martes, 19 de febrero de 2008

Review 'No es país para viejos (No country for old men)', de Joel y Ethan Coen

La genialidad recuperada
Los Coen recuperan su mejor pulso con un ‘western’ fronterizo parido por Cormac McCarthy que cuestiona los códigos clásicos del género, confrontándolos con la descarnada violencia de los tiempos actuales.
Desde hace tiempo se venía hablando de un perceptible declive en la carrera de los hermanos Coen, prodigando su talento en el devaneo con el cine comercial de sus últimas obras. El resultado se ha fraguado en un par de títulos indulgentes, con un estilo menos profuso y desenfadado al habitual, no obstante reconocible superando la simple vista, que seguía latente y amotinado en las fallidas ‘Crueldad Intolerable’ o ‘Ladykillers’. Sin embargo, ambas reconocían su deuda con las historias y personajes del elaborado mundo de estos consanguíneos determinados a una rotunda filmografía significada en el multigénero, en la reformulación y codificación de preceptos temáticos de autores capitales del Séptimo Arte, la literatura y el ‘cartoon’ parido por Avery o Jones.
A ése manantial ideológico sobre el que los Coen han teorizado hasta el momento; desde Capra, Hitchcock, Hawks hasta Hammet, Chandler, Cain u Homero, ‘No es país para viejos’, es el resurgimiento que devuelve a Ethan y Joel Coen al universo de referencias cinéfilas y siniestras que concentran su estilo hiperreal y abruptamente complejo, a la riqueza compositiva de un ideal de cine que se iba echando de menos. Y lo hacen, nada menos, con la adaptación de la novela homónima de Cormac McCarthy, desarrollada en un contexto de rudeza extemporánea, situando esta áspera fábula en la Norteamérica rural, sucia y fronteriza, que emplea personajes comunes que vulneran la cotidianidad para verse envueltos en una pesadilla de violencia extrema donde el destino tiene la última palabra.
Llewelyn Moss (impecable y recuperado Josh Brolin) es un tipo vulgar, algo cerril e ignorante que, en un día de caza como otro cualquiera, tropieza con una dantesca estampa; una retahíla de cadáveres dejada por una confrontación entre narcotraficantes que le lleva a un maletín con dos millones de dólares. Hostigado por un despiadado asesino en serie en busca de ése dinero, su pesadilla acontecerá dentro de un territorio asfixiante y accidental en el que se enfrentará a horizontes reales e imaginarios. Una trama adventicia llevada por un acto de estupidez humana (el remordimiento por no dar de beber a un moribundo), que conlleva directamente al descontrol del azar y al destino. Un relato amargo y desesperanzado, con ese cierto toque nihilista que tan bien refleja McCormack en sus obras y que, a su vez, caracteriza el mejor cine de los hermanos Coen.
Por ello la última y magnífica muestra de este duplo autoral remite a su más reconocible cine; desde ‘Sangre Fácil’, pasando por ‘Fargo’, hasta llegar a ‘El Gran Lebowski’ como referencias directas, pero también, en su argumento, a obras literarias de la talla de ‘1280 almas’, de Jim Thompson o ‘Un plan sencillo’, de Scott B. Smith o a mitos como William Faulkner o John Steinbeck en aquellos retratos acerca de rebeliones personales ante la adversidad. ‘No es país para viejos’ es un extraño ‘western’ fronterizo, imbuido en violencia sin control, alejado de la mitológica del lejano Oeste, que recupera, sin embargo, ese quijotismo yanqui donde los que son fieles a los valores humanos sobreviven a las jugadas del destino. Los Coen recobran su pulso por esos territorios inhóspitos, de gran calado trágico, que trae a la memoria el folclore popular y literario del país.
Es el retorno a sus dominios, a la convalecencia estética y narrativa de su peculiar y asidua perspectiva sobre la historia, a sus cambios tonales, al atavismo que deriva de la perplejidad radical con la que acontecen los hechos. La vida de Moss, sumida en la rutina, se convierte, súbitamente, en una amenaza sanguinaria que augura un desastroso final. Por supuesto, no falta ese soterrado sentido del humor negro que tienen sus autores, en un progreso argumental que utiliza el cripticismo de sucintas pistas para dar un sentido absoluto a cada fotograma. Con todo, los Coen borran cualquier barrunto de épica o lirismo paisajístico, que es refutado por la aspereza con la que se narra los acontecimientos, por las referencias culteranas de complejidad sintáctica, por la sofocante atmósfera que desprenden las imágenes de Roger Deakins, despojada de preciosismo, para visualizar esta atroz historia con una contundencia demoledora, en consonancia y vocación por la narrativa ascética, sucia y cortante de McCarthy.
El laconismo parece apoderarse de esta historia sobre el Bien y el Mal, un tema subrayado en varias ocasiones por los Coen, que describen de nuevo personajes que arrastran sus remordimientos y secretos bajo un implacable sol fronterizo. Quizá por ello, la tensión de cualquier movimiento acaba transformándose en una situación extrema que se dirige a lo inevitable; como la trascendental forma en que se amartillan las armas antes de ser disparadas, la recreación insana de Chigurgh con su bombona de aire comprimido antes de ejecutar sus matanzas, la suciedad y el calor que transpira la chabacanería de la iniquidad. Es su particular regeneración de lo clásico, la forma que tienen los Coen de advertir cómo los nuevos tiempos de violencia aplastan los ideales de los héroes en pleno crepúsculo, donde la supervivencia es sólo cuestión de suerte, como el encargado de la gasolinera al que el asesino interpretado por un imponderable Javier Bardem deja vivir por una apuesta a cara o cruz.
La sociedad de la época que se representa tanto en la brutal novela de McCarthy como en esta genialidad de los Coen está simbolizada en el veterano y recto Sheriff Ed Tom Bell (no hay palabras para definir a un actor como Tommy Lee Jones), un apesadumbrado hombre de ley incapaz de encajar en un presente en el que “a la gente le hablas del bien y del mal, te expones a que sonrían”. Es la metáfora de esa nostalgia en ‘Off’ del arranque del filme, donde ya se apunta el sentido moral de la historia, la de un hombre que no entiende la brutalidad y crudeza reflejadas en el rostro de Chigurgh, ni la ambición de Moss, ni todo aquello que trae consigo la matanza de los narcotraficantes mexicanos y sus nefastas consecuencias.
La nueva era de violencia se escapa a los procedimientos clásicos de un sheriff que asume, en ese controvertido desenlace (en esa secuencia donde Chigurgh aparece detrás de una puerta y desaparece ante los ojos del espectador), que el final de su era como policía ha llegado. Se da por vencido por no saber encarar que ha llegado tarde, no sólo en una hipotética confrontación con Chigurgh, sino por no entender porqué se precipitan los acontecimientos de esa manera tan irracional. En esta ocasión, como en muchas otras, el Mal ha ganado al Bien, o así quieren hacerlo ver los Coen con su reencarnación de la perversidad con esencia casi sobrenatural, cargada de abstracción y simbolismo, en un final de resignación, defragmentando los acontecimientos, pues ya sólo importan los sueños, que se han convertido en la única vía de escape a la una realidad olvidada. Es la tradición desposeída de épica que concibe el ocaso de la decadencia del mundo moderno. Un tema muy reconocible en Sam Peckinpah, al que también desentierra este itinerario de paisajes desolados para ir destruyendo los tópicos con el salvajismo de sus imágenes.
Es la clave para interpretar esta obra de inmenso talento. Detrás de ‘No es país para viejos’ se esconde la revelación de un personaje pasivo, cuya esperanza es desavenida a la ambición y a la muerte del resto de los personajes. Una simple actitud por ver pasar la vida pasar, sabiendo que nunca cambiará nada, ocultando, en silencio, un viejo secreto omitido en su ferviente creencia en la redención. La degradación moral de la sociedad ha destruido a aquellos que una vez creyeron en los clásicos valores humanos y códigos éticos. Pero, más allá de la brillantez del conjunto, ‘No es país de viejos’ es el esperado regreso de Ethan y Joel Coen al clasicismo modernista que les convirtió en los autores de culto que nunca han dejado de ser. Éste es un filme desbordante de ingenio, de brutal sensibilidad poética, que vuelve a jugar, como ya se había visto muchas veces antes, con el remanente cultural para desfigurar la semiosis fílmica. Es la recuperación total de la excéntrica autoría de unos genios que han regresado a la senda de sus propias e intransferibles raíces.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008