viernes, 10 de junio de 2005

'28 days later': la sociedad descompuesta de Boyle

Emocionante creación de un virus apocalíptico
Danny Boyle trató un ambiente hiperrealista y semidocumental para aportar a esta cinta de ‘zombies’ una intranquilizante sensación de inmediatez.
Nada más entrar en '28 días después' nos encontramos a unos activistas que actúan en contra de la vivisección y a favor de los derechos animales. Exaltados de esta idea filobotánica irrumpen de forma fortuita en un laboratorio científico con la intención de liberar a unos monos que sufren un peligroso experimento. Con ello y sin quererlo, liberan un virus devastador que se contagia a los seres humanos por la sangre. Es el arranque. 28 días después un joven despierta del coma en un hospital sin saber qué ha pasado. Cuando sale a la calle comprueba que Londres está desierto. Mientras camina por Piccadilly Circus y el puente de Westminster sin una vida humana visible, se da cuenta de que el Apocalipsis ha llegado al territorio.
Así comienza '28 días después', uno de los títulos más interesantes de nuevo cine de terror (más concretamente del subgénero de ‘zombies’) dirigido por el siempre polifacético Danny Boyle. Siguiendo los pasos de autores como George R. Stewart, J. G. Ballard, Brian W. Aldiss, John Wyndham (el escritor de la mítica ‘Chocky’, cuyo ‘El día de los Trífidos’ es obra cardinal para este filme), Roger Zelazny y sobre todo acopiando la esencia del inevitable Richard Matheson y su obra maestra ‘Soy leyenda’, el director de ‘Trainspotting’ prolongó con esta cinta los propósitos artísticos y conceptuales de la germinal ‘La noche de los muertos vivientes’, de George A. Romero, dejándose llevar por una ineludible inquietud por la cinefilia y cinefagia al evocar en sus planos la materia prima del ‘giallo’ italiano y su malsana mezcla de ‘fumetti nero’, granulado espeso y un peculiar pictoricismo que envuelve la ennegrecida atmósfera de esta novísima película de culto.
Lo que en principio parece una revisitación por todos y cada uno de los tópicos del cine de ciencia-ficción postapocalíptica, se transforma en manos de Danny Boyle y su guionista Alex Garland en una interesante propuesta a medio camino entre el ‘thriller’ y el género de terror, pero también en una reflexión analítica sobre la naturaleza humana, sobre la soledad, sobre la situación política y militar, la popularización de un subgénero y una voluntad que se encauza hacia las herencias literarias de los vasos comunicantes entre la ficción americana y la anglosajona. En este círculo de referencias llenas de un alterado moralismo encubierto bajo el terror de la trama, lo más interesante de esta película (mal llamada) innovadora fue la utilización de la cámara digital, sustraída directamente del movimiento ‘Dogma’ y utilizada en favor de un montaje diligente y con ritmo para obtener como resultado una sugestiva y astuta sensación de inmediatez, de carácter documental, donde las escenas de acción abarcan un tono ultrarrealista al más puro estilo ‘Nu-Metal’ cinemático.
De cadencia frenética y atmósfera puramente expresionista, la textura densa e irrespirable ofrece una particular visión de la irrealidad en los movimientos de los infectados, de la rabiosa locura que se sustrae en cada encuadre, determinado en un plano digitalizado en el que un campo representa una obra de Van Gogh, como si Boyle reconociera una deuda artística con el pintor al presentar su historia en una gama oscura y sombría, poniendo así en evidencia el intenso deseo de expresar la miseria y los sufrimientos de la humanidad. Un signo de expresionismo con significado de adulterado estado de tormento que no duda en utilizar colores que se rompen, con convulsivas y perspectivas alucinatorias.
Con un argumento que rebasa los tópicos del género (como ejemplo el hecho de evitar que el contagio infeccioso sea duradero, lo que elimina la posibilidad de sospecha en los protagonistas) y los personajes bien dibujados en una afrobritánica que esconde bajo su fuerte personalidad las dudas sentimentales más existenciales del filme o el joven de buen corazón débil y asustadizo que se revela como un auténtico animal vengativo, junto al padre y la hija dispuestos a sobrevivir en un mundo incierto, el cineasta británico se atrevió a explicar el comportamiento vampírico/infeccioso a través de disciplinas como la psicología, la fisiología y fundamentalmente, la atormentada vida en soledad de los protagonistas que, alcanzando el objetivo de salvación en manos del ejército, descubren la verdadera bestia en el propio ser humano, en la demencia desarrollada en aquellos seres adiestrados para matar. ‘28 días después’ supuso así una película invulnerable, elegante en su factura, perspicaz, capaz de conducir sus personajes hacia situaciones donde todo depende de su (nuestra) comprensión por la naturaleza humana.
Con esta obra centrada en el comportamiento de personas cotidianas encuadradas en una situación límite e intimados en todo momento por una violencia que les es ajena, Boyle quiso distanciarse de la actitud en la que ésa amenaza maléfica convierte al rol en egoísta y violento, pero manteniendo en todo momento su objetivo por demostrar que, en último término, tiene que llegar la total deshumanización, el lado más oscuro de la condición humana que acaba por evidenciar lo que para muchos sociólogos y filósofos eruditos es un hecho fehaciente: la sociedad descompuesta representa al hombre actual.