martes, 10 de mayo de 2005

Difícil defensa: 'Ladykillers', de Joel y Ethan Coen

Curioso duplicado original
Alexander MacKendrick, Penrose Tennyson, Robert Hamer o Charles Chricton fueron algunos de los preceptores de la comedia Ealing, famosa compañía de Basil Dean que nació para ofrecer un tipo de comedia que mezclara psicología, humor negro, realismo y discreto nacionalismo y ofreciera retratos corrosivos y vitriólicos de una Inglaterra en crisis. Películas que describieron Gran Bretaña y el carácter británico y que tiene como estandarte más reconocido ‘El quinteto de la muerte’, de MacKendrick. Curiosamente, la más americana de entre todas las producciones de la famosa productora inglesa. Mucho se ha hablado desde su estreno de la nueva ‘Ladykillers’, y casi todo bastante injusto. La versión que estrenaron los Coen no pretendió caer en el vicio del plagio legal, el llamado ‘remake’, sino que, como no podía ser de otra manera, la sociedad ‘hyphenate’ formada por Ethan y Joel Coen llevó la historia a su universo de revisión y puesta al día de los viejos géneros clásicos. Algo que ya viene siendo una marca de fábrica.
Los Coen siempre se han caracterizado por su elegancia y pulcritud visual, moral y formal que les aparta aparentemente de la parodia, permitiéndoles desarrollar el género sin cuestionarlo y lograr así sus míticas y sutiles estilizaciones de los formatos más ortodoxos: ya sea el thriller, el drama, el cine (bowling) ‘noir’ o la ‘screwball comedy’. En ‘Ladykillers’ recuperaron (pese a que no se les reconozca) ese tono cínico que habían perdido en su anterior e infumable cinta ‘Crueldad Intolerable’, cuya indiscutible posmodernidad artística propia de los Coen se impuso como reclamo de ‘qualité’ en contraposición de su habitual sinceridad. Es cierto también que esta nueva versión del clásico de Mackendrick no aguanta una exhaustiva comparación, pero ‘Ladykillers’ no deja de ser por ello un fresco renovado del espíritu de estos hermanos imprescindibles en el cine moderno.
Los Coen lograron fabricar una pequeña cinta que, aunque no tuvo la capacidad de sugerencia o la finura en el retrato de los personajes del filme de la Ealing, sí encontró una acertada narrativa en el fondo visual, en el preciosismo estético de calculada exactitud que amplificó la ambición creativa, muy miniaturista, de la historia. Aspecto éste del que carecía el clásico de la productora británica. También se sustituyó el decorado de vetusto sabor gótico por una escenografía con tonalidades coloristas de inequívoco regusto de cómic. Una delimitación del espacio, donde el escenario, Mississippi, sirvió a los Coen para desplegar sus más conocidas excentricidades.
Fue por tanto, el regreso de los Coen al territorio sureño, a la América Profunda, el entorno ideal para situar allí, a ritmo de ‘gospel’ espiritual y ‘hip hop’ la desordenada y humorística aventura de un inverosímil quinteto formado por un pedante profesor, un ‘topo’, un experto en demoliciones, un general especializado en túneles y un forzudo medio subnormal que planean robar el Bandit Queen, un casino flotante del Mississippi. Tras alquilar un cuarto como base de operaciones, el grupo se hará pasar equipo por una banda musical. Pero antes tendrán que enfrentarse a una venerable y oronda abuelita de férrea voluntad y fiel a la memoria de su marido fallecido. La historia apenas cambió respecto a la de MacKendrick, pero es curioso de qué manera encajó el argumento en el delirante cosmos de los Coen. ‘Ladykillers’ rescató las mejores y más aplaudidas directrices de su cine. Como por ejemplo, la añorada ridiculización de sus personajes, la imagen icónica de unos roles que se mueven en esa cáustica y peculiar propensión a la estupidez que hace cuestionar la lógica que les mueve a sus acciones. Una característica basada en la ambigüedad moral y la imbecilidad inconsciente de la perversidad de unos antihéroes que traspasan el límite de la maldad para mostrarse entrañables.
Y no es la única pauta que se echaba de menos en el cine de los Coen. También hay espacio en ése aire satírico para emplazar la trama en el ‘cartoon’, en el más puro ‘slapstick’ de los Avery, Clampett o Freleng, aprovechando el final de ‘El quinteto de la muerte’ para sazonar las muertes con el más absurdo y ridículo tópico del cinismo, dotándolas de una violencia oscura y grotesca que sigue siendo el motor de la acción ‘coeniana’, subvertida en el odio y la envidia, en la moralidad de doble fondo que es explicitada desde un punto de vista sarcástico y caricaturesco y en la antítesis de la bondad y la maldad envueltas en el dislate. De ahí que uno de los mejores logros de esta cinta sea el duelo interpretativo de un Tom Hanks histriónico y desmelenado (homenaje al Alec Guiness del original) y la maravillosa Irma P. Hall que protagonizan los mejores momentos de esplendor, de gran farsa guiñolesca.
El espectador (más desprejuiciado, eso sí) se encontró ante una película ‘puramente Coen’, donde su clave fue transformar un ‘british film’ en lo que mejor saben hacer: una ‘americanada’ de banalidad extrema, plagada de referentes infraculturales elevados por su precisión estética a la categoría de modelos. Un factor que fue clave en sus mejores obras. Se nota mucho la influencia confesa de gente como John Waters, Paul Bartel y David Lynch, al que rindieron homenaje con el gato Piñones saliendo corriendo con un dedo recién amputado en la boca. ‘Ladykillers’ restableció la metatextualidad que estaban perdiendo los Coen, regresando para ello a su universo de feísmo, a la apoteosis del horterismo excéntrico que no es más que una destructiva visión de la mediocridad yanqui, llena de contradicciones y burlas a una nación de profundidades insoldables.
Pero no fue sólo eso, sino que volvieron a la intrascendencia de las situaciones y de los diálogos que dieron un cariz de locura determinante en su filmografía y que aquí tiene su cúlmen en imprescindibles ‘gags’ de crueldad identificativa en el cine de los Coen, como un perro que muere asfixiado con una máscara de gas, el cuadro del difunto marido de la protagonista y sus gestos ante las situaciones o las disputas entre sus protagonistas. Y sobre todo, ese detallismo irónico de situaciones aburridas de un entorno en el que nunca pasa nada.
‘Ladykillers’ es (hoy en día) una película excesiva y harto difícil de denfender, pero con un infrenable ritmo, de contundencia visual e hilaridad narrativa que soporta sus pilares en lo hiperbólico de sus situaciones al borde del colapso y que encuentra en ésa celeridad la mejor virtud en una cinta que si bien adolece de la contundencia de anteriores trabajos, reaviva la integridad de los Coen al ofrecer su sincretismo a la hora de amoldar cualquier género a su exclusiva visión cinematográfica. La pregunta es ¿se trata sólo de una divagación estética y una pretendida búsqueda de nuevas formas narrativas y visuales o nos encontramos ante una conversión radical hacia un nuevo tipo de genialidad ‘autoparódica’ del propio cine de estos hermanos revolucionarios? Lo cierto es que viendo ‘Ladykillers’ surgió una sensación de un ‘autohomenaje’ a su impecable filmografía, con situaciones grotescas, personajes tremendamente ‘freaks’ y una alteración de la lógica argumental, reconocible exclusivamente en el cine de los Coen.
A todo esto se unen las constantes novedosas referencias a Edgard A. Poe, presente en los estudiados y malévolos planos contrapicados que evocan un anunciado anatema, siempre constante sobre las cabezas del grupo de ladrones en una narración circular que impone su metáfora en los cuervos, en la lobreguez moral de sus protagonistas y que termina, como no podía ser de otra forma, en el vertedero que muestra el destino de los inquilinos de la pobre anciana que, inocente y religiosa, acaba por llevarse el suculento botín robado por los incompetentes ladrones. A pesar de ser una película que habla sobre la codicia, la ambición y la incapacidad para llevar un delito a buen puerto, un viaje a un lodo moral que acabará por engullirlos a todos, ‘Ladykillers’ es sencillamente, al igual que su antecesora, un cuento moral bastante surreal y absurdo sobre la imperfección del ser humano.
Para la carrera de los Coen ‘Ladykillers’ no fue, como todo el mundo aseguró, un trabajo menor en su filmografía. Tan sólo supuso una película inesperada, que contuvo en sus líneas la misma apoteosis de transgresión genérica con una soterrada militancia ideológica que permanece incorrupta y que incidió, como en sus mejores cintas (no está tan lejos como parece de ‘El gran Lebowski’, 'Barton Fink' o ‘Fargo’), en un delimitado y conocido universo estético y crítico.