viernes, 24 de agosto de 2007

Review ‘Ratatouille’

Exquisitez para todos los gustos
‘Ratatouille’ prosigue con la ilimitada evolución de Pixar, en un apasionante filme donde lo clásico y la épica digital se fusionan ofreciendo otro de los mejores ejemplos de cine animado vistos en años.
Las expectativas sobre esta nueva película Pixar en asociación con Disney después del desconcierto suscitado antes del estreno de ‘Cars’, hacían de ‘Ratatouille’ un esperado regreso a la gran pantalla del estudio que transmutó la idea de animación clásica con el revolucionario estreno de ‘Toy Story’. La digititalización de los dibujos animados no fue sólo la única novedad introducida por Pixar, sino que las historias, los modelos anclados en el pasado y el clasicismo sucumbieron ante el vendaval creativo de esta empresa dedicada a la constante superación con el trabajo de un equipo que parece no tener fronteras a su inalcanzable capacidad evolutiva. Sin embargo, tras la última producción ‘Cars’, dirigida por el creador del emporio Pixar, John Lasseter, muchos fueron los que, erróneamente, cuestionaron ésa idoneidad fabuladora de la compañía creadora de ‘Bichos’, ‘Buscando a Nemo’ o ‘Monstruos Inc.’, ya que algunos percibieron una notable insuficiencia en ese universo donde el ritmo de unas historias se definen por su primoroso mecanismo, llenas de exultación y pasión, señas de identidad de esta afanosa factoría de animación.
En su octava película, Pixar deja claro que el desafío de superación no tiene límites. ‘Ratatouille’ es la demostración de que estamos ante una imponderable institución nacida para la creación de sueños animados que representan el auténtico delirio tecnológico y digital, sin perder el evidente gusto por lo clásico o la épica de los cuentos tradicionales con la actualización de cánones que gustan a los adultos y a los niños por igual. Pixar, sabe mostrar la realidad jugando al mismo tiempo con la animación y la aventura, sin perder un ápice en su ponderación satírica y crítica. Algo muy presente en esta impresionante muestra de talento y saber hacer que supone esta película.
La premisa sitúa al espectador ante Remy, una rata de campo con excepcionales dotes para el olfato, que gusta combinar especias e ingredientes, capacidades que lo convierten en un superdotado de la cocina gracias a los consejos televisivos de Aguste Gusteau, un chef de la alta cocina parisina autor de un libro que define la clave del filme “Cualquiera puede cocinar’. Por circunstancias del destino, Remy acaba en el restaurante del difunto Gusteau. Por supuesto, Pixar nunca ha desistido por evocar los valores tradicionales de la amistad y la superación, la búsqueda de un lugar en el mundo y, por consiguiente, la felicidad, pero con la humildad que satisfaga unos principios muy básicos. Por eso, cuando Remy conoce a Linguini, un joven friegaplatos muy patoso y sin talento, se produce una situación de intereses comunes que convierten a Linguini en la marioneta del roedor, pero a la vez en una revelación de la cocina gracias a la función invisible de Remy.
Brad Bird equilibra con envidiable armonía los elementos con la que va definiéndose su evolución argumental, en el filo de lo tópico, evitando con sutileza cualquier tipo de anfibología adulta a la hora de utilizar el humor sin ningún atisbo de pantomima cínica, interfiriendo el drama, la acción, el romanticismo y la aventura vital en una experiencia absoluta y cinematográficamente incorruptible. Desde ese paradoja que introduce a una rata como un genio de la cocina (cuando es el motivo directo de la liquidación de cualquier restaurante), de la ilusión de un zangolotino que llega a triunfar en la vida y en el amor por simples pero hermosos casualismos, hasta la afinidad encontrada en los villanos del filme (el napoleónico cocinero jefe Skinner y el crítico gastronómico Anton Ego que consiguió hundir el negocio de Gusteau)… Todo funciona como una máquina de cuidado engranaje.
Brad Bird sale airoso incluso en la rocambolesca tentativa de hacer que el espectador deje a un lado su reticencia al ver a una horda de roedores corriendo y posteriormente cocinan al unísono, para disfrutar de la historia de simbiosis entre el joven Linguini y la rata Remy y la superación de todo obstáculo posible para lograr sus recíprocos sueños personales. Pero ‘Ratatouille’ encuentra su virtud casi ascética en un mensaje providencial que convierte a la película de Bird en una ejemplificante muestra de cine con mayúsculas; y es esa fundamental reprensión a la crítica ejecutora que juzga sin contemplaciones, a los prejuicios que existen en la sociedad que impiden apreciar lo bueno de la vida por la precipitada acción de conceptuar a simple vista.
La película define su magnitud argumental en ese magistral momento en el que el estirado crítico Ego cuando prueba el plato típico de Niza y de la región de Provenza que da título al filme, en el regreso a la infancia que propone la entrañable creencia de que todo es posible en un mundo alejado de la perversidad de los tiempos que corren, pero sin repudiar la dureza del trabajo y sin mostrar la debilidad de la insubstancialidad moralista para revelar la perseverancia del genio y la victoria de la excelencia sobre la vulgaridad. ‘Ratatouille’ es una pieza de reposada cocedura, que no sólo propone la gastronómico pugna entre la cocina de siempre y la ‘haute cuisine’, sino que aporta elementos de discusión social y política impensables en el cine de animación, utilizándolos con gran inteligencia, en paralelismo con la ingenuidad de sus conceptos, para detallar la capacidad de sugestión de cada maniobra argumental o visual dentro del filme.
Hasta la llegada de Brad Bird a Pixar, ésta se había centrado fundamentalmente en humanizar juguetes o animales, sin despegarse de los cánones clásicos abordados en el pasado de Disney. Entre otras cosas, porque la animación digital aún no había conseguido el arquetipo necesario de perfección que Pixar ansiaba para sus películas animadas. Sin perder el aspecto de la animación caricaturizada en los cuerpos y personalidades, tanto en ‘Los Increíbles’ como en este nuevo filme, se ha logrado dotar a sus criaturas de una admirable credibilidad concordándolos a la idoneidad clásica, convirtiéndolos así con sus acciones y diálogos en personajes que trascienden su prosapia arquetípica gracias a sutiles matices, llevando las técnicas de CGI hacia lo corporal y utilizar ese ‘subsurface scattering’ (técnica empleada en ‘Los Increíbles’ para dotar a la piel y a los objetos de una apariencia naturalista) para que todo resulte profundamente humano, visiblemente real.
Con aparente facilidad, Pixar consigue en ‘Ratatouille’ proseguir con su genuina exquisitez, alcanzando unos niveles de superación impensables después de sus precedentes gestas tecnológicas, recreando un París de postal, de pulida iluminación imbuida en sensitivos colores, con lapidarias texturas digitales que hacen olvidar que el espectador se encuentra ante una película animada, debido sobre todo, al impecable realismo que desprende incluso la imposible empatía entre Linguini y Remy, donde paisajes y personajes acarician en ocasiones la realidad sin llegar a confundirse con ella por el estrato de fantasía que les ampara.
Bajo las cómplices notas del compositor Michael Giacchino, el último prodigio de Brad Bird y Pixar, es un filme de sentimientos y pensamientos, de sensaciones y emociones. Una película que hay que degustar lentamente, sin perder el sabor del buen cine que alberga esta delicia, donde prevalece su mensaje de sutil moralina, sin aditivos ni falsas coartadas, siendo capaz de complacer y conmover, al mismo tiempo, a adultos y pequeños. Y es ahí donde reside el potencial comercial de esta fábrica de sueños. Es en ese punto, donde ‘Ratatouille’ se convierte en una película excepcional.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2007