lunes, octubre 31, 2005

Noche de Halloween

Como el año pasado ya conté en esta misma fosa aséptica cual era el origen de la noche de Halloween y su genealogía pagana enraizada en la creencia nigromántica y significación, acomodada a la actualidad con su conceptual nepotismo hacia la mercantilización, este año pincháis el enlace y os ponéis al corriente sobre la palabra Halloween, que provine del arcaico ‘All-hallow even’ y de toda la raigambre fabulesca de los colonos ingleses e irlandeses al incorporar sus tradiciones con la festividad del día de la brujas y el día de Difuntos.
Halloween es una moda más, como muchas otras, que sirve como inmejorable excusa para salir de fiesta, para lanzarse sin prejuicios al desaforado jolgorio dipsómano.
Y eso es lo que voy a hacer yo hoy. Así que seguid mi ejemplo y, disfrazados o no, salid a gritar aquello de “Truco o trato” ¿O era “Susto o caramelo”? ¿Qué tal si mejor utilizamos “Susto o muerte”?
En fin, voy a divertirme, amigos del Abismo. Pero entretanto no dejéis de visitar esta página dedicada a los mejores diseños de las típicas Calabazas de Halloween. Merece la pena.

Entrevista al fulano del Abismo

La redacción de Sincolumna ha tenido a bien publicar una entrevista que le han hecho al enloquecido creador de 'Un mundo desde el Abismo' (que resulta que soy yo) detallando algunos aspectos de la ‘blogoesfera’ en general y del Abismo en particular, atestiguando laxas impresiones sobre este creciente cosmos de desvarío, información, entretenimiento y feísmo cultural. Divago torpemente, procurando teorizar, dejando claro que no sé muy bien de qué va el tema este de los blogs. En realidad yo sólo quiero divertirme escribiendo. Y es lo que hago diariamente.
Los ‘weblogs’ han abierto, en gran medida, una nueva etapa en la comunicación con gran variedad de temática adecuada al lector donde todos pueden elegir qué leer y dónde. Y para eso se crean cada día miles de ellos y otros fenecen con la misma rapidez.
Veamos hasta cuándo dura éste.
Ah, sí. La entrevista, aquí.

Habemus Infanta

3,540 kilos y 47 centímetros de Borbón.
Se llama Leonor.
Ha venido al mundo a las 1:46 horas.
Lugar: Clínica Ruber Internacional.
El parto ha sido inducido a través de cesárea (que cualquiera nace el Día de los Difuntos).

domingo, octubre 30, 2005

Apatía de un lluvioso domingo

Es un domingo lluvioso, apagado, desabrido, aburrido e insustancial. Ideal para tumbarse a ver la televisión hasta que el sofá mimetice una desvalida forma corpórea.
La posibilidad de escribir uno de estos textos que se dan en llamar post que incluya una sesuda reflexión sobre el ser y la nada es totalmente nula. Y menos hacer alarde de incompetencia pretendiendo deliberar sobre el acto de pensar y el de existir.
Podría escribir una crítica de cine, tantear algún tema de actualidad, redactar algo sobre música o cómics, resucitar alguna vieja sección del Abismo perdida en mi memoria y en el Fondo (a punto de ver su versión 2.0), especular con teorías cinéfilas, artísticas o de cualquier otra índole. También colocar imágenes paradójicas e impactantes, estudiar por qué no he vuelto a editar ningún ‘videopost’, buscar frases más o menos humorísticas o narrar mi vida cotidiana, tan insípida como tantas otras que pueblan la ‘blogoesfera’.
Pero no. No me apetece.
Dejémonos de letárgicos efectos introspectivos y dediquémonos a disfrutar un poco este apático domingo echando un vistazo a algo que merezca la pena, aunque sea con intenciones prosaicas ¿No?

viernes, octubre 28, 2005

Una verídica y fría experiencia

Os voy a contar una historia. Una historia real y escalofriante, como la vida misma. Sucedió en septiembre de 2001, en el transcurso de la 49ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. En una sesión matinal, de esas que acumulan bostezos, lágrimas de sueño y legañas. Entre sopor y letargo, se atisbaban divertidos rostros de desaliento en aquellos críticos que no están acostumbrados a estos madrugones de Zabaltegi, poco curtidos en estas proyecciones y sólo habituados a dos películas al día y a copiosas comilonas e ingente ingestión de diversos licores.
Comienza la película. Todos estamos avisados y sabemos, por la anterior filmografía del director, que se trata de un filme escabroso y difícil. Tan gélido en su brutal trama, que muchos de nosotros está incluso a disgusto, sin saber muy bien dónde mirar, ni qué hacer con las manos. Sin encontrar una postura acomodaticia a la situación. Implacable, el director de la cinta lanza complejos cuestionamientos rigurosamente morales, explicitando la clave de la película en una de las más impías elipsis visuales que no dejan, sin embargo, lugar a dudas de lo que está pasando en la escena: la descripción sexual de una enferma mentalidad recluida en la insatisfacción, el sometimiento y la soledad. Desde una perspectiva casi entomológica de una persona escindida a múltiples niveles que cercena su vagina como necesidad lenitiva de sus disfunciones sentimentales y como una muestra de dolor inexpresado. Por supuesto, se trata de ‘La pianista’, de Michael Haneke.
En esa secuencia de cisura vaginal, de espeluznante realismo, de emocional bramido argumental, cuando todos en la sala del Teatro Principal estábamos con la sangre coagulada por la frialdad del momento, las luces se encienden de repente. Algo ha pasado. No sabemos muy bien qué. Cuando una ex-amiga lanza una escalofriante posibilidad de amenaza contra nuestra seguridad, RSP y yo nos acojonamos. Es muy extraño e inusual que en Donosti se detenga una proyección. Cuando nos dirigimos al pasillo para abandonar la sala, observamos la razón de la suspensión del filme. Un hombre entrado en kilos, con espesa barba, yace en el suelo con el rostro pálido, sin poder respirar. Esteve Riambau, que por lo visto tiene conocimientos médicos, intenta reanimar al sujeto. En ése instante, las puertas del cine se abren y entran dos miembros del Samur. El hombre parece reaccionar y se levanta por su propio pie, dejando ver un semblante cadavérico que aterrorizaba por su dificultad para respirar. Insiste en que se encuentra bien. Se ha desmayado. O ése es el diagnóstico que determina uno de los críticos más prolíficos y antipático del orbe cinematográfico-periodístico.
Todos nos miramos estupefactos y volvemos a sentarnos con la sensación de aturdimiento y efímero miedo en el cuerpo. Michael Haneke consiguió que una persona se desmayase. Un crítico de cine, un profesional del medio acostumbrado a ver de todo en una pantalla de cine, cayó fulminado por esta secuencia explícita. ‘La pianista’, a pesar de su imprecisión visual y su gélido contenido argumental, había logrado tumbar a un curtido hombre por la exactitud narrativa y la reflexión implícita que provoca esta enfermiza obra de culto.
La represión, la contención sentimental y la subordinación materna son elementos que Haneke subvierte basándose en la novela de Elfriede Jelineck con una tormentosa y doliente experiencia sensorial con la historia de una madura profesora de piano y sus extrañas relaciones con un joven estudiante de música y su posesiva madre. Una disfunción malsana en la expresión de las emociones de una mujer que se deja llevar en el difícil tránsito hacia la automutilación, el deseo reprimido, la endogamia incestuosa y el sadomasoquismo físico y psíquico. Dura, brusca y cortante, ‘La pianista’ no elude una mirada directa al tema que plantea. Una experiencia perturbadora que impone una de las mejores interpretaciones de los últimos años por parte de la siempre intensa y poderosa Isabelle Huppert en su alegórico personaje de mujer golpeada por la incomprensión y la ignominia de la sumisión. Una película que aquellos que ven no pueden olvidar. Y menos, el hombre de la barba que se desplomó con esa secuencia que permanece indeleble en la retina colectiva.

jueves, octubre 27, 2005

Review 'A History of Violence'

La piel del lobo
Cronenberg recurre a su habitual maestría para fraguar un sólido y abrumante diagnóstico sobre la violencia congénita al ser humano y sus consecuencias
David Cronenberg nos propone con ‘Una historia de violencia’ una nueva experiencia extrema, de esas en las que tanto se prodiga el obsesivo autor de ‘Spider’, discurriendo mediante imágenes en su habitual universo que colecciona morbidez y desasosiego, abordando esta vez un espinoso tema como es la violencia. Cronenberg penetra en la insondable fisiología de la brutalidad inherente al ser humano y sus diferentes representaciones, descritas, como no podía ser de otro modo en este transgresivo realizador, audaz y controvertido, sin rehusar a la náusea implícita que ésta provoca bajo la falsa felicidad, retornando a viejas perturbaciones temáticas como la consaguinidad, el sexo, la ambigüedad o la ambivalencia.
Esta historia de violencia tiene como protagonista a Tom Stall (un destacado Viggo Mortensen), dueño de un restaurante que vive feliz junto a su familia en Millbrook, un pueblecito de clase ‘media baja’ situado en el estado de Indiana. Cuando Tom, en defensa propia, mata a dos criminales que intentan asaltar su bar sufre las consecuencias del examen público mediante de los medios de comunicación que le aclaman como a un héroe. Un hecho que provoca el tremebundo regreso de sus fantasmas del pasado personificado en el mafioso Carl Fogarty (sempiterno ‘robaplanos’ Ed Harris). Lo que parece una película que rompe la continuidad estilística y temática del autor canadiense, no es más que el cambio metalingüístico a la hora de indagar en las oscuras acequias morales que inundan cuestiones acerca de la identidad, la verdadera naturaleza y la obsesiva dualidad encubierta que perduran en el interior humano. Con un poder teologal de inabordable ingenio subversivo, ‘Una historia de violencia’ acomete un bucólico diagnóstico sobre esa furia que nos contamina, donde cualquier imagen idílica puede transformarse en una pesadilla, en una inapelable tragedia de enfermedad infecciosa, la que provoca la violencia de carácter atávico que necesita ser eliminada de raíz con más violencia.
Intensa y perspicaz obra, demuestra que Cronenberg es un director capaz de enfrentarse a su propia idiosincrasia, tomando un material ajeno para transformarlo por completo, sin renunciar por ello a sus obsesiones morbosas o a su brillante y sutil sentido del humor. Poco tiene que el guión de Josh Olson con el ‘cómic-book’ de John Wagner y Vince Locke, ya que Cronenberg destruye los preceptos ‘tebeísticos’ en su disertación sobre la gradual metamorfosis que conlleva a la conducta violenta. Tal vez sea esta la más naturalista de las películas del director, donde la reincidente mutación es más humana y abordable, acercando al público a lo brutal desde la normalidad, para desgranar una visión de la apariencia de lo establecido y revelar la turbación que engendra lo más recóndito del ser humano, con un metodismo tan enérgico como lo haya podido mostrar anteriormente en sus películas más célebres. ‘Una historia de violencia’ comienza desplazándose por un cauce aparentemente lánguido, donde nada es desapacible ni desconcertante, presentando a un Stall modélico, hombre rural que saluda cada mañana a todos sus vecinos y participa en tediosas charlas sobre ex novias, amante de su bella esposa Edie (turbadora y convincente Maria Bello) que concreta ocasionales juegos sexuales y padre ejemplar de dos hijos encantadores. Todo demasiado impávido, si no supiéramos que algo está a punto de pasar, palpitación promovida por un magistral prólogo. Cuando los criminales irrumpen en el restaurante de Stall y éste los elimina de forma implacable y brutal, la narración comienza a implicar un nivel emocional progresivo, que tiene como consecuencia un subyugante ritmo que se fragua en una excepcional intriga clásica y catártica de divergencias entre ambientes y personajes.
Crítica con la sociedad actual, ‘Una historia de violencia’ se centra también en dos conceptos de actualidad como son los ‘mass-media’ y el heroísmo en tiempos de Bush Jr. Por una parte, los medios de comunicación extraen lo peor de la sociedad, la inmundicia que se intenta ocultar y que todos llevamos dentro. Una necesidad social por generar modelos de conducta, sin saber que bajo el paradigmático virtuosismo, bajo la apariencia de la frágil rutina mostrada como una cotidianidad ataviada de felicidad familiar, donde el anonimato, la mezquindad y la impericia sirven como símbolo del buscado bienestar, se esconde un lobo bajo la piel de cordero. Cronenberg deja ver que cualquiera puede ser un asesino encubierto y que el heroísmo actual en Estados Unidos se puede construir perfectamente sobre el asesinato de dos ladrones por parte de un individuo que se protege, llegando a ser magnificado por la prensa, lo que hará que se destape una doble faceta del individuo, su ‘yo’ pasado, un criminal.
Y es que la trasgresión, la perversión, la abyección psicológica y la sexualidad sin tapujos giran en torno a la identidad constituida a partir del ámbito claustrofóbico de ese otro ‘yo’ localizado en la interioridad subjetiva. La metamorfosis es, en definitiva, una mutación de la subjetividad que se fracciona en el exterior. Una duplicidad inseparable que proviene aquí de los más bajos (y naturales) instintos humanos como son el sexo y la violencia, visualizada en la comentada secuencia de sexo entre el matrimonio Stall, con una morbosidad perversa, encerrando una violencia que es amago de violación y atracción a unos niveles psíquicos inexplorados, comenzando con iracundos golpes de odio y desprecio por parte de la pareja y acabando con una colérica cópula marital sobre las escaleras suscitada por un primitivo estímulo.
Concentrada toda la tensión en una impecable puesta en escena, meticulosa y precisa en los momentos de agresividad violenta, la visceralidad se va consolidando por una grafía de concisión ejemplar, permitiéndose aglutinar referencias al cine negro de los años 50, al espíritu del ‘western’, al drama sentimental e incluso a cintas de fondo ‘teenager’, ‘Una historia de violencia’ plantea al espectador que el hombre es violento por naturaleza, exhibiendo la violencia heredada o contagiada genéticamente, desde una visión ‘darwinista’ que es mostrada, con toda la frialdad del mundo, cuando Jack (Ashton Holmes, irrefutable descubrimiento interpretativo), el hijo adolescente de Stall, afectado por la situación de su padre, propina una paliza al matón del instituto, en otra hábil muestra de violencia real, brutal e instantánea, sin una recreación estética definida, impredecible y salvaje, como la vida misma.
Por último (y ¡Atención ‘spoilers’ –avisados quedáis-!), Cronenberg aborda un conflicto existencial a través de un personaje coaccionado por su pasado que ve cómo el espectro de sus actos pretéritos subvierten en sus renovados valores, sin cuestionarse por la moralidad de las cruentas acciones que en ella aparecen, porque llega un momento en que el espectador, consciente de la crudeza de lo que está viendo, respalda la actitud manipuladora e interesada de Stall, ya que, en último término, su objetivo prioritario no es alejarse de su pasado, si no mantener a salvo a su familia, delimitando su territorio y salvaguardando una progenie que ha conseguido postergar al criminal que fue en el pasado. De ahí que Stall se redima consumando el atroz acto que logre eliminar el único escollo que le une a su remota vida, devenido en otro tema recurrente en la carrera del director de ‘Inseparables’: aniquilar la consaguinidad, la muerte del hermano mayor (un histriónico y defectuoso William Hurt) que destruya por completo su vida anterior y acabar la tragedia con el difícil regreso al hogar, donde la familia adopta la consecuente asimilación, tomando conciencia de todos los pecados que se han cometido, de expiación y purgación, aprehendiendo la posibilidad del perdón constituido en un territorio común de justicia y olvido.
Miguel Á. Refoyo © 2005

Athletic: ¿Herido de muerte?

AYER (22/01/2005)
Athletic 4 – Osasuna 3
"La catedral del fútbol español, demostró una vez más ser una afición incondicional y una de las mejores del mundo. Con el 0-3 en el luminoso a favor del CA Osasuna, gracias a los goles de Pablo García, Webo y Patxi Puñal, la parroquia rojiblanca no dejó de animar a su equipo y resultó fundamental en la remontada. Dos goles de Fran Yeste en el 59 y en el 64, devolvieron la emoción a un partido, que parecía claramente sentenciado. A falta de ocho minutos, Tiko puso las tablas en el marcador tras un preciso disparo. La noche tuvo un broche de oro con Julen Guerrero haciendo definitivo 4-3. El equipo vasco acabó el choque con un hombre menos, tras la expulsión de Yeste por doble amonestación".
HOY (26/10/2005)
Osasuna 3 – Athletic 2
"Osasuna sigue sin ceder un solo punto en El Sadar al ganar 'in extremis' por 3-2 a un Athletic que acumula ya ocho jornadas seguidas sin conocer la victoria y cuatro derrotas consecutivas. Un gol de Webó en el tiempo de prolongación sitúa a los navarros como líderes provisionales, al firmar su mejor arranque liguero, mientras los vascos nunca habían empezado tan mal una Liga y de hecho acabarán colistas esta jornada."
Oremos e invoquemos una pronta e inmediata mejora, queridos y afligidos (como es mi caso) simpatizantes de este club que nunca ha estado en segunda y que teme porque el desastre se consume a final de temporada.
Ahora más que nunca: "¡Aupa Athletic!".

miércoles, octubre 26, 2005

Truculencia fotográfica

En junio de 1888, la legislatura de Nueva York aprobó una ley que establecía la electrocución como método del estado para la ejecución de criminales condenados a la pena de muerte. Los muy avispados aprovecharon el invento de Edison (descubierto sólo nueve años antes) para su macabra forma de impartir justicia.
La medida fue saludada en la época como el señuelo de equidad procedente de las nuevas tecnologías.
Esta es la macabra e insólita galería de sillas eléctricas americanas.

martes, octubre 25, 2005

...Y otras 100

Otra efímera y temeraria ‘lista-ranking’ que define la inagotable diatriba que supone el ostracismo y que hace reflexionar de inmediato las 100 mejores películas de la historia del cine. Así, sin más. Como quien decide comer un aperitivo a media mañana.
Esta vez, la fuente, menos equitativa que las restantes ocasiones es Total Film, para la cual las mejores 10 cintas dentro de sus 100 son:
1. 'Goodfellas', de Martin Scorsese.
2. 'Vertigo', de Alfred Hitchcock.
3. 'Jaws (Tiburón)', de Steven Spielberg.
4. 'Fight Club', de David Fincher.
5. 'El Padrino: Parte 2', de Francis F. Coppola.
6. 'Citizen Kane', de Orson Welles.
7. 'Tokyo Story', de Yasujiro Ozu.
8. 'Star Wars: El Imperio Contraataca', de Irvin Keshner.
9. 'The Lord of the Rings trilogy', de Peter Jackson.
10. 'His Girl Friday', de Howard Hawks.
Es la lista más descaradamente ecuánime y pretenciosa que se ha publicado últimamente de los cientos de ‘Top 100’ que proliferan en los medios de ocio. El resultado es tan inconexo como grotesco.

'Boiling Point': De 'yakuzas' y 'losers'

Es raro que Takeshi Kitano aún no hubiera sido mencionado en el Abismo. No sé por qué, la verdad. Aunque no ha sido algo deliberado. Hace poco revisé ‘Boiling point’ y, aunque muchas de sus películas posteriores (casi todas, diría yo) me gusten más, es la primera ocasión -y no la última- en que voy a hablar de este cineasta que, sin descubrir nada nuevo (es más, existen amigos ‘blogueros’ expertos en el tema), es una de las figuras más fascinantes del cine contemporáneo.
‘Boiling Point’ se centra en dos amigos bastante ‘freakies’ que son reservas en un equipo de baseball. Un día se ven mezclados con la yakuza local tras un incidente en el que su entrenador es herido por miembros de una banda de gángsteres japonenses. Afectados por el crimen, los dos chicos se van a Okinawa con la estúpida idea de conseguir un arma y vengarse. Allí, los dos jóvenes se hacen amigos de un yakuza retirado llamado Uehara, que tiene un demorado débito con la yakuza nipona, por lo que no duda en acompañar a los dos chicos a Tokio para enfrentarse a la mafia japonesa.
Kitano es aquí el secundario, pero punto cardinal en el desarrollo de la trama, ya que es el arquetipo del verdadero protagonista de la película, Masaki (Masahiko Ono), un tipo medio autista, tímido, retraído, símbolo del ‘loser’ oriental que, debido a las circunstancias y casi por impulso, se ve envuelto en una progresiva odisea de violencia junto a su amigo Kazuo (Minoru Iizuka), al que el personaje de Kitano acosa con sus apabullantes gestos de inequívoca peculiaridad. Y es que una de las virtudes de Kitano es un director formado en la comedia, que utiliza el ‘timing’ del humor absurdo (pero lleno de intención narrativa) con una más que cruenta y feroz violencia que no es, ni mucho menos, gratuita.
Esta duplicidad de designios, distintivos en Kitano a lo largo de su impecable filmografía, florece en ‘Boiling Point’ como germen de un estilo, de la desafiante mirada cruel pero irónica ante la violencia, con imprevisiones escénicas en las que, muchas veces, es importante la desarticulación del tiempo, donde tan pronto puede darse una brusca elipsis, como el recurso de un humor inesperado. Es la particular disposición a la hora de asumir sus momentos más violentos por parte de Kitano, que lo hace de una manera arcaica, acercándose al ‘slapstick’ de clásicos como Buster Keaton. Y claro ejemplo de ello es esa prodigiosa secuencia de ‘karaoke’, con Uehara dándole botellazos en la cabeza a los yakuza que aparecen por allí, mientras la cámara gira en torno a los personajes, en extraña prosopopeya de la borrachera del veterano gángster o el choque de Masahiko y la camarera tienen cuando van en moto y acaban estrellados contra un vehículo.
Es la manera con la que provoca al espectador un director tan inclasificable como Kitano, capaz de descontextualizar los elementos de cualquier secuencia con una dialéctica que suele ir a contracorriente, haciendo del uso clásico de los planos una anarquía personal e intransferible, sublimando, de paso, el sentido más personal de lo ‘anti-épico’ y combinarlo así con la extraña cotidianeidad que expone bajo su cínica mirada. ‘Boinling Point’ expresa, en ese sentido y a pesar de ser la más floja de las películas de Kitano, la máxima expresión de un vacío existencial (el de Uehara, pero también el de Masaki) que encuentra una insólita aventura desatando la furia interior en un entorno de violencia como una forma natural de un lenguaje que el gran Kitano domina como nadie.

lunes, octubre 24, 2005

984.750 €

Es la estremecedora y agigantada cantidad que cobrará Pepe Navarro por su nuevo programa en el Primera de Televisión Española. Es el presupuesto que el progenitor de los ‘late-shows’ en España se embolsará por medio de tres vías:
.- Como creador (126.750 euros).
.- Como director (390.000 euros).
.- Como presentador (468.000 euros).
Navarro todavía no ha iniciado su nueva andadura por la aciaga franja horaria del ‘prime-time’ y ya está creando polémica. Esto promete.

sábado, octubre 22, 2005

'Lemmy contra Alphaville': Exégesis romántica de la Ciencia Ficción

El detective creado por Peter Cheney, Lemmy Caution, trabaja como agente 003 de los Países Exteriores haciéndose pasar por reportero del periódico Figaro Pravda. Lo que más le gusta en este mundo, son las bellas mujeres y el oro. Caution tiene un nuevo cometido: llegar a Alphaville, una ciudad nocturna y silenciosa, una capital de otra galaxia, futurista y lacónica para realizar una importante y peligrosa misión: acabar con el villano de turno, Alpha 60.
Alpha 60 es un superordenador anticipación de HAL 9000 que se comunica con los ciudadanos mediante una tremebunda voz, sumiendo en el miedo a toda una sociedad de humanos que viven bajo su yugo dictatorial. Los ciudadanos están acojonados, llevan un número grabado en el cuello y los espacios donde se mueven son tan gélidos que apenas hay comunicación. El agente Caution llega a Alaphaville con la intención de atrapar al ‘Mad’ Doctor Nosferatu para llegar así hasta Alpha 60.
La iconografía del género de ciencia ficción poco habla de esta película de Jean Luc-Godard. En ‘Lemmy contra Alphaville’, el realizador galo expresa el futuro con una terminante simplicidad, sin recurrir a efectos especiales ni ficticias simulaciones estéticas. Le basta con mostrar Paris desde discordantes perspectivas, con fosforecidos trenes bajo la noche, mostrando a una sociedad que habla hieráticamente a través de pequeñas pantallas. Nada nuevo que destacar al respeto, pero sí cuando Godard confronta algunos códigos comunes universales, como la negación para afirmar y la aserción para refutar. Una ilógica que sigue constante en una película apasionante y extraña como pocas.
Tan extraña como romántica en su sentido de la regeneración argumental del género, ‘Lemmy contra Alphaville’, contiene un sentido lírico algo melindroso y arrogante, debido a ese deliberado esquema donde predomina lo bello, donde florece con fuerza el idealismo pasional dentro de un mundo glacial y hostil. A Godard más que importarle la ficción narrativa protagonizada por Lemmy Caution y el dúo malévolo Alpha 60 y Nosferatu, ahonda en la historia de amor y magisterio que se establece entre el agente y la hija de Nosferatu, Natacha, a la que alecciona sobre conceptos tan improcedentes en la ciencia ficción como son el amor y los sentimientos. Hermosa confección de una inolvidable antiutopía de un exótico clasicismo en ‘Lemmy contra Alphaville’ cabe destacar también las estimulantes presencias de Eddie Constantine, Anna Karina, Akin Tamiroff y uno de los fetiches de la mejor época de Jess Franco, el ínclito Howard Vernon.

Muere "Porky" McFarland

Cuando volví a ver recientemente aquel mítico espacio generacional, ‘La Bola de Cristal’, todo me pareció caduco, pasado de moda, enmohecido por el tiempo. Paradójicamente, hubo dos series que siguieron despertando mi entusiasmo y ambas databan de varias décadas atrás. Me refiero, a ‘The Munster’, por supuesto, pero sobre todo a ‘The Little Rascals’.
No sé si recordaréis a "Porky", el rechoncho hermano pequeño de Spanky McFarland, un minúsculo especialista en perderse y meter a la pandilla liderada por su hermano y Alfalfa en numerosos problemas.
El actor que le daba vida en la pequeña pantalla Eugene “Gordon” Lee murió la semana pasada por un cáncer de pulmón. Lee hizo dio vida al pequeño Porky en los cortometrajes de ‘Our Gang (La pandilla)’, con sus perennes pantalones cortos y su enorme cabeza a lo largo los años 1930. Después, su carrera infantil se perpetuaría con este personaje en los más de 40 episodios que compusieron la serie ‘The little rascals’. Tras la fama, Lee Gordon no volvió a trabajar en televisión o cine.

viernes, octubre 21, 2005

¿Se desinfla Buenafuente?

No cuaja, no aprovecha las oportunidades únicas que se le ofrecen y Buenafuente empieza a cansar, a porfiar en un humor que se ha ido tornando con el paso del tiempo en insustancial, partidariamente ideológico e incluso, por momentos, algo tedioso. Poco ha durado la fascinación novedosa de un ‘show-man’ que se las prometía muy felices con la retirada de su máximo rival. La marcha de ‘Crónicas Marcianas’ dejaba vía libre para el rotundo éxito de ‘Buenafuente’. Pero no está siendo así. Lidera algunas franjas horarias de la noche, pero su ‘late-show’ está desinflándose paulatinamente. La austera estructura de un programa inmutable, que ofrece una y otra vez lo mismo, inalterable en su contenido y nula tentativa de innovación han hecho que el presentador catalán y su programa vayan perdiendo adictos e interés. Una fórmula que ha funcionado durante un periodo de tiempo demasiado corto.
Ya lo decía el otro día Ferran Monegal en El Periódico señalando la ineficaz deficiencia del bueno de Andreu a la hora de entrevistar a una estrella de Hollywood tan rutilante como Jodie Foster, dejando claro que, aunque buen humorista y ocasionalmente excepcional comunicador, a Buenafuente le falta ese “algo” que trascienda, esa magia que llene la pantalla, ese carisma que se ha ido desvaneciendo en un breve lapso de tiempo. Para Buenafuente es divertido apelar a un personaje tan abominable como Palomino, luciendo en su rostro la máscara de Hannibal Lecter o jugar al despiste con el ingenio de Santi Millán, en una descarada maniobra de escamoteo debido a la ausencia de ideas. Señalaba Monegal que tal vez esto se deba a las imposiciones de los agentes de prensa que rodean a este tipo de estrellas, que coartan, en cierto modo, a los presentadores para que se centren en promocionar su última película (en este caso, ‘Flightplan’). Pero no es disculpable.
¿Por qué? Porque tan sólo unos días después, Andréu tenía ante sí a Isabel Coixet, Tim Robbins y Sarah Polley. Y volvió a pasar lo mismo, ya que tampoco fraguó una buena entrevista. Todo lo contrario. Fue deplorable. La Coixet, desalentada por las nimias preguntas un tanto imprecisas del presentador sobre la última película de la directora, ‘La vida secreta de las palabras’, mostró la innumerable cantidad de estúpidos ‘tics’ que ha ido adquiriendo desde que hiciera el ridículo en los pasados Goya, intentando salir del trance (no se le ve a gusto delante de una cámara) como bien podía. Coixet es una excepcional directora, pero de cara al público deja bastante que desear.
Buenafuente, inoperante, sólo se limitó a decir lo guapa que estaba una Sarah Polley descolocada ante la ineficacia del ‘show-man’, más pendiente sonsacarle a Robbins su archiconocido activismo político cuando previamente le espetó “estará cansado de que se le pregunte por su posicionamiento político...” y terminar con una voz en off con la rimbombante imitación que hace de De Niro casi sin querer. Muy mal, Buenafuente. Muy mal. Una entrevista insípida que pone de manifiesto no sólo que Buenafuente ha bajado su nivel como profesional, también que su tono y humor no fluidifica. Ha dejado de hacer gracia.
Tan sólo Buenafuente parece tener un apoyo salvador en Jose Corbacho, el gran genio de El Terrat. Lástima que sea en la sección de ‘La Venda’, otro bloque prematuramente caduco, al igual que el anfetamínico ‘Neng’ y su reiterativa letanía de frase monomaníaca.
¿Esperamos a ver qué hace Pepe Navarro?

jueves, octubre 20, 2005

‘Boob Earmuffs’

Baron Bob es un tipo que se aburre. Pero no se aburre de una forma estereotipada. No. Baron Bob es un tipo que se aburre mucho. Pero mucho, mucho.
Baron Bob es también un fulano al que (como a muchos de nosotros) le vuelven loco las tetas.
Baron Bob ha creado los ‘Boob Earmuffs’, unos cascos auriculares con forma de pechos femeninos.
Pero no sólo eso.
Baron Bob ha tenido la brillante idea de fabricar una campanilla de recepción con un pezón que suena con sólo pulsarlo.
Ay… Baron Bob.

Esencia de cómic

Superhéroes cotidianos
Shyamalan profundizó en el vértice más oscuro de la vida supeheróica con un inigualable guión y un estilo lírico como ofrenda al mundo del cómic
Decía Alan Moore, tomando las palabras del maestro Stan Lee, que el héroe de cómic encuentra siempre su grandeza en la cotidianidad en la que se circunscriben sus actos y en la vida ordinaria que suele llevar cuando no es un semidiós incorruptible (en este caso ‘irrompible’ –en su título original-). M. Night Shyamalan recogió en su mejor película una obra bordada con la sutilidad poética y gélida que caracterizó su gran ‘El Sexto Sentido’ y que después desarrollaría en la más fallida ‘Señales’ y en la portentosa y poco comprendida ‘El Bosque’.
Perfectamente exacta, sin fisuras formales o argumentales, y reforzada con la dirección de un compositor de sentimientos enfrentados como es Shyamalan, ‘El protegido’ abarcó el reverso más angustiante y profundo de aquellos seres sesgados por elementos paranormales que cercenan su vida diaria. Narrada desde una concepción temática doliente y aflictiva, el cineasta de origen hindú envolvió su esta extraña odisea ‘fantastiquè’ en el mundo editorial del cómic, absorbiendo el espíritu que hizo grande a la ‘DC Cómics’ y su visión de la existencia como una filosofía vital plasmada en viñetas. Como en el génesis de un arte privilegiado e insondable, delimitado aquí a un ámbito cercano y puro, Shyamalan regresó, a su particular perspectiva de lo oscuro, del enigma sobrenatural que convive con el hombre.
Desplegando, poco a poco, con una quietud imperceptible y un tratamiento impecable, sus disquisiciones acerca de la muerte, el amor, la soledad, la incomunicación y el sentido de nuestro propio destino toman trascendencia sin renunciar en ningún momento al gran calibre comercial de la obra, perfeccionando su idiosincrasia, dotando al filme con una atmósfera inquietante, enigmática y fría en la que la actitud ascética de sus personajes dejan ver un fondo intencional que hacen de su guión sin fisuras el mayor logro de ‘El protegido’. La increíble historia de David Dunn, el único superviviente de una terrible catástrofe ferroviaria en el que han muerto más de un centenar de personas y del que han salido totalmente ileso lleva al espectador a una hermosa historia paterno-filial que descompone, con trazos sensibles y fugaces, la esperanza de todo niño que ve a su padre como un titán, como ídolo al que admirar.
Mediante el juego llevado hacia la dicotomía final y sorprendente, Shyamalan expone en esta cinta, sin ardides y con una honestidad aplastante, la verdadera síntesis de la magnificencia del Noveno Arte. Como si hubiera seguido los patrones impuestos por Jerry Siegel, autor del que, sin duda, ha bebido el joven realizador al darle forma al superhéroe de la película. Una especie de facsímil y fusión de personajes como ‘Espectro’ y ‘Grendel’. La poesía lírica y calmada imbuye a un personaje atormentado que acaba enfrentándose a sus miedos y, en último término, a él mismo y a sus problemas. Algo que ya sucedía, en cierta forma en la inolvidable ‘El Sexto Sentido’.
La sencillez con la que el héroe encuentra su particular poder y acepta su condición (maravillosa la secuencia en la que Willis lleva en brazos a Wright Penn), su catarsis ante una vida perfecta insatisfecha, sirve nuevamente para un sólido encuentro con lo misterioso, con lo legendario, con una disgregación entre el Bien y el Mal que se acentúa con la virtuosidad escénica con la que Shyamalan logró traspasar la frontera del enigma, la melancolía de sus propios objetivos, arrastrando a un Bruce Willis hacia cauces interpretativos innatos que, aunque nadie pudo ver hasta ‘El Sexto Sentido’, fluyeron entonces en las venas de uno de los mejores actores del cine contemporáneo. ‘El protegido’, además de solidificar una realidad esperanzadora del cine comercial norteamericano, deja patente la facilidad con la que Shyamalan sabe bucear en los bellos y desolados mares de lo eterno.

miércoles, octubre 19, 2005

Un mito televisivo

Aquélla legendaria sintonía que abría y cerraba la serie. Aquélla maronieta que tanto me aterró cuando yo era sólo un infante aficionado a todo lo que oliera a catódico, sin importarme los rombos. Aquél padre divertidamente loco y estrafalario. Un personaje gay entrañable llamado Jodie Dallas. Un mayordomo negro.
Cinismo y humor corrosivo.
Dos familias, los Campbell y los Tate, que nunca olvidaré.
Qué recuerdos.

martes, octubre 18, 2005

Recordando a Jennifer Jones

Algunas de las escenas de amor de ‘Duelo al sol’, la cinta que David O. Selznick produjo como capricho para fomentar la carrera de Jennifer Jones, siguen subsistiendo como arquetipos de adventicia intensidad dentro de los fastos cinematográficos. A pesar de tratarse de una película de productor, el gran King Vidor logró implantar su especial sentido del romanticismo, con la aspereza de un odio convertido en pasión y llevado hasta las últimas consecuencias. Por supuesto, se trata de ese final en el que la Jones y Gregory Peck se baten a duelo para morir finalmente besándose bajo el rojizo légamo que provoca una hermosa y lacónica lluvia que cierra la película.
Nacida como Phillys Isley, Jennifer Jones le debe su fama a David O. Selznick, que se fijó en ella y la publicitó hasta lanzarla con ‘La canción de Bernadette’, de Henry King. No se equivocaría, ya que ‘Pigmalión’, le otorgaría un Oscar por su interpretación en este largometraje. Jones supo utilizar ese duro temperamento de una actriz imperfecta que desprendía un cierto halo de arrogancia y misterio, de pasión convulsa bajo una cautivadora mirada de hielo. ‘Cluny Brown’, de Ernst Lubitsch, ‘Corazón Salvaje’, de Michael Powell y Emeric Pressburger o ‘Madame Bovary’, de Vicent Minnelli la hicieron inmortal. ‘El coloso en llamas’, de John Guillermin fue su última película hasta el momento.
La razón de este ‘post’ ha sido este link sobre la actriz.
Y espero no ser gafe, ya que Jones tiene ahora 86 años y está delicada de salud. Así que sirva este post como homenaje.

Nostalgia ochentera (Juegos Míticos)

Cuando la nostalgia hostiga con su inexorable amonestación del paso del tiempo, me recuerda la mejor época de mi vida. Un tiempo de dos dígitos que aparecen remarcados en mi memoria: 80, la mítica y dorada década que marcó a una generación de ‘freaks’ que añoramos aquellos convulsos días con los que España cambió hacia un rumbo que todos creíamos renovador y moderno.
Más allá de mis recuerdos, de la primera vez que le vi las bragas a una chica, de los juegos e historias con mis Madelman, de los bocadillos de Nocilla mientras veía ‘Barrio Sésamo’, ‘Un mudo para ellos’, ‘La Isla de la Fantasia’, ‘Mork y Mindy’, de mis primeros arrebatos periodísticos promovidos por mi fascinación por ‘Lou Grant’, de los cómics de la Marvel, de Tintín del ‘Durango’ de Yves Swolfs, de todas las películas de Amblin, del cine que me ha formado como persona, de Alaska y ‘La bola de Cristal’, de Iron Maiden, de Obus y Barón Rojo, del asesinato de John Lennon, de Narajanjito y el mundial de España 82, del ‘Back in back’, de AC-DC, de tantas y tantas cosas que irán saliendo aquí en este nostálgico Abismo. Más allá de todo esto, se inmortalizan aquellos incipientes recuerdos de los espacios de ocio consagrados a los juegos que iban saliendo como revolucionario pasatiempo novedoso.
Se trataba de los primeros videojuegos, la prehistoria de la modernidad tecnológica del ocio. Aún no sabíamos qué era eso de la pluralidad de los sistemas de reproducción audiovisual, la multiplicidad de acción, el arcade en primera persona, el 3D. Casi no había interactividad. Hemos evolucionado y estamos en plena fase de aprendizaje para lo que nos viene. Pero siempre hay hueco para el recuerdo entristecido de aquello que consideramos un buen día la gran novedad.
Esta tarde la he perdido jugando al Pac-Man, al Space Invaders, al Don Key Kong, e incluso al arcaico ping-pong absurdo que da pena ver hasta qué punto llegaba lo labriego del juego. Incluso he vuelto a desafiar a Simon, después de décadas apartado de mi vida.
Los 80, en definitiva, me marcaron para siempre. Aquí está la efímera puerta al pasado.

lunes, octubre 17, 2005

El día del Mega

Pues esta tarde me he sorprendido cuando he descubierto que los desmañados e ineptos amigos de Timofónica han tenido a bien ofrendarme con 1 mega de velocidad. Velocidad que, en los tiempos de competencia que corren, se me antoja insuficiente.
Al menos, la intensificación de banda se deja notar. La desilusión ha llegado cuando, pasadas unas horas, me he familiarizado a este incremento y ahora me parece que va igual que hace unos días. Suele pasar, el ‘feed back’ ha sido positivo. A disfrutar de este pequeño ascenso de celeridad internauta.

Justicia en Sitges 2005

La gran ganadora de la edición de este año ha sido 'Hard Candy', de David Slade que ha recibido los galardones a la Mejor Película, al Mejor Guión y el Gran Premio del público a la mejor película. Sin duda, la mejor película a competición que se ha visto en este apático festival.
El palmarés completo aquí.

Sitges desde el Abismo (y VI)

Antes de irme de Sitges os contaba la posibilidad de una anunciada catástrofe vista de cerca, desalentado por el hecho de transigir malos títulos y mediocridad fílmica todo el festival y a sólo tres de días de su finalización saber que lo mejor empezaba a germinar en esta extraña 38ª edición del certamen de corte fantástico.
Las dos últimas películas a concurso que pude ver, dejaron la impronta de calidad que había faltado en los días anteriores. A pesar de que no se ha visto ni un ápice de la ansiada tendencia de las anteriores ediciones hacia la regeneración o la búsqueda de piezas de afinidad más adecuadas a las pretensiones de calidad de este evento, cierto es que no todo iba a ser malo (que no lo estaba siendo, eso sí, no había fascinación y sí mucho bostezo). Dos han sido las piezas que en mi último día me llamaron una atención distraída por la peyorativa rutina en que se estaba convirtiendo el festival.
La primera ‘Bittersweet life’, de Kim Jee-woon, poética cinta de corte dramático en la que el bucólico proceder del director potencia una hermosa historia de amor platónico y cruel venganza, la que narra cómo Sun-woo (excepcional el actor Lee Byeong-heon) actúa como mano derecha del mafioso local Kang, el cual ordena su ejecución cuando se entera de que su pupilo ha perdonado la vida del amante de su nueva concubina. Estamos ante un ejercicio de estilo apabullante, de exhibición formal llevada al límite, que se traduce en una oleada de resonancias dramáticas confeccionadas con una frialdad polar que recuerda en su inclinación temática al cine negro europeo, de exquisita negritud de fondo. La venganza de Sun-woo fundamenta su eficacia en la explicitud de su construcción, con un diseño de sonido absolutamente memorable (nunca había escuchado unos tiros tan bien definidos) y una disposición narrativa que gravita entre el preciosismo lírico (y un tanto edulcorado) del romanticismo que late bajo su subtexto y esa ferocidad sangrienta de la vendetta a la que asistimos. Gran película, la de Jee-woon.
Pero si ha habido una cinta que haya llamado la atención hasta el momento en Sitges (seguro que hoy hay otra que la ha superado –y me la he perdido-), ha sido ‘Hard Candy’, del menudo (hay que ver lo bajito que es) David Slade. La historia empieza de la siguiente manera: hay una conversación por internet, dos personas quedan para tomar un café. Él es un fotógrafo de 32 años. Ella, una adolescente de 14 que parece mucho más madura que las chicas de su edad. Ambos acaban en casa de él, en un extraño e incómodo juego de seducción que plantea por dónde va a ir la cinta. Pero ahí es donde comienza el fascinante y opresivo ‘thriller’ psicológico, el juego cruel y despiadado de una película asfixiante y resuelta con una solvencia impecable. Destaca asimismo la virtuosa utilización del espacio (apenas dos habitaciones) y un sentido del ritmo escénico portentoso, pero donde todo el conjunto está construido a través de dos interpretaciones, dos personajes que tienen los rostros de los extraodinarios Patrick Wilson y la jovencísima Ellen Page, lo mejor de la función y del festival (ambos deberían ganar el premio en este apartado). Interpretaciones acojonantes que levantaron la ovación de un público entregado al ardid psicológico, a la tensión, a gran montaje que hace que una cinta de casi dos horas sostenida tan sólo en dos personajes lleve al público por diversas emociones encontradas en esta fábula sobre la mentira, el castigo, la venganza y la culpa. Una de las mejores películas que se van a ver en Sitges.
La última película que vi fue 'Tiburón', entre la nostalgia más entusiasta y la emoción del esperado reencuentro que me llevó después de muchos años a la población costera de Amity Island, a compartir de nuevo un par de horas de mi vida con Brody, Hooper y el carismático Quint. Poco voy a descubrir de uno de los mayores clásicos del cine moderno, de su intensidad sin edad, con ese regusto de inmortalidad que distingue a las películas elegidas para permanecer constantes en la memoria colectiva, incluso hablando de cosas tan actuales como la conflagración que se da entre los intereses económicos de los más poderosos y el sentido del deber de los pocos héroes que quedan en la sociedad. No voy a reiterar mi admiración por Steven Spielberg, por el sublime desarrollo narrativo, con la probidad caligráfica con la que el Rey Midas compuso un relato donde sobresale la sensación ambiental y contextual que tienen su apoteosis todas las impresionantes secuencias de la cacería del escualo. Tampoco contaré que casi se me saltan las lágrimas escuchando los acordes de John Williams, ni que aplaudí con fervor el homenaje que se le rindió en el Auditori a Peter Benchley y a Joe Alves. Sólo voy a escribir que fue una noche de recuerdos inolvidables.
Y así acabó Sitges para mí.
Me encrespa haber abandonado antes de tiempo esta población del Garraf que amo y odio a partes iguales, de no poder haber concluido estas crónicas que, si soy sincero, ni yo mismo esperaba recrear con tanta asiduidad y detallismo. Me jode no haber descubierto por mí mismo que ‘El exorcismo de Emily Rose’ no es más que un bulo comercial que utiliza una sola palabra como reclamo publicitario, que ‘A history of a Violence’ es de los mejores trabajos no sólo de Cronenberg, sino una de las películas de 2005, que ‘Oculto’ o ‘The Dark’ tal vez hayan dado una agradable sorpresa, que no haya visto apenas nada de las secciones de Orient Express, que no me haya pasado por el ciclo de Johnnie To ni asistiera a la clase magistral de Carles Grangel. Han quedado cosas en el tintero. Y me desuela esta no consumación festivalera. Pero así es la vida.
Me quedo, sin embargo, con recuerdos y sensaciones de una edición que, bastante indolente en su capacidad de sorpresa, sí me ha devuelto la oportunidad de volver a un festival que con sus películas tal vez no haya subyugado esta vez a través de su lenguaje algún atisbo de tensión evolutiva, huérfano de índole fantástico o algún tipo de emblema artístico indagador del arcaísmo o de los nuevos tiempos, pero que sigue en su empeño de mitigar cualquier efecto de las nuevas tendencias audiovisuales con un festival distinto. Para bien y para mal.
LO PEOR:
.- La zona de prensa: con el desprecio de los responsables de esta sección hacia los periodistas no reconocidos en el mundo cinematográfico. Son clasistas, engreídos y bastante cutres con este apartado (tan importante para su imagen exterior). Una lástima.
.- La desorganización: bochoronosa y ridícula en un festival con aspiraciones internacionales como es este (vaya colas). Al cuarto día, se dieron cuenta de que el Auditori podía acoger tanto a público, como a invitados y periodistas. Muy triste que fuera tan tarde.
.- La calidad de las películas: la calidad no quiso adherirse a las buenas intenciones de la propuesta.
.- El calvo que me quitó el sitio privilegiado en la rueda de prensa de Tarantino. Llegué y ya estaba sentado en mi sitio con la mochila. No quise montar una escena porque Quentin ya había llegado.
.- El traductor del festival: un fulano que, depués de ir de colega con Tarantino y Eli Roth, suelta frases como “Me vais a perdonar que traduzca esto porque es muy bueno”. Vamos a ver, soplapollas, te pagan por traducirlo todo. No para que nos avances si lo que viene a continuación es gracioso o no.
.- La lluvia en tromba (inevitable).
.- El concepto que tienen en determinados lugares de Sitges que tienen del concepto “Bocadillo de calamares”.
LO MEJOR:
.- Ella, Myrian.
.- Poder estrechar la mano y mantener conversaciones varias con Spaulding y Absense (con el que también comimos un día).
.- Lo relajantes que son los sillones del salón del Melià Hotel de Sitges para esperar en los tiempos muertos.
.- La mítica y erudita manducatoria compartiendo mantel y charlas existenciales y cinematográficas con Álex de la Iglesia, Koldo Serra, Borja Crespo, Adrián Guerra y Xavier Daura.
.- La cordialidad y buen ambiente que se respira en el festival. Los villanos de prensa y de la organización nada tienen que ver con la buena atmósfera de cine que respira en el certamen.
.- La asequible cerveza de un ‘Espar’ cerca del hotel. Cuatro latas de medio litro de cerveza equivalía en precio a lo que costaba un quinto del mini-bar del hotel.
.- Tarantino, rehusando lujos, y paseando por el pueblo y emborrachándose en bares cutres de Sitges, aquellos que frecuentó cuando estrenó aquí ‘Reservoir Dogs’, hace ya trece años.
.-La visita de Paco Cavero exclusivamente a pasar el día con nosotros.
.- La insólita sensación de expectación que provocó en mí el pase en cine de ‘Jaws’, de Spielberg, veintiséis años después de la primera vez que la vi, treinta desde su estreno.

domingo, octubre 16, 2005

Las 10 diferencias entre el Festival de Donosti y el de Sitges

1.- En San Sebastián llegas a por tu acreditación y tienes cuatro puestos diversificados en categorías alfabéticas. No hay ningún problema a la hora de recogerla y, para colmo, te exponen con directrices el funcionamiento de todo y las posibilidades que te ofrece tu acreditación, así como una bolsa con la guía del certamen, un bono de descuento en los libros, un CD del festival con material gráfico y textual y un detallado catálogo para que no te pierdas nada. Todo puntualizado para tu disfrute. En Sitges, llegas a por tu acreditación y tienes unos puestos similares. Eso sí, sólo dos. Y se reparten de forma caótica, sin seguir una normativa lógica. Si eres Mirito Torreiro, te saltas la cola y la chica babeante y de risa impostada, deja lo que está haciendo para que el señor se vaya contento. Te dan una bolsa de mejor calidad que la de Donosti, pero sólo con un catálogo de las películas dentro. Nada más. No te explican nada y te miran mal si les pides cualquier explicación.
2.- En San Sebastián te dan una llave y un número para un casillero individualizado en el que te colocarán diariamente todo lo relacionado con los press-books y alguna ofrenda. Esto ya depende de ti. Ellos han cumplido y se pueden olvidar del tema. En Sitges, tienes que enseñar tu acreditación, buscan el número, te dan lo que se les antoja (lo más goloso va a parar a los peces gordos de la prensa) y encima te miran mal.
3.-En Donosti tienes 21 ordenadores para escribir tu crónica diaria, accediendo a la facilidad con la que puedes trabajar. A veces, tienes que esperar, pero siempre hay buen trato y un silencio sepulcral a la hora de redactar. En Sitges, tienes cinco míseros ordenadores. La gente no para de berrear, un fulano celebra con ‘tics’ sus crónicas a cada párrafo que escribe, fuma echándote el humo en el rostro, gente chatea con MSN, la gente de prensa da voces por teléfono concediendo entrevistas, “o sea, un superbeso, de verdad”, decía una fulana de Filmax, el otro día a voz pelada, otros navega por Internet en páginas porno, se reúnen tres freakies para escribir en coalición en diversos foros y si dices algo en la mesa de prensa para solucionar esta anarquía, te miran mal.
4.- En San Sebastián, el festival tiene organizada una agenda para que puedas ver todas las películas de las secciones más importantes. De tal forma logística, que incluso hay espacio para el disfrute de cintas de los otros ciclos, con la oportunidad que ofrecen los varios pases que hay de la película en el mismo día y posterior. En Sitges se dan cita dos películas importantes en la misma hora. Hay masificación de horarios y de películas y, sobre todo, la imposibilidad de hacerte un planning coherente con el sistema de favoritismo que tienen montado. Y encima, te miran mal, claro está.
5.- En San Sebastián el método para repartir invitaciones para la prensa en pases que no estén dedicados a la profesión (puedes ver 6 películas sin coger entradas) es impecable. No imponen horarios de recogida (si madrugas, tienes más posibilidades de hacerte con la que quieras) y a lo largo del día puedes conseguir hasta que se acaben. Insisto, hace años que no paso a por una entrada en Donosti, porque se puede ver todo (excepto los ciclos, que sí van con entradas). En Sitges, se renombran las entradas en los temidos ‘Tickets’ de los cojones. Es una incoherencia, los horarios que ponen dan vergüenza, se forman largas colas y cuando pides dos, te dicen que no, que es una por medio acreditado. Dices que vale, pero sin embargo te miran mal.
6.- En San Sebastián las publicaciones hay que abonarlas sí. Todos, sin excepción. Si quieres los libros pagas. Si no, no hay libros gratis para nadie. La ventaja es el gran descuento para periodistas. Creo que son 20 euros por los tres libros. En Sitges reparten los libros a dedo, a aquellos que les viene bien regalarlo. Yo me he tenido que comprar uno de ellos. Lo quería. Daba igual pagarlo. Pero tuve que hacerlo con ayuda de un amigo, que me dijo dónde los vendían. En un ‘stand’ de Miramar, el de la editorial. Ni siquiera la simple información de dónde se vendía el libro fueron capaces de darme. Me dijeron que no sabían si se pondría a la venta o no. Que ellos no sabían dónde encontrar la publicación, ni sabían si había algún descuento. En Miramar no me miraron mal, porque les pagué los 12 euros del libro. En el departamento de prensa de Melià, sí.
7.- En San Sebastián, las ruedas de prensa incluyen una pequeña petaca mecánica con cascos. Es el traductor con el que se pueden escuchar hasta cuatro traducciones simultáneas con gente que transcribe perfectamente a tu lengua bajo una presión imponente. En Sitges, te traduce un fulano que perpetua el ‘graciosismo’ sin gracia. Traduce la mitad de lo que se dice y, para colmo, es un engreído con una desagradable voz cancerada.
8.- En San Sebastián los horarios son muy rígidos, inflexibles. Las películas empiezan a la hora y en punto. Sin retrasos. No vale la demora, cualquier dilatación está prácticamente prohibida. Así, es lógico que si llegas tarde un minuto, te impidan el acceso a la sala. Es justo. En Sitges he asistido a un desbarajuste intolerable; había películas que empezaban a la hora, otra diez minutos después de que sonara el timbre y un día se acumuló más de hora y media de espera entre película y otra. Concretamente, el día que asistió Tarantino a presentar ‘Hostel’ junto a Eli Roth. Si llegas un minuto tarde, te miran mal. Pero al menos puedes decir “Tengo el deber de llegar a la hora en punto, pero vosotros podéis empezar una película con media hora de retraso ¿no?”. Tras esto, te dejan pasar. Eso sí, mirándote mal.
9.- En San Sebastián (y sé que esto va a doler) los subtítulos están editados en el negativo. Vienen con la película, en español, precisos, con una exactitud irreprochable. Además, tienen copias de todas las cintas con subtítulos en inglés, para facilitar el visionado de la prensa extranjera. En Sitges se impone la moda del subtítulo electrónico, del triple subtítulo (en inglés, en español y en “català”). Un festival de lucecitas, de innecesaria bilateralidad en la traducción. Trasladando todo a la lengua terruñera, aplaudiendo cualquier alusión a la tierra, viéndose esto desde el exterior como un ridículo afán populachero. Al menos aún queda resquicio para entender algo en español (o castellano, según moleste o no). Y si lo dices, no te miran mal. Te miran peor.
10.- En San Sebastián si pides una entrevista a algún invitado, si no respondes a un catálogo de características inacabable y muy elitista (aquí sí), no puedes entrevistar a nadie. Una rígida tendencia a la importancia del medio te impide charlar con las estrellas. En Sitges, vía mail y con cuidado trato, el apartado de entrevistas funciona a la perfección, consiguiéndote un pequeño espacio para la entrevista. En este caso no te miran mal.

viernes, octubre 14, 2005

Sitges desde el Abismo (V)

A mí lado hay un individuo de lo más singular. Fuma compulsivamente, teclea con asombrosa rapidez el teclado, es bastante caricaturesco y cada vez que concluye un párrafo, hace rudos ademanes con los brazos, hacia arriba, intentando dominar esta extraño acto reflejo, pero sin poder. Se trata de un escandaloso tic, como si se alegrara. Sé que puede sonar perverso, pero es divertido. Es parte de la fauna de Sitges. A su lado estoy yo, para qué hablar de faunas. Es una simple anécdota.
En cuanto al festival, esto no hay quien lo levante. O justo cuando me voy empieza el festín de calidad cinematográfica o no lo entiendo. Por supuesto ‘Corpse Bride’, de Tim Burton no ha decepcionado. Es una obra de sólida composición estética, que sigue ese vademécum visual idiosincrático de un Burton que se ha limitado a colocar su nombre como director, porque esta película está dirigida por un equipo colectivo. Y eso es algo que se nota. La fábula romántica opera con magia y con habilidad, en una historia con atisbos expresionistas y la impronta de la influencia de ese Edward Gorey siempre candente en la filmografía de Burton. Los números musicales con canciones de Danny Elfman también recrean el fantástico mundo de lobreguez y sortilegio de un autor con un gran problema de autoreferencia enlodado en su conjunto por la ausencia del excentricismo de exteriores, parcos y tristes, en el que se echan de menos esos castillos góticos o espacios nigrománticos surgidos de la imaginación de Burton.
Es imposible ver ‘Bride Corpse’ sin evocar a ‘Pesadilla antes de Navidad’, no porque se trate del mismo director, sino porque todo parece un premeditado duplicado en la hermosa historia, con fondo almibarado y donde los personajes siguen siendo los mismos, ‘outsiders’excluidos de la sociedad, en este caso por ser cadáveres. Pese a este escollo, ‘Corpse Bride’, ha respondido a las esperanzas puestas en la nueva obra de animación de un Burton que empieza a autohomenajearse resultando algo monótono, sin embargo, logrando una obra de maravillosa morbidez en un cuento que, visto lo visto, es de lo mejor que se ha visto en esta apática 38ª edición de Sitges.
‘Voice’, de Equan Choe, es una olvidable cinta con trasfondo nostálgico, oscuridad visual y claustrófobico entorno confinado en un instituto donde los muertos hablan con los vivos, los recuerdos se pierden con el susurro que se va apagando con el olvido del espíritu asesino. Así se podría definir de forma poética esta película tan pretenciosa y decepcionante como ‘Lemming’, de Dominik Moll, una espiral de despropósitos que comienza cuando este animal procedente de Escandinavia aparece en la vida de un matrimonio casi beatífico para comenzar con un incomprensible maleficio germinado en la aparición del jefe del protagonista y la perturbada mujer de éste. Eso sí, con Laurent Lucas, Charlotte Gainsbourg, Charlotte Rampling y André Dussollier, espectacular elenco del cine galo, ofreciendo lo mejor de si mismos.
Lo que no tiene nombre, ni calificativos negativos, un auténtico ultraje a la inteligencia del espectador es ‘La monja’, de Luis de la Madrid, último improperio producido por el dúo Brian Yuzna y Julio Fernández. Una tomadura de pelo en toda regla. Un guión de necedad insultante de pertinaces oquedades y paridas varias, saturado de gilipolleces, con progreso narrativo inexistente que hacen de este vejatorio filme el mayor despropósito de este festival. Es imposible imaginar a alguien escribiendo un guión de semejante incoherencia, presentándolo y, no sólo eso, sino producido y distribuido. Vergonzoso (como ejemplo, advertiros que en una película de terror todo el mundo lleva en su bolso un arpón). La teoría del ‘todovalismo’ elevada a la máxima potencia. En serio, pocas veces me he sentido tan despreciado por un director. Para colmo, los intérpretes, en parte considerados prestigiosos (caso de Natalia Dicenta, por poner un caso), están espantosos. Empezando por la guapa de turno que nos somete a su actoral tortura siendo la protagonista total, Anita Briem, una actriz de imborrable gesto hierático que acaba desconcertando. Qué delirio. Qué desastroso.
En cualquier caso, parece que todos los males se subsanarán esta noche con el pase de ‘Tiburón’.
Yo, por mi parte, dejo mañana este pueblo vestido de cine fantástico con la sensación de que me voy a perder lo mejor, pero con la esperanza de que no sea así, pues ya sería mala suerte. En cualquier caso, el domingo (mañana estaré de viaje de vuelta) cerraré este periplo de Sitges con mi crónica final con impresiones y anécdotas curiosos que hayan acaecido por estos lares.

jueves, octubre 13, 2005

Sitges desde el Abismo (IV)

No os hagáis ningún tipo de ilusión. Sitges este año está muy flojo. Se murmura sobre ello, se gruñe en silencio, en las mesas donde comemos, en los círculos profesionales, entre la prensa, en el wáter cuando se hace aguas menores. Hasta la efigie con forma de escualo de Spielberg bosteza a ratos (una pena que no sea real y se meriende a algún responsable de la sección de prensa). Está flojo. No está cumpliendo las expectativas, pero aún así uno no pierde la poca ilusión que queda. Es una pena que tenga que regresar el sábado, porque no sé porqué intuyo que lo mejor está por llegar.
El resumen del día. En altas dosis de infausto regusto, de escasez de magia, de falta de esplendor. En una palabra: mal.
La tarde nos dejó ‘Somne’, de Isidro Ortiz, una película con la que no quiero encarnizarme por la sencilla razón de que el guión pertenece a uno de mis mejores amigos. Sólo puedo decir que es un filme tramposo, desarrollado en función de una sorpresa final que privada de todo dinamismo y que se pierde en la desidia debido a las interpretaciones más pavorosamente ignominiosas de la historia del cine español. Goya Toledo parece actuar en un constante anuncio de detergentes, torpe en sus alocuciones, incapaz y nula, dejando claro que ha realizado una de las peores actuaciones vista en los últimos años.
Para no ser menos, Óscar Janeada perpetra su inútil talento con una retahíla de dejes de baja estofa absurda, de macarra poco convincente, casi risible. Una irrisoria labor a la que no es ajeno Nancho Novo. Más allá de todo lo negativo que se puede decir de ‘Somne’ (ofensiva por momentos), la verdad es que lo peor es que la película parece un concurso en el que gana el que peor actúa. Y todo salen victoriosos ex aequo. Una pena porque, en el fondo, el propósito de este ineficaz ‘thriller’ era aportar algo diferente; un ‘thriller’ a la española cuyo resultado es erróneo, poco menos que improcedente.
Por otra parte, la presencia de Quentin Tarantino despertó la curiosidad y la exaltación del fenómeno ‘fan-freak’ entre todos los presentes (incluyéndome a mí, que me acerqué a observar de cerca al creador más aclamado del cine contemporáneo). Asistió por tercera vez al festival. Todo el mundo le quiere, le jadeó, el aduló, le vitoreó y éste, además de aspavientos con su jeta de enloquecido freak disfrutando del momento compartió su momento de gloria con el director Eli Roth (director de 'Cabin Fever') y el especialista de ‘make up’ Greg Nicotero, a los que se unió la sugerente Barbara Nedeljakova para dar paso a ‘Hostel’, un desparrame ‘gore’ alentado por un público entregado a la figura de Tarantino, pero sin pararse a pensar que lo que estaba viendo era auténtica inmundicia cinematográfica...
(Hay dos periodistas muy mal educados detrás de mí, que me están levantado dolor de cabeza y tengo que tomarme un respiro y echar una mirada asesina. Aquí es lo normal debido los berridos que hay en este espacio al que, ridículamente, se da en llamar Sala de Prensa).
...Sigo...
Decía que no, que la película de Roth se sustenta en dos partes delimitadas en instintos primarios del género: ración de tetas y algo de sexo y mucha violencia. Puede parecer divertido, pero exceptuando un par de ‘gags’ en la frenética historia de tres adolescentes en su periplo de aspiraciones sexuales en Eslovaquia que viven una pesadilla de lo más sangrientos. Pretendidamente gamberra, con aspiraciones de incorrección política y un halo de inmoralidad que sin embargo esconden un exangüe guión aburrido y reiterativo con un consejo para los yanquis: viajar por Europa para follar y beber, en la actualidad, es un peligro.
Por último (y por destacar lo “importante”) ‘Flightplan’, de Robert Schwentke, es una película comercial al uso que narra la desventura de Kyle Pratt, una aguerrida ingeniera que se enfrenta a su peor pesadilla cuando su hija de seis años, Julia, desaparece sin dejar rastro durante un vuelo entre Berlín y Nueva York. Desde ese momento, ni siquiera los personajes se creen lo que va desfilando por un guión vacío que aspira a mantener en tensión al espectador. Consiguiéndolo hasta el la hora y ocho minutos cuando, agotados todos los recursos del género y del avión de lujo, se desvelan las cartas y todo se va desinflando, decayendo letárgicamente. Sólo destaca una Jodie Foster que vuelve a poner de manifiesto que es una de las mejores actrices de la historia del cine moderno con un papel en apariencia desvanecido de trascendencia al que la actriz logra dotar de unos matices que lo transforman en el recital de la película.
Mañana, ‘La novia cadáver’, de Tim Burton y ‘Tiburón’, de Spielberg. Al menos sé a ciencia cierta que veré una obra maestra.

miércoles, octubre 12, 2005

Sitges desde el Abismo (III)

Al grano, amigos. Y si hay faltas de ortografía es porque he escrito como el Señor Lobo de ‘Pulp Fiction’. Es decir, a toda hostia.
De ‘Sympathy for Lady Venganze’, el último y esperado trabajo de Park Chan-Wook y que cierra la trilogía sobre la venganza, se pueden decir muchas cosas; la primera, que está a la altura de sus antecesoras ‘Sympathy for Mr. Venganze’ y ‘Oldboy’ en su exposición de un desagravio planeado con animosidad y probidad, la venganza de una mujer que expía sus pecados en la cárcel para salir con un solo objeto en mente: vengarse del hombre que la separó de su hija y hacerle pagar por todos aquellos años que ha pasado encerrada por un crimen silenciado por un interés mucho más importante que su propia libertad. Chan-Wook no renuncia a su aguardado lirismo, ni a ese perfecto manejo musical armonizado con sus duras imágenes (aquí mucho más emocionales que explícitamente violentas), pero sin deponer su impetuoso discurso sobre las justificables motivos que devienen inhumanos debido a un resentimiento irrefrenable, al castigo imputado en cualquier venganza que se precie. Sobria, de hermosa belleza estética y con un desarrollo que va estableciendo una espiral sinfónica convenida como una triste tragedia maternofilial, ‘Sympathy for Lady Venganze’ es el testimonio demostrativo de que Chan-Wook es un experto en la indagación que provocan el perversión retorcida de los conflictos morales sobre la conciencia del pecado y la reivindicación de la humanidad perdida.
Al contrario que en ‘OldBoy’ o en ‘Sympathy for Mr. Venganze’, no se trata de otra consumación de la venganza, frugal, meditada e identificativa en su crudeza y pragmatismo, ésa parte de expiación de la culpa se materializa aquí por medio del castigo menos perverso pero más impactante, fundamentado en su sustitución del egoísmo individual provocado por la satisfacción resentida por un repartimiento colectivo que, a priori, es el eje sobre moral sobre el que se sustenta esta fantástica cinta que yerra en la prolongación innecesaria de la película, ataviando la expiación redentora con un erróneo efluvio onírico y fabulesco, narrando el cierre como un cuento sentencioso y estético.
Asistimos a la estratosférica y calamitosa feria de inopias infantiles de corte fantástico y baladí de Ta de proporciones de Takashi Miike, ‘The Great Yokai War’, que fue muy bien recibida por los múltiples ‘fan-freaks’ seguidores del cineasta oriental, y tomada a guasa por los restantes asistentes a este lisérgico viaje de Tadashi, un niño retraído que, a través de una soporífera aventura, contará con la ayuda de toda una retahíla de espantajos procedentes del folclore nipón representados aquí en un ridículo festival de máscaras de carnaval, homenajes alegóricos, al cine occidental de los 80, al cómic, a la era ‘Digimon’, a Pikachu, a los Transformers, al manga... Todo, con un excéntrico sentido del humor cochambroso que parece sacado de una noche de alcohol, alcaloides y cocaína en ingentes cantidades que de un guión convencional. Una película que se mueve entre la fascinación por lo exótico de esta nimiedad infantiloide y lo insufrible del experimento. En definitiva, y para que nos entendamos: una gilipollez como la copa de un pino que ni siquiera evita del desastre la actriz Chiaki Kuriyama (la Go Go Yubari de ‘Kill Bill vol. 1’), en un rol torpe y sin fundamento. Una oda al poder las judías, queridos niños.
Por lo demás, dos piezas que me han entumecido hasta ese sueñecito que te traspone en brazos de Morfeo; la taiwanesa 'El sabor de la sandía (The Wayward Cloud)', de Tsai Ming-liang, película infame donde el agua, el sexo, la vida y demás es sustituida por el sabor dulzón de la sandía (tampoco puedo contar más porque me salí en su mal coreografiado número musical) y adptación de la novela ‘La tempestad’, obra subvencionada hace tiempo a De Prada por la Universidad de Salamanca –el escritor iba y volvía a Vanecia con dinero universitario- que no logra encauzar en algo interesante Tim Disney con esta historia de ladrones de arte que negocian en la sombra del mundo de las falsificaciones de arte. Un fláccido telefilme de sobremesa que cuenta, además, con la espeluznante interpretación de Natalia Verbeke (que actúa peor en inglés que la propia Elena Anaya en ‘Frágiles’).
Por cierto, Tarantino está aquí.
Mañana os cuento.

martes, octubre 11, 2005

Sitges desde el Abismo (II)

Podría escribir unas breves líneas de ‘Seven Swords’, la solemne y épica nueva cinta de Tsui Hark, de su aparatosidad, de su lirismo visual, de sus escenas de acción impecables. Pero no puedo. Todo se resume en una palabra: sueño. Me quedé dormido en el pase de la noche y en los pequeños e intermitentes lapsos iba extraviándome en la trama, hasta que decidí irme a dormir. Antes, pudimos asistir en primicia a los dos últimos cortos de Bill Plympton, que recibió el premio Máquina del Tiempo de manos del director de todo esto Ángel Sala (al que caricaturizó en un minuto), dando paso a estos trabajos que exceden los hábitos propensos a su privativo humor socarrón, donde la violencia extrema se asume como un síncope de diversión sin fin.
Hoy llueve. Mucho. Demasiado. Y con el agua en los huesos hemos asistido a ‘Frágiles’, la última de Jaume Balagueró, considerado uno de los grandes estrenos de este festival. Desconcierta comprobar cómo el realizador catalán ha manofacturado un facsímil de sus anteriores trabajos, sobre todo si se compara con ‘Darkness’, su obra más inactiva y falta de fascinación, ajada en su trasfondo argumental y perfecta en su composición formal. En su última película, Balagueró ofrece más de lo mismo; una fotografía de inquietante de absoluta pompa visual, que potencia la atmósfera insalubre en su narración sobre una enfermera (con la tópica traba de un pasado oscuro y negligente) que acude a realizar una sustitución a un hospital infantil de Mercy Falls a punto de ser desalojado. Tras una noche en el siniestro centro médico, al en enfermera percibe, como los niños, una extraña presencia a la que alguno de ellos llaman “la chica mecánica”. Una obra irreprochable en este terreno, captando la inquietud, con la ideal y maléfica tonalidad de luz optimizada para el género. Balagueró es un director de estética, enflaquecido en las demás áreas, pero preponderante de un ámbito visual que domina a la perfección.
‘Frágiles’ no aporta ninguna novedad al género, ni asusta con su efectismo, ni tributa alguna estimulación narrativa en su desarrollo digno de destacar. Todo es fugaz, estático y previsible. Lo más acertado sería señalar este nuevo filme como una reiteración olvidable, de una praxis involutiva que desmerece a Balagueró en su metórica carrera, deslustrando su desarrollo como cineasta en su extraña e inusual progreso fílmico. Ya no nos creemos sus historias, porque nos las sabemos. Por supuesto, sigue dejando claro que su estilo genérico mefítico puede resultar vigoroso, pero lamentablemente es algo que ya conocemos. Balagueró está contando con ‘Frágiles’ la misma historia de fantasmas que todos conocemos, con un estilo que todos conocemos y un final contagiado con sus propios defectos.
Estamos, de nuevo, una película derivativa, que no llega en ningún momento a entusiasmar, perdiendo casi todo su interés cuando el director nos descubre en seguida sus cartas, sin cumplir siquiera el propósito de mantener expectante observando cómo Calista Flosckhart hace lo posible por sacar adelante a su personaje y patentizando que Elena Anaya es tan mala actriz en una lengua extranjera como lo es en la suya propia.
Ha resultado curioso, además, que ‘Shutter’, de Parkpoom Wongpoom y Banjong Pisanthanakun, trate el mismo tema que la película de Balagueró con su reflexivo discurso de fantasmal objetivo en el cual los espectros perpetúan su presencia por lazos afectivos de oscura naturalidad en su propuesta; la historia de una pareja que tras atropellar a una joven y darse a la fuga (nada que ver con Farruquito), descubre que se trataba de un fantasma del pasado del chico, que aparece para expiar sus errores en forma de venganza.
Las otras dos películas las comento por encima y en tres líneas, ya que he venido a rehuir del estrés y llevo mucho aquí en la sala de mini-prensa –donde parece que van enmendando errores y han ampliado alguna preeminencia a la prensa que no es la que a ellos le interesa, fundamentalmente, porque se han dado cuenta de que el Auditori no se llena y muchos son los que se quedan fuera-).
‘Citizen Dog’, de Wisit Sasanatieng, una grotesca comedia a medio camino entre ‘Ameliè’ (filme del que extrae su estructura interna y narración en ‘off’ impersonal) y una fastuosa producción musical 'made in Bollywood' que, con algún ‘gag’ gracioso, se pierde en su insustancialidad con simpatía, sin trascender utilzando un colorido excesivo y chillón con números musicales, amores surreales y deficiencias varias. Una chorrada, vamos.
Y ‘The Jacket’, de John Maybury, ‘thriller’ de itinerario temporal y viajes en el tiempo tan artificiales e insólitos como que un hombre acusado de un asesinato que no ha cometido aparezca encerrado en un psiquiátrico con pérdida de memoria y la vaya recuperando a partir de unos viajes en el tiempo a través de su descolocada memoria. A priori tiene gracia, pero la resolución de su estrafalario mecanismo discursivo termina poniendo en ridículo cualquier atisbo de atracción. Eso sí, Keira Knightley está de muy buen ver con su cambio de ‘look’, Adrien Brody se mete en el personaje poniendo cara de no enterarse de nada, preponderando unos secundarios tan eficientes como los son Kris Kristofferson y Jennifer Jason Leigh. Producción de George Clooney y Steven Soderbergh tenía que ser.
En otros terrenos, entrevista estrella con afamado director (de próxima aparición en el Abismo), majestuosas comidas, benignidad conyugal y la progresiva acomodación a lo que aquí se ofrece.