martes, 18 de octubre de 2011

DIARIO DE RODAJE ‘3665’ (y V)

05 de SEPTIEMBRE de 2011: El jardín y el final
La mañana trazó un plan que debíamos seguir a rajatabla. Había que rodar con la luz de sol antes de que saliera más de la cuenta. Exigencia razonable de Álvaro, el director de foto, que cuidó con esmero la calidad luminosa de todas las imágenes con completa minuciosidad. Y así debía ser. A pesar de que “Zama” llegó tarde, todos estábamos apostados en una vía de tren abandonada, en las inmediaciones de Salamanca, cerca de donde rodamos la casi totalidad del corto. En ella se rodaron algunos de los primeros planos del cortometraje. Coincidió además con el primer día de calor real del rodaje, con un sol que empezaba a picar y una sensación térmica de esas de playa seca, sin agua, que confieren las zonas del centro de la península.
Es entonces cuando Raúl Prieto, que vino dejando a todos boquiabiertos con su interpretación llena de ‘fisicidad’ y entereza actoral abordando con una profesionalidad fuera de lo común cualquier reto que se le pusiera, ofreció una angustiosa composición interpretativa en un plano que dejó a todos boquiabiertos. Ver actuar a Raúl es como montarse en una montaña rusa. Observar sus ‘loops’ interpretativos ofrece una sensación alucinante; la forma en que acomoda y matiza el carácter del personaje, cómo se desvive por resultar creíble y real… Embobados, vimos cómo hizo que el sufrimiento del Hombre Errante fuera capaz de poner un nudo en la garganta de todos los que mirábamos. Raúl es un espectáculo interpretativo en sí mismo. El actor perfecto. El puto amo de este oficio.
Era un día de cambio de localizaciones. Comparado a los otros días de rodaje fue como una excursión continúa. Por la mañana, la vía abandonada. Y después, a otra vieja nave jamonera de Mercasalamanca, con el olor rancio de las patas de marranos aún impregnada en sus paredes, pero enmohecida por el paso del tiempo. Jorge Cáceres vino en nuestra ayuda para labores de producción. Lo cierto es que este amigo es el comodín perfecto en cualquier rodaje. Y no lo escribo de forma peyorativa. Todo lo contrario. Es proactivo y multifuncional. Tan pronto echa una mano en producción, como que cambia un foco, ayuda a ‘atrezar’, barre si hace falta porque la secuencia lo exige… echa abajo una puerta, ayuda en cámara… Un todoterreno que no se detiene ante la adversidad.
Salimos de la lonja para meternos en una enorme sala que hace las funciones de enfermería, donde transcurriría otra de las partes fundamentales del corto. El reparto se completaba con la aparición de la actriz Marta Benito (que estuvo desde primera hora de la mañana atenta a nuestros movimientos para familiarizarse con el equipo) y con el pequeño Ángel González Fraile, hijo de unos amigos (dueños del Bar Gema) y poseedor de un rostro muy agradecido a la hora de filmar. Marta lleva gran parte de su vida haciendo teatro en la Compañía Etón, junto a Ángel González Quesada, gran amigo y actor que fuera el oscuro Fred en ‘El Límite’. Y os puedo asegurar que es una de las mejores actrices que tenemos en esta ciudad, con una capacidad dramática absolutamente desbordante. Por cierto, que Quesada se pasó a saludarnos y se produjo el encuentro entre los dos actores de aquella experiencia cortometrajística de hace nueve años. El pequeño Ángel, por su parte, era la primera vez que se ponía delante de una cámara. Menudo descubrimiento. Qué magnetismo tiene su rostro. Los dos dieron lo mejor, su porte más triste y dramático, subyugando con miradas que darán el componente dramático al final de ‘3665’. Es una pasada trabajar con gente tan entregada. En otro orden de cosas, permanecer en un cementerio vacío de jamones debería haber ilustrado nuestros deseos culinarios para el último día, que se viviría como una pequeña fiesta. Pero el catering, compuesto por una menestra de verduras aceitosa y una carne guisada con patatas hizo la comida la más efímera y frustrante de todas.
De cualquier modo, y otra vez con prisa, había que abandonar para siempre Mercasalamanca. Antes, Hernán Martín (del que provienen la casi totalidad de las fotos que han ido apareciendo en este diario), que durante todos los días estuvo grabando y fotografiando cualquier movimiento que se produjera durante el rodaje, hizo la foto de familia. El siguiente objetivo era colarnos en un lugar bastante iconográfico de Salamanca: el Colegio abandonado de los Padres Paùles. El sitio es otro de esos hallazgos que pone los pelos de punta. Parece que en esta ciudad me he especializado en encontrar lugares que sean arquetipos de casas del terror, de muerte y aislamiento, de destrucción y símbolo del paso de los años. El abandono no es lo que le confiere un céfiro mortecino, sino su estructura claustrofóbica, sus pasillos interminables y su luz apagada que hacen de él un territorio idóneo para estremecerse de miedo. La verdad es que no había tiempo para este tipo de paridas. Cuando llegamos, intentamos acceder al jardín, desatendido desde hace décadas y lleno de maleza. Mala suerte. No había manera. Yo aseguré a todo el equipo que se podía entrar sin dificultad. Tengo que reconocer que les estaba mintiendo. Había recorrido varias veces el edificio, pero nunca había estado ‘in situ’ en aquel jardín. Siempre había supuesto que no sería difícil acceder a él. Me equivoqué. Buscamos una salida y por momentos pensé que el cortometraje se quedaba sin final. Así de fácil, en un suspiro. Por gilipollas. Empero, el destino me guardó un último as en la manga y después de que yo saltara por una ventana a más de dos metros del suelo para intentar buscar una solución, las voces del grupo se oyeron cercanas. Era la hora de poner a prueba el modo “guerrilla” del grupo. Había una ventanilla a ras del suelo por donde (en este orden) la Red One, Jairo, Álvaro y Álex consiguieron acceder. Lo habíamos conseguido.
Poco después, la sorpresa: un anciano paseaba ajeno a todo por allí, como si fuera su casa. Yo imaginé que sería un encargado o algún puesto similar y me dirigí a él con la intención de pedirle permiso para rodar cortésmente. “Yo estoy aquí como vosotros. Me he colado”. Cuando nos dijo por dónde había entrado, nuestro rostro definió muy bien una mueca de ridículo. Un acceso por la valla exterior, sin ningún obstáculo para entrar, era la puerta hacia el jardín. Nos dijo: “¿Habéis entrado como los topillos? ¿Arrastrándoos?”. Y se fue descojonándose de nosotros. Fue la última anécdota de un día que impuso de nuevo la premura que había golpeado cada día con un imperativo: la luz se iba. Los tres planos restantes entraron dentro del plan previsto. La luz del sol iluminó al caer la tarde el último plano del corto. Una coincidencia poética y casual que dejó ese emotivo golpe de la claqueta, la final, pero también la única de todo el rodaje, ya que se ha grabado todo sin sonido, en plan bilbainada.
Con la conclusión llegó el relax. Un trozo de empanada nos supo a gloria y las despedidas de parte del equipo se iban produciendo. Estábamos citados para la celebración ésa misma noche. Sólo unos pocos reunimos las fuerzas suficientes para bajar a dar lo poco que nos quedaba dentro. Muchos se levantaban muy pronto a la mañana siguiente. Yo, por mi parte, sabedor de las pocas horas acumuladas de sueño y la adrenalina quemada, tanteé la capacidad de aguante de mi cuerpo y no conseguí seguir el ritmo de la apoteosis. Álvaro, Jairo y el gran Jas se retiraron pronto. Estaban agotados. Sólo “Zama”, Hernán, Raúl y Alfonso fueron capaces de continuar la noche de fiesta. El agotamiento me abrazó y me tumbó, allí mismo, en el mítico bar Paniagua. Caí literalmente fulminado, muerto de felicidad. El cansancio venía en el ‘pack’ con la recompensa de haber terminado y la promesa de una cama que acogería mis sueños. Pero éstos habían tenido lugar como uno sólo, durante cuatro días atrás. A mí me hubiera gustado quedarme hasta el final y recomponerme para pillarme una merecida y colosal taja. No fue así. Lo reconozco: debe ser que estoy mayor.
La mañana siguiente, con algo de resaca incluida, despedí y ayudé a los que se fueron a sus respectivas ciudades después de compartir este tránsito vital. El rodaje de ‘3665’ había llegado a su fin. Aunque no fuera más que el principio de un largo periplo de postproducción que durará meses y meses hasta que vea la luz. Incluso hoy, más de un mes después de aquello, me siento extraño sin tener que volver a ir a rodar. La dura realidad se impone. Lógico, diréis. Lo bueno se acaba pronto, pero tengo un pedacito de sueño cumplido. Ha sido maravilloso trabajar con gente que pone tanto de sí misma por un bien común. Pero también descubro que las sensaciones han sido bien diferentes a las que viví cuando rodé ‘El límite’, nueve años atrás; la inocencia parece haber cambiado fugazmente. Sigue siendo la misma, sólo que ahora la ilusión parece haberse transformado en seriedad y profesionalidad a la hora de sacar adelante este proyecto. Queda mucho camino. Será una travesía llena de desencantos y obstáculos, de problemas y de monstruos que habrá que vencer. Lo que me lleva a luchar por ello es el sacrificio de los demás, que pasaron cuatro días con un deseo: disfrutar de este trabajo cristalizado en imágenes. Mi tesón por dibujar de nuevo una historia en formato de corto, una fábula que todos podrán ver tarde o temprano, ya está aquí.
Y la gesta de ‘3665’ no ha hecho más que comenzar…