lunes, 15 de noviembre de 2010

Homenaje al maestro Luis Gª Berlanga

1921-2010
El símbolo de la grandeza del Cine Español
Es complicado enfrentarse al hecho del fallecimiento del que será, sin duda alguna, el cineasta más importante español de cuantos dejen su impronta en la cada vez más dilatada cinematografía española. Es sumamente difícil escribir sobre alguien tan trascendente en nuestra cultura, tan magnánimo en cuanto a CINE se refiere. Casi con estas palabras comencé el texto homenaje coincidiendo con la muerte de Rafael Azcona en marzo de 2008. Ahora la pérdida retrotrae aquel dolor sincero desde un enfoque personal, desde la consternación ante esos fallecimientos que importan y afectan. Este pasado fin de semana han sido días de luto que significan la pérdida de uno de los sustentáculos de nuestras creencias y valores fílmicos aprendidos desde nuestra infancia. Yo a Luis García Berlanga le quería como a un familiar sin conocerle de nada. Suena absurdo, pero es real. Su despedida nos deja huérfanos de la personalidad más significativa de nuestro patrimonio cultural, con un vacío comparable a cualquier genio del Séptimo Arte. Su recuerdo debe rememorarse como tal, junto a las más grandes obras maestras del cine que ha dejado. Por eso, es dificultoso expresar con palabras un malogro que avoque un texto capaz de recoger tanta excelencia, tanto recuerdo y lustre inmortal de la carrera de un hombre que lo ha significado todo en cuanto a significación y alcance se refiere. No hay adjetivo que evalúe con suficiencia la gran sombra de Berlanga sobre nuestra cultura.
Hace poco habíamos visto el rostro desgastado y apagado del maestro en un anuncio humanitario y una sensación de aflicción ya recorría la piel del espectador apegado a la inmensa figura del maestro. No por esperada, la noticia ha sido menos dolorosa. Subjetivamente, Berlanga forma parte de mi vida desde que tengo uso de razón, desde que mi educación iba progresando con su cine. Su filosofía ha sido tan importante como la de los grandes nombres del cine clásico hollywoodiense. La jerarquía de estos elegidos no deberían entender de diferencias entre gente como Billy Wilder, Ernst Lubitsch, Alfred Hitchcok, John Ford, Joseph L. Mankiewicz, Stanley Kubrick, Fritz Lang, Federico Fellini, François Truffaut o Luis Buñuel (por poner algunos ejemplos al azar) con otra figura de esos directores de cine por excelencia. Hablar de genialidad, sin adornos y adulaciones ponderativas, es lo mismo que referirse a Don Luis García Berlanga.
Tal vez no se pueda comparar en el esteticismo de algunos de ellos, ni en la revolución visual que albergaron algunas de estas ilustrísimas personalidades. Sin embargo, Berlanga es embajador de la excelsitud por la universalidad de sus muchas obras maestras, de su constancia como observador de la cotidianidad, para enfocar el realismo despojado de cualquier ápice de fantasía. Un creador único a la hora de construir una visión particular de esas vidas de gente cercana, anexa a los miedos y situaciones de aquellos que viven en el piso de abajo, en la puerta de enfrente o en un pasado que simboliza nuestra historia. Hoy, cuando ya no está, deberían oficializarse el término “berlanguiano”, ese designio esperpéntico que tan bien define ciertas situaciones o personajes que abundan en la España Profunda de antes y de ahora. La misma que bien supo descomponer y estudiar el maestro a lo largo de su filmografía.
La perspectiva de este valenciano humilde y lúcido siempre fue la de un observador que contemplaba la vida con los filtros necesarios para dotarla de una verdad necesaria, como para que esa disección de la naturaleza devolviera el reflejo del hombre ordinario con un escrutinio cortante y transversal, capaz de mostrar aquéllos tiempos sin tiempo, exhaustos ante el estado de excepción. Los límites de la miseria humana eran superados para ofrecer al espectador esos sugerentes y diminutos fragmentos de vidas configuradas en excelentes historias irónicas, pero a la vez consecuencia de una realidad social a veces cruel y antipática, llevada con una sonrisa apacible aunque crítica en su intención sangrante. La carrera de Berlanga sublima un humor inalcanzable, glorificando esa invisible profundidad en la que se escondía una honestidad que debe ser ejemplo para la posteridad como legado, ese estilo pulido con la negrura casi extremista, de contrastes radicales, donde el neorrealismo se confundía con el esperpento y la caricatura.
Las cualidades de este hombre podrían definirse como insondable sabiduría de andar por casa, en disposición hacia una añoranza por la extraña y sutil épica de la normalidad. Si por algo se caracterizó el gran dómine fue por facilitar su mirada descorazonadora y cínica de la realidad y la miseria de las diversas épocas que estudió. Algunas de sus obras más celebradas son joyas incunables de cine metafórico, donde el humor verbal, los diálogos perfectamente labrados y la sutil composición formal de un disciplinado artesano prosperaban en beneficio de la espléndida alegoría literal con resonancias sociales e históricas, protagonizadas, no siempre, por un grupo coral que hacían del manifiesto una descomunal sátira, localista y universal, sobre el egoísmo y la incomunicación, también acerca de la pobreza, la injusticia, la pudrición ética, la muerte o el erotismo.
Cuando debutó junto a otro icono del cine patrio como Juan Antonio Bardem con ‘Esa pareja feliz’, en 1951, irrumpe como un autor apto para romper las directrices del ostracismo lineal que seguía el cine español bajo el yugo de la dictadura que vivía el país en aquellos tiempos. Berlanga trasladó sus inquietudes como una disyuntiva legítima que renovaba y transgredía el legado cultural cinematográfico con un tipo de comedia insurrecta, sin necesidad del exilio para protestar por la abusiva situación de un pretérito inextinguible. ‘Bienvenido Mr. Marshall’ supone otro vértice de transformación, de fábula crítica y reflexiva sobre la España profunda, de los sin sentidos de un régimen narrados con la proximidad bienintencionada que escondía no cierto sentido fustigador del mejor Mihura tras el guión. Lo importante entonces era reflejar el escepticismo de un cambio que se mantenía con vínculo de equilibrio entre la simplificación y la intencionalidad subrepticia.
Berlanga siempre sostuvo que Arniches tuvo para él más influencia que todo el neorrealismo de la época. Su visión arrojaba un fragmento histórico del país, brindando otro tipo de percepción a cualquier problemática con un sarcasmo carnavalero y taimado en sus ínfulas críticas con una cercanía que escondían dardos envenenados a medio camino entre la risa y la compasión trágica que pasaban disimulados e inasequibles para los censores. ‘Novio a la vista’, con Edgar Neville como cómplice en su ironía y discernimiento, la benevolente ‘Calabuch’ o el guión de ‘Familia Provisional’ abrirían el camino hacia lo que iba a ser su etapa más brillante y reconocida, la que le uniría al nombre con el que Berlanga seguirá identificado y supeditado por siempre jamás: Rafael Azcona.
Escribía hace dos años, que Azcona le debe a Berlanga, todo lo que Berlanga a Azcona. Y en este caso, es lo mismo; la genialidad desbordante de un duplo destinado a marcar una época de cine español irrepetible. Ambos nos han dejado como legado películas como ‘Plácido’ o ‘El verdugo’. Con estos dos títulos, Berlanga pasó a ser el director más frecuentado por Azcona y con él enseñó a ver al mundo la España que se vivía, a reírse de los aspectos más miserables que había en la sociedad de la época, a hacer humor con las diferencias entre clases, con la hipocresía como arma caritativa que diferencia los estratos sociales del momento, con la mezquindad, el desprecio o la incomunicación. Estas dos películas, obras maestras del Cine, son sainetes de cianuro, pura crítica envenenada y tremendista que actuaron como libelos en contra de un régimen y una sociedad condenada a la carencia de vivienda, a la abusiva burocratización, sin desatender temáticas sociales como la emigración y el turismo emergente en la década de los sesenta. Fotogramas cargados de mala hostia y cinismo, empapados de ironía, contando historias que, sin querer, se han convertido con el paso del tiempo en piezas históricas de incalculable valor para la cultura española. A Azcona le conoció en ‘La codorniz’ y su encuentro y colaboración supone un antes y un después en la cultura cinematográfica del país y el matrimonio intelectual más brillante de ésta español junto al formado por Luis Buñuel y Julio Alejandro. Tres décadas de unión, desde 1959 con ‘Se vende un tranvía’, primera colaboración, hasta el 1987 con ‘Moros y cristianos’.
Diez largometrajes que dejaron a un lado el costumbrismo para convertirlo en una malévola radiografía de aquellos pobres ciudadanos atrapados en una estructura donde el burgués estaba desdibujado en la misma carencia que el olvidado, los nombres de la intrahistoria que con su patetismo se reflejaron en un prisma conseguido por director y guionista hacia la deformidad realista de una comunidad destilada hacia el naturalismo despojado de ficción. Berlanga y Azcona supieron ver las dobleces de la linealidad, extraer defectos y taras en sus complejas reflexiones sobre la humanidad, describiendo situaciones desventuradas para escarbar en ese tamiz pusilánime que tan bien supieron corporeizar en personajes entrañables. Ese díptico excepcional formado por ‘Plácido’ y ‘El verdugo’ suponen un paradigma de riqueza interior y radicalidad en sendos guiones llevados a una perfección narrativa que podrían ser adjetivados de ebanistería fina, lujosa, a golpe de tragicomedia y magnitud disparatada.
Berlanga y Azcona representan lo más grande que ha parido (y posiblemente parirá) la Historia del Cine Español. Una combinación de interacción, de ese cariño y reconocimiento mutuo que sólo se encuentra en las amistades incorruptibles y duraderas. “Es el hombre más importante de mi vida” solían esgrimir para referirse el uno al otro. Una historia de amor verdadero, de genios unidos por la divinidad que supieron abofetear con inteligencia a aquella España poliomielítica que desconocía sus daños seculares, sacando a relucir la depauperación de una mentalidad afectada por la tenebrosidad humana. A Berlanga le gustaba recordar aquella anécdota de ‘El Verdugo’ y su ilógico estreno en época de Franco. Al verla, el dictador, enfadado gritaba: “Berlanga no es comunista. Es mucho peor, es un mal español”.
Berlanga siguió siendo él y Azcona también, aunque es cierto que su evolución no fue tan lustrosa, pero sí interesante. Se dilataría desde ‘Tamaño natural’, más cerca del entorno obsesivo de Azcona que de Berlanga, en la reflexión conceptual, comercial y zafia de ‘La vaquilla’, su éxito más taquillero. Pese a que la carrera de Berlanga se trivializó en los ecos de genialidad del pasado, no dejan de ser admirable comedias como ‘Moros y cristianos’ o su película maldita ‘La boutique’, con esa protagonista que finge una enfermedad progresiva e incurable. Es cierto que su última etapa es más autocomplaciente y menos luminosa ¿Y qué? La brillantez del artificio y la deuda histórica con la crítica desde las putadas a las que sometían a aquellos personajes atrapados en una variedad de soledades (económica, social o ética) dentro de una multitud que les asfixia siguen siendo la pauta argumental de sus obras. Su esperpento sigue vivo en la Saga de los Leguineche, una trilogía formada por ‘La escopeta nacional’, ‘Patrimonio nacional’, y ‘Nacional III’, con una familia que representa otro sector parasitario y arribista, de mezquindad humana que no pierde el punto de vista flagelante y ácrata de un autor que resurgió en tiempos en los que coleteaban los últimos años del franquismo y primeros de la transición hacia la democracia.
En el recuerdo, quedarán obras inéditas que nunca llegaron a filmarse, como ‘Caronte’, ‘Los aficionados’ o ‘Dos chicas de coro’ y otras, como ‘París-Tombuctú’, que evidenció esa falta de fuerza de sus mejores filmes, pero sin perder de vista el cuestionamiento ético sobre la propia condición del ser humano, a todo efecto, débil y pusilánime. Su carrera nos deja esa amplitud crítica, agresiva y sarcástica, transparente y directa de un hombre sencillo, un genio sin vanidad que supo ironizar sobre lo sacro con una sonrisa burlona y pícara. Don Luis García Berlanga fue un transgresor activo. Permanecerá inmortal a lo largo de sus siglos, pues su legado es tan importante que su grandeza supo ser reconocida en vida. La amarga sensación que nos acompaña es razonable, porque Berlanga era un director querido por todos. Lo más reconfortante es que la perpetuidad de su nombre imprescindible seguirá en la memoria cultural española para la eternidad. Hoy recuerdo a ese demiurgo fetichista y algo misógino que fue para el cine patrio el padre ilustrativo de la genialidad cuya huella indeleble ha hecho del cine español un estigma de adoración al que pocas veces reconocemos como se merece. Berlanga es un gran ejemplo de ello.
A modo personal, siempre le llevaré en mi corazón, en mi memoria y en mi recuerdo.
Descansa en paz, maestro.