en las secuencias de drama familiar y juventud), pero que exige este demorado ritmo, ineludible para que la maquinaria escénica y narrativa mantenga la pauta clasicista y traslúcida del actor y director.
Si bien es verdad que De Niro, bajo el gélido acercamiento a la vida de este impertérrito espía esconde una intención de épica y solemnidad, también lo es su invisibilidad a la hora de ponerse tras la cámara, esquivando cualquier percusión grandilocuente para dejar que la narración se exhiba con su pureza narrativa, manteniendo una agradecida visión hiperrealista de la historia, desde una posición disyuntiva, sin maniqueísmos ni rémoras morales, donde cada personaje (excelentes Alec Baldwin, Michael Gambon, William Hurt, John Turturro, Joe Pesci…), por mínima aparición que tenga, es vital en el transcurso de la historia.
Construida con grandes dosis de eufemismo, ‘El buen pastor’ descubre sus mejores cualidades en esa crudeza inhumana de un discurso que desbarata la jerarquía sobre la que se sustenta ese ente patriótico que es ‘american way of life’ (y más en la época en la que transcurre el filme); la familia, un término arcaico desmantelado y despreciado que no es más que un estorbo dentro de la poderosa organización que simboliza la CIA, el padre protector que sustituye a la figura paterna de un cobarde y débil traidor a la patria cuya poderosa y alargada sombra golpea la conciencia de un personaje que logra eliminar el único recuerdo que humanizaba su persona.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007