jueves, 9 de abril de 2009

Especial Semana Santa: Review 'La pasión de Cristo (The Passion Of The Christ)', de Mel Gibson

La efectista violencia de un calvario
‘La Pasión de Cristo’ no es más que un producto de calculada trascendencia comercial que removerá el corazón de los fácilmente impresionables.
En nuestra cultura occidental, desde Giotto –hacia finales del 1200– hasta la magnífica era de los grandes pintores seculares holandeses del Siglo XVII, las imágenes de Jesucristo y su Pasión han sido imprescindibles en el entendimiento del Arte. En el cine (sobre todo en el épico) también ha habido una predilección ‘histórico-bíblica’ hacia el sufrimiento y muerte de Cristo. En una época dominada por los grandes blockbusters comerciales, los remakes, el cine repleto de sangre y las películas de efectos especiales, Mel Gibson ha tenido a bien acopiar todos estos elementos y fusionarlos con el siempre controvertible y comercial argumento de la religión, aderezado además con una suficiente cantidad de escándalo que persigan su nuevo filme al proponer esta esperada y propagada ‘La Pasión de Cristo’.
Para su salmo cinematográfico y religioso, Gibson ha tomado como referente las revelaciones que aparecen en el libro ‘La dolorosa Pasión de nuestro Señor Jesucristo’, de la mística alemana Ana Catalina Emmerich. La película comienza con Jesús de Nazaret orando en el Monte de los Olivos en Getsemaní. Allí, Satanás tienta a Jesús para convencerle de que abandone su misión redentora. Los soldados romanos se llevan al Mesías debido a la denuncia de Judas. Cuando Poncio Pilatos dicta su destino secundando la petición de los judíos, el Hijo de Dios tiene doce horas antes de que fenezca en la Cruz sobre el Gólgota. Éste es el comienzo de la polémica visión de Gibson, del último medio día de Jesús. Un argumento que consiste, básicamente, en la selección de tres o cuatro capítulos de cada Evangelio (en Mateo, 26-28; en Marco, 14-16; en Lucas, 22-24; y en Juan, 18-21) para narrar, con todo lujo de detalles, el calvario que sufrió el Profeta antes de su muerte.
Mucho se ha hablado de la explícita violencia de ‘La Pasión de Cristo’. Y no es difícil apoyar esta abusiva directriz a la hora de hablar del filme de Gibson. Transcurridos unos minutos, la extrema rudeza del contenido violento comienza tras la captura de Jesús, dramatizada instantáneamente con un recital de abusivos golpes por parte de los soldados romanos que le descuelgan por un puente. Es la primera acción cruenta de un amplio catálogo de golpes (con un variado inventario de armas de tortura), latigazos, guantazos, pateos, heridas, esputos, sangre y brusquedad con la que se condimenta una película mantenida en la fuerza sangrienta de su imagen. A lo largo de las más de dos horas que dura este espectáculo ‘ultragore’, el espectador es flagelado con el rebuscado efecto de la imagen sádica y de la angustia atroz que produce un sobredimensionado sensacionalismo en busca del estremecimiento.
Tras esa hosquedad, Gibson oculta su obstinada búsqueda de lo comercial, lo polémico y lo vendible. Sin embargo, y a pesar de situarse cerca del ‘splatter’ de las películas más sangrientas del subgénero (recreándose en el efectismo absurdo de cada golpe para provocar unas reacciones que harán efecto en aquellas personas desacostumbradas al cine de terror contemporáneo y que altere a las que van a ver la cinta como un evento puntual), ‘La Pasión de Cristo’ no es más que un producto de calculada trascendencia comercial y emocional, de estética acentuada e indigesta, que removerá el corazón de los fácilmente impresionables y a los que no sepan ver más allá de los más obvios recursos cinematográficos utilizados por Gibson.
Más allá de esta polémica, la tercera película del cineasta no cuenta nada nuevo. De su supuesta literalidad del fondo pasional del calvario deviene uno de los mayores problemas del filme. El mismo de toda la película literaria: su total previsibilidad, la sensación de haber visto lo narrado muchas veces. Algo que se deja ver tras frases, escenas y parábolas por todos conocidas y sabidas. Para intentar camuflar este gran problema medular, Gibson se centra básica-mente en un detallismo que ambiciona la crudeza del documental y hace minuciosa la tortura y muerte de Cristo en la Cruz. Todo un error que absorbe por completo cualquier rasgo estilístico de un Gibson que falta a su coherencia como director dejando que el impulso de sus imágenes resulte evangélico y épico.
De ahí que el realizador asfixie a la platea con una reiterativa y plomiza cámara lenta para exaltar gestos y momentos de una solemnidad y dramatismo a veces inexistentes y que quedan totalmente deslucidos por ese ímpetu de aproximar al espectador al sufrimiento y a la barbarie en un simulado epicismo del que sin duda carece el filme. Hay por tanto un impulso por contar cómo fueron las cosas hace dos mil años, abusando de artificiosos recursos para dar verosimilitud a la historia. Algo que no sucede en un guión que adolece muchas veces de falta de coherencia.
En este desabrido terreno destaca la concesión licenciosa a introducir una subtrama del Diablo a lo largo de la historia. Antagonismo que, a partir de su primera aparición, se manifiesta en miradas malignas y en una inexplicable utilización de efectos especiales de maquillaje (hay que destacar la veracidad de la sangre en la labor de Greg Cannom y Kelley Mitchell) más propios de una película de terror slasher que de una cinta teológica como la que pretende otorgar Gibson a los fieles creyentes. Una errónea forma de mostrar la dicotomía entre el Bien y el Mal que se materializa en ese final condenatorio del Diablo en contraposición a un epílogo a lo ‘Terminator’ de Jesús de Nazaret, resucitando con un gol-pe de efecto musical más descifrable en una película de acción que en esta equívoca muestra de aparente realismo. La excedida heroicidad sobrehumana que convierte a Jesús en un impertérrito superhéroe capaz de soportar la inclemencia de unas palizas físicas imposibles de concebir o la caricaturización de algunos personajes como un Herodes extremadamente gay o un Barrabás transformado en ogro fabulesco son algunos de los ejemplos de la sátira licenciosa de un Gibson que desperdicia la ocasión para indagar en la situación de aquellos judíos que no comprendieron el mensaje de Jesús y de cómo éste reaccionó por ello, dejándolo en algo insinuado, velado, desdibujado.
El director de ‘Braveheart’ prefiere mostrar la historia con un desmesurado maniqueísmo donde los asesinos son todos y donde sólo hay una víctima: Jesús. Judas Iscariote le traicionó, las autoridades judías le enjuiciaron, los apóstoles le abandonaron (Pedro le negó), el rey Herodes se río de él, Pilatos le condenó, la masa pública pidió su muerte, los soldados del imperio romano le azotaron y crucificaron… Todo ello hace que ‘La Pasión de Cristo’ sea vista tan sólo como una flagelación paroxística en su goce culpable, como una vacua, violentamente efectista muestra de carencia de efusión de la que se supone que habla. Una efusión emotiva que alcanza su gran fuerza en la sugerencia de los mejores y más valiosos momentos de la película, aquéllos en los que se aprecia la Pasión a través de los ojos de María y María Magdalena, papeles fundamentales reducidos aquí a simples espectadoras horrorizadas.
Para evitar caer en un aburrimiento que se apodera del cinéfilo desde sus primeros compases, Gibson recurre a pequeños 'flashbacks' de relleno bíblico para no acusar la lentitud del evento que es este indolente suplicio. Es la paupérrima forma que tiene la película de mostrar la conexión entre la Pasión de Jesús y los Sacramentos (en siete momentos se refiere a los recuerdos a la Última Cena). Esto y algunos momentos evangélicos, como la presentación de líderes religiosos como Nicodemo y José de Arimatea forzados peligrosamente a defender al hijo de Dios, Simón y su forzosa ayuda a Jesús con la Cruz y el hermoso momento (posiblemente uno de los únicos en los que Gibson haya acertado dilatando la prorrogable e insistente partitura de John Debney) en que Verónica se acerca a Jesús para limpiar su cara, hacen que la historia tenga algo de interés.
En cuanto al reparto, Jim Caviezel compone uno de los papeles más fáciles que un actor haya desarrollado últimamente al interpretar a un Cristo sin pasión, aburrido y que debido al énfasis violento de Gibson sólo permite ver en su registro quejidos entrecortados y gritos de sufrimiento. Todo lo contrario que un maravilloso reparto ecuménico de actores desconocidos a los que se suman una admirable Monica Bellucci y, sobre todo, la prodigiosidad de una intensa y atormentada Maia Morgenstern. Otra de las pocas virtudes que encuentra ‘La Pasión de Cristo’ es el riesgo de jugar con el historicismo llevado al exceso, percibido en las lenguas del Israel del Siglo I (el latín para los personajes del Imperio Romano, el arameo para los hebreos no cultos) que se utilizan en la película. Un hecho intrascendente que tendría su importancia si se viera el concepto de sacrificio diluido y olvidado para ahondar en su valor propiciatorio, lo que permitiría comprender, en un corte transcultural, el significado del sacrificio humano en el conjunto de nuestras culturas. Pero esto no es así en el filme de Gibson. El resultado de todo ello es una película pretenciosa, por momentos monótona, que apoya sus mejores valores artísticos en el redundante tratamiento fotográfico de Caleb Deschanel inspirado en el tenebrismo de las pinturas de Caravaggio. Una película que ha provocado una reacción que va más allá de la misma cinta y de su director, incluidos en la comercialidad de una más que excelente campaña de marketing. Eso y simplemente eso es ‘La Pasión de Cristo’, vista por Mel Gibson.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2004

ANÉCDOTA: Por esta crítica recibí todo tipo de insultos, ofensas, amenazas y comentarios despectivos por parte de cierto sector ultracatólico que, en discrepancia con mis palabras sobre el filme de Gibson, optaron por olvidar las buenas formas, la ética y el respeto y demostrar hasta dónde llega la exaltación de credo. El mejor ejemplo, también el más educado, ya apareció hace tiempo en el Abismo.
Fue un mail y un post para el recuerdo.