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jueves, junio 30, 2005
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Todos los rodajes son duros. Cualquiera que haya tenido la suerte de participar en un cortometraje o una película sabe que tal aserción es cierta. El pasado fin de semana se rodó, como estaba previsto, ‘Corrientes circulares’, el cortometraje bautismal en formato cinematográfico del entrañable y genial Mikel Alvariño, un joven guionista dotado con el asombroso proceder de reconciliar sus historias fantásticas con la realidad que nos rodea, hábil fabulador de emociones y sorpresas, versado conocedor de los mecanismos narrativos capaz para fusionar sin problema, con efectividad y magia, cualquier género. David Acereto, gran tipo y uno de los mejores operadores de cámara y fotógrafos de cine de este país, definió este trabajo concluida la inexorable pero satisfactoria filmación como “un pequeño milagro”, primorosa conclusión que determina cómo se ha llevado a cabo este cortometraje. Y lo cierto es que tiene razón, porque aunque todos los rodajes son distintos, en el mundo del cine existen eventualidades y analogías indelebles que los equiparan; tiesuras, contrariedades, buenos momentos, risas, tensión, inclemencias y, si todo va bien (como ha sido el caso) las ganas de todo un equipo volcado en el proyecto para el producto final salga bien. Era complicado que todo saliera como ha salido. Pero se ha logrado. Y de qué manera.  Viendo el combo una y otra vez, la disposición de los personajes en las estéticas escaleras del edificio de la Calle Madrazos, 24 (punto frecuente de rodajes), ‘Corrientes Circulares’ parece una suerte de exvoto visual, exquisitez narrativa, de pequeño y esperanzador prodigio cortometrajístico. La historia de unos personajes accesibles e identificables, unidos por el destino de un momento mágico inaprovechado, lo tiene todo para alcanzar unas cumbres que ni siquiera Mikel Alvariño se ha planteado. No es el típico cortometraje con cierta pretensión camuflada en la calidad de sus propuestas. La gran virtud de esta pieza de admirable espíritu de sencillez inscrito en el costumbrismo accidental, es el mágico viaje de los pequeños instantes en los que no se dice aquello que puede cambiar una vida. Os aseguro que me he sentido embelesado en muchos momentos del rodaje por un proceso de articulación maestra. Sobre todo en el progreso que se deriva del ensayo con los actores hasta verlos en cámara, rodando y brindando todo su talento a un proyecto considerado muy especial por todos los componentes del equipo. Los intérpretes están fabulosos (Carlos Álvarez -Goya al actor revelación por ‘Solas’-, Ana Gracia, Moncho Sánchez, Mikel Losada,Cristina Pons,Olga Rodríguez, Erik Probanza, Sharay Escobar, Luz Valdenebro, Silvia Casanova y los niños Carmela Quijano (acojonante su capacidad profesional con tan corta edad) y David Orejuela. Una envidia de reparto (gracias a Tonucha Vidal), pero, sobre todo, una envidia de de rodaje.  Sin duda, el resultado de esta expeditiva destreza ha reposado sobre el trabajo de un equipo impresionante, fundamentado en el duro trabajo colectivo, procurando el buen ambiente que ha reinado a lo largo de dos días inolvidables. A excepción de algún que otro imprevisto, lógico si tenemos en cuenta el apremio con que se rueda un corto en cine, el funcionamiento ha sido absorbente, poco menos que portentoso. Un complicado plano de gran angular con ‘steady’, algún que otro lógico enfado, la desorientación del niño vestido de Jedi que (por alguna extraña razón) confundía la marcha nupcial con la sintonía de ‘Star Wars’, el esperpéntico cabreo de algún ofendido vecino bastante ‘freak’ (habrá que reproducirlo en videopost porque es muy mítico), la premura de los horarios y cómo no podía faltar en un rodaje los temidos retrasos (que fueron muy pocos) han sido los únicos y habituales problemas del rodaje de ‘Corriente Circulares’. Lo más positivo desde el punto de vista personal ha sido conocer a unos formidables seres humanos con la sempiterna ilusión del trabajo como única y meritoria recompensa a la confianza de un Mikel Alvariño que puede estar más que orgulloso con esta fascinante experiencia que está siendo ‘Corrientes Circulares’. Desde el hiperactivo equipo de fotografía (hay que destacar a esa bestia humana que es Álvaro Carla con su 'steady cam') comandado por el deslumbrador Acereto, la gran labor de David Montoya, Mónica Romera, Israel González y la eminente A.D. siempre al lado del director, Jorge Alvariño, con su cámara que reproduce fotos automasturbatorias, el gran Fco. Javier Ortiz Fulton en sonido (trascendentales sus digresiones sobre ‘Episodio III’), las entrañables Helen Vilabrille y Ainize Arrieta y sus chicas de vestuario y maquillaje respectivamente,Javi Alvariño y ese ‘crack’ de la vida y el humor que es Joaquín Pérez hasta llegar Miguel Anaya, Alberto, Néstor y demás equipo de producción. Todo ello puede sonar linsojero y encomiástico (bonita palabra), de amiguismo barato y adulador, pero es que es cierto, han sido dos días para enmarcar.  Yo, por mi parte, he empleado mi tiempo en lo que suelo hacer durante mi vida entera: observar curioso, con cautela para no perderme nada, vigilando de forma enfática todos y cada uno de los movimientos que he recogido con mi Mini-DV; las miradas, los gestos, las conversaciones, escuchando cualquier interlocución, analizando personalidades, inquiriendo en la profundidad del rodaje, con la ventaja de no tener una obligación más que la de grabar todo aquello que sucediera. Y, en el transcurso de ello, poder congeniar con muchos de los miembros del rodaje a los que ahora considero amigos y parte de mi vida. Dos imperecederos días que acrecentarán su importancia cuando el cortometraje se estrene, cuando todos podáis ver una pieza consignada a alcanzar cotas muy grandes. Os lo aseguro. Sólo espero volver a repetir una experiencia tan gratificante como la que ha sido poder llevar a cabo el ‘making of’ de un trabajo mitológico. Por último, no quiero olvidarme de saludar a "Los Mindundis" (grandes seguidores del Abismo) y en especial a esa quimera femenina que es Adela Gutiérrez, más conocida por todos como A.D. Y desde este resquicio de locura cinéfila desearle la mejor de las suertes a Juanma Pachón, que empieza mañana su ambicioso y espectacular cortometraje en 35 mm. 'McGuffin', una pieza que dejará con la boca abierta a aquellos que crean que los cortos españoles no pueden ser pirotecnia a lo grande, en estado puro, con dos cojones.
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miércoles, junio 29, 2005
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Leyendo esta mañana las noticias de IMBD Pro me he topado con la noticia de la prematura muerte de Domino Harvey, que ha sido encontrada muerta en extrañas circunstancias este pasado lunes en la bañera de su lujosa residencia del West Hollywood a los 35 años de edad. Según el teniente Don Mauldin, responsable de la investigación, “no ha habido indicios de suicidio por arma (que era el primer rumor) así que habrá que esperar a las pruebas de toxicología para ver si la ingestión de drogas ha sido la causa”. Harvey se transformó en un insólito icono de la rebeldía cuando hace más de una década pasó de capitalizar su atractivo para la prestigiosa agencia de modelos Ford como espectacular maniquí a convertirse repentinamente en una aguerrida cazarrecompensas, dejando atrás todo el mundo de glamour y la riqueza de su profesión para sostener imponentes armas automáticas y negociar con díscolos maleantes de mala muerte. Hija del actor Laurence Harvey (que protagonizó ‘El mensajero del miedo’, de John Frankenheimer) y una de las modelos más importantes de su época, Domino Harvey ha estado en boca de todo Hollywood últimamente, ya que esta extravagante historia ha sido el argumento que Tony Scott ha elegido para su próxima película ‘Domino’ (pendiente de estreno este mismo verano), con guión del director de ‘Donnie Darko’ Richard Kelly. La cinta, englobada en el género de acción gira en torno al secuestro de un anfitrión televisivo de ‘reality shows’, al que la indomable Domino se ofrece a rescatarlo con sus colegas guerrilleros Ed y Choco (Mickey Rourke y Edgar Ramirez), dando pie a introducirnos en su sorprendente historia. Keira Knighley da vida a Domino, acompañada de los citados actores y un reparto que completan Mena Suvari, Christopher Walken, Delroy Lindo, Lucy Liu y el regreso de Jacqueline Bisset a una superproducción interpretando a la madre de la mocosa malcriada. Domino Harvey hace un pequeño cameo en una película que, tras los últimos trabajos del pequeño de los Scott, es una producción bastante esperada por los aficionados al género. Para ampliar un poco más la trayectoria de la Harvey, ésta fue arrestada el 18 de mayo de este mismo año por posesión de drogas y puesta a disposición de la justicia de Los Angeles. Un triste final que a buen seguro no recoge la película de Scott, pero que le hubiera dado ese insólito halo de romanticismo que proponen estos funestos desenlaces.
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Con cierto retraso y faltando por motivos de fuerza mayor a la ineludible cita del domingo con los ‘spots’ de David Fincher, aquí tenéis otro espléndido trabajo publicitario que el cineasta creó hace no mucho tiempo para la empresa informática Hewlett-Packard, multinacional con la que Fincher ha desarrollado tal vez sus anuncios más experimentales. Para la campaña de ‘Change + HP’, un lanzamiento tecnológico destinada a corporaciones mercantiles para ofrecer informática sincronizada, Fincher recrea con un pequeño paseo de un ejecutivo que se dirige al ascensor después de su trabajo con una composición visual de cambio temporal directamente aplicada al personaje y su entorno. Así, en el trayecto se alterna la transformación en el vestuario, la gente que permanece a su alrededor, el día, la noche, los distintos momentos cambiantes incorporados en un solo plano. El virtuosismo de la innovación en ideas directas, efectivas y sorprendentes siguen siendo las grandes virtudes de un Fincher habituado al medio publicitario. PD: He llegado agotado hasta la extenuación (física y mental) de un dilatado e inolvidable fin de semana que procuraré plasmar como bien pueda mañana mismo.
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viernes, junio 24, 2005
Bueno, amigos del Abismo, este fin de semana desconectaré mi vida internauta (por fin) para involucrarme de lleno en el rodaje del cortometraje cinematográfico ‘Corrientes circulares’, dirigido por Mikel Alvariño, el co-guionista de ‘The Birthday', película de culto que pronto se estrenará en las pantallas de toda España y que tanto ha dividido a los privilegiados que han tenido la oportunidad de verla. Se trata de un cortometraje sencillo, costumbrista, pero mágico en su hermosa exploración de la infancia, la adolescencia, la madurez y la vejez, todo unido por momentos perdidos, los que origina el destino, aquéllos en los que se quiere decir todo y no se dice nada. Y allí estaré, en primera línea de fuego, grabando imágenes, sensaciones, entusiasmos, tensiones, puro cine, para el ‘making of’ de esta pieza que, a buen seguro, se convertirá en un corto de referencia en la próxima temporada. Un fin de semana que deparará otro evento único e ineludible; el pase en el Circulo de BB.AA. de ‘El Pisito’, la rotunda obra maestra de Marco Ferreri con la posterior presencia de uno de los mejores guionistas de todos los tiempos, Rafael Azcona y de su pupilo aventajado en la capacidad de bucear en el humor negro de nuestros errores humanos, el ilustre Álex de la Iglesia. Un fin de semana de reencuentros y de distensión de esta weblog que me tiene extenuado. Así que el miércoles 29 volveré con más información, historias, chismes del absurdo y mucho más de lo que soléis encontrar aquí, es decir, enajenación mental en pequeñas dosis de neurastenia cultural desordenada. Saludos y sed felices.
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El génesis del superhéroe Christopher Nolan reformula el mito de Batman relegando cualquier influencia antecedente para indagar desde su inicio en el germen y nacimiento del mito. Posiblemente sea Batman el superhéroe que más se ha transformado a la lo largo de casi siete décadas en todas y cada una de las versiones que ha visto en las páginas de cómic. Desde que en mayo de 1939 naciera de la pluma de Bob Kane en la revista de historietas Detective Comics, el hombre quiróptero ha pasado por muchas y distintas fases que han ido desde el colorismo ‘kistch’ que se apoderó tras la proclive etapa de Kane en sus primeros números (incluyendo la ridiculización de su reciclaje televisivo) hasta el paso de Denny O’Neil y Neal Adams restableciendo la divinidad del héroe, pasando por una nueva decadencia en la era de Steve Englehart y Marshall Rogers hasta llegar el oscurantismo que vivificó la leyenda con el dúo Frank Miller y David Mazzuchelli e incluso Alan Moore que acentuaron el lado más oscuro del personaje y que fue, sin duda alguna, el germen utilizado por Tim Burton para su dos primeras películas sobre Batman adulterado después por Joel Schumacher y sus melindrosas y acuarelistas versiones de trasfondo ‘filogay’ que pese a su fulgor de colores y espectáculo no llegaron a convencer al devoto seguidor del héroe. ‘Batman Begins’ congrega una parte de esos variaciones acaecidos a lo largo de su ya extensa vida tebeística para empezar de cero, desde el rudimento del personaje y sus planteamientos, trazando un héroe que surge desde con un nuevo prólogo iniciático en un viaje a través de los desequilibrios interiores de un Bruce Wayne que acomete su tormentosa metamorfosis en el superhéroe alado vadeando su sentimiento de culpa, sus pesadillas infantiles y adultas para llegar al conocimiento de sí mismo y poder enfrentarse a todos sus demonios. Por tanto, ‘Batman Begins’ no es otra secuela más o una precuela, sino que, como bien deja claro el título, se alude a un nuevo comienzo del mito. Lo que importa aquí es reedificar la historia, retomando sus peanas narrativas para conseguir mediante su buscado revisionismo de tono reverencial llegar a un nuevo Batman que alcance la personalidad suficiente como para olvidar a sus predecesores. Un propósito que Nolan obtiene a las primeras de cambio.  La historia de ‘Batman Begins’ es una compilación de muchos cómics, acoplando diversas subtramas de sus páginas, pero envolviendo en su espíritu la esencia de ‘Batman: Año Uno’, de Miller y Mazzuchelli. Así encontramos a un joven Wayne en una cárcel perdida tratando de comprender cómo y de qué manera funciona la mente criminal con la utópica idea de impartir justicia entre los delincuentes. La aparición de Ducard y de su prelado Ra’s al Ghul será fundamental para el autoconocimiento de Wayne, que acabará por templar su ira y ansias de venganza obteniendo en el camino un dominio de las disciplinas físicas y mentales que le otorgarán el poder para combatir el mal que ha jurado destruir. En su regreso a Gotham City, Wayne creará el mito, la oscura figura justiciera necesaria para frenar la delincuencia y corrupción envilecida; el nacimiento de Batman. Es la trama utilizada para una efectiva edificación emocional en torno a Batman, a sus motivaciones por medio de secuencias retrospectivas a modo de ‘flash backs’ que determinan esos traumas, su especial relación con los murciélagos y su sentimiento de culpa por la muerte de sus padres. Una historia consabida por todos, pero que se aleja de la infantilización del personaje para ajustarse, pausadamente, sin prisas, en la fabricación psicológica de un rol cuya concepción especial de la sombría y desconocida naturaleza del ser humano supone en ‘Batman Begins’ el soporte sobre la que narrar la evolución del Señor de la Noche. De ahí que hasta pasada una hora, Batman como héroe físico permanece oculto, moviéndose los condicionamientos del drama en el engaño y la teatralidad, armas muy poderosas (como bien afirma el personaje de Neeson), poco heroicas, pero necesarias para llevar a cabo la historia que Nolan y David S. Goyer quieren contar en un tono discursivo inquisidor de los fantasmas que persiguen a Bruce Wayne para revelar el nacimiento del superhéroe.  No anda muy lejos este Bruce Wayne/Batman del amnésico Leonard Shelby de ‘Memento’ o del desvelado Detective Will Dormer de ‘Insomnio’, personajes a los que al igual que a Batman se les confirió un más que interesante tratamiento psicológico por encima de la acción, en especial en lo que respecta a la ubicación e identidad del protagonista. Nolan logra la imposible consecución de que un drama funcione además como entretenimiento tiznado de ‘mainstream’ con conceptos tan arriesgados en este tipo de filmes como puedan serlos el fatalismo y el sufrimiento, asumiendo el artificio para indagar la parte más oscura de sus personajes. En ‘Batman begins’, por tanto, prima más la elaboración del mito que la visualización de su combativa actitud contra unos villanos que se presentan como amenazantes, peligrosos, debido al tratamiento realista con que se exponen sus intenciones destructivas. El naturalismo con el que Nolan ha dibujado Gotham City, que olvida el goticismo para enclavar su estética a un entorno más barroco y expresionista, reflejo de la intención de cambio iconográfico hacia algo más gélido y menos esteticista, aporta a la película un firme compromiso con el realismo, con la verosimilitud que relega los efectismos, el ‘Bat-móvil’ y demás artefactos en beneficio de la oscura y turbulenta personalidad de la leyenda. Incluso la 'Bat-Cueva' está definida como una caverna acuosa e indefinida, sin alarde ornamental.  A pesar de su convencionalismo y algún que otro problema en determinadas secuencias de acción (como la que origina la persecución con el ‘Bat-móvil’), destaca la vivacidad en el tratamiento de los personajes secundarios, capaces de ser definidos con apenas un par de diálogos y apariciones, algo equivalente a lo que sucedía en ‘Batman:Año Uno’. Si bien es cierto que los oscuros rasgos del personaje de Ra’s Al Ghul se enfatizaban de forma más compleja en el cómic (dibujado como un ser inmortal de varios siglos de edad), el trabajo de integración de la iconografía de Batman parte de una labor más que plausible. No falta nada; ni el Arkham Asylum, ni psiquiatra psicópata Jonathan Crane “Espantapájaros”, ni la relación que se establece entre el Teniente Gordon y Batman, ni ese trasfondo de corrupción política que impregna la ciudad. Todo inmerso en una trama donde sus historias adventicias terminan por resultar completas e integradas en el total de una función sorprendente y antropológica en la genealogía del quiróptero humano. Técnicamente, ‘Batman Begins’ es un acopio de virtudes en su búsqueda del necesario éter ambiental y moral de siniestro calado, de confusa austeridad, subrayándose el hegemónico trabajo de diseño de Nathan Crowley sobre todo en su dirección artística, la oscuridad panorámica impuesta por un inspirado Wally Pfister en la fotografía y la prodigiosa partitura al alimón de dos los prestigiosos James Newton Howard y Hans Zimmer. Mención a parte merece un elenco de estrellas encabezadas por un Christian Bale que aporta al personaje la fuerza necesaria para acreditar la tortura interior ensamblada a la capacidad física de un actor camaleónico. El resto del impresionante reparto es un desfile de estrellas de primer orden que responden a lo que se puede esperar de ellos; Michael Caine, Morgan Freeman, Tom Wilkinson, Cillian Murphy, Ken Watanabe, Rutger Hauer, Liam Nelson (encasillado en sabio instructor) e incluso un convincente Gary Oldman (que evita su histrionismo perfectamente) y una Katie Holmes que se deshace de su personaje búcaro para darle una mayor intensidad a su rol en cuanto tiene oportunidad.  Los posibles reproches que se puedan imputar a ‘Batman Begins’ tal vez provengan del exceso de metraje derivado muchas veces de los momentos de alivio de la acción y sus infructuosos toques de humor, alguna que otra secuencia de acción y una indolente relación de amor que formula parte de estructura formal en el duelo que se revela de la identidad secreta y la del superhéroe, en esta parte de relación amorosa que encuentra la imposibilidad de concretarse. También es reprensible la excesiva frialdad que domina sobre el fondo narrativo, un elemento que viene siendo habitual en el cine de Nolan y que aquí se ajusta bien a determinadas partes de la historia (aquellas en las que se forja el mito), pero que en otras acaba forzando algunos momentos dramáticos. Pero Nolan sabe manejar la función con un dominio total sobre sus actos, envenenando la atmósfera con ese lánguido pulso que hacen de ‘Batman Begins’ una magnífica película. Nolan obtiene con su talento la oscurísima consecución de observar al héroe vencer a los demonios propios y de ser capaz de ponerlos contra los demás. Una gran película que bien podría definirse como la mejor adaptación de Batman. Eso sí, sin desmerecer la gran creación del mito que reflejó en sus dos películas un insuperable Tim Burton. Miguel Á. Refoyo © 2005
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jueves, junio 23, 2005
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Es una gozada levantarse por la mañana con resaca, totalmente destilado por el sudor que se pierden en estas noches de verano inextinguibles, darse una ducha de agua bien fría, desayunar un zumo de naranja helado, un par de huevos y bacon, bajar a comprar y descubrir que ya está en tu kiosko el último número de ‘Dirigido por…’, incluyendo algunos de los reportajes y críticas más interesantes de los futuros estrenos veraniegos. La revista de lectura obligatoria presidida por Ángel Fabregat contiene, además de una extensa crítica (minada de ‘spoilers’) de ‘Sin City’ un dossier especial de ‘Superhéroes del cómic al cine’, con la genealogía y desgloses de cintas que han pasado de ser papel de cómic a celuloide, una moda infecciosa vista la poca capacidad de generar nuevos guiones que tiene Hollywood. A su vez podemos leer las críticas de ‘Sexoadictos’, ‘Kung Fusión’, ‘La dama de honor’, ‘Star Wars. Episodio III’ y ‘Gerry’, entre muchas otras, así como un repaso a esas dos obras maestras de nuestro cine que son ‘El pisito’ y ‘El cochecito’, ambas de Marco Ferreri con guión deRafael Azcona. También se hace un pequeño repaso al ‘Don Quijote’ de Past, pero sin duda alguna destaca en la revista el merecido homenaje que rinden a ese gran señor del terror que es Mario Bava, uno de los cineastas italianos más personales que confinó su perspectiva a un potente barroquismo crepuscular dotado para la narración visual con más capacidades que muchos de sus congéneres más reconocidos.
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miércoles, junio 22, 2005
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Ha llegado el verano, el sofocante calentamiento de cualquier resquicio físico y mental, sin modo de frenarlo. Ha llegado ese calor resbaladizo que impregna y destruye cualquier iniciativa de acción o dinamismo. Pura divagación. El verano me mata, amigos. Esta tarde, cuando he ido a buscar un billete de tren para Madrid (este fin de semana saldré del Abismo a reencontrarme con el mundo real, el de un rodaje cinematográfico a cargo de Mikel Alvariño, que se pone tras las cámaras tras muchos años de ausencia) he experimentado una de las situaciones más ridículas que recuerde en mucho tiempo. La estación de Salamanca, edificada en una estructura arquitectónica impresionante, está reconvertida a su vez en un centro comercial. Esta ventaja tiene algunos provechos, el principal, son las siete salas mejor acondicionadas de la ciudad, los cines Premiere Megaplex, donde se ubica la sala de proyección más grande de la provincia (274 localidades). “¿Y para qué me cuenta este demente todo esto?”, os preguntaréis. También es verdad, pero ya que estoy, prosigo... Hoy he descubierto una estúpida sensación de fruición ambiental, la que se siente ante las puertas automáticas de un centro comercial en el mismo instante en que se abren. En ese momento en se franquea el umbral y se nota el radical cambio de temperatura que provoca el paso de la canícula al intenso frío procedente del aire acondicionado. Ah… qué efímera felicidad transmite ése golpe de aire frío, qué deleite más pusilánime, qué pequeños momentos de la vida. Tanto es así que he entrado y salido varias veces para comprobar este zafral efecto adictivo (y no sé yo si nocivo) como una cobaya en busca de su hedonista recompensa. Estaba disfrutando como un crío, regocijándome de modo impulsivo, saliendo y entrando. Hasta que me he dado cuenta de la amenazante presencia de un guarda de seguridad que ha lanzado su animadversión visual hacia mí. Inmediatamente, he disimulado con torpeza, fingiendo haber olvidado algo, rebuscando en mis bolsillos y saliendo del recinto con gesto adusto y amenazador, por si alguien había advertido mi infantil juego. Por cierto, que he aprovechado mi paso por el centro para comprar la entrada de ‘The War of the Worlds’. Cuando la chica me ha preguntado qué fila quería y he seleccionado mi butaca habitual, me he sentido un ‘freak’ al descubrir que a una semana de su estreno éramos muy pocos los que nos habíamos acercado a la taquilla para obtener nuestro ticket anticipado. En fin, una historia sin enjundia. Lo sé. Os contaría algo más interesante. Pero vivo en el ostracismo del día a día, carcomido por la cotidianidad. Qué se le va a hacer. De hecho, hace nada estaba ultimando la crítica de ‘Batman Begins’, pero el aplomo se ha apoderado de mí y he desistido, damnificado por el ahogo encontrado en este maldito bochorno. Mañana será otro día, que dicen los perezosos. Me voy a tomar unas cervezas bien frías.
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Después de haber estrenado la serie sin previo aviso, cambiándola de semana para emitirla tras la final de Roland Garros conseguida por Rafael Nadal, tras de un vaivén de horas en las que hemos tenido que soportar inacabables resúmenes que han tenido como único propósito inflar el horario de parrilla para favorecer sus intereses televisivos, la Primera de TVE, la televisión de todos pero de unos pocos, traslada ‘Lost’ a la noche de los jueves, en horario de máxima audiencia (‘prime time’ para los entendidos). Este cambio se producirá a partir del jueves 30, coincidiendo con el estreno de 'Operación triunfo' en Telecinco, para hacer así competencia al cansino programa de futuras y paupérrimas estrellitas de la música pábulo del fracaso a corto plazo. Por momentos ha habido tensión entre los que (como es mi caso) son adictos a la magnífica ‘24’, la mejor serie que ha pasado en mucho tiempo por la pequeña pantalla, debido a que también comparte día de emisión con ‘Lost’. Pero lo que parecía una nefasta desventura ha confabulado los elementos sobrenaturales para que las noches del jueves pasen a ser la panacea para los fans de ambas series, un erial de diversión y emoción asegurada en una extraña providencia divina. Eso sí, temporal, porque en breve las dos series coincidirán en horario y número de capítulos. De momento, si no lo cambian a capricho de mejores intereses (algo bastante factible), los jueves quedarán establecidos con la siguiente carambola: - A las 22:00 en La Primera, Un nuevo episodio de ‘Lost’ (que sigue en programación con otro de ‘Al filo de la ley’ hasta que termine su temporada, lo que concedería un doble capítulo ‘Lost’). - A las 23:00 en Antena 3, la cuarta temporada de ‘24’ (precedido de la exitosa ‘Sin rastro’ que cuando termine dejará dos raciones de ‘24’). Y después, en La 2, ‘Días de cine’. Eso sí, siempre que respeten los horarios, porque hablando de televisión es un hecho muy improbable. ¿Alguien da más? ¿Quién quiere ver 'Operación Triunfo'?
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Ocultos tras el antifaz “Es la mirada que no mira y mira” aseguraba Octavio Paz haciendo alusión a las máscaras. La máscara como símbolo cultural, la ocultación de la identidad mediante otra representación del otro ‘yo’ de la misma persona, ha sido usada desde los tiempos más remotos. La máscara permite asumir otra fisonomía, una diferente de la propia, la máscara oculta y devela al mismo tiempo, encadenando pasado y presente, como extraños eslabones dentro de la composición de las culturas y sus mitos. El antifaz es un eufemismo ambiguo de la dualidad humana que se enlaza con aquellos ritos que permiten ocultar incógnitas personales, atemorizar, impartir justicia, enmascarar venganzas y, metafóricamente, como fondo común, el hecho de manipular mediante la apariencia, que es la máscara más habitual vista en la actualidad: la de los insidiosos políticos que se reparten el poder a lo largo y ancho del planeta. La máscara disfraza la identidad de quien la usa, un fascinante objeto que, ensamblado con el rostro, se adhiere hipnóticamente a los deseos escapistas con cierto halo artístico, el del encantamiento que provoca una libertad impune a las utopías e ilusiones hipodérmicas. Un valor de metamorfosis temporal que a veces es ineludible debido a malformaciones faciales.  Recientemente hemos podido asistir en ‘Star Wars. Episodio III’ a la transformación de un joven ambicioso llamado Anakin Skywalker, convertido en el tenebroso Darth Vader, uno de los iconos cinematográficos más importantes de la Historia del Cine. Como el Mago de Oz, como Orson Welles tras su impostura de voz para amedrentar al mundo con ‘La Guerra de los Mundos’, el primer paso para llegar a lograr una desbordada respetabilidad y el miedo de los semejantes es utilizar un efecto de ópera proveído de críptico esoterismo a medio camino entre un Pantocrátor y el rostro de un ídolo multicultural. El gran villano creado por George Lucas, inmortalizado en señorial efigie, metálica y umbría, escondía tras su maldad imperial un padre de familia deseoso de eximirse de sus pecados. Y es que detrás de toda máscara hay una vida, un ser humano que merece la pena ser descubierto. Es uno de los numerosos ejemplos que habitan en los fastos cinematográficos en una galería imposible de referir y que evoluciona a través del cine según la cultura, la época, el pueblo, la espiritualidad, el significado y procedencia de su utilización. Cierto es que en el caso de Vader la máscara (un casco oscuro) le escuda de sus terribles heridas, como también la utilizaron por el mismo motivo personajes como Eric en ‘El fantasma de la ópera’, Christiane Genssier en ‘Ojos sin rostro’, el lacónico ‘Darkman’ o recientemente Edward Norton dando vida al Rey Balduíno IV en ‘El Reino de los Cielos’.  Todos ellos víctimas de un vaporoso aislamiento tras una careta que esconde la monstruosidad devenida en desfiguración de sus rostros. Sin embargo, también existe ese gambox terrorífico para esconder los más bajos instintos que suelen incorporar los temibles asesinos de identidad oculta, que utilizan su anonimato para perpetrar los crímenes más sanguinolentos y macabros. ‘Psycho-killers’, en definitiva, como Michael Myers, Jason Vorhees, Leatherface o el más reciente Ghostface, iracundas bestias humanas protegidas por una máscara que les ha otorgado una condición sobrehumana, de atroces monstruos sin entrañas. En contraposición a esta apariencia prestidigitadora para sembrar el mal con los crímenes como sangriento pasatiempo, existe la fórmula antitética de la máscara, la del superhéroe, tan popularizada en el cine actual debido a la inagotable fuente de las adaptaciones cinematográficas de cómics. Desde el Batman que triunfa ahora mismo en la cartelera (o sus predecesores) hasta Spiderman, como dos de los ejemplos definitorios y verosímiles del ‘dramatis personae’ que denotan con sus trajes o disfraces que ocultan a su vez el cambio de identidad, insoslayable y transmutada, para romper con el estado de insatisfacción interior y propugnar así una lucha contra el mal, pasando por los mitos de una cultura tan nigromántica como la mexicana, donde encontramos a los localistas Santo Enmascarado de Plata y Blue Demon, hasta llegar a ‘La sombra’, ‘La Máscara’, ‘Las tortugas ninja’, ‘Daredevil’, ‘Catwoman’ o la familia de ‘Los Increíbles’, todos han recurrido al antifaz para llevar una doble vida.  Son sólo algunos ejemplos de películas de superhéroes en las que también, por oposición, los villanos aportan con su máscara un toque de confrontación de dualidades, significados en el Joker, ‘El Duende Verde’, Jonathan ‘El Espantapájaros’ Crane o el entrañable Síndrome, perversos antagonistas que bajo su mordaz máscara esconden un perdedor con ganas de revancha social. A este grupo habría que unir al clásico de William Castle ‘Mr. Sardonicus’, interpretado por Guy Rolfe, un hierático sujeto que quedó deforme y forzado a un rictus de sonrisa permanente, sin olvidar, por supuesto, a nuestro nacional Morpho, el comparsa del malvado Dr. Orloff creado por Jess Franco para ‘Gritos en la noche’. Pero no sólo las máscaras imperan en la insondable y maniquea pugna entre el Bien y el Mal a unos niveles de fabulación heroica y mistificada, delimitada a su vez a los superhéroes y villanos de cómic. En un contexto más tangible y terrenal se emplaza su uso a la figura del ladrón, del delincuente de ganzúa o pistola en mano y megalómano plan bajo el brazo en su perseverante tentativa de sustraer el peculio ajeno de los bancos, como Sterling Hayden dando vida a Johnny Clay en ‘Atraco perfecto’, los esbirros de De Niro en ‘Heat’, los ex presidentes de ‘Le llaman Bodhy’, esa olvidada pero fantástica película de Kathryn Bigelow e incluso los barriobajeros irlandeses de la más actual ‘Intermission’. Películas que tienen como elemento común la máscara de carnaval para cometer los robos.  La rama sicalíptica, en la vertiente más perversa y libidinosa, tampoco podía faltar en una galería de máscaras dentro del cine. Acercándonos a un concepto de contracultura sexual, podríamos decir que se ha realizado una rigurosa genealogía de elementos iconográficos y antifaces surgidos del sadomasoquismo y el esclavismo, definidos para la tortura ya sea propia o de la víctima, como elemento de placer insano. Así, todos recordamos al drugo Alex (Malcolm McDowell) de ‘La naranja mecánica’ vejando a un matrimonio bajo las notas de Beethoven o las patadas a un borracho de tripas blep-blep o plañideras bevoshkas para brutales ‘mete-saca’ y aberraciones no menos dolorosas que las aplicadas a la princesa Asa de ‘La máscara del demonio’, de Mario Bava. No anda muy lejos ese tipo de insania enfermiza la que llevaban a cabo los inmundos racistas del Klu Klux Klan en ‘El nacimiento de una nación’, de Griffith, en su confortante afición razzia de exterminio segregacionista o el Frank Booth de ‘Terciopelo Azul’, de Lynch, el cual recurría constantemente a una mascarilla con líquido amniótico para evadirse del mundanal ruido y cavilar así sobre su malsana afición al útero materno.  Las máscaras, al fin y al cabo, no dejan de ser otro recurso que expone una variación moderna y analíticamente psicológica para plantear si la identidad humana es unitaria o múltiple en una época posmodernista donde las identidades múltiples ya no están al margen de la anormalidad. La doble cara social refleja en el cine algo indudable; que los héroes viven una ilusión, la de haber encontrado o emprendido la búsqueda de una identidad más conforme a sus deseos, una identidad que permanecía oculta o frenada por un sinfín de adeudos o límites reales y sociales y que acaban dando como fruto una extraña figura quimérica. La máscara es el recurso que separa lo individual y lo social, simbolizado esto último por un estado, por una familia o simplemente por un antagonista. La máscara es la grafía de la dualidad ambigua que el ser humano lleva consigo.
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martes, junio 21, 2005
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En esta era de extravío imparable fílmico por las adaptaciones de todo lo que se haya creado por parte de la gran industria Hollywoodiense, la última noticia es la traslación de la pequeña pantalla al cine de, nada más y nada menos, que ‘Los Pitufos’, esos asexuados seres de color azul añil considerados por muchas teorías como minúsculos comunistas dedicados a combatir y putear al malvado capitalista Gargamel cuyo líder, Papa Pitufo, simbolizaba ideológicamente un émulo político de Lenin. La película tendría a las criaturas generadas por CGI (algo parecido a lo que hicieron con ‘Garfield’ y Gargamel estaría interpretado por Jeff Goldblum. Lo que ya no se sabe es si el Padre Abraham volverá poner la letra a las canciones ‘pitufas’ de la película. Y no es sólo eso, la esperpéntica noticia anuncia la versión que John Woo planea realizar de ‘He-Man y los Masters del Universo’ y una adaptación de ‘Alvin y las ardillas’. A veces creo que en Hollywood, definitivamente, se están volviendo locos.
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Inteligente gamberrada encubierta en la tontería Cuando muchas veces sale a colación el tema tópico y típico de “las segundas partes nunca fueron buenas”, siempre avanzado la misma película como ejemplo de la ruptura de esta intrascendente diatriba, intrascendentalizando: la secuela de ‘Austin Powers’ es mucho mejor que su predecesora. Y es que incluso en nuestro país fue del todo infrecuente que esta estupenda secuela de la cinta de Jay Roach supusiera un éxito en aquí en nuestro país. No por el hecho de fuera la película que le quitó en número uno a ‘Episodio 1’ en Estados Unidos, sino porque en España la primera parte de esta hilarante farsa detectivesca paso con más pena que gloria, dejando de paso, una de las películas de culto más memorables de los últimos años. En ‘Austin Powers 2: la espía que me achuchó’ se repetía la fórmula de aquella, sí, pero con una salvedad: en las nuevas aventuras del espía británico poco resultaba tópico. Mike Myers (de quien mana todo el torrente cómico de la saga) se ha constituido a lo largo de estos años en uno de esos actores valedores de una estirpe de cómicos míticos, capaces de convertir sus sarcásticas ideas en obras consignadas a su propio servicio y caracterizadas por ésa frescura y transgresión conferidas para despertar del letargo intelectualoide al arrobo cinematográfico que parece rodear el último cine de autor, cuando paradójicamente el cine con el sello Myers responde a ésa conjetura.  Con clara vocación contraventora y gamberra (inestimable en su fascinación estética e histriónica), esta secuela volvió a exhumar la tradición más ‘kistch’ y ‘camp’ del mito de James Bond y su tradición en la línea de la serie B. Lo de que el malísismo más carismático de los últimos años, el pérfido Dr. Maligno, le robara su ‘mojo’ a nuestro (sexualmente) activo héroe y ambos se embarquen en una lucha a través del tiempo, dio la pauta para saber que estábamos ante una película decididamente encomiadora de multitud de géneros prácticamente olvidados por aquel entonces. Puede parecer una estulticia por su condición de vivificadora del cine de ‘gags’, pero ‘Austin Powers 2’ se convirtió en una inolvidable obra de puro divertimento más desaforada y contestataria vista en la beatería del cine norteamericano (ésos excéntricos nombres como María Umpajote, Marifé Lación, Gordo Cabrón...). Por tanto, esta loable y mitigante cinta sigue enfocada a aquellos que siguen manteniendo un espíritu insobornable de incorrección, rebeldía y sana libertad. Una imperecedera muestra de que la comedia tiene otras imperturbables bifurcaciones a las establecidas por la titubeante comedia yanqui.  Sus puntos a favor siguen estando claros: su condición de comedia contracorriente, la presencia (más que sugerente) de ésa belleza perfecta de talento demostrado personificada en Heather Graham, el triple papelón de Myers, las estupendas (y coloristas) transiciones y sobre todo Verne Troyer (del cual no voy a decir que es igualito a mi co-guionista porque se enfada) dando vida al singular e imposible ‘Mini-Yo’, uno de los personajes más antológicos de la última comedia americana. Un logro enaltecedor en los ásperos tiempos críticos que parecían haber depuesto un género que se hizo eximio con este detective sexual y sedicioso.
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lunes, junio 20, 2005
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A lo largo de los años los circos han deambulado por todos y cada uno de los rincones del mundo con sus números de artistas, trapecistas, payasos, domadores de animales y sobre todo una de las atracciones más tremebundas de la orbe circense: los ‘freaks’, personas con todo tipo de malformaciones y peculiaridades, que instigaban al rictus a medio camino de asombro y repugnancia, en el fondo intriga, de los asistentes a este tipo de evento tan popularizados hace décadas. He aquí una colección de afiches de este tipo de circos de variedades que transitaron por Europa allá por los años 20 y 30.
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Posiblemente este sea uno de los ‘spots’ de David Fincher más reconocidos y a su vez uno de los más logrados del director de ‘Panic Room’. Laureado trabajo para Coca-Cola bajo el título ‘Blade Runner’s Coke', el anuncio evoca en todo momento las líneas visuales y escenográficas de la mitológica cinta de Ridley Scott. Para ello, Fincher no escatima en recursos para aproximar su trabajo al de Scott, con la misma intención en su categoría futurista, ensoñadora y en su intenso empaque donde la ciudad cosmopolita se acerca a la visión oscura que fotografiara Jordan Cronenweth en el 82, un submundo planteado no como algo embellecido y aséptico, sino como un entorno barroco, mugriento y húmedo. Situado en el año 2021, la atmósfera acuosa se fusiona con la luz hendida a través de las persianas venecianas, contribuyendo con sus hilos de luz a la filtración de un ambiente denso donde la iluminación se nutre de luminosos neones en referencia al cine negro de los años 40 y que incorpora a su vez un aire simbólico a los cómics futuristas de Moebius en su historia de unos ‘roller-boys’ que huyen de las fuerzas de orden público y en la esperanza de un pequeño niño oriental por poder disfrutar de esta bebida refrescante.
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domingo, junio 19, 2005
El pasado 6 de junio, me hice eco aquí de la muerte del gran hombre de teatro que fue Manolo Codeso. En el post (ya corregido) hacía referencia a un recuerdo infantil que tenía de Lusson y Codeso y que sirvieron a Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría como germen temático para su gran película ‘Muertos de Risa’. Un recuerdo confuso y erróneo. Desacertado en mi memoria infantil no contrasté datos y confundí a Manuel Codeso Ruiz, recientemente fallecido y gran actor cómico integrante del trío Zorí, Santos y Codeso con Manuel Codeso Nieves, primo hermano del anterior, ya jubilado del mundo artístico, residiendo actualmente en Valencia y que era el componente del dúo que yo recordaba de mi época infantil: los irrepetibles Lusson y Codeso. Pilar Santos Montaña, la hija de Fernando Santos, me ha hecho llegar un mail exponiendo el garrafal error, por eso desde el Abismo lamento a título personal este terrible desliz memorístico y pido disculpas a la familia de Manuel Codeso por mi metedura de pata, ya que en ningún momento fue ni mucho menos mi intención la de confundir al lector, si no la de ensalzar a un hombre que marcó con sus actuaciones al lado de Santos y Zorí una época en la revista de las décadas 40 y 50.
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sábado, junio 18, 2005
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La inmortalidad de la 'Nueva Carne' Como ya hiciera en su día con la magistral ‘Videodrome’, David Cronenberg volvió a jugar con ‘eXistenZ’ con el fondo sujeto que fusiona la obsesión humana sobre las nuevas tecnologías y sus posibles funestos efectos en un hombre cada vez más alejado de la realidad que le rodea. ‘eXistenZ’ sirvió a aquellos seguidores del cineasta canadiense para reencontrarse con aquel cine fantástico, típicamente cronenbergiano que volvía a yuxtaponer, de forma personal y artística, su inquebrantable representación de todo lo orgánico y los avances tecnológicos. Por ello, y como la casi totalidad de la peculiar obra del director de ‘Crash’, nos dejó una película que o bien se ensalza o por el contrario se detesta. Partiendo de esta idea, cabe atestiguarla abstracción enraizada como punto de partida de ‘eXistenZ’, como una retrogradación a terrenos ya explorados, pero incidiendo en temas ignotos, en nuevos miedos dominadores que golpean la psique humana con preguntas axiomáticas. En este caso, reincidiendo en el desvanecimiento de la realidad, que se evapora para dejar paso a la ficción, disgregación ocasionada por la falaz prosperidad tecnológica.  Los juegos virtuales suponen el punto de referencia para indagar en los temas que han hecho de Cronenberg ésa especie en extinción de cineasta independiente y personal (que hay que proteger a toda costa) ajeno a bogas efímeras: los tejidos orgánicos –representados en esta ocasión por bio-puertos y ‘ambicordones’ (trencillas umbilicales que nos alimentan de entelequias), la alienación de los anti-realistas, la tecnología extrema de las ‘pods’ y el nihilismo que subyace en todo el filme de un modo subversivo. El enigma a solucionar en ‘eXistenZ’ se mueve entre la paranoia, la violencia y un mensaje claramente proverbial que deviene de la obsesión humana por explorar nuevos mundos, nuevas ficciones, realzando la ‘nueva carne’ promovida por Cronenberg hacia unos límites virtuales desconocidos hasta la fecha, introduciendo al espectador de forma contundente en un próspero juego en metáforas, en apocalípticas imágenes impregnadas de atractivas lecturas heterogéneas. Ese método que utiliza Cronenberg, a medio camino entre la realidad más palmaria y una ficción ilógicamente hedionda y cercana, para componer esta sobredosis de ficción sirve, de forma análoga a la sensación del espectador, para dotar a ‘eXistenZ’ de una inmediación acerada en la máxima de cualquier juego destinado al consumo: la adicción.  Por eso, una de sus películas menos valoradas, que ha ganado con el paso de los años un inconfundible halo de genialidad cronenbergiana no entiende de intelectualismos doctos y complacientes, ya que ‘eXistenZ’ es una contundente y fantástica muestra de cine sin concesiones al sosiego. Un oscuro y trascendental viaje al universo (siempre inquietante y brutal) de la llamada e inmortal ‘nueva carne’.
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viernes, junio 17, 2005
 Antes de ayer tuvo lugar uno de esos eventos tan multitudinarios que se suelen dar en esta ciudad, en el ágora de congregación más aglutinador de Salamanca: su Plaza Mayor. El I Festival Internacional de las Artes de Castilla y León, promovido por la Junta de Castilla y León y que se celebra en Salamanca para conmemora el 250 aniversario de la construcción de su Plaza Mayor tuvo como primer atractivo al grupo teatral La Fura dels Baus, que dispuso con su aparatosidad lo necesario para su nuevo espectáculo ‘N.D.Q. Navega Don Quijote’, su particular homenaje a la figura cervantina caracterizada por su habitual suntuosidad, grandilocuente discurso renovador de los conceptos clásicos y una puesta en escena pretendidamente innovadora y vanguardista. Una obra en la rebosa presuntuosidad, logrando que con sus ínfulas de ampulosidad monumental el espectáculo trascienda los límites de lo tolerable y se convierta en un producto manufacturado buscando más la majestuosidad de la ópera en su habitual mezcla de palabra, la imagen, la música e importancia corporal que una disertación interesante sobre el concepto de modernidad aplicada al Quijote. Todo muy enfático, muy altisonante en su reflejo de renovación del clásico de Cervantes, ordenando aparatosos números visualmente como esa hilera de trapecistas suspendidos en el aire que representan una especie de molino humano al que se une un zeppelín de dieciocho metros de largo que sobrevoló la plaza o el enorme útero en el que está sumido el hombre moderno, una matriz que simboliza la alienación a la que conlleva la soledad que provocan las nuevas tecnologías.  Para la Fura Don Quijote es un paranoico internauta tan acostumbrado a navegar en internet que acaba perdiendo el juicio. Una actualización del mito de Don Quijote trasladado a la loca realidad del siglo XXI que traslada su condena mental, como en la novela, a los enloquecidos designios de su inventiva imaginación.Tanto intentan transgredir el grupo catalán que acaban por perderse en el más sombrío del ostracismo que suscita tanta aparatosidad, tanta doctrina renovadora del concepto teatral. Un espectáculo que lejos de resultar fascinante llega a aburrir (yo reconozco que no me quedé hasta el final) con la reiteración especulativa de esa atrayente creación de un lenguaje multimedia único y propio que les ha llevado a convertirse en uno de los grupos teatrales más importantes del mundo. Eso no quiere decir que la Fura del Baus no goce de mi simpatía. Quién no recuerda los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 y sus provocadores ‘Atlántida’, ‘Ombra’ o ‘Numaquia 1-Teatrología anfibia’ y esa ‘XXX’ que supuso la ratificación de estos provocadores natos en el panorama teatral. Hace tres años, con motivo de la capitalidad cultural europea de Salamanca, la Fura vino a presentar la escandalosa obra, posiblemente, sea la obra de teatro más atrevida e inmoral que se ha haya representado jamás. ‘XXX’, el emblema del hardcore, del porno más agresivo e indecente que tanto conocí de cerca en uno de mis antiguos trabajos alimenticios. Fue una vuelta a mi memoria reciente y me gustó, claro que me gustó. Y mucho. Siempre me ha gustado el porno, el cine X, la literatura y revista más que subida de tono. No soy un hipócrita. Me encanta.  La polémica e irreverente función producción de La Fura dels Baus y Schauspiel-Frankfurt en coproducción con Festival GREC de Barcelona y Teatre Lliure se benefició del patrocinio de la publicación pornográfica ‘Private’, hecho que dice todo del riesgo y de la trasgresión que adoptó esta particular adaptación de ‘Filosofía en el tocador’, una de las mejores obras del maestro Donatien Alphonse Francois, el mito literario más controvertido de la historia de la retórica. Me refiero, cómo no, al Marqués de Sade. Allí, sentado con el irreductible Alvarito ‘Vodka’ difrutamos de esta representación entre las molestas columnas de una deplorable deposición arquitectónica, una chapuza en toda regla como lo es el teatro Liceo de Salamanca. La obra de Sade representa la iniciación sexual de una joven ingenua con ganas de aprender, Eugènie, a manos de los ‘libertinos’ (siempre quise que existieran unos profesores como éstos en este pútrido mundo) Madame de Sant Aige y Dolmancé, a los que se uniría a través de la obra ‘El Caballero’ y ‘La Señora de Mistival’. Mediante su pluma llena de descarrío y de impudicia, Sade ironizaba en siete capítulos, siete diálogos para ser exactos, con la pornografía literaria y la mala hostia, con su suprema violencia oculta contra la burguesía, la nobleza, la medicina y sus métodos y sobre todo levantando las llagas de la religión católica para lograr que su visión de la falsedad púdica, que el conservadurismo, traspasara los siglos y siguiera, hoy en día, siendo un punto de referencia a la hora de analizar muchos de los conceptos falsarios que rigen la moral actual, nuestra sociedad del S. XXI. Como Aretino y Boccaccio, Sade siempre litigó aquello que ocultaba las debilidades y los vicios de la alta sociedad en la que vivieron.  La Fura adaptó estos conceptos a la modernidad en un entorno que muy bien podría haber disfrutado Sade, inundando muchas de las perversiones más oscuras del show business: los castings. Con esa comentada innovadora puesta en escena, llamada ‘teatro digital’, el montaje se iniciaba con la selección de una menor durante un casting para rodar un espectáculo, que en principio nadie asegura que sea erótico. Lo primero que se hizo fue que una de las actrices (la fantástica Teresa Vallejo) escribió sujetando un lápiz óptico con la vagina y sobre un monitor que todo espectador puede contemplar a lo largo de la representación escribe la frase “Un mundo mejor es posible”. Con este inicio comenzaba el particular análisis social de La Fura sobre el sexo, las relaciones humanas, la muerte, el crimen y, finalmente, sobre la existencia del ser humano. Para ello, la trama se transformó necesariamente explícita, pudiéndose ver en pantalla la perversión y depravación que requería la obra, con una valiente actitud impulsada al realismo. Así, los intérpretes se metieron de lleno en escenas de lesbianismo en un bidé, masturbaciones de todo tipo, felaciones, una orgía sexual-gastronómica de estos tres personajes activos y un voyeur y, sobre todo, la guinda de la noche: sobreimpresionadas en esa representación real de una falso príapo con una microcámara penetrando a la que fue la reina de la función, la joven actriz Sonia Segura.  El impacto escenográfico del montaje se estableció sobre todo en esas proyecciones sobre dos pantallas colocadas al fondo del escenario que se nutría de imágenes pregrabadas creando ilusión y engaño, repulsión (la imagen de ese clítoris cosido con hilo y aguja del final) o avidez (muchos de los momentos de sexo) en el espectador. Un universo interactivo que fue, como la videocreación fastuosa de la esencia de la obra, el verdadero objetivo de ‘XXX’. La cámara y la pantalla tenían tanta importancia como la interpretación. La espectacularidad y visualidad de la obra teatral impusieron su presencia tal vez en exceso, pero dando como consecuencia curiosas visiones sexuales como un prepucio parlanchín o el mítico coño globalizado y el mencionado juego entre la verdad filmada y la ficción en vivo, con un falócrata y el número del hombre araña o el tardío génesis de Eugènie convertida en feto, insertada en una enorme cánula llena de agua de donde emerge la renacida virgen convertida en vengadora social.  Tal vez eché de menos algo más de riesgo en cuanto a la temática sociopolítica que contiene la obra maestra de Sade, con aquel libelo titulado 'Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos' con los imponentes pasajes dedicados a ‘Las costumbres’ y a ‘La religión’, hostias llenas de más sangre y barbarie que cualquiera de los números pornográficos del libro. ‘XXX’ pretendió dejar como incógnita una interpelación entre realidad y ficción, entre acto o falsedad. Todo bajo una excelente selección de temas del sello Subterfuge para cada número sexual; la balada para el dúo lésbico, el techno más salvaje para el trío o la canción de Alaska en el desenlace de la obra que instigó al aplauso en un magistral epílogo en el que todos los intérpretes completamente desnudos se van vistiendo con máximas metafísicas en las pantallas que totalizan la filosofía de Sade resumida en el apotegma “frente a la pérfida y falsa educación materna, arrojar a un contenedor de basura el cuerpo torturado de Madame de Mistival, la madre de la boyante, sanguinaria y ferozmente desvirgada Eugènie”.
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Cuando todo estaba listo para emprender uno de los rodajes más esperados de los últimos años y después de infinitos rumores sobre la nueva cinta de ‘Indiana Jones’, los responsables del proyecto hablaron sobre ello durante un homenaje de la AFI dispensado a la carrera de George Lucas. El diario norteamericano USA Today pudo implorar un avance sobre la cuarta entrega de las aventuras del arqueólogo más célebre de la historia del cine. Tanto Georgie, como Steven Spielberg y Harrison Ford (presentes en el evento) coincidieron en la autenticidad de los rumores que apuntan que la película se rodará el año que viene, pero lo extraño fue que Spielberg aseguró que el guionista Jeff Nathanson todavía no había acabado el borrador definitivo que tendrá listo, según la noticia, a finales de verano. Una auténtica contradicción si tenemos en cuenta que hace poco menos de un mes Lucas se daba por satisfecho con un hipotético guión de Nathanson listo para llevar a cabo el ansiado filme.
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jueves, junio 16, 2005
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Durante mi infancia hubo cosas que siempre quise tener en mi posesión pero que me fueron refutadas por mis exigentes progenitores, obstinados en que su hijo tuviera una lapidaria educación de corrección y raciocinio. No hubo suerte, porque les salí insurrecto, devorador de subcultura, reconvertido en infraser de la erudición ‘freakie’ en cualquier ámbito (siempre corrompido por el terreno audiovisual y literario) y, por supuesto, psicológicamente desequilibrado. Si no, este tipo de disfunciones no tienen gracia. A lo que iba, siempre codicié juguetes que no tuve. Soy así de indigno. Siempre suspiré, por ejemplo, por un monopatín (o también llamado ‘skate’), por un Scalextric, el auto-cross 5 velocidades, por una puta mierda de aquéllas llamada ‘Blandi Blup’, por una reproducción de fogueo de una Parabellum 9 mm., por el libro de ‘Cómo fabricar una bomba en su casa’, pero sobre todo por un ‘Tele-Skecht’, aquel aparato fabricado por la marca Borrás que consistía en una voluminosa pantalla con dos botones que permitía dibujar no sin ciertos impedimentos artísticos sobre una pantalla magnética formas inconexas y sin sentido. Lo divertido y absurdo llegaba cuando querías deshacer las disformes siluetas, teniendo que mover el aparato con pujanza en plan maraca de Machín. A decir verdad, creo que el Telesketch era un juego bastante residual y una pérdida de tiempo. Los folios fueron más provechosos y eficaces en el adiestramiento creador de cualquier infante con ínfulas artísticas. Eso sí, viendo lo que se puede hacer con destreza, pericia y algo de aptitud, la verdad es que uno se queda sorprendido por la enfermiza degeneración a la que llega la gente por alcanzar la perfección. Lo curioso es que lo consiguen.
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miércoles, junio 15, 2005
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A la hora señalada Greg Marks es una película de relatos encadenados que combina el ‘thiller’ con el humor macabro y cuyo objetivo final no es más que el puro entretenimiento. Una de las sorpresas más notables de esta impávida temporada cinematográfica bien podría ser el debut de Greg Marks con la estimable ‘11.14’, una desquiciada película que propone como esencial reclamo un nocturno puzzle de humor negro que presenta varias historias fusionadas en una misma hora, concentradas en diversos accidentes sucedidos en el barrio de Middleton, donde la noche se presenta muy intensa para sus protagonistas, ya que todos ellos serán desdichadas víctimas de un destino que entrelaza sus vidas sin conexión aparente en un momento exacto y concreto. Ésta es la línea argumental de un modesto filme que probablemente no hubiera sido estrenado en España si Hilary Swank (una de sus protagonistas secundarias) no hubiera obtenido su segundo Oscar por ‘Million Dolar Baby’. Atropellos, muertes, equívocos, imprevistas amputaciones de índole fálico, atracos provocados, embarazos fingidos y una extraña sensación de irrealidad son los elementos que maneja el jovencísimo realizador en una primera película en la que ha demostrado un extraordinario manejo del ámbito formal, ya que si por algo llama la atención de esta obra debut es el buen pulso con que Marks ha construido la conseguida atmósfera situacional erigida sobre su historia coral, sin caer en la dolorosa esencia dramática, que permanece intacta a lo largo de la trama, evitando además que sus giros narrativos y situaciones esperpénticas desluzcan la gran capacidad de acción e interés que abundan en una sorprendente película.  En ‘11:14’, la habilidad formal de un recurso expresivo como es el juego de tiempos que confluyen en un mismo instante, en este caso en una hora y minuto delimitado, es la médula sobre la que se nutre un filme que logra sortear cualquier atisbo de gravedad dramática para beneficiarse de una deliberada intrascendencia que se vislumbra en el total de la cinta. Sin llegar a la complejidad a la que enfrenta al público el ‘maze-cinema’ (narración que emprende el relato en su final para avanzar hacia atrás en busca de su punto de partida) ‘11:14’, no obstante, plantea una particular ruptura de las reglas clásicas de la narración, una estrategia de reconstrucción argumental que más allá de su aparente artificio, sabiendo revestir al guión a un indefinido formato de ‘thriller’ con ciertas dosis de doloroso drama, comedia negra y un punto de absurdo en su planteamiento de coyuntura cronológica del tiempo. A modo de puzzle temporal narrativo que vertebra este delirante viaje en el destino de unos personajes movidos por el interés y ensamblados trágicamente por circunstancias que sólo puede darse por efecto del destino, el cruel fatum al que se enfrentan todos y cada uno de ellos, Greg Marks expone con mordacidad una sátira costumbrista, enfrentando una serie de conceptos manejados con un excepcional sentido del ritmo, mintiéndolo constante en su proceso evolutivo al relatar los mismos acontecimientos desde varios puntos de vista y diversas consecuencias. Es por ello que la gran virtud del filme sea la de aplicar una correcta medida de los tiempos y los espacios en los que se desarrolla toda la acción cruzada en un mismo minuto, cuya explicación no encuentra lógica a la hilaridad que producen los terribles momentos de violencia de lo que acaece en la fatídica noche.  ‘11:14’ no resulta en ninguna de sus áreas un filme pretencioso, sino que prima la inteligencia más que la originalidad de lo formulado antes que cualquier indicio de prosopopeya formal o narrativa. Y pesar del subyacente tono de telefilme a lo largo de la obra debut, el joven cineasta sabe aportar mediante un clima mortecino y noctívago la moderación necesaria para perpetuar la intriga y la acción por medio de secuencias en vehículos, persecuciones exteriores, situaciones imposibles y conversaciones de corte intimista con una certidumbre cinematográfica casi insultante a la hora de manejar la dilación temporal y geográfica, con la intención de propagar con mayor valía unas historias que formuladas de manera lineal no llegarían a los treinta minutos reales. Todo está encubierto por la trivialidad con que se narran los acontecimientos que rodean a unos protagonistas que se definen por el prototipo de la América Profunda, del patetismo provinciano que les obliga a actuar llevados por instintos casi siempre erróneos, derivados de su estulticia, de su egoísmo, de una expiación redentora o por incompetencia, venganza, necesidad o bondad, según sea el caso. Personajes (en un elenco en el que destacan todos y cada uno de sus intérpretes) que, involuntariamente, se dejan llevar por sus miedos aportando con su insólita singularidad cierto anacronismo en el apacible lugar en el que residen.  La obra de presentación de Marks es, por tanto, además de una pieza de recargada minuciosidad en su puesta en escena y narrativa, un macabro divertimento a modo de tratado surrealista, un atroz ‘thriller’ que se concreta en un mosaico de coincidencias para las que, como es lógico, se recurre a algunos excesos para conseguir el efecto final, que no es otro que la puro delectación de lo trivial, de divertimento como eje sobre el virar cada movimiento narrativo. Miguel Á. Refoyo © 2005
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Hace algún tiempo les comentaba a algunos de mis amigos la añoranza que despiertan las olvidadas comedias del trío ZAZ (los hermanos Zucker y Jim Abrahams), lo poco que se ha avejentado su humor, que sigue indeleble en nuestra memoria. Todo el mundo que se precie de ser un incondicional secuaz de la comedia, más concretamente del ‘gag’ y del cine de los 80, recuerda a la perfección muchos de los mejores agudos lances cómicos de las dos partes de ‘Aterriza como puedas’, ‘Top Secret’, la trilogía de ‘Naked Gun (Agárralo como puedas)' e incluso de las más debilitada saga de ‘Hot Shot’. Cierto es que la cultura cómica del ‘gag’ es perecedera y en nuestra memoria se encuentra subproductos que insistieron en la fórmula que los ZAZ nunca recuperaron. Ahí quedaron olivdables nimiedades del tipo ‘Reposeída’, ‘Mafía, estafa como puedas’, ‘Vaya un fugitivo’, ‘Acampa como puedas’, ‘2001: despega como puedas’ e incluso ‘Esquía como puedas’. Todas ellas a mayor gloria del entrañable pero infausto Leslie Nielsen y utilizando hasta el agotamiento la muletilla del descerebrado título del origen de la extinguida gallina de los huevos de oro. Sin embargo, 25 años después Jerry y David Zucker, en complicidad con Jim Abrahams, podrían volver al método fílmico que les acreditó como los precursores de la comedia estúpida (denominada en los USA ‘spoof films’): cerrar con una nueva ‘Airplane’ la trilogía de ‘Aterriza como puedas’. Dos décadas y media después la intención es recuperar al defenestrado elenco protagonista Robert Hays como Ted Striker y Julie Hagerty como la azafata de vuelo Elaine Dickinson y homenajear de forma virtuosa a sus dos antecesoras como se merecen. Se trata sólo de un rumor que pretende rehabilitar los viejos tiempos ‘ochenteros’. Pero si no se lleva a cabo este proyecto no importa. Es un buen momento para reivindicar a los ZAZ, porque con ellos se instituyó un subgénero que, a pesar de los años, sigue manteniendo su eficacia cómica. Y es que yo también “Elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento…”
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Más de tres décadas de comedia, sexo y mutantes heroicos La productora creada por Lloyd Kafman y Michael Herz se ha caracterizado por una peculiar consolidación de la ‘caspa’ fílmica en su vena más sardónica. Cuando indagamos en el oscuro mundo de la serie Z, del cine realizado con pocos medios, libertino, irreverente y limítrofe en el bizarrismo más deliciosamente inmundo, surge el nombre de la factoría que ha hecho del ‘cine caspa’ una bandera: la Troma de Lloyd Kaufman , un submundo cinematográfico que se ha hecho con un hueco entre los más nostálgicos ‘gorehounds’ y adictos a este tipo de cine minoritario consolidado en una industria que suele repeler estos de productos tan políticamente incorrectos, dinamitando, de paso, los paradigmas básicos del cine en sus estribos primordiales. A pesar de la poca repercusión e impacto que ha tenido entre el gran público, la producción Troma lleva más de tres décadas dando a su condensado grupo de fervientes incondicionales un estilo propio y diferente, inscrito en los más bajos medios con los que se pueda realizar un filme, transgrediendo en cada visión sangrienta y sardónica del cine fantástico y de terror. Para los no iniciados y aquellos que piensen que el producto Troma es una inmundicia (aunque limítrofemente estén en lo cierto), el designio de tan arcaico filón fílmico proviene de la antigua palabra latina ‘excelencia de la imagen’. Últimamente la Troma Enterteiment se dedica a la producción de telefilmes sin perder el norte de un estilo inconfundible, pero antes 2000, cuando se presentó ‘Citizen Toxie’, la que fue cuarta entrega de ‘El Vengador Tóxico’, la prolífica carrera de esta factoria residual no ha carecido de incondicionales y seguidores de una de las productoras más extravagantes e insólitas que jamás haya existido dentro del universo del celuloide.  Fundada por Lloyd Kaufman y Michael Herz en 1974, esta fábrica de películas ‘gore’ se ha caracterizado por imbuir a todos sus productos de un estilo intransferible, verdaderamente exonerado, basado en la economía de medios, el ritmo y la violencia desenfrenada, el sexo y sus antihéroes bañados por residuos tóxicos que adoptan las más inverosímiles formas y actitudes para luchar contra la hipocresía social. En un momento en el que el cine independiente perdió gran parte de su sentido, los chicos de la productora neoyorquina siguieron por el sendero de la insurrección y el desparpajo, forjando títulos que han pasado a la genealogía del cine de culto como auténticos mitos de la caspa, del florilegio de un cine eficaz con sus propósitos y honesto con su origen en los bajos fondos cinematográficos. De entre el amplio catálogo (que alcanza los 150 títulos), el público mayoritario conoce (o al menos ha oído hablar) el clásico más reconocido de Kaufman, el filme que define los objetivos y metas del cineasta: ‘El vengador tóxico’, la inolvidable fábula del viaje iniciático de Melvin, un ‘paleto’ hacendoso currante de un gimnasio que vive su día a día escapando de dos siniestros personajes que hacen de él la diana de sus burlas y mofas, ampliándose al desprecio de todos los que le rodean. Hasta que un día cae accidentalmente al un cubo de vertidos tóxicos. Convertido en un antihéroe grotesco y mutante, Melvin luchará contra sus enemigos y logrará vengar su causa a favor de la heterogeneidad y el ‘freakismo’. A éste le seguirían títulos del calibre de ‘Mutantes universitarios’, ‘Sgt. Kabukiman’, ‘Zombies paletos’, ‘Los surfistas nazis deben morir’ o ‘El mostruo del armario’, que componen una inhabitual filmografía en la cual el cachondeo y la mala hostia tienen su lugar entre residuos infectos, sangre, despampanantes chicas en bikini y héroes amorfos.  Las películas Troma han seguido el mismo positivismo industrial que ha distinguido al mismísimo Roger Corman como uno de los productores más rentables de la historia del cine. Kaufman siempre habla del filme ‘Rapaccini's Daughter’, de Nathaniel Hawthorne , como uno de los referentes a la hora de abarcar los primeros proyectos de la productora, encerrados en un estilo parco en medios y desprovistos de cualquier apocamiento a la hora de exhibir ridículas historias rebosantes de ingenio y humor absurdo. ‘The Girl who returned’ y ‘Battle of love’s return’, contenían algunos de los elementos del toque ‘tromático’ que posteriormente se desarrollaría y puliría en trabajos ulteriores. Como toque irónico y curiosidad cinéfila, el mismísimo Oliver Stone estaría presente en la última película citada realizando labores técnicas e interpretando un minúsculo papel que suele ser un trofeo a los analistas más bizarros del cine Troma. Bajo el propósito de llevar a la gran pantalla la fórmula más demandada por el espectador del momento, es decir, una explosiva mezcla de sexo y comedia (como la desternillante ‘Sugar Cokkies’, inexplicablemente un éxito de crítica), Kaufman y Herz aprovecharon este ‘boom’ del aniquilado género ‘beach sexy comedy’ para implantar el que será primer taquillazo de la humilde firma cinematográfica con ‘Squezze play’, filme en el que ‘el rock n’ roll’, el gore y la comedia refrescante pseudoerótica vino a ser el referente genérico de principios de los 80. La mutación radioactiva, las ‘scream queens’ poco dotadas para la interpretación pero sobradas de tonelaje mamario (bellezas exuberantes conocidas como ‘tromettes’) y la heroicidad ‘casposa’de imbéciles justicieros mutantes empezó a ser la marca de fábrica de la producción Troma. De esta etapa surgen filmes que rebosan originalidad y desvergüenza, osadía y efectividad; ‘Redneck Zombies’, ‘El monstruo de la cloaca’, ‘Troma’s World’, ‘Tromaville café’, ‘Def by Temptation’ y ‘Screamplay’. El terror como punto de vista para la comedia más socarrona y sangrienta se estableció como un efecto innovador, que descolocó a la crítica más anquilosada en el pasado y que nunca se ha molestado en vislumbrar lo que encierra la obra Troma más allá de su ámbito formal.  Cualquier película ‘made in Troma’ es ideal para regocijarse delante de la pantalla (hablamos de vídeo, porque es impensable distribución comercial en una gran pantalla), como todo el cine basura, con unos divertidos amigotes, bebiendo cervezas, comiendo manducatoria rica en grasa o pizza y disfrutando de un cine desproporcionadamente solazado, eje central de la ideología ‘kaufmaniana’ y la totalidad de su obra fílmica. Esta vena pretendidamente burlesca ante la seriedad del ‘arte’, del cine en su concepción más académica, puede ser el factor que haga destacar la asombrosa rentabilidad de la Troma. Un claro ejemplo puede ser la obra ‘Tromeo y Julieta’, una multiplicación de la acción, la comedia, el sexo y el gore más desmadrado que se pueda imaginar, como si el célebre escritor Willie Shakespeare hubiera tomado unos ‘tripis’ al escribir el drama romántico más famoso de la historia. A pesar del elevado nivel de violencia en algunas de las películas de Troma, Kaufman, Herz y compañía apenas se han visto acosadas por la ‘mayoría moral’ que cercena grandes obras sediciosas a favor de la tramoya socialmente aceptada, teniendo en cuenta (incomprensible, por otra parte) la habitual trascendencia que tiene entre todo tipo de espectadores dispuesto a pasar instantes de cine ‘caspa’, dispuestos a ‘tromatizarse’ con el cine, el vídeo, los cómics y los festivales de cine ‘bizarro’ con aspiraciones a seguir tan dinámica y rentable progreso a lo largo de este nuevo milenio en el que hacen falta más ‘toxies’ por descubrir.
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martes, junio 14, 2005
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En una mañana de cierto aplomo espiritual, flagelado por insoportables dolencias dorsales (debe ser la edad, que pasa factura) estaba husmeando por la red cuando he localizado una sorprendente página que no he podido por menos que compartir con los amigos del Abismo. Se trata de Gathering Darkness, una profusa web con abundante cantidad de material gráfico, informativo e ilustrativo que tiene como objetivo el género de terror en sus más mutantes y perturbadas formas.
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“Cuando se dice la palabra ‘cama’ enseguida la gente piensa en ‘sexo’, pero no es nada sexual en realidad… Es como ir a dormir. Yo simplemente los tapo, los cuido… Es algo realmente encantador y muy dulce”. (Michael Jackson ) El más grotesco y extravagante ser humano jamás parido, el ‘freak’ por excelencia del S. XX, el afroamericano que ha terminado siendo incoloro ha sido declarado inocente de abusos sexuales a un menor de 13 años por el tribunal de California. Se acabó el circo mediático que se han montado en USA con la gran atracción del novísimo ‘Freak Circus Show’: Michael Jackson, el hombre que fue negro y ahora es albino, el mito del pop que pasó de ser un ídolo a ser víctima de su propia excentricidad ridícula, carcomido por su ‘peterpanismo’ enfermizo. El nuevo John Merrick capaz de bailar el ‘moonwalk’ mejor que nadie.  Mi posición respecto al tema siempre ha sido (aunque sin mucho énfasis) confín a los dictámenes que apuntan a un protervo montaje para denigrar e infamar a un blanco fácil como Jackson, un tipo medio anormal, infantil e iluso con el que todos han intentado jugar a su antojo. Jackson no es un John Wayne Gacy calculador y sádico. Es el precio de la incongruente e inverosímil excentricidad de uno de los personajes más estrambóticos de la historia de la Humanidad. La duda ahora es cómo hubiera subsistido la estrella del pop en el centro penitenciario estatal de máxima seguridad de Corcoran, viviendo en una celda de 2 por 3 metros y compartiendo una bonita amistad que podría haber tenido junto al más célebre inquilino de la penitenciaria: el ínclito Charlie Manson. Eso sí que hubiera sido una extraña pareja. Qué gran dueto artístico nos hemos perdido, amigos.
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lunes, junio 13, 2005
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Flying Dog Ales, una marca de cervezas de Colorado, ha personalizado los adhesivos de sus botellas de cerveza con un curioso tributo a Hunter S. Thompson en forma de diseños llevados a cabo por Ralph Steadman con dedicatorias al escritor creador del estilo ‘gonzo’ que se suicidó el pasado febrero. El imborrable recuerdo de un hombre imbuido en un excéntrico talento, sarcasmo y dotes para la observación bajo un prisma de conmociones irreales no se extingue. Su memoria debe permanecer imperecedera. Y qué mejor manera de ingerir una cerveza tras otra recordando la filosofía de adicción de vicios estimulantes del único kamikaze de la literatura contemporánea.
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Esta semana el anuncio para Nike que dirigió David Fincher sirve de excusa no para analizar el ‘spot’ en sí, sino para ensalzar la figura de uno de los mejores jugadores de baloncesto de la historia. Un mito que, a pesar de firmar algunos de los momentos más imperecederos del mundo de la canasta, nunca obtuvo un gran título dentro de la NBA. ‘Charles Barkley on Broadway’ es el título del anuncio dirigido por Fincher dedicado al ‘gordo’, epíteto que afectuosamente se le implantó debido a su corpulencia. Poco importa el tratamiento en B/N del cineasta, la elegancia del conjunto, el equilibrio rítmico prolongado, la ofrenda a las visuales coreografías de Stanley Donen, Gene Kelly o Bubsy Berkeley, su delirio nostálgico de los viejos musicales metamorfoseado en un ‘hip hop’ baloncestístico, ya que la ilustra enjundia del anuncio pertenece a la figura de Sir Charles Barkley.  En 1984, aquel jugador de Auburn no sabía que cuando fue seleccionado en el ‘draft’ por los Sixers de Philadephia iba a ser uno de los baluartes más trascendentes del basket. Ocho años luciendo el número 34, acumulando números en un equipo demasiado subordinado a su juego. En 1992, fue traspasado a los Phoenix Suns a cambio de Jeff Hornacek, Tim Perry y Andrew Lang. Un año definitivo en la carrera de Barkley, ya que junto a gente como Kevin Johnson, Dan Majerle o Danny Ainge lograba clasificarse para la gran final que pudo merecer sino hubiera colisionado en su camino con su mejor amigo, el providencial Michael Jordan (al que el Abismo le debe un extenso reportaje).
Con la sensación de frustración que siempre acompañó a este titán, a este ganador como era Barkley fue traspasado a los Rockets de Houston a cambio de Robert Horry, Sam Cassel, Chucky Brown y Mark Bryant. En 1999, renovó su contrato con los Houston Rockets por 9 millones de dólares. Una época polémica por sus refriegas verbales con su compañero de equipo, otro grande como lo fue Scottie Pippen. Un dúo espectacular que significó una extraña mezcla de agua y aceite y no terminó nada bien. Finalizó su larga e intachable carrera debido a una grave lesión en una de sus rodillas. Barkley planeaba retirarse al finalizar la temporada pero su lesión se agravó y tuvo que abandonar antes de tiempo. Barkley regresó para el último partido de la temporada.  Fueron dos décadas de récords, de sus impecables e inexpugnables defensas debajo del aro como reboteador nato. Un jugador que empezó caracterizándose por sus habituales contestaciones, enfados y peleas para acabar sus días como jugador respetado y querido por un colectivo que nunca olvidará el fuerte carácter de un deportista nacido para ganar pero que, paradójicamente, nunca obtuvo la celebración de su destino: el anillo que acredita como campeones a los vencedores de la final de la NBA.
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domingo, junio 12, 2005
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A veces una imagen vale más de mil palabras. En un tiempo no muy lejano me vi en la inexcusable tesitura de escribir acerca del polémico archivo de Salamanca y su controversia con el gobierno catalán. Por supuesto que es sólo una opinión subjetiva, como las de cada uno de aquéllos que se interesan por un tema y, analizando y contrastando, llega a su propia conclusión. Bien, pasado un tiempo tengo que reconocer que estoy cansado del manejo político de este asunto, de la instrumentalización gubernamental de un tema, nimio en el fondo, que se ha trancendentalizado hasta el paroxismo del ridículo, dando como consecuencia la divulgación de una errónea idea regionalista derivada del populachero discurso acogido con fervor por pueblo salmantino, que ha demostrado una vez más su ignorancia y sumisión al manejo de un fulano que bien podría dejar de darle magnitud a vanos politiqueos para centrarse en temas mucho más importantes que si se llevan el Archivo Histórico a Cataluña o no. Me siento ultrajado por hechos como el de ayer, planteados por un alcalde fomentador de odio entre regiones, manipulando opiniones, transformando postulados culturales en falsedades beneficiosas en su estrato más partidista. Me jode ver a un escritor déspota como lo es Ussía profanando con su desfachatez fascista nuestra ciudad y su simbología cultural dentro del mundo. Me duele que en el lugar donde vivo haya tanto borreguismo proselitista y pancartista. Más vale que nos paráramos a reflexionar sobre la importancia de aspectos más trascendentes que el que actualmente importa en esta universitaria ciudad. Una de las hermosas del mundo. Estoy cansado del tema, por eso propongo una manifestación contra las manifestaciones.
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sábado, junio 11, 2005
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He encontrado esta página concedida como acervo temático dedicado a los fenómenos visuales llamados ilusiones ópticas, visiones sensuales que no tienen su fundamento en las interpretaciones o diversas lecturas que se pueden hacer de las formas planteadas, por lo que no están subordinados a un aprendizaje por parte del que observa, sino que proceden de forma inmediata sobre el mecanismo visual que lo confunde básicamente como una rúbrica falible, que entra en conflicto y contradicción con la realidad objetiva en el campo de los estímulos y las sensaciones. Cuestión de interactividad. Por cierto, qué sábado más apático y sofocante. El verano despierta en mí un irremediable denuedo haragán del todo intolerable.
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viernes, junio 10, 2005
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Emocionante creación de un virus apocalíptico Danny Boyle trató un ambiente hiperrealista y semidocumental para aportar a esta cinta de ‘zombies’ una intranquilizante sensación de inmediatez. Nada más entrar en '28 días después' nos encontramos a unos activistas que actúan en contra de la vivisección y a favor de los derechos animales. Exaltados de esta idea filobotánica irrumpen de forma fortuita en un laboratorio científico con la intención de liberar a unos monos que sufren un peligroso experimento. Con ello y sin quererlo, liberan un virus devastador que se contagia a los seres humanos por la sangre. Es el arranque. 28 días después un joven despierta del coma en un hospital sin saber qué ha pasado. Cuando sale a la calle comprueba que Londres está desierto. Mientras camina por Piccadilly Circus y el puente de Westminster sin una vida humana visible, se da cuenta de que el Apocalipsis ha llegado al territorio. Así comienza '28 días después', uno de los títulos más interesantes de nuevo cine de terror (más concretamente del subgénero de ‘zombies’) dirigido por el siempre polifacético Danny Boyle. Siguiendo los pasos de autores como George R. Stewart, J. G. Ballard, Brian W. Aldiss, John Wyndham (el escritor de la mítica ‘Chocky’, cuyo ‘El día de los Trífidos’ es obra cardinal para este filme), Roger Zelazny y sobre todo acopiando la esencia del inevitable Richard Matheson y su obra maestra ‘Soy leyenda’, el director de ‘Trainspotting’ prolongó con esta cinta los propósitos artísticos y conceptuales de la germinal ‘La noche de los muertos vivientes’, de George A. Romero, dejándose llevar por una ineludible inquietud por la cinefilia y cinefagia al evocar en sus planos la materia prima del ‘giallo’ italiano y su malsana mezcla de ‘fumetti nero’, granulado espeso y un peculiar pictoricismo que envuelve la ennegrecida atmósfera de esta novísima película de culto.  Lo que en principio parece una revisitación por todos y cada uno de los tópicos del cine de ciencia-ficción postapocalíptica, se transforma en manos de Danny Boyle y su guionista Alex Garland en una interesante propuesta a medio camino entre el ‘thriller’ y el género de terror, pero también en una reflexión analítica sobre la naturaleza humana, sobre la soledad, sobre la situación política y militar, la popularización de un subgénero y una voluntad que se encauza hacia las herencias literarias de los vasos comunicantes entre la ficción americana y la anglosajona. En este círculo de referencias llenas de un alterado moralismo encubierto bajo el terror de la trama, lo más interesante de esta película (mal llamada) innovadora fue la utilización de la cámara digital, sustraída directamente del movimiento ‘Dogma’ y utilizada en favor de un montaje diligente y con ritmo para obtener como resultado una sugestiva y astuta sensación de inmediatez, de carácter documental, donde las escenas de acción abarcan un tono ultrarrealista al más puro estilo ‘Nu-Metal’ cinemático. De cadencia frenética y atmósfera puramente expresionista, la textura densa e irrespirable ofrece una particular visión de la irrealidad en los movimientos de los infectados, de la rabiosa locura que se sustrae en cada encuadre, determinado en un plano digitalizado en el que un campo representa una obra de Van Gogh, como si Boyle reconociera una deuda artística con el pintor al presentar su historia en una gama oscura y sombría, poniendo así en evidencia el intenso deseo de expresar la miseria y los sufrimientos de la humanidad. Un signo de expresionismo con significado de adulterado estado de tormento que no duda en utilizar colores que se rompen, con convulsivas y perspectivas alucinatorias.  Con un argumento que rebasa los tópicos del género (como ejemplo el hecho de evitar que el contagio infeccioso sea duradero, lo que elimina la posibilidad de sospecha en los protagonistas) y los personajes bien dibujados en una afrobritánica que esconde bajo su fuerte personalidad las dudas sentimentales más existenciales del filme o el joven de buen corazón débil y asustadizo que se revela como un auténtico animal vengativo, junto al padre y la hija dispuestos a sobrevivir en un mundo incierto, el cineasta británico se atrevió a explicar el comportamiento vampírico/infeccioso a través de disciplinas como la psicología, la fisiología y fundamentalmente, la atormentada vida en soledad de los protagonistas que, alcanzando el objetivo de salvación en manos del ejército, descubren la verdadera bestia en el propio ser humano, en la demencia desarrollada en aquellos seres adiestrados para matar. ‘28 días después’ supuso así una película invulnerable, elegante en su factura, perspicaz, capaz de conducir sus personajes hacia situaciones donde todo depende de su (nuestra) comprensión por la naturaleza humana. Con esta obra centrada en el comportamiento de personas cotidianas encuadradas en una situación límite e intimados en todo momento por una violencia que les es ajena, Boyle quiso distanciarse de la actitud en la que ésa amenaza maléfica convierte al rol en egoísta y violento, pero manteniendo en todo momento su objetivo por demostrar que, en último término, tiene que llegar la total deshumanización, el lado más oscuro de la condición humana que acaba por evidenciar lo que para muchos sociólogos y filósofos eruditos es un hecho fehaciente: la sociedad descompuesta representa al hombre actual.
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Aquí os dejo una dirección donde podréis encontrar una galería dedicada a los posters de la 'cheeky movies' (algo así como películas descaradas), que vienen a ser un equivalente de las películas que en España fueron calificadas 'S' a finales de los 70, el género admitido socialmente por todos los aperturistas a la libertad del momento y broquel visual del onanista recalcitrante más característico de la transición española.
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Coherentemente pienso, como muchos otros ya han manifestado, que TVE ha errado con su gran baza de la temporada al colocar el horario de emisión de una de las series más exitosas del mundo en una franja terrible como es el domingo por la tarde. ‘Lost’, la portentosa nueva afición de la hueste teleadicta, era una serie para triunfar en ‘prime time’. Pero ya sabemos cómo se las gastan los de la tele pública. Más allá de todo esto, por fin tuve el placer de ver esos dos episodios de introducción a una serie que, de entrada, causa unas vibraciones extraordinarias. De ese accidente aéreo del vuelo 815 de la Oceanic con rumbo a Los Ángeles desde Sydney que deja a varios pasajeros en una isla desierta sin posibilidad de conexión con la civilización se expele calidad e inteligencia, la que propugnan J.J. Abrahams, creador de la más que correcta ‘Alias’ (una serie también bastante maltratada por Telecinco) y Damon Lindelof. Acción, suspense, drama, aventuras y una tensión progresiva dosificada en perfecta cantidad son los elementos con los que cuenta una serie que podría definirse como un gatuperio a medio camino entre la tragedia en los Andes del 1972, ‘Robinson Crusoe’, de Daniel Defoe, ‘Cast away’, de Zemeckis y, por los dos primeros episodios (en realidad uno), con ecos del ‘Jurassic Park’ de Spielberg.  Lo que llama la atención de ‘Lost’ es el engranaje metódico con el que se logra que la idea de la isla desierta, que en principio puede parecer algo coartada por las situaciones que se pueden extraer de su fondo argumental y geográfico, se active con una innegable fuerza desde su prólogo, manteniendo el interés del espectador por medio de la continua presencia de ‘flashbacks’ que formulan una transitoria visión al pasado de los personajes principales, para dar como resultado meditadas treguas al limitado ambiente de la isla. Y eso, a pesar de la prototípica construcción de sus personajes, a los que ya hemos visto en multitud de ocasiones y conocemos de memoria gracias a un formulismo que funciona como implicador y no como rémora. La habilidad para sorprender es otro de sus puntos claves. Además de esa ejecución en la combinación de intriga y aventuras, los ‘tiempos muertos’, en esta presentación al menos, hacen que la serie avance y se convierta en adictiva por medio de la sugerencia. Sin mostrar nada. Todo está encubierto; el monstruo que asola la isla, la drogadicción de uno de sus personajes al resto, la condición de delincuente de la aparente heroína, la suspicacia levantada hacia un iraquí, los coreanos que no saben hablar el idioma de los demás, el perro que se pierde... Desde el principio, ‘Lost’ ha jugado muy bien sus cartas haciendo partícipe y cómplice al espectador, reservándole casi toda la información y aportando conjuntamente algunos guiños específicos del género de aventuras y del ‘thriller’, urdidos conscientemente en una compleja disposición de futuras tramas. Y ahí reside el éxito.  De momento, a ‘Lost’ (serie a la que nunca llamaré ‘Perdidos’) le restan 23 capítulos más para seguir demostrando esa capacidad de sugestión que la han convertido en la hegemónica serie de culto del mundo entero. El fenómeno ‘Lost’ ha llegado a Televisión Española de una forma casi tan accidentada como en la ficción, pero esperemos un buen procedimiento y ajuste catódico para que los enigmas trazados sean disipados prósperamente.
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jueves, junio 09, 2005
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Macauley Culkin, después de ser uno de los testigos de la defensa de Michael Jackson, ha vuelto a saltar a la palestra mediática de la esfera más impúdica del cine al declararse culpable por los cargos de delito de posesión de píldoras antidepresivas sin receta y marihuana (de la buena, que cantaría Estopa) que tuvo lugar durante el pasado año. El ex niño prodigio, bastante maltratado por los años, acudió ayer al tribunal ayer en Oklahoma para alegar contra los cargos impuestos por una sentencia que le condenaba a pagar 4.000 dólares y que fue diferida después de que Culkin fuera arrestado por la policía al encontrar un poco de “maruchi” y antidepresivos en su automóvil. ¿Ha encontrado Hollywood a su nueva versión de Joselito? ¿Son realmente inútiles todas las terapias de rehabilitación a las que se ha sometido para superar sus adicciones al alcohol y las drogas? ¿Es el heredero directo de Judy Garland y Drew Barryomore? Y lo que es más importante y no viene a cuento para este post: ¿Por qué han venido a promocionar Ben Stiller y Chris Rock a España la cinta de animación de Dreamworks 'Madagascar' si en la versión doblada ninguno de los dos aparecen por ningún sitio como el león Alex o Marty la cebra respectivamente? Aquí aniquilan los personajes Gonzalo de Castro y el insufrible Alexis Valdés.
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Bochornoso. Escribiría unas líneas sobre la selección y su ridículo de ayer contra Bosnia, pero ni tengo ganas ni se lo merecen. Para esto, es mejor que no se clasifiquen para el mundial de Alemania y de esta forma nos ahorraremos malos tragos, disgustos y ver perder a España en primera ronda de forma melodramática y patética. En serio, hay muchas disciplinas deportivas en las que el combinado español está situada como incontestable líder mundial o a la altura de proporcionar muchas alegrías al público. ¿Por qué seguir bostezando con estos inútiles?
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Una dura infancia perdida Hirokazu Kore-Eda narra una dura historia del desamparo y la supervivencia de cuatro hermanos abandonados desde el realismo sin concesiones al sentimentalismo. El cine oriental (ya no sólo circunscrito al género de terror) se está convirtiendo, con el anquilosamiento europeo, en el núcleo de una revolución estética y argumental de múltiples aspectos. Ya sea por un concepto del cine para sujetar su lenguaje a una tensión evolutiva de portentosa índole o bien por un arte que indaga en el arcaísmo para mitigar cualquier efecto de las nuevas tendencias audiovisuales. No comenté en su día nada respecto a ‘Dare mo shiranai (Nadie sabe)’, de Hirokazu Kore-Eda, y no quiero que pase la oportunidad de relegar una de las mejores películas de este 2005, se mire por donde se mire. Basado en una historia real, la historia gira en torno a cuatro niños que viven con su madre sin que nadie sepa que existan. Todos tienen un padre diferente y la madre, promiscua y despreciable, mantiene a los niños en el anonimato, desvinculando a los pequeños (menos al hermano mayor) del mundo exterior. La pesadilla empieza cuando la madre desaparece definitivamente. Cruelmente abandonados y desatendidos, los cuatro hermanos se arreglan para sobrevivir en un mundo exclusivo mantenido en una extraña unión doméstica que se establece entre ellos, fijando sus propias reglas, pero incapaces de afrontar un mundo externo que irá socavando el frágil equilibrio que habían conseguido mantener.  Sobre esta idea sacada de un periódico chino, Kore-eda se aleja de cualquier tópico dramático para presentarnos un filme sin concesiones al sentimentalismo, a la anuencia realista con la que se enfrenta al espectador a esta incómoda historia de desamparo, creando con excepcional habilidad un retrato naturalista del mundo infantil, ajeno a su incierto futuro. Sin olvidar la génesis de su obra delimitada en el documental, el director trata con sensibilidad a sus pequeños, examinando con lupa cada gesto, cada movimiento, controlando el tempo necesario para el desarrollo del día a día de unos niños descuidados que van evolucionando hacia una insostenible situación de indigencia tanto física como afectiva. Una historia impregnada de dureza y realismo, pero tratada con delicadeza al describir los estados anímicos por los que pasan sus protagonistas, logrando además su inevitable empatía con el público en la búsqueda del lugar en el mundo de estos chavales; de sus miedos, de sus necesidades, de sus juegos, de su inocencia lisiada por las circunstancias que les toca vivir. Una representación de la niñez construida en el autismo social, creando para sí mismos un espacio propio y autónomo que les servirá de escudo ante la amenaza exterior, de puro instinto de supervivencia.  Desprovista de una estética enfática y rehusando a seguir una línea narrativa impuesta (ya que las acciones vienen dadas por situaciones que surgen de forma espontánea) ‘Dare mo shiranai (Nadie sabe)’ se muestra traslúcida para desglosar el drama entre el lirismo, el silencio y la acrimonia del momento, en una deliberación en absoluto moral sobre el desánimo que provoca la negligencia, la falta de atención, pero que es suplantada por los vínculos familiares en un entorno de libertad y podredumbre que deja en el camino terribles sucesos, hambre, miseria y, en último término, las dificultades más extremas a las que conlleva la imposición de una madurez prematura. Además cabe destacar al joven Yuya Yagira premiado como mejor actor en el festival de Cannes del año pasado, sin por ello desmerecer el impactante trabajo de los interpretes infantiles Ayu Kitaura, Hiei Kimura y Momoko Shimizu. Una película que deja la difícil mácula de lo imborrable, sin ningún tipo de grandilocuencia, desde la severidad de la emoción sincera. Miguel Á. Refoyo © 2005
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miércoles, junio 08, 2005
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Es ya frecuente que cuando una película de terror oriental tiene éxito, los yanquis, sanguijuelas creativas del entorno comercial y narrativo del llamado ‘terror amarillo’, se lancen a americanizar la cinta. Desde una perspectiva occidental, las cinematografías asiáticas parecen compartir rasgos comunes, aunque en realidad sus diferencias son sustanciales. Pero la reformulación yanqui de estos conceptos asiáticos se da muchas veces de forma errónea, ya que por el camino de la traslación intercultural se pierde la esencia de la tradición oriental mezclada con la modernidad visual, sin perder nunca los estilemas clásicos, mezclando mitología fantástica y clasicismo. El ‘remake’ es una forma de adulteración fílmica tan antigua como cotidiana. Ya nos hemos acostumbrado. La última le tocará a una de esas películas que uno no olvida, más allá de su calidad y trascendencia; ‘Kaïro (Pulse)’, de Kiyoshi Kurosawa, es la nueva e injuriosa perpetración para los amantes del cine de terror que llevará la nueva compañía de los hermanos Weinstein en la versión americana. Sólo os aconsejo que antes de que sea demasiado tarde disfrutéis de cualquier manera esta obra de referencia dentro del actual cine de género oriental. Una película que esgrime con certeza los márgenes metafisicos del terror, en una miscelánea entre la tecnología, el pánico humano y la belleza más dolorosa que esconde la mirada hacia lo desconocido. Jim Sonzero dirigirá la adaptación al ‘mainstream’ infaustamente comercial de 'Pulse'. Kristen Bell, Rick Gonzalez, Ian Somerhalder y la cantante vista en ‘Be Cool’ Christina Milian serán sus protagonistas.
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1931-2005Se despide este día con una triste noticia: ha muerto Anne Bancroft, una de esas actrices imposibles de olvidar, con un desbordante talento, camaleónica y gran dama del cine. De las que ya no existen. Conocida por dar vida a la Señora Robinson, la preceptora sexual de muchas generaciones desde que esa obra maestra ‘El graduado’, de Mike Nichols, se cruzara en su camino, Bancroft también quedará para el recuerdo, por lo menos a modo personal, como la insustituible Nora Dinsmoor en la versión de Cuarón de ‘Grandes esperanzas’ o la aristócrata Mrs. Kendal en ‘El hombre elefante’. Obtuvo el Oscar en 1962 por su interpretación en 'El milagro de Ana Sullivan'. Ha fallecido a los 73 años a consecuencia de un cáncer, según ha informado un portavoz de su marido, el productor y actor, Mel Brooks. D.E.P.
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Muestra efectiva y neutra sobre el mundo del póquer Convertida en una extraña cinta de culto, una de las pequeñas joyas debido a sus escasas pretensiones con la que está rodada ‘Rounders’, un drama ambientado en las dispendiosas timbas de un juego tan adictivo y comprometido como el póquer. Trampas, cartas bajo la manga y una dramática amistad es el argumento sobre el que gira esta curiosa obra de un John Dahl que dejó a un lado el tono oscurantista del puro cine ‘noir’ con ese hálito que sólo él sabe otorgar al ambiente escénico (que sobresalía de forma sublime en su mejor película ‘La última seducción’) dotándola con unos tintes dramáticos que incrementan la consecución de los propósitos genéricos del filme. Un hecho que supone una rotación de perspectiva visual de un Dahl que pasó de ser uno de los cineastas independientes de mayor prestigio en círculos ‘indies’ a desaparecer tras su paso por el cine de terror comercial en ‘Nunca juegues con extraños’. En ‘Rounders’ el director abandonó los personajes oscuros y manipuladores de sus anteriores filmes para centrarse en la historia de Lester 'Worm' Murphy, un joven indócil (Edward Norton) recién salido de la cárcel con un pasado de adicción al conocido juego de naipes a sus espaldas, un hombre que se ve en el trance de retornar al juego cuando su mejor amigo (papel interpretado por Matt Damon) se debate en la decisión de dejar su carrera universitaria por su adquirida y perentoria ansia de jugar. Una película que recuperó para el celuloide un tema fascinante, alusivo a excelentes filmes de la talla de ‘El buscavidas’, de Robert Rossen o ‘The Cincinatti kid’, de Norman Jewison que Dahl muestra de una manera desdramatizada y sin ningún ápice de moralina bajo la manga, sin duda alguna, la gran virtud del filme.  John Dahl formuló con su quinta y depurada incursión en el cine un recorrido frugal y austero sobre el mundo del juego aquí materializado en el siempre tentador universo del póquer. ‘Rounders’ está llena de bondades, tanto formales como argumentales, desde un guión que no pretende en ningún momento ejercer de método moral, con distancia sermoneadora sobre los peligros del juego, donde Dahl se muestra efectivo y neutro con una historia muy dada ello, hasta las solemnes interpretaciones que ofrecen unos actores y actrices con talento más que sobrado (exceptuando al irritante e histriónico John Malkovich). John Dahl insiste en el tono oscuro y puramente ‘negro’ que lleva su peculiar estilo revisionista, tratando el argumento sin caer en el triunfalismo y evitando (acertadamente) el típico ‘happy end’. Incluso, sin pretenderlo, puede verse como un semidocumental que expone lo que muy bien puede ser la vida diaria de cualquier jugador de póquer.  No existe la ética (aunque esté representada en el personaje de Martin Landau), ni un ungüento demagógico sobre la victoria o la derrota. Sólo el mundo del juego, del jugador, de sus pensamientos... Si Robert Rossen mostraba el lado más oscuro del billar en el perdedor Eddie Felson con la soberbia ‘El buscavidas’, John Dahl dista de aquel en que su Mike McDermott no es un profundo análisis de la adicción, en ‘Rounders’ se muestra una historia en la que cada instante se muestra importante para el desarrollo del argumento con un protagonista muy por encima de la dialéctica social, incluso cuando aparece el personaje de Worm, lo que hace de esta película una atractiva e íntegra propuesta, cautivadora y fascinante, con olor a los grandes clásicos del subgénero.
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martes, junio 07, 2005
Robert Allen Zimermann, el genio de Minneapolis, Bob Dylan, nació del nombre de otro poeta, Dylan Thomas, para abrirse paso como cantante en el Greenwich Village, el barrio artístico de la vanguardia neoyorkina. Un mito forjado por sus letras inolvidables, por su personal voz nasal que se ha ido deteriorando con el tiempo, por su armónica y su guitarra. Siempre que escribo o hablo de Dylan me vienen a la cabeza Slim Pickens y Katty Jurado en ese rojo atardecer de ‘Pat Garrett and Billy the Kid’, de Sam Peckinpah, cuando Billy dispara a un viejo y cansado sheriff que se derrumba en los brazos de su mujer antes de poder llegar al río. He aquí un particular homenaje a las guitarras del maestro.
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Hablando ayer de Steve-O, cierto es que a veces la barbarie suele ser un evento de lo más divertido. Las envilecidas dosis de imágenes activadas con un factor de descarrío han tenido ese éxito descomunal del que hablé aquí ayer. Pero todo es más divertido cuando se traslada al entorno personal. Lo cerril, en momentos de colectividad amiguetil desprovista de retraimiento llevado (o no) por una reunión de amigos de toda la vida en una cenáculo de dipsomanía pura y dura suele dejarnos momentos irrepetibles, cuando el lado más salvaje de nuestro entorno sale a flote, cuando la civilización se convierte en una neurasténica cámara que define nuestras descerebradas ocurrencias. Una de estos momentos míticos sucedieron durante la gran fiesta de despedida de soltero de Rafa “Perillas” el 1 de mayo de 2003, cuando surgió la oportunidad de realizar nuestro particular ‘Jackass’, cóctel explosivo y agresivo de desbordante exaltación de la amistad y las irreprimibles ganas de divertirse. Cual aguerridos Johnnys Knoxvilles o Steves-Os, Rafa “Perillas” y Alvarito "Vodka", dos de mis mejores y más venerados amigos, se erigieron en terroristas audiovisuales de un vídeo tan mítico que no he podido guardar después de saber componer videoposts. Como idólatras de John Waters, estos dos entrañables colegas protagonizaron uno de los momentos más míticos en la retina de un colectivo caracterizado en todo momento por saber reírse de sí mismo y disfrutar cada minuto como si fuera el último. Un absurdo fue un momento imborrable. Tanto Rafa “Perillas” como Alvarito son, probablemente dos de los tipos más divertidos que uno se pueda encontrar en esta vida. De esa estirpe con un aura especial que convoca espíritus que ni siquiera existen. Individuos con los que la risa está asegurada. Durante unas horas llenamos nuestro cerebro de alcohol, las ideas se pierden en un cúmulo de surreales visiones, de chistes sin sentido, de vida al revés. Junto a estos dos “Movidens” he compartido los más destacados instantes de diversión lúdico-etílica. Un saludo desde aquí.
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lunes, junio 06, 2005
Entre algunas joyas etiquetadas como ‘freaks’ que han pasado estas últimas semanas por mi monopolizado Woxter gracias al empréstito audiovisual de la galería de cd’s de Piper Kiiinan (y lo que me espera), tengo que destacar los vídeos ‘Don’t try this at home’, las salvajadas infrahumanas de ese indestructible refractario que es Stephen Glover, más conocido por sus incondicionales como Steve-O, uno de los componentes más descerebrados del discutido programa de entretenimiento extremo ‘Jackass’. En estos días, ante mis curtidos ojos han desfilado todo tipo de barrabasadas en forma de arriesgadas perversiones corpóreas, de sanguinarios golpes sin sentido, de etilismo público como espectáculo, de escatología extrema, de puntapiés en los testículos, de gente prendiéndose a sí misma a lo ‘bonzo’, idioteces de imprudente insensatez y hazañas sin sentido de imprevisibles consecuencias, que no por ello dejan de ser divertidas, con un enfermizo punto de atracción sádica. Los vídeos de ‘Don’t try this at home’ son las fechorías que Knoxville, Jonze y Tremaine (la terna creadora del show de la MTV) no se atrevieron a realizar por el impacto visual y el peligro que traían consigo las actividades de uno de sus componentes. La autocensura siempre tuvo un nombre: Steve-O, el ‘kamikaze’ amante del autosalvajismo. A Steve le vimos en la MTV forjándose un ‘piercing’ en el culo que unió sus dos nalgas, se ha partido en directo en infinidad de ocasiones varias costillas y fracturado diversas partes del cuerpo con sus imposibles saltos de precipicios, hemos castañeteado los dientes cuando se depiló todos los pelos de su maltratado cuerpo con cera caliente y multitud de disparates físicos que alzaron a ‘Jackass’ a un éxito sin precedentes.  En el margen más arriesgado y brutal, donde rige la regla del “cuanto más estúpido, original o peligroso, mucho mejor”, se sitúan estos vídeos poco aconsejables para la audiencia impresionable. Vídeos que acomodan su insólito atractivo en la bestialidad humana, en la barbarie física. Steve-O es un semidiós de la autodestrucción que, inexplicablemente, sale victorioso de sus más demenciales pruebas. Comerse las criadillas de dos enormes ratas, tirarse metido en un contenedor en unas escaleras inacabables, romper los cristales de un coche en marcha, estrellar vehículos a lo ‘crash test’, construir una pista de ‘skate’ en un piso recién alquilado, patinar en superficies imposibles, quemar a una ‘groupie’ algo promiscua, darle patadas en los huevos a Wee Man como pasatiempo, dejarse embestir por una sucesión de fuegos artíllales, destrozar varias habitaciones de hotel, introducirse un cohete de considerables dimensiones en el esfínter para éste que sirva de base en su llameante ascensión y una profusión de maniobras que no puedo desvelar aquí son algunas de las beldades que aparecen en las míticas proezas de ‘Don’t try this at home’. Steve empezó graduándose en la ‘Ringling Brothers & Barnum & Bailey’, una prestigiosa escuela de payasos a finales de los 90. Trabajó en los ‘shows’ de los cruceros Royal Caribean y obtuvo cierto renombre con su participación en la Revista ‘Big Brother’. Fue en ése momento cuando le ofrecieron un trabajo en el circo de la familia Hanneford como ‘clown’. Mientras tanto, la revista seguía publicando sus hazañas y hasta filmándolo como parte del video de ‘Big Brother Boob’. Su afición al ‘skate-board’ en su modalidad más temeraria y la extraña afición por grabar sus tanteos con el fuego y los temibles saltos desde tejados a piscina vecinales sirvieron como espaldarazo a la televisión americana junto a Johnny Knoxville, Bam Margera, Chris Pontius, Ryan Dunn, Jason ‘Wee Man’ Acuña y Preston Lacy. Steve-O, además, se ha convertido en una celebridad con su propio programa de televisión de cable (‘Wildboyz’) y en estrella invitada en los ‘late shows’ del momento: Jay Leno, Jimmy Kimmel, David Letterman, Howard Stern...  Steve-O es un mal ejemplo para la juventud, no vamos a ponerlo en duda. Pero también es un ídolo reivindicable, porqué no. Un icono del circo ‘freak’ mediático. Un hecho que si comparamos a la televisión actual resulta una consecución más que plausible. Desde el Abismo, os recomiendo encarecidamente un desequilibrado y malsano viaje por la irracionalidad oscurantista y física de un demiurgo de la locura como es Steve-O.
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Codesito, Zori y Santos El actor y humorista Manuel Codeso, que formó parte durante muchos años del trío humorístico Zori, Santos y Codeso, falleció en Madrid a los 79 años como consecuencia de un infarto cerebral que sufrió hace un par de meses del que no se repuso, informó hoy su representante. Zori, Santos y Manolo Codeso formaron el trío de cómicos más populares de la revista en los años cuarenta y cincuenta. En 1947 estrenaron una de las revistas más perdurables de la historia del teatro en España, ‘La blanca doble’ y a raíz de ello el maestro Guerrero formó una nueva compañía para este trío de actores, que en 1952 estableció ya empresa propia y debutó en Valencia con la revista de Carlos Llopis y García Morcillo ‘Oriente y accidente’. Pocos años después presentaron la obra que les dio mayor renombre, ‘Metidos en harina’, de Baz y Morcillo. Fue en 1962 cuando se produjo la ruptura del trío y, por un lado, Zori y Santos formaron pareja, y, por su parte, Manuel Codeso decidió actuar en solitario. El 20 de diciembre de 1991 reaparecieron en el Teatro Olympia de Valencia después de 30 años de separación, con ‘Metidos en harina’. Además de su más reciente trabajo en la obra ‘Nadie es perfecto’, que se estrenó a principios de 2005 en el Teatro Lara en versión de Paco Mir sobre una divertida y romántica comedia de Simon Williams, bajo la dirección de Alexander Herold y con Josema Yuste y Lola Baldrich, Codeso trabajó en la zarzuela 'Gran Vía', que se representaba en verano en los jardines Sabattini de Madrid, dentro de los Veranos de la Villa. En 2000 trabajó en ‘Obra maestra’ a las órdenes de David Trueba, así como en películas como ‘Espérame en el cielo’, de Antonio Mercero, ‘Juana la Loca, de vez en cuando’, de José Ramón Larraz, ‘Cuatro noches de boda’, de Mariano Ozores o ‘Pecados conyugales’, entre muchas otras. FUENTE: Agencias
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Aguardando estoicamente el estatismo y dilación al palmarés final de los premios Bitácoras.com que se debía haber fallado el pasado 1 de junio (y en el que el Abismo fue finalista de la sección Arte/Cultura), desde hoy mismo se abre la veda de los de 20minutos.es, un nuevo concurso de la red de redes abierto a todas las weblogs hispanas. Unos premios al que optan más de 2.000 páginas y que incluso están remunerados, por lo que las posibilidades de quedar finalista o hacerse con uno se antojan imposibles. Este weblog está inscrito en las categorías de Mejor blog de actualidad, Mejor blog sobre cultura y de tendencias, Mejor blog personal y Mejor blog inclasificable. Podéis votar cada día en el botón que aparece en la parte superior izquierda, debajo de mi espeluznante semblante entre las sombras. La única salvedad: hay que registrarse. PD: Este post es meramente informativo y está escrito con un ridículo propósito propagandístico y electivo. Se autodestruirá en cinco segundos. O no.
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Prodigiosa adaptación del espíritu de Strindberg Mike Figgis recreó con solemnidad una hermosa historia de desamor apoyado en unos Peter Mullan y Saffron Burrows en estado de gracia. Con el espíritu misógino del famoso epítome ‘Preface to Miss Julie’, de August Strindberg, Mike Figgis realizó en 1999 ‘Miss Julie’ su última gran película antes de un vergonzoso declive alimentado de infaustos productos experimentales (‘Time Code’ y ‘Hotel’) o una descarada especulación comercial con el cine de terror en su calamitosa ‘Cold Creek Manor’. ‘Miss Julie’ fue una arriesgada obra rodada en 16 mm y con escaso presupuesto, pequeña en sus ínfulas, que no impidió que se configurara como una de las obras más sólidas de su excéntrico cineasta. Esta académica cinta de amplias dimensiones narrativas es una obra difícil, sinuosa, llena de simbolismos con los que se pretende encontrar en las imágenes de la relación tempestuosa y en el desamor la vida profunda del alma. Estos símbolos se imponen entre el yo y el mundo, y su conocimiento permite acceder a una armonía insospechada. Mensaje final de una obra literaria tan poética como hermosa y desgarradora a la vez. Strinberg pretendió hacer en su obra una denuncia sobre los vicios y perversiones de los seres humanos, donde el amor no tiene cabida, donde las relaciones de pareja se consuman hasta las últimas consecuencias. El egoísmo, el temor y el amor, la posesión, acaban por transmutar a dos personajes separados por la clase social a la que pertenecen.  Mike Figgis acometió esta labor con su mejor arma, con su habitual capacidad de captar la morbidez del instante, la belleza y la dureza de una realidad con miradas que prescinden de palabras para monologar secuencias colmadas de brillantez. ‘Miss Julie’ es una obra naturalista y cruel, evocadora de las relaciones que al cineasta le gusta retratar (como referente, su obra más conseguida ‘Leaving Las Vegas’), reflejando en el camino hacia la locura de una joven aristócrata, encerrada en una jaula de oro y perturbada por un odio ciego hacia los hombres. La contradicción entre amor y libertad en una sociedad cuyo equilibrio depende únicamente de la frágil estructura de la jerarquía de clases, destruye poco a poco a la joven e inocente muchacha, liberando así a su arrogante y ambicioso lacayo Jean, que la empuja a un trágico final como recompensa a su soberbia y codicia. La excelente versión de Mike Figgis añade al original una sensualidad inaudita y llena de un hipnotismo clarividente, mágica. La señorita Julia (una prodigiosa y magistral Saffron Burrows) toma protagonismo en la infame e irresistible pasión por su criado Jean (solemne Peter Mullan). Figgis aprovechó esta enaltecida dualidad para imprimir el dinamismo necesario a esta obra teatral, imbuyendo cada toma con el trasfondo de divergencias: nihilista y bucólico, idílico y malévolo. Es decir, el sexo como huida, como perversión igualadora de clases, como estigma y como cebo, columna vertebral de la obra de Strindberg.  En ‘Miss Julie’, la idea de autodestrucción (en progresión gracias a la hermosa Burrows) se hace incontestable, sensible y hasta violentamente insoportable. La virtuosa batuta de Figgis indaga en la naturaleza de los dos personajes principales, tomándose licencias para reducir protagonismo a Cristina (Maria Doyle Kennedy) y adentrar al espectador en la tormentosa relación de la hija del conde y el sirviente. Mediante una portentosa dirección, utilizando solamente los recursos teatrales, la película adopta la intensidad que le dan los imponderables intérpretes, dejando en sus manos la esplendorosa calidad artística y plástica, incluso haciendo cómplice al espectador con la controvertida secuencia de plano dividido en la ‘split screen’ (sirviendo ésta para situar al público en la dinámica del pensamiento de Strindberg).
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domingo, junio 05, 2005
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Acapulco, Costa do Sauipe, Montecarlo, Barcelona, Roma y París... Este chaval está imparable. Desde que Mats Wilander lograra ganar su primer Roland Garros en su debut en este prestigioso torneo, nadie había sido capaz de lograr dicha gesta. 6-7, 6-3, 6-1 y 7-5 han sido los números que Rafael Nadal le ha endosado al argentino Mariano Puerta. Es el séptimo español que gana la Copa de los Mosqueteros. Poco más que decir ante la potencia de un ganador al que se lo nota disfrutar en cada golpe. Un tenista de 19 años que tiene refulgente futuro por delante.
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Para la cuarta entrega del repaso de los ‘spots’ televisivos de David Fincher he seleccionado el titulado ‘Speed Chain’, que el cineasta realizó por medio de Wieden & Kennedy para ‘Nike’. En uno de los mejores anuncios rodados por Fincher cabe destacar la extraordinaria representación de la evolución natural de la velocidad, desde unas medusas abisales hasta llegar un tren de alta velocidad en un final que recuerda (no creo que con la misma pretensión subversivamente sexual) a ‘Con la muerte en los talones’, de Hitchcock. Fincher juega con el incremento de la velocidad de un modo perceptivo, mostrando los puntos de vista de los sucesivos animales (incluido Tim Montgomery) y máquinas que anticipan con una brillante y paulatina celeridad la progresión visual y sonora. Hay que subrayar el perfecto engranaje narrativo, visualmente impecable, con una coreografía de plano instalado en complejos tiros de cámara y una angulación característica de un maestro de la imagen en la subyace un entorno digital que palpita en su fondo, sin ningún protagonismo, pero ineludible en el cine de Fincher y utilizado aquí en el perfeccionamiento de los cielos, en la estabilización de plano de una precisión milimétrica. Una pieza precisa y hermosa. Y uno de los más laureados ‘spots’ de David Fincher.
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sábado, junio 04, 2005
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Sí amigos, lo que veis en la foto es un chino arrastrando un vagón de tren enganchado a su maltrecha oreja. Su nombre es Zhang Xinquan, oriundo de la ciudad de Dehui, provincia de Kirin. Su capacidad de sacrificio y voluntad de hierro le han hecho arrastrar las 24 toneladas que pesa el tranvía más de 40 metros en 4 minutos. Según sus palabras “es el resultado de muchos años de práctica”. Impactante (y absurdo, claro).
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La eficaz maestría de la sencillez John Carpenter tomó de referencia su propia obra para redefinir, con su habitual concepció ‘ hawksiana’, un western espacial de efectividad asombrosa. Parece mentira que uno de los cineastas más veteranos del panorama internacional como lo es el maestro John Carpenter siga demostrando, después de superar un cáncer de piel que estuvo a punto de acabar con su vida, que es uno de los directores con un espíritu tan joven que más quisieran para ellos muchos de los nuevos talentos ensalzados por sus, supuestamente, innovadoras obras precozmente maestras. Carpenter demostró con su última película hasta el momento, que si con su sensacional ‘Vampiros’ acreditó su ofrendística propensión al ‘western’ reflejando la suculenta historia de un grupo de cazavampiros sin escrúpulos pagados por El Vaticano para exterminar a unos chupasangres maléficos, en ‘Ghosts of Mars’, este preceptor de obras maestras ‘de autor’ regresó a su particular y genuino estilo para proponer una infiltrada utilización de la consubstancialidad más auténtica del ‘far west’ bajo la perenne influencia de su siempre frecuentado Howard Hawks. El genio rebelde impasible de Carpenter obtuvo, con su querencia a la ironía, violencia explícitamente ‘gore’, humor frío y discurso decididamente nihilista y sádico, una memorable cinta de acción y aventuras en la que la autoreferencia a su propia filmografía compusieron una obra inconfundible y desenfrenada en su intachable carrera. Para ‘Ghost of Mars’, Carpenter siguió absorbiendo de los artífices que han convertido su enfoque artístico en un ejemplo de honestidad y temeridad, de majestuosidad y coherencia autoral. El citado elemento ‘hawksiano’ se alía en ‘Ghost of Mars’ con breves matices del mejor John Ford,Jacques Tourneur o Terrence Fisher, pero también circunscribe claras alusiones a filmes clásicos como ‘El experimento del Doctor Quatermass’, la obra maestra de Val Guest y ‘Five millions years to earth’, de Roy Ward Baker. Carpenter pudo tratar otra representación ‘fantastique’, de la invasión extraterrestre, muy influida por la intención clasicista de la mítica factoría Hammer. En este caso no son los típicos marcianos los que llegan en naves espaciales a la Tierra con la intención de colonizarla, sino que es el hombre el que, como entelequia galáctica, logra colonizar Marte y levantar Shining Canyon, denominación inconfundible de cualquier mítico ‘western’.  A modo de ‘thriller’ de acción, Carpenter se traslada al año 2176 para relatar la odisea terrorífica de un grupo de policías (la MPF) que se traslada al planeta rojo con el fin de detener a un peligroso recluso. Los mineros que allí trabajaban se muestran sobrehumanos, psicópatas y aterradores. En realidad han sido poseídos por unos fantasmas alienígenas con ganas de venganza. Con esta premisa, Carpenter retomó los elementos argumentales que confinan su espléndida visión fílmica. ‘Ghost of Mars’ es muy pareja en estructura y estética a filmes de la talla de ‘Asalto a la Comisaría del distrito 13’, ‘La Niebla’, ‘La cosa’ o ‘El príncipe de las tinieblas’. Es decir, un grupo confinado en un área sitiada, amenazada por una siniestra caterva externa que desencadena, sin ningún motivo aparente, la muerte y el odio. En esta ocasión la malevolencia viene dada por el nihilismo del hombre, por el ansia de poder en la lucha conquistadora espacial, aportando así esa irreverente directriz sociopolítica frecuente en el cine de Carpenter. La maldad proviene de unos entes espirituales que utilizan los cuerpos humanos como artilugio de defensa y de carácter brillantemente tribal. Por primera vez el antihéroe carpenteriano por excelencia es una mujer malhablada y severa de armas tomar, Melanie Ballard (brillante Natasha Henstridge) que dirige a unos secundarios representantes de los defectos humanos como el machismo, la debilidad y la ambición, entre muchos otros (Ice Cube, Clea Duvall, Jason Statham, Joanna Cassidy y Pam Grier).  John Carpenter volvió, por tanto, a verificar su atípica forma de reinventarse a sí mismo, sin concesiones a la pertinacia, y la vez, sin eludir su privativo y brillante sentido del ritmo visual y narrativo. En esta última concepción de su cine, Carpenter alcanzó una compleja estructura a base de ‘flashbacks’ introducidos en otros ‘flashbacks’ de la subtrama, lo que origina la lucidez de un relato cerrado en el que los giros no traicionan el total de esta magnífica obra (la cinta empieza como acaba). La visión del artesano, de la serie B y de la trasgresión disoluta se dan cita en este filme en el que el anacronismo ensalza la gran capacidad de este genio como narrador, como creador de atmósferas e innovador de un sentido de la acción abrumante en la que no podía faltar su poderosa y destacada partitura musical. Con ‘Ghosts of Mars’, Carpenter siguió acreditando unas inagotables ganas de subvertir el cine hacia la maestría de su propia y sencilla concepción fílmica. La imaginería de este maestro continúa, a falta de ver su próxima y esperada cinta, a la altura de los que le consideran como lo que es: uno de los últimos grandes clásico de este Arte.
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viernes, junio 03, 2005
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3-6, 6-4, 4-6 y 3-6 “Manacorí”, es el pertinaz gentilicio que más esgrimen los medios para nombrar a Rafa Nadal, un ‘crack’de la raqueta destinado a ser uno de los tenistas más grandes que ha dado España y, visto lo visto, la historia de este deporte. Todo lo aburrido que han tenido los anodinos comentarios de un doliente verbal (hasta las ovejas se duermen con sus análisis) como Emilio Sánchez-Vicario se ha subsanado con el grandioso juego de un joven combativo, luchador, un ganador que jugará su primera final de un Grand Slam tras derrotar al número uno del mundo, el suizo Roger Federer, precisamente en su primera participación en Roland Garros. El futuro es suyo.
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Smith & Warren pone a nuestra disposición esa placa identificativa que siempre hemos soñado desde nuestra más tierna infancia. Una amplia gama de placas que podremos custumizar a nuestro gusto para poder exhibirla en cualquier lugar y ser así el protagonista de redadas, detenciones, quedarse con una suculenta custodia ilegal de droga o simplemente por el hecho de hacer el gilipollas y ser el más ‘freakie’ del grupo. Y sólo cuesta unos 55 dólares.
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El extraño talento provocativo del genio ‘trash’ La carrera de Waters, marcada por la polémica ‘Pink Flamingos’, está marcada por la trasgresión y la polémica, por la libertad y la evolución creativa. Lamentablemente ningún cine salmantino ha tenido la deferencia de traer una película que muchos esperábamos hace tiempo. Ningún exhibidor ha tenido el arrojo ni los cojones de apostar por ‘A Dirty Shame (Los sexoadictos)’, así que aguardando que este acontecimiento se produzca (si no, habrá que ir tirando del burrito), qué mejor que recapitular la vida y obra de John Waters. Una vida que no es ni mucho menos corriente, ni normal, ni cotidiana, ni decente. Si no todo lo contrario. Waters se ha convertido en una indispensable celebridad gracias a una libérrima y disoluta percepción del arte, obscena y desmedida, ‘ultra-kistch’ y escatológica, insurgente y a su vez redentora. Es el indiscutible rey del ‘trash’, de la basura que ha salpicado con sarcasmo y excreción a las reprimidas morales puritanas con su cine corrosivo e incómodo, surgido directamente del subsuelo de todo aquello convulsivamente sedicioso. Cierto es que el ‘trash’, entendido como corriente estética y ontológica de la vida convoca todo aquello que batalla contra la belleza, los cánones estéticos y la apostura, aquello que apela con carencia de valores a los bajos instintos subversivos del artista. Waters se configura desde su precoz actividad de creador como un rebelde artístico, un dinamitador del yugo dictatorial del gusto, sustituyendo la belleza de lo ornamental y el mensaje políticamente correcto de lo consentido por una sempiterna búsqueda de la epifanía clarividente y verdadera que se encuentra en el fondo más hediondo y lúgubre de las personas.  La divergencia y la ‘basura paradigmática’ (en constante evolución hacia un formalismo artístico depurado) ha sido la constante de este ‘freak’ que abraza con su incómodo cine a la teología fílmica de visionarios mitos imperecederos de la ‘serie Z’ más mugrientos como Hershell G. Lewis, Ed Wood o Russ Meyer. Waters, también conocido como "The king of puke", debutaría en el cine con ‘Hag in a Black Leather Jacket’, una pequeña obra que describía la boda entre una joven blanca y un apuesto negro que representaría el cine con las señas llenas de roña del mago de Baltimore, ciudad que le vio nacer en 1946 y que le ha servido como fuente de inspiración a lo largo de su filmografía. Desde ese nada convencional comienzo en el Séptimo Arte, Waters ha indagado en cada rasgo de la citada cultura ‘trash’, saltándose todas las reglas formales, de forma drástica, trazando la vanguardia con una mirada distorsionada de la irrealidad que nos rodea, de nuestro propio fondo humano, dando como resultado una veracidad limítrofe en la náusea, de nuestra fehaciente condición de individuos. La frase que un buen día hizo popular el insurgente realizador "hay que tener buen gusto para saber apreciar el mal gusto" es paradigmática de la cosmología ‘watersiana’. Maldecido y venerado a partes iguales, este grano en el culo del cine independiente americano empezó a ganarse su mala fama con el trabajo ‘Mondo trasho’, un catálogo de barbaridades alejadas ya de su evolutiva domesticación de un humor salvaje y absurdo, metafórico e iniciador de una tradición poco explorada por el cine y por el arte, reservada a los díscolos artistas que expresan su talento por medio del escándalo.  La obra más conocida de Waters es y será su obra maestra ‘Pink Flamingos’, una basura inolvidable rodada en 16 mm. ataviada por un reconocible look feísta, ‘underground’ y antiestético que, a medio camino entre el pop y el ‘cutre-kistch’, encontró la forma de escandalizar a propios y extraños con la historia de Divine, un ambiguo obeso travestido considerado la ‘persona más guarra del mundo’, en una historia en la que vive junto a su atípica familia en constante lucha con los Marble, otra asquerosa prole con la que se enfrentan, ya que habitan en una caravana donde inseminan a toda jovencita que recogen en ‘auto-stop’. La carga argumental se hizo insostenible para la época, básicamente por su retahíla de coprofagia (el mítico plano final con Divine tragándose un excremento canino, sin truco ni trampa), felaciones, incesto, asesinato, castración, violación, transexualismo, exhibicionismo y canibalismo que expuso, con toda la frialdad del mundo, la realidad oculta de la sociedad cínica y falsa de los 70. Intención ésta última que Waters ha ido acoplando a sus posteriores trabajos. La emblemática Divine seguiría trabajando con Waters hasta convertirse, sin concesión a la porfía, en un icono del cine transgresor más sucio que se recuerde. Es entonces cuando se aprecia el designio del cine dirigido por Waters: el impacto, la realidad mugrienta y repugnante, según sus palabras “aquello que jode y molesta”. A la galería de ‘freaks’ aportados por Waters, con los que vivía en una comuna artística, hay que sumar a inolvidables ‘duches’ de la talla de Edith Massey, David Lochary, Mink Stole o Jean Hill. Contribuyente a enterrar la absurda pesadilla hippie, Waters inculcó con su arte una defensa a la verdad, una crítica (a veces apologética) a la violencia, reventando la idea ‘sixties’ de florecitas y paz, drogas y amor. Waters coincidió con el nacimiento del ‘punk’ y a él hay que anexionar sus primeros trabajos ‘Female Trouble’ y ‘Desperate Living’, demenciales declaraciones de intenciones de un cada vez más polémico director, amigo de varios miembros de la ‘familia’ del ‘psycho-mesías’ Charlie Manson.  Un nuevo tipo de cine que alteró a los críticos más clasicistas (no hay que explicar cómo se tomaron –y se siguen tomando- el arte de Waters) frente al desaforado acogimiento de la rebelde juventud de finales de los 70, libre y desenfrenada, amante de los excesos y recelosos del ámbito ‘beatnik’. Si bien puede parecer que la obra de este terrorista genérico corrió por los mismos cauces, no fue así, para decepción de sus entusiastas fans. Los 80 empezaron para John Waters mucho más sosegados, explorando la verdadera narrativa cinematográfica y evidenciando una progresión hacia ámbitos más depurados, con la misma carga crítica, pero desinfectando su imagen con cintas mucho más accesibles para el gran público. Prueba de ello son sus siguientes películas ‘Polyester’, ‘Hairspray’ y ‘Cry-Baby’, muy comedidas con las emociones fuertes, ofreciendo otro tipo de infracciones a la hora de poner en tela de juicio a la sociedad americana moderna, sin desprenderse de sus raíces revolucionarias, pero perfeccionando un gusto por un arte que le ha terminado de consolidar como un mito repuesto para la nueva comedia negra americana, influyendo sobre mortíferos críticos sociales como Todd Solondz o Neil Labute, entre otros muchos. Acostumbrado a emplear la sátira como rito cinematográfico, sus últimas producciones (‘Serial mum’, ‘Pecker’ y la espléndida ‘Cecil B. Demented'), ya inscrita en la moderación aparente, divide a aquellos que echan de menos la insurrección salvaje de sus primeros años y los que apoyan, por lógica, el cambio hacia un cine ácido, pero estéticamente más enaltecido, como opción de escape al encasillamiento. A pesar de que Waters haya abandonado las perversiones de su carrera freak, es innegable su propensión por incluir en sus trabajos elementos que no dejan de sorprender al público no habituado a los desvaríos de la posmodernidad temprana de este genio del ‘trash’. Un gran mago de la basura y la defecación hecha celuloide que ha hecho de su militancia en el sótano de la diatriba social una bandera para las posteriores generaciones.  Por eso, espero con impaciencia ver esa película de la que tan bien me han hablado que es ‘A Dirty Shame’, cuyo análisis en esta líneas sería la guinda perfecta para cerrar este elaborado reportaje sobre uno de los cineastas más contestatarios y controvertidos de la historia del cine.
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jueves, junio 02, 2005
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El día en que hemos conocido que el Pleno del Congreso ha dado vía libre a la aparición de nuevos canales analógicos, eliminando así el tope de tres que había sido incorporado en el Senado, en la Ley de Impulso de la Televisión Digital Terrestre y sin entrar a valorar si tanta “prisa” se debe a intereses económicos de algunos o no, mañana día 3 de junio, Elpais.es volverá a ofrecer a sus lectores internautas información gratuita actualizada las 24 horas, artículos seleccionados de la edición impresa, fotografías, gráficos, vídeo, audio, búsquedas, archivos... Mario Tascón, responsable de Prisa.com avanza además que mañana los lectores tendrán "una sorpresa". Habrá que ver si es verdad o no.
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“La Iguana” de Detroit, el bestial Iggy Pop, y los hermanos Asheton formaron, como todos sabemos, un grupo revolucionario, mítico, clave y absoluto en el desarrollo de la música moderna. Una de sus canciones más conmemoradas e imperecederas es ‘I Wanna be your dog’, una sediciosa copla llena de furia e irreverencia que simbolizó el movimiento ‘punkie’ de los 70. Integrada en el primer disco del grupo, titulado ‘Stooges’, en 1969, bajo producción del Velvet Underground John Cale (aunque la primera elección de Iggy fue Jerry Ragovoy, el productor de Dusty Springfield), podemos disfrutarla en la espectacular Amaste.com con 27 versiones (todas disponibles en mp3) de tan glorificada canción.
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Otra de esas prosaicas y loadoras listas que se perpetran bajo la denominación 'Top 10' y que abundan como musgo en temporada lluviosa la acaba de hacer pública la BBC siguiendo las directrices de la revista Empire Magazine. 1. Steven Spielberg 2. Alfred Hitchcock 3. Martin Scorsese 4. Stanley Kubrick 5. Ridley Scott 6. Akira Kurosawa 7. Peter Jackson 8. Quentin Tarantino 9. Orson Welles 10. Woody Allen Se trata de la enésima selección de ‘Los mejores directores de la Historia del Cine’. Como se puede apreciar esta lista es ilógica dada su carencia de incuestionables clásicos del cine y risible si atendemos a alguno de los cineastas incluidos en esta pantomima barata. Una lista más acorde con una elección de los espectadores de la MTV o de ignaros principiantes en el mundo cinéfilo. ¿Infame clasificación? ¿Ignorancia? ¿Ambas cosas? Post del todo pueril, reconozcámoslo, pero qué queréis, me acabo de levantar.
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miércoles, junio 01, 2005
Nuestros queridos amigos Spaulding (mencionado por Fotogramas como "un mito en el mundo de los weblogeros"), al que incontables lectores de su espléndida weblog perseveran en conferirle una analogía física con el progenitor de ‘Padre de familia’ y el inefable Dr. Zito me han lanzando un reto, a modo de cadena, que ya ha perdido su origen y continúa extendiéndose a lo largo y ancho de la red. Menos mal que, echándole un vistazo, es aparentemente fácil de rellenar. Así que voy a ello: 1.- Tamaño total de archivos de música en tu ordenador: Pues además de los más de 200 cd’s que tengo (casi todo bandas sonoras apiladas), ahora mismo, en mi nuevo disco duro conviven aguardando una correcta ordenación en la carpeta de bandas sonoras, 4’95 gigas y en el resto de música (álbumes de diversa índole) 4’46 gigas. Como alegato a mi favor tengo cientos de cd’s originales e incluso atesoro con nostalgia multitud de casetes también originales (qué tiempos). 2.- Último disco que te compraste: 3.- Canción que estás escuchando en este momento: En este momento, en mis oídos suena la fragosa estridencia de Disturbed con la canción ‘Dehumanized’, de su último disco ‘Music as a weapon’. 4.- Cinco canciones que escuchas mucho y que, por tanto, tienen significado para ti:
Esta es una pregunta francamente compleja. Así que dada la celeridad con la que estoy escribiendo estas líneas optaré por elegir cinco temas que me cautivan, pero a los que no etiquetaría como favoritas porque si me paro a meditarlo con calma seleccionaría otras cinco y posiblemente mañana serían otras tantas. .- ‘One’, de Metallica. Canción y vídeoclip que pasarán a la historia por su claroscuro y su letra que evoca tanto en historia como en imágenes, a la obra maestra de Dalton Trumbo ‘Johnny cogió su fusil’. .- ‘Jumping the line’, de Harry Belafonte. Mi canción predilecta para esos funestos momentos de bajón. .- ‘Love’, de Nat King Cole. Otro de mis clásicos favoritos. .- ‘Rockin In The Free World’, de Neil Young. .- ‘London calling’, de los Clash. Claro que sí. Ya me estoy arrepintiendo por haber dejado de citar títulos recurrentes de necesidad vital, así que mejor dejo estos, que son los primeros que me han venido a la cabeza. 5.- Cinco señores (o pardillos, como dice Zito) a los que les pasas el turno: Y ya está.
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Con todo lujo de detalles; piscinas, sonrisas, timbas de póker, viajes a Europa, moda setentera, cardados capilares, ornato y vestimenta floral, patillas y bigotes imposibles, un primogénito 'Hippie'... Lo sé. A mí también me acojona, pero algún día inventaré una historia para esta entrañable familia.
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Soporífero desierto sin fin Van Sant propone un letárgico producto sobre la búsqueda de identidad a modo de terrible pasquín experimental que yerra en sus designios debido a su anodina lentitud. ‘Gerry’, la última obra estrenada en España del imprudente Gus Van Sant, es en realidad precedente a ‘Elephant’, filme con el que el cineasta ganara hace dos años la Palma de Oro en el Festival de Cannes. La trama es la siguiente: dos amigos que van de excursión con un coche deciden dejar la autopista y lanzarse campo a través en busca de algo que sólo ellos conocen. Con el desierto por delante, estos dos 'Gerrys´ (que significa algo así como gilipollas) se lanzan a un viaje sin retorno que les llevará a perderse en el desierto para que uno de los dos mate al otro al final de la película. Evidentemente es un atroz ‘spoiler’, pero como la película de Van Sant es de lo más previsible, e incluso soporífera, no se desentraña nada. Al igual que en ‘Elephant’, el director de la maravillosa ‘My Idaho privado’ expone sus planteamientos desde el siempre dificultoso experimentalismo, en varios niveles, ya que la cinta no tiene ninguna construcción dramática para relacionar un esquema lógico, obviando de este modo las causas y los efectos. Por supuesto, el aburrido viaje que se sostiene en la ‘no-acción’ es una metáfora de la búsqueda de la identidad, de la pérdida de valores y el indicativo del desconcierto de la juventud en un entorno desconocido donde, por supuesto, habrá una comunión lógica entre lo violento y lo hermoso. Con las sutiles notas de Arvo Pärt de fondo, Cassey Affleck y Matt Damon (que figuran como guionistas de la película porque lo que hacen es improvisar los pocos diálogos que se escuchan a lo largo del metraje) protagonizan una historia donde las coordenadas de espacio y tiempo se agolpan en un punto de fuga que Van Sant ni siquiera se molesta en explicar. Sólo importa soslayar lo tópico o preestablecido para enfatizar en lo experimental del asunto, sin percatarse de lo plomizo que resulta todo.  La arquitectura de ‘Gerry’ es una tomadura de pelo minimalista de Van Sant que ostenta en su somnífero ejercicio empírico una sucesión de largos travellings, de bellas panorámicas paisajísticas, de la utilización excesiva de la ‘stedy cam’. Directriz que se deriva en una duración de los planos que van más allá de lo aceptable. Un filme que muy bien podrían haber rodado Andy Warhol o Michael Snow y que pivota en su desfachatez mantenida en una carencia de explicación racional capaz de dar sentido a las situaciones que se ven en pantalla y que tan bien funcionaron en ‘Elephant’, dado que en aquélla había un estallido de violencia final descarnada y lacónica. Algo que que pierde su sentido en ‘Gerry’, fundamentalmente por la desmotivación que provoca la insuperable desazón que imbuye al relato, la misma que sienten los tediosos protagonistas, perdidos en un desierto que les enfrentará a sí mismos y donde sólo el más fuerte será capaz de sobrevivir. Una opción que tal vez el realizador se haya planteado, la de exhibir mediante imágenes la desorientación y pesadumbre de dos personas perdidas en una estéril estepa sin fin. Hay quien dice que esto es un homenaje al ‘western’ debido a los paisajes, a su recurrente espíritu vocacional. Deliberación hilarante, sin duda alguna. ‘Gerry’ no es más que la manifestación de que Van Sant ha pasado de poner la mano para contar el dinero del ‘remake’ de ‘Psicosis’ a agredir con sus pretenciosas y fatuas debilidades experimentales sin ningún pudor. Miguel Á. Refoyo © 2005 PD: Por si fuera poco, he oído que ‘Last Days’ (presentada en Cannes recientemente) sigue esta misma táctica de planificación aleatoria y ensayo fílmico, por lo que Van Sant tiene un espectador menos para presenciar los últimos días de Kurt Cobain.
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