domingo, 10 de abril de 2005

Apego por 'El Sexto Sentido'

La tristeza melancólica en clave de terror
Es cierto que ‘El sexto sentido’ ha envejecido mal. Pero el recuerdo del primer pase que al que asistí hace un lustro es indeleble. Recuerdo encontrarme con una inolvidable película que irrumpió en un género tan irregular y mortecino como el fantástico. Allí, sentado en la sala compartiendo la sala con cinco personas, sin saber nada del argumento, guardando celosamente mi ignorancia ante este filme, advertí sensaciones que pocas veces he percibido en un cine.
La historia del psicólogo infantil y el muchacho retraído y angustiado que puede ver muertos a todas horas del día sigue teniendo muchos atractivos, como esa buscada ausencia de efectismos y artificios propios del género. Es verdad que el ardid narrativo interviene sustentándose en la imagen, guardando en su final el golpe de efecto, pero más allá del citado declive temporal, ‘El sexto sentido’ sigue siendo un hermoso epítome sobre la muerte, abordándola de cerca, explorando de una forma inconmensurable el amor, la soledad, la incomunicación y el miedo en sus diversas formas y ámbitos, para aportar una concepción temática doliente, angustiosa, en la que la magnificencia de cada plano, de cada gesto de sus personajes (Bruce Willis nunca estuvo mejor) deviene de una innovación que surge de la simplicidad con la que Shyamalan cuenta su relato, colmado de misterio, de melancolía, de temor, nunca de la pretensión de transgredir.
‘El sexto sentido’ me sigue gustando tanto porque discurre en una desidia existencial que la convierte en un drama donde los remordimientos, la desilusión o el desaliento, dejan paso al tema fundamental de la cinta: la muerte, el sentimiento que evoca la tradición filosófica y existencial hacia el pesimismo, el fatalismo que nos ahoga en vida. El personaje del pequeño e impresionante Haley J. Osment encuentra su pesadilla en la capacidad de poder ver muertos que se creen vivos, muertos que vagan por las calles y las casas sintiendo que se han ido dejando algo que hacer, precisamente donde encuentra la clave para zanjar sus miedos y el de los demás, donde está el final más imprevisible de los últimos años.
El filme de Shyanalan, incluso hoy en día, sigue mostrando, eso sí, una envidiable atmósfera mortecina unida a esa actitud ascética que se desenvuelve en un guión que, desde la distancia, se antoja mejorable, pero con ese sedimento de hermoso y estremecedor cuento ‘fantástico-existencial’ eficaz, ejemplar en el fondo y en la sencillez con la que se expone una narración sorprendente, llena de sensibilidad poética (la relación maternofilial es conmovedora), sin renunciar en ningún momento al cine de entretenimiento cargado de recurrentes imágenes escalofriantes que envuelven y aterrorizan al espectador (valga de único ejemplo al esquizofrénico que, desnudo, reprocha al psicólogo su abandono).
La película que lanzó a Shyamalan a la fama es una odisea de tristeza melancólica que expone una particular reflexión sobre el sentimiento trágico de la vida. Es un filme al que le tengo mucho cariño, que siempre me ha costado mucho defender porque a los ojos de los demás está llena de demasiadas irregularidades. Y tal vez sea ahí, en ésa imperfección, donde resida la clave del afecto que tengo por esta cinta que he vuelto a disfrutar esta noche.