lunes, 4 de abril de 2005

La enajenación mental de 'Spider', de David Cronenberg

Crudo descenso a los infiernos de la locura
Cronenberg ofreció en 'Spider', con su personal e inquietante estilo, uno de los más angustiosos ejercicios sobre una mentalidad aturdida por el sentimiento de culpa.
El sombrío mundo de la esquizofrenia, de la sensación de irrealidad, de vivencia en mundo paralelo y de la condición de mero espectador ante la representación teatral del mundo es el punto de partida de la tormentosa ‘Spider’. Partiendo de esta dura enfermedad mental, la película de David Cronenberg, muy cercana a los conceptos vitales de su obra maestra ‘Inseparables’, se centró en los miedos de un ser acomplejado, un marginal psíquico que vive en un mundo de caos emocional que complica con su trastorno un enigmático caos, confundiendo percepción objetiva e invención.
Desde una perspectiva triste y lóbrega, tal vez demasiado fría, se narra el tortuoso descenso a los infiernos de la locura de Dennis Cleg, un esquizofrénico débil y mortificado por un sentimiento de culpa ante el recuerdo del asesinato de su madre a manos de su padre y una prostituta de barrio. Dado de alta en el manicomio y alojado en un hospicio de tránsito en el East End londinense, Cleg volverá a su pasado para enfrentarse a la verdad de su propia paranoia. Con este desapacible comienzo, ‘Spider’ trata con brío y dureza una obsesión enfermiza, la disfunción de un personaje ambiguo y frágil que vive angustiado con síntomas de un tortuoso complejo de Edipo confuso, en el que el odio y el miedo se mezclan con su propia y privativa realidad. La fragilidad del personaje creado por Patrick McGrath se concentra en el desvarío de una aprehensión de desdoblamiento exterior en las mujeres que amenazan su quebradizo mundo, simbolizando en esa sostenida tela de araña que representa la película, los miedos y la inconsistencia de su mente. Un laberinto que representa una vida rota por el sentimiento de culpa en un tiempo fragmentado por la búsqueda de un atroz suceso.
Cronenberg abandonó de este modo su sempiterna obsesión por lo orgánico y la ‘Nueva Carne’, pero sin desligarse de la característica metamorfosis que adoptan sus enfermizos e inquietantes personajes. ‘Spider’ es un perturbador puzzle de fantasmas del pasado que siguen aterrorizando en el presente, donde la memoria enferma de los propios errores concibe un cenagoso y oscuro mundo imaginario en el que la realidad alternativa sirve para ocultar terribles secretos. Un puzzle representado en un cristal fraccionado, semejante a la tela de un arácnido, al que le falta una pieza, un recuerdo que no es más que la clave encubierta de la demencia y que es necesario para asumir la propia alineación.
Narrada desde una turbulenta perspectiva en primera persona, la dualidad de Cleg/Spider nos ofrece uno de los más angustiosos ejercicios sobre una mentalidad aturdida, cercenada por la alteración de una memoria incomprendida. A través de los ojos del ‘niño-adulto’ asistimos a una extraña insubordinación edípica donde el elemento maternal adopta el rostro de cualquier amenaza. La ambigüedad con la que el cineasta canadiense altera los tiempos en la historia confluye en una agobiante y nebulosa fantasía de irrealidad y enfermedad, uno de los rasgos distintivos de la obra de este creador. Dejándose llevar por un fondo existencial lleno de dudas que adoptan un protagonismo definido por la debilidad mental, en ‘Spider’ la turbiedad y la metáfora materna de la araña y sus huevos se vincula a un problema de identidad, donde el miedo y la locura confunden pasado y presente.
Bajo una estética depauperada con tonos ocres y marrones creada por Peter Suschitzky que imponen un ambiente sórdido y triste, mísero y sucio, Cronenberg tejió uno de sus filmes más inaccesibles, un filme sobre la existencia y pérdida de la cordura en un mundo desequilibrante y amenazador en el que su contexto mugriento y desidealizado no es más que la representación de una vida alineada en la locura provocada por la culpa no reconocida. En estos dominios de repulsa y amargura, acompañado por la indispensable y tétrica música creada por Howard Shore, brilló con luz propia el talento y la difícil composición de un Ralph Fiennes que logró su mejor y más portentosa interpretación en un personaje abrupto al cual supo dotar de austeridad y introspección contrapuesto con la magnífica creación de unos Miranda Richardson y Gabriel Byrne deliciosamente repulsivos. ‘Spider’ es, en todo caso, otro paso adelante, otra extraña y críptica aportación a una de las carreras más personales e incómodas del cine contemporáneo.
PD: Por cierto, hay una anécdota personal que me llamó la atención cuando fui a verla. Imaginad que un abuelo se deja llevar al cine por su nieto de unos seis años. El niño quiere ver 'Spiderman', de Raimi y su venerable viejo se equivoca, introduciendo al chavalín, que esperaba ver una de superhéroes, al infernal mundo de Cronenberg con esta oscurísima película.
Quiero pensar que erraron y fue involuntario, porque nieto y abuelo se quedaron incluso a ver los créditos. Imaginad que el pequeño cinéfilo era un fan absoluto de Cronenberg. Da miedo sólo pensarlo. Aunque, echando la vista atrás, recuerdo haber visto 'Videodrome' con ocho años en el Coliseum, un cine ya desaparecidos de Salamanca.