lunes, 31 de marzo de 2008

Lunes de Aguas, absurda fiesta salmantina

Fiesta, jarana, algaraza y una buena cuota de zambra como evasiva para no trabajar. Nepotismo español por excelencia elevado a la categoría de costumbre. Hoy se celebra en Salamanca un extraño gaudeamus bajo la denominación de Lunes de Aguas. "¿Qué coño es el Lunes de aguas?", os preguntaréis. Pues se trata de una celebración pagana (como no podía ser de otro modo) cuyas raíces históricas se encuentran en el siglo XVI y que actualmente se presenta convertida como fiesta única y exclusiva de esta ciudad charra.
El 12 de noviembre de 1543 Felipe II, con tan sólo dieciséis años, llegó a Salamanca para a desposarse con la princesa María de Portugal. En esta celebración católica y austera, la ciudad aprovechó el enlace y sus celebraciones de un modo excedente, llegando al cúlmen de la bacanal, el ocio y la diversión sin límites, dándose cita una plétora de vicios en la ciudad del Tormes en aquellos días posteriores. Fue cuando Felipe II comprobó que la ciudad luminaria del cristianismo europeo, el dogma y la palabra era también el mayor burdel de Europa, la Sodoma y Gomorra occidental. En aquellos tiempos, además de las escuelas mayores, las bibliotecas, los patios de lectura y el ambiente cultural y académico que ha caracterizado al orbe salmantino, coexistían insanas tabernas, bares de beodos sin cierre, lujuriosas casas de putas y un submundo de amancebamiento de toda índole. Un tiempo de ocultistas, buhoneros y feriantes, lavanderas, amas de llaves, ciegos enviciados, alcahuetas, de estudiantes noctámbulos, de ricos herederos y, por encima de todos, el mejor foco de prostitución del país.
Ante tanto libertinaje e impudicia, el estirado Felipe II dictó unas ordenanzas según las cuales las libidinosas mujeres públicas de moral distraída que habitaban en la Casa de Mancebía de Salamanca, debían ser trasladadas, durante la Cuaresma, fuera de los confines de la ciudad. A partir del Miércoles de Ceniza, las prostitutas abandonaban su residencia habitual y eran reasentadas al otro lado del Tormes. El Padre Putas, el cabezudo más famoso de la ciudad, era el encargado de amparar, custodiar y atender a las putillas, siendo el responsable de éstas. A partir de este edicto, las prostitutas de Salamanca dejaban la ciudad antes de comenzar la Cuaresma y desaparecían de manera temporal, recogiéndose en algún lugar al otro lado del río. Pasada la Semana Santa, y con ella el periodo establecido, las rameras volvían a la ciudad el lunes siguiente al Lunes de Pascua. Este mítico día era una jornada de celebración, ya que los estudiantes disponían una fiesta descomunal, en la que el alcohol en sus diversas variantes y la alegría que éste produce en el cuerpo hacían que todos salieran a recibirlas a la ribera del Tormes con gran júbilo y ansias carnales inhibidas durante el recogimiento. El Padre Putas (que se llamaba Lucas) era el encargado de concertar el momento del advenimiento lúbrico y lascivo de los estudiantes y las doctoras de la cátedra del placer.
Lo más insólito de todo, es que en cuanto llegaban las meretrices exiliadas, el descontrol, derivado del éxtasis etílico junto a la liviandad carnal y el sexo sin control, hacía que los estudiantes acometieran ‘in situ’ todo lo que sus cohibidos instintos necesitaban. En efecto, amigos, una inmensa orgía (con ‘gang bangs’ incluidos) a orillas del río que culminaba con un baño colectivo, todos ebrios y como decía José Manuel Parada “follaos y desfogaos”.
Lamentablemente hoy no ejercemos esta entrañable y sana costumbre, pero seguimos celebrando el día en comuna, reuniéndonos con amigos y/o familiares, supuestamente en un entorno rural (un “día de campo”, vaya), comiendo el típico hornazo salmantino, titánico nutriente condimentado a base de huevos, aceite, harina, levadura y un relleno de jamón, chorizo, lomo adobado y huevos cocidos, una de las exquisiteces tradicionales y exclusivas de esta ciudad que aportan una buena dosis de colesterol y ayuda a atenuar las excesivas ebriedades que se producen en un día como hoy. Es la excusa perfecta para emborracharse y divertirse con los amigos.
Y a eso voy, queridos amigos del Abismo. Como cada año, me dispongo a disfrutar del hornazo que aparece en la instantánea superior (obrado por mi señora madre) y a engullir varios litros de alcohol como celebración de una festividad que acarrea el exceso como memoria a esta absurda tradición.

viernes, 28 de marzo de 2008

Review 'Los Falsificadores (Die Fälscher)'

Dramaturgia desdramatizada
Stefan Ruzowitzky ha creado un drama con tintes de ‘thriller’ que supone una visión diferente del subgénero bélico inscrito en los campos de concentración.
El Holocausto, esa infamia sin precedentes de la Historia, sigue siendo un tema que el cine, de una u otra manera, no puede olvidar. La cinematografía ha rendido en muchas ocasiones la memoria de aquella atroz etapa de la II Guerra Mundial, circunscritas en los campos de concentración dedicados al exterminio, donde ni siquiera la vasta lengua castellana posee calificativos para aproximarse al dolor y al sufrimiento de más de seis millones de personas que murieron asesinadas por la incomprensible crueldad de unos fanáticos que trataron a los judíos como parásitos a los que exterminar.
Desde ‘La Tregua’, de Francesco Rosi o ‘Lacombe Lucien’, de Louis Malle hasta las más modernas ‘El Pianista’, de Polanski, ‘La zona gris’, de Tim Blake Nelson, ‘Amen’, de Costa-Gavras e incluso ‘El libro negro’, de Paul Verhoeven han explorado, de una u otra forma, una de las consecuencias morales de aquella tragedia. Se trata del sentimiento de culpa, la sombra de la depresión y el dolor que se dieron tras aquellas vallas y sus posteriores efectos. ‘Los Falsificadores’ supone una relectura del pasado nazi, de esos planteamientos morales que padecieron aquellos hombres que sobrevivieron al traumático lance gracias a una combinación de buena suerte, destreza y astucia que les hizo necesarios para el usufructo de los alemanes.
Siguiendo la inevitable dramaturgia de los acontecimientos, Stefan Ruzowitzky propone un filme siguiente esta crónica de trágicos sucesos utilizando un armazón narrativo que pospone el horror a un segundo plano, sin olvidarse en ningún instante de la barbarie nazi. Y lo hace fusionando una trama planteada con la intención de avivar la emoción, la tensión y el suspense, a partir de la narración que ejercita su función dramática con valores que van más allá del tormento, como la supervivencia final que coarta las dudas morales sobre una situación privilegiada en tiempos de injusticia y sufrimiento que no distinguen entre el egocentrismo y la necesidad de no morir. El argumento, basado en hechos reales y poco conocidos se centra en un grupo de hombres judíos inmersos en la última y ambiciosa estratagema militar de los últimos años de III Reich denominada la ‘Operación Bernhard’, con un frustrado proyecto de desestabilización económica del bando aliado con la falsificación de libras y dólares que perturbara la bolsa aliada.
Para ello contaron con la inestimable ayuda de un grupo de presos recluidos en el campo de concentración de Sachsenhausen, obligados a trabajar para ellos con el fin de lograr este objetivo. A cambio, se les adjudicó la llamada ‘Jaula de Oro’, donde los lechos de madera fueron sustituidos por camas con colchones, las cámaras de gas por duchas de agua caliente y las torturas por mesas de ping-pong y tabaco. Es la clave que supone el dilema moral de cooperar con sus verdugos, prolongando sus vidas, pero sabedores que su condición de elementos primordiales para que la guerra se inclinara hacia el lado de la balanza nazi. En sólo tres años, en Sachsenhausen se produjeron 134 millones de libras esterlinas, el triple de la cuantía de las reservas de divisas existentes en Gran Bretaña.
El terrible Holocausto es desdramatizado, es cierto. Y, si bien puede resultar algo común y superficial, sin embargo, éste actúa como amenaza contextual y constante, aunque nunca lo hace de forma directa. Ruzowitzky opta por darle a la historia una palpitación de ‘thriller’ y drama moral, sin apelar a efectismos dramáticos ni recurrir a simplificaciones. Tampoco deja reblandecer su discurso con la dureza de la exhibición gratuita de lo que rodea la acción. Tan sólo el sonido de la barbarie en puntuales ocasiones evidencia el clima de la atrocidad de los campos de concentración, con sus causas y efectos. En ‘Los Falsificadores’ lo que importa de verdad es la ambigüedad moral que pervierte las vidas de los judíos que trabajan para los nazis, teniendo en cuenta que tras las concesiones de esa “buena vida” y privilegios, bifurca el pensamiento entre los que lo asumen como única posibilidad de sobrevivir, a pesar de ejemplarizar la muerte espiritual, frente a los que tienen la idea de morir si con ello pueden ayudar al derrocamiento del poder nacionalsocialista alemán.
Dos posiciones representadas por los personajes de Salomon Sorowitsch y Adolf Burger, que ponen en tela de juicio la legitimidad de cooperar con la barbarie y anteponer la propia vida al bien colectivo. La gran aportación del filme, como historia y la honestidad del cineasta como guionista es la de mantenerse al margen de dogmáticas respuestas o lecturas morales y moralistas que se podrían ofrecer como posibles respuestas a lo planteado. “No les voy a dar el placer de sentirme avergonzado por vivir”, expone Sorowitsch en un momento de la película. Mientras, en la otra cara de la moneda, el idealista Burger, pieza clave en la imprenta clandestina, desecha a favor de su dignidad, aunque con ello tengo que sacrificar su vida.
Bajo un pulso intachable, con una firmeza de una solvencia apreciable, expuesta en la minuciosidad con la que están planteados sus encuadres y siguiendo los principios de la televisión actual llevados a cabo por el director de fotografía Benedict Neuenfels, Ruzowitzky ha conseguido un gran trabajo visual que se sustenta en su primorosa puesta en escena, pero sobretodo en la calidad interpretativa del elenco formado por Karl Markovics, August Diehl, Devid Striesow o Martin Brambach, entre otros. La única objeción de ‘Los Falsificadores’, además de la desacertada música a golpe de tango de Marius Ruhland (que logra restar fuerza en varios instantes del filme), es la acentuada frialdad con la que Ruzowitzky retrata algunas situaciones que podrían haber resultado más conmovedoras (como el asesinato a sangre fría de Kolya Karloff o el suicidio de Loszek).
Aquí importa más no desnaturalizar la personalidad de sus personajes y llevar los designios narrativos hasta sus últimas consecuencias, pese a que con ello establezca un reconocible patrón reiterativo dentro de la evolución argumental. La última ganadora del Oscar a la mejor película extranjera es una visión diferente del subgénero bélico inscrito en los campos de concentración que no pierde de vista la dureza de los tristes acontecimientos para abordar una inolvidable hazaña de supervivencia humana.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

jueves, 27 de marzo de 2008

Cuatro años

Hoy mismo, hace exactamente cuatro años, conocí a la persona que cambiaría para siempre mi forma de ver el mundo.
Después cuatro años, sigo pensando y sintiendo lo mismo que hace dos... Y lo que pensaré después de cinco y de diez...
Le debo tantas cosas a Myrian que no tengo años en mi vida para agradecérselo lo suficiente.
Ella es la luz que ilumina mi camino.

martes, 25 de marzo de 2008

Homenaje a Rafael Azcona

El triste adiós del genial y último austro-húngaro
Es difícil expresar un gran abatimiento por la pérdida de un ser al que no conoces pero admiras y quieres como si hubiera sido así. El fallecimiento de Rafael Azcona marca un acontecimiento trágico para la Historia del Cine Español, para el Séptimo Arte en toda su concepción y leyenda, porque lo que nadie pone en duda en un momento tan aciago es que, más allá de los adjetivos ponderativos y recuerdos varios a la figura del guionista, el Maestro se convirtió hace mucho tiempo en uno de los mejores escritores que ha tenido este arte, a la altura de aquellos genios de la Época Dorada de Hollywood.
Escéptico, irónico e incisivo, supo como nadie reflejar las carencias de una época y acometer bajo su humor negro la mediocridad y miseria que anidaba (y anida) en el ser humano. Y lo hizo como mejor sabía; sin la atenuación del poder que sugiere el cinismo y el humor. Nació para describir fábulas, para explorar la cotidianidad del día a día. Fue un narrador de vena satírica sobre el ánimo del pasado (entonces presente), con una perspicaz sincronía que siempre le facultaron para presentar las películas que llevaban su nombre en el guión como abrumantes lecciones de intrahistoria, ese término acuñado por Unamuno a la las vidas silenciosas y tradicionales escondidas en la historiografía oficializada e impuesta.
Antes de ser guionista, Azcona fue poeta de provincias, contable que odiaba los números, dibujante, escritor de novelas baratas y redactor de una revista de decoración. Al contrario de lo que se pueda pensar, Azcona llegó a Madrid no con la intención de dedicarse al cine, sino con la de trabajar como dibujante o pintor (antes había querido ser cocinero o torero). De su privilegiada mente nació ‘Estrafalario’ o la figura de ‘El repelente niño Vicente’, lo más destacado en esta faceta artística frustrada por el séptimo arte. Lo que no es óbice para haber sido considerado el heredero de escritores como Pío Baroja o Valle-Inclán y primogénito directo de la generación de Mihura, Tono y Neville. Cuando escribía en la legendaria revista satírica La Cordorniz, cuna de tantos genios culturales, un ilustre director de cine italiano al que tantas cosas buenas le debe nuestro cine, el insigne Marco Ferreri, le captó para esta cosa del cine. Su intención era la de adaptar para la pantalla una novela de Azcona llamada ‘Los muertos no se tocan, nene’, proyecto que no vio la luz, pero que le puso al servicio de Ferreri para dos de los títulos más grandes que ha dado nuestra cinematografía como son ‘El pisito’ y ‘El cochecito’, parábolas desoladoras de la España del momento, siniestras obras de feroz crítica social disfrazada con un inusual humor mordaz y corrosivo lleno de connotaciones sociopolíticas que ironizan de forma brillante sobre aquellos tiempos desiguales.
Es memorable, como ejemplo, aquella secuencia de ‘El pisito’ en la que José Luis López Vázquez y Mari Carrillo bailan rodeados de jóvenes en el mismo instante en que se dan cuenta de que se han hecho mayores esperando y la vida se les ha ido de las manos. O a Don Anselmo, en el rostro imborrable de Pepe Isbert, símbolo de picaresca egoísta, envenenando a su familia por disfrutar de ese coche de parapléjicos, objeto de deseo y producto de la envidia y el infantilismo de la vejez. Azcona recreó de forma inteligente el terror psicológico disfrazado de comedia cínica. Es lo que se ha dado en llamar la “descojonación”, humor negro azconaniano, el declive del ser humano en su énfasis por moverse y adaptarse. Es la esencia primigenia de lo que sería el ciclón de ideas que encumbraron al cine patrio a sus mejores obras, a ese remanente de versatilidad y riqueza de su discurso. El cine norteamericano nunca supo reflejar esa miseria con la certeza y sarcasmo con la que lo hizo Azcona. Hollywood hubiera dado lo que fuera con tal de tener un talento creador como éste.
La continuidad de Azcona llega con su matrimonio artístico con Luis García Berlanga, un viejo conocido, con el que ya había colaborado en un guión para televisión para Juan Estelrich, otro conocido de ambos. A partir de ese momento, Azcona le va a deber a Berlanga, todo lo que Berlanga a Azcona; la genialidad desbordante de un duplo destinado a marcar una época de cine español irrepetible. Ambos nos han dejado como legado películas como ‘Plácido’ o ‘El verdugo’. Con estos dos títulos, Berlanga pasó a ser el director más frecuentado por Azcona y con él enseñó a ver el mundo en que España vivía, a reírse de los aspectos más miserables que había en la sociedad de la época, a hacer humor con las diferencias entre clases, con la hipocresía como arma caritativa que diferencia los estratos sociales del momento, con la mezquindad, el desprecio o la incomunicación. Estas dos películas son sainetes de cianuro, pura crítica envenenada y tremendista que actuaron como libelos en contra de un régimen y una sociedad condenada a la carencia de vivienda, a la abusiva burocratización, sin desatender temática social como la emigración y el turismo emergente en la década de los sesenta. Fotogramas cargados de mala hostia y cinismo, empapados de ironía, contando historias que, sin querer, se han convertido con el paso del tiempo en piezas históricas de incalculable valor para la cultura y el cine español.
Una de las parejas más gloriosas que ha dado la historia de España y que un buen día, según cuentan los dos, dejaron de trabajar juntos por azar del destino. Justo después de que se estrenara su último trabajo conjunto hasta el momento ‘Moros y cristianos’, en 1987. De su comunión destacan también títulos como ‘La Boutique’, ‘Vivan los novios’, ‘Tamaño natural’, ‘La Vaquilla’, la Saga de los Leguineche (‘La escopeta nacional’, ‘Patrimonio nacional’ y ‘Nacional III’)… Berlanga definió a Azcona como “una persona extrañamente moral con más ganas de salvar la humanidad que yo. Realmente Rafael es único”.
Hablar de cine español contemporáneo es hablar de Rafael Azcona y viceversa. El hombre retraído y verdaderamente humilde que hizo de la discreción una forma de respeto siempre característica nos ha abandonado para siempre. Y lo ha hecho siguiendo esta tradición de mutismo imperturbable, dejando al cine español con la triste noticia de su muerte dos días después de que ésta se haya producido a consecuencia de un cáncer de pulmón. El eterno “señor de Logroño”, con su ética de guionista alejada del maniqueísmo y el moralismo, supo transferir historias con una descripción realista y testimonial inconmensurable, sin salirse del rigor estructural de los más reputados maestros del guión, con tramas absolutamente perfectas en su construcción. Entró por casualidad en una profesión que, para él, se basa fundamentalmente en observar, “Observar animales” expresó en varias ocasiones. Nuestro mejor guionista basó su deslumbrante trayectoria en descubrir los matices humanos más idiosincrásicos de las personas que han hecho posibles las fabulosas historias de este erudito riojano. Un sabio dedicado a recoger diminutos fragmentos de vidas que han configurado sus excelentes historias de ficción, reflejo de la sociedad a veces cruel, otras caricaturesca, siempre sin perder de vista el costumbrismo. Son actitudes, talento innato y fértil pensamiento, que han hecho de Azcona uno de los hombres más representativos y fundamentales del pensamiento español contemporáneo.
Además de Ferreri y Berlanga, por la vida de este sobresaliente escritor han pasado cineastas de reconocido prestigio como Carlos Saura, con el que colaboró en ‘El jardín de las delicias’, ‘Mi prima Angélica’ o ‘Ay, Carmela’. Fernando Trueba, que le debe el Oscar por la fantástica ‘Belle Epoque’, también ‘El año de las luces’ y ‘La niña de tus ojos’. Bigas Luna, Pedro Masó, José María Forqué, Saenz de Heredia, Juan Estelrich, Tonino Ricci o Antonio Nieves Conde, entre otros, también gozaron del privilegio de poder narrar historias de Azcona. En su etapa final, Azcona colaboró en las cintas más recientes de dos nombres que serán los últimos directores en trabajar con el Maestro; José Luis García Sánchez; ‘Suspiros de España… y Portugal’, ‘Tranvía a la Malvarrosa’, ‘Siempre hay un camino a la derecha’, ‘Adiós con el corazón’, ‘La mancha verde’, ‘Frankie Banderas’, ‘María Querida’… y José Luis Cuerda, director con el que ha rodado ‘Pasodoble’, ‘Tirano Banderas’, la excéntrica ‘El bosque animado’ y la que será su película póstuma como guionista ‘Los girasoles ciegos’.
Azcona se cultivó una fama de hombre austero e iconoclasta, acalladas en estos últimos años por sus numerosas apariciones públicas y entrevistas. Un escritor humilde y cercano que consideró que las películas en las que dejó su impronta eran de sus directores y nunca suyas. Una actitud distante, alejado de la fama pero conviviendo a su vez con el prestigio, en una industria audiovisual entusiasta de las imágenes, de la fama o de la gloria. Azcona, que en el la década de los sesenta contaba sus guiones prohibidos por la censura en igual o mayor número que los filmados, representa un nexo de unión entre la modernidad de los años sesenta y la tradición cultural marcada por los grandes clásicos.
Un gran hombre sin el cual sería impensable imaginar nuestra cultura. Una presencia necesaria, que no debería habernos dejado nunca. La vida es hoy mucho más triste. Quedamos desprovistos de sus digresiones sobre la modernidad, la estulticia humana, sus apelaciones a lo ortopédico, su devoción por la misoginia y el fetichismo inteligente. Cualquier guionista español tendría que hacer suya la frase que Agustín Díaz-Yanes citó al recoger el Goya al mejor guión original hace ya trece años para definir a Azcona: “ese guionista al que todos nos gustaría parecernos, pero nunca llegaremos a serlo”. Un observador que se ha hecho con el mecenazgo de muchas generaciones que están bajo su gran sombra, admirando al que es y será por siempre el soberano guionista.
Sin duda alguna, Rafael Azcona ha sido y será el más grande.

lunes, 24 de marzo de 2008

Review 'Cometas en el cielo (The Kite Runner)'

El drama del olvido
Marc Forster narra una historia de amistad y culpa con un tono de naturaleza lírica, muy americano en su mirada hacia Oriente Medio y alejándose del cine espectáculo pero sin renunciar a él.
Ya desde sus cuidados títulos de crédito, ‘Cometas en el cielo’ responde más a un intento ‘mainstream’ del cine de Hollywood por acercar la mirada desvirtuada por el cine moderno yanqui hacia los entornos de Oriente Medio, con la adaptación de la novela homónima de Khaled Hosseini por parte del guionista David Benioff, que a una metafísica reflexión sobre la historia, el dolor de la guerra o el pasado de Afganistán. El prolífico cineasta Marc Forster aboga con ello por narrar una película que se aleje del concepto de “filme político”, renunciando al manifiesto ideológico, donde Kabul es exhibido casi de forma idílica y Estados Unidos difunde la cómoda generosidad que la han convertido en la utópica tierra de las oportunidades.
Partiendo de ese designio ‘occidentalizador’, ‘Cometas en el Cielo’ narra la pequeña historia de una amistad Amir y Hassan. Amir, es hijo de un rico comerciante, Hassan es el hijo del criado de la familia. La diferencia de clases no importa, pues su amistad se fundamenta en la nobleza pura e infantil. Su victoria en un torneo infantil de cometas pondrá fin a la confraternidad, pues la lealtad de Hassan por su amigo acaba trágicamente con la amistad de ambos tras un aciago choque con tres jóvenes de ideas fundamentalistas que auguran las atrocidades de la invasión soviética del país y del posterior régimen talibán. Cuando los rusos ocupan Afganistán, Amir huye con su padre, mientras que Hassan se queda en Kabul.
Una primera parte descrita desde los ojos de los niños, como un microcosmos de felicidad y amistad, con entusiastas sesiones de ‘Los 7 magníficos’, de John Sturges, de cometas en el cielo azul, promesas de fidelidad e idílico ambiente pese a que la amenaza se cierne sobre la capital afgana. Hassan soportará esa amistad como forma de arraigo, también como devoción hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, Amir, que es capaz de escribir cruentas historias, no soportará enfrentarse a la realidad, a la pérdida de la inocencia, marcándole como un cobarde que esconde su poquedad humana en la debilidad contrapuesta a una figura paterna que representa todos los valores de los que él carece.
El muchacho tendrá que vivir con el sentimiento de culpa, con la cobardía de los que miran, de los que no actúan, pero que con el constante sufrimiento del recuerdo, del rencor consigo mismo, acaba por redimir sus errores con la valentía de los héroes. Un hecho consolidado en su segundo y bien diferenciado tramo argumental, donde Amir, veinte años después, escritor reconocido y felizmente casado, decide regresar a Afganistán, a pesar del peligro que supone el bárbaro gobierno talibán, dispuesto a enfrentarse con los oscuros secretos que le persiguen desde su infancia para salvar al hijo de Hassan de la barbarie, en un viaje en busca de la dignidad para expiar su dolor y su culpa.
Forster acomete la novela de Hosseini sin salirse de los límites comerciales que hicieron de ella un ‘best seller’, condicionado por la constante demanda del drama visual en forma de poesía fotográfica gracias al trabajo de Roberto Schaefer, en el ejercicio de naturaleza lírica saturada de potencial hollywoodiense, pero procurando en todo momento contener la disipación técnica en función de la historia que se cuenta. Por ello, a pesar de las insinuaciones plásticas, de hermosa plasticidad y riqueza de los combates de cometas, de las calles de Kabul y la crédula mirada de los niños, la dureza del subtexto se impone por el adeudo con la realidad, sin necesidad de recurrir a excesos efectistas, a tufo de moralina con mensaje. En ese sentido, ‘Cometas en el Cielo’ propugna un discurso no muy amable ni esperanzador que contrasta con su aparente ‘happy end’, donde más allá de las fronteras que separan el Primer Mundo del Tercero se interrelacionan, a través de los años y del olvido de Amir, el abandono de la memoria histórica, únicamente ahondada en un libro de recuerdos que hace evidente en el distanciamiento que se tiene el mundo respecto a Oriente Medio, la pérdida de las raíces y de los pueblo marcados por la tragedia.
Si bien es cierto que esta hermosa fábula de catarsis y elementos sentimentales opera con acierto en la nostalgia y el amor redentor contextualizado en dos países separados hoy en día por la Guerra, Forster parece más preocupado en describir los hechos y las circunstancias que rodean a los personajes más que en las emociones de éstos, haciendo que su propuesta internacional sea más estética que bucólica, muy desvirtuada en el regreso de Amir a su país, donde encontramos elementos típicos del ‘thriller’ que no encajan muy bien con la historia. Hay ciertos desequilibrios entre lo moralizante y lo testimonial, entre la capacidad de decisión entre el intimismo y la descripción histórica y política con la que acontecen los hechos, así como el enfoque cultural (apenas imperceptible) que se da en el choque entre oriente y occidente.
Para ensamblar estos defectos la historia, sin perder de vista su perspectiva doliente, se cohesiona con la sugerente y fascinante música de Alberto Iglesias. La banda sonora actúa de tal forma dentro de la película, que Forster apela constantemente a la necesidad de matizar los cambios de la historia (los dos bloques comentados) con la música incidental del autor guipuzcoano, haciendo que la música que acompaña y se fusiona con las imágenes sea un mecanismo narrativo más de la acción. De ahí la importancia de este ‘score’ considerado, con todo merecimiento, como uno de los mejores de los últimos años.
Tenemos así un relato cálido y conmovedor sobre la amistad, la culpa o la diferencia de clases donde germinan conceptos como el perdón, el honor o la traición que devienen en redención que arrastra las secuelas de la guerra, pero también del odio o el fracaso. Marc Forster ha creado un producto ‘made in Hollywood’ que desvincula de esa concepción de cine espectáculo para narrar una historia universal que explora los sueños infantiles perdidos en el lado más oscuro del ser humano. En un mundo, en el que pese a que haya esperanza, no hay que dejar de mirar atrás, hacia el horror que muchos países han vivido y están viviendo, por mucho que el sosiego de un cielo tranquilo vea cometas surcar el aire.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

jueves, 20 de marzo de 2008

Review 'En el punto de mira (Vantage Point)'

El alumno desaventajado
Pete Travis triunfó hace años con el largometraje ‘Omagh’, película premiada en el festival de San Sebastián de 2004 con el Premio del Jurado al Mejor Guión. Detrás del guión se escondía el emergente Paul Greengrass, que antes de triunfar en Hollywood con la 'Saga de Bourne' y ser nominado al Oscar por ‘United 93’, ya había levantado ampollas, al igual que el filme de Travis, con su visión pesimista y cruda sobre la situación histórica de Irlanda y su relación trágica con el grupo terrorista IRA. El caso es que parece que Travis haya querido, voluntaria o involuntariamente, emular a su tutor y preceptor con ‘En el punto de mira’, película protagonizada por sólidas estrellas de renombre (Matthew Fox, Forest Whitaker, Sigourney Weaver, Dennis Quaid, John Hurt…) y un presupuesto a la altura de los grandes eventos de Hollywood es un claro ejemplo de ello.
Greengrass ha puesto de moda un renovado nervio rítmico de montaje sincopado, sustentado en la eficaz heterogeneidad narrativa con la se ha desplegado impetuosamente la acción en la pantalla a través de las aventuras de Bourne. Su estilo supone un modélico cine de enérgico ritmo que recurre a un deliberado realismo y verosimilitud. ‘En el punto de mira’, Davis quiere igualar esas cotas de maestría en su reiterativa acción, pero lo hace sin llegar al ritmo y talento del primero. Por eso, aunque haya puntos de unión entre la intencionalidad de ambos directores, en esta ocasión, el ritmo visual y la puesta en escena del filme son intencionadamente anexas a ese tono incisivo y mareante, utilizando la cámara al hombro y el imperfecto (pero cuidado) aspecto que le otorga a las escenas de acción la rabiosa y fugaz impronta de un docudrama.
Pero no es suficiente. La dramaturgia está alejada de cualquier credibilidad, el argumento, centrado en el atentado del Presidente de los Estados Unidos sumido en el caos conspiratorio, se multiplica y repite en varias ocasiones, desde siete puntos de vista distintos con retrocesos hasta el inicio de los acontecimientos. Una táctica que llega al aburrimiento, sin satisfacer si siquiera ninguno de los objetivos hiperrealistas, cayendo en una lamentable artificiosidad. Puede parecer eficaz, pero todo es artificial (no voy a entrar en la impresentable negligencia con la que se ha representado la ciudad de Salamanca).
Como su desestructura argumental, esos desvaríos temporales, donde lo que podría haber sido una reflexión sobre temas tan cinematográficos como el de la apariencia y el juego con el espectador sobre las perspectivas, tampoco está provista de enjundia. Ni siquiera como una escéptica meditación acerca de los borrosos límites que separan la verdad de la mentira y la relatividad que aqueja a todos los testimonios que se van dando en la acción. Todo se pierden por la ansiedad de ofrecer un espectáculo sin ningún tipo de contenido que merezca la pena. ‘En el punto de mira’ es una película totalmente insolvente y lo que es peor, con pretensiones.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Adiós, Sir Arthur

1917-2008
“La única posibilidad de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de ellos, hacia lo imposible”.
(Arthur C. Clarke)
Se ha ido uno de los grandes hombres de estos dos últimos Siglos.
Se ha ido uno de los mejores escritores que ha tenido la literatura en su Historia, más allá de la Ciencia-Ficción.

lunes, 17 de marzo de 2008

Review ‘Tenacious D.: Dando la nota (Tenacious D. and the Pick of Destiny)’

Comedia y ‘Rock n’ Roll’
Jack Black es uno de esos actores de comedia que tiene todos los elemento para la identificación con el gran público; es versátil, histriónico, es gracioso y suele abusar en sus característicos gestos y aspavientos. Es solvente y tiene carisma. E incluso cuando se modera y deja de ser una explosión física puede llegar a ser un buen intérprete todoterreno. Black es una máquina de la comedia. Desde hace tiempo se viene hablando de las capacidades del actor como cantante dentro del grupo Tenacious D., creado en 1985 (cuando Black tenía 16 años) junto a Kyle Gass el festival de arte Edinburgh Fringe. Una fusión de talentos que llegó a tener un programa televisivo propio.
The Dust Brothers produjeron su primer disco en 2001. Junto al batería de Nirvana, Foo Fighters y Queens of the stone age Dave Grohl, el guitarrista Warren Fitzgerald de The Vandals y Page McConnell y Steve McDonald como teclista y bajista, respectivamente, conformaron un conjunto musical atípico, fusionando el ‘rock clásico, el heavy metal y una letras que no abandonan en ningún momento el cachondeo y la pérdida de formas sin renunciar a una calidad musical abrumante, patente en ese temazo titulado ‘Tribute’, cuyo vídeo fue elegido entre los diez mejores vídeos de la historia del rock, según la revista Kerrang.
Por supuesto, un fenómeno como este dúo de cariz netamente gamberro y disoluto tenía que tener su oportunidad en la gran pantalla. ‘Tenacious D. and the Pick of Destiny (aquí subtitulada como ‘Dando la nota)’, es la ofrenda cinematográfica para mayor gloria del grupo. En clave de comedia absurda y enloquecida (por supuesto), Black y Gass se autointerpretan en una historia demencial, la de su propio encuentro y el sagrado cometido de conseguir la púa con la que han tocado los mejores guitarristas de la historia para convertirse en el mejor grupo musical del mundo. Una púa confeccionada, según la leyenda, con un diente del mismísimo Satanás y que adjudica inusitado talento musical al guitarrista que la use. Desfilan por ella gente como Meat Loaf, Dio, Dave Grohl (interpretando a un Lucifer que se asemeja al Tim Curry de ‘Legend’) además de cameos como los de Ben Stiller, Tim Robbins, Amy Adams o John C. Reilly haciendo de Sasquatch, en uno de los momentos más alucinógenos de la película.
Un filme, dirigido por Liam Lynch (habitual en la carrera de los D.), que tiene muchos paralelismos con la secuela de ‘Wayne’s World’ o algunas comedias de raigambre ‘rockera’, pero comete demasiados errores dentro de sus planteamientos como para considerarse una comedia a la altura de los propósitos humorísticos que se podían pedir a un filme de estas características, que no duda en acudir en exceso a referentes como ‘Colega ¿dónde está mi coche?’ o ‘Vaya par de fumaos (Harold and Kumar go to White Castle)’, pero sin los destellos de lucidez de éstas.
Con algún ‘gag’ destacable, un arranque excepcional (con versión de ‘Kickapoo’ del Black de niño a su familia ultra conservadora y muy religiosa) y una tónica paródica que planea en todo momento por la chorrada, ‘cock pushups’ de todo tipo y una sensación de situaciones absurdas con referencias al sexo, al rock y a la marihuana, ‘Tenacious D. and the Pick of Destiny’ es un producto totalmente desaprovechado, porque el filón se va diluyendo (sin aburrir, eso sí), hacia la inocua bufonada reiterativa que no va a ningún sitio. Una película prescindible, si tenemos en cuenta la portentosa aportación viodeoclipera del duplo en ‘The greatest song in the world’, ‘Wonderboy’ o la descojonante animación con el sello Spunco de ‘Fuck her gently’. Aún así, le cinta es consciente de sus limitaciones y se limita a hacer que Black pueda ofrecer un gran recital de sí mismo y que Gass aporte su ‘vis cómica’ con cierto estilo y capacidad. No es suficiente para acabar con un ‘power slide’, sin embargo, es un filme destinado a los fans de este grupo o a ver sin prejuicios con unos colegas, muchas birras, algo de tabaco de la risa y ganas de pasarlo bien.

domingo, 16 de marzo de 2008

La incoherencia del salvajsimo en el fútbol

Otra vez, un salvaje, un imbécil de primitivos instintos violentos, un cerril sin dos dedos de frente ha enturbiado el Deporte Rey con una acción despreciable. Un bastardo fanático del Real Betis Balompié situado a pie de campo lanzaba una botella de agua llena y a traición que impactaba contra la cara del guardameta del Athletic Club de Bilbao Armando, provocándole un corte debajo del ojo que acabó no sólo con el cancerbero evacuado en camilla y en el hospital, si no con el transcurso del partido, ya que el árbitro Clos Gómez, en lógica coherencia, decidió suspender el encuentro.
No es la primera vez que esto sucede en el estadio sevillano Ruiz de Lopera. Por supuesto que todos los aficionados béticos no son representados por este pelele, esa clase de fanáticos que no deberían tener derecho para asistir a ningún evento (bien se deportivo o de cualquier otra índole), pero lo cierto es que el primer precedente que viene a la memoria colectiva es el botellazo que sufrió el ex entrenador del Sevilla Juande Ramos en una eliminatoria de Copa en el mismo escenario el año pasado. Lo mismo que antes lo sufrieron, en 1996, los jugadores del Atlético de Madrid Vizcaíno y Solozabal. También sucedió algo parecido en la temporada 2001-2002, donde afortunadamente no se produjeron agresiones a jugadores, pero se repitieron estos mismos incidentes de forma grave.
El Comité de Competición debería tomar medidas. Pero definitivamente que fueran ejemplares. Es la única forma de que se pueda frenar la entrada de este tipo de personajes a los estadios. Joaquín Caparrós aseguró ayer “hay que acabar con esto. Hay un precedente con Dinamarca y así es como nos escuecen las cosas”. Se refiere a un hecho concreto y a una sanción modélica. La comisión disciplinaria de la UEFA concedió la victoria a Suecia por 3-0 ante Dinamarca y multó a la federación danesa con un monto equivalente a los 81.000 dólares. También decretó que la selección danesa disputara sus próximos cuatro partidos como local por lo menos 250 kilómetros fuera de Copenhague. La UEFA también sancionó a la Roma con la pérdida de su partido contra el Dínamo Kiev (0-3) y obligó al equipo italiano a disputar sus dos siguientes encuentros de la Liga de Campeones a puerta cerrada, después de que el árbitro sueco Anders Frisk fuese alcanzado por un objeto lanzado desde la grada, que le provocó una brecha en una ceja cuando se retirada al vestuario al concluir el primer tiempo.
Son ejemplos de sanciones que aplacan y hacen pensárselo dos veces a aquellos inmundos aficionados cuyo entusiasmo ciego, patibulario y desmedido deshonran el ámbito del deporte. El fanatismo encubre la limitación de la libertad, empobrece la psique humana, fomenta la incomunicación, reduce la lógica y el discernimiento y hace perder la dignidad. Que la directiva del Real Betis Balompié haya mostrado su repulsa poco después del encuentro y haya vetado la entrada a este energúmeno no es suficiente. No es un hecho aislado y se deberían tomar las medidas convenientes de una vez por todas.

viernes, 14 de marzo de 2008

'Venga Monjas': la genialidad de la nueva patafísica

Hace mucho tiempo que debería haberle dedicado unas líneas a ese fenómeno internauta llamado ‘Venga Monjas’, serie de vídeos de humor absurdo de dos genios del arte y de la vida como son Xavier Daura y Esteban Navarro, un duplo que, gracias a su desparpajo, ingenio, intrepidez de ideas descolocadas y divertidísimas, ha creado un concepto de humor que ha traspasado el mero interés o curiosidad, transformándose en un rotundo éxito, en una nueva forma diversión y difusión masiva mediante sus antológicos vídeos rodados con una simple cámara de fotos, sabiendo sacar todo el partido posible a la plataforma YouTube.
A Daura, “Sivi”, como algunos le llaman, es ese creador de inventiva inagotable al que se puede considerar como un hermano pequeño que es capaz de dar lecciones a los mayores. De este talento innato nacieron cortometrajes como ‘Adoro mi mierda’ y ‘Es mundo extraño’, piezas que tuvieron su espacio abismal hace tiempo. Por su parte, Navarro, o “Coño”, como también se autodenomina en algunos lares internautas, es una fuerza de la naturaleza que abarca con cognición varios terrenos artísticos (dibuja, ilustra, diseña, es músico, actor, montador…). Ambos son el eje fundamental de ‘Venga Monjas’, serie de humor que abandona la sensatez a favor de la concepción de absurdo, de su natural destreza para actuar de una forma libre, de acuerdo a un pensamiento que pocos consideran como normal.
Son la progenie vanguardista de humoristas como Joaquín Reyes, Carlos Areces, Julián López, Ernesto Sevilla, que han recogido los estilemas ‘chanantes’ y los han reconvertido en algo propio, que se identifica con ese tipo de humor instantáneo, pero a la vez caracterizándolos con una variedad e idiosincrasia privativa. El humor que destilan sus pequeñas obras no aspira a ser didáctico, ni mucho menos a tener un mensaje, sin embargo, en cada nuevo episodio de ‘Venga Monjas’ dejan claro que su capacidad de riesgo no tiene límites. Fieles a sí mismos y a un público que ha caído rendido ante la arrolladora personalidad de dos jóvenes talentos, han demostrado una y otra vez que disfrutan y viven el momento con una lealtad a sus ideas fuera de lo habitual.
Navarro lo ha definido como “el cesto de lo bizarro”, pero todo esto va mucho más allá, porque desprende la utopía de la diversión llevada al extremo, lo que vendría a ser una especie de nueva patafísica audiovisual, renovada bajo el prisma enloquecido de este dúo irrepetible que sigue las consignas de Tristan Tzara, padre del dadaísmo, con la manifestación provocadora con la que acometen sus vídeos. Y lo hacen, además, destruyendo lo convencional, revolucionando con un humor que es sello de la casa. Humor surreal que puede considerarse marciano o zafio, pero que es un insurrecto acto de trascendencia, de autonomía inmune a las críticas.
Es un humor intuitivo, lúcido, encaminado hacia la destrucción nihilista y el absurdo. En él cabe de todo; abundante escatología, chinos que ríen mucho, canciones sobre magdalenas, gente que se caga en la mano, la recurrente figura del ‘ninja’, niños que bailan ABBA, abuelas que juegan con un ratón Mickie y un Master del Universo, patatas fritas McDonalds en el culo de la gente que no deja pasar en las escaleras del metro, alusiones sexuales a Briana Banks, la antológica ‘propaganda cachondeo’, chistes privados y públicos, animación con ecos ‘pythonianos’, culos, y más culos... En definitiva, la frescura de la insensatez esperpéntica de digresiones sobre cualquier cosa, en las que no dudan en recurrir a la Madre Teresa de Calcuta, Alfonso Arús, Arantxa Sánchez-Vicario, Javier Gurruchaga, nuestro simpático amigo Callahan ni tampoco adoptar rostros episódicos de gente como Miguel Noguera, Carlos Areces o el gran Paco Cavero.
El carácter humorístico de ‘Venga Monjas’ corresponde a la descripción de su propio universo, la demencial pasión por la risa, por los momentos indescriptibles, por el humor, la diversión y la amistad. Ellos son el mejor ejemplo del talento volcado en las nuevas tecnologías, el modelo cómico que avanza y evoluciona para corregir la bostezada incuria de la corrección y sacarnos a todos de su letargo. Es la respuesta a la nueva era del humor en Internet. Un dúo que ha sabido reconstruir las estructuras del lenguaje y desbaratar la lógica con la irracional coherencia de su genialidad.
- Sección ‘Venga Monjas’ en Youtube, con todos los vídeos de esta pareja chiflada.
- Entrevista en el programa calatán ‘Silenci’, donde revelan algunos de los secretos del éxito de la serie.

jueves, 13 de marzo de 2008

El Titanic del aire

El Airbus A380 es uno de esos los desafíos más evidentes y ostentosos del hombre a la naturaleza, una demostración de poder respecto a los elementos. Es el avión de transporte de pasajeros más grande del mundo. Cuenta con la mayor cantidad de plazas de la historia de la aviación y llega a albergar hasta 600 pasajeros. 73 metros de largo, 79,75 metros de extensión y 24 metros de altura son los números de este gigante del aire que está catalogado dentro de la denominada DG VI (Design Group VI), la de mayor tamaño de cuantos operan en los aeropuertos.
Hasta hace bien poco, los secretos del Airbus A380 habían sido una incógnita para todo el mundo. Se llegó a afirmar que los diseñadores industriales que trabajaron en el avión llegaron a extremos de confidencialidad en los que sólo seis personas podían acceder a la información del proyecto en ordenadores sin posibilidad de extraer información, vigilados por modernas medidas de seguridad y obligados a guardar un silencio sepulcral incluso entre sus compañeros de trabajo.
Hoy, podemos darnos un garbeo por la cabina, desde todos los ángulos posibles, acercando al ojo humano ese intrincado cuadro de mandos del avión. Un viaje de 360º por este coloso aéreo que desafía todas las leyes físicas y humanas.

martes, 11 de marzo de 2008

Review 'Sweeney Todd'

Sangrienta ópera trágica
Tim Burton recupera su más reconocido pulso adaptando el musical de Sondheim bajo los oscuros designios de ese cine gótico personificado por personajes ‘outsiders’.
La última película de Tim Burton ha coincido con el estreno en cines con ‘Es un país para viejos’, ‘oscarizado’ filme de los hermanos Coen que ha recuperado, entre otras cosas, el remanente cultural contextuado en los áridos parajes sureños, revitalizando la excéntrica autoría de dos directores que han vuelto a la senda, a esos lugares comunes, de sus propias e intransferibles raíces. Es curioso que ‘Sweeney Todd’ represente para su autor un retorno similar a sus fundamentos más celebrados y reconocibles, a su exceso mágico, de personajes extravagantes e inadaptados, con los que Burton se ha rebelado siempre a las consignas impuestas por la maquinaria hollywoodiense. A lo largo de su carrera llena de altibajos, el “chico raro” de Holllywood ha defendido la reivindicación artesanal con un insólito afán por evocar subgéneros y transitar y mezclar diversas influencias genéricas como la literatura gótica, los cuentos de hadas, la fantasía, el terror o la animación.
Lo cierto es que sin establecer un título concreto, la oscura y lóbrega idiosincrasia ‘burtoniana’, dotada con el nervio de unas imágenes que sólo pueden emerger de una especial imaginería de reminiscencias clásicas, ha ido perdiendo fuerza y atracción de forma escandalosa en sus últimas películas, pese a seguir manteniendo una envidiable capacidad fabuladora en la utilización del aparato técnico como artefacto lúdico. Por eso, ‘Sweeney Todd’ es una declaración omnisciente de personalidad, de retentiva, de universo propio, de un estado de ánimo frente al cine, de corrupción y de artificio esgrimido con ímpetu ambicioso con el lenguaje cinematográfico.
Ya en los títulos de crédito podemos apreciar que este musical va a ser el más sangriento del autor, siguiendo la senda que va dejando un río de sangre, hemoglobina que recuerda al intenso rojo ficcional de oscuros universos clásicos, cuando la sangre exageraba su cromatismo como funesta alegoría. ‘Sweeney Todd’ es una adaptación del musical de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler basado en un cuento decimonónico de Thomas Pecket Prest. El filme despoja a la original de matices autoreferenciales y crea una película afín a la visualidad gótica y lirismo estético de Burton, que saber conferir su empaque existencial y melodramático al tono de grotesco humor que respira bajo su nostálgica fábula trágica.
El argumento procede del folklore inglés, en el que un excelente barbero llamado Benjamin Barker vuelve a su Londres después de 15 años de cárcel por un juicio injusto, clamando venganza tras su exilio. Su esposa ha desaparecido y el juez que lo condenó para quedarse con su familia, es ahora el tutor de su hija. Convertido en el sádico Sweeney Todd, y en complicidad de la oscura Mr. Lovett, hace uso de sus navajas de afeitar para degollar a sus clientes y víctimas, en espera de la aparición del juez que arruinó su vida. A su vez, Lovett tritura los cadáveres y los usa como relleno para sus empanadas. Todd amplia así el catálogo de personajes extraños de Tim Burton, ‘outsiders’, desubicados y víctimas de una sociedad arbitraria y negligente que parece no aceptarles. Johnny Depp, en su sexta colaboración con Burton, vuelve a interpretar al iconográfico antihéroe predilecto del director de ‘Beetlejuice’, angustiado y sumido en un pesar de sombría redención.
Con acertada incisión en la ópera, en el musical de conciliación terrorífica con el Grand Guignol, devuelve la imagniería más reconocible, las señas de identidad de este oscuro e irregular creador de sombras, cuyo espíritu y perspectiva existencial se oponen a la expresión racionalista del clasicismo. En esta universal historia de venganza, Tim Burton vuelve a alejarse de cualquier rastro de de naturalismo, confiriendo a la cinta un pérfido éter malsano y decolorado a modo de tétrica leyenda que se alimenta constantemente de una arquitectura visual condicionada y agradecida a los excelentes escenarios de Dante Ferreti y Francesca Lo Schiavo, que operan dentro del filme con una atmósfera opresora, impregnada de irrealidad, pero a su vez transmitiendo la decadencia con la que perviven los personajes dentro de la historia. El Londres victoriano sirve de oscurecido proscenio para establecer esa estética de lo lúgubre, de mortuorio sentido del humor (el mecanismo con el que Todd ejecuta a sus víctimas y éstas caen al sótano de calderas), de delación contra la hipocresía social y de la justicia que obstaculiza el lógico albedrío y la individualidad. Sin olvidar el énfasis en la subjetividad y lo irracional de la cuidada combinación de luz y oscuridad de Dariusz Wolski, que mezcla a su vez ingenuidad (la que emerge en la historia de amor de Anthony Hope y Johanna o el joven Toby) y perversión (todos los demás).
‘Sweeney Todd’ se muestra al espectador como una película musical de terror impresionista, pero a su vez como un cautivador drama que no desierta en su idea de diseminar su fondo con un humor negro, evidente en su intencional exceso. El filme renuncia en todo momento a las complejas coreografías y al sentido del espectáculo porque no es un musical al uso, si no una ópera trágica y melancólica. Y hay que agradecerle a Burton que sus transiciones verbalizadas no entorpezcan los cortes musicales, melódicamente emocionantes, y no viceversa, como suele ser habitual en el cine de género.
El problema es que, pese al subrayado hipnotismo estético, se resiente de algunos personajes que resultan demasiado básicos, como es el caso del Juez Turpin (un villano que desperdicia las posibilidades de un actor como Alan Rickman) o las de los personajes de Jayne Wisener y Jamie Campbell Bower, que no alcanzan una entidad satisfactoria para que alcance un nivel que vaya más allá de los convencionalismos de su autor, lo que convierte a ‘Sweeney Todd’ en un importante y destacado ejercicio de estilo, cierto es, pero que echa de menos una rotundidad mayor a la hora de jugar sus cartas.
Eso sí, devuelve al mejor Tim Burton, al cineasta capaz de fusionar esplendor gótico y sátira moderna con una lujosa y delicada composición musical. Un apartado éste, el musical, en el que hay que destacar con cierta apreciación el esfuerzo interpretativo de Johnny Depp, Helena Bonham-Carter y el jovencísimo Ed Sanders, que logran resolver con loable brillantez el marrón, dada la lógica dificultad del trance. Sin olvidar esa breve pero entusiasta aparición de Sacha Baron Cohen, en uno de los números musicales más relevantes y divertidos de la película.
Ascética e introvertida, como no podía ser de otro modo, no falta ese pesimismo existencial que identifica los retratos con el sello de Burton. Una obra de terror posmoderno, ambigua y trágica, donde el oscurantismo operístico es llevado a una historia de locura y mentiras, de rabia y venganza en el que todo se encamina hacia la tragedia, hacia un raudal de sangre dibujada con belleza y colorido, como contraposición a la opacidad de su ornamental estructura narrativa y visual. En cualquier caso, estamos ante un espectáculo fascinante y estremecedor, totalmente alejado de lo previsible y lo convencional, como en gran parte de la filmografía de un creador de crepúsculos que parece, por el momento, haber regresado a su extravagante genialidad sin coartadas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

domingo, 9 de marzo de 2008

"El Chiki Chiki" a Eurovisión

Que el actor y humorista David Fernández, con su peculiar personaje Rodolfo Chikilicuatre, vaya a representar a España en el próximo festival de Eurovisión simboliza dos cosas; primero, que en este país todavía sigue funcionando el humor y soltura con la que se resta trascendencia a los temas que se considera “serios”. Segundo, que este certamen en imparable decadencia, rancio y trasnochado, deprimente y lamentable, podrá tener ese apropiado festival de ‘freakies’, que desfilarán por el escenario de Belgrado que se celebrará el próximo 24 de mayo. Además del cachondeo del personaje creado en el programa de Buenafuente, podremos ver el desafío musical de ese pavo de gomaespuma que representará a Irlanda o al abuelo rapero de Croacia. Y eso, contra todo pronóstico, será un aliciente de audiencia aparentemente imprevisto, pues el seguimiento y votación popular de este invento televisivo promete unas risas y un alcance mediático mucho mayor que si hubiera ganado cualquiera de los finalistas de la gala de ayer.
El meme viral de Chikilicuatre constituye un extraño símbolo de los nuevos tiempos que deben renovar este festival; el ‘show’ en clave de humor, el espectáculo que deja a un lado las cuestiones musicales de importancia que ya no tienen cabida en este concurso deslucido por los años. Reconozcamos que hace tiempo Eurovisión no tiene interés y da igual lanzar a otro “triunfito” o simulacro más. Por lo menos, pasémoslo bien. Cuando Fernández acabe este absurdo trayecto, colgará su guitarra de juguete y la broma acabará. Algo que no sucedería con otro aspirante con ínfulas de magnitud musical y sueños discográficos.

sábado, 8 de marzo de 2008

Review '4 meses, 3 semanas, 2 días (4 luni, 3 saptamini si 2 zile)'

El dramático trance del terror
Cristian Mungiu lanza una dura mirada a la historia y al pasado en forma de purga contra los tabúes de un país mutilado de libertad durante el comunismo de Ceaucescu.
Cuando en el mes de junio del pasado año este estremecedor relato procedente de Rumania, obra de bajísimo presupuesto sobre la memoria histórica y el espinoso tema del aborto clandestino, mereció la Palma de Oro en el Festival de Cannes, toda la crítica y parte del público no dudó en señalarla como una de las mejores películas del año. El filme es un duro viaje, muy cerca en su metodología y espíritu al docudrama, a uno de los períodos más negros de la historia de Rumanía, mediante la adaptación a la gran pantalla de algunas de las leyendas urbanas más conocidas y difundidas durante los interminables años que se prorrogó el régimen dictatorial comunista de Nicolae Ceaucescu a finales de los 80.
Cristian Mungiu aborda para ello las vidas de Gabita y Otilia, dos estudiantes que subsisten como pueden en una residencia de habitaciones entre compra y venta de mercadeo negro. Gabita (Laura Vasiliu), es una mujer débil, mentirosa y acobardada, que necesita del ímpetu y el desafío a los obstáculos de Otilia (una magnífica Anamaria Marinca), para llevar a cabo la interrupción embarazo no deseado de su mejor amiga. Ambos son personajes sumidos en el miedo de lo que acontece, pero también están condicionadas por las circunstancias, por las decisiones que marcarán para siempre sus vidas y por el temor a ser descubiertos en una pugna a la sociedad, al sistema, que confronta la pusilanimidad de una con el denuedo de la otra. No es la única contraposición de la película, pues ésta se nutre de los enfrentamientos con la realidad desde estas dos perspectivas; la carencia de esperanza por una libertad perdida con la dura realidad de un mercado negro donde todo se vende y se compra con el conformismo de la discreta vulgaridad vital, los comentarios triviales e intrascendentes de la cena familiar del novio de Otilia con el rostro perdido de una mujer que ha sufrido la peor y más traumática experiencia de su vida. También en el aspecto técnico, donde se percibe en esa diversidad de cámara en mano con el estatismo de sus estudiados planos secuencia. Filmado con pulso nervioso, consiguiendo la opresión pesadillesca confundida con el drama, con la realidad amenazante que amenaza a Otilia, dejando un claro ejercicio de estilo suntuoso.
Un relato testimonial sobre la era comunista en Rumania mostrada desde la desnudez de dobleces en su parte técnica, rechazando incluso partes de la naturaleza cinematográfica como pueda ser la iluminación, la música, la planificación en busca de un conseguido tono inflexible, donde prevalezca la contundente mirada directa del espectador. Si bien es cierto que a ratos, ese tono de crudeza insinuante funciona perfectamente, sobre todo, en un primer tramo de brutal coherencia e incómoda aprehensión de los acontecimientos, allí donde las dos chicas, acorraladas, terminan cediendo a la espiral degradación acuciadas por la situación desfavorable, también lo es la tendencia de Mungiu hacia el lamentablemente y fácil recurso del morbo cuando, con toda su explicitud, muestra el lastre vital en forma de feto humano sin vida, renunciando a la conceptualización analítica del filme y cediendo, en último término, al impacto y a la búsqueda de significaciones que van más allá de lo mostrado. Un hecho que desvirtúa por completo el énfasis de docudrama de ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’.
Aún así, el filme logra desprenderse en todo momento de juicios morales y plantea su historia como una realidad de inestable crudeza, siempre al amparo de su afinidad por el lento discurrir de las dudas, de las sospechas sobre todo lo que rodea a una verdad que acaba por romperse, pero también a la vez encomiásticas decisiones que se toman. La dura obra de Mungiu es una mirada a la historia en forma de purga contra los tabúes de un país mutilado de libertad durante el comunismo, pero lo es también para advertir sobre aquellas situaciones políticas de muchos países a los que la voluntad les es negada desde los gobiernos, en el pasado o en el presente.
Eso sí, además de su citada mención a ésa traición a la elipsis, al realizador rumano también se le puede recriminar ese ajado y falible plano final en el que la protagonista mira a cámara haciendo al espectador partícipe de lo que ha vivido tiene la extraña percepción de ‘déjà vu’ premeditado, visto en demasiadas ocasiones como para que tenga la fuerza necesaria que Mungiu ha querido como broche final a un filme que indaga sin temor en la certera experiencia de resistencia a través de personajes reales, veraces y antagónicos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

miércoles, 5 de marzo de 2008

Los maletines de los Coen

Si uno vuelve a ver ‘Fargo’ (después de muchos años, como ha sido mi caso) podrá encontrar alguna pequeña analogía entre esta gran obra de los hermanos Ethan y Joel Coen y su última y ‘oscarizada’ cinta ‘No Country for Old Men’. Más allá de sutilezas argumentales, de preponderancia del paisaje y demás, hay un tema que hermana a ambos filmes. Se trata de ese obsesionante maletín lleno de dinero. Un elemento que planea casi como dispositivo cardinal del final de ‘Fargo’, así como lo es en el comienzo de ‘No Country…’.
En ‘Fargo’, la broma macabra es un acierto de guión absolutamente magistral. Cuando Carl Showalter (Steve Buscemi) acaba de asesinar al heroico abuelete Wade Gustafson (Harve Presnell), no sabe que los 80.000 dólares prometidos por secuestrar a la mujer de Jerry Lundegaard (William H. Macy) por orden de éste se han convertido en un millón de dólares. Tampoco que horas después, su socio, el brutal Gaear Grimsrud (Peter Stormare) acabará con su vida por no querer compartir el coche que se les proporcionó Lundegaard para cometer el secuestro. Antes, movido por la codicia, ha enterrado todo el dinero bajo la nieve en un acto de imbecilidad e inepta ingeniosidad que ya ha venido mostrando a lo largo del filme. Como le sucede a Jerry Lundegaard (William H. Macy), cabeza pensante del enredo, en su despropósito para obtener una gran suma de dinero y montar así un aparcamiento como negocio de futuro. Es el efecto de la miseria humana perfectamente definida en estos caracteres por los Coen.
En ‘No Country…’, Llewelyn Moss (Josh Brolin) encuentra dos millones de dólares al descubrir la dantesca vendetta entre dos bandas de narcotraficantes mexicanos. Su acto de estupidez viene dado por el remordimiento al no dar de beber a un moribundo en el lugar de los hechos. Una decisión que conlleva directamente al descontrol del azar y del destino. Es la consecuencia de la inopia que también personifica Showalter, Lundegaard o Grimsrud.
Lo que pocos recordarán es que se trata de un maletín idéntico, exacto, con la misma simetría en la colocación de su contenido. Será también la misma que entregará vacía el mísero millonario de ‘El Gran Lebowski’, en un acto mucho más ruin y codicioso que la de estos pobres diablos. Son personajes, en definitiva, que, a través de esos fajos perfectamente ordenados en bloques de 10.000, personifican la teoría del caos de René Thom, donde los factores equivalentes a los fenómenos naturales discontinuos no pueden ser descritos ni calculados.
Por supuesto, no es lo único que las equipara. Tanto Lundegaard, como sus antagonistas Showalter y Grimsrud, se mueven por el dinero en diferentes esferas de ambición y mezquindad, como en ‘No Country…’, la mayoría de los personajes; desde el orgulloso Llewelyn Moss, pasando por los mexicanos, Carson Wells (Woody Harrelson) hasta llegar al mefistofélico Anton Chigurh (Javier Bardem) se determinan por ese apego a un dinero que no es suyo. Todos, de alguna forma, están hermanados, malditos, infectados por la avaricia que esconden los maletines de los Coen.
Por último, una última reflexión a modo de pregunta acerca del lado utilitario de la ley que contrarresta el oscuro e imperfecto mundo de incoherencia y violencia que sacude las tranquilas vidas de la embarazadísima agente Marge Gunderson (Frances McDormand) y Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones): ¿Acaso no son equidistantes los sueños y anticlímax final del viejo sheriff desencantado con el mundo moderno que ese pesimista plano final de Marge entrando en la cama con su aburrido marido que pone de manifiesto un futuro gris para su futuro bebé? En cualquier caso, los dos expresan claramente no entender porqué se precipitan los acontecimientos de una manera tan irracional. Sin embargo, a pesar del mazazo al idealismo de esas autoridades que, hasta ese momento han seguido las reglas a rajatabla, Marge puede preguntárselo a la cara a Grimsrud, mientras que Bell ni siquiera logra capturar a Chigurh. Los tiempos han cambiado. Y los Coen, como ellos, se han vuelto aún más sombríos en su pesimismo.
En otro momento habrá que entrar de lleno en esas digresiones argumentales que no conllevan a nada en la historia, maravillosos sinsentidos a los que este duplo han conferido una genialidad fuera de toda lógica. En ‘Fargo’, definidos en la secuencia en la que un ex compañero de Universidad de Marge, Steve Park (Mike Yanagita), acomete con nostalgia a la agente con una triste historia que levante su lástima para seducirla torpemente sin éxito.

lunes, 3 de marzo de 2008

Política, elecciones y aburrimiento

aburrimiento.
(De aburrir).
1. m. Cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta.
Al contrario de las teorías sobre el aburrimiento de Brodsky o Baudrillard en sus discursos en defensa del tedio, de esa supuesta necesidad de afrontar el hastío como experiencia vital, la política actual es uno de los temas más ridículos y soporíferos que puedan hacer perder el tiempo al ser humano. Consume la energía en un constante estado de desinterés con esa repugnante retórica altisonante y vacía. Observar y escuchar las soflamas de los políticos, esos integrantes del circo moderno, provoca la sensación de estar viendo una y otra vez una horrible película de serie Z sin calidad, con el mismo discurso, en una rueda de repeticiones que descuartiza el ánimo de la voluntad. Carcome el alma, agota la inteligencia e induce a ciertas dosis de imbecilidad. Es la hora de las elecciones y también de manifestar, envuelta en formal discurso de términos biensonantes, la vacuidad de propuestas; desde fatuos principios, promesas perdidas, insultos sin razón, juramentos que esconden un oscurantismo incompetente que actúan como elemento tracista en la sociedad. Eso es la política actual, la que ha pervertido los conceptos democráticos del génesis gubernativo y denigrado la lucha de un bien común que, desde su nacimiento, ha quedado oscurecida por la ambición y la hipocresía. Un circo con payasos que no hacen gracia, discapacitados para un humor que no vaya más allá del ridículo público.
Aburrimiento proviene del latín: ab- prefijo «sin», horrere «horror», como la verdadera esencia de los discursos que hemos tenido oportunidad de escuchar estos días. Nuestra política, como todas en este mundo, es la existencia desprovista de sentido.