jueves, 7 de octubre de 2004

Review 'The Village (El bosque)'

Los monstruos innombrables
Shyamalan ofrece con ‘El bosque’ un cuento moral, una de sus mejores películas con una historia de múltiples lecturas que analiza el miedo a lo desconocido y al progreso.
El cine de M. Night Shyamalan se construye sobre unas sólidas bases que tienen su sentido en una estética visual y perceptiva transformada en sentimiento elevado a un nivel de frialdad y distanciamiento capaz de articular con sus imágenes un universo de contundencia autoral, de sugestiva puesta en escena con fundamento, con un constante componente ideológico y/o teológico que, esgrimido con géneros como el ‘fantastique’ y el cine de terror, le han descubierto como uno de los cineastas más sugerentes y visionarios del último cine de Hollywood.
Sus historias humanistas, tormentosas y a veces enfermizas, desprenden de su finalidad global un discurso reconocible que apunta al análisis de la sociedad moderna, dibujando para ello temores donde el liberalismo político, el racionalismo, la moralidad y la autocensura reflejan el pánico a lo desconocido, recurriendo en todo momento a la sugerencia visual y argumental para enjuiciar subversivamente el relativismo moderno, la falta de cánones morales, el creciente progreso y la falta de creencia en lo trascendente, más allá del ámbito terrenal. Esa máxima, unida a la ambigüedad, el enigmatismo naturalista y al prodigioso manejo de los mecanismos del suspense con que Shyamalan envuelve sus filmes, son el precedente de ‘El bosque’, un teorema más ideológico que argumental que recoge mucho de lo mejor de ‘Los primeros amigos’, ‘El sexto sentido’ o ‘El protegido’ y poco de lo peor de la laxa teología de su obra más superflua hasta el momento, ‘Señales’.
En ése sentido, el cineasta de origen hindú parece haber adoptado la directriz de la alegoría narrativa para ir más allá en su discurso argumental. Así, en sus tres últimas películas ha dejado claro que los humanos son los muertos, que el superhéroes son creaciones de los más pérfidos villanos sin entrañas y que todo Apocalipsis respalda un renacimiento interior. Metáforas inigualables, diáfanas, esquemáticas y universales para transcribir un mundo desamparado que el espectador puede interpretar mediante la poética fílmica y deliberada del director.
La acción de ‘El bosque’ se sitúa en un pequeño pueblo llamado Convington (Pennsylvania), aparentemente a finales del S.XIX, situado en medio de un paraje natural de increíble belleza. Un idílico entorno que contrasta poderosamente con la actitud de los lugareños, que viven atemorizados por ‘criaturas de las que no se habla’, entes demoníacos con los que mantienen un pacto de respeto, pero que limitan la vida de sus vecinos impidiéndoles salir de la alienada villa. Cuando un joven aldeano, Lucius Hunt, propone atravesar esos límites para conseguir medicinas que alivien su precaria situación médica, se producirá un cambió en la existencia de todos los habitantes del pueblo.
Bajo esta, a priori intrascendente propuesta que, según su director, se basa en los principios temáticos de ‘Cumbres borrascosas’, la novela de Emily Brontë y en el clásico ‘King Kong’, dirigido por Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, por la ambientación de época y la atmósfera opresiva, y la amenaza impuesta que viven los nativos de la Isla de la Calavera, respectivamente, ‘El bosque’ va más allá de cualquier especulación baladí de aquellos que han intentado empequeñecer el portentoso trabajo de guión y dirección de Shyamalan. Sobre el argumento, también planean turbiamente los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas de Nueva York, aunque no sea ese el camino a seguir para analizar un filme repleto de virtudes.
‘El bosque’ fundamenta su existencia en una aldea que aboga al cada vez más extinguido valor de comunidad, que vive en perfecta armonía, sólo quebrantada por un miedo a unos seres que habitan mas allá de sus fronteras y que parecen establecer el bien y el mal. Para H.P. Lovecraft el miedo funcionaba en varios niveles, pero el primordial estaba basado en el respeto hacia lo desconocido. El temor a lo oculto, a lo amenazante. Y eso es, en principio, la clave para seguir la historia, a los personajes circunscritos a un ambiente de paz y concordia. Pero si algo se asume con este dictamen, es que el miedo, del mismo modo, atenaza e inmoviliza, algo que se incrementa a lo largo de ‘El bosque’. Y es en su premeditada acrimonia, donde Shyamalan sitúa una enfermiza parábola que se puede leer de diversas formas, en una multilectura que acaba, irremediablemente, en un concienzudo examen aislacionista y antiprogreso simbolizado en un pueblo busca infructuosamente aislarse de la traición, la violencia, los intereses económicos y la dependencia de lo material de una sociedad que cada vez es más amenazante.
Algunos críticos americanos han querido ver en ‘El bosque’ una crítica a la política de manipulación basada en el miedo y en la estafa que ha ejercido el gobierno de George W. Bush o simplemente como un panfleto pro-demócrata de cara a las próximas elecciones. Justificar la mentira como vehículo para la consecución de un bien común, aún cuando exista la posibilidad de que ese bien sea una patraña, un fantasma de una mente trastornada podría apuntar a esa obsesión de un Ozymandias presidencial por unir a una comunidad infundando el miedo a costa de una amenaza que no es. Bien podría serlo. Pero no es así. Y no es así porque la intención del cineasta es conformar una historia sustentada en tres factores primordiales para entender este gran filme; uno, lo que temáticamente vienen dando sus películas, que giran alrededor de decisiones éticas radicales y trascendentales.
Otra que apunta a que sólo el amor es el motor que mueve el mundo, que no conoce de mentiras ni de miedos y que es capaz de enfrentarse a ellos con bravura para descubrir la verdad. Y, por último, la universalización de su mensaje hacia algo mucho más simple: el miedo de la sociedad ante los misterios que encierra el progreso y sus consecuencias en el mundo. Shyamalan acepta con su consiguiente estilización simbólica que su último y apasionante filme se preste a múltiples y variadas interpretaciones. Por ello, su última película es oportuna y comprometida, fiel al estilo de un realizador más preocupado por hacer partícipe al espectador de los sentimientos de sus personajes que de hacer verosímiles las historias fantásticas que protagonizan. De ahí que el terror se sitúe en la carga emocional en los protagonistas, mientras que en el suspense, que tan bien maneja el director de ‘Señales’, se concentra en las situaciones.
Tal vez algo que se le achaque a ‘El bosque’ sea la falta de concreción y de explicaciones enfáticas en pantalla sobre las respuestas que se supone que tendría que dar Shyamalan una vez puntualizado ese ‘giro’ (in)esperado por todos, al que recurre como síntesis de la sugerencia y aquí nunca es utilizado como ‘efecto sorpresa’. Si bien es cierto que quedan algunas incógnitas sin aclarar dentro del pánico creado en la pequeña aldea, Shyamalan es consciente de que su público es lo suficientemente inteligente para dejarse llevar por su imaginación y extraer de la poesía y las sensaciones una historia inclasificable que injustamente promete miedo y que termina brindando una película ponderable en todos los sentidos.
‘El bosque’ es una película con tono denso, doliente, de contradicciones paradójicas, que manifiesta todo este juego de tensiones contrapuestas en su personaje principal, una ciega que sea la que pueda atravesar el bosque maldito, la que no tenga miedo a la hora de enfrentarse a las supuestas criaturas y la única que, por amor, sea capaz de traspasar los límites fronterizos. Todo llevado por el romanticismo, por el amor como único sentimiento ante un contexto frío y distante. También que el mal esté representado en un esquizoide tarado (presentado como el falso ‘tonto del pueblo’) que, inteligentemente, ha descubierto el gran secreto y lo utiliza con poder e intimidación sobre sus conciudadanos, provocando el caos, destruyendo la lógica de miedo impuesta por el Consejo. Un Consejo formado por hombres y mujeres que no han nacido en la aldea y vienen de fuera, donde los personajes de Hurt y Weaver, son incapaces de manifestar sus sentimientos y poseen una caja negra que oculta el gran secreto que todos esconden.
También lo es la contradicción de la razón de una fábula intimatoria como fruto del amor y la necesidad de aislar a los lugareños del Mal de la sociedad, fusionados en un microcosmos creado y financiado para y por una libertad que, en realidad, es una alienación eogísta. Unos miembros regidores que son capaces de dejar morir a los suyos con tal de no enfrentarse a los fantasmas sociales que les recluyeron para siempre. No se trata, por tanto, de hacer pasar miedo al espectador, sino de de reflexionar sobre cómo funciona el miedo y cómo éste afecta a nuestras vidas.
Una cinta oscura y pesimista, nada autocomplaciente, que empieza con el entierro de un niño muerto por causas que, una vez sabidas, se deducen de las horribles consecuencias provinentes del experimento al que ha sido sometida la aldea. La cinta también acaba de una forma pesimista e imprevisible, pero a la vez tan realista que uno no puede más que aceptar los acontecimientos. Es ahí donde la atmósfera tiene un protagonismo especial, donde Roger Deakins, habitual de los hermanos Coen extrae un naturalismo en la línea de John Alcott, donde abundan los cielos nublados, que provocan que el filme tenga ese éter desapacible, un aspecto frío y distante. Como importante es el recurso cromático simbolizado en la prohibición del rojo –el color de la vida y la sangre- o el amarillo -como defensa de los miedos-. Colores todos ellos que la protagonista ciega, evidentemente, no puede ver, pero sí percibir, desoyendo las órdenes cuando su corazón lo dicta.
Sobresalientes son también las interpretaciones de los protagonistas Bryce Dallas Howard (con un lanzamiento al estrellato más que sorprendente –está increíble-), la sutilidad de Joaquin Phoenix en el papel de timorato retraído, así como los siempre extraordinarios William Hurt, Sigourney Weaver y Brendan Gleeson. Sin embargo, en este apartado, no encaja la sobreactuación maniquea e inesperada de un Adrien Brody que juega tanto con los aspavientos y la mueca que termina por resultar sofocante.
Dando un paso más en su estilizada evolución fílmica y cinematográfica, Shyamalan ofrece un ejercicio de relectura estilística, siguiendo los esquemas propios del terror con ese giro sorpresivo (que aquí no es tal) que tanto proliferaban en la obra de Rod Serling y Ray Bradbury (al que se acude por la similitud de su relato ‘Bosque Mitago’ con esta película), constituyendo una experiencia cinematográfica absorbente. La dirección de Shyamalan, su puesta en escena emocional recubierta de sencillez y su minimalismo visual atienden de nuevo a sus restricciones en las que no existe la necesidad de mostrar, sino de sugerir con un particular y sutil pulso narrativo, ejemplificado en el ‘ralentí’ que se produce cuando el público tiene la oportunidad de ver por primera vez a una de las criaturas.
Apoyado en una prodigiosa partitura de James Newton Howard (la mejor en años) ‘El Bosque’ es insinuante antes que terrorífica, claustrofóbica y alegórica antes que misteriosa y, sobre todo es una obra llena de poesía y emotividad que deja la sensiblería a un lado para tratar con pasión una historia de amor y tragedia. Una poderosa y angustiosa película que, tras la fallida ‘Señales’, encauza la brillante trayectoria de uno de los nuevos genios del cine norteamericano.
Miguel Á. Refoyo © 2004