miércoles, 16 de noviembre de 2011

Review 'Tintín: El secreto del unicornio (The Adventures of Tintin: Secret of the Unicorn)', de Steven Spielberg

Espectáculo de sublimado frenetismo
Spielberg traiciona voluntariamente al espíritu de Hergè sin perder de vista la constante ofrenda para, sin llegar a resultar del todo innovador, recuperar la grandeza de un cine capaz de ofrecer al espectador un sentido mágico de la aventura.
En la genealogía aventurera de Georges Prosper Remi "Hergè" se instauró un estilo revolucionario que aunaría vida y obra en un solo personaje, en un antihéroe difícil de catalogar y que podría ubicarse con la personalidad multifuncional de un chaval algo ‘infantiloide’, de rasgos adolescentes y discernimiento adulto. Más de ocho décadas después de su nacimiento, Tintín permanece con asombrosa vigencia como un mito irrepetible. Hoy en día, forma parte de la memoria colectiva, extendido a lo largo de innumerables generaciones que cayeron rendidas al culto de unas aventuras insólitas y originales, trufada de enigmas y secretos, simbolismos y testimonios históricos.
El transcurso vital enmarcado en conflictos históricos en su recorrido internacional fue concebido por Hergè con excepcional visión aventurera dentro de unos contextos geográficos de exótica esencia ambulante, dejando en el camino una deuda saldada con la Historia en auténticos tratados de erudición fidedigna y enriquecedora sobre acontecimientos claves en el devenir de nuestro mundo. Inspirado en periodistas como Joseph Kessel y Albert Londres, el intrépido reportero que vestía ridículos pantalones bombachos y peinaba insólito flequillo, convertido en héroe y testigo de la Historia, adopta en su adaptación cinematográfica por parte de Steven Spielberg y Peter Jackson un cariz ‘mainstream’ que transfiere el personaje de Hergè hacia la globalización de su leyenda literaria.
Aquéllos que crean que el respeto concienzudo y la fidelidad extrema a la obra de Hergè se da con menudencia y precisión en ‘Las venturas de Tintín: El secreto del Unicornio’ van desencaminados. Sin embargo, Spielberg no lo oculta ni disimula. En una de sus primeras secuencias, la que corresponde a la presentación de Tintín, vemos el cameo del propio Hergè, dibujando al periodista de rostro aniñado. Cuando muestra la silueta vemos al original recreado por el autor belga. Es el aserto diferencial de cómo veía Hergè a Tintín y la distancia tridimensional que le separa de esta nueva versión de Spielberg y Jackson. Por tanto, se da en el filme una honesta divergencia cohesionadora del mito a su actualización, rindiéndole un homenaje, sí, pero avanzando que toda la aventura del personaje está filtrada por una intención de novedad, que traicionará el espíritu del autor francés en varias ocasiones y se pondrá al servicio de sus propios intereses y descripción sumergida en la modernidad de la ‘performance capture’. Una técnica que, si bien escapa en cierto modo a la Teoría del Valle Inexplicable, de Masahiro Mori, matiza la opaca inexpresividad de la esencia digital de este modelo de animación para explorar nuevas vías de regocijo visual instauradas con artesanía y cognición por un Spielberg en plena forma.
El director de ‘E.T.’ comparte con Hergè la exactitud preciosista en la diversidad con la que entrelaza todo tipo de géneros, manejando un minimalismo estético centrado en la exactitud de las descripciones y de los detalles expositivos. También en la cercanía con la que se abordan los conocidos personajes de la aventuras, basándose a menudo en estereotipos que desentierran personajes o situaciones reconocibles dentro de un universo plagado de referencias hiperbolizadas de la realidad. Este ‘Tintín’ no deja de ser una referencial ofrenda caricaturesca en la que Spielberg demuestra que es el cineasta idóneo para llevar a cabo esta complicada coyuntura. Consecuentemente, Spielberg regresa con un espectáculo imprevisto, de primer orden, realzando la aventura y la impronta de Hergè, pero dejando a un lado las ergástulas concesivas al respeto excesivo y bordeando el ultraje que verán los ‘tintinólogos’ más ortodoxos con ejemplar síntesis, basada en la añoranza por la expedición narrativa de los arcaicos seriales aventureros guionizados a seis manos por Steven Moffat, Edgar Wright y Joe Cornish.
El guión condensa y toma como referencia ‘El cangrejo de las pinzas de oro’, ‘El secreto del Unicornio’ y ‘El tesoro de Rackham el Rojo’, cambiando según las necesidades, respetando el primer encuentro de Tintín y Haddock en el mítico Karaboudjan y transformando en villano absoluto Ivanovich Skharine. Incluyendo además la peripecia del Sahara con la presentación de Omar Ben Salaad y la aparición de Bianca Castafiore (es una lástima que para conocer al profesor Tornasol haya que esperar a la segunda parte). Spielberg va dibujando su propio Tintín, ostentando estrategias propias, dejándose en el camino cualquier atisbo de sátira política o discurso subversivo y renunciando también al tono europeísta de sus originales con la hipertrofia de la espectacularidad fomentada en un perímetro de adaptación lejanamente respetuosa sustituida por una vía más autónoma. De esta forma, la arraigada iconografía estilística e intraducible de Hergè no es óbice para que Spielberg dé rienda suelta a la inspiración y delirio juvenil, evidenciando un esperado resurgimiento del gran “Rey Midas” a un género que no cuajó con ‘Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal’.
‘Las venturas de Tintín: El secreto del Unicornio’ se deja ver sin complejos, como un apabullante parque de atracciones temático alrededor de la figura de Tintín, donde la intención de sorprender, de buscar un sentido mágico y revolucionario de la aventura, sin llegar a resultar del todo innovador, atesorando formas y contenidos calculados, pero no descubiertos de un modo tan categórico como cabría esperar debido, muchas veces, a la recargada sublimación de frenetismo inalcanzable cercana al videojuego y a su exposición sin aliento. Empero, hay que reconocer la agradecida traducción equilibrada de la aventura, sin perder de vista el poso tradicional donde no falta el humor, la fraternidad y sentido del honor que sigue conviviendo en esta adaptación cinematográfica de altos vuelos. Incluso Spielberg se toma la licencia de fagocitar, a modo de autoparodia, los elementos distintivos de su saga ‘Indiana Jones’ y de constantes alusiones a su propia obra; desde ese ‘Tiburón’ utilizando el flequillo de Tintín en el agua hasta todo tipo de alusiones a la saga de Indy, como ese sidecar y el lobo de mar Haddock con un bazooka. Tintín contiene en esta nueva vida fílmica el estigma de acrisolado héroe clásico con reminiscencias de una atmósfera clásica, con trasfondo de romanticismo alegórico, de entidad nostálgica, anudado en todo momento a un sentido de la acción absolutamente prodigioso en el que no faltan texturas y claroscuros, efectos y colores que recuerdan al mago Hergè. Como prototipo de cine de acción, cabe destacar la definición con la que están rodadas las escenas de acción, contribuyendo aquí con un tonelaje narrativo que deviene en emoción, trazado con maestría en ese deslumbrante plano secuencia por las calles de Bagghar que desglosa la mejor muestra de un Spielberg capaz de adaptar lo imposible y las posibilidades de la era digital a su profundo conocimiento del medio y del espectáculo.
Se echa de menos y se entiende, a su vez, la intención de Spielberg y de Jackson de facilitar su trama narrativa para que ésta sea accesible y rehusando de virajes y dobleces de la obra de Hergè, para abrir de par en par la puerta al público infantil, excediendo aquélla máxima que afirmaba que la amplitud del espíritu ‘tintinesco’ abordaba todo tipo de edades con un carácter identificativo. Y tal vez, uno de los errores del filme sea ése, el de sistematizar sus tramas hacia un público infantil y juvenil para que las andanzas de Tintín sean captadas por todo el público más pequeño, desaprovechando el surrealismo que flameaban los cómics y dejando algo huérfano de aquel tono irónico y los chistes sarcásticos que inundaron las páginas de los cómics, como sucede aquí con el fallido y extemporáneo doble acto de los Hernández y Fernández o el áurea de un capitán Haddock que convoca su sugestivo alcoholismo hacia un sexto sentido que se convierte en la clave vinculante toda la trama de su antepasado Francisco de Hadoque y la pérdida de su barco, el Unicornio, a manos de los piratas liderados por Rackham el Rojo. Un personaje destacado, pero que no recurre en exceso a su mal humor, a sus originales insultos y, en último término, a la arrolladora personalidad de la que es, sin duda, la figura más emblemática de Hergè.
A Spielberg, por el contrario, le sirve para reformular la embrionaria entidad de aquel cine de aventuras que le hizo célebre hace décadas, con inagotable capacidad autóctona de deleitar al público con constantes ráfagas de acción deslumbrante, con una intención visionaria que ralla la megalomanía, si no fuera porque la honestidad que desprende cada plano del filme responde a la admiración de Spielberg por la gran obra de Hergè. Se le perdonan esos amagos de delirio visual, como la desmedida lucha de grúas o el abordaje de los barcos de antaño y hay que aplaudir el embrujo con el que procura seguir preservando un icono de la literatura y el cómic. La primera de las cintas de la saga de ‘Tintín’ es cine escapista, técnicamente impoluto, nutrido con ilusión, diligencia y rejuvenecedora vitalidad en una función de fuegos artificiales elegante y espléndida, en el que tras su gran trabajo de diseño se atisba gran cine de aventuras imbuido de un poder imaginativo más grande que sus propios propósitos de diversión.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011.