viernes, 5 de enero de 2007

La película que cambió para siempre mi vida...

Durante todos estos años lo he sabido. Lo supe siempre. Esa ha sido la película que más me marcó.
Yo tenía tan sólo siete años y estaba enganchadísimo al cine gracias a Mari Carmen, mi madre, y a su empeño en volverme un ‘freakie’, a su ímpetu porque no perdiera ninguno de los ciclos que pasaban por La 2, en hacerme comprender lo vital que es el Séptimo Arte en esta vida. Era la época de mis primeras películas de Hitchcock, Welles, Hawks, Wilder y, sobre todo, de John Ford y sus westerns que yo luego reproducía con mi Fuerte Grand de Comansi con indios y vaqueros, pero subvirtiendo las tramas. Los aborígenes eran los héroes. Siempre era así, ganaban los indios…
Esto… vale, a lo que voy. Por aquel entonces había alucinado mucho con ‘Cristal Oscuro’, de Jim Henson. De hecho, con cada película que veía semanalmente en el cine. De entre todas, en aquel año 1982, descubrí la magia, encontré mi vocación, mi sueño... Encontré la película de mi infancia en ‘E.T. El Extraterrestre’. Y llegó, como no podía ser de otra manera, de la mano de Steven Spielberg. Las primeras notas musicales me hicieron sentir que estaba ante algo grande, ante una fantasía que me marcaría profundamente. Las inquietantes notas de John Williams y unas formas entre la maleza de un profundo bosque eran sólo el principio de una aventura inolvidable.
Y de repente... ¡una nave espacial! Enorme y esférica. Encajado en la butaca, sin respirar, se intuía lo que parecía ser un fulgor de lo que parecían ser pequeños corazones latentes. Tras esto, unos coches irrumpieron tras los árboles mientras la tensión aumentaba ¿Qué estaba sucediendo? El sonido de unas llaves colgadas en un pantalón definían un personaje amenazador. La nave, precipitadamente, se pierdía en el espacio ante su exposición a los ojos del ser humano. Sin embargo, habían dejado una de esas formas en el bosque. Por primera vez, el extraterrestre es mostrado de forma indefinida, asustado y perdido. Tras aquéllo, una pequeña casa residencial... Con siete años yo estaba acojonado, emocionado, sintiendo el cine como nunca antes lo había vivido en una sala cinematográfica.
‘E.T. el extraterrestre’ supuso para mí el primer encuentro con la sensación de haber visto algo irrepetible. Todo fue multidimensional, se enaltecía, se hacía enorme, conmovedor, provocando en aquel pequeño sensaciones que nunca había experimentado en una sala grande. Allí estaba Elliot (Henry Thomas), un niño como yo, con el gran sueño de todo chaval... Tras una amistad ganada por unos caramelos, Elliot tenía un extraterrestre en su habitación, explicándole la vida, la existencia, con sus juguetes; “esto es una hucha, para meter dinero, tiene forma de cacahuete, pero no se come...”, “estos son caramelos (y allí estaban los inmortales expendedores de PEZ), los caramelos sí se comen...”, “esto es comida ¿ves? los peces se comen la comida, el tiburón se comen a los peces, pero nadie se come al tiburón...”. Entonces empieza la simbiosis. Sólo con un bostezo te hacía entender que aquel ser viscoso y feo se había convertido en el alma del niño. En realidad, en nuestra propia alma. La historia me conmovió tanto que lloré. Era la primera vez que una película me hacía llorar. Me dejé llevar, sentía que estaba dentro de la película, que aquello me estaba pasando.
De súbito, sin saber muy bien porqué, tenía una madre preciosa llamada Mary (Dee Wallace), mi padre estaba en México, con otra mujer llamada Sally y le echaba de menos. Nunca le había visto, pero le echaba de menos. Y tampoco podía explicar la razón de tener dos nuevos hermanos; mi protector y mejor amigo, Michael (Robert MacNaughton) y mi hermana pequeña, la dulce Gertie (Drew Barrymore)... Todo era nuevo para mí. Posteriormente la he visto tantas veces que acabé por aprenderme cada frase, cada diálogo. Después de muchos años, la estudié plano a plano, llorando la nostalgia, echando de menos aquella época de películas comerciales, de cine de los 80. Desde entonces, ‘E.T.’ vive en mí. Como dice Elliot en la película “...él vino a mí..., él vino a mí...”. Yo, como una generación de críos, creo que esas palabras nos pertenecen y las hacemos nuestras.
Hace cuatro años, la reedición veinte años después me ha enfrentó de nuevo a aquel niño que soñaba con ser como Spielberg. Como tantos otros muchos, que siempre lo soñaremos de forma absurda e inconsecuente. Sentado de nuevo en una butaca de cine, después de verla tantas veces en mi VHS, me enfrenté a mi infancia, a mis mejores recuerdos. No sabía qué pasaría. Hacía mucho que no veía la película. Seguía manteniendo intacto el recuerdo, las frases, el desarrollo, cada movimiento de cámara y angulación… Y estar de nuevo viviendo todo aquello, me hizo volver a mi niñez.
Cuando Elliot tira la bola de béisbol al cobertizo empecé a rejuvenecer. Como en aquel mítico episodio de ‘En los límites de la realidad’ escrito por Richard Matheson fui haciéndome más y más pequeño hasta recuperar mis añorados siete años. Con estupefacción, comprobé que la ropa me quedaba grande, las gafas no me valían y no me importó porque no las necesitaba. El flequillo me caía por mis ojos llenos de lágrimas. Allí volvía a estar, con las piernas colgando en la butaca y con la boca abierta. Y volví a ser niño. Volví a ser feliz. Sentí cosas que de ninguna otra forma puedo volver a concebir.
La melancolía me invadió por completo. No pude evitar llorar varias veces en el transcurso de las dos horas que dura la película. Era una parte fundamental de mi vida, allí estaba la clave de mis sueños, de mi esperanza, de la magia que nunca volví a encontrar y tanto he buscado. Los dos hermanos en el garaje cogen una camisa. “Huele a papá...” dice Elliot. Michael la toma, la huele y dice “Old Spice, brisa marina...”. Elliot cruza el bosque mirando como anochece y le dice a E.T. que no van a llegar, y llega ese momento especial y personal que uno tiene en un pedestal de privilegio y memoria dentro de la historia del Séptimo Arte. En efecto, amigos; la bicicleta empieza a elevarse lentamente hacia el cielo y se abre paso sobre una llanura, surcando mágicamente la noche a través de una enorme luna llena. Elliot mira hacia abajo y suelta una carcajada, entre el miedo y la emoción, y ambos dibujan imagen vital para muchos de los que ahora ya no creen en la magia cinematográfica. Un plano nunca antes imaginado por nadie.
Aquel momento, las dos horas de hace cuatro años, fueron una catarsis de lágrimas que me llenaron otra vez de entelequia, de vida, de cine. Lloré como nunca había llorado antes. Cuando E.T. ve la televisión y reproduce ‘El hombre tranquilo’, de John Ford haciendo que Elliot actúe análogamente. O el segmento de la obra que describe a todos los niños de corazón, los que nunca envejecerán, simbolizados en la obra de James M. Barrie... ese libro que, desde muy pequeño, marcó mi concepción de la vida determinando lo que soy. Aquel fragmento...
- Mira, Wendy, cuando el primer bebé se rió por primera vez, su risa se rompió en mil pedazos y éstos se esparcieron por todo el mundo y ése fue el origen de las hadas. Y así, debería haber un hada por cada niño y por cada niña.
Era una conversación aburrida. Pero a ella, que no conocía mucho mundo, le gustaba.
- ¿Debería? ¿Es que no hay?
- No. Mira, los niños de hoy saben tantas cosas que dejan pronto de creer en las hadas y cada vez que un niño dice “no creo en las hadas”, algún hada cae muerta...
- ¿Eso se podría curar si todos creyéramos en las Hadas a partir de ahora?
Y entonces Mary le dice a Gertie siguiendo con la narración “¿...Crees en las hadas? Rápido di: sí creo” y la pequeña, excitada, dice “sí creo, sí creo...”. Y la madre le contesta “Entonces batid palmas...” y madre e hija aplauden al unísono. Mientras, E.T., tras curarle milagrosamente el dedo ensangrentado a Elliot, mira escondido a través del armario. Y ambos empiezan a quedarse dormidos... Es imposible, hoy en día, evitar añorar, de echar de menos aquellos tiempos, aquélla película. En el momento en que E.T. observa a un niño disfrazado de Yoda y se encamina hacia él “...mi casa... mi casa...”.
En el bosque, después de haber llamado, por fin, a su planeta... Elliot llora porque no quiere que se vaya y E.T. intenta con su dedo luminoso curarle. Y, a partir de ahí, el drama, el sufrimiento ¿Por qué Spielberg me hacía eso? ¿Por qué perdían a E.T.? Elliot llega a casa con una fiebre terrible y su madre le reprende. Elliot mira a Michael y le dice que si está allí... Michael niega y le pregunta “¿Dónde está?” Elliot dice “Tienes que encontrarlo, Mike, en el bosque, en el claro de la colina, tienes que encontrarlo...” y medio corazón se te queda en la película, porque la sientes, porque un niño de siete años no puede soportar tanto dolor y tristeza.
E.T. llega enfermo, descolorido... La última vez que la vi, todavía me ha seguido impactando la secuencia en la que Mary llega a la cocina y suelta la taza de café, cuando Elliot le dice “...mamá... nos estamos muriendo” y E.T. grita como puede “mamaaaaa...”. Luego la acción entre en conjunción y sincronía con el drama. Los hombres de la NASA como amenaza. Un niño que no tiene padre, no tiene amigos, necesita algo que se está yendo, Elliot está muriendo por dentro por primera vez en su vida... Y es cuando llega el éxtasis de la emoción, del drama humano. E.T. acaba de morir.
GERTIE
Mamá-- ¿puedo desear que vuelva?
MARY (empezando a llorar)
Sí, hija mía.
GERTIE (llorando)
Lo deseo--
MARY (aferrándose a su hija)
Yo también, cariño--
O el monólogo de Elliot, arropado con una toalla blanca, ante la cápsula de E.T. recién fallecido...
ELLIOT
Mira lo que te han hecho--Me da tanta pena.
Debes estar muerto, porque yo no sé cómo sentirme. Ya no puedo sentir nada-- Ahora irás a otra parte. Yo creeré en ti toda mi vida-- todos los días.
E.T. te quiero--
Esta última frase la llevaré conmigo, en mi corazón. Porque hasta día de hoy no la he olvidado. Ha dado sentido a muchas cosas. Luego llegaba la magistral persecución con las bicis, el nuevo vuelo y el final, el desenlace, el esperado ‘happy end’. Ver esta película es reencontrarse con un parte olvidada de nuestro pasado. Por lo menos en mi caso, es una de las experiencias fílmicas que me hacen recuperar a aquel niño soñador que todos llevamos dentro. Sé que el texto ha sido extenso, incluso algunos habrán dejado la lectura a la mitad, pero a buen seguro que aquellos que hayan tenido en la cabeza la inmortal música de John Williams habrán disfrutado algo este nostálgico recuerdo de un freakie que echa de menos ser pequeño, aunque sea una vez más. En el año en que se cumplen veinticinco años, un cuarto de siglo, no es tarde para que todo aquel que quiera, remonte el vuelo en bici con ese extraterrestre.
Yo, por mi parte, sigo amando esta película porque, hace muchos años, me ofreció mucho más de lo que suele dar un filme. Nunca le estaré a Spielberg y a Melissa Mathison lo suficientemente agradecido por darme aquello. ‘E.T. el extraterrestre’ ha dejado de ser una película para convertirse en un sentimiento.
Un abrazo para tod@s y recordad: “Sed buenos... Estaré aquí mismo”.
FELIZ DÍA DE REYES