jueves, 21 de enero de 2010

Review 'Un tipo serio (A serious man)', de Joel y Ethan Coen

Los Coen, el judaísmo y Heisenberg
Siguiendo con la comedia surreal, los hermanos Coen proponen una caricaturesca historia que enfrenta el sentido de la fe y sus rituales con el pensamiento científico. Es su obra más inclasificable y marginal, pero también la más personal.
Después de dos filmes que restablecieron su reputación cinematográfica al más alto nivel, el regreso de los Coen llega con una obra que, si bien se identifica en una conciliación con el estilo hiperreal y sardónico de la naturaleza fílmica de estos dos hermanos, ‘Un tipo serio’ es otra vuelta de tuerca a la más absoluta libertad, a la rebelión contra cualquier condicionamiento que delimitase sus propias fronteras con la comedia que les caracteriza. Su nueva película extrae esa predisposición crítica de los Coen a seguir a un ‘loser’, a un tipo mediocre al que le suceden todo tipo de perrerías a cuenta de un destino cruel e impío. La diferencia es que la extravagancia se dispone hacia otro tipo de terrenos inexplorados, pero a su vez relacionados con su filmografía, que se armonizan en un tipo de comedias negras y trágicas identificativas.
Joel y Ethan Coen, retratan la apatía de Larry Gopnick, un personaje triste y lánguido, insignificante, como el paradigma del antihéroe ‘coeniano’, que asume su mediocridad con normalidad, sin esperar nada más de la vida que la rutina. Vive su automatismo como profesor universitario de Física, bajo los estilemas dogmáticos del judaísmo, casado y con dos hijos adolescentes. Sin embargo, su vulgar vida se empieza a hundir bajo una serie de circunstancias; con la separación de su mujer, el intento de soborno de un estudiante coreano, la visita de un hermano con problemas psicológicos, el sometimiento a los antojos de sus hijos... Su devoción por lo cotidiano se viene abajo y ni siquiera su credo religioso puede ofrecerle ningún tipo de respuesta o solución.
Los Coen auscultan el deprimente día a día de este pobre diablo desde una perspectiva crítica con la religión judía, que es el motor congénito que mueve la acción. Tal doctrina suscita un epigrama surrealista aliviado por momentos con humor negro de cierto patetismo con respecto a sus personajes. Desde su arranque, con la curiosa leyenda hebraica que sugiere la dualidad de perspectivas, tan necesaria para entender el núcleo del filme, hasta el sondeo a la que somete los criterios de la Torah las pautas se encaminan a la demostración de que, por muchas respuestas válidas que se busquen a través de historias (como esa historia del dentista), al final, no se puede solucionar la realidad con ellas. Es el estigma de la desdibujada grafía patriarcal de un padre que no pinta nada, manteniendo una actitud conformista con respecto a ese amante paternal de su mujer e incapaz de imponerse a su hija adolescente o ese hijo que tiene en vista la inminente celebración de su Bar-Mitzvah mientras debe dinero y fuma marihuana sin ningún escrúpulo.
Los Coen trazan un retrato de la familia judía en memoria (o al menos así lo han afirmado) de sus recuerdos infantiles, cuando vivieron subordinados a las sistemas cercanos al judaísmo ultraortodoxo. ‘Un tipo serio’ es una mofa que se descojona de los recuerdos de sus autores, del hábitat infantil al que estuvieron sujetos y no dudan en cebarse con una despiadada sátira hacia las creencias, hacia la religión y sus manipuladores (se centra en el judaísmo pero los modelos de inercia religiosa se podría hacer extensible a cualquier credo). Pero, sobre todo, hacia esa América profunda que, de paso, sirve como prototipo de actualización de los problemas de hoy en día. En definitiva, los Coen no están más que analizando los modelos sociales de vida y de las aspiraciones mitigadas por la falta de ambición.
Como en el cine de los Coen, sigue habiendo elementos inalterables dentro de la narración de sus historias. En ‘Un tipo serio’ se retorna a las consecuencias que trae consigo la irrupción de la mala suerte en la vida de un hombre gris, que es ninguneado en su masculinidad, perdida hace tiempo en el devenir diario del hábito profesional y marital. Son las casualidades las que ponen a prueba a un buen hombre incapaz de asumir tanto cambio e infortunio, incompetente a la hora de hacer frente a su situación y demasiado cobarde para cambiar su vida. Como en muchos otros personajes de los Coen, Gopnick es víctima del azar, que ve impotente cómo ni espiritualidad, ni la bondad, ni la rectitud moral o la demostración empírica y matemática de los hechos sirven para nada.
En este último término, el filme es donde centra su máxima aspiración e importancia, donde ‘Un tipo serio’ se convierte en su película más inaccesible y surreal, pero también la más personal. La probabilística y la irresolución entran a forma parte del discurso tejido dentro de la trama. Para los Coen, los problemas de la vida son conferidos a una esfera física, donde es tan importante el principio de indeterminación de Heisenberg o la visualización del experimento del gato de Schrödinger. Es lo que hace que la actitud del personaje encarnado con enorme lucidez por Michael Stuhlbarg sea incapaz de encontrar una solución a la enorme ecuación que van formando sus desgracias, desmontando con ello la fiabilidad de toda convicción.
En este ‘tour de force’ que desafía cualquier connotación comercial, los Coen mantienen un pulso firme para concretar un lenguaje de cierto clasicismo, pero a la vez permutado en originalidad, gracias, sobre todo, sus continuas inflexiones, genuinas y arriesgadas, que saben nadar contracorriente. Son conscientes del riesgo y saben cómo hacer funcionar sus constantes provocaciones, manteniéndose más fieles a sí mismos; sabiendo jugar con cierta abstracción en sus propósitos y operando con soltura en lo grotesco dentro la ortodoxia de las situaciones, para dar así golpes de efecto cuando toca ser crueles y bastante cabrones al plantearle a este pobre diablo todo tipo de faenas vitales.
Sin perder de vista la lograda recreación de una época, ‘Un tipo serio’ es una fábula caricaturesca que se mueve por los cuestionamientos del sentido de la fe y de la estolidez de sus rituales, más aún cuando se contraponen al pensamiento científico. Los Coen buscan, acertadamente, una cadencia lenta, que avanza con frialdad en uno de sus pasos, describiendo la parsimonia cotidiana con la que se van propagando los acontecimientos, sin separarse de un admirable costumbrismo, con unos diálogos creíbles que esconden la ambigüedad necesaria para que el protagonista se vaya cuestionando los propios principios pedagógicos que formula en sus clases y llevándolos a cabo en su vida. Tampoco podía faltar una soterrada predisposición al absurdo, gracias a unas cuantas metáforas presentadas como pesadillas oníricas que asolan la tranquilidad del protagonista, de deseos y miedos transformados en crueles visiones deformadas de un contexto aplastante, dentro de una atmósfera difícil y opaca.
Este difícil filme es inclasificable y a la vez prototipo de autenticidad incontrovertible de dos artistas capaces de obtener con una película extravagante y pintoresca otra lección de marginalidad lúcida e inteligente. ‘Un tipo serio’ responde así a la verdadera esencia del cine independiente que no está sujeto a ningún tipo de condicionamiento. Es, además, su reflexión más existencial sobre la vida y el pensamiento. La más compleja y abrupta que dispone de una reflexión final que alude al hecho de que lo peor no ha pasado, pero está a punto de llegar. Algo que los Coen seguirán aprovechando para ofrecer grandes dosis de buen cine.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW: 'La cinta blanca', de Michael Haneke