viernes, 30 de noviembre de 2007

Review 'Michael Clayton'

Juego de intereses
El debut de Tony Gilroy es un ‘thriller’ temperado que evoca al cine denuncia de los 70 al proponer un viaje a las dudas éticas de un personaje inmerso en un entorno que menosprecia la ley y la justicia.
Bajo el auspicio de Steven Soderbergh, Anthony Minghella, Sidney Pollack o el propio George Clooney, Tony Gilroy ha debutado tras las cámaras después de una brillante carrera como guionista que tiene como colofón la más que interesante ‘Saga Bourne’. Para esta su primera película, Gilroy se ha decantado por un género que conoce bien, el ‘thriller’ que apunta a la frialdad visual de la saga protagonizada por Matt Damon y al adeudo ideológico que tanto le gusta a Clooney. ‘Michael Clayton’ comienza como acaba, en la narración retroactiva de un dilatado ‘flashback’ hacia las últimas 96 horas de un hombre sin escrúpulos que trabaja para un bufete de Nueva York con el cometido de arreglar las situaciones más comprometidas de la manera más limpia y rápida posible. Es lo que se conoce como ‘fixer’ o mediador, un solucionador de problemas que se ocupa, en este caso, de Arthur Edens, un letrado que desequilibra su comportamiento cuando descubre que la prestigiosa multinacional agroquímica a la que ha defendido a lo largo de seis años ha ocultado a los ciudadanos que uno de sus productos estrella era altamente cancerígeno. La aprensiva conducta del abogado expondrá los intereses de la multinacional y la de su bufete, instante en el que Clayton será llamado para hacer su trabajo. Por supuesto, Clayton se verá atrapado en una encrucijada moral entre lo que exige su trabajo y la lealtad a su empresa o la fidelidad a su amigo y los dictados de su propia conciencia. Es la diatriba moral que envuelve una trama de ambigüedades que rodean a personajes despersonalizados, que actúan como marionetas según intereses, menospreciando la ley y la justicia, abandonando la conciencia moral al amparo del dinero y el poder.
El personaje protagónico de Clooney es un antihéroe despojado de cualquier atributo heroico, inmerso en una trama conspiratoria bifurcada sobre dos ejes determinados, el relacionado con la intriga desatada por el enloquecido Edens y, por otra, la vertiente personal y reflexiva del protagonista principal, que va desgranando su personalidad con pequeños retazos, mostrando a un hombre afixiado, en un momento crítico de su vida, enfrentado a unos principios éticos que colisionan de lleno en la utopía quijotesca de un fiero abogado cansado de mentir y manipular a la gente para el bufete en el que trabaja regido únicamente por el dinero.
Es en ése punto donde el filme de Gilroy se desmarca de cualquier formulismo que evoque a los ‘thrillers’ de acción de denuncia de los 70, más allá del propósito atmosférico y argumental, como un ejercicio de empirismo moral que apela a la conciencia social, mientras planeta disyuntivas éticas y morales en el personaje principal a lo largo de la contemplativa observación de la vida del mediador, de su manipulación y juego sucio, en la su supervivencia de sus propios defectos. ‘Michael Clayton’ es un viaje personal en el que los demás personajes son peones que interpelan subjetivamente la verdadera identidad estructural de ese enigmático hombre algo antipático dentro del juego narrativo.
La cinta desgrana en el camino una fría delación sobre la deleznable impureza con la que las grandes corporaciones manejan el mundo moderno, pisando al ciudadano en su camino, sin escrúpulos de ningún tipo a la hora de evitar responsabilizarse de los graves errores que cometen. Es como un cáncer extendido y normalizado que anida en los gabinetes de abogados, en los peces gordos de la alta sociedad, en los políticos, en los Gobiernos y, sobre todo, en sus consejeros legales, que actúan a espaldas de los poderosos para salvaguardar los intereses comunes. Buitres, en definitiva, de las manos que manejan los hilos de las títeres de la sociedad capitalista. Una sociedad, la actual, mostrada de un modo tristemente realista dentro del filme, donde el bien y el mal han pasado a ser abstractos términos sin definición concreta.
Gilroy planeta un desafío inteligente, absorbente en su contenido, adoptando una insondable frialdad en su forma, en la perspectiva con la que se mira a unos roles dentro del mundo de inclemencia profesional, que tiene el lógico contraste residual de la Saga Bourne, con la que Gilroy se ha consolidado definitivamente en Hollywood, manteniendo una falsa distancia respecto a los personajes mediante su realización lánguida y metódica, que desestructura la lógica linealidad de la acción en función del interés progresivo del suspense, en una conseguida dosificación que a veces parece fluctuar con especulación, con la dilatación innecesaria del metraje, pero que reivindica en cambio su poderosa narrativa austera e impasible ante cualquier tentativa de sensacionalismo. Gilroy aporta con ello una densidad atmosférica de tajante sobriedad en una trama en la que la enjundia viene dada por el énfasis de la palabra y no por la acción, aprovechando así la intensa capacidad de un George Clooney inmenso y ubicuo, así como a sus extraordinarios intérpretes secundarios Tom Wilkinson, Sidney Pollack y Tilda Swinton. Es otra paradigmática variante de cine negro, género en el que el guionista es un versado conocedor.
‘Michael Clayton’ acaba, no obstante, con una moraleja final, con el ánimo (eso sí, pesimista) combativo ante las injusticias, con la redención enfrentada en un cara a cara a los poderosos que reivindica su papel del individuo en la sociedad, con una oportunidad de escupir a las iniquidades de un sistema controlado por este tipo de multinacionales que utilizan el terrorismo corporativo para encubrir a personalidades más relevantes dentro de la política y diversos medios de poder, algo que aquí se obvia por completo, lo que resta mayor contingencia y valentía a la propuesta.
No obstante, la intención de Gilroy queda clara en una finalidad que remite a los discursos acerca de los peligros de las corporaciones que llevaron a cabo Galbraith o Noam Chomsky, a la denuncia sobre el dominio y el control de la población, desvinculándola de la verdad. Un universo de tiburones en el que las relaciones de poder entre empresas, entre las grandes compañías que dominan el mundo, son capaces de asesinar a importantes piezas en un juego de ajedrez sometido al interés y al dinero sin tener en cuenta ningún principio moral. El filme de Gilroy, simplemente, refleja la sociedad en la que vivimos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007