jueves, 30 de abril de 2009

Review 'Man on Wire (Man on Wire)'

Disección de una locura irrepetible
James Marsh narra la apasionante aventura de Philippe Petit con un dominio narrativo absolutamente fascinante, haciendo crecer la intensidad como si de un ‘thriller’ se tratara.
‘Man on wire’ comienza como un ‘thriller’, como una película de atracos, con un grupo de personas en una furgoneta que desconfían unos de los otros, volcados en un reto, disfrazados para lograr un objetivo común. Sabemos que no van a robar un banco, pero sí a franquear una barrera de seguridad que puede tener un improbable final feliz. Se trata del grupo de colaboradores agrupados por el equilibrista francés Philippe Petit, que se propuso llevar a cabo un original desafío. El 6 de agosto de 1974, Petit, fascinado con las Torres Gemelas, se camufló junto a un grupo de cómplices entre los trabajadores del World Trade Center y organizó todo un operativo en el último piso de una de los rascacielos. Un día después, los viandantes de Nueva York alzaban la vista para ver un espectáculo inaudito. Sobre el cielo de Manhattan, en medio de las torres, Petit caminaba encima de un alambre suspendido sobre sus cabezas durante tres cuartos de hora. Estuvo caminando sobre el cable a casi 500 metros de altura hasta completar ocho trayectos de ida y vuelta. A este acto de insensatez y heroicidad sin límites fue denominado como “el crimen artístico del siglo”.
La hazaña de Petit es de por sí una historia tan fascinante, increíble, temeraria, extravagante e inverosímil que James Marsh convierte con facilidad esta aventura en un documental de prodigioso talento, no sólo por el contagioso entusiasmo del equilibrista que probó sus propios límites, sino por la narración con el director va hilvanando la fábula real de Petit. El cineasta controla el ritmo del documental con un dominio descriptivo absolutamente fascinante, dinamizando la trama con cadencia frenética, haciendo crecer la intensidad como si de un ‘thriller’ se tratara, aunque para ello utilice pasajes ciertamente inverosímiles, como todos los encuentros y desencuentros con los vigilantes de las últimas plantas de las Torres Gemelas. ‘Man on wire’ combina una dramatización creadas para el documental con recreaciones de los hechos y documentos gráficos reales, así como los testimonios de los protagonistas sobre la elaboración del plan y posterior perpetración que consumarían un delito artístico sin precedentes y sus estados de ánimo circunscritos exclusivamente al momento en los que tuvieron lugar.
Con ello, se apela a una épica emocionante e impactante, que no se limita a describir con detalles una hazaña concreta sino al periplo vital que rememoran los protagonistas de aquella inconsecuente gesta. El documental comienza con un montaje paralelo de las torres gemelas y de la infancia del propio Philip Petit, como si el World Trade Center hubiera sido erigido para probar la intrepidez y obstinación del funambulista galo, que antes había demostrado su arte y locura recorriendo sendos cables entre las torres de la catedral de Notre Damme, en París y entre el Puente Harbour de Sydney, en Australia. Dentro del documental, tales proezas son sólo experimentos y ensayos para acometer la materialización de su destino, aquél que está descrito dentro del filme.
Los recuerdos y sensaciones de los seis años de preparación para ese “gran golpe” van desgranando la admiración y la desconfianza que suscitó la descabellada idea de Petit en todas aquellas personas aquellos que le rodearon, dibujando una aventura de cine negro con la ejecución de un plan perfecto para llevar a cabo el sueño intangible de aquel hombre de espíritu soñador y creativo que superó un reto que jamás nadie volverá a lograr. Existe así una nostalgia casi dramática que no deviene en la desaparición del World Trade Center (ni siquiera se alude al 11-S), si no a las sensaciones perdidas, a la emoción y el miedo del momento, a la libertad experimentada por un entrañable pirado. Mediante la fusión de imágenes reales del acontecimiento y la espléndida dramatización filmada en un cuidado blanco y negro, Marsh acerca al espectador a un espectáculo memorable vivido en primera persona, creando una sensación de vértigo ejemplar a la hora de poner en imágenes tal experiencia.
‘Man on wire’ adquiere así un grado viveza y pasión pocas veces vista sobre una pantalla de cine. Para Petit no había una respuesta lógica al porqué de la acción, simplemente la definió como “una nueva forma de ver América”. Es asombroso, por tanto, oír la narración en “Off” mientras desfilan las impresionantes instantáneas de Petit hincando la rodilla en el cable, saludando o tumbándose sobre el cable a ésa altura, asumiendo un riesgo del cual llega afirmar que no estaba seguro de la seguridad del cable hasta que estaba sobre el primer ‘cavalletti’ (sujeciones laterales y frontales que estabilizan la cuerda sobre el aire). Uno de los oficiales encargados de detenerlo lo resume en una frase paradigmática del estremecimiento que vivieron todos en las Torres Gemelas: “Me di cuenta de que estaba viendo algo que nadie jamás vería en su vida”.
‘Man on wire’ es la crónica de la constancia de un hombre apoyado en su fe ciega y en una voluntad imperturbable que obtuvo un triunfo inigualable del instinto sobre la materia. El documental también analiza las consecuencias del acto. Philippe Petit fue acusado de invasión de propiedad y alteración del orden público. Pero las secuelas de aquel 7 de agosto fueron otras. La liberación personal de Petit fue tal que, a partir de ése momento, su vida cambió de sentido. La popularidad, la reacción de la gente y su hazaña revolvieron su vida con tal magnitud que destruyó todo aquello que le ayudó a conseguirlo. Desde el amor de su vida, Annie Allix, a la amistad del grupo que le ayudó a lograr la epopeya. Uno de sus protagonistas, Jean-Louis Blondeau, se viene abajo y derrumba en un par de instantes de su entrevista al recordar la ruptura del contacto con Petit, añorando aquel momento, pilar fundamental no de este documental, sino de las vidas de aquellos que fueron cómplices del funambulista francés.
Tal vez hubiera estado bien un poco más de profundización en este tema. Pero Marsh es inteligente y lo corta de raíz, dejando la sensación de vacío que debieron sentir los protagonistas. ‘Man on wire’ trata sobre un instante, sobre unos minutos que cambiaron las vidas de este grupo de personas de una forma profunda, casi mística, en contraposición a la entidad de quijotesca fantasía y locura de aquella demostración de valentía. Tampoco se puntualiza qué fue de la vida de Petit después de este evento tan trascendental para su vida. Y puede ser porque Marsh se ha limitado a adaptar el libro ‘To Reach The Clouds’, donde el propio Philippe Petit termina el periplo narrativo en el momento en que consigue su objetivo. Se echa de menos, sin embargo, algo más de riesgo y esclarecer algunas preguntas necesarias. Hubiera sido maravilloso conocer su exposición acerca de la destrucción en septiembre de 2001 del emblema que le dio a conocer en la época. A cambio, y con esta actitud cortante, Marsh está ofreciendo un retrato sincero de Petit. Nunca fue un líder, tampoco un héroe. De hecho, una vez consumado el objetivo, la realización del sueño común, a todos los implicados en la aventura les lleva, indefectiblemente, a asumir la verdadera naturaleza hedonista e interesada de Petit, que arrastra con su pasión egoísta a un grupo de colaboradores.
‘Man on Wire’ es una maravillosa disección del sentido de la vida. Petit y Marsh hablan de ejercer la rebelión, de aquellos que no renuncian a su sueño, por muy arriesgados y locos que estos puedan ser. El documental, ganador del Oscar 2008 en esta categoría, expone la consecución de la plenitud, por encima de los demás, por encima de las suspicacias. Lo importante, en todo caso, es vivir la vida como un desafío sin traicionar todo aquello a lo que se aspira. ‘Man on Wire’ es, fuera de toda duda, una de las mejores películas del año.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
-‘Precarious moments’, galería fotográfica de Jean Louis Blondeau.
Próxima review: ‘Déjame entrar’, de Tomas Alfredson.