viernes, 28 de octubre de 2011

Tintín: un antihéroe antológico

Cuando en 1929 Georges Prosper Remi, el gran Hergè, lanzó a Tintín a las páginas del diario ultraconservador ‘Le Petit Vingtième’ no podía imaginar que su vida estaría voluntariamente hipotecada a este personaje. No le importó. Con él desarrolló un mundo de aventuras fascinantes, que fueron y seguirán siendo cumbre del noveno arte y referencia inagotable de importantes autores ulteriores. Su primera aventura fue ‘Tintin en el país de los soviets’, relato antibolchevique que parodiaba a los rusos comunistas de entonces. Tintín es un antihéroe difícil de catalogar, que podía ubicarse con la personalidad multifuncional de un chaval algo infantiloide, de rasgos adolescentes y discernimiento adulto. Esta poligénesis de personalidad matizaría los valores universales de un mito que hoy, con el paso de los años, ha sido injustamente olvidado hasta la llegada, esta misma semana, de la adaptación cinematográfica que han llevado a cabo dos de los grandes visionarios del cine contemporáneo: Steven Spielberg y Peter Jackson. Tintín forma parte de la memoria colectiva extendida a lo largo de innumerables generaciones que cayeron rendidas al culto de unas aventuras insólitas y originales, trufada de enigmas y secretos, simbolismos y testimonios históricos. El joven periodista no tenía ninguna peculiaridad que le hicieran especial, sólo su sagaz perspicacia, su arrojo y un atuendo abstracto y algo señorial que contrastaba con su rostro de crío sempiterno.
El acercamiento a Tintín llevaba a la incertidumbre de una dudosa empatía, pues en el fondo es un personaje algo antipático y sabiondo, con polémico aire asexuado que hizo que controvertidos argüidores sobre la figura del cómic como Matthew Parris aseveraran su inequívoca condición homosexual e incluso algunos ultracatólicos no dudan en elevarle a ejemplo paradigmático de verdadero héroe cristiano por su conducta y valores intachables. Sin embargo si nos tuviéramos que quedar con una hipótesis surreal sería la de Claude Cyr, profesor de medicina de la Universidad Sherbrooke, de Québec, que atribuía a los innumerables golpes en la cabeza y pérdidas de conocimiento que Tintín sufre a lo largo de sus aventuras el efecto nocivo llamado hipogonadismo hipogonadrotópico, que afectó a su reducción de hormonas del crecimiento y a un retraso de la pubertad. De ahí su aspecto algo infantil. Más allá de patrañas teóricas acerca de su oculta vida privada o sobre su genética, cierto es que Tintín jamás como reportero aparece escribiendo un artículo o ejerciendo la labor periodista que se le supone, lo que le da cierta neutralidad, atribuyéndole un inequívoco aire enigmático y reservado. En el fondo, su esencia se resume en la capacidad de seguir como factor de acompañamiento a los personajes secundarios, como si el lector asumiera la personalidad neutra de Tintín para acomodar los objetivos a la interacción con el grupo de personalidades más extravagantes del universo de Hergè.
Por eso, Tintín, acompañado de su inseparable fox terrier Milú (confidente y conciencia asumida de la realidad), se ve ensombrecido en parte de la obra ‘tintinológica’ por la figura del capitán Haddock, ese ‘bon vivant’ al que le gusta beber y que se perfila como el personaje con más enjundia de cuantos creó Hergé. El viejo lobo marino ostenta una opulencia de rasgos y personalidad que bien podría equipararse a grandes figuras novelescas de la Historia y que tan bien define el volumen ‘La estrella misteriosa’. Tampoco podemos olvidar a icónicos personajes como el científico loco y excéntrico Silvestre Tornasol, ideado gracias a una imagen del profesor Auguste Piccard (un amigo de Hergé) o a los obstinados Hernández y Fernández, esos compañeros mimetizados el uno en el otro pertenecientes a la policía judicial dispuestos a detener a nuestro héroe. El elenco podría completarse con Bianca Castafiore, único personaje femenino todo este entramado aventurero. Todos los que escoltan a Tintín constituyen un simbolismo a lo que fueron Gawain, Perceval, Parsifal o Galahad, entre otros, en su inapelable búsqueda del Santo Grial. Las aventuras de Tintín son, en el fondo, como un juego de tablero en el que ir conociendo más pistas sobre ese secreto a desvelar, siguiendo un intachable código de honor a través de sus viajes dentro de un entorno de deferencia a las culturas milenarias y el aprendizaje de las mismas, donde la arquitectura es tan fundamental en sus peligrosas travesías.
La extensa bibliografía protagonizada por el personaje de Hergè se compone de obras maestras, de volúmenes inspirados en relación a sus diversos puntos de vista que abarcan una temática de riqueza apasionante, cuestionando moral y razón, teorizando sobre el arte y la ciencia, incluso adelantándose proféticamente al Apolo XI catorce años antes con ‘Aterrizaje en la Luna’ en el año 1954. A lo largo y ancho del mundo, Tintín desgranó los más emocionantes misterios, desde América, con una descripción particularmente anacrónica de los Estados Unidos de la época, pasando por el Congo bajo una visión poco secular de África como tierra de misiones, el faraónico Egipto, una China ocupada por el Japón Imperial hasta llegar a un Tibet donde no podía faltar el Yeti. Los volúmenes de Hergè son auténticos tratados de enseñanzas ocultas y enriquecedoras; ‘El Cetro de Ottokar’, ‘El Secreto del Unicornio’, ‘Las Joyas de la Castafiore’, ‘Tintín y los Pícaros’, ‘El Asunto Tornasol’, ‘Vuelo 714 para Sidney’… imponen una percepción de la aventura en estado puro, incomparable y necesaria.