viernes, 17 de junio de 2011

Review 'X-Men: Primera Generación (X-Men: First Class)', de Matthew Vaughn

El renacimiento variable de los mutantes
Después de ‘Kick-ass’, Matthew Vaughn propone un cambio de aires a la saga de los mutantes de la Marvel con una precuela filmada con elegancia en una ágil concesión al ‘thriller’ que roza el cine de espionaje salpicado de sentido del humor.
El resurgimiento de una saga como ‘X-Men’, que acumulaba ya tres entregas y la disección individual de uno de sus personajes más conocidos, Lobezno, necesitaba una rehabilitación mitología debido a una anémica finalización y un agotamiento más que evidente dentro de los parámetros de las adaptaciones del cómic de la Marvel. Lo bueno de su condición de saga colectiva es que pervive en ella una amplia multiplicidad gracias a las transformaciones sufridas a lo largo de los años, que abren la puerta a las variaciones polisémicas dentro de un mundo poblado por seres mutantes con conflictos dramáticos más o menos comunes.
Pretender abarcar toda la historia de los ‘X-Men’ se antoja imposible, por lo que aquí se ha optado seguir el patrón de otros modelos superheroicos y replantear su estrategia comercial una vez agotado el prototipo para reformular la orientación de la franquicia. Sin caer de lleno en esa ‘Edad Oscura’ que alcanzó a iconos como ‘Spider-man’ o más claramente el ‘Batman’ de Nolan, Matthew Vaughn opta en ‘X-Men: Primera Generación’ por su vista de un modo autorreferencial a ‘Kick-Ass’, con nueva versión que se mueve entre la solemnidad de la problemática de esa eterna entre mutantes y humanos y algo más de frescura despojada de tanta circunspección.
Vaughn toma la batuta tras Brian Singer y Brett Ratner, abandonando la metódica frialdad del primero y el desmedido descalabro del segundo, para iniciar un parabólico y libérrimo tributo con una adaptación que se sitúa en la línea mágica y brillante de los guiones de Cleremont, Byrne, Davis o Morrison. Ha llegado un momento en que el cine de superhéroes se ha tiranizado a la reiteración, al abuso de ‘blockbusters’ que adecuan cómics manufacturados con una facilidad vehemente. ‘X-Men: Primera generación’ podría equipararse al efecto que ‘Casino Royale’ propició a otra franquicia agotada como la de James Bond. Por eso, Vaughn, junto a su elenco de guionistas formado por Ashley Miller, Zack Stentz y Jane Goldman, lo que pretenden es deconstruir lo ya narrado, desde su génesis, haciendo de esta nueva entrega una precuela y mosaico de referencias al cómic, sin traicionar sus estilemas, hasta liberarse a un producto deliciosamente subversivo. Por supuesto que no falta la reivindicación de la humanidad de los mutantes, pero ahora que se ha dejado a un lado a Tormenta o Lobezno. Aunque ojo, Hugh Jackman hace un cameo interpretando a Wolverine.
Este salto en el tiempo retribuye al fan con una cinta alimentada por la energía juvenil de los mutantes, de sus rudimentos y primeros pasos. El itinerario de esta precuela se ubica, por tanto, en los inicios de esa relación de odio y necesidad que van fraguando el Profesor Charles Xabier y el Doctor Erik Lehnsherr, más conocido como Magneto. Como viene siendo algo habitual en el último cine de acción, la pasada Guerra Fría y la crisis de los misiles cubanos de 1962 sirven de marco para desarrollar un antagonismo que les une en una misma búsqueda del malévolo doctor nazi Kalus Schimdt / Sebastian Shaw; uno con objeto de defender a su país y el otro, con ansias de venganza sobre el hombre que asesinó a su madre y lo utilizó en experimentos médicos en un campo de concentración. Por supuesto, sin olvidar densos temas como la discriminación, la enajenación, la libertad y la duplicidad confabulada en la ambigüedad que se dispone en el antagonismo de los mutantes.
Se nota el apego que siente Vaughn por el material que tiene entre manos y desarrolla su función en consecuencia, con la habitual elegancia y cognición del medio más populista del cine. El realizador de ‘Stardust’ es buen conocedor de los entresijos de lo comercial, filmando a lo grande, pero sin desprender el interés de un guión calculado con la pirotecnia de efectos digitalizados puestos al servicio de la historia. Por eso mismo, el tono existencialista queda diluido en un aspecto formal más lúdico, que juega a comedir los excesos al tratarse de una época pasada, más cauto en cuanto a demonizar la historia a los nuevos desafíos digitales.
Pese a su larga duración y sin ser la película definitiva de superhéroes y a que su franqueza prosaica se sujete a las progresiones emocionales de los personajes, la acción prolifera no sólo como parte individualizada de enfrentamientos o luchas, sino que extiende su interés a una ágil concesión al ‘thriller’ que roza el cine de espionaje salpicado de humor, con una dinámica que activa los dispositivos necesarios. Es cierto que al cineasta británico se le nota demasiado pendiente porque todo resulte sorprendente, pero lo hace con una sorprendente capacidad a la hora de combinar ingenio e instinto para obtener como resultado una cinta de gran consumo, con elevadas dosis de adrenalina y abriendo nuevas posibilidades a una saga que parecía acabada.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2011
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