martes, 4 de noviembre de 2008

Raúl Prieto, más que un actor

Hace poco, en Salamanca, se tuvo la oportunidad de ver representada la obra de August Strindberg ‘La señorita Julia’, dirigida por el veterano Miguel Narros. Cuando se cumplen 120 años de la publicación de la obra de teatro, los propósitos de este demencial autor sueco siguen vigentes en la actualidad; la infame e irresistible pasión de esta mujer avanzada a su tiempo, malcriada y caprichosa, liberal y atormentada, atraída irremediablemente por su criado, un joven con aires de grandeza, ambicioso y sin escrúpulos. Éste, a su vez, no soporta su posición social y se ensaña con la hija de su señor en una relación de perversas dualidades que van desde la clemencia al sadismo, en un sinuoso viaje interno a través del nihilismo, de la maldad, de la manipulación y los juegos psicológicos mezclados con los recuerdos y los deseos de unos personajes agobiados por sus dudas.
No se ha perdido ese prisma brutalmente antifeminista, donde el sexo es capaz de igualar las clases y llevar a una locura que acarrea unas inevitables consecuencias que devienen en un choque con los recuerdos, en una guerra de géneros en la que se libran armas como el insulto, la pasión y la artería emocional. Narros adapta con gran fortuna la obra de Strindberg. Tal vez se le puede reprochar que en su desenlace, tanto la puesta en escena como el devenir de los acontecimientos sea excesivamente plana y fría, lo que hace que ese trágico final no transmita la veracidad, la cercanía y la tribulación necesaria para poner la puntilla a una magnífica función. Lo más destacado, eso sí, son las interpretaciones que llevan a cabo sus tres únicos actores; Raúl Prieto, María Adánez y Chusa Barbero. Y en este punto es donde verdaderamente comienza el post.
Conocí a Raúl hace catorce años, cuando nuestros caminos se cruzaron el primer día de clase en aquel octubre en que comenzamos CC. de la Información en la Pontificia de Salamanca. Desde entonces, junto con otros cómplices comunes, como Quike Santiago o Amable Pérez, no hemos dejado perder el contacto. Ya desde entonces, este valenciano criado en Salamanca comenzaba a mostrar sus múltiples inquietudes artísticas. Además de su brillante paso por la facultad y de comenzar la carrera de Filosofía, Raúl tenía tiempo para dibujar en los míticos fanzines de ‘Fórmula Rave’ y empezar a hacer sus pinitos teatrales dentro del grupo ‘La Máscara’, donde participó en numerosas obras de diversa índole. La interpretación se convirtió en su objetivo vital, en su designio de futuro.
Viéndole en aquellas funciones, ya se intuía que este joven portento era una auténtica bestia interpretativa, haciendo plausible cualquier método categórico para llegar al fondo del personaje. Con su intachable y deslumbrante paso por la RESAD, Raúl se fue forjando en cortometrajes y, sobre todo, en las tablas del teatro, su gran pasión. Rafael Labín, Vicente Fuentes, Ricardo Pereira, Paco Vidal o David Boceta son sólo algunos de los directores con los que ha trabajado hasta la llegada de Miguel Narros, referente dentro del mundo teatral y director de sus últimas tres obras; ‘Salomé’, ‘Móvil’ y ‘La señorita Julia’. Series televisivas como ‘Amar en tiempos revueltos’ o, más recientemente, ‘La señora’, y el protagonismo de la película ‘La fiesta’ han mostrado el grado de versatilidad de actor un prolífico y de inagotable talento.
Raúl Prieto es uno de los mejores actores jóvenes de este país. Posee una facilidad descomunal para encarnar a personajes torturados, dando vida a mentalidades cubiertas de un esmalte de dureza, de maldad, pero que, en el fondo, esconden una delicada fragilidad. Poca gente hay que escudriñe todos los estratos intrínsecos de sus roles, aquéllos que lleven a entender y comprender sus movimientos. Es lo que le hace tan especial. Un actor que conoce y diferencia a la perfección los diferentes códigos interpretativos, para llevarlos al límite, a la genialidad. Raúl siempre se ha caracterizado por llevar su profesión hasta ése grado de desequilibrio que hace grande la profesión. Y lo hace con devoción, disfrutando de cada momento en el que despliega sus inabarcables aptitudes, haciendo de su trabajo un objeto de práctica hermenéutica, pero sabiendo poner los límites necesario de alejamiento. Es un interprete que lo tiene todo. Para Raúl el escenario, su medio predilecto, es una puerta a la verdad de unos personajes que desgrana con inteligencia y los hace suyos, bebiendo de la verdad de las pasiones, extrayendo toda la vida y el sentimiento posible perceptibles en sus memorables festejos teatrales o participaciones cinematográficas o televisivas.
Este joven actor sabe concebir la existencia y las relaciones humanas, la realidad y la ficción de un modo que determina siempre la esencia de la expresión artística, unificando una particular cohesión entre el lenguaje corporal y la técnica interpretativa. Pocos actores saben crear y desarrollar un discurso específico como lo hace él. Raúl Prieto tiene un don, como una antítesis del mago, cuyo propósito es convertir de forma diáfana la complejidad del mundo y del alma humana. Sabe como nadie transmitir y representar con dignidad ésa la paradoja del actor en su más alta esfera, es decir, la encarnación y la determinación dados en una admirable licuación de talento, ya sea en comedia o en drama.