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jueves, marzo 31, 2005
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El ardid como entretenimiento James Wan debuta con la sorpresa de la temporada, una ‘thriller’ moderno que utiliza la trampa y el engaño como sustento de una presuntuosa e inexistente innovación. Los mecanismos del ‘thrillers’ de la última década y media se han homogenizado desde que en 1991 ‘El silencio de los corderos’, de Jonathan Demme y en 1995 ‘Seven’, de David Fincher, conjugaran un renovado estilo genérico con unas determinadas estrategias posmodernas apoyadas en la truculencia, su fuliginosa gama cromática con tonos desabridos, el impacto atmosférico y angustiantes contenidos ataviados con una narrativa innovadora hallada en argumentos donde el ‘psycho-killer’. El género se reconvirtió en un ‘serial-killer’ que se puso por encima de la omnisciencia de sus predecesoras, del atavismo que se había tanteado, pero que no encontró su paradigma hasta la llegada de estos dos filmes. A partir de entonces, muchos han sido los simulacros a modo de facsímiles ( ‘El coleccionista de huesos’, ‘La hora de la araña’, ‘Copycat’, ‘El coleccionista de amantes’…), los que han proliferado dentro del ‘thriller’ mantenido en esos designios, difundiendo clonaciones con rara variación o cambios insignificativos. Estamos ante una época de miscelánea fílmica y de descarado pastiche, y ante esto lo cierto es que no debería despertar tanta sorpresa, y, sobre todo, tan apresurado preeminencia que productos como ‘Saw’ procuren redefinir todo lo expuesto hasta el momento. Hay que reconocer, de antemano, que la violencia de este tipo de filmes acumula cargas sucesivas sin ninguna intermisión al sentido argumental, ni al significado de la gradación, importunando al personal y regenerando lo que se procura como innovador en letárgico, precisamente lo que le sucede a la sobrevalorada ‘Saw’.  Cierto es que este primer trabajo de James Wan se adscribe descaradamente al subgénero de película de psicópatas y que no hay que tomarse en ningún momento muy en serio lo que en ella se ve. ‘Saw’ se inicia con un golpe de efecto (el primero de una larga sucesión), con dos hombres que despiertan encadenados a las cañerías de un mugriento servicio. Arranca de un modo eficaz e inquietante, ya que ninguno de ellos se conocen ni saben por qué están allí. En medio de ambos, el cadáver de un suicida con un arma y una grabadora en sus manos. Como la cosa no da para más, Wan y Leigh Whannell, firmantes del guión, recurren al ‘flash back’ como recurso que ilustre los hechos que den sentido a esta escena. Quince minutos después, curiosamente, saben perfectamente qué pasó el día antes y cómo han llegado allí. Es el primero de los volubles ardides que se van a utilizar a lo largo del metraje. Tras varios montajes paralelos, situaciones estrambóticas, tremebundos asesinatos, la policía sigue la pista a “Jigsaw”, el llamado “asesino del puzzle”, un psicópata que en vez de matar a sus víctimas prefiere situarlas en contextos llevados al extremo que deben superar para sobrevivir si no quieren morir. Por supuesto, aquí entran en juego móviles como la ética, la moral y los principios fundamentales del ser humano, porque el asesino ambiciona profesar una extraña condición de salvador y no de verdugo. A lo largo de ‘Saw’, el espectador acude a una confusa elucidación sobre las personalidades de los roles (que se engañan entre ellos para despistar así al público –de repente, a mitad de la película sabemos que uno ha seguido un día entero a otro fotografiándole por causas de infidelidad no consumada-), sobre los motivos aparentes que ha utilizado el malvado asesino para crear sus macabras y elaboradas torturas para acabar con la vida de sus anteriores víctimas y de las reglas de un juego que interesa en mínimos intervalos. En la película, todas las víctimas deben afrontar una aterradora alternativa de la que depende su vida. Tal vez la pretensión de Wan era la de ofrecer un nuevo punto de vista del género, dando todo el protagonismo a las víctimas y dejando que la policía quede en un segundo plano, pero no desdeñándolo, no sea que haya que recurrir a ellos para crear subtramas que favorezcan el artificio y poder así jugar con el espectador al engaño.  También cierto tipo de crítica se ha empeñado en comparar este debut con el cine de Dario Argento, tal vez por esa directriz mórbida que despierta ciertas situaciones a partir de las cuales se origina el argumento, también porque su clave reside en la exasperación de un instinto de superviviencia angustioso, contrapuesto a la locura que envuelve a sus víctimas. No obstante, esta comparación es errónea e improcedente debido a que el distanciamiento se hace evidente cuando se define a Argento como un creador a medio camino de lo clásico y lo moderno, preceptor de una dramaturgia sustentada, eso sí, en el asesinato, pero buscando una brusca transgresión de las convencionalismos narrativas del ‘thriller’, cosa que en el filme de Wan no pasa, ya que el joven realizador se encuentra muy cómodo surtiendo de todo tipo de mixturas y argamasas genéricas su filme. En su faceta artística, el guionista Leigh Whannell, un irreconocible Cary Elwes (que se ha puesto como una foca de gordo), Monica Potter y Danny Glover ejercen su función discretamente, sin ningún alarde que les haga destacar. Por su parte, la puesta en escena y la imaginería de James Wan se define en esos ‘flahsbacks’ de ida y vuelta, en la saturación de colores, en el montaje acelerado o ralentizado (según convenga o mezclados si hace falta), en la música atronadora que pretende incomodar al espectador por lo que él considera muy desagradable, psicológico y terrorífico. Pero no es así. A pesar de una atmósfera opresiva y los constantes alardes de una dirección carente de vigorosidad y eficiencia, este producto independiente (muy barato, gran virtud del filme, ya que no tiene nada que envidiar a cualquier gran producción) se basa en el engaño y que se sustenta en giros de guión que no resisten un mínimo análisis. Y una cosa es jugar a pasárselo bien y otra muy diferente es intentar tomarle el pelo al público.  El aficionado más versado en este tipo de cine está demasiado insensibilizado al cúmulo de exacerbaciones, homenajes sinsentido o los requiebros imaginativos de unos perspicaces guionistas que han tenido la suerte de que ‘Saw’ haya colado como la gran sorpresa del año. Este enésimo nuevo hallazgo del cine de género recurre a la pesadilla como eje de una trama en la que la claustrofobia y el ‘grand guiñol’ dejan un evidente regusto de reincidencia en segmentos de otras películas, donde el acervo visual y argumental es indescifrable en su desarrollo. Vaya, que todo lo que va sucediendo en esta película es inverosímil, como ese final sorpresa que ha desvelado, por imperativo de guión, un personaje (el de Dina Meyer) que se encarga de dar la clave (es previsible si sólo tiene una frase que dice “el asesino siempre se reserva un sitio de lujo para sus atrocidades”) a mitad de la película. La apelación al recuerdo por si el espectador se ha despistado entre tanta trampa, también se da en esta película de moda. Wan y Whannell lo intentan, pero yerran en sus propósitos. Se dan dos preguntas cuando uno sale de ver el debut de James Wan: ¿‘Saw’ funciona como mero entretenimiento? Por supuesto, se pasan 100 minutos atento a la pantalla con interés ¿Es tan buen ‘thriller’ como se dice? Rotundamente, no. Miguel Á. Refoyo © 2005
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Tanta crítica positiva llegada del otro lado del charco y sobre todo las excelentes vibraciones e imágenes (no os perdáis esto) que nos están llegando, hacen que el día 22 de julio (fecha en la que se estrena en España) se vea excesivamente lejos para disfrutar de 'Sin City'. El otro día un amigo, irreflexivo en sus palabras, me decía que se iba a bajar de internet la ansiada adaptación del cómic que han llevado a la pantalla Robert Rodríguez y el tío Frankie. Ha sido la gilipollez más grande que he oído en toda la semana.
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Ayer fue una jornada aciaga en mi entorno tecnológico. Durante el día y en una inolvidable y apocalíptica jornada se me acabaron las pilas del reloj digital Casio, mi cadena de música parece que ya ha dicho ¡basta! y no acepta CD's (ni siquiera los originales), mi vídeo VHS del salón parece haber entrado en un constante 'stand by', la bombilla del frigorífico se ha fundido, un calambrazo saltó a mi mano derecha cuando manipulaba un flexo, provocando un susto no menos divertido, el blogger no funcionó en todo el día (al menos para el Abismo) y, por si fuera poco, Nedstatbasic no me ha contado las visitas en más de ocho horas... Todo en un día. ¿Qué está pasando aquí? Suena como cuando Murray Futterman (el gran Dick Miller) le advierte a Billy Peltzer sobre los 'gremlins' que existen en la tecnología.
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Quedan menos de dos meses para que se cierre la segunda trilogía de ‘Star Wars’. Menos de dos meses para que vislumbremos la ansiada transformación de Anakin en Darth Vader y su caída en el Lado Oscuro. La enfervorecida curiosidad de todo el público mundial por saber cómo acaba esta fantasía de ciencia ficción llegará a su fin con ‘Episodio III: La venganza de los Sith’. Este itinerario deja, como es habitual en el Imperio de George Lucas, pequeñas exquisiteces para los coleccionistas ávidos de novedades en el lustroso mundo comercial que origina la saga galáctica. Primero fue Darth Tater. Ahora, los coleccionistas de los dispensadores PEZ (genuina excentricidad nostálgica) tienen su edición limitada consagrada a la odisea espacial.
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El corazón de Hellbound. La mitología 'barkeriana'. En el principio de los tiempos había un Orden Perfecto. El Leviatán no era una deidad monstruosa, sino todo lo contrario, una majestuosa fuerza que, a modo de laberinto, atestiguaba la perfección humana y el bien absoluto, la libertad y la esencia del ser. Una creación perfecta de modelo y lógica, como era él. Pero llegó un momento en que nuestro mundo, caótico y colmado de guerras y tentaciones, fecundó con semillas de maldad un odio imparable, creciendo exponencialmente y precipitando las fronteras de nuestras propias dimensiones. Al principio, el Leviatán pudo detener el ataque, pero no todo iba a ser tan fácil. Extendiéndose a su propia esencia, creciendo adulterado, el propio Leviatán puso a prueba a sus enemigos creando al hombre, un ser débil lleno de miedos y sueños, carente de fuerza y exánime ante las tentaciones del mal. En el sueño del Hombre habría una voz suave. Ésta se oyó y susurró los secretos de la Ciencia, los enigmas de Lógica y la llama de Prometeo. El hombre recibió con los brazos abiertos todo este torrente de conocimiento y lo usó para dominar el pensamiento moderno, para convertirse en dueño y señor de aquello que le rodeaba. El mundo dejó de ser una amenaza para el hombre. Ni los más recónditos lugares de los pensamientos oscuros atemorizaban al ser humano, ni siquiera aquellas mentes retorcidas capaces de hacer el peor de los males en este mundo. En el cosmos se impuso la llamada edad de la Razón, donde las puertas ya no permanecerían cerradas para el miedo, descubriendo las mentiras del ‘Otro Lado’, cosa que aprovecharon para saber aún más, para trazar nuevos conceptos jamás explorados. Pero las puertas se cerraron y algunos enigmas nunca se resolvieron... 
El mundo se volvió virulento por las Guerras, un hecho que favoreció el Orden de Leviatán, haciéndose cada vez más fuerte. La gran deidad visitó al Hombre una vez más en sus sueños. Encadenado por las leyes del Universo, limitó a éste a permanecer en su Laberinto, lleno de ilusiones y de visiones, haciendo de éstos su única realidad, lo que estaba a su alcance, como un ardid de todo lo que le rodea. Este Orden, a priori beneficioso para el ser humano, le inspiró para caminar, analizando y estudiando, el anverso de lo que otrora consideraron dioses. Es decir, las lunas y los planetas, las estrellas e inmensidad del espacio. Desde ese mismo instante, el hombre abrió los ojos y manifestó admiración, dejando para siempre de estar seguro del testamento de la Humanidad, de su propio conocimiento. Cada guerra necesita un ejército y esta guerra del Caos no era diferente. Era la culminación de la carne del Hombre y, desde ese mismo instante, los oscuros espíritus del mundo de Leviatán, obteniendo sus objetivos, empezaron a aparecer en la conciencia humana. Espíritus sin edad ni corazón. Y lo que era peor, inmortales. Condenados a ejercer su influencia en la mente humana, condenados a vagar por los pasillos del Laberinto. Estos diabólicos seres, estos entes serían llamados por el gran Leviatán los Cenobitas de su religión, con una misión muy clara: ayudarían a equilibrar y aplacar, de forma brutal e insana, el deseo y el dolor de la propia condición humana. Sin embargo, los Cenobitas, no serían lo que en un principio podría pensarse de ellos. Recogiendo lo peor de todos los espíritus del Mundo de Leviatán, se unificaron en varios entes con un solo líder, un espíritu que guió a los Cenobitas por el camino de la justicia y el castigo, apoderándose de cada alma a la que tenían acceso. El adalid de todos ellos vino a ser llamado Pinhead, pero también, junto a su horda de componentes Cenobitas, se le asignaron varios nombres como Pontífice Oscuro del Dolor, Príncipe de la Dolencia y el Papa Negro del Infierno. Algunos lo llaman el Hijo del Favoured, Vasa Inquatitis o Xipe Totec, que vino a asemejarse al dios azteca conocido como “Nuestro Dios, el Desollado”. Aquellos que desconocen su existencia y se atreven a osar con la complacencia de la yuxtaposición de dolor y placer pasaran a formar parte del séquito de sus torturas, de la depravación más dolorosa que jamás imaginó el hombre, encerrado en una odisea de experimentación y libertinaje. La purgación de la carne es la misión de Pinhead, sujeto al Testamento de Leviatán, a las normas del Infierno.  “El placer es el Dolor y largo es su camino”, es el emblema del hombre con ‘alfileres en la cabeza’. Santo o impío, esta figura del Infierno sólo ejerce de preceptor a la hora de aplicar las normas que rigen Los Avernos, de dar la bienvenida a todo aquel que ose a abrir las puertas desde el mundo material, desde nuestro lado, en el que sólo el ser humano tiene la llave para acceder a los tártaros. Ésa llave es la tentación, la excitación y la búsqueda del placer en sus infinitas formas. El Leviatán utiliza como elementos de proselitismo las debilidades humanas como el deseo, la obsesión o la avidez. Aquellos que traspasen las puertas de lo prohibido en estos conceptos, aquellos que soliciten experimentar placeres del Más Allá nunca conocidos por el hombre, serán expiados de la forma más escabrosa posible por los Cenobitas. Esa forma accesible a los que no temen traspasarla, de explorar los placeres que van más allá de las maravillas oscuras y los milagros negros, trajo consigo un Guardián, una forma diabólica de imponer sus condiciones, de castigar a quien transfiriera los límites. Pero no necesariamente los Cenobitas, sino criaturas con el propósito de salvaguardar y proteger los enigmas infernales. Los enigmas, perfectamente ocultos, no entraron en el inicio de los tiempos como objetos físicos, sino que llegaron a nosotros como ideas, inspiraciones, sueños y visiones. Una de estas visiones llegó en forma de escabrosa idea a un francés fabricante de juguetes que buscó durante toda su vida la forma de abrir las puertas de lo desconocido. Su nombre era Philip LeMarchand y fue el elegido infernal para dar a conocer el misterio de los misterios.  LeMarchand construyó una pequeña caja en forma de cubo en la que introdujo todas las respuestas innombrables, con unas instrucciones específicas para usarlo. Fue él quien trajo a nuestro mundo la ‘Caja de LaMarchand’ y sus contenidos conocidos como las ‘Configuraciones del Lamento’. La Caja fue reproducida de forma falsa varias veces extendiéndose a lo largo y ancho del mundo, confundiéndose y perdiéndose en los confines del Universo, extendiendo la Leyenda del Leviatán hasta convertirlo en una profecía del mal. La caja cayó en manos de un veterano de la Gran Guerra llamado Elliot Spencer, con una cicatriz interna que le marcó para siempre. Desprovisto de inquietudes en un mundo material que aborrecía, Elliot pensó en vivir su apática vida postbélica (repleta de graves problemas psicológicos y trastornos varios) descubriendo nuevos placeres, sintiendo su existencia forzado a experimentar otras alternativas de erudición antigua. Cuando llegó a sus manos la mítica caja de LeMecharnd, no tuvo problemas en descubrir el enigma que le abriría las puertas del Infierno, los secretos para introducirse en un mundo paralelo al nuestro, para fundir su alma con el espíritu de Xipe Totec, volviéndose ambos uno sólo. Pasó a llamarse Pinhead y se consolidó como el líder de la filosofía del Leviatán, pero con rasgos humanos y con ciertas gradaciones de incorruptibilidad a la hora de someter a juicio el alma que descubriera los secretos que un día hizo suyos. Una vez inmerso en el otro lado, una vez que traspasó las puertas, su carne se desgarró separándose su anterior personalidad y dejando la pureza de la ecuanimidad, la filosofía Cenobita, al emblema de la caja, a la consecuencia del Leviatán, del Amo.  Las almas que caen en la tentación y entran en el cosmos del Leviatán no siempre encuentran la expiación de dolor y placer. A veces, los propios humanos sufren hasta el infinito y sirven como juguetes de los Cenobitas, sometiendo a éstos a un padecimiento jamás imaginado, condenados a vagar por los pasillos del laberinto toda la Eternidad. Otros, por el contrario, logran hacer realidad sus propios infiernos personales mezclando tormento y dolor como catarsis a sus propios fantasmas. Entre todos estos espectros de dolor, el Levitan escoge a alguno de ellos para convertirlo en Cenobita. Pero muchos otros son absorbidos para licuar su sangre y sirva de componente del gran Diamante, del propio Leviatán. Cuando un cuerpo humano se desgarra de este mundo, deja atrás una semilla. Un pequeño signo de su existencia, de la vida que ha perdido, pudiendo ser desde una gota de sangre o saliva, incluso de esperma... Una semilla que, si se nutre apropiadamente, es lo suficientemente lícita para devolver el alma del condenado. De la propia materia vital, el alma recobra su vida, alcanzando así un terrorífico nacimiento a partir de la esencia. Pero si esto sucede, si un alma escapa a los atrios del infierno, las leyes maléficos de los propios Cenobitas indican la posibilidad de acceder a nuestro mundo para dar caza y destruir a los prófugos de la maldad.
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miércoles, marzo 30, 2005
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Casi dos décadas desgarrando almas A punto de cumplirse las de dos décadas de su nacimiento este clásico del cine de terror sigue siendo una de las películas más influyentes del cine contemporáneo y sí, lo reconozco, es una de mis películas predilectas, a las que recurro constantemente, que más me han aportado como varias esferas de mi vida(personal, física e intelectualmente, como 'freak', como pobre diablo...). Con el paso de los años, una obra como ‘Hellraiser’ se ha extendido a una cultura que vislumbra iconos pesadillescos y mitos capaces de estremecer conciencias desprovistas de emociones escalofriantes. Ahora mismo, nadie duda en determinar que esta cinta es una pequeña obra maestra del género. El luminiscente héroe ‘onírico-infernal’ de los clavos en la cabeza (el eterno Pinhead) nacido en una inolvidable década tan proclive para el terror como fueron los 80, ha engrandecido su efigie a lo largo de dos décadas para pasar a ser uno de los iconos fundamentales del cine apocalíptico y sangriento. En 1987, la New World Pictures trajo al mundo la ‘opera prima’ del que es uno de los genios más importantes de la literatura contemporánea, Clive Barker. En aquélla se narraba la historia de Frank Cotton (Sean Chapman), un hombre que, aburrido de su vida cotidiana, viajaba a Oriente para conocer sus exquisiteces y perversidades. Allí, en lugar de nadie, un asiático le vendía una caja que, según la leyenda, le abriría las puertas del Infierno, ofreciéndole la posibilidad de disfrutar del placer y del dolor en una dimensión desconocida por el hombre. La curiosidad de Frank hace que resuelva el enigma de la caja con la consiguiente manifestación de los Cenobitas, seres infernales encargados de llevar la fruición del sufrimiento a quien los invoque. La casa desde la que Frank fuera llevado al Infierno, es habitada por su hermano Larry (Andrew Robinson), su hija Kirsty (Ashley Laurence) y su segunda esposa, Julia (Clare Higgins). Frank revivirá recobrando su humanidad gracias a la siniestra ayuda de ésta última, que fue su amante durante una época pasada. Renacido de entre los muertos, Frank no imagina que la inocente presencia de Kirsty iba a ser funesta para sus intenciones de regresar al mundo de los vivos, ya que la joven entregará a su tío a los Cenobitas para salvar su alma del enigma que reside en el misterioso receptáculo...  Este era el comienzo de la saga ‘Hellraiser’, un fascinante viaje a través de la transformación del cuerpo humano y el alma en su fase más salvaje, más dolorosa: placer y dolor en un solo concepto jamás experimentado por ningún hombre. Clive Barker estaba ya consolidado como uno de los herederos directos y a la vez congénere de Stephen King (quién llegó a decir “He visto el futuro del terror, y su nombre es Clive Barker”) cuando escribió esta inolvidable historia de horror, destinada a ser un clásico de dos ámbitos tan difíciles de vincular como son la literatura y el cine. El neófito realizador, al cual se le achacó en su momento su nula experiencia en el campo del celuloide, otorgó a la iconografía del fantaterrorífico (muy cerca del ‘gore’ –aunque nunca incluida en este subgénero-) una profundidad temática y estética revolucionaria, recreando una novedosa visión del terror basado en la insania fría, distante y en muchos momentos aberrante, en la que cada elemento que rodea la historia tiene algo de lúgubre y desagradable. Cada uno de los personajes se muestra de forma tenebrosa y sólo existe una cierta equidistancia del público con respecto a la cándida Kirsty (la hermosa actriz de culto, la musa de muchos sueños generacionales Ashley Laurence). Es cierto que el neófito director y novelista dirigió esta opera prima sin tener un conocimiento exacto del lenguaje cinematográfico, pero esto, si bien a veces evidencie una falta control de la acción visual sobre el argumento, sirve para ofrecer una perspectiva cristalina del espíritu global de ‘Hellraiser’ y su significado. La aterradora serie supone un trayecto por el lado más oscuro hacia la esencia de la razón y de locura, para experimentar nuevas dimensiones del ser y del placer, personalizados en unos entes demoníacos (los legendarios Cenobitas) llamados para sobrecoger a las incautas e imprudentes almas ante lo que puedan descubrir. La transformación como producto directo de los más ocultos miedos humanos es el verdadero significado de ‘Hellraiser’. La saga (ocho entregas hasta la fecha), que tiene su mejor ejemplo en la fundadora de toda la leyenda, explora este miedo mostrando la consternación y la tribulación en momentos inolvidables gracias, en gran parte, a los excelentes efectos especiales de pura artesanía creados por Bobb Keen.  Clive Barker definió el Infierno en la serie ‘Hellraiser’ de una forma novedosa, más espiritual que fabulesca, muy diferente (pero a la vez paralela) a la creencia cristiana. En ‘Hellraiser’, aquellos que traen el averno destinan la voluntad humana a un caos de sufrimiento en el que la representación de las llamas eternas es sustituida por las torturas a las que someten los siniestros Cenobitas, descritos por el propio Barker como “demonios para algunos y ángeles para otros”. El extenso universo generado por el literato está dominado por Leviatán, un dios ávido de torturas y deseos, materializado en un octaedro punzante. Y la única forma posible de abrir las puertas del Infierno, de acceder al Leviatán oculto, el que se esconde en nuestro morbo más escabroso, es a través de la resolución de un puzzle, un enigma inscrito en una caja llamada la ‘Configuración del Lamento’ que descubrirá los Milagros Negros y las Maravillas de la Oscuridad. Clive Barker se acercó con el mito y la doctrina de aquella película a aspectos filosóficos hasta entonces poco abordados en el cine, basados más en la ideología de Jung –complejo entendido como constructor de los sueños y los síntomas- que en la factible teoría de Freud y su vertiente sexual, todo siguiendo una particular imaginería inscrita en las mitología sumeria. ‘Hellraiser’ explora la colectividad inconsciente, en la que los sueños tienen tanta importancia como la realidad que nos rodea. Gracias al ingenio del escritor británico, el ‘fantastastique’ se aproximó al terror de una manera virtuosa, ejecutando un análisis introspectivo de esperanzas y miedos, de sueños y realidades. A pesar de tratarse de un filme relativamente pequeño (debido a su escaso presupuesto –1 millón de dólares-), en su núcleo argumental esta obra cumbre incluye una deliberación de todo aquello que circunscribe los secretos de Ciencia, los enigmas de Lógica y la llama de Prometeo.  ‘Hellraiser’ sirvió también para que muchos descubrieran una de las alegorías del género más carismáticas y menos conocidas de la tradición del terror. Reiterado el símbolo del ‘psycho-killer’ mesiánico y enajenado que cometía sus barbaries en un mundo real y cotidiano (Jason Voorhes, Michael Myers o Leatherface), Barker optó por un ser infernal, dinámico, de personalidad arrolladora y de estética fastuosamente cuidada. Pinhead (‘cabeza de alfiler’ en su traducción literal) embelesó a los amantes de un género necesitado del cambio que transfirió esta cinta clásica. Muchos conocen a Pinhead, pero pocos saben que en realidad Barker le dio un pasado enigmático, ya que se trata del Capitán Elliout Spencer, un soldado que luchó en la segunda Guerra Mundial. Después de la guerra, aburrido y en constante crisis, encontró la leyenda del Infierno, la caja que abre las puertas hacia la dimensión de placer y tortura. Con el paso de los años sería uno de los Cenobitas más carismáticos del Tártaro, pasando a ser conocido como Pinhead, pero también Pontífice Oscuro del Dolor, el Papa Negro de Infierno, Vasa Inquatitis o también Xipe Totec. Pero no es el único. En el Infierno de ‘Hellraiser’ hay más Cenobitas iconográficos que mortificarán las almas que osen descubrir el enigma de la caja: son The Chatterer (que bate sus mandíbulas constantemente, castañeando los dientes como si fuera una trituradora), Butterball, la Cenobita Ángel y el satánico Channard. El caso es que no sólo estos iconos tienen una leyenda propia en las páginas del ensayista inglés, llegando a escribir sus nombres con letras de oro en el género del terror, sino que el propio Clive Barker tendrá su lugar como uno de los maestros más incorruptibles de la historia de la literatura y el cine. Si no conocéis ‘Hellraiser’, es el momento de que abráis la ‘Configuración del Lamento’... Y mañana más…
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martes, marzo 29, 2005
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¿Qué se muere tu gato, perro, hámster, periquito, oso hormiguero o demás animales domésticos que ejerzan la función de devota mascota? No te preocupes. Podrás tener presente a tu querido e inseparable amigo gracias al potencial inventivo de Jeanette Hall, una bella taxidermista de Spring Creeks (Nevada) que tan pronto te hace una figura disecada del difunto animal, embalsama una cabeza del ciervo que hayas cazado en el coto privado de tu jefe para que luzca en tu salón del chalet de la sierra, como conserva un pavo real de tal modo que parezca que siga entre nosotros. Pero la gran novedad es que también diseña cojines confeccionados con la piel de tu servil perrito o gatito, para que puedas acariciarlo y olerlo aunque ya no esté. Sólo te cobra 65 dólares por una mascota doméstica y el sorprendente precio de 150 si quieres disecar tu caballo. ¿Qué os parece surreal y absolutamente delirante? Lo es, amigos, lo es. Pensándolo bien, que lo más 'cool' sería tapizar el coche, en su exterior (por supuesto) con piel de animal. Pero claro, eso es ya imposible.
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lunes, marzo 28, 2005
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“Gua... guaaa… guaaaa… Tú y yo lo sabíamos… Es lo más… 3, 2 o 1…”. Ya no volveremos a escuchar estas expresiones, ni esa curiosa palabra “musicine” que acuñó el hoy fallecido Joaquín Luqui cuando se refería a las bandas sonoras. Viendo las noticias he recordado al catedrático que nos dio radio en la facultad de comunicación durante mis años universitarios. Se obstinó desde un principio (no os imagináis con qué desmedido fervor), en dejarnos bien claro que el original individuo con cara de buen amigo y pelo a lo ‘profesor chiflado’ Emmet Brown fue una figura fundamental, paradigma de la radio española. La radiofórmula nació con Luqui en nuestro país que importó una forma de contribuir a que la radio musical moderna entrara en la ‘Deep Spain’. Es el adiós de un astro de las ondas y de una de las personalidades más queridas del país. Me he preguntado ¿Hay alguien al que le cayera mal este ilustre hombre de radio? La respuesta parece clara. Recuerdo haberlo visto hace un par de años con acompañado del Foro de la Bestia tras una cena de antología, alguien dijo: “Mira, JL, Joaquín Luqui en directo” (creo que fue el gran Suda Sánchez) y otro, mi memoria no alcanza a saber quién, gritó “¡Gato malo!”. Nada tenía que ver con su figura, ni con sus frases. Simplemente nos encontrábamos todos sobradamente ebrios. Luqui no dudó en girarse y saludarnos con el brazo en alto gritando un “Pasadlo bien, chicos”. Dos segundos después nos hicimos una triste foto cruzando un paso de cebra, intentando reproducir la del 'Abbey Road' de los Beattles. No lo conseguimos. Sé que es una historia mínima, absurda, improcedente a la grandeza del comentarista musical, pero es la única personal que tengo sobre él. Estoy convencido de que si hubiera sabido cuál era nuestra intención fotográfica, se hubiera unido al grupo. El caso es que Luqui ha sido el más carismático, el hombre a contracorriente, la imagen heterogénea, rayana en el horterismo pero que le conferían un áurea de hombre al que se le adivinaba feliz. Más de 35 años en Los 40 Principales, aficionado a las ciencias ocultas (extravagante coincidencia que ayer muriera Jiménez del Oso), el más ‘fan’ del quinteto más grande de Liverpool (por el que se le conocía como “el quinto Beattle”), de Paul Anka, de Rolling Stone o de Bruce Springsteen, entre otros. O sus programas; ‘El Gran Musical’, ‘JL en FM’, ‘Radioshow’, ‘Fan Club’, ‘Fórmula weekend’, ‘Los mundos de Luqui'... En fin, qué voy a contar yo en este espacio que no se haya dicho ya. Sólo quería dedicarle unas líneas a este entrañable personaje que nos ha dejado. D.E.P el gran Luqui.
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domingo, marzo 27, 2005
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Para ‘El círculo de las doncellas’, uno de los guiones de largometraje escrito con mi coguionista Chema Guevara, nos instruimos mucho acerca del mundo de la parapsicología y de los timos en este terreno. El personaje principal es Fermín Carrasco, un pobre diablo que se dedica a recrear psicofonías falsas y que admira, sobre todas las cosas, a Fernando Jiménez del Oso. Leímos bastantes números de las revistas ‘Más Allá’, ‘Espacio y tiempo’ y 'Enigmas’ (entre otras), las publicaciones de este psiquiatra experto en parapsicología que ha muerto hoy a los 64 años de edad. Quién no recuerda ‘Todo es posible en domingo’, ‘La puerta del misterio’ o la versión televisiva ‘Más allá’, nuestros ‘Misterios sin resolver’ en versión cañí. Enigmas, contactos con muertos, ouijas, espiritismo, nigromancia, ciencias ocultas, adivinación y sobre todo el fenómeno ovnis rodearon la vida de este inquietante hombre que esperaba entrar en contacto desde 1979 con unos extraterrestres llamados Ummitas. Lo último que supe de él fue su colaboración en el disco de Michel Huygen ‘Astralia’, una extrañeza musical definida en un viaje astral más allá de los confines entre lo terrenal de lo cósmico. Una rareza sonora donde Jiménez del Oso iba narrando experiencias paranormales que se escuchaba con su voz distorsionada. Y sí, daba mal rollo.
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Sony está en negociaciones con la Marvel para llevar a la gran pantalla ‘Killraven’, el cómic de 1973 creado por Roy Thomas y Neal Adams lanzado en su época como un ofrenda intencional de ‘La Guerra de los Mundos’, de H. G. Wells, que vio la luz por primera vez en el número 18 de la colección Amazing Adventures. ‘Killraven, el guerrero de los mundos’, narraba cómo en el Siglo XXI la tierra es asediada por alienígenas que se hacen con el control del planeta. Los últimos supervivientes son guerrilleros que luchan contra el régimen marciano en una batalla poco menos que apocalíptica. El líder del grupo es Jonathan Raven “Killraven”, un gladiador que combate en los circos Marcianos para regocijo de los nuevos conquistadores. A “Killraven” le acompañaba un séquito formado por los inolvidables M’Shulla, Carmilla, Skull y Hawk en su cruzada por devolver la libertad en la tierra. Gerry Conway, Bill Mantlo, Gene Colan, Hert Trimpe o Howard Chaykin forjaron el mito, pero no fue hasta la llegada de Don McGregor a los guiones del cómic (en sintonía con los estupendos dibujos de Peter Craig Russell), cuando éste logró conocerse por el aficionado al noveno arte. Un nuevo proyecto pasa del papel de cómic al cine, uniéndose a la monomanía por la traslación de algún superhéroe de las páginas tebeísticas al celuloide. No insistiré más en la carestía de ideas, el ostracismo creativo y el recurso fácil del último cine comercial que se perpetra Hollywood. El alud de títulos es inagotable: ‘Iron Fist’, ‘Sub-Mariner’, ‘The Hands of Shang-Chi’, ‘Werewolf by Night’, ‘The Black Widow’, ‘Deathlok’, ‘Iron Man’, ‘X-Men 3’, ‘Man-Thing’, ‘Luke Cage’, ‘Ghost Rider’, ‘Fantastic Four’... Y lo curioso es que existe un responsable directo de todo esto, su nombre: Avi Arad (basta echar un vistazo a su filmografía para saber de qué pie cojea este productor que tiene los derechos de más 4.500 cómics de la Marvel -para algo es uno de sus 'peces gordos'-). Yo ya me resigno. Como dice mi amigo Raymundo: “Habrá que verla ¿no?”.
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Aún no salgo de mi asombro, todavía estoy turbado con el desmedido número de visitas que se produjo ayer en este humilde blog. Desconozco si se trata de un error o de qué enlace (porque si no, no hay explicación) provino la avalancha de lectores ocasionales, curiosos o despistados que acabaron irrumpiendo en el Abismo, un hecho que me complace sobremanera. Ha sido un progreso paulatino el ascenso de audiencia internauta que se pasa por aquí de vez en cuando, pero lo de ayer (761 entradas) se me antoja desorbitado. A todo el mundo le gusta que cuando promueve un cometido como el de crear un weblog la difusión sea lo más elevada posible. Es un incentivo más para seguir desarrollando el adeudo que tengo con vosotros, los verdaderos responsables de que cada día encuentre las ganas de redactar (a veces frenéticamente) y procurarle a este Abismo una cierta ralea con contenidos dispares, buscando siempre la calidad, pero por encima de esto, amenizar. Aún saboreando las mieles de este efímero auge y aceptación, la idea sigue siendo la misma con la que nació este weblog, que no es más que alcanzar una diversión bilateral entre el escribiente (que soy yo) y el lector (que eres tú). Gracias a todos por seguir lo que acontece en este Abismo, de verdad.
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sábado, marzo 26, 2005
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Un asedio carente de emoción Jean-François Richet lleva a cabo una insípida actualización del clásico de Carpenter, cuya esencia de tensión y claustrofobia se pierden en el camino de su modernización. En esta irracional fiebre del ‘remake’, cada día más extendida en el cine norteamericano, corriente fílmica que manifiesta la anemia de ideas originales y el anquilosamiento por el que atraviesa la cinematografía yanqui, uno de los preceptos autoimpuestos para su entendimiento es, al menos, respetary mantenerse fiel al espíritu del original. Pues esta simple premisa, obtenida en no muchas ocasiones, parece ser que no es suficiente para que un 'remake' mantenga la coherencia que se le supone a este nimio ejercicio de reiteración. Un gran ejemplo de esta desvalorización en la duplicación de películas ya rodadas es ‘Asalto al distrito 13’, la nueva visión del clásico de serie B rodado en 1976 por John Carpenter ‘Asalto a la comisaría del distrito 13’. En esta nueva traducción actualizada, la idea conceptual y esquemática, sin concesiones a la narrativa malabárica, se mantiene e incluso se incrementa desde la perspectiva del francés Jean-François Richet, que toma la excusa argumental de la película de Carpenter: el asedio sufrido por los ocupantes de una comisaría a punto de cerrar por una mesnada exterior que hará todo lo posible por acabar con sus vidas. Hasta aquí muy bien, el respeto y finalidad de lealtad cinematográfica hacia el maestro es innegable. Pero hay algo que no funciona, que distancia este redundante producto de su predecesor. Tal vez sea que esta revisión no suscita ningún tipo de desasosiego, de tensión claustrofóbica y de efectividad, debido a que el espectador sabe perfectamente dónde está, el entorno es demasiado familiar. Y es que aunque Richet no se aleje de las gélidas sombras y disparos, del contexto opresivo y estremecedor, en el que la irracional violencia del colectivo externo proviene de ‘La noche de los muertos vivientes’ (máxima referencia a la monumental novela de Richard Matheson ‘Soy Leyenda’), el realizador galo no encuentra el vigor y la actitud resolutiva para supeditar lo significativo a lo trivial, haciendo que las perfiladas relaciones interpersonales que forjan sus protagonistas, aislados y destinados a entenderse si quieren sobrevivir, ensombrezcan cualquier tipo de tratamiento de la soledad o los sepulcrales silencios de la original, rotos por esas ráfagas de tiros de la oscura amenaza. Hay un excesivo diálogo en sus esteriotipados personajes como para que funcione al nivel dramático del clásico de Carpenter.  De todos es conocida la adhesión de director de ‘Halloween’ al ideal de Howard Hawks y su infiltrada utilización de la consubstancialidad más auténtica del ‘far west’. En ese sentido, este nuevo ‘Asalto...’ poco ha cambiado de aquél western urbano con forma de thriller, donde los indios, reflejados en una pandilla juvenil llamada ‘El trueno verde’ en busca de venganza, han sido sustituidos por un grupo de policías corruptos que quieren acabar con el único testigo que puede delatarles. Asimismo, el fuerte a ocupar ya no es una solitaria y desértica dependencia policial de Anderson, en Los Angeles, sino una destartalada comisaría en pleno corazón de Detroit, ambas a punto de cerrar. Desde el principio, este ‘remake’ deja bastante claro cómo ha cambiado la sociedad actual respecto a la de los 70, idiotizándose deliberadamente bajo la hipocresía moral que nos rodea. En ‘Asalto a la comisaría del Distrito 13’ (curiosa traducción, ya que se trataba de la comisaría 13 del distrito 9), de John Carpenter, la raíz del acoso procedía de las ansias de venganza del grupo juvenil hacia un padre que veía cómo éstos mataban a su hija de seis años sin motivo alguno, resarciéndose con un disparo que acaba con la vida de uno de ellos. En la actualidad que una inocente niña reciba un tiro a bocajarro con un helado de la mano, es una imagen inconcebible en Hollywood. La rebeldía de esta juventud encolerizada era lógica, teniendo en cuenta que seis componentes de su banda habían sido acribillados por la policía, situación en la que Carpenter propuso las relaciones entre las bandas y las fuerzas de orden público como una batalla fruto de la ineficacia política de la época. Para la versión de 2005 es mucho más fácil, sin tanto calado de violencia gratuita, haciendo que la trama gire en torno a los valores morales, acomodando a los sitiadores como una treintena de policías corruptos pretendiendo salvaguardar sus espaldas. En 1976 Bishop era el policía negro primerizo, el accidental héroe que en su infancia había coqueteado con la delincuencia. Ahora, Bishop se ha transmutado en el íntegro criminal que no duda en ponerse de parte de la ley, ya que esto le beneficia, perdiendo así la figura del socarrón y carismático Napoleón Wilson, un recluso que se regía bajo el instinto de supervivencia. La iniquidad de la propuesta actual de esa carcoma de estos agentes de policía deja mucho que desear si se confronta con aquel ‘cholo’ (una lucha a muerte) de Carpenter.  Son muchas las diferencias que hacen que este ‘Asalto…’ de 2005 esté muy por debajo de su progenitora, fundamentalmente en la exposición general de sus personajes. Mientras que Carpenter definió los caracteres de sus acorralados roles en una insubordinación a los cánones impuestos en el filme de Richet todos representan a un personaje típico del género. Los tres protagonistas de la cinta del maestro Carpenter, Leight (Laurie Zimmer) una secretaria impasible y tenaz, Bishop (Austin Stoker), el policía negro héroe a supesar y Wilson (Darwin Joston), un peligroso criminal que actúa al lado de la ley para sobrevivir no estaban a gusto en el tópico que se les imponía, insubordinándose a los preceptos genéricos. Ahora no, la pérdida de identidad del filme de Richet, además de claudicar ante lo común de una trama que pierde cualquier nivel de intención alegórica que poseía la película de 1976, tiene su peor enemigo en el guión de James DeMonaco (‘El negociador’) que se excede en la prototipificación de su fauna, iniciado con ese prólogo donde vemos a Roenick (en las facciones del cada vez más demacrado Ethan Hawke) fracasar en una operación antidroga en la que pierde a sus dos compañeros. Ya tenemos la excusa perfecta para conocer los fantasmas del heroico protagonista, de comprender su ‘modus operandi’ y sus reacciones ante el ataque policial de su comisaría. La excesiva personalización no sólo se rotula en el personaje principal y en su forzoso acólito Bishop ( Lawrence Fishburne, ejerciendo otra vez de Morpheo), el problema es que se despliega a los demás personajes secundarios, que toman más protagonismo del esperado; una secretaria deseosa de sexo con chicos malos (la muy ‘carpenteriana’ Drea de Matteo), un policía irlandés a punto de jubilarse (un envejecido Brian Dennehy), un drogadicto nervioso e irracional (histriónico como siempre John Leguizamo), y una incapaz psicóloga (una insulsa Maria Bello) adquieren un protagonismo desnivelado en función de la acción.  La originalidad se pierde por completo, la falta de recursos argumentales y la superposición de la acción en detrimento de la cadencia que significaba el hermetismo claustrofóbico de la original se unen al recursivo apego de Richet por el constante movimiento de cámara para encontrar el ritmo visual, último recurso utilizado por Carpenter en su segundo filme. También se desmejora el nuevo ‘Asalto…’ en el desarrollo lógico de la trama, apoyándose en un pretendido realismo (la justificación argumental de todo lo que pasa) que cercena cualquier intención de insinuación, de subversividad, incluso el enfoque dramático del angustioso encierro queda mutilado con ese final a campo abierto (ojo, en un bosque en medio de Detroit, en el centro de la ciudad) que descompone el clímax logrado por Carpenter con aquel atrincheramiento en el sótano de la comisaría con sólo ocho balas para frenar a la horda de agresores. Si a este escamoteo de intenciones le añadimos que en el filme de Richet la oscuridad es mucho menos sombría gracias a la ajustada fotografía de Robert Gantz, que empaña el asfixiante objetivo de claustrofobia y tensión que logró Carpenter, nos queda bien poco. A cambio, Richet brinda un arsenal de secuencias de acción, de ráfagas de cine de género bien rodado, con buen pulso amparado en el alarde técnico, siempre en función de un espectáculo que termina siendo vacuo, enérgico y eficaz, eso sí, pero carente de emoción. Un producto de innegable capacidad para distraer, pero sin llegar a más. Se pierde, por tanto, el nivel de tensión del inquietante tratamiento de las tribus urbanas suplantado por un anodino policía con los rasgos del siempre fallido Gabriel Byrne en otra espeluznante interpretación, con lo cual, todos hemos salido perdiendo. Tampoco escuchamos los punteos sintetizados de Carpenter que dan esa peculiar energía a la acción, ni concurre en su interior una escéptica visión acerca de la aquiescente actitud de la sociedad americana, ni se ha mantenido el sentido del humor irónico que salpicaba el filme del maestro de la serie B, ni se percibe algún signo de inquietud por aportar nada nuevo a la historia. Por lo tanto, no existe un motivo claro y justificable para esta revisitiación cuya intrascendencia es identificable a estos tiempos de desabrimiento y oprobio ‘hollywoodiense’. Miguel Á. Refoyo © 2005
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"La arqueología busca el hecho y no la verdad. Si es la verdad lo que les interesa el profesor Daily da filosofía en la clase del fondo. Olvídense de ciudades perdidas y objetos exóticos. No hay mapas que lleven tesoros ocultos y nunca hay una equis que marque el lugar. No hay que seguir la mitología al pie de la letra". Esperamos tu regreso. Stop. El cine te necesita.
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viernes, marzo 25, 2005
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Nos situamos a principios de los años 80, subsiguientemente a la guerra de Vietnam. Una contienda que dejó secuelas en los marines que sobrevivieron a la barbarie; síntomas de aguda ansiedad, fuerte depresión o desorden de estrés postraumático... Atrás habían quedado el conflicto de Laos y Camboya, el intento de mantener la presencia francesa colonial en Indochina frente a las fuerzas comunistas del Vietminh, apoyando al régimen anticomunista de Vgo Dinh Diem o los bombardeos masivos y el uso de agentes químicos. Cuando el 17 de abril, Phnom Penh cayó en manos de los Khmers Rojos y poco tiempo después los comunistas tomaron Saigón, miles de soldados norteamericanos volvieron a casa con una sintomatología difícil de expeler. El tiempo no siempre lo cura todo. 58.000 muertos y 300.000 heridos devolvieron a centenares de miles de soldados con una amplia adicción a las drogas y con serios problemas de adaptación a la vida civil. Un atribulado marine transita por una carretera de Estados Unidos cercana a la frontera con Canadá. ‘Wellcome to Holidayland’ es el marbete por el que pasa con su petate al hombro al llegar al apacible pueblecito de Hope. Acaba de descubrir que el último amigo de su escuadrón ha muerto víctima del cáncer debido al Napalm. La guerra le ha convertido en un inestable individuo a punto de estallar, estigmatizado por el afeamiento de un conflicto bélico sin sentido. Su nombre es John Rambo, un engranaje perfecto para la guerra desubicado en una sociedad que está a punto de desdeñarle. El Sheriff Will Teasle sale de la comisaría afablemente, dando los buenos días a todo el mundo, hipócritamente feliz. Vislumbra cierta amenaza en el porte y aspecto de John. Le ordena subirse al coche. No tarda en culparle de mendicante y pordiosero. - ¿A dónde te diriges? - A Portland. - Eso está al sur y no al norte como dijiste. - Sólo quiero comer algo. - Hay un parador a 45 Km. de aquí. - ¿Existe alguna ley que me prohíba comer en este pueblo? - Sí. Yo. Teasle le repudia, ultrajándole y abandonando al pobre hombre en la otra punta del pueblo, insinuando que se vaya. Esto es el mundo y él una sola persona, todo lo demás llegó después, todos los sistemas siempre lo olvidan, que decía una canción de ‘La polla record’. El fascismo del poder. Rambo, porfiado y herido en su orgullo, reencauza sus pasos de nuevo hacia el pueblo. El Sheriff atisba la acción incrédulo y se dirige a él para detenerle. Es el principio de una contienda que no podrá ganar. Por cierto ¿sabíais que ‘Rambo’ en japonés significa ‘Violencia’?
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Ejemplo paradigmático de un erróneo concepto de algún malintencionado diseñador a la hora de crear un logo para un centro pediátrico de Virginia.
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A través de su mirada, M. Night Shyamalan ha encauzado la tradición filosófica y existencial hacia un excepcional pesimismo y fatalismo, desplegado en su vertiente más poética y sensible. Así ha podido recurrir a la diferenciación de sus propios designios para invertirlos y adoptar la manumisión a culquier regla impuesta, a lo que se esperaba de él tras ‘El Sexto Sentido’. Shyamalan ha sabido desplegar de este modo su fascinante cine cargado de quietud imperceptible, cristalizado en un tratamiento impecable acerca de la muerte, el amor, la soledad, la incomunicación y el sentido de nuestro propio destino. Su próximo proyecto confirmado es ‘Lady in the Water’, una inquietante fábula sobre un portero de un edificio (nada que ver con el de “un poquito de por favor”) que encuentra una sirena en la piscina del edificio, según ha hecho saber Movieweb. No esperéis una edulcorada y risueña arenga romántica homóloga a ‘Splash’, de Ron Howard, si no que Shyamalan atestigua, bajo un halo de misterio -el que rodea a sus películas-, que será un escabroso cuento sobre los mitos y las supersticiones. El guión está escrito por él mismo. Sam Mercer, bajo la productora Blinding Edge Pictures, será el productor de la nueva y esperada película de Shyamalan tras su fabulosa ‘The Village’. Una nueva oportunidad para demostrar su facilidad con la que sabe bucear en los bellos y desolados mares de lo eterno.
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jueves, marzo 24, 2005
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Hoy, Jueves Santo, la tradición católica celebra la muerte de Cristo, la pasión como bien ha dejado para la posteridad fílmica el ínclito rumí cristiano Mel Gibson. Pero hay otras conmemoraciones, en este caso paganas y heterodoxas, que avivan una afinidad para aquellos a los que la zambra y el embriaguez les motiva para profesar su dogma hacia la baraúnda tumultuosa, o lo que es lo mismo, la fiesta jaranera sin freno donde el alcohol es la deidad a venerar. Esto es lo que sucede en la Semana Santa Leonesa, en esta noche de Jueves Santo, donde miles de leoneses y potenciales odres llegados de toda España invaden el casco antiguo de la ciudad, el popular Barrio Húmedo, para celebrar el Entierro de Genarín, una romería que se determina por ser estridente, picaresca y de carácter beodo en todas sus dimensiones. Una procesión desplegada a la gloria de Genaro Blanco, más conocido como Genarín, un personaje de principios de siglo que ejercía de pellejero y que vivió en León. Era conocido por ser bajito, caricaturescamente feo, tunante artero, diletante de los lupanares (es decir, un putero en toda regla), pero sobre todo ha pasado a la historia era un gran borracho. Así de fácil. Un buen día, mientras se acercaba dando tumbos hasta la Avda. de los Cubos (una de las calles más populares de la ciudad), el primer camión de la basura de la ciudad de León le atropelló y acabó con su bulliciosa vida en marzo de 1929.  Cada año, como manda el ceremonial, la comitiva se desplaza desde la Calle de la Sal (siguiendo la liturgia de los 30 pasos, oratorias de romances e ingestión de grandes cantidades de orujo de la tierra) portando en las espaldas de los cofrades (ya mamados) un paso que acarrea un barril de orujo con una corona de laurel y velas hasta la Plaza del Grano, donde se prosigue con los romances y los desmedidas degluciones de orujo hasta que el hermano colgador de la cofradía de Genarín se encarga de escalar la muralla y colocar en lo alto una botella de orujo, queso, pan de hogaza y dos naranjas, que simbolizan el alimento para el espíritu de Jenaro, el Genarín. Entonces entona los siguientes versos: Y antes de ser declamadas para gloria de este mundo, siguiéndote en tus costumbres, pues nunca ganasteis lujos, bebamos a tu memoria una copina de orujo, que fue lo que más chupaste antes de ser difunto. Y así termina esta vía-crucis, con todo el mundo ebrio, brindando con orujo. Una entrañable fiesta, sin duda alguna, que muchos tachan de sacrílega e irreverente. Pero a los fieles de esta tradición “que les quiten lo bailao”. Si María Jiménez supiera de la existencia de esta romería, seguramente que no volvería a arrastrar el culo en el Rocío.
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Este atractivo... perdón, esta atractiva señorita de vuestra izquierda es Verónica Hidalgo, Miss España 2005. A la que más de una persona le ha sacado un parecido razonable a Deborah Ombres, a vuestra derecha. Con esos marcados rasgos varoniles, la joven más ‘guapa’ de este país según la elección de cuatro gatos dadivados y acuciosos (Concha Velasco –la del pis en las bragas a una determinada edad- quiso cobrar un cantidad desproporcionada por hacer de jurado) exuda hircismo de machote de pelo en pecho que muy bien podría encubrir con estrógenos y progesterona. Que parece un travelo, vaya. ¿Alguien le ha tocado la entrepierna para comprobarlo? Porque tengo mis sospechas. Yo lo siento, pero que me digan que esta nueva Miss España es la más agraciada (porque guapa muy guapa, no había ninguna) de entre las 46 que había, es de echarse a reír y no parar. Observando la deliberada superchería a la que se vio sometida la desheredada Mireia Verdú (Miss Girona), tal vez la más airosa de la gala, altiva y con cara de arrogante, expresando con su disimulado rictus la insufrible risa de lechuza que grazna de la cada día más execrable, aborrecible y repelente Rocío Madrid, uno se pregunta (ya hace años) cuál es el sentido de esta ridícula farsa de modelos desfilando, exhibiéndose con sus trajes regionales, en sugerentes bikinis y haciendo alarde de su superficialidad mental y pose de maniquíes y/o búcaros.
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miércoles, marzo 23, 2005
Con motivo del reestreno de 'La pasión', de Mel Gibson, otra vuelta de tuerca de olfato comercial, de mercantilización de una conmemoración sacra como es la Semana Santa, he recuperado de mi bandeja de entrada del Outlook uno de los mails más gloriosamente demenciales que recibí de un ultraconservador católico por mi crítica publicada en ‘La Butaca’ al filme del protagonista de ‘Arma Letal’ . He seleccionado el más elegante (y menos ofensivo) de la treintena que pude leer hace un año, el que me llevó a pensar que la gente; o bien vive en el absoluto hastío o bien se obstina en prescribir cuál debe ser la conducta social y la creencia común, coartando de esta manera cualquier libertad de expresión. Recibí misivas electrónicas tildándome de apóstata, cismático, blasfemo, mala persona, hereje, sacrílego y algunos injuriosos adjetivos que me dejaron atónito por la ferocidad encarnizada mostrada por muchos benévolos civiles que acuden devotos y píos a la Iglesia cada domingo, que creen y quieren hacer creer en la figura del Señor, pero que son capaces, en el fondo, de disfrutar de un espectáculo tan sanguinolento como los ‘gorehounds’ lo puedan hacer viosinando ‘Sardú’ o ‘Basketcase’. La acerba visión que este lector subvirtió bajo un halo de bondad y cordialidad ofrecida en esta arenga cogitabunda sobre un determinado credo, me hizo deliberar sobre la intransigencia ferviente a la que lleva tanta devoción. Decía así... Estimado señor crítico.
Se preguntará porque le escribo con dicho asunto, pero me parece importante intentar hacerle ver lo que me parece totalmente injusto, no ya como enamorado de la pantalla sino como persona que soy. Disculpe mi intromisión pero es un deber moral que ha surgido al leer su totalmente desacertada crítica de ‘La Pasión’, de Mel Gibson. He encontrado sus comentarios malintencionados, indignantes y desmedidos. Para quienes amamos a Cristo de verdad, no podemos compartir semejantes argumentos.
Con todos mis respetos, pero me parece que cuando usted vio la película se propuso intentar buscar algo con lo que afirmar todas las críticas infundadas que recaían sobre el film de Mel, en especial dos: el antisemitismo y la violencia (que usted tilda de ‘gore’) en esta portentosa pasión. Con respecto al antisemitismo, como puede serlo si el mismo Jesús era judío. Hasta en la película, un legionario le llama despreciativamente “judío”. Y respecto a la violencia, dos cosas, la primera que no hay la suficiente veracidad de las heridas que tiene Cristo en el film, es decir que deberían ser más todavía ya que eso es lo que muestra la sábana santa expuesta en Turín y científicamente probado que es de la época y perteneció a Jesús (y que seguro usted ni siquiera ha visto); y dos, no entiendo cómo le puede parecer violenta una película en la que sólo hay sangre de una persona (y que se ve claramente que es por AMOR) y mil veces menos cantidad de sangre que en películas que usted tilda de excepcionales y de “esplendorosa sinfonía de violencia”.
Con todo el respeto, he visto, por ejemplo, ‘Kill Bill’ por mi, dijéramos, “afecto cinéforo” a Tarantino y me parece una degeneración humana!!! No deberían dejar hacerle este tipo de película que SÍ fomentan la violencia entre los más jóvenes. Suerte que se trata de una película y no un hecho real como la Pasión, porque sino grandes asesinos de la historia se quedan cortos al lado de nuestro apreciado Quentin.
De ‘La pasión’, qué decir. Cabe destacar que es una película dura, muy dura, pero ¿ deja de ser realidad por ello? ¿Deja se ser verdad el desembarco de Normadía por muy terrible que fuere y nos lo cuente en la representación de Tom Hanks y Steven Spielberg? (Eso es violencia y gratuita puesto dudo que a uno se le vean los órganos en la batalla, aunque no dudo de todos los muertos y del hombre que sale, por ejemplo, cogiendo su propio brazo, etc etc). Eso es violencia fácil y no lo que nos muestra Gibson, ya que lo hace como un acto de Fe, para hacernos comprender que Cristo sufrió tanto o más de lo que nos muestra en la película por todos nosotros.
Finalmente, decirle, que yo no esperaba ver una gran película en ‘La pasión de Cristo’, pero sí una muy fiel visión de los hechos y la verdad es que me ha sorprendido demasiado. Sí, demasiado, puesto que tenía a un Caviezel no del todo elocuente en sus papeles como en “La delgada linea roja” o “Frequency” lo encontré (con mi total asombro, todo hay que decirlo) en el papel, es decir, ¡¡vi reflejado a Jesús plenamente!! En ningún momento me encontré al actor…. Cosa q no ocurrió con la tan afamada y admirada en la película Monica Belluci, encantadora actriz que actúa (nunca mejor dicho) pero no al nivel de otras de sus actuaciones, para mi gusto. Y destacar el papel de la Virgen, espléndida desconocida Morgenstein.
Muchas gracias por dedicarme unos instantes de su tiempo, si quiere, recibiré gustosísimo su respuesta.
Pd: Sinceramente, espero que se vuelva a ver la película e intente ver en ella, no a una película sobre Jesús con unos puntos y una crítica predeterminada, sino como una película, como una vida. Y le aseguró que verá lo que fue un hombre (que es Dios) que hace todo eso sólo porque ¡¡le AMA A USTED!! ¡¡Y sólo lo hace POR USTED!!! Verá que se siente mejor, le hará ver las cosas de una forma mucho más optimista y se encontrará consigo mismo. Pero lo más importante, le devolverá las ganas de volver a ser mejor persona. Que falta le hace.
Muchas gracias y espero que la vuelva a ver, como digo, sin complejos.
Espero ansioso su respuesta. Definitivamente, los muy cristianos se aburren. Si tenéis tiempo, leed mi crítica en el enlace y pensad en las palabras de este descerebrado.
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Parece ser que la nueva entrega ‘La jungla de Cristal’ va por buen camino para pasar a engrosar un nuevo título a la que sería tetralogía de uno de los héroes ‘ochenteros’ por excelencia: John McClane (sí, yo también lo quiero). Bruce Willis está muy predispuesto gracias a la burrada de dinero que le van a pagar, pero asegura que intervendrá sólo con la condición de que Ben Affleck (muy necesitado de un título taquillero debido a su incapacidad interpretativa y sus invariables fiascos) esté presente en la trama. El motivo de este despropósito es la amistad que une al alopécico astro con el joven actor desde que rodaron ‘Armageddon’. Y es que en el nuevo guión de ‘Die Hard’ presenta como novedad a un crecidito hijo de John y Holly Genaro como pieza fundamental de la acción. No se trata de especulaciones o rumores, ya que Willis está deseando volverse a meter en la piel del extravagante policía de Nueva York. También, y atentos todos, se rumorea (ahora sí) que el actor también está en negociaciones para llevar ‘Moonlighting’ a la gran pantalla. Como lo leéis, ‘Luz de luna’ al cine después de casi dos décadas. Cybill Shepherd, como es lógico, también se hace querer. Imaginad a unos decadentes Maddie Hayes y David Addison Jr. metidos en algún nuevo caso. Sería impagable. Lo que ya no sé es si Allyce Beasley dando vida a Agnes Topisto y Curtis Armstrong (al que hemos visto recientemente en ‘Ray’) como Herbert Quentin Viola también estarán en el filme.
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martes, marzo 22, 2005
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La gente se aburre. De eso no hay ninguna duda. No hay más que verme a mí. Lo que ya no es del todo convencional es la idea de congregar a 600 millones de personas para que a un tiempo definido salten al unísono con la finalidad de ¡¡cambiar la órbita del planeta!! No sé si esto es física y científicamente viable. Pero si quieres participar en esta necedad colectiva, el día 20 de julio de 2006, a las 12 horas, 39 minutos y 13 segundos (exactamente, porque si no, no sirve), puedes brincar con todas tus fuerzas en medio de la calle. A ver qué pasa. Posiblemente observes alguna extraña reacción de los viandantes que te rodean. Posiblemente, te miren como si fueras gilipollas. Posiblemente, estén en lo cierto.
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A partir de mañana, estas zapatillas se pondrán de moda. Que ya iba siendo hora ¿no?
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lunes, marzo 21, 2005
No me ha dado tiempo comentar nada sobre una de las previsibles evidencias que se dieron la semana pasada en el universo televisivo: la retirada de antena del programa ‘La azotea de Wyoming’. Y es algo que no quería pasar por alto en el Abismo. Supongo que a nadie le ha sorprendido la cesación en antena de este espacio. Estaba tan claro que nadie dudaba de que algo así se produjera, que hasta José Miguel Monzón, “El Gran Wyoming”, Guayo, era sabedor de su condena a la defenestración catódica. Y, vamos a decirlo ya, por propios méritos. ¿La causa? Sus contenidos, la falta de calidad, la carencia de alguna pretensión que despertará un mínimo interés, incentivos humorísticos, el cinismo y causticidad al que nos tiene acostumbrados el carismático presentador. Pero no ha sido así. Ya en su primer programa todo se intuía imperfecto, lleno de óbices para la consecución de un éxito perdurable. No se tenía muy claro cómo encauzar sus contenidos; un noticiario con una tal Notizia Ortiz, una hermosa joven sin muchos dotes para hablar, una rata de trapo con la voz de Moncho Alpuente necesitada de sentido y gracia, surreales monólogos de un descolocado Pedro Reyes, la incomprensible sección de Pepín Tre, los aburridos ‘sketchs’ protagonizados por el gran Tallafé y el hijo de Pepe Sacristán dejaron ver la carencia de gancho. Los ansiados cambios llegaron en seguida, pero no contribuyeron a la mejora, incluso se recurrió a la posterior contratación de Pablo Carbonell y Yup Barrera para dar un nuevo rumbo, un aire nuevo. También entró en juego la inclusión de un desmedido y algo cargante de gracia Flipy. Sin embargo, nada ha funcionado. Analizándolo, no se puede decir que sea inmerecida su supresión. Guayo y Rafael Galán (el director del programa) quisieron lanzar un ‘late night’ diferente, comprometido, que acudiera a la actualidad con un humor intelectual, astuto, ácido y sarcástico a la vez, con un sedimento social y una buscada fascinación por la contravención substancial de sus contenidos. Pero les ha salido un producto totalmente antitético, en las antípodas de sus pretensiones, como diría mi amigo Pedro Miguel “un verdadero truño”.  El abuso de la libertad, de poder hacer lo que les diera la real gana, les ha llevado a convertir su programa nocturno en una constante tertulia de amigos, de camaradas idealistas, partidistas y politizados a los que se les ha visto el plumero político en unas entrevistas inscritas en la total indiferencia, desprovistas de incentivos de ningún tipo, con el único objetivo de dispensar aburridas arengas subversivamente políticas o reportajes rayanos en el ridículo, en el humor bizarro sin gracia. Como paradigma, ver a Flipy en Hollywood, realizando una crónica sobre los Oscar de una estolidez ofensiva. Wyoming, que aún después de este sonado traspié sigue siendo el mejor comunicador, showman y presentador que tenemos, no ha estado a la altura de sus propias posibilidades, no se le ha visto a gusto con su programa, y lo que es peor, ni brillante ni resolutivo. Se le ha visto en todo momento fuera de lugar. Tampoco han valido las excusas, como la esgrimida por sus responsables escudando su baja audiencia en su día de emisión, cuya rivalidad les enfrentaba a 'Los Serrano' y ‘Aquí no hay quien viva’, las dos series con más audiencia de la televisión actual. Cuando lo han cambiado ha obtenido incluso una pésima audiencia. Quizá el problema reside en que esperábamos un nuevo ‘El peor programa de la semana’, uno de los mitos catódicos de los últimos años y nos hemos topado con un peor programa de verdad, en el sentido literal de la palabra. Una lástima que no haya aprovechado esta gran oportunidad.  Para finalizar, en otro contexto radicalmente diferente, también han vedado en Antena 3 la vacua propuesta 'La vida es rosa', un pretencioso intento de sofisticar la basura que supone este tipo de ejercicio profesional tan execrable como prescindible que es la prensa rosa, amarillismo depauperado, injurioso y ofensivo a cualquier mínima inteligencia. El tono 'light', amigable, respetuoso, de “mira qué ‘guays’ somos” que han mostrado la veteranísima (por no llamarla vieja) Rosa Villacastín y la petulante Olga Marset (esta chica salió del periodismo salmantino –quién te ha visto y quién te ve, mona-) ha sido sólo un broquel para encubrir los propósitos que encierra esta innoble rama informativa atañida a la mierda de personajillos risibles, de famosos de serie Z, de vulgares asesinos de toros, de copleras de tres al cuarto, subcultura barata y cutre, de la que se nutren estos espacios del corazón que tienen en ‘Aquí hay Tomate’, ‘Salsa Rosa’ y ‘¿Dondé estás corazón?’, el ejemplo de la deyección televisiva de este moderno bodrio periodístico que tanta audiencia recopila en su inagotable montaña de inmundicia visual. Aún alegrándome por el mal de unas y sintiéndolo mucho por el mal de otro, como está estipulado en el ‘show business’ que es la actual Caja Tonta: “The Show Must go on”.
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Pues sí, amigos. La frase del titular os tiene que sonar familiar. No hace falta decir de qué. John DeLorean, el diseñador del coche de 'Regreso al Futuro', cuyo diseño despertó el sueño automovilístico de una generación familiarizada con ese bólido de singulares puertas y del que todos queríamos que incluyera entre sus prestaciones y condensador de fluzo, ha muerto a los 80 años el pasado 19 de marzo. Tan sólo 9.000 unidades se fabricaron de este DeLorean DMC-12. No obstante, obtuvieron carácter de culto al ser adoptado como máquina del tiempo en la trilogía 'Regreso al Futuro', firmada por Robert Zemeckis. Como curiosidad, a Johnny Carson le pillaron en un DeLorean cuando conducía bajo los efectos del alcohol. Y es inmensa la lista de famosos y anónimos que tienen esta pieza de colección en su garage. Según la prensa, DeLorean cayó en desgracia cuando fue arrestado en Los Angeles por intentar vender cocaína por valor de 24 millones de dólares (ahí es nada) para salvar a su empresa de la quiebra. Fue declarado inocente después de demostrar que los agentes le incitaron a cometer el delito. Desde luego, en esta vida hay una película a lo ‘Confessions of a dangerous mind’. No digáis que no.
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domingo, marzo 20, 2005
Dentro de la vorágine de bagatelas catódicas que se ven en la actual y virulenta televisión existen pequeñas joyas que merece la pena avivar, fomentando nomotéticos mitos que nacen para el regocijo colectivo. Espacios en los que la carcajada más grotesca puede brotar en el momento más inesperado. Desde hace varias semanas, en el canal 53, ese que acostumbra a emitir pornografía mientras cientos de números de teléfono y mensajes tipo chat inundan la pantalla, se produce a largo de las pausas de frenesí sexual, un acontecimiento glorioso: El carismático y divertido Rafa Basa, una de las más veneradas y veteranas bestias del rock radiofónico, anuncia el nuevo disco de los Judas Priest. Y de qué forma, amigos. Gracias a ese weblog de recursos inacabables que es Viruete, pude llegar hasta el vídeo en cuestión y de disfrutar una y otra vez del ‘spot’ más acojonante que hemos tenido la oportunidad de ver en años. Nunca una promoción fue tan efusiva y rutilante. No hay palabras para describirlo. Sólo hay que verlo para entender su grandeza.
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 El viernes, acompañado por mis más terroríficos recuerdos infantiles intrincados en mi memoria, tuve la oportunidad de reencontrarme con ‘La Residencia’, del menestral demiurgo, mayoral del cine de género fantástico en España, Chicho Ibañez Serrador. Volví a descubrir un filme impecable, armonioso, de una insultante sutilidad que maneja los hilos del terror con innovación y destreza con vocación de clásico, de cine inalcanzable. Tanto, que hoy resultan inaccesibles para los nuevos realizadores. Ahora somos meros discípulos que alumbramos rudimentarias menudencias al lado de ‘La Residencia’ y ‘¿Quién puede matar a un niño?’, los dos únicos filmes de nuestro propio tótem del escalofrío. Si los americanos tuvieron el placer de favorecer el talento de un gordo inglés pervertidamente oscuro apodado ‘el mago del suspense’ y una referencial serie, tenebrosa y escalofriante, sobre los instintos y miedos básicos con el nombre de ‘Twlight Zone’, en este país de decadencia icónica deberíamos venerar y exaltar la figura del gran Chicho. En esta sociedad ibérica tan olvidadiza e ingrata en la que vivimos, habituada a encomiar la mugre y lo zafio, castrada de genialidades y necesitada de nuevos designios tanto artísticos como fílmicos, no valoramos en su justa medida estos dos testimonios históricos en nuestro cine, formalizados en dos prototipos de desgarradora fuerza y maestría plena, de un discernimiento de la narrativa enaltecida a un nivel superior. ‘La Residencia’, es una pesadilla gótica que, lejos de parecer una obra primeriza, un arriesgado debut de un genio en ciernes, se revela como una preceptora obra de contención, de una sutileza encontrada en la búsqueda por evitar la truculencia, asentada en su deliberada lejanía conceptual en cuanto a su indefinido origen geográfico que transporta al espectador a estado de tensión constante, acopiando el drama y el terror en un muestrario de depravaciones que van amplificar el estado de ésa angustia, atmosferizando lo insostenible. Todo está ahí; la mórbida perspectiva del lesbianismo, la crueldad sexual del sadomasoquimo, la necreofilia, la turbia e incestuosa tortura, la espeluznante represión moral y espiritual que sale al exterior en forma de iniquidad. Todo ello reflejado con una intencionalidad soterrada asombrosa. Regresé a ese sueños de infancia, sentí cómo me recluían forzosamente en el Palacio de Comillas con la opresora Señora Fourneau (Lilli Palmer, siempre presente en el subconsciente colectivo), compartiendo espacio y tiempo con Irene, Theresa, Isabel, Pedro Baldie, Brecherd y el pervertido Luis. Volví a observar con afección lasciva a esas pobres chicas ducharse con el camisón puesto, con sus transparencias húmedas que tanto me perturbaron cuando era un crío de 6 años. Recuperé con un nuevo enfoque el asesinato en el invernadero, ese prodigioso ralentí en el corte antes de sesgar un cuello, subrayando el horrible instante o el castigo físico y las miradas cautivas de un cabrón salido. Sin golpes efectistas, sin sustos, haciendo que el clímax se alcance con un contexto enfermizo que va obstruyendo y asfixiando su insoportable atmósfera, sabiendo fusionar su fúnebre éter en contraste con la ingenuidad y candor que expelen sus jóvenes protagonistas.
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sábado, marzo 19, 2005
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Cómo ser Charlie Kaufman El dúo Spike Jonze & Charlie Kaufman propusieron con ‘Adaptation’ una genial y transgresiva cinta sobre la dificultad de adaptar una novela imposible de llevar al cine. El miedo al folio en blanco por parte de un escritor, de un guionista o de un artista, en definitiva, de un creador, es uno de los mayores infortunios que cualquier pluma pueda sufrir alguna vez. El vacio mental al que se somete la creatividad, el fracaso de la responsabilidad que desafía a las limitaciones de un autor junto al miedo inculcado al fracaso y el temor a soñar son los ejes de uno de esos extraños e inusuales trabajos totalmente libres, desconcertantes e inimaginables en un mundo tan exiguo de ideas como lo es Hollywood. En un campo creativo cultivado de remakes, superproducciones y formulismos baratos a favor de la taquilla nació ‘Adaptation’, un revolucionario producto de ese transgresor y preceptor de causas perdidas llamado Spike Jonze. Una incatalogable cinta de ilimitada inspiración donde el metalenguaje cinematográfico alcanza una insólita cima de innovación y eficiencia. La historia comienza en el plató de la extravagante ‘Cómo ser John Malkovich’, anterior trabajo de Jonze, donde conocemos al guionista Charlie Kaufman, un hombre inseguro, tímido e incapaz de expresar todo su complejo mundo interior que está a punto de sufrir un bloqueo creativo. Este bloqueo se presenta justo en el momento en que su productora le presenta un nuevo libro para ser adaptado al cine, ‘El Ladrón de Orquídeas’, basado en la relación verídica de la escritora Susan Orlean con John Laroche, un entusiasta conocedor de orquídeas que busca la especie conocida como la ‘Orquídea Fantasma’. ‘Adaptation’ desarrolla la vida de un guionista que termina escribiendo su propia experiencia ante la imposibilidad de poder adaptar un libro, que es en realidad la cinta que deberíamos estar viendo.  Con una extraordinaria estructura en la que se aluden aspectos pocas veces tratados en un argumento, guionista y director proponen una historia en principio profusa debido a sus ejes temáticos, los cuales franquean las múltiples tramas que traza el enloquecido juego de realidad/ficción, pero simplificado en la idea de que la adaptación no sólo expone su sentido en la traslación de una novela a un guión de cine, sino que va más allá al tratar la teoría de Darwin sobre la evolución de las especies mediante su adaptación a las condiciones del medio ambiente, del proceso de ajuste a la vida que cada uno le toca vivir. ‘Adaptation’ revela, bajo su insólito y maravilloso núcleo, la necesidad de desenvolverse del ser humano con su propio medio, de ajustar sus deseos a lo que realmente se necesita, de trasformar (como bien dice uno de los gemelos Kaufman) lo que se quiere en lo que se es. Charlie Kaufman juega a convertirse en su propio Doctor Jeckyll y Mr. Hyde (desdoblándose en un hermano gemelo llamado Donald) para transformar en ficción sus propios ideales creativos, aquello que se pretende como autor en lo factible que da dinero, una realidad que envuelve la falta de ideas originales en la disposición a la que conlleva la comercialidad en el cine. Una devastadora crítica inmersa también en el propio esqueleto del guión, con un insólito y grotesco final donde la historia de los gemelos Kaufman, la de Susan Orlean y la de John Laroche se fusionan en un demencial surrealismo en el que hace aparición la droga y el sexo, una persecución, una buena dosis de acción, un cocodrilo asesino y la muerte con lección moralizadora que conforman el prototipo de guión que Charlie Kaufman detesta en la descripción del prólogo y que ha escrito su hermano Donald.  En el fondo, ‘Adaptation’ no es más que una burla ácida e irónica a los finales a los que nos tiene acostumbrados la gran industria norteamericana, que siguen los roídos elementos de prehistóricos maestros del análisis del guión como Syd Field o el aludido en el filme Robert McKee. El guionista aboga con ello por una brutal y honesta autenticidad sobre algunos de los inconvenientes que conllevan la escritura y su esencia: la soledad, el sometimiento al que se doblega el autor al trasladar una obra inclasificable a la gran pantalla, la libertad del creador reducida a los designios del ‘mainstream’ para su comercialidad. Un enfrentamiento entre la inteligente desvergüenza creativa y el objetivo máximo de la industria, descubierto en los dos estrambóticos hermanos Kaufman, contrapuestos y unidos, separados y completados en ese desenlace donde todo toma sentido, donde las tres historias, las dos películas, se funden en una sorprendente y extraña resolución llena de sentido cinematográfico, de pura lucidez artística que resume que la vida no es arte y que los personajes del guión que están describiendo son sólo componentes narrativos. Si bien es cierto que tanto Jonze como Kaufman recorren peligrosamente la línea que delimita la genialidad con la autocomplacencia exacerbada en su mordaz disertación sobre las circunstancias que determinan su angustia en medio del convulsionado entorno social (reflejado irónicamente en la afición onanística de Charlie, evasión perfecta del perdedor), el resultado es una enloquecida dicotomía de verdad e ilusión con flashbacks imposibles. Una obra de dimensiones trascendentales dentro de la innovación guionística del cine actual. Los personajes descritos por Kaufman y tan bien moldeados por Jonze están meticulosamente descritos en el ajuste a sus propias obsesiones dentro de un puzzle psicológico llevado al extremo, excediendo todo tipo de combinaciones narrativas.  La aportación de todos y cada uno de los intérpretes, desde el efectivo Nicholas Cage pasando por la siempre brillante Meryl Streep y sobre todo el descomunal talento de un ‘oscarizado’ Chris Cooper, reflejaron que el joven cineasta no sólo mueve a la perfección su ambición por narrar algo diferente y ambiguo, sino que demostró su talento por la dirección de actores. A pesar de que el reconfortante segundo trabajo de Jonze reformuló su género en delirantes momentos de comedia, ‘Adaptation’ no lo es. La (hasta el momento) última genialidad del tándem Kaufman & Jonze fue una espléndida, hilarante, original, confusa, perspicaz e incisiva visión del universo del guionista creada como guiño a un espectador que, desde hace muchos años, fue tratado como público especulativo e inteligente.
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viernes, marzo 18, 2005
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En el ‘mondo freak’ se han destacado, a lo largo de su extraña y sinuosa historia, muchas de las figuras de culto o grotescos personajes de los que que hoy algunos pocos conocemos o hemos oído hablar alguna vez y que pasarán, obligatoriamente, por el Abismo (ya es hora de que recupere mis fetiches fílmicos más bizarros). Podría enumerarlos, pero haciendo honor al protagonista de este post, voy a ser sucinto y breve. Hoy rescato de mi retentiva ‘freakie’ a un titán de menos de un metro de estatura que, a finales de los 70, intentó convertirse en un héroe de acción proscrito a su país de origen, Filipinas. Por supuesto que no tuvo éxito, pero sí traspasó fronteras por lo exótico de la operación cinematográfica. Me refiero al grandiosamente liliputiense Weng Weng, un menudo hombre (el actor más pequeño de la historia junto a Verne Troyer) todo esfuerzo e ímpetu, que sabiendo de sus limitaciones como estrella interpretativa, encumbró su propio mito por encima de cualquier concesión al tópico, ofrendando un pequeño clásico de la serie Z basado en un insólito ‘made him self’.  ‘For Your Height Only’, es una película de Eddie Nicart erigida para la gloria de nuestro minúsculo héroe, que interpretó al Agente 00, un superespía bajito, vestido elegantemente de blanco (look que luego relumbraría Sonny Crockett en ‘Miami Vice’) carismático y resultón poseedor de todo lo que un héroe aspira a tener: sagacidad, intrepidez, desvergonzado atrevimiento y un ‘sex appeal’ que hacía que cualquier fémina cayera rendida a sus reducidas piernecillas. La historia bebía de una fuente como eran las películas de James Bond. Un intento de asesinato sobre el miniagente nos revela, de entrada, que Weng Weng trabaja para la INTERPOL. Se advierte en seguida que todos consideran al agente de reducida estatura como un temerario aventurero. La misión: aprisionar a Mr. X, un irascible terrorista enmascarado tras una capucha que lanza un despiadado ultimátum amenzando con empezar a aniquilar a la población filipina si no recibe una cuantiosa suma de dinero (cuantiosa en Filipinas, ya que en aquel momento, al cambio, la suma ya era ridícula). A lomos de una espectacular Honda Accord ajustada a su tamaño (en realidad una moto Febber de esas que todos hemos anhelado en nuestra niñez), Weng Weng subsistirá ante el peligro sobreviviendo a una ardua experiencia que tiene como resultado una encarnizada lucha con Mr. X. Antes de ello, siendo coherentes con el género, no se podía omitir el ineludible catálogo de armas secretas, recalcando un inolvidable ‘sombrero-sierra’ dirigido con un mando a distancia, un reactor a propulsión en la espalda (mítico) o una ultratecnológica ‘sombrilla paracaídas’, que le permitía arrojarse desde un rascacielos sin que le pasase nada. Cabe que destacar dos delirantes secuencias; la primera, derivada de un cómico altercado que da como consecuencia una pelea de kárate en una escuela de instruidos y violentos karatekas que perecen ante el curtido enano, que se hincha a dar hostias a diestro y siniestro. Otra, en su final, cuando los malvados le capturan no le torturan ni amenazan, sino que recluyen en una ridícula jaula de loros. Un clásico impagable.
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En mi ronda habitual de solaz lectura por la red, he dado tumbos de Coming Soon a Filmfocus (aunque después también lo he visto en Hijotonto) para descubrir un enlace que me ha llamado la atención. Supone la ruptura de silencio de Quentin Tarantino hablando sobre sus propósitos y la actualidad que le rodea. Parece ser que con las desavenencias entre los 'Miramax Bros.' Weinstein que acabaron con su lucrativa alianza con Disney han dado como resultado la creación una nueva etapa en la vida de los poderosos Bob y Harvey. Y para ello, emprenden su itinerario fílmico como autónomos con lo que no vimos de ‘Kill Bill’ en sus Volúmenes 1 y 2. , un sorprendente reestreno con alguna que otra sorpresa. La veremos retitulada ‘Kill Bill: The Whole Bloody Affair’, tal y como la concibió en su génesis Tarantino. El díptico de Quentin se exhibirá ensamblado en una sola, las dos partes en una, con todo lo que se vio en la versión oriental y que nos perdimos en Occidente por culpa de la censura y la regulación de contenidos. Ya se sabe que la Disney jamás hubiera permitido una película de su factoría con el NC-17 en el código moral e hipócrita de la MPAA. Tarantino se ha pronunciado ante las noticias que ubicaban al director en las nuevas entregas de las sagas de Jason Voorhes o James Bond. Nada de nada. Ni dirigirá una nueva ‘Viernes 13’ ni el ‘Casino Royale’ de James Bond. Tampoco ese episodio de ‘CSI’ que tanto se ha comentado. Esto quiere decir que es algo ordinario que este ciclo de rumores siga filtrando murmuraciones de toda índole entre trabajo y trabajo. Asimismo cuenta que su ilusión futuro sigue centrada en dirigir una película de artes marciales en mandarín. Pero lo que es seguro es que su próximo filme será ‘Inglorius bastards’, su añorada película de cine bélico con un grupo de soldados durante la II Guerra Mundial como protagonistas. Para terminar, Quentin habla de sus películas favoritas de este pasado año. No duda en destacar a ‘Shaun of Dead (Zombies Party -en su ridículo título español-)’ como la gran película de 2004. Así como (ojo) ‘La pasión de Cristo’, ‘Dos colgaos muy fumaos’, ‘Los increíbles’, la asiática 'Old Boy' y esa extrañeza rusa llamada 'Nightwatch’, destacadas en su ecléctico muestrario de gusto cinéfilo. También persiste en su idea de no seguir rodando películas por las que no sienta necesidad de filmar, palabras que originan el rumor que apunta a que tras ‘Inglourius…’ Tarantino podría volver a tomarse una de esas larguísimas vacaciones a las que el cineasta nos tiene acostumbrados. Como colofón cerciora que a los 55 se retira. Veremos si es verdad. Prisa por dirigir películas ya ha demostrado que no tiene.
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jueves, marzo 17, 2005
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Existe cierta propensión por parte de algunos políticos (aunque yo me atrevería a aseverar que todos) por concebir que los votantes, los ciudadanos de a pie preocupados por otras cosas que no de sus risibles actuaciones, somos gilipollas. Muchos de ellos utilizan una desvergonzada táctica sustentada en el ‘buenrollismo’, en desplegar una impuesta y forzada simpatía, simulando ser unos individuos cordiales, simpáticos y con un ilimitado sentido del humor. Curiosamente, en este apartado de singularidad política, el asunto lleva consigo una circunstancia que suele promover una inquebrantable dualidad; todo aquel que se hace el enrollado termina pareciendo un imbécil o un inculto. Quién no recuerda el clásico “jóvenes y jóvenas” de Carmen Romero, las pifias mentales de Rosa Conde (me vienen a la memoria las imitaciones de Buenafuente en el añorado ‘Al ataque’), la “famosa pintora Sara Mago” de aquella incipiente humorista que fue y es Esperanza Aguirre, del “espinazo de cerdo en la sopa” de Celia Villalobos, la fluidez verbal de Ana Palacio, las palmaditas en la espalda de Gaspar Llamazares cuando alguien le pregunta algo, el ‘Bilbado’ que soltó el grotesco Aznar en un mitin, la impuesta y simulada simpatía de Trinidad Jiménez. Y tantos y tantos otros... La moda consiste en resultar fraterno con lo ‘guay’, con esa actitud de ‘soy moderna’, del ‘antes muerta que sencilla’ se ha ejemplificado con la ministra de cultura Carmen Calvo, que hace un par de días (el viaje a Madrid me aisló del mundo) soltó la frase del mes: “...esta ministra que antes de cocinera, fue fraila” ( escuchar). Puede que haya sido un traspié lingüístico. Tal vez. Un fallo a la hora de conferenciar lo tiene cualquiera. Por eso, esta cómica disposición a caer bien y a improvisar le ha costado a la ministra que los aburridos críticos conservadores y fachillas se le hayan echado encima. Y se lo merece, qué cojones. Y es que el acervo cultural no entiende de errores. Y esto le ha pasado por hacerse la graciosa, por improvisar, por optar hacia una apostura de donaire, por querer aglutinar apegos de distintos estratos, por esclarecer desde sus comienzos que es ‘muy fan’ de Metallica y que es ‘heavy’ hasta la médula. Por ser una ‘bienqueda’ con todo el mundo. Y lo extraordinario es que disponiendo una musiquilla de moda y una letra a lo María Isabel, la frase “Antes que cocinera, fui fraila” resulta perfecta para una canción. Quién sabe si podría ser la que nos llevara definitivamente a ganar Eurovisión.
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miércoles, marzo 16, 2005
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Recuperado de dos días frenéticamente oligofrénicos, llenos de sorpresas, reencuentros, viables éxitos y el mejor y más caluroso pase de ‘El límite’ (nunca en ninguna proyección hasta el momento hubo tan buen ambiente) vuelvo al automatismo del Abismo con la conquista madrileña a mis espaldas, agradeciendo, ante todo, el aluvión de buenos comentarios, observaciones y críticas que se vertieron el pasado lunes tras la proyección del cortometraje en su esperada muestra en la capital. La gente de Madrid me quiere. Antes del cortometraje, y después de una conversación semiexistencial con el socio de mi productor y amigo, en la que llegamos a un estado de negatividad insultante hablando del actual enclave del cine español, consumando los casi cien minutos en dos palabras: decepción y estulticia, casi no llego a mi propia puesta de gala al pasar la tarde compartiendo las desinhibidas risas y carcajadas con Jorge y Zapa, entusiasmados sectarios del ‘Grand Theft Auto: San Andreas’, un juego tan adictivo como sugerente, tan violento como perfecto, un excepcional trabajo dentro de su género, una joya del ocio para consola que está teniendo problemas por su contenido debido a una mala gestión (nadie se aclara) con su regulación de contenidos para impedir el acceso de los menores. Así, durante más de tres horas, entre cerveza y cerveza, convertimos al inmenso negrata que Jorge había confeccionado como indestructible ‘alter ego’ para su ‘gang action’ en un esperpéntico fantoche acicalado con unos calzoncillos de corazones, una camiseta de tirantes, unas chanclas, un sombrero de leopardo con ala y, para más socarronería, unas gafas de carnaval con nariz postiza.  Todo ello, portando un miembro de goma en forma de falo conseguido en las duchas de la comisaría de policía. En plena acción, en plan Travis Bickle, por una ciudad construida al milímetro para la expulsión de adrenalina visual. Suena surreal, pero este juego es el remedio más original, ‘cool’ y extraordinariamente divertido para liquidar el aburrimiento de la vida real. Aunque la vida real sea tal vez más divertida, a tenor de una joven que iba gritándole por teléfono improperios casi blasfemos a un interlocutor desconocido, ofreciendo un espectáculo bastante lamentable cuando salimos a toda prisa hacia la calle Arenal. Nunca había estado en el Palacio de Gaviria, un espectacular y señorial antro bastante inasequible construido en 1846 por orden del banquero Manuel Gaviria y que está inspirado en el Palacio de los Farnesio, de Miguel Ángel. Trece salones de diferentes ambientes conectados entre si, que sirven como cúmulo de ambientes en un discoteca imponente y monumental, muy del estilo de las cámaras victorianas que recorre Tom Cruise en 'Eyes Wide Shut' escondido tras una máscara. Una pena que el lunes no sucediera lo mismo y en vez de asistir a una orgía sectaria vestido con capa, simplemente lo hiciera a la muestra de tres cortometrajes, entre ellos el mío. No tuve que mascullar a nadie la palabra “Fidelio”, pero a cambio la ya célebre y atractiva Mar Muro, un encanto de mujer con muchos encantos, retribuyó mi presencia con dos invitaciones para sendas consumiciones. Y dados los escandalosos precios (que más que precios eran hostias al bolsillo del respetable), fue una suerte poder mojar el gaznate con un frío néctar, sea de la clase que fuere.  Nuestra sala era bastante amplia con capacidad para una multitud entregada a las tres piezas, pero no lo suficiente como para evitar una aglomeración condensadora de un calor intolerante, en paridad a una granja de pollos reconvertida en un público sudoroso. Al igual que los cortos ‘El círculo’ y ‘Esto no es una pipa’, de Mariano Gómez (un tipo simétrico a Jaume Balagueró) y Jaime Goéz (simétrico a Fito Paez), respectivamente, el pase de ‘El límite’ no sucumbió a la indiferencia y gustó bastante, reconociéndonos el duro esfuerzo vertido en un proyecto que ha tardado dos largos años en poder verse en Madrid. Cautivó a las personas que me incumbían, a las que no, a gente del medio cinematográfico, a espectadores ocasionales… Lo más destacado de una ceremonia llevada por una anfitriona incondicional de la equivocación verbal, fue la posterior e improcedente sesión de ‘show’ cómico alentado por mi absurda capacidad de transformarme en un Chevy Chase de tercera, respaldado por mis acólitos que, ajenos al sentido del ridículo (Amable derribó la pantalla donde se proyectaban los cortos), desacreditaron el acto con unas nada ingeniosas preguntas, lances burlescos y peticiones de imitación en un episodio chocante y anormal, un poco como yo, como mis amigos, como el evento en sí, discontinuo entre los tres trabajos para que la gente consumiera. Os aseguro que ha sido el pase con más energía positiva de los que se han producido. Y, desde mi punto de vista (demasiado subjetivo y partidista), el más divertido. Después, la fiesta fue perdiendo adeptos con tempranos quehaceres diarios que se abstuvieron de dejarse llevar por la dipsomanía madrileña; estuvieron parte de mi equipo (incluido Raúl Prieto y el compositor Darius Palomo), el foro de la bestia, los Bernales, amigos comunes a todos, los Alvariño (por cierto, con la gran noticia de que Javi estará en el equipo de dirección artística de ‘El laberinto del Fauno’, de Guillermo del Toro), Eugenio Mira & Co, la grata sorpresa de ver a los salmantinos RSP y Marta venidos desde aquí, algún Moviden que otro, Frunobulax, Perillas y esposa, todos ellos acompañados por rostros que tiene que ver con mi vida pasada y presente. Pero, al contrario de lo que yo pensaba, Madrid tiene vida nocturna, con fauna amiga de la fiesta y el desahogo alcohólico. De todos los que comenzamos el pequeño gaudeamus cervecero, logramos llegar al divertido etilismo noctívago el gran Tocho (2’04 de buena persona), el enloquecido Zamanillo (el coordinador de efectos del corto, también en peregrinación desde Charrilandia) y Ginés, el arreglista de Roque Baños, un individuo encantador que sólo al final de la noche se arrancó a contar anécdotas y trabajos junto al mejor compositor que hay en España. Una cogorza bastante mítica y lisonjera difícil de olvidar. Zamaphex Twin, con su bocata y su Cola-Cao.Acabamos más allá de las 7 en un bar, reponiéndonos del pedal con un surtido de desayunos más típicos de desatinados y perturbados gourmettes que de personas normales. Somos ‘freaks’, hay que asumirlo de una vez. Como última anécdota, ayer, después de una conversación existencial sobre el cine y la vida con Mikel Alvariño y Eugenio Mira, estuve a punto de perder el tren por el famoso edificio Windsor, al permanecer cerrada la puerta de acceso al metro que normalmente utilizo. Varios kilómetros corriendo y sudando, sintiéndome como un infame adiposo detrás de un pastel, por fin pude regresar a este orbe universitario. Algún día contaré cómo un paleto con camisa de rayas consiguió, con un inglés de primaria, engatusar a dos curvilíneas extranjeras sin nociones de español en pleno viaje. Deplorable situación. Por supuesto, no podía faltar un albúm de fotos de la noche en que Madrid recibió nuestro cortometraje con los brazos abiertos en una emocionante velada. Y aquí un vídeo recuperado del momento que, a pesar de su sonido, refleja perfectamente el ambiente allí vivido en una noche que pasará con letras de oro a mi memoria, a la del equipo de 'El límite', a todos los que allí se dieron cita.
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Extravagante y radical cine fantástico Eugenio Mira debuta con una arriesgada propuesta personal que mezcla varios géneros de forma ambigua y oscura sin perder la autenticidad de unos designios intachables. Lo primero que llama la atención después de haber asistido a este rotundo y temerario primer trabajo de Eugenio Mira es la sensación de extrema heterogeneidad, riesgo y libertad con la que se ha llevado a cabo una producción totalmente alejada de los cánones que aniquilan cualquier intención de cambio del actual cine español. Lejos de doblegarse a una corriente definida, ‘The Birthday’ se sitúa en una quebradiza línea de contingencia genérica, buscando un provocado efecto de ambigüedad en una historia totalmente frenética y delirante bajo la cual se esconden muchos de los designios cinematográficos que la apartan de un cine pretendidamente comercial, pero que a su vez, ofrecen un tiovivo de sensaciones a diversos niveles artísticos y estéticos. Un logro que sitúa a este extraño producto en el polo opuesto al cine que estamos acostumbrados a ver en España. La independencia o la autoría en el mundo del cine siempre ha sido un tema bastante difícil de definir. Muchos se han adelantado a calificar esta ‘opera prima’ como una futura obra de culto e incluso como “película maldita”, pero lo cierto es que aunque ‘The Birhtday’ esté concebida fuera de los parámetros industriales, erigida desde una mirada conceptual al cine de los 80 más comerciales, referenciando los tópicos y singularidades de la nostalgia de determinados ‘blockbusters’, este primer paso en el mundo del largometraje de Mira le descubre como un cineasta capaz de aportar una innovadora mirada sobre el género fantástico y sobre el cine en general, desde un punto de vista según el cual pueda crear, intencionadamente, un universo con códigos propios, dignos de un visionario en ciernes, de un autor aislado de cualquier moda.  La historia de ‘The Birthday’ arranca en un pequeño hotel de Baltimore, Estados Unidos situándose en 1987. Con esto, Mira (que coescribe el guión con el gran Mikel Alvariño) gravita en una idea de relegación sobre lo que podemos determinar como territorialidad, obviando de lo preconcebido, lo fácil y recursivo para singularizar un alejamiento en el espacio y el tiempo que resulta enriquecedor para la historia y para la memoria nostálgica del cinéfilo generacional a la que aluden ambos guionistas. En ese minúsculo hotel constituido como claustrofóbico y siniestro entorno, Norman Forrester, un anodino e inseguro joven, pretende caer bien a la familia de su petulante y engreída novia, Allison, durante la fiesta de cumpleaños de su padre. En el proceso, Norman sufrirá una brutal y apocalíptica experiencia que empieza con el reencuentro de un antiguo compañero de instituto y una fiesta anexa y la irrupción de un grupo de paracientíficos en busca del origen del fin del mundo. Norman, maleable y quebradizo, ofuscado en no perder el amor de su vida, evolucionará hasta superar sus miedos y complejos para convertirse en el pequeño héroe de una trama que transcurre a caballo entre las dos plantas donde se ubican las fiestas, un siniestro sótano, el recibidor, el ático y, sobre todo, en el recurrente ascensor.  ‘The birthday’ empieza como una oscura ‘screwball comedy’ en la que el joven Norman pretende recuperar el amor de su déspota chica, con un voluntario acercamiento al humor ‘teenager’ que en seguida abandona para avanzar evolutivamente hacia una seriedad genérica de comedido efectismo, pasando a un inquietante terreno que camina entre el ‘thriller’, el terror y el cine fantástico. Toda una empresa a priori inabarcable, pero en la que se demuestra nada es casual y todos los elementos, por aparentemente insignificantes que parezcan, son necesarios para crear la experiencia que supone para el espectador seguir en tiempo real a un personaje, el gran reto de Eugenio Mira en su primera película. Esta constante proximidad a Norman, que está en todos y cada uno de los planos de la película, supone un ejercicio de equilibrio que, en algunos de sus momentos (sobre todo aquellos en los que se indaga en la relación de pareja) parece descompensarse a tenor de la duración final que se ha visto hasta ahora de la cinta. La única asimetría perceptible en esta versión de ‘The Birthday’ es el acometimiento asfixiante de esta trama de ‘real time’ que Mira prolonga con alguna aparición intencional de tiempos muertos y dilatación en secuencias de encuentros y desencuentros amorosos entre Norman y Alison (en su consecuente subtrama), concibiendo el ansia del espectador porque suceda algo, en una extraña sensación de descenso de interés sólo mantenido por los envidiables recursos de un guión en el que los diálogos son más que sobresalientes.  Pero es sólo un trance pasajero, ya que en el momento en el que la historia devela su verdadera naturaleza maléfica y de corte ‘fantastique’, ‘The Birthday’ adquiere una dimensión de engrandecida potencia visual y narrativa, arrolladora, que recurre a la destreza cinematográfica para condensar la insólita emoción de una cinta decididamente radical, en ideología y pragmatismo. La obra debut de Mira es un extravagante filme surgido del subconsciente y de las obsesiones de un autor fascinado por la deformación de la realidad, por un cine perdido y nostálgico, una película tal vez demasiado arriesgada, pero valiente y temeraria, que vislumbra desde un punto de vista fantástico aquellos tópicos de un cine que perdura en la nostalgia de una generación que creció al amparo de Spielberg, Landis, Joe Dante, Zemeckis y un largo etcétera, y que, sin embargo, se muestran de forma subrepticia, evidenciando una propensión estética y formal a los preceptos de cineastas como David Cronenberg y David Lynch. Dos poderosas influencias en la personal mirada fílmica de un Eugenio Mira que sabe desarrollar su película en dos (y hasta tres) tiempos perfectamente definidos, que discurren con ritmo templado, a veces fluctuando demasiado en un género o en otro, pero estabilizando su propuesta en la suicida contraposición de sensaciones intensas y desconcertantes que recuperan el ‘feeling’ de una serie tan mítica como la ‘Twilight Zone’.  Cuando esta inclasificable obra avanza, la inquietud y la confusión se terminan adueñando (para bien o para mal) de un público que es llevado al extremo, al enloquecimiento del personaje que se ve inmerso en la propuesta acuñada por Hitchcock “un pobre hombre metido en una gigantesca situación”, desplegando una tremenda astucia y buen pulso que convierten a ‘The Birthday’, más allá de una extravagancia incómoda, en una muestra de manipulación sobre la narración cinematográfica con un rigor estético sobrenatural, algo que, como se ha visto en sus primeros pases, no a todo el mundo ha complacido. Pero lejos de cualquier diatriba, la gran cualidad de esta película no es tanto el argumento en sí mismo como el modo en que se aborda, proponiendo un extraño viaje donde cada situación tiene un grado de artificio que pone en crisis a la misma representación cinematográfica como reflejo de la realidad, en la que, sin embargo, cada diálogo, cada silencio y cada expresión tienen su dosis de verosimilitud que responde, en definitiva, a un audaz discurso personal ajeno a cualquier maniqueísmo, definiendo un estilo propio identificable con la autenticidad de unas intenciones intachables. Estamos ante un insólito material aparentemente amable que va acrecentando su visión sórdida, angosta, cuya visualización la convierte en una viscosa fábula sin sentimentalismo, de una estoicidad abrumante, apoyada en la atmósfera malsana que adquiere la película gracias a la fantástica fotografía de Unax Mendía, que ha logrado un tenue claroscuro que se asemeja a la dualidad de la historia, a esa pugna entre la realidad y lo aparentemente ficticio, entre la frágil consistencia de Norman y su falta intrepidez inicial enfrentada al arrojo y decisión con la que va acometiendo su surrealista experiencia rodeado de un creciente Mal, reflejado en instintos apenas controlados, inscritos en una sociedad de tentaciones y amenazas. Una textura cinematográfica mostrada como una geografía abstracta donde los decorados construidos de forma impecable por Javier Alvariño y Daniel Izar sitúan a Norman en una tragedia construida a través de la profusión de detalles y situaciones que van desagranándose desde esa inicial comedia hasta llegar a su asfixiante tono de terror que tiene su apoteosis en su éxtasis final. Y es que nunca antes la utilización del sonido ayudó tanto a crear un ambiente tan sórdido y claustrofóbico como el vivido (porque es toda una experiencia) en el desenlace de ‘The Birthday’. Un tono asfixiante y recurrente gracias también a la incursión de la música incidental con tintes de ofrenda a Jerry Goldsmith compuesta por el propio e inspirado Mira.  En el terreno de la interpretación, la rehabilitación de la otrora estrella adolescente Corey Feldman aporta el grado de evocación que requiere la historia y su ubicación temporal, que se relega con la progresiva estratificación de un personaje que se enfrenta a un contexto extraordinario y acaba por conocerse a sí mismo. Así, el deliberadamente histriónico Feldman del inicio va tomando un tono grave que aumenta paulatinamente, coyuntura que brinda al actor la fortuna de acreditar que su interpretación está mucho más allá de lo convencionalidad. Corey Feldman está sencillamente fantástico. Un adjetivo que alcanza y pondera el talento de una actriz como Erica Prior, capaz de abastecer con infinidad de registros a su antipático personaje, llegando a resultar dulce, asustadiza, brusca o desagradable en pequeños gestos según convenga, capacidad que ya hiciera de ella una promesa de futuro en ‘Second Name’, de Paco Plaza. También cabe destacar la presencia de Jack Taylor, un clásico del género que nunca defrauda. Es de recibo destacar las interpretaciones de éstos y de todos y cada uno de los secundarios ( Rick Merrill, Dale Douman, < Ana Lucia Billate, Craig Stevenson…), ya que sin ellos, ‘The Birthday’ no tendría la contundencia dramática que alcanza en cada fotograma.  Con una insana vocación de radicalidad, ‘The Birthday’ ha nacido como un filme que, perentoriamente, no es para todos los gustos, pero que ostenta una extraña poesía de la oscuridad donde, a partir de la cuál, el término ‘bizarro’ (en el sentido de contingencia) adquiere nuevo significado. Una película difícil de asimilar que posee un persuasivo trasfondo simbólico que le otorga un fascinante halo de complejidad, de profundidad, incluso de belleza apenas vista en el cine patrio. Puede que la ‘opera prima’ de Eugenio Mira tenga algunos titubeos, que contenga los defectos y descompensaciones de una primera película, puede que ciertas partes de la película se alarguen en exceso viendo enturbiado su ritmo (teniendo en cuenta que hemos visto un anticipado ‘Director’s cut’ -recortado este metraje para su distribución final-), pero en todo momento siguiendo una lógica con la que el espectador no sólo no puede anticipar o prever lo que va a venir, sino que termina por dejarse llevar por el viaje propuesto por Mira, que se aleja de la sumisión a cualquier norma para adoptar una actitud mucho más ecléctica, dándole la espalda a toda concesión o sinapismo, llevando su ideal hasta sus últimas consecuencias. Un filme más que necesario, obligatorio. Miguel Á. Refoyo © 2005
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lunes, marzo 14, 2005
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Es inminente. Ha llegado la hora de estrenar en la capital. La vorágine de nervios, satisfacción y expectación son máximos. En efecto, ‘El límite’ se estrena este mismo lunes 14 de marzo en Madrid. Tal evento tendrá lugar en El palacio de Gaviria (C/Arenal, 9), a las 22:30 dentro de las proyecciones que organiza la productora Lolita Peliculitas. La entrada es gratuita, así que estáis todos invitados a asistir a la esperada premiere en la jungla madrileña. Dos años y medio desde que se diera el primer golpe de claqueta, el telón se levantará para conferir la oportunidad a esta pieza extraña, umbría, incluso luctuosa que tan bien está siendo acogida allá donde se presenta. La verdad es que mañana tiene toda la pinta de convertirse en uno de esos días en que todo a tu alrededor parece una especie de acoplamiento espiritual en un anuncio de compresas de Evax, es decir, todos felices y optimistas, envuelto en un prisma de colores y abundante confianza. Lo que más ilusión me hace es el reencuentro con todos los miembros de mi equipo. Por primera vez en mucho tiempo voy a congregar al equipo que alcanzó la gesta de involucrarse hasta el final en un enloquecido y agotador proyecto. Posiblemente todo acabe con un copioso abuso nocturno procedente de alguna delirante ronda etílica y tarambanera antes del estreno para, sea un éxito o no guste nuestro corto, salir a celebrarlo por todo lo alto. Un lunes. Madrid. Fiesta. Palabras inaplicable para ensamblarse en una misma frase. Pero se hará lo que se pueda. Allí os espero amigos del Abismo. Recordad...
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domingo, marzo 13, 2005
Después de una semana de trabajo, arreglos y demás fajinas informáticas llevadas a cabo por mi amada Myrian, que ha elaborado todos los ajustes necesarios para el cambio, hoy se presenta la nueva imagen de ‘Un mundo desde el abismo’. Una sofisticada apariencia más acorde con el propósito de ir optimizando poco a poco este espacio de locura insondable. Un objetivo fundamental desde la creación de esta absurda página. Sin desnaturalizar mucho el Abismo original, hay algún que otro cambio cromático, sutiles marcos encajando el texto, así como una variación en la disposición estructural que desune este weblog de la monopolizada plantilla con la que nació (rebautizada en la ‘blogoésfera’ y en la modernidad tecnológica como template). Un cambio que se me antojaba inexcusable, así como había que hacerlo extensible al banco de posts ‘El fondo del Abismo’, mucho más legible y práctico que en su versión anterior. Así, este fondo abisal cambia de imagen en su intención de seguir formulando entretenimiento más o menos importante, pero, eso sí, actualizado a diario. Sí, amigos, por si os lo estáis preguntando (que ya supongo que no), la nueva portada del Abismo en la que unos espartanos caen a un abismo con mortal fondo pertenece a ‘300’, el brutal cómic de Frank Miller. Al igual que la anterior. Por vosotros, por mí, por él. Espero que os guste la metamorfosis.
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Silvio Berlusconi , Il Cavaliere, ha caído en las redes del trasplante capilar y así luce su mata de pelo en la actualidad. Ha pasado de dispersar unos cuantos pelos para tratar de cubrir su frondoso cartonete a tener un pelo de escándalo. Fue en agosto cuando surgió la sospecha de que Berlusconi se podía haber sometido a un trasplante capilar, al aparecer en un esperpéntico turbante a lo Sinbad durante un paseo por las calles de Porto Rotondo con Blair y su esposa Cherie . Tras una oleada de críticas, rumores y chistes, los portavoces del primer ministro italiano se apresuraron a asegurar que Berlusconi se había quemado la calva (recordando el título que le proporcionó el Oscar a Nikita Mikhalkov ) mientras navegaba y que necesitaba protegerse del sol con la estratosférica badana. Poco después, el doctor Piero Rosati , cirujano estético y profesor en la Universidad de Ferrara, reveló lo evidente al admitir que le había hecho un implante capilar a Il Cavaliere. Y a la vista está. Ahí, señorial y coqueto él, tan contento por volver a utilizar un peine. Me gustaría que le sucediera lo que a Stacy Keach en el segmento 'Hair', de ese divertimento de culto que es 'Body Bags' al amparo del gamberrismo de John Carpenter y Tobe Hooper . Sólo para observar su rostro en el monstruoso decaimiento. Y es que hoy en día, nadie aboga por el orgullo de los calvos. Rompamos una lanza en favor de la alopecia. Tanta vanidad y narcisismo nos está transformando en seres superficiales obsesivos con la apariencia.
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sábado, marzo 12, 2005
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Acción vampírica descafeinada El guionista de la saga, David S. Goyer, acomete como director esta tercera parte con un propósito de divertimento que no logra alcanzar. Llevado por las ganas de reencontrarme fílmicamente con la escultural Jessica Biel desde que nuestros caminos (ella como musa y yo como simple espectador algo lascivo) se unieran en ‘The rules of atraction’, me he visto sorprendido en una sala atestada de niñatos púberes, pre-golfillas disolutas y barbilampiños con ganas de disertar estupideces en el estreno salmantino de ‘Blade Trinity’. Poco o nada hay que estudiar o indagar en la tercera parte de esa trilogía que lleva por enseña la simplicidad más aplastante a favor de un fundamento y objetivo común: el entretenimiento y la acción sin rémora, traslúcido término que en esta última parte ofrece a medias tintas. La remedada trama vuelve a ser la misma que en las otras dos, pero esta vez reemplazando el adverso enemigo, por supuesto. La cinta se inicia proclamando una sensata declaración de principios: “todo lo que hayáis leído en libros y cómics o hayáis visto en películas entran en el saco de las gilipolleces”, un axiomático enunciado que se esgrime perfectamente para definir esta inofensiva parranda vampírica.  En esta parte dirigida por el guionista de las dos anteriores, David S. Goyer, los vampiros, encabezados por la vampiresa Danica Talos, acuden a Irak (qué casualidad) a desenterrar al primer vampiro, es decir, al mismísimo Conde Drácula, nada más y nada menos que simbolizando el arma redestrucción masiva que buscó la administración de Bush en su guerra ilegal. Con este icono literario en la ciudad (rebautizado como Drake), Blade y sus nuevos compañeros de andanzas, los Nightstalkers, unos modernos y partisanos cazavampiros que auxiliarán al híbrido afroamericano en la caza y destrucción de los chupasangres socializados gracias a los ‘lacayos’. Con tal premisa, ‘Blade Trinity’ sólo da más de lo mismo pero en un producto inferior, en consecuencia; peleas multitudinarias, vampiros con contextura de fritura al extinguirse, golpes, acrobacias, sofisticado armamento, afilados dientes y gafas de sol. Sin más. Hay un detalle como signo de brillante idea que llama la atención y sobre la que se hace poco hincapié, provenida ésta del descubrimiento del surtidor de actividad sangrienta de los vampiros modernos, localizado en un enorme hangar que pone los pelos de punta, pero que no es aprovechada en absoluto. Tal vez se eche de menos algo más de voluntad en las escenas de acción, más diligencia en la dirección de las persecuciones, que carecen de atrevimiento, moderadas por su indolencia e incapacidad visual, dirigidas manquinalmente, sin novedad, reiterativas.  Wesley Snipes parece exánime ante su rol de héroe, por eso sólo se le oye hablar en contadas ocasiones, monopolizando su hieratismo, más pendiente de sujetar la dentadura postiza de incisivos colmillos que por resultar creíble. Los personajes, homogéneos y abandonados a la acción, poco contribuyen a que la hondura de cualquier índole tenga algo de importancia, más si tenemos en cuenta los intencionales desvaríos con que están dibujados: una ciega experta en internet (y suponemos que química, ya que ella tiene la fórmula para destruir a Drácula) que además le lee a su imperturbable hijita ‘El mago de Oz’, un gordo que inventa armas y “ha follado regularmente con señoras” (sic), un negro que no pinta nada, una muñequita rabiosa que necesita su iPod (marca Apple, por supuesto) para eliminar vampiros y un ocurrente humorista esculpido a golpe de pesa que antes fue vampiro. Entre todos ellos, Blade y su cada vez menos innecesaria katana. Y así, Ryan Reynolds luce cuerpo contando chistes, Wesley Snipes despliega una sorprendente desgana, Parker Posey hace el ridículo con sus exageradas muecas, Kris Kristofferson se evita el trance al ser un secuendario (prácticamente hace un cameo) y, por supuesto, Jessica Biel que con su recital de demostración física acaba por ser lo mejor de la función en una lucha contra un Drácula monstruoso a medio camino entre Predator y el Diablo de ‘Legend’. Un bicho poco original, como el conjunto de la cándida obra de Grover. Un divertimento algo soso sí, tan floja como olvidable. Pero también simple y correcta, sin grandes pretensiones. Miguel Á. Refoyo © 2005
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viernes, marzo 11, 2005
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Es una locura, amigos, la fiebre del ‘remake’, con el exclusivo incentivo del cómodo e rápido peculio, se convertido oficialmente en una inmunda e ignominiosa epidemia en un Hollywood que está demostrando año tras año una alarmante carencia de ideas y de designios con alguna naturaleza innovadora. He aquí algunas noticias sobre novedades de anodinos facsímiles en pleno proceso preproducción o de inminente rodaje. .- ‘Las colinas tienen ojos’: es la aportación al ‘remake’ que tiene entre manos Wes Craven. Y no es un rumor. En abril, el director de la saga ‘Scream’ llevará a cabo esta absurda idea de miras económicas. Es toda una sorpresa porque nadie sabía nada del tema hasta esta semana ¿Qué sentido tiene? Pues eso mismo. .- 'El viaje fantástico de Sinbad': una nueva versión del clásico de aventuras de Gordon Hessler que será el nuevo vehículo de la insulsez y bagatela interpretativa de Keanu Reeves (que digo yo que volverá a la imagen india de ‘Pequeño Budha’) intentando dar vida al marino Simbad en sus hazañas en contra del hechicero Koura por alcanzar la Fuente de la Vida Eterna. Por supuesto, no faltará la lámpara maravillosa. Charlie Mitchell está reescribiendo el guión. Veremos cómo todo el encanto de aquellas sugestivas películas de entretenimiento con la figura prominente de Ray Harryhausen se vendrá abajo con la utilización de efectos CGI. Adiós, una vez más, al clásico romanticismo cinematográfico. .- ‘Star Trek 11’. Sin palabras. Nunca he sido fan de la saga. Pero Erik Jendresen, que escribió y produjo 'Hermanos de sangre’ está desarrollando una nueva entrega de esta odisea galáctica de nuevo con la Enterprise como centro del protagonismo. .- ‘Phantasm’, el onírico delirio de Don Coscarelli que arrojó la lógica del género por la borda en beneficio del impacto sin sucumbir al ridículo, verá una nueva versión. La nostalgia de aquella bola de acero a toda hostia por los pasillos de una lóbrega mansión serán pasto del formulismo que acostumbran este tipo de refritos. Angus Scrimm podría ser de nuevo ‘El hombre alto’. La New Line, pedigüeña productora que sigue las métodos de una sanguijuela, está pensando en un posible éxito de su actualización matriz para recrear una nueva trilogía. El argumento de esta nueva ‘Phantasm’, pues más sofisticado, ya que El hombre alto viaja de pueblo a pueblo, que convierte en un hervidero de muertos a modo de ejército a su servicio usando sus miticas esferas mortales. El joven Mike, con incipientes poderes proféticos contará con la ayuda de su hermano para intentar detener al descomunal malvado.
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Hay cosas en esta vida que uno rememora e invoca por siempre, por mucho tiempo que pase, aunque te caigas de un abismo y te rompas la crisma. Todos recuerdan, de un modo más o menos embellecido, apócrifo, fascinante o ingrato algunos retazos memorísticos que directamente interpelan sobre la vida, el amor, la memoria y el olvido, confinado en todo aquello que pretendía borrar de su mente Joel Barish, Jim Carrey en ‘Eternal Sunshine…’. La primera profusión dipsomaníaca, el primer beso, el primer trabajo como explotado, el primer acto amatorio y libidinoso, la primera hostia en la boca, la inaugural visión de un hombre muerto… Cosas importantes que se graban a fuego en la retentiva individual de cada persona. Reminiscencias funestas o complacientes que establecen la materia espiritual de lo que somos. Pues bien ¿Vosotros qué pensaríais si un día de estos, como quien no quiere la cosa, tuvierais un tórrido romance con Scarlett Johansson (las féminas, poned a vuestro objeto de deseo en este ejemplo)? Parece imposible que algo así se pudiera olvidar.  Pero es cierto. Se puede. Relegando el pudor, Benicio de Toro, al que se relacionó con la bella protagonistas de ‘Lost in Translation’ tras la fiesta de los Oscars del pasado año, no recuerda si se pinchó o no a Scarlett en su archicomentado encuentro de ascensor que, según habladurías, acabó con un fogoso contacto sexual en el que el amigo Benicio (al que delante de mis narices el gran Paco Rabal dijo al verle “Coño, además de guapo pareces un armario empotrado”) le zorregó el trompo (R. dixit) a la apetitosa Johansson. O eso parecía, porque según una entrevista realizado al actor en ‘Squire’ (que recoge también Ananova), el puertorriqueño dice no acordarse. No ha sido taxativo, pero todos reconocemos que esta clase de dudoso aserto es promovido por el alcohol u otras sustancias. Imaginad que estáis en el pellejo de este gran intérprete (colosal en '21 gramos’ y ‘Traffic’) y vuestros amiguetes de juerga te exclaman enardecidos por la envidia “¿Eh tío, te has cepillado a la Johansson?”. Y tú, remiso, sueltas un lamentable: “Bueno…no sé, no me acuerdo”. Como decía Andrew Dice Clay en esa misma película que estáis pensando en este momento: “Increíble-ble-ble”.
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jueves, marzo 10, 2005
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Hasta el post de ayer procedí a aglutinar todo tipo de reflexiones personales, anécdotas, rumorología, leyendas y epopeya que delimitaron un mito cinematográfico de la notoriedad y grandiosidad como ‘El Exorcista’, el gran clásico del cine de terror de 1973. En 2000, como ya se apuntó anteriormente, William Peter Blatty, llevado por la usura habitual de los grandes productores, no quiso dejar pasar la oportunidad de volver a estrenar su película talismán. Retocó hasta la extenuación su obra maestra, saturando el clásico de superfluas imágenes subliminales insertadas junto a alguna nueva secuencia que poco o nada aportan a la original y la tituló ‘The Exorcist. Director’s Cut’.  Particularmente, de lo ‘nuevo’ que pudimos apreciar en esta superficial versión, hay que destacar la conversación entre Regan y su madre acerca de los sonidos y la vida de Georgetown, en Washington, cuando la adolescente le pregunta a su madre por la muerte. También es interesante, hasta cierto punto, el diálogo en las escaleras del padre Karras junto a Chris MacNeill, así como la extendida llegada de Merrin a la casa donde poco después se procederá al exorcismo. Así como los pequeños momentos en que el padre es mencionado o se hace referencia a él. Por otra parte la digitalización de muchos de sus planos, como la ya clásica secuencia de la araña (por las imágenes que se vieron antes de comprobar que realmente existía) redunda en un efectismo de poco valor para la historia. Así, el estudio y las cuestiones que le realiza el psiquiatra a Regan (cuando le insulta y saca la violencia que lleva dentro) y, sobre todo, ese final al más puro ‘estilo’ Casablanca hablando de una absurda versión de 'Cumbres borrascosas’ que está extraído de la novela original con Kinderman y O'Malley de extraña pareja, suplantando el final anterior en el que padre O'Malley (Dyer en la película) recibe un beso de Regan antes de que se vayan a Washington. La niña mira el alzacuello y siente la necesidad de creer. También se sustituye la atronadora música de Jack Nietzsche por la de Campoviejo. En definitiva, que hay algún que otro retoque y añadido que transformaron un clásico de toda la vida en una víctima de las modas que hoy engullen Hollywood en su maquinaria comercial y patógena. Aún así la versión del 73 sigue siendo una de esas películas que cambió mi forma de ver el cine, que me aterrorizó y que me hizo preguntarme cosas que iban más allá del puro espectáculo del celuloide. Podría decir que es mi película favorita, pero nunca me ha gustado afirmar esto porque hay cintas que están, en mi gusto, a la misma altura. Otras por encima. Lo cierto es que es y será una inagotable fuente de inspiración. Me sirvió de punta de partida en dos largometrajes que tengo escritos. La he visto sin sonido varias veces, he estudiado a fondo la narrativa visual que la compone, el fondo argumental, su montaje, su estructura… Me la sé de memoria. De Pe a Pa (qué estúpida frase, todo sea dicho). Es, por ende, una de esas películas de las que he perdido la cuenta de las veces que la he visto. Una de mis obsesiones vitales. Y sí, por suerte no tengo la única versión que hay en venta, sino que conservo como oro en paño la versión en DVD de esa gesta fílmica que William Peter Blatty y William Friedkin nos dejaron para el recuerdo hace ya 32 años. Con esto concluyo este largo e inaudito (e inédito) dossier sobre una de mis películas de siempre. Espero que os haya gustado y lo hayáis disfrutado leyendo tanto como yo redactándolo.
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Hay veces en que la desconexión del mundo exterior, debido en gran parte a un buscado autismo existencial, te hacen excluirte de lo que sucede en este desequilibrado mundo. Ayer J.P. Bango me transmitió una triste noticia: Debra Hill ha fallecido. “Las catacumbas de la independiencia tiemblan”, apostilló este gran individuo y prosista. Con la muerte de Debra hace un par de días, los amantes del cine (y más concretamente de John Carpenter –que es como si habláramos de la divinidad fílmica a la que glorificar-) hemos sentido una pequeña orfandad espiritual, una tribulación un poco más sentida del puro trámite de la misericordia anímica, del efímero lamento con el que temporizamos todas las muertes ajenas a nuestros vínculos más personales. Es decir, aquéllas que, sin ir más lejos, nos resbalan. La desaparición de Debra no supone sólo la pérdida de una de las primeras mujeres productoras, una pionera dentro del mundo del cine. Decir que Hollywood ha perdido a una de sus escasas precursoras dentro de la producción es insuficiente. La razón es bien sencilla, ya que ella nunca estuvo inmersa en la maquinaria hollywoodiense. Su grado de integridad, de lealtad a sí misma, independientemente de las bogas perecederas, le hicieron correr con el axiomático débito que se le exige a un verdadero productor independiente: aceptar los riesgos haciendo las películas en las que creía. En una época, los 70, en que la mujer era un efectivo ornamento laboral en profesiones secundarias, como la de ‘script’ o maquillaje o peluquería, Hill aceptó el reto de luchar en un mundo de hombres.  Escribió en menos de diez días la película por la que hoy todo el mundo la recuerda, ‘Halloween’, junto al que sería entrañable paladín de la libertad cinematográfica, John Carpenter, con el que ha mantenido una indestructible ensambladura profesional determinada en la audacia y los designios menestrales de arriesgados proyectos donde la explotación de ignotos terrenos creativos ha sido el estimulante de una carrera intachable y honesta, que es lo mejor que se puede decir de esta gran dama del celuloide. Junto a Carpenter creó además de ‘Halloween’ (una saga a la ha estado ligada hasta su última parte), ‘La Niebla’, ‘1997: Rescate en Nueva York’ y su secuela en Los Ángeles, títulos referenciales que la convirtieron en una productora capaz de apostar por un cine personal, consolidándose poco a poco en una jauría de ‘majors’ e intereses hasta fraguar una filmografía tan sincera y virtuosa como reivindicativa, a los que se fusionan ‘La zona muerta’, ‘Aventuras en la gran ciudad’ o ‘El Rey Pescador’ entre otras. Lo último hubiera sido la producción del innecesario ‘remake’ de ‘The Fog’ y la preparación de una película sobre los atentados del 11-M. Con 54 años, Debra Hill abandonó este mundo tras perder una batalla contra el cáncer, la enfermedad que casi acaba con Carpenter tras una década de sufrimiento.
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miércoles, marzo 09, 2005
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Un sueño hecho realidad Tras cuatro meses de fatigosa post-producción, la polémica cinta se estrenó en Westwood el 25 de Diciembre (Día de la Natividad Cristiana) de 1973, pasando a la historia por batir todos los récords de taquilla logrados hasta entonces. Colas kilométricas de ávidos espectadores expectantes por ver la película, un desmedido interés y un éxito fulminante dieron a la Warner unos beneficios que nunca imaginaron. El público estaba como loco, entusiasmado, con ‘El exorcista’, la gente iba en masa a verla y repetía dos o tres veces. Se cuenta (y esta vez no son rumores publicitarios) que las secuencias más escabrosas producían desmayos y vómitos, la gente se mareaba y salía auténticamente traumatizada de las salas. Incluso se habló de un aborto en Nueva York producido por la película. Una leyenda acicalada también por la Iglesia Católica, plantada (como en la actualidad cuando se sienten molestos –siempre que no haya cheque mediante-) en cada ciudad en la que se estrenó con ridículas pancartas en las que se leía “sucia y blasfema”. El Vaticano y la Iglesia Protestante hicieron lo todo lo posible por evitar su exhibición, con amenazas de demanda a la Warner. Pero nada ni nadie pudieron parar el éxito rotundo y sin precedentes del magistral trabajo de William Friedkin y su equipo.  Eso, el riesgo tenía a los ejecutivos de la compañía angustiados, ya que el cineasta prometió desde el principio que no se pasaría de los 4 millones de dólares de presupuesto inicial del filme. ‘El exorcista’ acabó costando 11 millones cuando se finalizó la totalidad del proceso. Pero las lógicas reacciones de inquietud ante el estreno de la película por parte de Calley se apaciguaron con la fenomenal acogida del clásico. La película se ha embolsado a lo largo de los años la friolera de unos 450 millones de dólares (eso sin contar el reestreno en todo el mundo para conmemorar su vigesimoquinto aniversario, remasterizada y con nuevas secuencias). Obtuvo nueve nominaciones al Oscar: Mejor película, actriz, actor secundario, actriz secundaria, dirección artística, fotografía, montaje, maquillaje y guión adaptado de la que se llevó los dos últimos. Además de cuatro Globos de Oro (mejor película, director, sonido y actriz secundaria para Linda Blair). El fenómeno ‘El exorcista’ se ha extendido hasta nuestros días, siendo hoy en día un auténtico hito, irrepetible, indescriptible... El terror cotidiano ‘El exorcista’ continúa siendo más de tres décadas después una indiscutible obra maestra que todavía hoy guarda su frescura y magnificencia. La película de Friedkin irrumpió en un periodo en el que el género de terror estaba perdiendo su sentido, realizando una mixtura entre el género clásico en su ápice más psicológico. Fue la primera vez en que el ‘splatter’ de vómitos, sangre, cabezas viradas y sobre todo el dramatismo al que conlleva el terror, supusieron la mejor baza de la inquietud constante a la que es arrastrado el espectador, sin perder una invariable estética y una muy inspirada narración que bebe de la fuente del docudrama, contiguo a la realidad más abrumadora, siguiendo todo el proceso de posesión como si de un documento gráfico se tratara. Expiando los demonios que cohabitan con la conciencia humana, ‘El exorcista’ combina una historia de terror donde se yuxtaponen, de forma ejemplar, un contexto existencial amenazante con un ambiente cotidiano y diario. Es en este terreno donde el núcleo central del guión de Blatty pasa a ser la emotiva relación materno-filial, mostrada al espectador con una sinceridad perfectamente creíble y vigorosa. En este entorno identificable, es en el que entra a formar parte una sofocante y hedionda degradación hacia una posesión satánica, que más que ficticia parece sacada de un documental inédito. De hecho, la realista transformación no es fruto de una imaginación perversamente genial, sino que fue extraída de los archivos Jesuitas con cintas de audio en las que se podía escuchar el desgarro humano que sufrieron personas anónimas en un pasado no tan lejano. Es entonces cuando la desesperación de una madre que ve a su hija enfermar (la secuencia de la punción sigue poniendo los pelos de punta) sin que nadie haga nada al respecto supone la clave del sufrimiento humano en el que se sustenta la acción, la posesión en sí misma representada como problema familiar.  Pero lo más importante son las múltiples lecturas de este clásico, que invocan directamente a una consecuente revisión de su fondo y forma. ‘El Exorcista’ es una obra de una grandeza enigmática, basada en la composición de unos elementos formales que no interceden en la estructura narrativa de la misma. La matemática puesta en escena, calculada en cada ámbito de espacio/tiempo obtiene como consecuencia una total coherencia, digna de alabar. La cinta de William Friedkin supuso una ruptura de códigos respecto a la narrativa fantaterrorífica jamás vista ni antes ni después de su estreno. La simplificación elíptica que rodea el proceso de develamiento de la posesión maléfica y la mella que hace en todo aquel que rodea a Regan es un claro paradigma de la corrección y grandeza que siguió el mejor cine clásico. La arriesgada y sobrecogedora trama diabólica que recorre la vida de unos seres muy próximos a la realidad, cuenta con momentos indisolubles en la memoria cinéfila; la primera conversación de Regan con Karras, la llegada del padre Merrin ante la penumbra en que yace la casa, la metamorfosis de Regan durante el filme, la terrible secuencia de la masturbación de la niña con un crucifijo...  Un ejemplo de todo lo expuesto hasta el momento se ve reflejado en el soberbio prólogo situado en Irak. En él, el padre Merrin (Von Sydow) empieza a sospechar que acaban de desenterrar una fuerza maligna al encontrar una pequeña figura y una medalla. Tras una majestuosa supresión de diálogos, la acción progresa mediante imágenes y sonidos ambientales (el zoco, los perros, la acción gradualmente inquietante), hacia el primer enfrentamiento entre el Bien y el Mal, representado en las figuras del clérigo y una estatua infernal. Todo en ella es perfecto, sin efectismos que valgan. No hay elementos que saturen una historia apropiada para ello. El guión está equilibrado, nada se sale de una línea que hoy en día continúa siendo una lección insuperable de cómo crear un tipo de clima infalible. La película expone una fábula realista y agónica que ahonda en nuestra mente para producirnos la peor de las pesadillas: cómo la candidez de Regan puede transformarse en el ser más terrorífico (real o no) que vive en nuestro miedo más interno, Satanás dentro de la niña, realizando en el fondo, una atroz parábola de la pérdida de la inocencia en su vertiente más brutal e inimaginable. Pero en su interior, este filme de culto, implica más posicionamientos ante temas que disecciona de forma impecable. ‘El exorcista’ dilucida en torno a la medicina contemporánea, a la pérdida de la Fe católica en favor del cientifismo médico, de la explicación inútil de los neurólogos ante un caso que procede directamente de la religión. De la preferencia humana por el utilitarismo sustituyendo así el dogma católico y de la falsedad que todo ello encierra. Por eso, la película de Friedkin es una obra profundamente católica, que analiza y extirpa la mentalidad mística de la humanidad, poniendo en tela de juicio nuestra propia certidumbre (incluso Karras afirma tener una crisis de Fe). ‘El exorcista’ es, al fin y al cabo, un panegírico perfecto de la cultura cristiana (manifestado en el plano final en el que la pequeña Regan, tras la posesión, besa al padre Dyer y solidifica una Fe que nunca antes se había cuestionado).  Aún así, Blatty y su obra no dejan de hablar directamente del Mal en toda su índole y formas, representado en varios y fugaces planos que representan toda sociedad existente (desde el tuerto de Oriente Próximo, el mendigo de Georgetown hasta llegar a los desequilibrados de la residencia donde muere la madre de Karras). Llegados a este punto, cabe destacar el papel fundamental que tiene el universo maternal, el espíritu de lucha y sacrificio de las madres que aparecen en él (tanto Chris MacNeil, como la madre de Karras -Vasiliki Maliaros- representan al personaje idealizado). Como contrapunto, no deja ser axiomático el hecho en el cual gira en torno casi toda la acción, y es el sentimiento de culpa que corroe al Padre Karras con respecto a su madre (abandonándola en una residencia) y a Chris MacNeil (que a pesar del amor que siente por su única hija, no le dedica el tiempo suficiente). Ahí es donde el egoísmo entra a formar parte de una de las primeras simas que hará aflorar la emoción más humana de cada uno de ellos ante la aparición de Belcebuth. Por eso este clásico del terror lo es sólo en su concepción genérica, ya que se trata de un drama en todas sus líneas.  Friedkin y Blatty no volvieron a lucir de la misma manera desde aquel fructífero encuentro, pero una cosa quedó clara: habían dejado para la posteridad, para los fastos del celuloide, una de las películas imperecederas, que nos hizo (y hará) sufrir, temblar y que difícilmente será superada por otro filme que obtenga lo que logró ‘El exorcista’: analizar el miedo desde todos sus vórtices y provocar en el espectador todo tipo de sensaciones. Es, sin duda alguna, una de las mejores películas realizadas jamás. Una obra maestra de una majestuosidad aterradora. Sencillamente perfecta y a la vez tan cercana. Mañana... concluirá (y con un breve post de despedida).
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 Ayer hice un inverosímil pase de dos de mis cortos; ‘Abyecto’, el primero, rodado hace diez años, en plan guerrillero, con un equipo ebrio de aprendizaje y de lúpulo, de una insolencia chafardera de lo más cutre y ‘El límite’, el último, pulido hasta el extremo, visualmente impecable, con un equipo profesional de 25 personas de compostura y profesionalidad honorable. La sala estaba bien, ‘El Savor’, un ‘bar-café’ con inquietudes culturales (“para mí sería más fácil traer a una ‘striper’ y sería más rentable, pero me interesa fomentar otro tipo de actos” me contaba el dueño) donde prevalecía una pantalla grande y unas pocas personas como apacible y flemático público. Al principio me sentí como los Baker Boys en ‘The Capri Hotel’ en el comienzo de esa obra maestra de los 80 dirigida por Steve Kloves. De fondo, música de un debilitado jazz, las luces tenues, el humo etéreo, las conversaciones imperceptibles y una veintena de heterogéneo público que aplaudió escéptico en la presentación de las piezas. Sin embargo, la fruición con la que se acogió esta pequeña proyección me acomodó a dar una momentánea disertación sobre el mundo del cortometraje en esta ciudad y en el panorama nacional. Uno de los argumentos por los que más se interesó el escaso público que se dio cita ayer noche fue la distribución del trabajo. El gran Borja Crespo se ha unido a la iniciativa de Johnnie Estrella en una propuesta de lo más inspirador, revolucionaria diría yo, para la distribución del formato cortometraje. La financiación de costes, restituir o pretender recobrar lo costeado es casi una entelequia. Existe, como todos sabemos, la odisea del circuito de festivales, que se antoja incierta, como atrapar un hipogrifo, es decir, que el estropicio es seguro. Sólo existe la complacencia de la selección. ¿Cuántas veces he oído y dicho el artificioso proverbio: “ya es un premio que te seleccionen”? Como dirían los americanos “bullshits”. Hay que buscar soluciones ¿Y cuál es una de esas posibles soluciones? Una máquina expendedora. 2 € por ‘Snuff 2000’, el corto del aguerrido bilbaíno basado en el salvaje cómic homónimo del dibujante Miguel Ángel Martín. No es mala transacción. En el Café Macondo de A Coruña (en proyecto con Ciclo.org) se puede conseguir una copia del corto en un Compact Disc con las dimensiones de una tarjeta de crédito que se puede reproducir tanto en DVD como en ordenadores. Hay que desearle a Borja toda la suerte del mundo, ya que si esto va saliendo bien y capta adeptos, puede ser una vía de futuro muy interesante apuntalada en las ventajas que ofrece una iniciativa cuanto menos promisoria para la comercialización de cortos a precio asequible.
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La leyenda Uno de los aspectos que se ha destacado siempre que se habla de ‘El exorcista’ ha sido el maleficio que cayó al equipo por tratar de un modo documental un escabroso tema como es el Mal, su aparición física en nuestro día a día y la posesión paranormal. A pesar de que el departamento de prensa aseguró, una vez estrenada la película, que se trataba de una argucia comercial para vender un filme que no necesitaba mucha propagación de noticias para convertirse en un éxito de taquilla, los mitómanos recurren a la veracidad de ciertos hechos que acaecieron en varias de las localizaciones donde tuvo lugar la filmación de este clásico. Mucho se ha escrito y hablado sobre los efectos posteriores de ‘El exorcista’, acerca de una presumible maldición que sufrieron los participantes en la mítica cinta de culto. Pero también es cierto que dado lo áspero de la trama, lo ideal era concebir una especie de leyenda negra en torno al rodaje y sus supuestas consecuencias fatales. Si bien es cierto que la carrera de William Friedkin (que estaba llamado a ser uno de los mejores directores del cine contemporáneo) no volvió a levantar el vuelo tras esta obra maestra, obras posteriores como ‘Carga maldita’, ‘El salario del miedo’ o ‘Vivir y morir en Los Ángeles’ (injustamente hundidas por crítica y público) o títulos mediocres como ‘Blue Chips’, ‘Jade’ o ‘The Hunted’ son una muestra clara para pensar ¿en qué punto del camino se perdió Friedkin? La respuesta puede ser más sencilla si afirmamos que no supo elegir sus películas, ya que ‘A la caza’ (1979) estuvo a punto de volver a situarle en lo más alto.  La historia de uno de sus productores, Noel Marshall, es mucho más inquietante. Se empeñó en sacar adelante un proyecto en 1981, ‘El gran rugido (Roar)', junto a su familia de ensueño: Tippi Hedren y la hija de ésta, una jovencísima Melanie Griffith. El rodaje duró tres años y el resultado fueron los más de cincuenta puntos en la cabeza de la actriz fetiche de Hitchcock por un accidente y una prematura cirugía estética a la pobre Melanie debida a una dentellada de león, hechos que configuraron a la película como uno de los rodajes más escabrosos que se recuerdan. Ni que decir tiene que tanto sufrimiento no valió para nada, pues la cinta supuso un sonado fracaso. Tanto, que casi ni vio distribución. Por su parte, William P. Blatty quiso ser director. Y aunque escribió alguna comedia para Blake Edwards, fue ignorado por completo para participar en ‘El exorcista II: El hereje’ (1977), de John Boorman. Siempre quiso llevar al cine “la verdadera secuela de 'El exorcista'”, una novela homónima bajo el título ‘Legión’, que él mismo adaptaría con más pena que gloria en ese fiasco que supuso 'El exorcista III' en1992. Antes, se había estrenado como director con la importuna ‘The Night Configuration’ (1990). Una carrera sin pena ni gloria que ha acabó a la fea costumbre del remake y del ‘Director’s cut’ volviendo a lanzar este clásico en 2000, con nuevas secuencias y más efectos especiales que dieron algo de brío a sus arcas. Lo último ha sido el guión de ‘The Exorcist: the beginning’, la polémica película de Renny Harlin / Paul Schrader de la que ni me molestaré en hablar en este periplo satánico. Pueden parecer coincidencia, mala suerte, pero no fue así. También la pobre Linda Blair vio su carrera fracasada en el cine. Pululó por execrables películas de serie B y fue detenida en varias ocasiones por posesión de drogas, aunque su peor consecuencia por la supuesta ‘maldición’ fue caerse de un caballo con tan mala fortuna de quedar infecunda para el resto de su vida. Tras esto, volvió a la palestra con unas polémicas declaraciones contra el fallecido Christopher Reeve cuando afirmó que la culpa del terrible accidente que le dejó tetraplégico fue solamente suya, no del caballo o la mala suerte. Muy despiadada (pero no sin falta de razón), declaró que el actor, que era muy alto y por entonces pesaba una barbaridad, no encontraba caballos a su medida, perjudicando gravemente a muchos equinos y probándolos para seguir montando. Puede parecer una defensa animal a lo Brigitte Bardott, pero debido a su accidente no fue así. Si embargo, sus desafortunadas palabras le granjearon el ultraje colectivo, perdiendo la poca fama que le quedaba.  Pero no todo fue malo, Mike Oldfield obtuvo pingües beneficios con su ‘Tubular Bells’ (tema principal de la película), el maquillador Dick Smith sigue siendo un tótem dentro de la profesión, Ellen Burstyn ganaría el Oscar como mejor actriz principal años más tarde con ‘Alicia ya no vive aquí’ (1975), de Scorsese o su soberbia interpretación de ‘Providence’ (1976), de Alan Resmais. Además, actualmente trabaja como una de las mejores profesoras del prestigioso Actor’s Studios y ha permanecido activa con grandes interpretaciones como en 'The Yards', 'Requiem for a dream' y dentro de poco en 'The Fountain', éstas dos últimas a las órdenes de Darren Aronofsky. Fue ella la que dijo hace años en el Festival de Cannes: “he leído toda clase de historias sobre lo que sucedió a raíz del rodaje y el estreno, pero mucho de todo eso es falso. Es verdad que algunos de los acontecimientos que tuvieron lugar allí son inexplicables, que había un ambiente enrarecido y que todos tuvimos mucho miedo, pero se ha exagerado la historia hasta límites insospechados”. Una leyenda que infunde más interés a una película que permanecerá por siempre en nuestro más oscuro recuerdo. Durante la filmación (que comenzó en agosto de 1972) se unieron a una lista de desgracias de producción, hechos que obligaron a retrasar el rodaje (y aumentar, de paso, el ya de por sí elevado presupuesto), como la pérdida de la escultura del prólogo de la película (precisamente el símbolo de Belcebuth), el incendio de parte de un estudio atribuido a fuerzas sobrenaturales (luego se descubrió que el autor fue un decorador despedido con tendencias pirómanas), rollos velados, cámaras estropeadas, accidentes inexplicables y miembros del equipo con gripe crónica a causa de las secuencias del exorcismo (debido al frío y no a la presencia del Maligno, como lo vendieron). Todo un suplicio por el cual el reverendo O’Malley (actor secundario y verdadero sacerdote) llegó a santificar todos los días el estudio para evitar males mayores.  La psicosis colectiva se engrandeció hasta consecuencias tétricas y morbosas cuando uno de los actores principales, Jack McGrowan, murió prematuramente de influenza antes de que el rodaje concluyera. Sucesos que acabaron por crear un auténtico desequilibrio general entre los miembros de un equipo sometido a la neurosis perfeccionista de Friedkin, convencido de estar haciendo una especie de ‘El Padrino’ del género de terror, obsesionado cada día que pasaba, por evitar caer en la utilización excesiva de efectos especiales y repitiendo tomas y tomas hasta conseguir la adecuada. Dick Smith (el maquillador de ‘Taxi Driver’, otro de los clásicos a venerar) recuerda: “era demoledor, quería una perfección que nos obligó a pensar en cada mínimo detalle. Tanto, que llegué a pensar que aquel trabajo era lo mejor que había hecho jamás. Recuerdo que trabajamos casi un mes con Macel Vercoutere en la cabeza que giraba 360º sobre un cuerpo de poliester para una de los planos más terroríficos del filme”.  El descubrimiento de un mito de 12 años Sin duda alguna, aparte de la perfección narrativa, de la labor de un equipo que se dejó la piel en el rodaje y del global de todo lo que supuso en la época ‘El exorcista’, el filme de Friedkin encontró una joya para la posteridad. La pequeña Linda Blair tampoco era ajena a la dureza del rodaje, pero siempre respondía al director con una hermosa sonrisa. Al casting se presentaron más de 500 niñas (tampoco es que muchas madres quisieran que sus ‘hijitas’ se metieran en la piel de una niña poseída por Satanás), y cuando Friedkin vio a Blair, se encendió la clarividencia que otrora le caracterizara. La joven allí presente había nacido en Connecticut, el 22 de enero de 1959 (es decir, que tenía 12 añitos) y había trabajado en pequeños roles de películas como ‘The way we live now’ (1970), de Barry Brown y sobre todo ejerciendo como sonriente rostro para anuncios televisivos. En la entrevista final, nadie podía creer que aquella señorita fuera tan madura para una niña de su edad. Aseguró haberse leído el guión dos veces, aprendiéndose los pasajes más escabrosos del mismo. Blatty y Friedkin fueron más allá y le preguntaron sobre el argumento. Blair, sin ninguna vergüenza o recelo aseveró “...sobre una posesión diabólica. Sobre una niña poseída a la que le pasan cosas malas por tener el Diablo dentro...” o del estilo de “yo creo que es una deliberada exposición de la pérdida de la Fe en la actualidad...”. Esto puede llevar a la reflexión sobre cuál era el grado de aprendizaje que la madre imponía en los monólogos que le pasaban a su hija en los ‘castings’. Pero cuando Friedkin le preguntó acerca de la secuencia del crucifijo, la pequeña Blair le miró a los ojos y le concretó “¿la de la masturbación?...”. Friedkin atónito le replicó “¿sabes lo que es masturbarse?”, la actriz dijo “Oh, claro, se hace para llegar al orgasmo”. Blatty batió su puntilla al inquirir “¿y tú te masturbas?” A lo que Blair aseveró ganándose a ambos con su personalidad abrumadora al responder “Por supuesto ¿y tú?”.  Linda Blair iba a hacer una de las mejores interpretaciones infantiles que se recuerden en la Historia del Cine. Durmiendo cuatro o cinco horas al día ante la exigente actitud de Friedkin, la pequeña nunca se mostró cansada o caprichosa. Jamás se quejó. Recuerdan que un día, tras 17 horas de rodaje, Linda no pudo más y cayó dormida, siendo luego recriminada por Friedkin. En seguida, la actriz le dio una de las mejores tomas de la película. La profesionalidad que mostró en todo momento era incomprensible para una actriz de su edad. Ellen Burstyn la recuerda como “un cielo de persona. Trabajar con ella fue lo mejor de un rodaje brutal. No sé cómo aguantó, siempre con aquella sonrisa angelical”. Producción le asignó un psicólogo a Blair. Pero en vez de trabajar con la niña, tuvo que atender a los demás miembros del equipo porque a la joven no le hacía falta. Incluso embutida en el pesado maquillaje de Dick Smith y profanando toda clase de improperios y barrabasadas, la pequeña Linda afirmaba: “es el papel que interpreto, Regan no es ella, es el Demonio y éste actuaría así”. El aguante que toleró la actriz no se vio recompensado con el Oscar al que fue nominada en 1974 por su labor como actriz secundaria. Paradójicamente lo perdió frente a Tatum O’Neall por ‘Luna de Papel’, de Peter Bogdanovich. O’Neall tenía 11 años. “Me lo merecía más, pero ha sido maravilloso. Otra vez será” respondió a los medios de comunicación tras la entrega de las estatuillas.  Pero nada iba a estar más lejos de la realidad. Sus futuras películas no fueron ni mucho menos exitosas, todo lo contrario. Su meteórico estrellato le hizo caer en el lado oscuro del éxito a edad temprana. Con 20 años fue acusada de tenencia de estupefacientes y nunca más volvió a levantar el vuelo. Filmes como ‘Nacida Salvaje’, ‘Sarah T. Portrait of a Teenage Alcoholic’ (una semibiografía de su carrera cinematográfica), ‘Stranger in the House’ o breves papeles en películas como ‘Aeropuerto 75’ o ‘Victoria en Tenbee’ no sirvieron para devolverla al estrellato que se había ganado con sólo doce años. De hecho, cuando en 1977 John Boorman la llamó para hacer un papel secundario en la archimaldita (pero reivindicable) ‘El Exorcista II: El hereje’, la Blair era ya una atractiva mujercita que era recordada por su papel de Regan en la película de Friedkin. Nunca se pudo quitar de encima un personaje que, a pesar de darle la fama, también coartó para siempre una carrera con posibilidades, ya que el talento de Linda Blair sigue siendo innato. Convertida en los 90 en actriz de culto la hemos podido ver haciendo cameos autoparódicos en la primera parte de la Saga ‘Scream’ de Wes Craven y en ‘The Blair Witch Project’ y protagonizando telefilmes (donde es una de las reinas norteamericanas) como ‘Walking after midnight’. Lo último ha sido la serie ‘L.A. 7’, creada por Andrew Margetson. Y mañana... más.
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martes, marzo 08, 2005
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Llaman por teléfono. Descuelgo. Es RSP, desde una tienda de DVD's y ocio de Salamanca. - Llamada rápida - me comenta. - Dispara. - ¿Quieres la trilogía de 'Regreso al futuro' por 9'95 €? - pregunta. - ¿Las tres películas? - Sí. - ¡Pero si las tengo desde hace un año y pico y... me costaron un huevo! - exclamo. - Unos treintaitantos. - apostilla mi amigo. Este tipo de cosas me irritan bastante. Concibo que haya prebendas a modo de gangas de un año para otro, pero, joder ¿tanto? Si lo llego a saber, espero. Me gasté casi cuarenta euros en una trilogía de la que aún me queda por ver, como es previsible, la tercera parte. Y con la noticia se me ha quedado cara de tonto. ¿Hasta que punto hay que esperar para algo que quieres salga más barato? ¿Por qué no baja el precio de esta considerable manera las primeras temporadas de ‘Frasier’, ‘Cheers’ o ‘24’? Y yo que estaba tan contento por tener una copia con los encuadres 903 029 9B R2 y 903 029 9C R2 de la segunda y tercera parte, respectivamente, correctos e impecables... Por lo menos, eso me consuela un poco. ¿Ah, que no sabiáis que en algunas ediciones de la trilogía casi todos los planos de 'Regreso al futuro 2 y 3' sufren una elevación de encuadre que muestran un poco más de imagen por arriba, pero un poco menos por debajo, con lo que estropean el encuadre original de Robert Zemeckis?
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lunes, marzo 07, 2005
A lo largo de esta semana en el Abismo se irá desglosando un interesante dossier analítico sobre una de las películas más importantes de mi vida (si no la que más) 'El Exorcista', a lo largo de algunos post sobre el origen, el rodaje, anécdotas y las reflexiones que han suscitado en la historia del cine moderno este clásico irrepetible del cine de terror. Poned de fondo el 'Tubullar Bells' de Mike Oldfield porque aquí tenéis esta primera parte.  El miedo de Dios Llegados a una época en el que el único aliciente del género de terror ha sido la autoparodia para desmitificar las bases del género y resucitar una tradición más cerca del ‘splatter’ que de cualquier otro ámbito o vertiente psicológica, la opción más preferible es engrandecer el clásico más aterrador que haya dado el cine en su ya longeva existencia. Aquélla que ha permanecido en nuestra memoria como el prototipo del ‘miedo’ en estado puro, cercano, cotidiano, sabiendo que lo que se cuenta no es mera fantasía, está conviviendo con nosotros desde nuestros ancestros. Sí nos preguntaran cuál es la película de terror que más conmoción y miedo nos ha causado durante la Historia del Cine, probablemente responderíamos que ‘El exorcista’, no por un sentencioso sofisma pragmático que tenemos aprendido para resultar congruentes. Seguramente aquellos que la citen, lo hagan porque en realidad la película sobrecogió realmente su sentido de la angustia. Aunque los ‘gore hounds’ le otorgarían el privilegio a ‘La matanza de Texas’, ‘Hellraiser’, ‘Halloween’ o ‘Viernes 13’ (si bien es cierto que no corresponden al mismo tipo de terror) y algún vetusto y viejo conocedor del género designaría ‘Nosferatu’, de Murnau como la más destacada, ‘El exorcista’ (1973) sigue indefectiblemente ligada a los miedos más profundos del ser humano, a las pesadillas existenciales del hombre... La película de William Friedkin es, por derecho propio, una obra que se distingue de sus procedencias terroríficas en el modo en que innovó, en la forma visual y temática con la que el filme recreó aspectos cinematográficos que hasta el momento sólo correspondían al cine clásico. ‘El exorcista’ permanece eterna en nuestro recuerdo reminiscente, entre otras cosas, porque está basada en un hecho real y porque así la vendieron en su día. Su realismo y crudeza, inscritos claramente en el género del docudrama, son el evidente signo que nos lleva a la conclusión que el filme no es frecuente en este digno arte. Por eso, aún en nuestros días, sigue estremeciendo y horrorizando a todo aquel que la descubre o revisita con la intención de pasar un mal rato. Dada la diversidad de lecturas que posee esta pieza clásica, esta obra maestra sigue manteniendo un interés analítico con sublecturas realmente apasionantes. Simpatía por el Diablo La época en que se gestó e hizo realidad el sueño de ‘El exorcista’ es de lo más recurrente. A la era del liberalismo y de la reivindicación de la libre independencia y libertades de todo tipo (el ‘hippismo’ en estado puro), se unió una descontrolada vocación y fascinación adjunta por la figura de Satanás y los iconos religiosos. Todo ello convirtió a Estados Unidos en un país ecuménico abierto cualquier rito, secta y credo que utilizaban muchas veces la figura del Diablo como efigie a la que adorar. La rebeldía del momento acabó por imponer una libertad que permitía todo tipo de aberraciones en todos los ámbitos (ya sea sexual, político y social). Unido al éxito de la polémica y reivindicativa ‘Easy Ryder’, de Dennis Hooper y la brutal agresión por parte de los temidos ‘Ángeles del Infierno’ a una comunidad afroamericana, hay que asociar la multitud de grupos musicales que entonaban estruendosas odas a la figura del Maligno, encabezados por sus ‘Satánicas Majestades’, los Rolling Stones de Mike Jagger. En el momento en que llegó el filme de Friedkin supuso una nueva perspectiva al servicio del espectador de la iconografía de un tema tan ambiguo como es el fascinador universo del Mal representado en su forma más espeluznante, es decir, en Satanás (o en este caso en Belcebú, protagonista total de ‘El exorcista’). Con tanta provocación y pantomima alrededor de Baphomet y toda su tradición malévola, se llegó a un momento en que su figura pasó a ser más un producto de ‘merchandising’ y provocación publicitaria de grupos musicales que lo que realmente significa. Satán pasó a ser una leyenda poco religiosa y demasiado folclórica. Por eso esta obra magna del género supuso una auténtica y clarividente resurrección del género y del Mito que siguió el camino abierto cinco años antes por la espléndida cinta de Polanski ‘La Semilla del diablo’, una cinta a la que se acusó directamente de provocar la masacre de Cielo Drive cometido por la sanguinaria familia de Charles Manson.  El génesis Llevado por la vertiente de moda dentro de la escritura literaria, el ‘Nuevo Periodismo’ de Thomas Wolfe que marcara un antes y un después en la retórica literaria, el escritor William Peter Blatty tuvo una lúcida idea al escribir una novela en la que siempre creyó fervientemente. Una historia sobre una posesión demoníaca en la que pudiera inquirir los miedos y las creencias de la sociedad del momento. Después de acudir a las editoriales más prestigiosas de los Estados Unidos, que la rechazaron por considerarla demasiado arriesgada y cruda, la empresa literaria Harper & Row decidió ponerla en marcha con una gran campaña publicitaria. Su autor no era hasta el momento muy conocido, ya que su carrera hasta el momento se forjó a base de guiones para comedias como ‘El nuevo caso del Inspector Clouseau’, ‘Gunn’ o ‘Darling Lili’. Peter Blatty dio un giro radical con la publicación de ‘El Exorcista’, la novela. Desde el mismo día en que se publicó, el libro se convirtió en un apabullante best-seller, manteniéndose en la primera posición del ranking de ventas durante más de 20 semanas consecutivas y vendiendo más de 6 millones de copias en su etapa literaria (después de la película es uno de los libros más vendidos de la historia). La Warner topó con el libro y decidió comprar los derechos por un módico precio de 175.000 dólares y unas cuantas exigencias del escritor, suponiendo que iba a ser una de las películas de terror al uso y sin demasiados efectos especiales. Blatty sabía lo qué tenía entre manos y la Warner accedió a que cobrara 640.000 dólares más, que irían a parar a ‘Hoya Productions’, la productora creada sólo para el proyecto de ‘El Exorcista’. Por si esto fuera poco, además de exigir la producción ejecutiva para que nada se saliera de su idea y de su propia adaptación para la pantalla, Blatty pidió un 10% de beneficios en taquilla, algo que la Warner consideró en su momento muy factible obstinados en que sería un producto no muy caro y, por supuesto, nada taquillera. Nadie entonces sabía lo que pasaría después. Basado en hechos reales Cuando Peter Blatty vendió los derechos de su exitoso debut literario, lo que nadie sabía es que la espeluznante historia que se narraba en sus páginas era real como la vida misma. El escritor y guionista manifestó en una ocasión que accedió al tremendo relato gracias a antiguos profesores y al Archivo General de la Compañía de Jesús que tiene su sede en Nueva York. Allí estudió con profundidad un caso que tuvo lugar en Mount Rainer (Maryland) en 1949. Un adolescente aparentemente normal y en perfectas condiciones físicas y psicológicas, comienzó a actuar de forma extraña justo después de perder a una tía suya amante de la güija. Aseguraba escuchar voces dentro de su cabeza, insultaba blasfemamente a sus atónitos padres, las cosas volaban por los aires y ni los médicos ni los psiquiatras parecían conocer el diagnóstico. El fulano también habla lenguas desconocidas (como latín o griego) hasta que llega un momento en que sus piernas y brazos comienzan a descarnarse sin dolor evidente para el chico. Un aguerrido sacerdote jesuita de Maryland llamado Edward Campbell aseguró conocer un caso similar divulgado casi un siglo antes. Junto a su compañero de oficio, el padre Daniel Lawrence, el cura permaneció más de un mes sometiendo al poseso a multitud de exorcismos que el adolescente endemoniado repelía con violencia física, insultos, acciones telequinésicas y furia contra el símbolo católico. Una lucha que, según Blatty, acabó con una anunciación del diablo y los desesperantes gritos del niño pidiendo la presencia de sus padres sin saber qué hacían aquellos curas en su habitación. William P. Blatty asevera que éste y otros casos similares con detallados y extensos documentos comprobados por la Santa Iglesia duermen en los archivos del Vaticano. ‘El exorcista’ que puso al servicio del espectador la iconografía de un tema tan ambiguo como es el fascinador universo del mal representado en su forma más espeluznante, es decir, en Satanás. Un elemento caracterizado hasta entonces a modo de leyenda religiosa o folclórica.  La elección de un prometedor talento Todo estaba listo para llevar a cabo la idea de Blatty a la gran pantalla. Pero era necesario dar con el director adecuado para la difícil labor de dirigirla. John Callie, uno de los antiguos ‘peces gordos’ de la Warner Bros y Blatty, el autor de la multiproductiva obra literaria, querían un director que reuniera todas las facultades artísticas necesarias para llevar a la pantalla un tema tan crudo como incómodo, sin verse afectado por los intereses económicos o reaccionariamente morales (como los que tanto se manifiestan hoy en la Meca del cine), por lo que tras sonar nombres como Steven Spielberg o John Frankenheimer como posibles candidatos, se optó por el joven y capacitado Friedkin. A William Friedkin, paradójicamente, no le satisfizo el primer borrador de Blatty. Su obcecación era tal, que le reprochó al propio autor la poca fidelidad que tenía la escaleta respecto a su novela. De Friedkin es el prólogo de Irak y también es responsable de que la acción transcurriera en ámbitos contemporáneos en Georgetown. A Blatty le cayó en gracia la fuerte e inexorable personalidad del joven cineasta, así que ambos (con más de un aspecto biográfico en común –eran católicos, muy aferrados a sus madres-) se entendieron a las mil maravillas a la hora de escribir el que sería el guión definitivo que creó William P. Blatty para la película. Al contrario de lo que pensó Calley en un primer momento, Friedkin se involucró enteramente en un proyecto difícil, tanto por el argumento mefistofélico como todo por lo que iba a pasar dentro y fuera del rodaje. Unas contrariedades que estuvieron más de una vez a punto de suspender la producción. Cuando Friedkin (nacido en 1939) comenzó a rodar esta clásica película de terror, sólo era sutilmente conocido por haber realizado dos obras de cierta repercusión dentro del mundo del cine ‘Good times’ (1967) y ‘The French Connection’ (1971), por la que recibió el Oscar al mejor director con sólo 30 años, lo que le convirtió en una de las promesas más esperanzadoras del entonces nuevo cine americano. Además, Friedkin también había destacado en otra faceta afín a la dirección adaptando varias obras de teatro para el Off-Broadway con un éxito rutilante (‘The Birthday Party’ de Harold Pinter, ‘The night they raided Minsky's’ o ‘Los chicos de la banda’ son algunos ejemplos).  El autócrata visionario Ya sólo quedaba el reparto para empezar el rodaje. Y Friedkin comenzó a tomar un protagonismo inusitado, incluso por encima de los propios productores. De primeras, Friedkin impuso un nivel altísimo de exigencia y un perfeccionismo que no abandonó ni un solo día en el ‘set’. Uno de los conflictos más conocidos en la elección del reparto fue el reclamo por parte del cineasta de la actriz Ellen Burstyn. Los productores, ilusionados con la nueva perspectiva comercial que estaba empezando a cobrar el filme, convencidos del tirón comercial que tendría, querían obligar a Friedkin a incluir a una gran estrella como Jane Fonda, Audrey Hepburn o Anne Bancroft para interpretar a Chris MacNeil, la madre de la niña poseída. El director enfurecido, les expuso un axioma sobre lo que debía ser la señora MacNeil en la obra y convenció a los productores, mosqueados por la dictatorial actitud del director. Otro enfrentamiento llegó cuando miembros de la Warner llegaron ilusionados con una noticia: “¡Marlon Brando estaba interesado en interpretar al Padre Merrin!”. Pero Friedkin se negó en rotundo. No quería que el público identificara el filme con Brando (recién premiado con el Oscar por ‘El Padrino’). Friedkin estaba empeñado en que Max Von Sydow fuera el vetusto sacerdote que realizara el exorcismo final. Y así fue. Menos problemas tuvieron para el resto del reparto. Por eso un actor desconocido como Jason Miller acabó haciéndose con el papel del sufrido padre Karras. Miller hasta ese momento no tenía mucha fama, pero era un gran actor teatral como lo demostrara en el montaje ‘The winners’. Lo mismo sucedió con los demás protagonistas del filme. La jovencísima actriz Linda Blair (al que dedico en su segunda parte un pequeño apartado) como la posesa adolescente, Lee J. Coob como el teniente de policía Kinderman, Jack MacGowran dando vida al cineasta Burke Dennings y Kitty Winn como Sharon, la asistenta de la casa, pasaron a formar parte del casting.  Otro trance posterior a todo lo que tuvieron que sufrir los integrantes de uno de los rodajes más duros que se recuerden fue el requisito expreso del cineasta para que el compositor de la partitura musical fuera Bernard Herrmann (habitual de Hitchcock o Scorsese), pero éste quiso tomarse unas vacaciones y rechazó el cuantioso cheque que le ofreció la Warner. Cuando se hizo cargo Lalo Schrifin (el mismo de la sintonía de ‘Misión Imposible’), Friedkin le despidió al momento de escuchar el ‘score’ que le pasó el compositor argentino. Fulminantemente, de un modo cruel y bastante cabrón: “parece una jodida música de Mariachis”, le dijo tirando ante el músico su cinta compuesta por la ventana, delante de sus narices. La lista de anécdotas en torno a las exigencias de Friedkin se hizo interminable. Arrogante e infrangible con sus actores y con el equipo técnico, el cineasta estaba como loco, obsesionado con cada detalle que rodeara su película. Al borde del caos, y muy pareja a la personalidad de Kubrick, Friedkin tuvo más de un altercado con los peces gordos de la Warner, en especial con Charlie Greenlaw, al que estuvo a punto de agredir en varias ocasiones por el simple hecho de las advertencias de la ‘major’ al pasarse cada día de rodaje del presupuesto fijado. El director, en una ocasión, cuando finalizaban el rodaje, rodaba una de las secuencias finales, aquella en la que el Padre Dyer (el reverendo William O'Malley –cura en la vida real-) le da la extremaunción al Padre Karras (Miller), protagonizó una de sus más memorables praxis profesionales. El déspota cineasta rodó dicha secuencia más de 20 veces. El pobre clérigo, extasiado, aseguró que no podía hacerlo mejor, que estaba cansado. Friedkin, sereno, se acercó a él y le preguntó que si confiaba en él. El Padre O’Malley afirmó “por supuesto”. En ese instante, el cineasta le asestó dos sonoras hostias en la cara al cura y, sin inmutarse, gritó lo de “acción”. La toma vale la pena verla, porque Dyer está totalmente convincente. Podéis verlo vosotros mismos porque fue la toma que entró en el montaje final.  Una de las tantas otras fue el límite que quería darle a las secuencias para obtener una justificada sensación de realismo. Por ello, a la hora de mostrar el vaho que emergía de las bocas de los actores a medida que se acercaba la transformación de Regan en la habitación de la niña, Friedkin hizo meter a todo el equipo, actores y técnicos en una cámara frigorífica para conseguir el efecto deseado. También la sonada lesión de espalda de Burstyn (que le ha durado toda la vida) al ser lanzada hacia el suelo con un arnés en el plano en que Blair le propina un golpe con la cara ensagrentada tras desvirgarse con el crucifijo. La veterena actriz no evita aludir en cuanto tiene ocasión la autocracia de Friedkin en el plató. O el pleito que puso la pobre Mercedes McCambridge que después de trabajar dos meses para poner la voz que oímos en el montaje definitivo a Linda Blair durante las secuencias en que está poseída (es decir la cuarta parte del filme), Friedkin la suprimió de los títulos de crédito por considerar su trabajo insignificante. Pone los pelos de punta y hace imaginar que el rodaje fue como el mismísimo Infierno. Mañana, más.
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¿Una página que se dedica a capturar a celebridades, políticos, periodistas y demás fauna catódica con los ojos medio cerrados, en el peor de sus gestos y ofreciendo su peor cara posible?
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¿Cuántas olas de frío polar llevamos? Sí, pues seis, listillos. Ateridos se nos llena la boca al confirmar que este el invierno más frío que hemos pasado desde hace mucho tiempo. Pero, en el fondo, todos sabemos que es mentira. La razón es bien sencilla: antes llamábamos a las olas de frío simplemente invierno. Así, los telediarios, en persistente búsqueda por rellenar su espacio más que de informar, han convertido casi toda su duración en una predicción del tiempo dilatada y harto aburrida. Desde todos los puntos de España, los enviados especiales (en riguroso directo) parecen pasarlas putas con el frío, pero en realidad están así por esperar a que les den paso. La alarma es de lo más surrealista: “prepárense porque lo peor está por venir”. Asimismo las cadenas (la nueva moda de tráfico) se han convertido en el elemento de reclamo, una nueva y exitosa forma de sacarles dinero a los conductores. Nos conciencian para no salir de casa, para evitar coger el coche y hacer viajes con este frío. Nos amedrentan con alguna oscura intención. Recuerdo salir en Salamanca cuando era un niño con temperaturas de 8 y 9 grados bajo cero y todo el mundo lo consideraba normal. Desde el Instituto Nacional de Meteorología también se pone el grito en el cielo: “Es el invierno más frío que se recuerda” porque desde el otoño persiste un anticiclón al oeste de la Península que bloquea la entrada de aire procedente del atlántico, el aire húmedo que, generalmente, trae las lluvias en invierno y las temperaturas más apacibles. El personal está acojonado sí, pero contento porque en sus conversaciones de ascensor hay un tema sobre el que debatir. “Hace frío ¿eh?” me dijo anteayer un vecino. De inmediato le contesté, explicándole que hace frío porque el viento llega de Groenlandia y Siberia y las seis olas de frío han dejado poca lluvia, mucha nieve y frío. Un gélido ciclo. También le esclarecí que nadie sabe qué pasa en el Holoceno por zonas geográficas. Todos sabemos que en invierno tiene que hacer frío. Otra cosa es que en determinadas regiones se hayan acomodado a un clima mucho más cómodo y bucólico. Creo que el viejo Antonio se fue pensando que yo era un ser extraño, pero supongo que la próxima vez no volverá a ilustrar su carencia de conversaciones cuando volvamos a coincidir. Hace frío, sí ¿Y qué? Es lógico. Pero siempre habrá algunos pronosticadores climatológicos que auguren acontecimientos más o menos catastróficos. Habrá que escuchar las retahílas de aquellos que pontifican sobre el calentamiento global y por los protocolos que confeccionaron en Kyoto. Pero de lo que no hay ninguna duda es que si es invierno, pues tendrá que hacer frío.
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domingo, marzo 06, 2005
Pues este es el definitivo póster final de 'Sin City', de la esperada película de Robert Rodríguez y Frank Miller. No ha variado mucho a la imagen de los múltiples afiches que habíamos visto hasta ahora. Ya queda menos para saber qué han hecho estos dos macarras del arte con las ‘crook stories’ desde el punto de vista del criminal o del marginado en su traslación a la gran pantalla.
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Por fin, desde ayer, descansa sobre una mis estanterías de profuso sortilegio cultural la trilogía extendida de ‘El Señor de los Anillos’ de Peter Jackson. Tras un mes en busca de esta joya del DVD que se ha resistido a pertenecerme (está descatalogada y es de una muy difícil adquisición), al fin me hice con mi tesoro. Ahora falta prepararme para entrar de lleno en ese resuello épico y mítico de Tolkien. Tengo que proyectarme para enclavar todos mis sentidos en un universo imaginario imprescindible, lleno de criaturas, razas y personajes, donde prima la onomástica y su toponimia evocadoras de un mundo imperecedero en nuestra memoria colectiva y acercarme, como se merece, a leyenda del Anillo Único, solemne y profética. Necesito estar en plenas condicines mentales y psiquicas para compartir de nuevo el viaje hacia Mordor con La Comunidad, conformada por los cuatro hobbits, un elfo, un enano, un mago y dos hombres que todos conocemos. Queda menos para enfretarse a Sauron... “¡Venga, señor Frodo! No puedo llevarlo por usted, pero puedo llevarlo a usted junto a él”. Se me eriza el pelo sólo con pensarlo. Preveo una semana maravillosa en la Tierra Media.
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sábado, marzo 05, 2005
Ha sido una pésima semana en el ámbito personal, os lo aseguro. Pero terminar estos aciagos siete días con la noticia que acabo de conocer supera el paroxismo de lo fatídico. Estoy consternado, amigos. Bubba, la langosta más grande del mundo, murió el pasado miércoles de madrugada. Lo hizo tranquila, en su lujosa pecera de un zoológico de Pittsburgh, Pensilvania. La historia de Bubba no deja de ser una zarandeada y traumática aventura. Consumó un dilatado y extenuante viaje desde la costa de Massachusetts para acabar en Pittsburgh y sobrevivió más de una semana en una lonja. La muerte ha sobrevenido a Bubba debido a un inoportuno traslado al Zoo de la ciudad donde iba a ser un reclamo más en el acuario. Pero no pudo soportar el stress del trayecto y falleció sin poder disfrutar de su nueva y acomodada vida.  Bubba, el gigantesco crustáceo, pesaba unos impresionantes 10 kilos de langosta comestible y tenía unos 50 años. Ya sé que lo estabais pensando, a todos nos viene a la cabeza Tenacitas (Pinchy, en su versión original), la langosta que Homer Simpson cuida y mima como una mascota hasta convertirse en víctima de un funesto baño en agua caliente que descubre al padre de familia de ‘Los Simpsons’ uno de los placeres más apoteósicos del mundo terrenal: Comer marisco. La gran pregunta es ¿Cuando Bubba murió, alguien se lo ha zampado o le han ofrendado un entierro como se merecía? Imaginaos comer 10 kilos de langosta. Mi sibaritismo me hace vislumbrarlo y no alcanzo a describir la sensación que debe suponer comer un manjar como este. Mirad qué pinzas, qué color, qué apetitoso parece... D.E.P. Bubba
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viernes, marzo 04, 2005
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Ayer, en el aluvión de fiesta y alcohol de los mitológicos jueves universitarios salmantinos, 'birreando' con un amigo, nos propusimos, como en el anuncio de cerveza Estrella Damm, intentar recordar una alineación del equipo de nuestra alma de memoria, lanzando nombres de carrarilla, desempolvando recuerdos futbolísticos sin venir a cuento. Mi amigo intentó recitar el equipo que ganó la Copa de Europa con el Barça en el 92 ante la Sampdoria. Pero erró, no supo dar el estoque a su desafío. Cuando me dispuse a enumerar la formación del Athletic que logró el doblete en el 83 los nombres de los jugadores me salieron como por arte de magia: Zubizarreta, Urquiaga, Liceranzu, Núñez, Goicoechea, Gallego, Sola, Urtubi, Dani, Sarabia y Argote. Es más, engrandecido por mi memoria deportiva, recordé que también jugaban en aquel equipo regularmente De la Fuente, Endika o Noriega. Qué equipazo. Y allí, como un abuelo nostálgico portando una cerveza en la mano, me di cuenta de lo estúpido y necesario que resultan estos pequeños momentos de recuerdo absurdo.
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Hugh Hefner y el Imperio Playboy A lo largo de más de medio siglo las ‘playmates’ han pasado de despertar pasiones onanistas a convertirse en estrellas del cine y la televisión. En el punto de mira Está de actualidad gracias al juego ‘Playboy: the mansion’, que recrea la vida del magnate del erotismo Hugh Hefner para que el jugador se meta en su piel y controle la publicación desde el primer número, así como la posibilidad de erigir la famosa mansión Playboy y la contratación de un grupo de fotógrafos y periodistas para las fotos que sirvan de póster central de su prestigiosa revista, así como la selección de la futuras conejitas que antes pasarán por las pruebas que uno, como usuario, elija. Playboy ha pasado a ser sinónimo de lujo, mujeres hermosas e inalcanzables, fiesta se sexo descarriado en multitudinarias orgías, famosos poniéndose hasta arriba de cualquier placer conocido y una forma de vida que muchos sólo pueden imaginar en sueños. Hugh Hefner se transformó en un icono indiscutido del entretenimiento para adultos que vende 5 millones de ejemplares en 18 países. El juego consiste en crear (como lo hizo en su momento Hefner) el contenido de la revista Playboy para que siga las tendencias y tenga éxito en el mercado mientras aumenta la fama del usuario. Para ello, deberá contratar el personal apropiado y construir una mansión de ensueño lleno de conejitas por las que babear en cualquier momento y disfrutar de las fiestas orgiásticas con los invitados más célebres del momento e interactuar con los invitados para encontrar el mejor contenido para la revista, incluidas entrevistas y sesiones de fotos. El componente de simulador social del juego es igual al archiconocido de célebres juegos como ‘Sims’ o ‘Singles’, que permite la interactividad basado en los parámetros de personalidad. El juego ha sido supervisado en todo momento por Hefner y es creación de Ubisoft, junto a Playboy Enterprises y INgrooves.
 Un mito editorial Cuando en 1953 el editor Hefner lanzó desde Chicago la revista Playboy, sabía cual era su objetivo, pero jamás imaginó lo que iba a trascender una idea que revolucionaría el mundo de las publicaciones lúdicas. Su idea era clarividente: crear una revista mensual masculina que alternase entrevistas y columnas firmadas por prestigiosas figuras de la literatura y el periodismo de USA, pero incluyendo en sus páginas una buena parte de producciones fotográficas de los mejores desnudos que se hubiesen hecho hasta la época. Lo que Hefner no sabía era que en base a esos desnudos terminaría fundando un imperio en el que el sexo y la sensualidad que emanaban sus páginas centrales le permitiría ser el hombre más envidiado del mundo a sus 78 años. Con sus artículos y reportajes, Playboy se mimetizó en una publicación de calidad tras un prestigio intelectual que ofrece desde su inicio la cobertura a los temas económicos, políticos y sociales más relevantes de la actualidad. Su esencia se ha transformado en histórica y se ha transmitido de generación en generación como reclamo intelectual donde no faltan las bromas hacia quienes compran la revista jurando haberla adquirido "para leer la última entrevista a Tom Cruise, el estudio de la obra de Gabriel García Márquez o un análisis sobre los últimos movimientos de Wall Street". La calidad de las producciones fotográficas, la cuidadosa y excelente selección de modelos y la belleza física casi fantasiosa de las mujeres que desfilan por sus páginas pueden desbaratar cualquier justificación intelectual. Aunque, en definitiva, ¿por que no pueden ir juntas las notas mas complejas y las tetas mas grandes y suculentas del año? Hugh, la leyenda Todos los hombres del mundo le envidian. Aquellos que conocen su trayectoria saben que es un tipo que a lo largo de su vida se ha levantado de su cama compartida con tres féminas de escándalo (de esas que sólo vemos en las revistas o de forma onírica mientras se ejecuta el vicio manual) para trabajar con el pijama y su aristocrática bata todo el día. Su leyenda cuenta que ha compartido fluidos con más de mil mujeres y haber creado algún harem por el que cualquier hombre mataría. Hef es todo un símbolo. Dentro de sus habitaciones ha sucedido de todo: desde crímenes pasionales hasta sórdidos cuentos de sexo, drogas y rock & roll. Nació en Chicago el 9 de abril de 1926. Desde muy pequeño sus pasiones estuvieron muy claras: los negocios y el dibujo. A los 10 años se cuenta que la vendía un pequeño diario por una ínfima cantidad. En su instituto fue un hombre carismático y con iniciativa. Durante su juventud Hef (como le conocen los más allegados) deambuló por el ejército, se casó con una compañera llamada Millie Williams, pasó por la Universidad de Illinois y acabó recalando en la publicaicón de renombre Esquire, donde ejerció como promotor creativo. Pero Hefner quería su propia publicación. En mente tenía un nombre; Stag que cambió por Playboy. En el año 53 consiguió que Marilyn Monroe accediera a ser la primera playmate de la historia. No colocó fecha en la portada de la primera edición ya que no estaba seguro de poder realizar un segundo número. Su éxito, rotundo: más de 50.000 copias. Preciosas chicas desnudas en los cuidados pictoriales no era algo que el lector estuviera acostumbrado a ver en una revista con aspiraciones comerciales, así que la revolución en el mercado fue considerado como un auténtico ‘boom’ de ventas.  Su finalidad editorial se definía por unas líneas críticas apoyadas en la procacidad, el humor y la diatriba al sistema de vida yanqui, a la institución familiar, con una ventaja que siempre ha determinado a la revista: las grandes firmas que han vertido sus iracundos comentarios en las páginas de Playboy. Su creatividad fue más allá de la revista y decidió crear un club para hombres donde voluptuosas mujeres vestidas de conejitas se encargaban de servir alcohol y proporcionar, en algunos casos, oscuros placeres heterosexuales. Prostíbulos legales de alto ‘standing’. Salvo por una diferencia, las solícitas playmates no eran putas, amigos. Las conejitas elegían a sus penetradores, como en fiestas sexuales de liberales jovencitas entregadas a los placeres carnales. En los años 70, la revista vendía mensualmente más de 7 millones de copias, existían 23 clubes de Playboy en Estados Unidos. Hefner se tranformó en un Dios para unos y en un disoluto pervertido para otras (de estas mujeres que no se afeitan el bigote y protestan por la integridad de las mujeres).  En los 80, una de esta mujeres de condición más conservadora llegó a la vida de Hugh en forma de apetecible cojenita que fue ‘playmate’ en 1989, Kimberly Conrad, mujer que cercenó con sus estrictas normas parte del mito juerguista de la mansión Playboy y que le dio dos pequeños retoños llamados Marston y Cooper. Pero esta tediosa y familiar vida no era plato de buen gusto para un calavera tan mítico como Hef, así que se divorció y a la Mansión volvieron las fiestas, el sexo descontrolado (cuentan que era imposible ir a mear sin venir con una dosis de sexo en cualquiera de sus condiciones que contar a los colegas de copas), estrellas del cine y la música en lúbricas situaciones y jarana y tumultuosa algarabía diaria. Y Hugh tan contento, ya que con la viagra puede seguir activamente disfrutando de sus acompañantes, asegurando que folla cada día como si fuera un incansable zagal con hermosas jóvenes que buscan ser actrices, aparecer en el póster central de su revista o ser parte efímera de la historia del Imperio Playboy. Un hombre que tiene en su poder la tumba adyacente a la de Mariyn Monroe, para que cuando muera pueda cumplir su sueño de descansar junto a la mujer que siempre amó y que inició con su desnudo uno de los reinos libidinosos y económicamente más prósperos de la historia de Estados Unidos. La socia ideal En los comienzos Hefner creo un mito erótico por excelencia, el icono por el cual suspirarían todos los hombres el mundo, la imagen de la chica de nuestros sueños húmedos: las míticas conejitas de Playboy. La modelo que daba vida era la fantasía típica norteamericana de "la vecina de al lado" (the girl next door), luego se convertiría en "la chica del mes" (the playmate of the month) o la sugestiva compañera de juegos (sobre todo en el baño de varias generaciones de adolescentes, con el seguro de la puerta echado y una mano sujetando la revista y la otra, bueno, verás…). Enseguida y para siempre el póster central, protagonizado por las mujeres mas desarrolladas anatómicamente, terminó adornando las paredes de los cuartos masculinos de EE.UU y después de medio mundo (muy popularizado entre los camioneros y mecánicos de coches). Pero a principios de los años 50 no era fácil encontrar secretarias o estudiantes que quisieran posar desnudas. Mostrar sus lascivos encantos ocultos era algo difícil de conseguir en una sociedad tan puritana como la americana. Hasta ese momento las revistas eróticas o calendarios circulaban clandestinamente y sus modelos eran mujeres de dudosa y curtida trayectoria o bailarinas exóticas (eufemismo con el que se designaban a las mitológicas ‘strip-teasers’ como Betty Page, Lily St. Cyr, Blaze Starr o Tempest Storm). Por tal motivo, para sus primeras producciones de desnudos, Hugh Hefner tuvo que recurrir a su afanosa y bella secretaria Janet Pilgrin, que terminó convirtiéndose en una verdadera "secretaria para todo", llegando a ser playmate del mes en tres oportunidades. Varios años más tarde, en 1965, Berth Milton, fundador del imperio Private (la versión hard europea de Playboy con la explicitud genital como bandera), también necesito los servicios de su dotada y hermosa secretaria Sylvia como modelo del primer número de la publicación. Parece ser que todo empresario de este rubro debe tener secretarias dispuestas a todo servicio si quiere salir adelante. Los inicios de las conejas: Marilyn, Mansfield y compañía A partir de 1955, Hefner empezó a descubrir esculturales mujeres que al tiempo de darse a conocer en el mundo del espectáculo, se convirtieron en auténticos mitos eróticos de su época. Como la exuberante platinada Jayne Mansfield (‘playmate’ en febrero 1955) que luego pasaría a ser una de las 'femme fatales' con una célebre y escandalosa carrera cinematográfica en Hollywood, acabando con la cabeza desmembrada del cuerpo en un siniestro accidente en el que el ‘Papa Negro’ de la ciudad de oropel, el satánico Antón LaVey, tuvo mucho que ver. Considerada una copia burda de Marilyn que, como ya se ha mencionado fue la primera e inolvidable playmate de la revista en 1953, Mansfield tiene una de las vidas más truculentas y desenfrenadas que se recuerden. Otra conejita cuyos desnudos le abrieron mágicamente la puerta de Hollywood fue la actriz Stella Stevens (enero 1960). En aquellos años de recato (siempre hipócrita en EE.UU.) todo esto estaba muy mal visto y la revista era quemada en manifestaciones pro-católicas en protesta por el creciente libertinaje y la ‘supuesta’ apología pornografía que profesaba la publicación. Cuando apareció en el desplegable central, un predicador de Tennessee aseguró que la modelo había sido obligada a posar. La Stevens lo desmintió categóricamente, haciendo que las ventas y su fama subieran vertiginosamente y terminó filmando la célebre comedia de ‘El profesor chiflado’ con Jerry Lewis, en 1963 y con el director Sam Peckinpah, en 1970. La playmate de junio 1963, Connie Mason, también pasó de mostrarnos el parrús para la revista a convertirse en musa inspiradora del naciente cine ‘gore’ en su vertiente más ‘splatter’ al ser la incombustible diva del clásico del género dirigida por Hersell G. Lewis ‘Blood Feast’.  La playmate negra Ola Ray (junio 1980), como muchas otras modelos de Playboy, consciente de sus escasas dotes interpretativas, supo que lo suyo era mostrarse en traje de Eva con alguna pretensión de protagonizar alguna escena de ducha o dejarse violar en una escena de película de clase B. No obstante la Ray consiguió una efímera popularidad al interpretar la aterrorizada novia de Michael Jackson en el exitoso videoclip ‘Thriller’ que dirigió John Landis. Curioso dato para la memoria nostálgica sin lugar a dudas. Un caso especial es el de la rubia Shannon Tweed (noviembre 1981) que pasó de las páginas de la publicación de Hef a coprotagonizar la serie ‘Falcon Crest’ y ser pasto de las comidillas sensacionalistas de la época al contraer matrimonio con el insolente Gene Simsons del grupo 'Kiss', rodando además unas 30 películas que la catequizaron como una absoluta reina del thriller erótico y la ex Playboy mas prolifera y veterana que se dedica al cine actualmente. Toda una musa de la revista que se permitía el lujo de algún que otro pictorial en la revista de ‘los hombres que aman a las mujeres’. Los oscuros capítulos en la Masión Playboy.  En 1984 se enamoró de otra espectacular modelo rubia llamada Dorothy Stratten, que por entonces estaba casada con el director de culto Peter Bogdanovich. Pero poco le duró la felicidad al bueno de Hef porque esta modelo aparecería muerta en extrañas circunstacias en la mansión del tío Hugh. Uno de los sucesos más escabrosos que rodean al hombre fundador del Imperio Playboy. El FBI no pudo aclarar quién mató a la joven. Por un lado, se dijo que fue el director de ‘Luna de papel’ quién, en un ataque de celos, fue el responsable de tan trágico suceso. Por otro, Hefner parecía tener todas las papeletas para ser acusado del crimen. Nadie sabe quién la mató. En 1992, la policía de Los Angeles montó una espectacular redada antidroga. La orden del tribunal indicaba que en el interior de la mejora Playboy se consumían todo tipo de sustancias ilícitas. Es de lógica que en un ambiente de lujo con este ajetreo de bombicitos, grandes magnates, productores de cine y estrellas de todos los ámbitos estén puestos hasta arriba de todo tipo de sustancias lisérgicas, pero la verdad es que poco se encontró dentro de la mansión. Lo que demuestra, en ambos, que Hefner tiene un potencial bastante evidente para untar a las autoridades. Jill Ann Spaulding, ex chica Playboy, publicó un libro en el que narró con pelos (descritos en sus diversas facetas) y señales todo lo que sucedió en el dormitorio de la mansión del magnate Hugh Hefner cuando ella ejerció de ‘compañera cobaya’ al lado del magnate. Spaulding (no sabemos si tendrá que algo que ver con uno de nuestros críticos favoritos de la blogoésfera), era una jugadora profesional de póker que durante un tiempo ejerció de chica Playboy. Según sus palabras, la enorme mansión es una casa de trueques sexuales, en la que se comercia con sexo por fama y popularidad. En el libro titulado ‘Jill Ann: Upstairs’, afirman que Hefner tiene 12 "conejitas esclavas" que, entre otras tareas, tienen la de practicar sexo obligatorio con el fundador de Playboy cada miércoles y viernes en las llamadas "Noches de Sexo de Hugh". Durante estas noches, las chicas tienen que bañarse desnudas con sus esculturales cuerpos frotándose libidinosos unos con otros, haciendo que las gotas de su sudor sexual se mezclen con el agua de una piscina donde el sexo puede olerse, donde cada partícula… esto, si bien, que me estoy saliendo del tema… ¿Por dónde iba? Ah, sí, que las Playmates se tienen que meter en la piscina y participar en una orgía en la que suele haber grandes productores de Hollywood, reconocidos actores, famosos jugadores de altas competiciones (NBA, NFL… -algo así como lo que hace Ronaldo pero a lo grande y con clase). Y no sólo eso, si no que la Spaulding detalla lo que para muchos ya ese un fantasía inalcanzable: "Hay dos grandes pantallas de televisión en su dormitorio con cine porno. Las chicas que están haciendo el amor tienen que gritar mucho y las que no simular relaciones lésbicas con las demás". Ahí es nada. Estrellas como Sammy Davis Jr., Peter Sellers, Ray Charles, Tony Curtis, Rocky Marciano, Ryan O’Neal, Roman Polanski, Jack Nicholson, Mick Jagger, Clint Eastwood, Groucho Marx, James Caan, John Belushi, Nicholas Cage, Bruce Willis, Leonardo Di Caprio y Jim Carrey entre muchos otros han pasado por las camas llenas de conejitas de la Mansión de Hugh. La X más oculta de Playboy Desde 1953 más de 600 chicas han pasado por los epígrafes de ‘playmate’ de Playboy pero sólo dos se atrevieron a dar el paso que muchos quisiéramos ver: dedicarse al cine pornográfico, a exhibir visualmente todos esos movimientos que hemos imaginado mientras veíamos con los ojos como platos y el mástil izado sus desnudos en la revista. La decididamente potente Susan Kiger, tres años antes de ser conejita (enero 1977) protagonizo ‘Deadley Love’ (1974) con bastante pericia en sus acometidas sicalípticas y una simpática muestra de placer solitario con una serpiente (mucho antes de que lo popularizara Cicciolina). Aunque más intenso fue el trabajo de Teri Weigel (playmate 1986). Primero, modosita ella, se animó tímidamente con las producciones ‘soft-core’ en video tanto para Playboy como para Penthouse y el Playboy Channel (una dinámica que sí ha proliferado entre las playmates más actuales), pero cansada de posar decidió pasar a la ‘acción’. El cine porno se rindió a ante sus encantos y con un nombre similar al de Tori Welles se hizo famosa por sus alaridos orgásmicos y porque sus enormes ubres crecían desmesuradamente año tras año (es la guarra de la foto). Otras chicas siguieron un camino inverso y sinuoso por el lado oscuro y más sicalíptico del género prohibido fueron la archiconocida Pandora Peak, que trascendió también por sus estratosféricos pectorales trabajando primero como striper y modelo de revistas eróticas; y luego por ser una de las musas del catedrático del erotismo ‘freak’ Russ Meyer (entrañable cineasta que dirigiera la saga de ‘Vixens’ o ‘Faster Pussykat Kiss, kiss’). Pandora también se dejó ver como en ‘Strip-Tease’, el bluf con indicios de ‘cult movie’ dirigida por Andrew Bergman y protagonizada por Demi Moore.  El edicto de la revista de Hugh Los pechos poderosos y rebosantes de silicona (el sueño de todo amante de lo ostentoso) y las melenas rubias, pieles tersas, curvas de vicio y kilométricas piernas que acaban en una entrepierna perfectamente depilada donde el vello púbico dibuja formas mareantes de estética estudiada son los aspectos más característicos de la prototípica estrella de Playboy. Además, si bien es cierto que la playmate del mes debía ser moderna, simpática, inteligente y sin falsos prejuicios morales a la hora de exhibir su cuerpo en las páginas centrales, falta agregar el sustento ideológico y filosófico de Hefner. Y tal vez en ese terreno es en donde la modelo de Playboy - a pesar de su contundencia física - pierde terreno en relación a las mujeres de otras publicaciones. Con el paso del tiempo y los cambios en la sociedad, la mujer de Playboy se convirtió en un mito sexual que, por inalcanzable (siempre estaba rodeada por el lujo y tenía pechos sin sexo), termino aburriendo por su sometida insulsez. Llegó un momento en el que el pajillero quería ver más. El vicio y la obscenidad, de nuevo, habían ganado la partida al decencia y escrupulosidad de Playboy. Por eso la revista ‘Hustler’ de Larry Flint, por ejemplo, lo entendió así desde un principio y para competir y llevarse el gato al agua, aparte de mostrar mujeres sensualmente desnudas mostraban sin pudor la amplitud de su sexo (sí, me refiero a esas fotos en que se ve hasta el punto G). Hefner se dirigió a sus lectores con un editorial en el que se resaltaba que "cualquier hombre puede ser un "hustler" (bromistas o medio locos) pero solo unos pocos tienen el privilegio de ser "playboys" y tener un "penthouse". Y con esa política de comedimiento sigue su método artístico que siguen consolidándole como la mejor y más seria publicación para adultos.  Un inventario de bellezas inextinguibles El desfile incesante de mujeres que han pasado por la revista de Hugh Hefner, ya sea en una producción fotográfica como en entrevistas o reportajes, tanto de ignotas modelos como mujeres convertidas en ‘megastars’ de Hollywood, demuestra que no sólo una obsesión mamaria fue el motor de Playboy y su creador, sino que la belleza en su expresión más amplia también forma parte de la idea utopista del creador de la revista erótica más prestigiosa del momento. En sus 43 años de existencia, entre cientos de cuerpos que han sido observados por sus incondicionales lectores, la publicación dio lugar a mujeres como Marilyn Monroe, Jayne Mansfield, Betty Page, Stella Stevens, Sharon Tate, Bo Derek, LaToya (vamos a rimar) Jackson, Drew Barrymore, Anna Nicole Smith, Pamela Anderson, Pandora Peaks, Brigitte Bardot, Ursula Andress, Kim Bassinger, Madonna, Cindy Crawford, Sharon Stone, Tahnee Welch (hija de Raquel Welch), Sherilyn Fenn, Victoria Principal (en su día, una estrella gracias a la serie ‘Dallas’), Marisa Berenson, Sandahl Bergman (hija del director Ingmar Bergman), Anita Ekberg (la nutrida protagonista de ‘La Dolce Vita’), Joan Collins, Linda Evans, Farrah Fawcett, Sylvia Kristel, Brigitte Nielsen, Daryl Hannah y Halle Berry entre otras. Toda una galería para el recuerdo. PD: Particularmente, la que me más me ha puesto de toda la vida es Barbi Benton.
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miércoles, marzo 02, 2005
‘The Siderman’s Greatest Bible Stories’ narra con ironía y atrevimiento las aventuras de nuestro superhéroe arácnido favorito en una tira insólita, inscrito en la Biblia, como incendental adalid que 'pasaba por allí'. Puede que sea sacrilegio, pero al menos es más divertido que la ofuscación teológica de Rodolfo León con su panegírico al Papa Juan Pablo II ‘Homopater’, donde convierte al Santo Padre en un superhéroe con chepa y baba colgando incluida. Aunque visto lo visto va a ser verdad, porque Karol Wojtila parece inmune a la muerte, perseverando en su lucha hasta que se le cruce en su camino un poco de Kryptonita. Si a lo largo de los años, muchos de los héroes del cómic han compartido aventuras uniendo sus fuerzas y saltando de sus respectivas viñetas a otras con reconocidos protagonistas de cómics, ya iba siendo hora de hacerlo con un superhéroe de poderes sobrenaturales concebido en la imaginación de algún quimérico historietista (en este caso, doce, nada más y nada menos) como es el caso de Jesucristo. En ‘The Siderman’s Greatest Bible Stories’ le tenemos al lado de su colega Spiderman, que hace frente a muchos de los pasajes bíblicos en los que el alter ego de Peter Parker tuvo (supuestamente) tanto que ver.  O si no, sólo hay que echarle un vistazo a la humorística viñeta de Steven Humprey para saber que fue Spidey en el que separó las aguas del Mar Rojo con la ayuda del Increíble Hulk ante la absorta mirada de un Moisés como simple espectador al verdadero karma sobrehumano. O que el mito creado por Stan Lee auxilió a Jesús en la cruz y que fue él quién retiró la pesada piedra de la cueva para que el Mesías volviera a la vida cuando resucitó al tercer día de morir. Pura demencia teófoba oculta en el mejor sentido del humor que se puede encontrar en este lodo de desorden que es Internet.
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Melancólica visión de la realidad de Nunca jamás Forster proporciona una lustrosa y solvente narrativa ambientada en la Inglaterra eduardiana para esta historia del génesis de la obra ‘Peter Pan’ por parte de J.M. Barrie. ‘Peter Pan’ incumbe sin duda alguna a la cultura infantil al describir un mágico mundo en el que nadie crece y el inexorable paso del tiempo se detiene por un cosmos de juego y fantasía. Para el adulto, es una obra que lleva a reflexionar a los que van dejando de ser niños, sobre algo que ocupa y preocupa a todas las personas: el riesgo de crecer y llegar a ser quienes somos. ‘Finding Neverland’ es el sorprendente primer guión de David Magee, adaptación de la novela de Alan Knee ‘The Man Who Was Peter Pan’ para la cuarta película como director de Marc Forster tras la maravillosa y dramática ‘Monster’s Ball’. La historia comienza observando de cerca la figura del dramaturgo escocés James M. Barrie detrás de las bambalinas, escrutando a la refinada sociedad eduardiana de la Inglaterra del siglo XIX. Barrie estrena su última obra y en seguida percibe que será un fracaso. Aún así, su leal productor Charles Forman seguirá confiando en él, pero su mujer, Mary Ansell, adivina la progresiva desatención de su absorto marido. La vida del escritor cambia radicalmente cuando pasea por los jardines de Kensington, con la aparición de la hermosa viuda Sylvia Llewelyn Davies y sus cuatro hijos, en los que Barrie encontrará, además de una fuente de inspiración para su obra, unos singulares compañeros de juegos imaginando historias de vaqueros, piratas y demás fantasías. Es el germen de su inmortal obra maestra: ‘Peter Pan’.  ‘Finding Neverland’ recoge el espíritu del personaje creado de Barrie para llevarlo a su propia vida, que transcurre en parsimoniosa cadencia y arteramente aislada de cualquier problema, donde las contrariedades más terribles pueden ser silenciadas con la imaginación, atenuándolas con la candidez de aquel que no quiere sufrir, pero que no se enfrenta a la realidad para superar sus miedos. Es esta esfera de engaño, en la cual transcurre el universo que muestra la última cinta de Forster, supone el círculo cerrado de un hombre lacónico, extrañamente infantilizado, ajeno a los problemas que le rodean. El James M. Barrie creado para la ocasión es, más que nunca, el del Niño Eterno por excelencia que está sumido en un mundo ficticio, justificado en la falta de madurez afectiva respecto a su esposa. También creativa y personalmente, existen formas claras de inmadurez en las que destacan la inseguridad, la falta de confianza en uno mismo y la autovaloración negativa e inadecuada. Por eso, la escala narrativa pone de manifiesto la idea de un Barrie que va madurando como persona a la vez que escribe, de un modo invisible, una historia para que los niños puedan vencer su miedo a hacerse mayores y afrontar así sus problemas, miedos, alegrías y descubrir, representando o inventando su propia identidad, perceptible cuando George (Nick Road) está preparado para hablar con su madre de la enfermedad de ésta.  La decisión de desdeñar la parte más siniestra y tenebrosa de la obra de James M. Barrie, responde al difícil reto de ir conjugando la progresión dramática en la elaboración de la personalidad de los niños y de él mismo. Pero lejos de un aparente endulzamiento colorista, ‘Finding Neverland’ es una fábula triste y melancólica, donde aunque la magia carezca de luminosidad y se acuda a una conseguida mezcla de fantasía con la calidad heroica del chico que no quería crecer, Forster no rehuye el drama ni los conflictos personales que rodean a todos sus personajes; ya sean las carencias afectivas o paternales, la enfermedad, el adulterio o la intolerancia de quienes van creando paulatinamente ‘Peter Pan’. Hay quien acusa al director y al guionista de cierta sumisión y esquivamiento de los oscuros aspectos en la vida figura del escritor, echando en cara la disposición a evitar los malévolos comentarios vertidos sobre alguien que pasa más tiempo con niños que con el resto de la sociedad repudiando a su vez a su esposa por una viuda que accede a entrar en su mundo.  Sin embargo, todo está presente en la película. Sir Arthur Conan Doyle (interpretado fugazmente por Ian Hart) le aconseja dejar de andar con niños, pues la aristocracia y sus lectores hablan acerca de temas impúdicos, ante lo cual Barrie, molesto, parece no darle importancia, superponiendo su inocencia y la de los infantes y su madre a las habladurías de la gente. La burbuja social y personal del escritor es, en todo momento, la clave de una película que motiva ciertas implicaciones con el extraño comportamiento del personaje. Hablando de una historia como ‘Peter Pan’ y su fabulación melodramática, el mundo en el que se concibió no podía ser de otra manera que no fuera mostrando a un Barrie enamorado de la familia, aunque de una manera asexual, ya que los vínculos creados entre la mujer y los niños son terapéuticos, sirviendo éstos como lenitivo de sus respectivas heridas emocionales. Aunque es de reconocer que se echa de menos un poco más de hincapié en el proceso de creación del libreto que tanta descripción detallista en las relaciones que inspiraron el relato. La percepción que se tiene del Barrie de ‘Finding Neverland’ es la de un hombre idealizador de las cosas y los sentimientos que alguna vez enalteció en su pasado el amor por una mujer que prefirió acomodarse en la aristocracia a pretender entender a su especial marido. En esa idealización imaginativa, con la obsesión por los niños de Sylvia, se deduce la respuesta de la personalidad del escritor: la motivación que le lleva a actuar como un niño, que no es otra cosa que la muerte de su hermano y la suplantación éste ante su madre, perdiendo así su propia infancia e identidad. Es entonces cuando la joven madre oye hablar de Nunca Jamás, transmutada al deseo de la futura Wendy de su obra. Su fanatismo sagrado que afecta un nivel confidencial se revela cuando hablando con su productor teatral vislumbra la magia de una sonrisa infantil, necesaria para el entendimiento de la obra que cambió su vida.  Para ello es fundamental la sobriedad con la que Johnny Depp acomete uno de sus roles más logrados, al realizar una contenida y sutil interpretación de un ser torturado, mágico y hechizador. Una composición (merecidamente nominada al Oscar) que encuentra la mirada cómplice de un extraordinario elenco infantil que sabe transmitir el afecto mutuo que se establece entre el escritor y los niños. Cabe destacar la afinidad con el pequeño Freddie Highmore, que da vida a Peter, el chiquillo menos crédulo y más escéptico de la familia, intercambiando sus estatus donde un adulto quiere ser niño para evadirse de sus problemas y el niño quiere crecer para no sufrir. Kate Winslet vuelve a estar a la altura, como siempre, esta vez acompañada de una envejecida Julie Christie y una siempre eficaz Radha Mitchell. Forster proporciona así una lustrosa y solvente narrativa ambientada en la Inglaterra eduardiana de comienzos del siglo XX, gracias a un estimable trabajo de fotografía atenuadamente colorista Roberto Schaefer y el diseño de producción de Gemma Jackson que recrea a la perfección la atmósfera agridulce británica de la época. Un entorno ideal para reflejar la crisis profesional y personal de Barrie, quien termina hallando su inspiración literaria y vital en el amor de una familia curtida por la adversidad. Hay quienes se empecinan en señalar las libertades que David Magee se ha tomado a la ahora de adaptar la historia literaria a su guión, ya que en el libro el padre de los Llewelyn Davies aún está vivo y la enfermedad de su mujer no es un factor determinante, pero visto el resultado que Marc Forster ha mercedio la pena, porque ha conseguido ilustrar, con una sensibilidad incontestable, la verdadera finalidad de Barrie, obligando en su mensaje final a entender lo que significa vivir de verdad y abodar el paso del tiempo como evento ineludible al nadie puede escapar. Lírica y sensible, ‘Finding Neverland’ ostenta un ajustado equilibrio entre realidad y fantasía, con un estilo (para bien o para mal) algo edulcorado, que pese a un plausible manejo de las emociones no pierde de vista su afán melodramático y consigue una película de admirable sensibilidad. Una auténtico placer tan conmovedor como recomendable. Miguel Á. Refoyo © 2005
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