lunes, diciembre 13, 2004
Ayer hablaba con Jorge ‘Smoke’ de una de nuestras películas favoritas, ‘El club de la lucha’, del gran visionario moderno que es David Fincher. Tras estar varios minutos con loas de todo tipo y lisonjeando el trabajo del director de ‘The Game’, entre ambos empezamos a sacar conclusiones de todo tipo acerca de esta obra de culto. Más allá de departir sobre el materialismo que nos condena en esta época de consumismo, nos tiraniza y ello sirviera de excusa a Chuck Palahniuk para revelar nuestra personalidad más profunda, para utilizar nuestra libertad personal y colectiva (algo manifiesto en el filme) y para negar una sociedad que nos maneja y nos putea, desglosamos también un filón que yo había pensado sutilmente, pero no había concluido en la manera en que lo hicimos ayer.
Gran parte del misterio de esta obra maestra de nuevo cuño está en una posibilidad abierta de cómo a pesar de ser una historia formalmente y narrativamente heterosexual, la historia de Jack y/o Tyler Durden incorpora a su ambivalente filosofía y a su turbulenta iconografía algunos elementos que algún tipo de subcultura gay. Veamos, el tema está en que Edward Norton y su ‘otro yo’ Brad Pitt, luchan junto a otros hombres medios desnudos en sótanos urbanos. También es cierto que el club, a modo de regla social, es “sólo para hombres”, donde sacan al exterior la violencia que les ahoga, que surge de un trabajo sumiso, aburrido, de burócratas frustrados y yuppies sin éxito o, en el reverso, pobres tipos que carecen de personalidad o que no han encontrado solución a sus problemas en los grupos de autoayuda. Todos ellos rezuman masculinidad y encuentran la libertad catártica a través de la lucha cuerpo a cuerpo. Para Jack/Durden la violencia y el placer se manifiestan estrechamente unidos incluso entre estos hombres que parecen querer reafirmar su hombría y su atavismo en un perímetro mucho más sucio e inmundo que los más convencionales gimnasios para ejecutivos.
Fue entonces cuando surgió la figura del necesario filósofo Michel Foucault, del cual se ha comentado en algún artículo que escribió sobre experiencias en clubes de sadomasoquismo de San Francisco. Para Foucault, el descubrimiento del placer a través de las relaciones de poder y dolor físico supuso una importante revelación sobre la que no pudo resistirse a escribir, a pesar de no hablar demasiado sobre su homosexualidad. Comenzó así una apasionante charla sobre gente como Gayle Rubin, Jeffrey Weeks o Leo Versan, escritores que teorizaron acerca de los desafíos teóricos planteados por Focault a raíz de sus viajes sexuales a las oscuras subculturas del cuero en garitos de mala muerte. Algo que, a buen seguro inspiró a Palahniuk para escribir su novela.
La idea del sadomasoquismo como un circo de las relaciones de poder existentes en la sociedad moderna puede resultar algo simple, pero sin duda gran parte de la fascinación, el temor y aversión que produce el sadomasoquismo tiene su origen en esa puesta en evidencia a través de una visión arcana de las relaciones humanas, donde todas ellas encuentran un toque de erotismo presidido por la dominación, el control, el intercambio de roles, el castigo y la humillación.
No concluimos que la cinta de Fincher fuera subversivamente gay (nada extraña si aludimos a la condición sexual de Palakniuk), si no que nos hicimos, con muchas neuronas de menos, algunas preguntas como: ¿Y si ‘El club de la lucha’ no es una disyuntiva a muchas preguntas que debería hacerse el ser humano, es una respuesta a las inmundicias que rodean a nuestra cultura popular, sino que es un manifiesto que aboga por el sadomasoquismo como vía de escape, como sometimiento a diversas formas de libertad que alivian el dolor de vivir?
¿Por qué unas cuantas (bastantes) cervezas de ese mitológico Steine (imprescindible en Salamanca) conllevan a estas profundas reflexiones? ¿Qué vierten en ellas? ¿Sabiduría, embriaguez, ataques de efímero lucimiento?
Quién sabe.
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 20:10 |


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