jueves, 29 de mayo de 2008

Review 'Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (Indiana Jones and the Kingdom of Crystal Skull)'

La ineludible contaminación de los nuevos tiempos
Spielberg y Lucas han querido devolver el aliento del cine de aventuras definido por ambos hace dos décadas, utilizando la nostalgia como simple pretexto para ofrecer una nueva aventura digitalizada y totalmente innecesaria.
La ilusión y expectación despertada por la cuarta entrega de ‘Indiana Jones’ después de casi dos décadas desde que Harrison Ford diera vida a uno de los más importantes y destacados iconos de la Historia del Cine hacia prever que, más allá de todo lo que ha precedido a su consumación, la larga espera, el lógico interés y los innumerables rumores, esta nueva entrega dirigida por Steven Spielberg fuera un filme de conflicto entre los seguidores menos exigentes que finalmente la han recibido con entusiasmo, la irreconciliable contrariedad de los ‘fans’ más exigentes y la indiferencia más o menos positiva de muchos espectadores de las nuevas generaciones que han descubierto en sus postrimerías al célebre arqueólogo.
No era fácil contentar a todo el mundo. Básicamente, porque el nivel de exigencia era tan elevado que la empresa, desde el anuncio de su rodaje, se antojaba como una odisea. De fondo, emergía con gran potestad en el mar de dudas la nostalgia pretérita, el ansia perdida de muchos espectadores por recuperar efímeramente aquella experiencia emocional que vivieron en la década de los 80. Y eso, obviamente, ya era un lastre. Primero, porque el cine, desde hace tiempo, ha perdido aquélla magia de antaño. Segundo, por ni Steven Spielberg ni George Lucas (sobre todo éste) iban a dejar pasar la oportunidad de abarcar a todo tipo de público. Con el tiempo se han convertido en dos de los más poderosos cineastas de Hollywood y su perspectiva se ha visto muy condicionada para llevar a cabo esta propuesta de las aventuras de uno de sus más lucrativos personajes. A ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ le ha pasado, digámoslo ya, lo mismo que le sucedió a la reciente Nueva Trilogía de ‘Star Wars’ de Lucas. Es un filme que recupera un concepto (eso sí, desprovisto de su significación primigenia) para concebir un ‘blockbuster’ estratosférico y titánico, ideado para no defraudar a nadie. Y ésa autoindulgencia es la que acaba por conferir un tufo de desengaño y frustración a una cinta de aventuras que, si bien está por encima de la media en un género poco frecuentado por la gran industria, se traduce en un alarde de recursos tremendamente decepcionante en relación a sus precedentes.
Ya desde su apertura Spielberg y Lucas anuncian que esta gesta heroica será diferente. La nueva película de Indiana Jones comienza a contracorriente, sin un entrañable prólogo que muestre al héroe en un episodio preliminar que meta de lleno al espectador en su nueva ventura. Tampoco hay espacio para introducir el logo de Paramount de forma ingeniosa, sino con un guiño de humor extravagante. A cambio, Spielberg comienza con un alarde de dirección, de conocimiento absoluto del medio, con una secuencia que entremezcla el impulso ‘rocker’ y automovilístico alocado y juvenil de los 50 con una estampa militar que se sumerge en la acción principal, situada muy cerca de Nevada, en el centro de la Nellis Air Force Base, más conocido como Área 51, lugar de experimentación aeronáutica y nuclear, pero también centro secreto donde supuestamente se estudia y experimenta con tecnología de procedencia extraterrestre. Un hecho excesivamente anticipativo para el desarrollo de la hazaña vespertina del Dr. Jones y que entronca las dos grandes pasiones de Spielberg: la aventura y el contacto con seres de otros planetas.
En otro orden de cosas, los malos ya no son los nazis. La Guerra Fría es el escenario de fondo de ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’. Es Stalin quien sustituye a Hitler en su propósito de adueñarse de un ancestral objeto que permitirá a los rusos dominar el mundo. Y, por supuesto, Indy sigue siendo el peón necesario para dar con él. El objetivo carece en esta ocasión de tintes religiosos (el Arca de la Alianza o el Santo Grial), ni siquiera con fundamento extático y nigromántico (como las Piedras de Shankara). Ahora todos persiguen la calavera de cristal de Akator, icono de procedencia maya y azteca que, según la leyenda, cuando completa una serie de trece traerá el conocimiento a la Tierra y detendrá el mundo. A simple vista, la nueva misión de Jones mantiene la ordenación estructural básica de la saga, donde el arqueólogo, apoyado por el joven Mutt Williams, su antiguo amor Marion Ravenwood, su compañero de fatigas Mac y un viejo que ha perdido el juicio se enfrentarán a unos no tan pérfidos soviéticos liderados por la maquiavélica Irina Spalko para seguir la pista de un misterio insondable. En el camino, sortearán varios obstáculos, trampas y encontronazos para impedir que la Calavera de Cristal caiga en las manos equivocadas que les llevará tras la pista de El Dorado y la cuna de Orellana.
Sobre el papel, la cosa no parece tan calamitosa; el guionista David Koepp, marioneta de talento en manos de George Lucas, compone una miscelánea en ofrenda al ‘pulp’ de saldo, en el que no falta el miedo atómico, aventuras selváticas, heroísmo extemporáneo, secretos nacionales, especulación extraterrestre y ciencia-ficción de serie B. Todo muy a tono con los años 50. Aunque también con sobredosis de influencia de Hergè o de Rosinski y Van Hamme. Que la calavera de cristal pertenece a un alienígena es algo tan evidente que cuesta creer que los protagonistas vayan de aquí para allá con un cráneo de metacrilato buscando respuestas. Los preceptos son tan evidentes que el ‘McGuffin’ de turno pierde todo su alcance. En ese sentido, Koepp evidencia que puede ser capaz de ofrecer lo mejor y lo peor, con más grandilocuencia en esto último. Esta cuarta entrega es el episodio más confuso, con falta de conexión entre segmentos y con más graves carencias de profundidad y relación entre los personajes de toda la saga.
La sombra de Lucas y de Spielberg planean en todo momento en el forzado tono familiar de la historia, de prole disfuncional que representan los acompañantes de Indiana Jones; que si un hijo desconocido, que si el reencuentro con la eterna Marion, la amistad perdida con un ex compañero de facultad que parece su padre con Alzheimer, un amigo que es a su vez agente doble o triple o simplemente un buscador de fortuna... La falta de coherencia parece total dentro de este terreno, delimitando a los roles a una inflexión caricaturesca y lineal, que incluso afecta a un personaje tan poderoso como esa interesante antagonista soviética sedienta de conocimiento. Y esto, factor determinante en cualquier historia, deviene en una indolencia y reiteración que se percibe en una constante búsqueda de la afinidad participativa por parte del público que jamás se llega a producir.
Tan sólo existen cierto efluvio pasado en el personaje de Indiana Jones, más cansado y más viejo, que rememora en ocasiones lo que fue pero que, sin embargo, adolece de un cinismo que se echa en falta. Por supuesto que hay elementos que no podían faltar en una película con Indy como protagonista; como el retórico odio a las serpientes del héroe, el continuo encontronazo con los malos de la función, persecuciones, fugas, explosiones, algún que otro diálogo ingenioso y una proclamación de amor otoñal realmente hermoso y un tanto ñoño… Pero no es suficiente. Koepp (o Lucas, o Spilberg… es lo mismo) es incapaz de adaptar la acción de la saga, a adelantarse al espectador, a jugar junto a él como las anteriores películas. Se opta por un acopio de secuencias ensambladas con cierta pericia, sin ninguna apostura, haciendo gala de una sonrojante escasez de lucimiento argumental, alimentándose de arquetipos propios sin mucho tiento en la parodia de la que bebían sus precedentes. Se dan demasiadas suertes casuales, peleas desprovistas de impacto, negligencia a la hora de aportar el barniz cómico esperado y una serie de requiebros de guión no por sorprendentes incomprensibles. Incluso se muestra rácana en localizaciones internacionales, pues esta vez la acción se limita a explotar la selva amazónica, tras un apreciable intento por marcar diferencias en su incio, en su representación de los años 50 universitarios y sociales.
Que la acción sea aquí el núcleo que acopla a los personajes con el devenir de los acontecimientos ayuda a que esta cuarta aventura del Dr. Jones, Henry Jones Jr., “Jonsey” o como se quiera llamar a este nuevo Indiana Jones, no decaiga en ningún momento en cuanto a parámetros de entretenimiento se refiere, ni siquiera cuando se abusa tanto del “todo vale”, el conocido “más difícil todavía”. Y no es un problema que resida en la verosimilitud. Todos los espectadores de las anteriores cintas conocen de primera mano que la ficción adulterada y sobrexpuesta a la realidad siempre fue uno de los factores de divertimento de estas aventuras.
Parece que con salpicar con algo de humor algo trasnochado las andanzas de Indiana Jones con parajes exóticos, culturas milenarias, artefactos divinos, cráneos de alien multifuncionales que sirven como improvisadas máquinas de tortura y algún guiño nostálgico es suficiente para encubrir la escalofriante oquedad que se percibe en su interior. Eso sí, Spielberg continúa siendo el visionario que fue, brindando una nueva muestra de la maestría que le precede, fiel a su inconmensurable perspectiva fílmica, meticuloso con la responsabilidad visual de la cinta, pero en ningún caso en la reinvención o restablecimiento del arqueólogo de antaño. Uno de los grandes inconvenientes de este nuevo Indiana es que la glorificación del héroe acaba por convertirse en una forma de restarle atributos míticos y reconocibles.
Por no entrar valorar las “irónicas” coceaduras a la historia y al pasado, a su paródico juego con el comunismo y el estalinismo de corte ufológico, la amenaza nuclear, el heroísmo militar y los ya habituales desagravios históricos, que aquí son acentuados por la desinformación absoluta con la que se va hilvanando las partes del filme, apiñando a mayas y nazcas como una tribu común, presentando Cuzco como un pueblo campesino y no costero donde suenan rancheras mexicanas, situando la desaparición de la tumba de Orellana en el año 1500, cuando el descubridor no había nacido… Por si fuera poco, y es ahí donde todo se viene abajo, ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ dinamita la idea de un cine artesanal confeccionado “a la antigua”, un concepto por el que gravitaban las anteriores tres cintas del arqueólogo y que aquí ha no se ha respetado en lo más mínimo, ya que la puesta en escena, las secuencias de riesgo, incluso la propia fotografía de un desorientado Janusz Kaminski están filtradas por el ordenador hasta la saciedad. Son los nuevos tiempos, obligados a recurrir a las avanzadas tecnologías de CGI. Los mismos que hicieron que Lucas confiera esa anacrónica y citada Nueva Trilogía ‘Star Wars’ y que afecta, en gran parte, a Steven Spielberg y a esta obra.
Lo más reprochable es que hayan abusado tanto de las redes de la fantasía digital, dejando la impresión de que esa pose de noción de videojuego moderno es una táctica comercial para abarcar a las nuevas generaciones descendientes de la viodeconsola de última generación. Una idea que choca de bruces con la artesanía y la disposición del cine clásico que mantuvo a lo largo de una década el gran héroe arqueológico visto aquí con un regusto nostálgico, tal vez perdido para siempre. Una razonamiento por parte de sus autores que, en su médula, se percibe como lógica y coherente dentro del Cine Moderno. El mercado y la taquilla lo imponen. Por tanto, ésa puede ser la causa de la disconformidad y el conflicto que suscita esta nueva entrega con su anterior Trilogía.
La película logra funcionar a ratos por algunos de sus ‘set pieces’ bajo unos exiguos requisitos de funcionalidad, demasiado aleatorios y sin ímpetu de trascendencia que pretenden rememorar la quintaesencia de la Saga. No lo consiguen en ningún momento. Tan sólo Harrison Ford desempeña el sugestivo residuo de antaño. Sin mucho esfuerzo, el actor desprende su habitual carisma y recompone con asombrosa comodidad la efigie de la reminiscencia. Ni siquiera importa cómo interprete a su personaje, enfrentado de nuevo al agnosticismo, a la contraposición del cientifismo enfrentado a la teología o que haya una insuficiente tentativa por escarbar en la imposibilidad del ser humano en su elucubración de lo absoluto, como sucedía con Belloq o con Elsa Schneider y Walter Donovan. Él está por encima de todo eso. Él es el único que hace revivir a Indiana Jones. Muy por encima de un reparto que cruza por el filme sin pena ni gloria; desde una Karen Allen a la que los años no han tratado tan bien como a Ford y que aquí interpreta a la heroína con rostro de paranoica como una sombra oscurecida por su pasado, pasando por la eficacia silenciosa del joven talento Shia LaBeouf, el grotesco papel de Ray Winstone o el demencial rol que le ha tocado en suerte al pobre John Hurt.
Tan sólo parece estar a la altura Cate Blanchett, que confirma con habilidad su versatilidad y condición de estrella todoterreno. Por lo demás, esto no es más que un conjunto de secuencias de acción, con un ritmo impecable lleno de ingenio y repleto de efectos especiales donde hay espacio para recrear macacos amigos en inverosímiles persecuciones ‘tarzanescas’, irreales ejércitos de hormigas carnívoras, cascadas a modo de monumental parque acuático o secuenciaciones de calaveras en una sola como conclusión corpórea de todo el meollo. La falta de inspiración afecta incluso a un John Williams incapaz de componer algo destacable más allá de la reiteración de los ‘scores’ más conocidos y celebrados de las anteriores entregas. La sensación final es que ha sido una ocasión desaprovechada en la que tampoco tiene cabida la genialidad de Michael Kahn en la edición. La esencia se ha volatilizado con el paso de los años. Y hay que aceptarlo así.
‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ es un ostentoso juguete que pretende contentar a todos, un gigantesco divertimento que no molesta a nadie y que tampoco duda en utilizar la evocación del héroe de los 80, del aliento del cine de aventuras definido por Spielberg hace dos décadas, como un simple pretexto con el que el espectador pueda introducirse en el deleble histerismo de una nueva aventura digitalizada y totalmente innecesaria. La mercadotecnia ha sido siempre la que ha dictado el pasado, el presente y el futuro del cine. Sólo si uno logra asumir todo esto y dejar a un lado el pasado y los prejuicios es posible disfrutar de esta nueva aventura del héroe por antonomasia, por mucho que haya perdido por completo la substancia original. Lo que sí hay que tener en cuenta es que, y haciendo un símil retroactivo con la ya penúltima parte de la Saga, para Lucas y Spielberg el Grial no es esa copa de carpintero, artesanal y añorada, sino que es un cáliz dorado y lleno de joyas. ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ es ahora una recreación artificiosa de la aventura, donde lo atractivo ya no es la memoria de los viejos tiempos, sino lo que más brilla.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

martes, 27 de mayo de 2008

Sydney Pollack en su último adiós

1934-2008
Sin ser uno de los más destacados cineastas de la Generación de la Televisión que comprendieron directores comprometidos como Stuart Rosenberg, Martin Ritt, Sidney Lumet, Arthur Penn, Robert Mulligan, John Frankenheimer o Delbert Mann, Sydney Pollack (que trabajó en series míticas – ‘El fugitivo’ y ‘Misión imposible’-) supo aportar, desde su óptica cinematográfica, el tono políticamente de una época turbulenta para los Estados Unidos, contribuyendo con su posición a aquella necesaria directriz que delimitó un giro hacia la corriente izquierdista en la mejor tradición liberal del cine norteamericano de los 70.
Pollack, siempre a medio camino entre el posicionamiento ideológico y la búsqueda constante por obtener la aquiescencia del público generalista se caracterizó por saber imponer la lógica a la evidencia, por encima de la sugerencia, con un catálogo de filmes inolvidables (otros no tanto) que patentizaron la idiosincrasia de Pollack en un universo plagado de personajes asolados por miserias humanas, donde el aislamiento emocional, en conflicto con historias de amor y soledad, se propagaban hacia vestigios de valores sociales y éticos. Películas como ‘La vida vale más’, ‘Danzad, danzad malditos’, ‘La fortaleza’, ‘Las aventuras de Jeremiah Johnson’, ‘Tal como éramos’, ‘Los tres días del cóndor’, ‘El jinete eléctrico’ (estas cuatro últimas junto a su actor fetiche Robert Redford, con quien repetiría en varias ocasiones), ‘Yakuza’ o dejaron paso a una época de comercialidad donde destacan sus más conocidos títulos ‘Ausencia de malicia’, ‘Tootsie’, ‘Memorias de África’, ‘La tapadera’, el ‘remake’ de ‘Sabrina’ hasta llegar a su último título como realizador, la descompensada ‘La intérprete’.
Sydney Pollack fue un discreto director contracorriente que no dudó en delimitar su discurso a un nivel intertextual y narrativo, siguiendo las modas de las diferentes épocas que se dieron a lo largo de su filmografía, con un estilo frío y muy técnico, podría decirse que algo apático e impersonal, más estructuralista que estético, en ocasiones muy crítico y brillante (como sus películas de finales de los 60 y principios de los 70), en otras demasiado autoindulgente, emblandecido por la indeterminación de su discurso edulcorado. Pollack también trabajó como productor ejecutivo. Bajo su productora Mirage, llevó a buen puerto producciones importantes como ‘Los fabulosos Baker Boys’, ‘En busca de Bobby Fischer’, ‘El talento de Mr Ripley’ y ‘Cold Mountain’, ‘Sentido y sensibilidad’, ‘Oscura seducción’ o la más reciente ‘Michael Clayton’.
Como actor, profesión que desde muy joven quiso desempeñar, ha interpretado papeles secundarios algunas películas; ‘Maridos y mujeres’, ‘El juego de Hollywood’, ‘La muerte os sienta tan bien’, ‘Eyes Wide Shut’ o ‘Michael Clayton’, entre otras, y en series de televisión como ‘Will & Grace’, ‘Loca por ti’ o ‘Los Soprano’.
Sydney Pollack esta madrugada en Los Ángeles a los 73 años víctima de un cáncer diagnosticado hace menos de un año.
D.E.P.

lunes, 26 de mayo de 2008

Chikilicuatre y la muerte de Eurovisión

Que la audiencia de la retransmisión de Eurovisión alcanzara un 59,3% que dicta que más de diez millones de espectadores siguieran el evento simboliza dos cosas; primero, que en España este sábado por la noche, las reuniones de amigos, familiares y de teleadictos sin prejuicios unieron y hermanaron a un país con ganas de divertirse. Dos, que vistos los resultados de calidad y de graves carencias de entretenimiento que se dieron durante la velada ha determinado que el festival, por muchas ganas de juerga y de distanciarse del arcaico concurso de canciones, es una cita anual exangüe y bochornosa.
El ‘Chiki Chiki’, de Rodolfo Chikilicuatre, más allá de la producto mediático de cachondeo y marketing, ha representado a la perfección el espíritu despreciativo por parte de un país hacia un Festival denostado, grotesco y letárgico, como bien han personificado de nuevo los países que realmente se toman en serio el concurso, ejemplificado en esa parida sonora rusa interpretada por un tal Dima Bilan, tan amanerado y 'locaza' como insulso en lo musical. Tal vez lo único que mereció la pena de la gala fue ese otro estrambótico personaje francés llamado Sébastian Tellier, el ‘Pokusa’ de Bonisa, el poderío de dos muestras de ‘chotorras’ deseables y macizas como la ucraniana Ani Lorak y la griega Kalomira o la putada que le hicieron al presentador de la gala, Zeljiko Joksimovic, con una americana tres tallas más pequeñas que le tiraban tanto de la sisa que parecía un patético muñeco de feria.
El meme viral de Chikilicuatre constituyó desde el principio un símbolo de los nuevos tiempos que debían renovar este festival; el ‘show’ en clave de humor, el espectáculo que deja a un lado las cuestiones musicales de supuesta importancia que ya no tienen cabida en este concurso deslucido por los años. La pena es que ha fracasado. Cierto es. Pero no por los méritos puestos en la tentativa. Después de la deslucida actuación de Chikilicautre, uno tiene la sensación de que Eurovisión está destinada al desinterés y el ostracismo.
Da igual volver a lanzar a otro “triunfito” de turno, otra canción estúpida o simulacro de imbecilidad musical (sólo hay que echar un vistazo a la lista de canciones que han representado a España en los últimos años). La idea, simplemente, era pasarlo bien. Algo que los bienquistos conservadores no han visto con buenos ojos, apoyados en la idea de una dignidad nacional que para ellos ha sido ensuciada por el personaje creado por La Sexta, sin acordarse, entre otras, de aquella canción de Lydia que consiguió un mísero punto hace una década.
Ya lo dije en su momento. En este mismo instante, una vez que el genial cómico y actor David Fernández cuelgue la guitarra de juguete y el ‘Chiki Chiki’ haya agotado su estela. Finalizado este absurdo trayecto, la broma ha acabado (más allá de que pueda seguir sonando en radiofórmulas y en ‘spots’ televisivos). No soportaremos un disco del artista, ni una carrera musical sinsentido como tantas otras, como en la mayoría de los anteriores representantes, no embadurnaremos de mierda la discografía española ni tendremos que soportar productos televisivos que hacen de la incultura su bandera, de peña que, habiendo siendo efímeras figuras de primer orden, ha continuado un inmerecido éxito proveniente de programas de televisión trasnochados y prescindibles.
El año que viene vuelta a la desidia, otro aspirante con ínfulas de magnitud musical y sueños discográficos o el estigma de poder soñar con ganar un festival que a nadie le importa. Tan sólo a Uribarri, a las expectativas de TVE por hacer del concurso algo visible y de algún que otro espectador anacrónico.
He aquí la lista de canciones que ha representado España en los últimos años con su puesto y los puntos correspondientes.
Mikel Herzog - 16º - 21 puntos
Lydia - 23º - 1 punto
Serafin Zubiri - 18º - 18 puntos
David Civera - 6º - 76 puntos
Rosa - 7º - 81 puntos
Beth - 8º - 81 puntos
Ramón - 10º - 87 puntos
Son de Sol - 21º - 28 puntos
Las Ketchup - 21º - 18 puntos
D'Nash - 20º - 43 puntos
Rodolfo Chikilicuatre – 16º - 55 puntos.

jueves, 22 de mayo de 2008

Dossier especial INDIANA JONES

El regreso de la legendaria épica de Indy
Desde hace mucho, demasiado tiempo… esta semana y este día han tenido un nombre propio. De hecho, lo que llevamos todo el año pasado y parte del que está en curso lo lleva teniendo. Desde el mismo instante en el que George Lucas y Steven Spielberg confirmaron el rodaje de una nueva entrega de la Saga de aventuras más importante de la Historia del Cine contemporáneo. El retorno de Indiana Jones a la gran pantalla ha despertado la nostalgia y ha resucitado al mito de toda una generación que espera este filme con la esperanza de reconquistar la ilusión comercial y fílmica del eterno personaje interpretado por Harrison Ford.
La petición pública y la nostalgia han logrado desempolvar una de sus legendarias figuras más lucrativas, asumiendo que, en los turbulentos y aburridos tiempos de Hollywood, era necesario dar una nueva lección de hegemonía por parte de los dos pirotécnicos más listos del mundo del cine, de devolver a la actualidad a una de las supremas efigies en cuanto comercialidad clásica se refiere. Ni Lucas ni Spielberg iban a dejar pasar la oportunidad de ofrecer al espectador una aventura más del arqueólogo más famoso de todos los tiempos. Y aquí está, diecinueve años después. Como si por él no hubiera pasado el tiempo.
El vitalista icono imperecedero, arquetipo del acrisolado héroe clásico, reanuda sus hazañas desde que en 1989 se alejara de la aventura después, eso sí, de alterar y revolucionar la concepción mercantilista del cine, de haber insuflado un transformación y una aplastante ruptura en todos los aspectos, no ya sólo en un entorno cultural y estético, sino como aportación de un mito de carácter universal. Indiana Jones vuelve al cine para restituir el crédito del cine de entretenimiento, de la magia de unos años evocados con melancolía. Spielberg, inmerso en una evolución temática y estilística que no tiene límites, no podía dejar pasar la oportunidad de recordar sus mejores y viejos tiempos y retorcer hasta el génesis de su propia genialidad, cuando era apodado como “Rey Midas” y avasallaba con su talento, supeditando al espectador a la sortilegio cinematográfico como nadie lo había hecho hasta el momento.
Es la hora, por tanto, de aparcar prejuicios y lanzarse de lleno a la esfera escapista y fantástica de la ficción, aquella que convirtió a este personaje en una reconocida figura de fisonomía y rasgos inmortales. La hora de que Indy ofrezca lo mejor de sí mismo en otro ‘tour de force’ de descomunal vigor y luminiscencia dentro del apagado panorama del cine entendido como distracción, como arma de ocio. Del mismo del que tanto echan de menos los ‘blockbuster’ actuales, sin lustre. Es la hora de que Steven Spielberg rescate al niño que todos llevamos dentro y reformule la embrionaria entidad de su cine, la inagotable capacidad autóctona de deleitar al público y manifestar por enésima vez su brillante inventiva visual, esta vez de la mano de un guionista en racha como es David Koepp.
Echar un vistazo al génesis de Indiana Jones es reiterar un cúmulo de anécdotas, efemérides e historias alrededor de su consecución, de su origen y prosperidad. Desde ese encuentro vacacional, según cuenta la leyenda, en el Hotel Mauna Kea de Hawai, por parte de Lucas y Spielberg tras el agotante rodaje de ‘Star Wars’ y el fiasco comercial de ‘1941’, respectivamente, la Saga pasó a ser de una idea brillante a una optimista realidad. La idea inicial fue adoptar una ciencia como la arqueología para transformarla en otra categoría bien diferente, la de un universo de hazañas y riesgos que, obviamente, está fuera de cualquier raciocinio. Indiana Jones (nacido Indiana Smith), debía aportar un aire fresco al cine comercial, simbolizando a un antihéroe canalla y socarrón, sin muchos prejuicios morales en su ‘modus operandi’, un profesional que trabaja al margen de sus funciones laborales. Indiana Jones debía ser un hombre escéptico de métodos disidentes e iconoclastas, pero con gran sentido del humor y gran atractivo de cara al gran público.
Desde su creación, la arqueología ha sido otra de las muchas excusas que han configurado la personalidad del épico rol, símbolo innato del héroe ‘spielbergiano’. No hay una intención antropológica en las aventuras del héroe del látigo, puesto que en vez del estudio teorizante sobre el pasado de aquellas reliquias que rastrea el intrépido aventurero, de la funcionalidad social de los vestigios culturales o la exhumación histórica, se encuentra la simple función del espectáculo expuesto como un gran juego de artificio, muchas veces en contra de la realidad y de la Historia, pero sin olvidarse de ella. Jones es la antitesis de los arqueólogos elitistas y decimonónicos, dotado con la dualidad característica de todo superhéroe, consistente en la dualidad. Por una parte, del erudito hombre que ejerce como docente universitario. Por otra, de intrépido viajero que dedica su tiempo libre a recuperar la historia perdida para que repose en los museos abordando con aticismo el riesgo que pueda haber en sus misiones.
Steven Spielberg consideró al personaje como el icono homérico ideal que otorgar desde su particular visión del cine narrativo e ilusorio, dotado con esencia épica. Era oportunidad de oro para desarrollar una inventiva visual inexplorada hasta la fecha. El cineasta, genial narrador de sobrado talento y oficio, ya en los años 80, define en pantalla al personaje con admirable soltura, sin perder de vista el tono clásico, proporcionando las dosis de acción con sutilidad y contundencia, siempre en función de una exigente correlación entre el espectador y el espectáculo al que es sometido, al sufrimiento físico al que es sujeto un arqueólogo que padece, sufre, sangra, suda y corre cuando está en peligro. Aspectos muy alejados de la reciedumbre e imbatibilidad del arquetipo heroico tradicional.
Por supuesto, en una Saga como esta, no falta el elemento fantástico, la nigromancia de las ciencias ocultas o las creencias teologales que imponen una cierta incógnita al devenir lógico de los acontecimientos. En las aventuras de Indiana Jones, la aventura afecta a todos los grados de la narración. Es el factor que mueve a sus personajes, muy por encima de todos los demás aspectos sobre los que gravitan los argumentos, logrando la difícil tarea de esquivar sutilmente la complejidad subjetiva del rol, aportando pequeñas ráfagas de profundidad íntima del personaje, reducido a algunos retazos biográficos; como su fobia a las serpientes, su irónica visión ante algún que otro aspecto de la vida o de su profesión, puntualizadas en breves retazos anecdóticos de su pasado.
Es la quintaesencia del cine de aventuras, donde Spielberg supo contribuir al Cine de los 80 el gran secreto de su éxito: la sencillez con la que se utiliza el esquema clásico, donde el héroe inicia un viaje en busca del tesoro y en cuyo camino se enfrentará a temibles enemigos que también quieren lo mismo, contando para ello con aliados y una chica que le acompaña en su hazaña. La poderosa iconografía de Indiana Jones simboliza, en su fin más inmediato, un concepto de heroísmo universal, que concreta sus aventuras en un contexto atemporal y se desvincula de sus antecedentes con un estilo cimentado en el ritmo, en la cadencia sin freno de los acontecimientos, en la mera improvisación. Indiana Jones se transformó así, en el héroe más carismático del Cine y sus andanzas arqueológicas se convirtieron, con el paso de los años, en las aventuras cinematográficas más grandes jamás contadas.
Llegados a este punto, es cuando toca echar mano del tópico documentalista; de recordar que Indiana se debe al nombre del perro del propio George Lucas o que Spielberg fue quien lo apellidó Jones, que Marion era el nombre de la abuela del guionista Lawrence Kasdan. Pero también de evocar que el personaje, como tal, nace de nombres como Jim Steranko, títulos como ‘Terry y los piratas’, ‘The seven cities of Cibola’ o géneros provenientes de la literatura ‘pulp’ y las funciones de ‘matinees’ de aquellos sábados que tanto influyeron en Lucas y Spielberg en sus respectivas infancias. Indiana Jones nace de la nostalgia aventurera, de los seriales de los años 30 y 40, con reminiscencias del Fred C. Dobbs de Bogart en ‘El tesoro de Sierra Madre’ o el vestuario Charlton Heston de ‘El secreto de los Incas’ y la inevitable influencia clásica de cineastas del crédito de Siodmak, Tourneur, Ford, Lang o Curtiz, sin relegar la idea primigenia de homenajear al James Bond de Ian Flemming.
La efigie de Indiana Jones, luciendo un fedora de copa alta de Herbert Johnson comprado en la tienda Saville Row de Londres, proyectada como una sombra es, hoy en día, una de las imágenes más representativas e iconográficas de los fastos cinematográficos. La leyenda de ese vestuario con cromatismo desértico, chaqueta de piel roída, eterna bandolera y un látigo como arma distintiva ha pasado a determinar una imagen imborrable y reconocible en cualquier parte del universo.
La inicial disposición de la historia que defendió en el cine clásico Cecil B. DeMille, la de comenzar con una explosión de intensidad que vaya ‘in crescendo’, con la fuerza de un terremoto, ha sido siempre la pauta estatutaria de la Saga, de su esencia frenética por hacer un homenaje y ofrenda al cine de siempre. Sin embargo, Indiana Jones se convirtió en algo mucho más importante, haciendo de su leyenda el máximo exponente del cine americano. El personaje responsable, como era de prever y con todo el merecimiento posible, de que Steven Spielberg alcanzara, a la precoz edad de 35 años, la divinidad cinematográfica y el Olimpo de Hollywood.
‘En busca del Arca Perdida’ (1981)
Tras el monumental fracaso de ‘1941’, comedia ambientada en la II Guerra Mundial y que urdió un inesperado decrecimiento en el crédito de Spielberg dentro de la gran industria después de que la precedente ‘Encuentros en la Tercera Fase’ fuera considerada a su vez una obra excesivamente temeraria, a George Lucas le costó convencer a los peces gordos de la Paramount que su amigo Steven y él podrían abarcar el proyecto inaugural de la Saga de Indy con tan sólo 20 millones de dólares. ‘En busca del Arca Perdida’ podría haber sido pasto de la televisión, pero la perseverancia de ambos acabaron por insuflar la vida necesaria al proyecto y sacarlo adelante en una tenaz negociación con los directivos de la Paramount Pictures, que terminaron aceptando el reto propuesto.
Se ha contado mil veces que actores como Tim Matheson, Peter Coyote y, sobre todo, Tom Selleck (que estuvo a punto de llevarse el papel), fueron los candidatos más importantes para interpretar a Indiana Jones. También que George Lucas no quería que Harrison Ford se encasillara en sus producciones como Robert De Niro lo había hecho en las películas de Martin Scorsese, así como que que fue Spielberg el que insistió para que fuera el no menos mítico Han Solo el encargado de dar vida a Indy. El gran valor de Ford fue el de adaptar el rol a su personalidad, de aportar desde el principio una línea carismática y caricaturesca identificativa y reconocible por el gran público. Asimismo es conocido por todos que tanto Sean Young como Debra Winger podrían haber encarnado a Marion Ravenwood, pero fue Karen Allen, después de su sensacional y cómica presencia en ‘Desmadre a la americana’ quien acomodó el vigoroso carácter de la heroína del filme a su pecoso rostro. No hay que olvidar en este recuerdo historiográfico que el director y guionista Philip Kaufman fue quien concibió al Arca de la Alianza como el principal elemento argumental que más tarde Lawrence Kasdan materializaría el libreto de la primera de las aventuras del arqueólogo.
La cinta arranca en una frondosa jungla de América del Sur en 1936. Ya en su comienzo se presenta un elemento gráfico que acompañará a la trilogía, el de jugar con el logotipo de la Paramount integrándolo dentro de una imagen que da inicio a las cintas. La acción se centra en un prólogo donde Indiana Jones busca una figura de la diosa azteca Tlazolteotl, con los indígenas hovitos pisándole los talones y sin saber que su acompañante Satipo es un traidor que se vende al mejor postor. En un comienzo magistral, la película muestra a un villano encantador, otro arqueólogo francés llamado Rene Belloq (Paul Freeman) y una huida del peligro pintoresca y determinante en la forma de actuar del héroe. Un bloque que da como consecuencia la presentación del aventurero que sirve de pretexto para afrontar con ritmo y sin demora la nueva aventura del héroe; la búsqueda del Arca de la Alianza, lugar en donde se cree que los hebreos depositaron los mandamientos que Dios había otorgado a Moisés y cuya leyenda atribuye un invencible poder. Un hecho por el que Hitler y los nazis quieren obtener a toda costa.
El detallismo con el Spielberg siempre ha cuidado la puesta en escena tiene su apogeo en la definición con la que están rodadas las escenas de acción, contribuyendo aquí con un tonelaje narrativo que deviene en emoción, haciendo que la historia transmita una viveza que no pierde su continuidad a lo largo de todo el metraje. ‘En busca del Arca Perdida’ nunca decae y muestra la capacidad de Spielberg para amplificar un estilo apenas invisible, pero de una autoritaria pujanza dentro de la adrenalítica acción, reforzada siempre por la fanfárrica presencia de un proverbial John Williams que supo extraer musicalmente la entidad genérica con unas partituras memorables.
Pese a ese otro reconocible elemento narrativo de la saga, la de las transiciones elípticas de los viajes a través de un mapa del globo terráqueo, Spielberg jamás escatimó en localizaciones, enriqueciendo así la ubicuidad geográfica del héroe en sus aventuras a lo largo y ancho del mundo. Con ello, en Indiana Jones, como otro de sus factores intrínsecos, destaca la importancia del viaje más allá de la consecución de la pieza arqueológica de turno, lleno de peripecias y experiencias, como en el ‘Ítaca’, de Konstantínos Kaváfis, en un trayecto cargado de características trampas mortales que buscan una y otra vez la sofisticación más sorpresiva.
Es el ejemplo más paradigmático de la capacidad sin límites de Spielberg como director, como creador de sublime esencia cinematográfica. Una película que juega constantemente a sorprender al público, con un incandescente ánimo de profanación de los clásicos con los que él y Lucas soñaron con llevar a la gran pantalla. Para el recuerdo quedarán la destrucción del arquetipo de mera comparsa atractiva que acompaña al héroe, la eterna Marion, con la nostalgia de Irene Dunne y Carole Lombard en el recuerdo, en la secuencia de la taberna nepalí tumbando a un bigardo en una puja de beber chupitos, las persecuciones por las calles de Egipto, la entrañable amistad forjada entre Indy y Sallah (John Rhys-Davies), la burla a los nazis y su saludo fascista que hasta un mono puede reproducir, el disparo de Indy a un gigantón egipcio que le reta blandiendo una espada cimitarra, el malévolo Toht (Ronald Lacey) y el ‘gag’ del instrumento de tortura que resulta ser una percha o todos los términos bíblicos (ésa ciudad de Tanis, el bastón de Ra, el Pozo de las Almas…) que suceden a la descripción perfecta por parte de uno de los agentes de inteligencia de Indiana Jones “profesor de arqueología, experto en ocultismo y… ¿cómo se dice?... ‘conseguidor’ de antigüedades raras”.
Un filme que, extendido a sus dos secuelas posteriores, en su retrospectiva temporal, simbolizan un tiempo y una forma perdida de hacer cine con mayúsculas, creando un personaje y un mundo desde el admirable tamiz de la artesanía, donde los efectos especiales, las maquetas y los trucos de prestidigitador convirtieron a Spielberg (heredada esta peculiaridad de Lucas) en lo que hoy es.
‘En busca del Arca Perdida’ es, en la actualidad, un emblema del Cine que, más allá del género de acción, puede considerarse como una de las obras maestras más poderosas de la década de los 80. Y, por qué no, de los anales del Séptimo Arte.
‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ (1984)
La película llegó después de que Spielberg se consolidara como el nuevo mecenas dentro de Hollywood, no sólo por su afianzamiento comercial y estilístico con la gran obra maestra ‘E.T. El extraterrestre’ (los nostálgicos de esta película, que entren aquí), sino por empezar a perfilarse como uno de los productores con mayor olfato comercial de la década. ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ era la segunda de las tres películas que Lucas y Spielberg habían apalabrado con Paramount con el arqueólogo como protagonista.
Dado el éxito de ‘En busca del Arca Perdida’, las expectativas con respecto al futuro de Indiana Jones eran una incógnita. El nivel de exigencia era muy alto y tanto productor como director sabían que no podían fallar. El objetivo era no decaer en los propósitos de entretenimiento del filme original. Lucas, que pasaba por una época personal de altibajos debido a su divorcio, insinuó que la secuela de Jones podría ser la más oscura de las tres, como lo había sido su ‘Episodio V: El Imperio Contraataca’ dentro de ‘Star Wars’, pero sin perder el ritmo estilístico y narrativo, conservando el humor cínico de Jones y alguna que otra situación de absurdo, pero en los términos preestablecidos, incluso yendo un paso más allá en el expresión visual de la aventura.
‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ se muestra, tras el prólogo que introduce a Indiana Jones vestido como el Agente 007 en el Club Obi Wan de Shanghai en 1935 (es decir, que estamos ante una precuela), como la muestra más contundente de cine de acción de Spielberg por aquella época. Pese a comenzar con un colorista musical a lo Busby Berkeley coreografiando el ‘Anything goes’, de Cole Porter, cantado en chino por la sensual Willie Scott (Kate Capshaw -a la postre, esposa de Spielberg-) y una trama de trapicheos con diamantes y reliquias orientales con pelea caótica de taberna que recuerda al estilo de Victor McLaglen, pronto el espectador descubrirá que el filme tiene dos partes muy diferentes. El doble comienzo da la sigue los patrones de un filme visiblemente aparatoso y opulento. Y no es para menos. La aventura está ideada como una distracción frenética, vibrante y envolvente, donde impera el sentido del humor, la identificación del espectador infantil a través de los ojos de un niño chino que conduce coches y que responde al nombre de Tapón (Jonathan Ke Quan), encargado de compartir aventuras con el arqueólogo. Se sustenta además gran parte de la comedia inicial en la confrontación típica del ‘Screw Ball Comedy’ clásico de Hollywood entre Indiana y la bella Willie con varios ‘gags’ de lucha de sexos, que se rompe por completo cuando se desvela el verdadero periplo de riesgo para los personajes.
La diferencia de ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ no sólo radica en una drástica ruptura argumental y cromática en relación a su antecesora, sino que esa disolución rupturista se da dentro de la propia secuela. Indiana, con sus dos antagónicos ‘partenaires’ de hazaña descubren en su camino a Delhi el pueblo de Mayapor, de donde ha sido robada una de las piedras de Shankara (aquellas que otorgan a su poseedor “Fortuna y Gloria”) por parte de un grupo de fanáticos ‘thuggees’ seguidores de la diosa de la muerte hindu Kahli, liderados por el despiadado Mola Ram (Amrish Puri) en una mina secreta construida en el interior del palacio de Palacio de Pankot, en cuyas entrañas se han esclavizado a niños robados de las aldeas a trabajar y realizar con ellos sacrificios humanos en nombre de su diosa.
Spielberg aprovecha la coyuntura con entusiasmo y cognición fílmica, haciendo que la mixtura de géneros sea equilibrada por la fuerza de unas imágenes que desfilan por el ojo del espectador, sin dar tregua. Musical, acción, comedia, aventura y momentos de humor absurdo dan paso a una oscura narración de terror, de un trama de contenido sangriento y oscurantista. De repente, los escarceos entre Indy y su gritona y caprichosa compañera femenina que representa el espíritu de las atractivas acompañantes del héroe del cine clásico de los años 30 o el humor sobrevenido del pantagruélico menú del maharajá Zalin Singh (serpiente con sorpresa, sopa de ojos, sorbete de sesos de mono…), se transforman en una oscura pesadilla donde no faltan ritos satánicos, malos tratos infantiles y esclavitud, alternadas con secuencias de vudú e incesantes peleas hasta el clímax en el que se descubre al Indiana Jones del Arca Perdida. El hombre vulnerable que asume su condición de arquetipo y logra salir adelante, no sin ciertas dificultades, en un fin de fiesta apoteósico con la extensa secuencia de las vagonetas en la mina, en una suerte de montaña rusa donde prolifera el exceso de ritmo impulsivo y sin respiro en una exhibición de énfasis visual e inmediatez de montaje por parte de Spielberg y su socio en el departamento de edición Michael Kahn.
Lucas y Spielberg fueron muy inteligentes al solicitar a los guionistas Willard Huyck y Gloria Katz (que ya habían trabajado con el primero en ‘American Graffiti’) la sorprendente concesión de introducir un rol infantil entre tanta turbiedad argumental, consiguiendo una efectiva identificación de Tapón con respecto al espectador infantil, para, sin previo aviso, reemplazar la comedia por una cinta de horror y tragedia. ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ es la película más arriesgada de la Saga y fue criticada por el exceso de truculencia de muchos de sus capítulos. Algo que, años después, Spielberg ha reconocido incluso con cierto arrepentimiento. Ya se sabe que ahora Spielberg aboga por no mostrar gratuitamente el contenido violento. Pero a la postre, continúa siendo su mejor y más reconocible baza, una perversa revisión de ‘El flautista de Hamelin’ que, ya desde sus primeros compases, escapa a las constantes tipológicas del género que no sean las preconcebidas por la propia saga, donde sigue persistiendo la autoparodia, la diligencia y el espíritu de un Indiana Jones que se, pese a que no obtuvo los mismos resultados que su filme anterior, aseguró la continuidad de la saga en una última función que tendría lugar con la finalización de la década.
‘Indiana Jones y la última cruzada’ (1989)
Tuvieron que pasar cinco años para que Harrison Ford volviera a vestir la cazadora de Indy y ponerse su Fedora en busca de nuevas aventuras. Era ya uno de los actores mejores pagados de Hollywood, ya que en este lapso de tiempo recrearía algunos de sus más recordados personajes en ‘Único testigo’, ‘La costa de los mosquitos’, ‘Armas de Mujer’ o ‘Frenético’, tal vez papeles que le separasen del papel de héroe de acción que retomaría con más ímpetu que nunca. Spielberg, por su parte, volvió a saber lo que era el fracaso con dos obras también con intenciones artísticas muy alejadas de la Saga de Indy; por una parte el monumental batacazo con la romántica ‘Always’, y por otra, el rechazo comercial de un magnífico retrato bélico sobre la infancia con la adaptación de la biografía de J.G. Ballard en ‘El Imperio del Sol’.
Lucas, por su parte, tampoco había afinado mucho en sus proyectos como productor, ya que películas como ‘Howard, el pato’, ‘Ewoks’ o el proyecto de su amigo Francis Ford Coppola ‘Tucker, un hombre y su sueño’ tampoco habían contado con el apoyo del gran público, aunque sí funcionaran ‘Dentro del laberinto’ o ‘Willow’. ‘Indiana Jones y la Última Cruzada’ significaba así la vuelta a por los fueros comerciales y un reconstituyente para los tres nombres propios de la franquicia. Una jugada segura.
Para esta tercera (y última, por aquel entonces) parte de la trilogía, Lucas y Spielberg llevaron a la gran pantalla el guión de Jeffrey Boam, que hasta el momento había adquirido cierto prestigio con el éxito de algunos de sus libretos como los de ‘La Zona Muerta’, de Cronenberg o algunas cintas más comerciales de la época como ‘El Chip prodigioso’, de Joe Dante y ‘Jóvenes Ocultos’, de Joel Schumacher. Como esta nueva entrega debía ser un éxito sin concesiones al riesgo, se jugó sobre seguro y no se dejó espacio para la filigrana multigenérica, como se había hecho en ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’. Se centró la atención en algo que hasta entonces había permanecido ajeno al personaje; su propia exploración dentro de una ampliación biográfica que se valía del habitual prólogo ubicado en Utah, en 1912, para mostrar al espectador el entusiasmo arqueológico de un adolescente Indiana interpretado por el malogrado River Phoenix, dando ciertas pistas de claro corte nostálgico sobre algunos de la grafía iconográfica del héroe, presentando a un padre incorpóreo absorto en sus estudios que no tiene tiempo para escuchar las historias de su hijo al que hace contar hasta veinte en griego.
También se juega a reconstruir el origen de su cicatriz en la barbilla, de su ofidiofobia o la primera toma de contacto con el látigo y el regalo del sombrero que le acompañará en sus aventuras, el mismo que sirve para situar a Jones en la costa portuguesa persiguiendo la Cruz de Coronado, la misma joya del inicio, conectando tiempos y reiterando la misma estructura que ‘En busca del Arca Perdida’, con la que esta nueva aventura tiene tantos puntos en común. Cabe destacar la introducción de alguna novedad para agilizar y renovar el sentido épico del aventurero, como la disposición de una acompañante femenina que difiere a sus otros dos referentes. Esta vez no es una aliada ni una chica florero, sino que se perfila la ‘femme fatale’ del género negro, sin bando definido más que aquel que sacie sus deseos, en este caso de poder. Una fría mujer austriaca sin principios ni respeto hacia la historia interpretada por Allison Doody.
No obstante, se devuelve al célebre profesor al ambiente universitario y docente de la primera parte, así como la recuperación de personajes desaparecidos en la primera secuela, como Marcus Brody y Sallah y se adhiere a un personaje clave para el éxito del filme, el de Henry Jones, progenitor de Indy, interpretado por Sean Connery, curiosamente el Bond original. Porque ‘Indiana Jones y la Última Cruzada’ aborda la búsqueda del Santo Grial por todo el mundo, hasta su ubicación en Alejandreta o İskenderun (concretamente en Petra, Jordania) con el desarrollo de una leyenda artúrica que mezcla interrogantes sobre la Fe y el teologismo, que no es más que una metáfora del alejamiento paternofilial de Indiana Jones y su padre, de la relación perdida entre ambos y que será solventada con el descubrimiento de la copa utilizada por Jesús en la Última Cena y en donde se supone que José de Arimatea vertió su sangre en la cruz.
La historia de nazis, traiciones, viajes e investigaciones históricas representan, otra vez, la materia esencial de las historia de la Saga; la utilización de un poderoso ‘McGuffin’, ya sea el Arca de la Alianza, las Piedras Sagradas de Shankara o el Santo Grial, excusas argumentales que motivan a los personajes y al desarrollo de una historia que, si bien tienen el peso fundamental sobre estos elementos, en realidad carecen de relevancia por sí mismos. Aquí, poco importa que todos vayan detrás del cáliz santo, ya que lo verdaderamente importante es el reencuentro entre padre e hijo. También se pone a prueba el agnosticismo de Indy, enfrentándolo frente a las firmes creencias de su padre y colisionando en su idea de toda reliquia antigua debe ser expuesta en un museo.
Spielberg utiliza el cuestionamiento paterno, humanizando el héroe a través de los ojos de su padre, para abordar la temática arqueológica, volviendo al funcional esquema narrativo clásico de este tipo de aventuras, proyectada con la omnisciencia del genio visual únicamente siguiendo el camino para conmocionar al espectador mediante la creación de situaciones de acción acumulativas. ‘Indiana Jones y la Última Cruzada’ persiste en una métrica estimulada por las interpretaciones de Harrison Ford y Sean Connery, confrontados en un pasado por la falta de afecto y comunicación, pero unidos en sus discordantes ideologías en un mismo fin.
Aquí, Indy no tiene el mando de la situación, Basta recordar ese plano en el que el padre le da una torta a su hijo como si de un niño se tratase. La figura del padre y del hijo y su relación es retratada desde la comedia, definida en un universo imperfecto donde la búsqueda del tesoro va más allá de la alcance de la pieza histórica de turno y donde no es tan importante la dicotomía entre el Bien y el Mal.
Fue el reencuentro con un cine comercial que ahogaba sus últimas gotas de genialidad con el final de la década, dejando para el recuerdo algunas de escenas de explosiones, persecuciones a caballo entre tanques y bombas o inolvidables ‘gags’ que hicieron de esta última función un homenaje a la propia trilogía, con un afectivo ‘happy end’ que siempre dejó al espectador (convertido en fan de estas tres películas) con ganas de más, como las grandes gestas cinematográficas.
Un final que todos intuyeron como punto y aparte… Hasta el día de hoy.
‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’ (2008)
Es la película más esperada de los últimos tiempos.
Ni adaptaciones de superhéroes, ni niños magos, ni siquiera la larga sombra de J.R.R. Tolkien habían generado una expectación similar a la vivida en el último año con la anunciación del rodaje del proyecto, como si de algo Divino se tratara. La cuarta película de las nuevas aventuras de Indiana Jones ha pasado por una rumorología extensa y dilatada en el tiempo, con sinopsis y guiones de ida y vuelta que han ido desapareciendo durante todo este tiempo.
En 2002 Spielberg anunció de forma oficial una cuarta entrega escrita por Frank Darabont. Ante la objeción de Lucas y el propio Spielberg del guión final del director de ‘Cadena Perpetua’, se contrató finalmente a David Koepp para llevar a la gran pantalla una nueva odisea de aventuras y acción de un veterano Harrison Ford, que nunca dudó de la posibilidad de regresar a un proyecto sobre su personaje más carismático. En enero de 2007, se comenzaba el filme que reunía, después de casi dos décadas, a Lucas, Spielberg y Ford. Indiana Jones recuperaba el látigo, el sombrero y los irónicos chistes del arqueólogo transformado en leyenda. Tres veteranos recuperando la juventud y una genealogía que vertebra la nostalgia cinematográfica de la añorada década de los 80 y su cine comercial.
La calavera de cristal de Akator es el icono que persigue ya veterano Dr. Jones. Ubicada en 1957, en plena Guerra Fría, con agentes soviéticos pisando los talones a Indy y sus amigos. Esta calavera forma parte de la cultura azteca y maya, y es una pieza que de las trece que existen en el mundo y que están relacionados con los Itzas, unos personajes que, según la leyenda, provenían de la Atlántida y trajeron en ellas el conocimiento a la Tierra. Según la leyenda, con la unión de todas la calaveras de cristal conseguiría detener el mundo. Es la nueva misión que reincide, como todos esperan, en la ordenación estructural básica de la saga, donde un héroe sobre el que caerán varios ‘gags’ sobre su edad está apoyado por su antigua compañera Marion Ravenwood (papel que repite Karen Allen), el joven motociclista Mutt Williams (Shia LaBeouf) y su compañero Mac (Ray Winstone), en una nueva aventura donde habrá que enfrentarse a unos pérfidos soviéticos liderados por la maquiavélica Irina Spalko (Cate Blanchett), seguir la pista de un misterio insondable, sortear varios obstáculos a lo largo del mundo e impedir que la Calavera de Cristal caiga en las manos equivocadas.
Suena bien ¿no?
La semana que viene, acudid al Abismo en busca de la ‘review’ de este evento celebrado en este espacio por todo lo alto.
Indiana Jones y Steven Spielberg lo merecen.

jueves, 15 de mayo de 2008

Review 'Iron Man'

Paradigma de fidelidad y comercialidad
A pesar de transitar por lugares comunes del género, Favreau confiere al filme un plausible esfuerzo por evitar la previsibilidad y dotar de contenido a la historia.
Stan Lee y Jack Kirby parieron en marzo de 1963 para ‘Tales of Suspense’ este superhéroe que se desligaba completamente de la genealogía heroica típica de la Marvel hasta el momento. El que el hombre dentro de la coraza indestructible fuera un arrogante, playboy multimillonario, fabricante de armas, seductor y misógino que no dudaba en utilizar una desproporcionada ética teleologista y proporcionalista hicieron de ‘Iron Man’ todo un hallazgo trasgresor dentro del emporio ‘comiquero’ llevado a cabo por este duplo cardinal para entender el Noveno Arte.
Lo más atractivo era que el héroe escondía un secreto que le hacía, todavía si cabe, mucho más interesante. Tony Stark, el hombre de la coraza de hierro, debía estar sempiternamente conectado a una potente máquina adaptada a su corazón si no quería morir, producto de unos fragmentos de metal alojados en su organismo debido a la explosión de un arma fabricada por su misma empresa. Lo llamativo de todo esto era la vulnerabilidad que ocultaba al titán de acero, puesto que en su interior, no dejaba de ser un enfermo con graves problemas de salud.
Más o menos, la historia de su adaptación cinematográfica sigue siendo paralela a los inicios del cómic, los guionistas (hasta cuatro, destacando a Mark Fergus y Hawk Ostby, ambos encargados de ‘Hijos de los hombres’, de Alfonso Cuarón) no se salen de los patrones establecidos por la nueva ola de adaptaciones llamémoslas “un poco más serias” en la industria Hollywoodiense. Como los hermanos Nolan en ‘Batman Begins’, en ‘Iron Man’ lo que importa desde el principio es ir demorando la acción para centrarse en el rudimento del personaje y sus planteamientos personales, trazando a un héroe que surge desde la contradicción de un hombre acostumbrado a defender su imperio armamentístico con cinismo y soberbia que pasa a entender que su trabajo está aniquilando a pueblos asolados por los insurgentes que utilizan la guerra como método de dominación y brutalidad.
Hay que agradecer que esta metamorfosis filantrópica interna del superhéroe metálico se promueva dentro de la pantalla con gran ritmo y entretenimiento, sorteando el exceso de introspección especulativa o un marcado sentimiento de culpa. Gran parte del filme se dedica a la entretenida historia de amor y obsesión de Stark por su máquina, la creación de Iron Man y todo ese cúmulo de energía solar, baterías eléctricas, aleación, pruebas y absorción de partículas beta que usa como combustible. Es decir, una loa de las nuevas tecnologías y de las máquinas.
Jon Favreau aporta con su dirección y actitud algo más de personalidad de lo que suele ser habitual dentro de un prototipo de producto en el que todo está prefabricado, sin espacio para la sorpresa. El filme cuida en todo momento que el resultado sea un producto para todos los públicos, que no decepcione ni a fans de toda la vida ni a nuevos visitantes, ni niños ni a adultos, sin caer en la molesta futilidad con la que son tratadas casi la totalidad (salvo excepciones como los primeros ‘Spider-Man’, ‘X-Men’ o la mencionada ‘Batman Begins’) de las adaptaciones cinematográficas de los cómics.
En cierto sentido, reside en ‘Iron man’ gran honestidad, porque no hay un énfasis de realismo en sus pretensiones. Y a pesar de que Favreau es consciente de que su juguete comercial debe transitar por lugares comunes del género, se percibe un plausible esfuerzo por evitar la previsibilidad y dotar de sustancia tanto a la historia como a la narración.
Es una muestra de excepcional cine ‘blockbuster’, donde sobreabunda la acción dinámica y la ágil descripción. Sin llegar a ese punto al que podría haber llegado en su traslación fiel y real del cómic, mantiene el espíritu del héroe tebeístico, combinando con prudencia y acierto las subtramas de ‘dramatis personae’ de Stark, conflictos entre personajes, tecnología y puntos de giros más o menos esperados. Lo que si hay que imputarle es la renuncia, en cierto modo, del espíritu perverso y canalla del personaje, ya que Stark está mucho más dulficiado y humanizado. Salvo en un par de secuencias iniciales, carece del humor socarrón y directo de los cómics, enterrando la personalidad de Stark en su afán redentor en un discurso dicotómico sobre el bien y el mal más bien exiguo, sin incomodar, eso sí, en el desarrollo de sus aventuras. En cualquier caso, es algo perfectamente comprensible dentro de la industria comercial en la que se vende este filme. A cambio, se aplica la funcionalidad del divertimento por encima de todas las cosas.
En su traslación al cine, Favreau adapta al héroe de los cánones de la convencionalidad adscrita a este subgénero, pero ya es suficiente con que el mensaje final, que sí incluye una crítica antibelicista al Gobierno Exterior de Estados Unidos, no abogue por la profundización anímica, ni por las diatribas maniqueas distintivas del superhéroe, ni siquiera se recrea con la ligera historia de amor no consumada entre Stark y su ayudante Pepper Potes. El único designio que persiguen el cineasta (que también tiene un pequeño cameo como guardaespaldas) y sus guionistas es el de agradar a todos sin traicionar al personaje. Y lo consiguen con creces.
‘Iron man’ podría haber transgredido mucho más, porque el potencial del cómic y del rol daban para ello y mucho más. Por eso, se antoja insuficiente ese halo de ‘macarrismo’ que pretende dar Fraveau con canciones de AC/DC, Audioslave, Black Sabbath o Suicidal Tendencies o perceptible en el ‘score’ de Ramin Djawadi y su montaje hacendoso. Como compensación, el filme otorga en todo momento la necesaria importancia a todos y cada uno de los personajes que van apareciendo en pantalla. El héroe aquí no constituye un factor sistémico, sino un componente más del elenco de caracteres que diversifican la historia y apoyan al hombre de hierro; desde el hombre que va dentro, en la piel de un Robert Downey Jr. que presenta un entrañable alter ego con su maravilloso Stark, pasando por la sensual Pepper Potts interpretada por una Gwyneth Paltrow de resplandeciente belleza (conjuntada con unos desproporcionados tacones en algunas de las secuencias finales) sin saltarse la amistad fraternal con Jim Rhodes (siempre eficiente Terrence Howard), hasta llegar al villano de la función, ese Obadiah Stane personificado por Jeff Bridges que brilla con luz propia y proporciona el antagonismo perfecto a Iron Man/Tony Stark. Incluso dejan su pequeña impronta Yinsen (Shaun Toub), el Agente de ese guiño para los amantes del Noveno Arte S.H.I.E.L.D. Phil Coulson, la maciza periodista Christine Everhart y Jarvis, el mayordomo virtual.
Como era de esperar Jon Favreau juega su mejor baza para que su ‘Iron Man’ salga victorioso en los efectos especiales. De nuevo, como lo hiciera en la brillante ‘Zathura’, deja a un lado los espectaculares efectos especiales de última ola para recrear la pelea entre Iron Monguer y Iron Man robotizados con un aire artesanal, más creíble de lo que es habitual, en un espectáculo que llega sin avisar y que puede resultar un poco más rácano para lo esperado, pero que no es más que otro de los tantos logros de la película. En parte, por el empeño de su director por no hacer de la película un artefacto de protagónicos efectos computarizados.
Nota: Quien no quiera perderse un esperado ‘crossover’, que se quede hasta el final de los títulos de créditos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

lunes, 12 de mayo de 2008

Ya la tengo

Estoy en un estado de impaciencia y nerviosismo tan absurdos que se podría equiparar a esos momentos de delirio entusiasta que me remiten a lo más añorado de mi infancia. Sólo este hecho, más allá del resultado de lo que haya parido Spielberg, me está haciendo disfrutar como nunca.

viernes, 9 de mayo de 2008

Review 'Cobardes'

Publireportaje sobre los miedos escolares
Los autores de ‘Tapas’ regresan a la fábula suburbana con una historia sobre miedo que cae en ciertos desequilibrios por la indecisión respecto a su posición ante el asunto.
José Corbacho y Juan Cruz llegaron sin hacer casi ruido con su ópera prima, ‘Tapas’, historia tan natural y sencilla como comprometida con sus humildes propósitos. En aquélla se narraba una tragicomedia urbana en forma de película coral que entrelazaba la vida de siete personas de L'Hospitalet que vivían como podían sus contrariedades, ambiciones, recelos, temores y sobre todo, la compartida soledad. De nuevo, con sus mejores armas narrativas y argumentales, alcanzan parte de las virtudes de aquella notable propuesta con ‘Cobardes’, historia sobre el temido ‘bullying’, esa cruel forma de maltrato psicológico, verbal o físico producido entre escolares de forma reiterada, violencia reflejada con naturalidad y sin morbo por Cruz y Corbacho, en la que predomina el tono emocional de esos enfrentamientos desnivelados que se producen en las aulas y patios de los centros escolares españoles.
El tono ligero aquí no tiene espacio, pues se presupone una asunción de un matiz más grave a la hora de contar la pesadilla de dos chavales de secundaria, uno víctima y el otro verdugo, de sus motivaciones dentro del colegio, pero de actitudes que devienen en herencia de unos padres que permanecen incomunicados de sus hijos, con otro tipo de temores respecto a sus vástagos, sin saber reaccionar ante profesores cansados de ejercer de progenitores y chavales incapaces de explicar sus miedos. ‘Cobardes’ es un filme sobre el miedo, sobre la vulnerabilidad que éste produce en las personas, sean pequeñas o sean adultos.
A varios niveles, el espectador va profundizando con el joven Garé en esta reflexión sobre la inseguridad, la ansiedad o la tristeza de una etapa difícil. En su voluntad de sencillez, ‘Cobardes’ destaca por intentar evitar el maquineísmo de su discurso, ya que dentro de la trama no hay buenos ni malos, solo una triste realidad de mentiras encubiertas. Pero lo cierto es que sólo lo consigue a ratos. El manifiesto de Cruz y Corbacho, en su buscada honestidad, termina descubriendo sus cartas con un aire de panegírico concienciador, demasiado artificioso y se podría decir que televisivo en su intento de manifestar la realidad, no llegando a proyectar esa falta de comunicación y desvinculación familiar. En ‘Cobardes’ existe una excesiva estereotipación de los personajes, producto más de referencias reales, que de roles con verdadera alma.
Se quiere reflejar una parábola aleccionadora cuyo núcleo pudiera haber sido el epicentro de una trama de impacto sociológico. Sin embargo, no han conseguido su cometido total, pese a que sea muy eficaz su tentativa por mostrar las situaciones que van desfilando por pantalla de una forma íntima y sensible, que echa en falta cierta brillantez en la manifestación realista apuntada en sus diálogos y situaciones, brindando emociones y hechos algo parciales dentro de un drama de gente atemorizada. ‘Cobardes’ termina pareciendo un publireportaje escolar informativo. Los directores no saben muy bien a qué jugar, y en su arbitrariedad, se alejan de los límites tan espinosos que plantean, en una epidérmica utilización de los recursos del mensaje discursivo. Por lo menos y como bien evidenciaron en ‘Tapas’, ambos saben acometer una excelente fusión de los códigos del drama en el reflejo de un malogrado espíritu de fábula suburbana. Pero ya.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

GD. Gente Detestable (IV): Manu Sánchez

Hace tiempo que quería recuperar esta sección perdida en los más recónditos fondos abisales. Se trata de ‘Gente Detestable’, capítulo por donde han pasado Rocío Madrid, Carmen Alcayde o Britney Spears. También hace mucho que debería haber salido ese periodista deportivo con vocación de ‘clown’ de tercera o presentador de galas de televisión local llamado Manu Sánchez. Su bochornosa y dilatada carrera lleva años sometiendo al espectador a sus desnaturalizados comentarios, a sus inservibles juicios, con eso que el cree que es humor inteligente. Este señor, presentador de la sección de deportes de Antena 3 Tevisión, lleva tiempo luciendo con engreimiento ese enorme rostro que algunos denominan ‘cara pan’.
En su haber se encuentran algunas de las mayores incongruencias y frases de estilo absurdo y anormal que suele aportar con su inocua altivez, levantando un lógico odio entre sus muchos detractores. Partidista y muy madridista, subjetivo y estrambótico, Sánchez dejó ayer uno de sus más legendarios comentarios a raíz del 4-1 que se llevó un Barça en horas bajas tras el cacareado paseillo azulgrana al reciente campeón de liga, el Real Madrid, su equipo del alma. Sánchez definió la derrota del F.C. Barcelona contra el Manchester United como un ejemplo de esfuerzo y arrojo (cierto es que el partido estuvo a punto de poner al conjunto de Rijkaard en la final de la Champions), pasando en medio segundo a definir su actitud derrotista ante el Madrid con estas palabras “El Barça debería haber ido al Bernabeu pensando “vamos a la fiesta, pinchamos los globos, rompemos el tocadiscos y nos ligamos a las chicas”, pero nunca sumándose a ella”. Una de las joyas de este cafre del fútbol con ínfulas de ejemplo mediático dentro del vasto orbe deportivo.
Digno de monólogo de bar de borrachos, de necedad reída a sus propios oídos, sigue porfiando con su torpeza las retransmisiones de los partidos europeos junto a José Antonio Luque (el periodista más hedonista de los que existen en los informativos –sólo que éste lo hace bien-) o el gran Matías Prats (que es un santo por aguantar a estos dos). Durante los choques futbolísticos, Sánchez es el encargado de poner el toque de imbecilidad a la emisión, con sus puntillas sin gracia, sus pocas luces, sus reflexiones desechables, su humor deplorable... Es incapaz de mantener la boca cerrada. Lógicamente, es el encargado de anunciar la película o serie de turno que viene después del partido, ya que este chico no da para más. Me lo imagino relegado a un lado de la mesa, al lado de Luque, tirándole de la manga de vez en cuando para le deje intervenir cuando cree que tiene algo ingenioso que decir.
Manu Sánchez representa el entusiasmo inútil de aquel destinado a pasar desapercibido. De ahí que de haya ocasiones en que intente polemizar o mostrarse aún más favoritista de lo que es. En parte, el anatema de Antena 3, que dicta que todo partido importante de clasificación emitido por la cadena finalizará con la eliminación y derrota del equipo español que juegue, es culpa suya. Por gafe, pero sobre todo, por bocazas, por adelantar acontecimientos, por dar un toque de optimismo falseado (menos cuando juega su Real Madrid) que pone de los nervios. No falla. Adalid del perogrullo, víctima de la pesadez de sus palabras, capaz de destrozar y entorpecer él solito cualquier conexión en directo, partido de fútbol o aparición en la televisión ajena al deporte, este gañan al que se le llena la boca cuando anuncia el espacio ‘Territorio Champions’. Si ya desde pequeño (como se puede ver en la foto de más arriba) tenía cara de niño repelente al que dan ganas de darle una patada en la boca.
Por eso, desde el Abismo, yo te digo: “¡Te odio, Manu Sánchez!”.