sábado, 2 de abril de 2005

PUNCH DRUNK LOVE, una comedia romántica diferente

Bella historia de amor surreal
Paul T. Anderson reinventó la comedia romántica en una espléndida cinta donde el absurdo, el exceso y la psicodelia impusieron una particular perspectiva genérica.
La obra de Paul Thomas Anderson, compuesta hasta el momento por cuatro trabajos tan heterogéneos pero a su vez conciliadores de una mirada personal y trascendente como son ‘Hard Eight’, ‘Boogie Nights’, Magnolia’ y 'Punch Drunk Love' es el paradigma de un espléndido y prematuro especialista analítico de microcosmos humanos capaces de exponer, de una forma libre y disímil, detallistas radiografías de la sociedad actual norteamericana. Una sociedad que en manos de Anderson no tiene tanta importancia como los personajes que la pueblan, mostrándolos frágiles y débiles ante un mundo que les amenaza emocionalmente. Como en todos sus filmes, se deja ver en la muy extravagante ‘Punch Drunk Love’ una corrosiva finalidad de ofrecer una revitalización de géneros, entrando de lleno esta vez en la comedia romántica. Alejado de cualquier patrón y estilismo genérico, Anderson abordó la comedia como un nuevo reto en el que su visión conceptual se alejara de lo visto hasta el momento, creando como es habitual en él un universo propio, genuino y mágico. Un logro que consiguió con esta deliciosa y extraña cinta inclasificable.
Si muchos han sido los que han comparado el estilo de este autor con el de Martin Scorsese, sería lo correcto abordar este proyecto como el particular ‘Afterhours’ de Anderson. La historia se centra en un solitario hombre llamado Barry Egan, un pequeño empresario que tiene una compañía de menaje para baño (atentos al ‘gag’ del ‘diverchupa’). Su vida viene marcada por la inevitable soledad del incomprendido y de un excesivo sometimiento a siete hermanas que le tienen dominado y ridiculizado desde su infancia. Una llamada a un número erótico que trae como consecuencia las amenazas por parte de una mafia regida por un miserable vendedor de colchones y su encuentro con Lena, la mujer de su vida, cambiarán y desestabilizarán el anodino universo de Barry, un tipo tranquilo que esconde bajo su apocado carácter una bestia incontrolable. En este infrecuente entorno, Anderson brinda un historia de amor concentrada no tanto la acción y el lugar, sino en una granítica y soberbia forma de indagar en los personajes, único mundo de ‘Punch Drunk Love’, acompañado en todo momento por su habitual ritmo fluido y apasionante.
Planteada sin pretextos desde el absurdo, esta original muestra de cine independiente y de autor se proclamó como un bello manifiesto de escapismo y fragilidad donde el amor es el referente para superar lo adverso. Un surreal romance que culmina en un metafórico final donde se asimila la fragilidad y la forzosa necesidad del amor para el triunfo de los perdedores. Un contexto que Anderson aprovechó para volcar toda su dedicación a sus criaturas y no a las surreales situaciones que les rodean. De nuevo, como ya había demostrado en ‘Boogie Nights’ y ‘Magnolia’, en ‘Punch Drunk Love’ hay matices de un brío percutante, que dan como resultado de este ejercicio cinéfilo una lección de ritmo narrativo. Una cadencia visual que precisa de la delirante música de John Brion y un exceso de color, situaciones y saturación en sus fundidos psicodélicos, buscando producir con ello el impacto en el espectador y olvidar, intencionalmente, la propia integridad narrativa del filme. Histerismo ascendente que sólo se pacifica con la dulce mirada del personaje de Lena Leonard, papel ajustado a los ojos y dulzura de una irregular actriz como Emily Watson, que aquí modera su interpretación y ofrece su perfil más romántico y contenido en un rol análogo a la delicada Reba McClane de ‘Red Dragon’.
Pero sin duda alguna, uno de las mejores y más sorprendentes aportaciones de la película llegó con la excelente composición interpretativa de Adam Sandler el cual, con el respaldo de Anderson, consiguió abandonar sus ‘tics’ ‘made in Saturday Night Live’ para confirmar lo que ya había dejado intuir en ‘Big Daddy’: su capacidad para darle a Barry un fondo humano; exteriorizando el enojo, la tristeza, la timidez y la desesperación de este frágil sujeto que necesita el amor para controlar su descolocada y peligrosa actitud ante la vida. La pasión del director por las comedias de Sandler son fiel reflejo de un rol escrito expresamente para el histriónico cómico americano. Así, Barry Egan no está tan lejos de los personajes, en realidad ‘freaks’, de ‘The Wedding Singer’, ‘The Waterboy’ o ‘Little Nicky’, sinónimos en esa opresión y sometimiento de los que le rodean, ocultando una hostilidad enmascarada tras su cara de sonrisa estúpida. Toda esa violencia heredada del ‘slaptick’, de la típica comedia ‘sandleriana’, es mostrada en ‘Punch Drunk Love’ como la exteriorización del arrebato frustrado.
El humor con el que se encubre esa mala hostia se transforma en amor bajo la cálida mirada de Paul T. Anderson. Un amor violento demostrado en la grotesca y brillantísima declaración de amor con frases ‘ultra-gore’ que la pareja utiliza para decirse lo mucho que se atrae. Basta esa secuencia inicial en la que un camión deja un harmonio en plena calle, símbolo de la serenidad, que llega justo en el momento en el que un coche tiene un espectacular y brusco accidente en un contexto impropio, pero necesario para entender el miedo inocente de un personaje por la vida, por el amor y por su apertura a un mundo amenazante. Con la llegada a esta insólita vida de la chica, del elemento conciliador, Anderson descoloca al espectador en una de las historias de ‘amor fou’ más hermosas y reconfortantes que ha dado el género en estos últimos años. Paul T. Anderson demuestra así que es un maestro de la manipulación donde cada elemento es un símbolo, como el laberinto que lleva al primer beso, como el piano catártico, como la lucidez subvertida en la estúpida idea de las millas de vuelo de la promoción de las natillas y de la integridad de un buen hombre en sus viajes para decir a la cara lo que siente y piensa.
Oscura, obsesiva y agresiva ‘Punch Drunk Love’ es una fábula moderna, absurda y genial, en la que el manierismo de la cámara vuelve a ser la mejor y más rotundo ejemplo de que estamos ante un director de perspectiva diáfana, preponderante de irreconocibles modelos que se apartan de lo ordinario, de lo obvio, deteniéndose en los sentimientos, en las miradas, en los gestos... Anderson justificó con ello su condición de autor capaz de reconvertir géneros para su propia e individual visión del cine.
Habrá que seguir atentos ese 'Oil', que prepara con Daniel Day Lewis como protagonista.