viernes, 25 de febrero de 2011

Review 'Valor de ley (True Grit)', de Joel y Ethan Coen

El ‘western’ desmitificado y deconstruido
Los hermanos Coen logran reformular el ‘western’ con ‘Valor de ley’ y transformarlo en un voluntarioso ejercicio de espíritu deudor con los grandes clásicos que engrandece el crepúsculo violento de los ideales perdidos del género.
Los hermanos Joel y Ethan Coen ya abordaron un ‘remake’, el de ‘El quinteto de la muerte’, de Alexander MacKendrick, con ‘Ladykillers’ intentando salir del bache que había supuesto su anterior e infumable cinta ‘Crueldad Intolerable’. En ella devolvieron su cínica mirada a la América Profunda, entorno ideal para, a ritmo de ‘gospel’ espiritual y ‘hip hop’, la ridiculización de sus personajes, la imagen icónica de unos roles que se mueven en esa cáustica y peculiar propensión a la estupidez. La misma que dieron hace menos tiempo con ‘Quemar después de leer’. Sin embargo, tanto la crítica como el público no supieron apreciar su valía. Después de recuperar la senda creativa con ‘No es país para viejos’ o ‘Un tipo serio’, le ha tocado el turno a otro ‘remake’, esta vez inscrito en un género nuevo para los Coen: el ‘western’ con sabor clásico. Los Coen toman como punto de partida la novela de Charles Portis que serviría para que Henry Hathaway idealizara la figura de John Wayne que, a la postre, ganó un Oscar por su interpretación en aquella ‘Valor de ley’.
Ambas comparten esencia y argumento. Se trata de la historia de una venganza. La de Mattie Ross, una adolescente elocuente y segura de sí misma que busca desagraviar la muerte de su padre a manos de Tom Chaney, un fugitivo cobarde que le disparó a traición y le robó su caballo. Estamos en 1880, cuando la Nación Choctaw aún no se había convertido en Oklahoma. La chica sabe que el mundo no es perfecto y no entiende como en la ciudad ni un alma molestó en intentar darle caza. Siguiendo las directrices de Portis, los Coen moldean el personaje interpretado con absoluta brillantez por la neófita Hailee Steinfeld sin caer en el estereotipo del género, con convicción e insolencia que exhibe su certeza moral y justa indignación, cuyo arrojo queda patente en esa fantástica secuencia en la que Mattie se enfrenta y regatea con un empresario local para que resuelva los asuntos financieros de su fallecido padre.
En este ‘Valor de ley’ se fideliza hasta el extremo la representación del autor con las imágenes personales de sus directores, como hicieron con la novela de Cormac McCarthy en ‘No es país para viejos’, extirpando toda la ironía posible, los secos matices de la historia, el carácter representativo de los personajes o los diálogos más acertados de la novela. La visión del mundo de los Coen se adapta a los propósitos de Portis en la abdicación del protagonismo en esa niña valiente que no conoce límites, de su fondo complejo e inocente que, sin embargo, acapara con su sarcasmo el contrapunto extremo de sus compañeros de su viaje iniciático al mundo adulto, donde la violencia nada tiene que ver con el embellecido modelo de la versión de Hathaway. Los Coen buscan la desnaturalización, lo genuino, más allá de la nostálgica percepción del héroe que escupe el corcho de la botella mientras dispara. Se narra la acción a través no sólo de la voz en off de Steinfeld, si no de los ojos de su personaje. Por tanto, la primera y gran diferencia es que aquí no hay espacio para emular aquella icónica imagen congelada de John Wayne a lomos de su caballo Ole Dollar, saltando una valla a la inmortalidad. La divinización del héroe no interesa tanto a los Coen como hacer que el espectador viaje establezca su perspectiva desde la joven Mattie Ross.
La fauna que puebla la acometida del género con códigos tan reconocibles como el ‘western’ se modula en ese insólito arquetipo que emplean los Coen para dotar a sus personajes de cierta vulnerabilidad a la hora de enfrentarse al cambio de una cotidianidad variable, viéndose envueltos en una pesadilla de violencia extrema donde el destino tiene la última palabra. El juego de identificación se establece en la presentación de Rooster Cogburn (un Jeff Brigdes descomunal), un tipo viejo, gordo, tuerto y alcohólico que se muestra como vago pendenciero que encarna a la vez la justicia y la venganza. Es la forma de los Coen de desproveer de apostura a un perdedor que vive su declive bajo el abrigo del alcohol y de la suspicacia sin buscar redimirse ante nadie. Un modelo de (anti)héroe que prefiere cargarse a un delincuente por la espalda antes que llevarlo a la cárcel o ante un tribunal, ahorrándole a la comunidad los gastos del juicio. El círculo se cierra con La Boeuf (siempre eficaz Matt Damon), el tercero en discordia, un ranger de Texas que abusa de arrogancia y juventud y hace tintinear sus espuelas mientras mesa un bigote cuidado. Es el contrapunto a Cogburn, pero su lado oscuro revela que no es más que un caza recompensas cualquiera.
Esta ‘Valor de ley’ es mucho más oscura y cínica que su referente, sabiendo escindir sy tono tono homérico, mitigado por la representación de un Oeste decadente, donde la ambigüedad entre los héroes y los villanos se diluye por sus acciones, pero que permanece establecido en sus caracteres. La terna que busca al forajido tiene diversas intenciones, dirigiéndose hacia un territorio indio donde ya no queda señal de los indios. Se inicia así otra demostración del patrimonio semántico de los Coen, ofreciendo varias lecturas de un género tan ecléctico como el ‘western’, donde ese viaje iniciático de la chica va transformándose en un drama en el que conocer el mundo “real”, desde el mismo momento en que tiene contacto con la muerte, que comienza cuando tiene que pasar una noche junto al cadáver de su padre y de tres cuerpos de hombres ahorcados que acaba de ver morir. Un mundo en el que disparar a un hombre es más duro y frío de lo que parece y el villano iconográfico al que se persigue (Josh Brolin) se presenta como un pusilánime analfabeto que sigue como un perro al forajido ‘Lucky’ Ned Pepper (Barry Pepper). También es la evolución de un afecto, el que se instaura entre ese sheriff perdulario que va convirtiéndose en una figura paterna que sustituye al padre recién enterrado.
En esta ocasión, los Coen no son tan abruptos a la hora de dinamitar el remanente cultural para desfigurar la semiosis fílmica, sino que aceptan las normas y acatan su amor por el género, desde un prisma de artesanía y honestidad con el arte y la tradición del ‘western’. Sin perder en la concepción del cine como medio de expresión, los Coen amplían y conforman su estilo al texto de Portis, con referentes subjetivos a clásicos de John Ford y Howard Hawks, a través de la objetivización de una narrativa despojada de épica, que puntualmente deja ver sus filias, como ese divertimento con el que salpican la violencia chocante y algo grotesca, pero que consuma su oda reelaborada a la visión nostágica del ‘western’ crepuscular.
‘Valor de ley’ traza su visualidad desde una poética que renuncia a la retórica, con voluntad de entrega a una historia en que la realidad ya no es una máscara que oculte una verdad, sin juegos de simulacros, donde la ironía deja paso a la tragedia y el realismo constante que especifica la dureza y la sequedad del Oeste americano establecen un compromiso con su grandeza y sus debilidades, con la violencia y la soledad del hombre en un retrato desmitificado. Por eso atienden a un génesis visual genérico, ampliando el contexto escenográfico en su perfecta utilización del formato panorámico rodado en super 35 mm., donde la fotografía de Roger Deakins perfora los convencionalismos con ese escepticismo invernal, con el sabor añejo de la maestría en las fantásticas secuencias nocturnas, sabiendo transmitir las sensaciones de ese ‘far west’ carente de misericordia y justicia real.
En ‘Valor de ley’ los Coen abogan por una fórmula clasicista, pero que sigue exponiendo subversivamente su vena sarcástica con la América profunda, desde sus raíces de nostalgia apagada hasta el punto absurdo de personajes como ese hombre surrealista que entra en escena, un tal Forrester, enfundado en una piel de oso con cabeza incluida que se presenta como una especie de médico chamán que habla de odontología y que ha cambiado un cadáver a los indios por dos espejos de dentista y un elixir bucal. La gran significación del filme se apoya en ese orden imperfecto y vacío que desvincula los roles de sus directrices clásicas, donde el inocente envejece y los antihéroes encuentran una forma de catarsis heroica inesperada. Como Cogburn, que en el trayecto que le une a la muchacha, pasa a ser el instrumento para alcanzar un fin deseable a una especie de padre dispuesto a todo por salvaguardar la vida de la niña, además de respetar el pacto o valor de ley al que se refiere el título.
Los Coen logran reformular y deconstruir el ‘western’ y se transforma en un voluntarioso ejercicio de espíritu deudor con los grandes clásicos que engrandece el crepúsculo violento de los ideales perdidos en esa música de Carter Burwell, con un himno de finales del S.XIX, cuya matriz tiene su origen en la pieza que Robert Mitchum cantaba en ‘La noche del cazador’. La última muestra de talento de los Coen persiste en extrapolar los defectos de Estados Unidos a través dimensión heroica dentro de un ‘western’ sucio, donde los perdedores son los únicos capaces de ver una vía a la esperanza y los raudos caballos mueren agonizantes de cansancio.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
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