sábado, 30 de abril de 2005

Review 'The interpreter'

Tópico panegírico a la palabra y la diplomacia
Sydney Pollack desaprovecha una interesante trama de ‘thriller’ político para sustituir la acción e investigación por una historia de amor imposible, algo en lo que es un experto.
En un tiempo en que la ONU está tan desacreditada, donde los Derechos Humanos sufren violaciones cada día y la pérdida de confianza se engrandece derivada de una indiferencia ante una reciente guerra ilegal contra Irak sin que poder hacer nada por evitarla, la institución que vela por la integridad pacífica en el mundo necesitaba, aunque fuera en un entorno ficticio, lavar su imagen de cara al mundo. De ahí que Cofi Annan haya fiado las instalaciones de la organización internacional para que un veterano como Sydney Pollack rodara su última película, ‘The Interpreter’, dentro de ellas. La organización ha conseguido un suculento cheque de la productora y Pollack ha ganado en credibilidad al narrar una historia que supone su aparente regreso al ‘thriller’ político, género en el que cabe subrayar sus obras ‘Los tres días del Cóndor’, ‘Ausencia de malicia’ y ‘La tapadera’.
Nicole Kidman es Silvia Broome, una intérprete de la ONU que accidentalmente escucha una conversación en la que alguien planea matar al dictatorial y genocida jefe de Estado africano de Matobo (país y lengua inventada para no levantar aprensiones) durante la Asamblea General. Cuando se da cuenta de que se ha convertido en objetivo de los asesinos que la amenazan, intenta frustrar la conspiración con la ayuda de Tobin Keller (Penn), el agente federal encargado de protegerla. Pero la trama se desdobla en dos frentes; además de esta trama principal, que nos va a proveer de una línea de pulsión sexual no resuelta (el primero de sus muchos tópicos), la acción se fracciona ante las sospechas del agente por el oscuro pasado de Broome, que ha nacido en el mismo país africano de donde deriva la amenaza y ha sido activista contra el régimen de un presidente corrompido por el poder hasta convertirse en un autócrata.
Tópicamente definida como un ’thriller político’, la nueva película de Pollack tiene tan poco de político como de ‘thriller’. Pero no es el veterano director el infractor de tal infortunio, sino que en este caso el peso de lo más execrable de este (vayamos avanzándolo) correcto filme de intriga recae en Charles Randolph, Scott Frank y Steven Zaillian, guionistas que han cimentado el mayor despilfarro del filme en la profundidad ética de sus personajes principales, restando acción a la trama y anulando una más que viable funcionalidad del género en el que se quiere inscribir esta película. Y es que ‘The Interpreter’ se precipita desde su principio intercediendo por un relato de personajes idealistas que topan con la cruel realidad de la violencia. Broome cree en la eficiencia e inmunidad de la palabra, mientras Séller es un cínico analista que define a una persona con una sola mirada. Por si fuera poco, ella es una huérfana desabrida que desconoce el paradero de su hermano, una mujer que tuvo que huir del hombre al que oído que van a matar y él es un torturado marido recién enviudado por el accidente de su mujer con su amante. Todo este ‘dramatis personae’ hace que la cinta caiga en una rémora sin interés que desatiende los elementos del ‘thriller’ al uso. Durante gran parte de las dilatadas tramas y subtramas parece más importante enfrentar dos posturas irreconciliables que apelar a la acción. Así, la doble secuencia en la que Broome se sube a un autobús para preguntarle al opositor político del amenazado por su hermano supone, en un prodigioso y dinámico montaje paralelo, lo mejor de esta película que cae en demasiados tópicos como para realzar la excelente labor de Pollack como director.
En todo momento Pollack no se desliga de su intencionalidad como cineasta de género, rodando con oficio un (a veces forzado) sosiego clásico, renunciando a cualquier tipo de disonancia formal y procurando que no decaiga el juego corrosivo y activista que hubiera necesitado sobre el espionaje, el suspense y las conspiraciones políticas. Algo, que en los tiempos que corren se antoja difícil. En vez de ello, Pollack se inclina hacia un territorio que domina y que ha terminado por infectar su cine: las anémicas historias de amores imposibles. La conspiración ‘hitchcockiana’ de ese atentado en las Naciones Unidas queda en un segundo término para ajustarse a la intimidad de una romántica y comprensiva conversación a distancia (cada protagonista en una ventana), de miradas cómplices o de confesiones que gravitan en un silencio fraterno. Excesiva preeminencia de esta aburrida relación de esa bipolaridad de pensamiento ante determinados conflictos que se aúnan hacia el final de la cinta con el objetivo de salvaguardar la dignidad de los pueblos a través de la justicia, donde la validez de las palabras y la diplomacia en lugar de la violencia es lo que defiende en su modélico y vergonzante desenlace.
Aún así, la cinta tiene sus virtudes, como esa sobria y fría puesta en escena, cargada de una elegancia y moderación digna de un veterano como Pollack, desviada de efectismos formales que se sustenta en un ejemplar estilo de ciertos recursos clásicos por parte del cineasta. Pero sobre todo (algo que viene siendo habitual) ofrece la posibilidad de evidenciar otra portentosa interpretación de una pletórica Nicole Kidman que lo compensa todo en una actuación comedida, sutil, llena de matices, un logro que a Sean Penn se le escapa por momentos, ya que el injusto ganador del Oscar por ‘Mistyc River’ ofrece un trabajo descompensado, a pesar de su innegable capacidad para dotar a los personajes torturados de una veracidad intachable. Es una pena ver, eso sí, a la espléndida Catherine Kenner dignifica un personaje innecesario que no aporta nada a la trama.
‘The interpreter' no ofrece más que un conato de ‘thriller’ escondido en un drama melancólico, elaborado con certera seriedad y corrección formal, pero que tiene como mayor enemigo un guión que no consigue insuflar ningún incentivo, ya sea algo de desasosiego (si exceptuamos la citada secuencia del autobús), ni hondura o emoción a una historia previsible y artificiosa con unos personajes poco creíbles incluidos en un entorno real que es desaprovechado en lo que podría haber sido una oportunidad inmejorable por recuperar la zona oscura y clásica de un género bastante quebrantado.
Miguel Á. Refoyo © 2005