viernes, 5 de septiembre de 2008

Review 'Zohan: Licencia para peinar (You Don't Mess with the Zohan)'

Peinando como puedas…
Partiendo de una idea monumental, la cinta del veterano Dennis Dugan, aunque funciona a partes desiguales, se aprovecha de puntuales ‘gags’ de puro delirio que mezcla escatología y momentos zafios.
‘Zohan: Licencia para peinar’ posee, a simple vista, los ingredientes para que una comedia de sus aspiraciones atraiga o repela a partes iguales. La figura de Adam Sandler es un icono dentro del cine ‘maisntream’ cómico, sin ningún alarde interpretativo y pocas complicaciones, que se hizo famoso con una serie de ‘tics’ arrastrados de su etapa en el ‘Saturday Night Live’ y definidos en películas como ‘Little Nicky’, ‘The Waterboy’ o en menor medida en ‘Un papá genial’.
Pero lo cierto es que Sandler, más allá de histrionismo también es un actor de recursos dramáticos como lo demostró en la solemne comedia de Paul Thomas Anderson ‘Punch Drunk Love’ o más recientemente en el drama sobre el 11-S ‘En algún lugar de la memoria’. Él es el mayor aliciente de esta comedia alocada creada única y exclusivamente para el entretenimiento a golpe de ‘gag’, en búsqueda constante de la carcajada del espectador. Es el regreso de Sandler al cine paródico, en el que da rienda suelta a todo su arsenal humorístico, lo que condiciona, en cierta medida, cualquier expectativa que vaya más allá de la exhibición física y socarrona de un actor acostumbrado a fragmentar al espectador.
Estamos ante una película de magistral sinopsis, que no se ve afectada por su enfangado desarrollo, en la que Sandler da vida a un macho alfa dominante capaz de satisfacer a una docena de mujeres al día, infalible en la lucha cuerpo a cuerpo y con una capacidad de supervivencia imposible para un superhéroe. El Zohan opera en arriesgadas misiones como indestructible soldado israelí que aprovecha la misión de atrapar a un peligroso terrorista palestino llamado “El Fantasma” para fingir su muerte y emigrar a Estados Unidos con el fin de realizar su sueño secreto: convertirse en un afamado peluquero y estilista bajo la identidad de Scrappy Coco. El destino le lleva a comenzar su andadura de peluquero en un ‘ghetto’ musulmán a las órdenes de una atractiva mujer palestina que ve salvado su negocio con la especial atención del agente secreto a su octogenaria clientela.
La comicidad se fundamenta en la condición de superdotado del Zohan, jugando en todo momento con el absurdo y la ponderación del exceso escatológico llevado hasta el límite de la grosería, que desempeña su función de comedia extravagante mucho mejor que cuando las cosas que serenan y sosiegan el ‘gag’ para seguir el desarrollo del guión. ‘Zohan: Licencia para peinar’ funciona a partes desiguales, dejando sus más sonoras carcajadas en todo el prólogo y reitera posteriormente sus aciertos en la obscenidad sexual con la que Zohan peina (y despacha) a sus clientas de la tercera edad, haciendo gala de una abrupta ridiculización sobre todo aquello que desfila por la pantalla de esencia exótica y oriental, donde el homoerotismo de bajos peludos, la incontinencia verbal y las situaciones extravagantes se mezclan ágilmente con un amplio catalogo de chistes a costa de la comunidad judía y palestina, de sus costumbres alimentarias (con especial énfasis por el ‘hummus’) o sus aficiones deportivas llevadas a cabo con animales de compañía.
La obra del veterano Dennis Dugan pretende hacer, con más o menos suerte, apología del ridículo, con caricaturas que alcanzan el puro delirio, envueltos en una trama que frivoliza con atinado desparpajo sobre algo tan serio como es el conflicto entre palestinos e israelíes. Más allá de plantear complejidades reales del problema de Oriente Medio, de sumergirse en causas profundas sobre el retiro israelí de los territorios ocupados que configuran el estado palestino o las causas de una guerra interminable, la carga política se diluye en la comedia, motivando una ficción diáfana, ideológicamente utópica, en el reflejo de esos palestinos e israelíes que encuentran su forzoso territorio común en un suburbio de Estados Unidos donde, eso sí, nadie logra su sueño profesional, pero sí conviven en paz y armonía y donde elevación humorística llega con esa pequeña crítica subversiva donde todos los americanos confunden ambas religiones en la homogeneización de sus rasgos.
De hecho, la forzosa historia de amor se da entre Zohan y la hermosa palestina, dueña de la peluquería que le brinda su oportunidad como estilista, no es más que una intencional muestra por crear un ‘buenrrollismo’ e inocencia que borda su justificación con esa magistral secuencia de tres palestinos que quieren destruir a Zohan escuchando los mensajes del contestador automático de Hezbollah y su posterior fabricación de una bomba creada con un ünguento antihemorroidal o la discusión que une al pueblo judío-palestino sobre qué primera dama yanqui es sexualmente más sugerente. Aquí el verdadero villano de la función sigue siendo esa poderosa maquinaria especulativa que pretende destruir el suburbio étnico para construir un centro comercial (con montaña rusa incluida), como también sucedía, en otro nivel de comedia, en ‘Rebobine, por favor’, de Michel Gondry.
El problema deviene en un exceso de metraje, que no favorece en absoluto a un adecuado sondeo de ciertos personajes bastante desaprovechados; como el de Nick Swardson, Ido Mosseri o Rob Schneider, que tiene aquí uno de sus mejores y más logrados roles. También podría increparse la insistencia de ciertos momentos de comedia que pierden su gracia con tanta reincidencia. Todo ello se le puede achacar a un tercer vértice de la creación, el actual rey de la comedia americana Judd Apatow (que escribe el guión junto Sandler y su antiguo compañero del ‘SNL’ Robert Smigel), puesto que muchos de los problemas de esta comedia son los mismos que determinan las más visibles trabas de sus películas como director y guionista. No obstante, el nuevo vehículo de Adam Sandler supone el regreso a la comedia loca con cierta decencia y disposición para el histrionismo desbocado de todos sus humoristas; desde el citado Sandler, pasando por un John Turturro desmelenado hasta el más moderado Schneider.
A medio camino en propósitos argumentales de ‘El príncipe de Zamunda’, de John Landis y ‘Zoolander’, de Ben Stiller, ‘Zohan: Licencia para peinar’ no se avergüenza de sus mecanismos por corroer el buen gusto y descubrirse como una comedia zafia donde abunda la sobredosis de escatología, momentos zafios y humor inteligente en el que ni siquiera falta ese ‘happy end’ a lo Frank Capra, asumiendo su condición de película absurda con fondo acusador hacia la xenofobia como claro manifiesto conciliador de posturas antagónicas ideológicas, religiosas y políticas que se sustituyen por términos mucho más conciliadores como el amor, la paz y la comprensión, que es lo que debería prevalecer en el mundo. Todo muy quimérico. Todo muy Hollywood.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008