lunes, 27 de febrero de 2006

A journey to 'Donnie Darko' (I)

Viaje existencial y temporal al fin del mundo
Desde su estreno se ha convertido en una inextinguible ‘cult movie’. El debut de Richard Kelly supuso un apasionante viaje a través de la oscuridad vital.
Pocas veces una ‘ópera prima’ resultó tan envolvente, madura y fascinante como ‘Donnie Darko’, debut del joven Richard Kelly, que acometió, no sin un comprometido riesgo, un plausible intento por dignificar y vivificar un infranqueable género que camina (casi siempre erradamente) entre el terror, el cine fantástico y el ‘thriller’. Han pasado ya cinco años desde su estreno y dos desde ese 'Director's Cut' (que se vio en España en el Festival de cine fantástico de Calle 13) y se puede asegurar Kelly lo logró. Tal acrobacia narrativa no sólo evitó caer en el efectismo y la simpleza pretenciosa a la que estamos habituados, sino que estableció su primera cinta como una obra ambiciosa, llena de múltiples lecturas existenciales, de una profundidad lírica y tenebrosa.
El jovencísimo autor llevó a cabo su visión del ‘thriller’ fantástico, apoyado en un soberbio guión expuesto a modo de anagrama, donde no faltan todo tipo de interpelaciones, en el que la consistencia de sus argumentos y la excelente trascendencia de sus personajes se solidarizan en una temeraria propuesta llena de audacia, excediendo en todo momento la trasgresión y demostrando un afán manifiesto por alcanzar una originalidad que presupone este premonitorio clásico moderno. Kelly utilizó para ello una compleja trama con designios de puzzle y emplazó así al espectador a participar como pieza activa en un asombroso juego de reflexión. Lo más fascinante de este peliculón es cómo el propio público forma parte del proceso narrativo.
‘Donnie Darko’ es un oscuro y lóbrego paseo por la mente de un imaginativo y rebelde adolescente que vive en los años 80, en una zona residencial, en la diatriba familiar que cualquier chaval de su edad encuentra en su cotidianidad. Pero con una excepción. Cada día se despierta en un lugar diferente a causa de los medicamentos que toma para paliar sus aparentes problemas mentales. La rutina se rompe cuando un motor de avión cae en su habitación y un conejo imaginario llamado Frank salva la vida del joven (anti)héroe urbano. Es el principio de una pesadilla, de un extraño trayecto vital en el que las dimensiones temporales en las que Donnie se mueve sirven para descubrir una quimera de puniciones, historias de amor y venganza que se desarrollan en un espacio alternativo, producto de un posible viaje en el tiempo.
El director utiliza el recurso temporal para desgranar las bases de la progresiva hipocresía social (ya no sólo americana, sino la universal, aquélla que nos hace necios y sumisos) que tuvieron su apogeo a finales de los años 80 y que han terminado por extenderse a lo largo y ancho del mundo hasta nuestros días. La sencillez con la que Kelly plantea su difícil historia sobre una adolescencia distinguida por la heterogeneidad, por la peculiaridad de su protagonista, por la enfermedad que hace diferente a Donnie, se contrapone con una inusual y atrayente predisposición a abandonar líneas argumentales a la subversión de una intriga envolvente, pero milimétricamente intencional, desarrollada bajo los designios de la entelequia.
Así, este impresionante debut se cristalizó en espléndida indagación del destino, del tiempo y del espacio, imbuyéndose en las decisiones que pueden cambiar el rumbo de muchas vidas, de los pequeños momentos de reflexión que permutan el porvenir. ‘Donnie Darko’ es, en su fondo, una metáfora sobre una adolescencia sin futuro, en el que la confusión juvenil se manifiesta en la actitud provocadora de Donnie, la reencarnación del héroe atormentado que recuerda al Holden Caulfield de J.D. Salinger en su desequilibrio y su postura de rechazo a la superficialidad de las cosas.
El insondable personaje creado por Kelly (uno de los más intensos vistos en los últimos años y al cual dota de una insuperable credibilidad el por entonces desconocido Jake Gyllenhaal) es un héroe guiado por una tendencia que se rebela contra la falsedad que le rodea, actuando de una forma radical, en la que tanto tiene que ver el libro ‘The destructors’, de Graham Greeme, que forma parte de una de las muchas claves para entender el complejo cuento que es ‘Donnie Darko’. Un filme que cobra su fundamento principal en su extraordinaria mixtura de cine de ciencia Ficción y drama emocional, que fusiona con la misma importancia la vida cotidiana y familiar de Donnie con la frenética aventura que vivimos desde la percepción del protagonista.
La confusión, el miedo y el interés despertado en la humanidad por los viajes en el tiempo son utilizados por Richard Kelly para exponer un reflejo nostálgico de una generación que creció albergada por las fantasías erigidas por Steven Spielberg y Robert Zemeckis pero que, además, vivió en su adolescencia los cambios de un época que alteraría el modo de vida del mundo occidental. Esta indudable ‘cult movie’ entronizó la herencia de los años 80 con melancolía, determinando sus conceptos en un automatismo familiar, cercano y respetuoso con una década añorada, superando a su vez la tendencia del homenaje para respirar vida propia, para resultar superior incluso a muchas de sus referencias.
‘Donnie Darko’ sería así una proposición desidealizada en el que la distopía melancólica de los 80 se observa en momentos mágicos de recuerdos comunes. En ésa precisión reverente a la hora de recordar una inolvidable noche de Halloween, el instituto de aquellos estupendos años, el primer amor verdadero, las bicis como medio de transporte, los aires terroríficos de ‘Poltergeist’, el eterno DeLorean de ‘Regreso al futuro’ o la mejor y más añorada literatura de Stephen King. Richard Kelly manejó en esta humilde, pero inmensa creación cinematográfica, una inusitada y particular atmósfera que subrayó un talento innegable a la hora de dotar con personalidad específica las imágenes y el tempo narrativo, pero al mismo tiempo otorgando una impresionante utilización del contexto temporal con la inserción de la excelente antología de canciones de la época para los momentos más notables de la cinta. Sin olvidar todo tipo de alusiones estéticas e históricas, cuidadas al mínimo detalle, como las dobles sesiones de cine, la extravagante dilucidación sobre el mundo de los Pitufos, así como la imprevista (por el escaso presupuesto) perfección en los efectos especiales con la utilización del ‘first rate’ o los logrados cielos apocalípticos.
Con un legado directo a Lewis Carroll como inicio del impetuoso enigma de ambivalencia emocional en el que se ve envuelto Donnie, la película establece un compendio de precisión desconcertante, donde en juego de tiempos y la inserción del ente fantasmal de Frank suscitan una inquietante postura hacia la subjetividad del espectador, hacia su propia conclusión. Si bien su epílogo niega con vehemencia el reduccionismo narrativo en el que se explica la convicción de las subtramas y que la fórmula de Capra y su contrapuesta representación de conciencia simbolizada en el misterioso conejo Frank no lleguen a desvelarse, ‘Donnie Darko’ llenó su incierta respuesta con imágenes, símbolos y su inalterable originalidad que dejaron la sensación de estar ante una película que se puede ver y disfrutar una y otra vez hasta la extenuación. La ‘ópera prima’ de Richard Kelly fue y es, hasta el momento y sin duda alguna, una de las películas más sorprendentes de la última década y que, desde el momento de su estreno, se ha convertido en una pequeña joya destinada a llevar consigo el peso que confiere el designio de futura ‘obra maestra’.
Continuará… porque, amigos del Abismo, esto no ha hecho más que empezar.

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